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10/10/2018

Populismo


Luis Linares Zapata

La andanada sistémica contra el gobierno electo volvió a encontrar un caso ejemplar para empujar su crítica: la boda de la semana y su despliegue, a todo color, en el ¡Hola! Esa revista deformadora de las visiones ya de por sí contaminadas. Y, en efecto, ha sido un punto neurálgico para golpear la imagen de la futura administración. El suceso mostró, con claridad meridiana, varias disonancias respecto de los compromisos de campaña. Una, entre lo prometido –recato– como regla de conducta pública, para todo servidor público futuro, en disparejo desarreglo con la compleja realidad. Ahí el choque fue por demás chocante. En el fondo, este tropiezo, clave también por su capacidad ejemplificador, toca de lleno la disposición de castigar al infractor o causante del desaguisado, con la firmeza necesaria para fijar el indispensable remedio. Pero, en este sonado caso particular, quedó ensartado un militante fiel y eficaz durante largo tiempo y con quien hay necesidad de tener salvaguardas. Enfrentar con decisión tan delicado asunto, muestra las áreas grises, las limitantes que impone el balance entre errores clave y servicios prestados a la causa.
Un gobierno en formación casi tiene la obligación de recaer en fallas, tropiezos y hasta en errores de distinta gravedad. La premura de tiempo para avanzar en sus programas básicos y grandes cambios, conspira contra la congruencia, la solidez de sus pronunciamientos iniciales y hasta de la eficacia en su accionar. Lo importante, en caso de errores, es la introducción inmediata de los correctivos para rescatar la confianza ciudadana que pudo quedar en entredicho. El próximo diciembre marcará, desde un inicio, la cruda verdad de su presumida modestia y recato.
Este sonado caso y el escándalo provocado no es sino otro de los momentos de un enfrentamiento de fondo entre la continuidad de un modelo y las aspiraciones de modificarlo para beneficio de los ignorados por los poderes actuales.
Este, no hay que olvidar, es el aspecto toral del pleito actual. De la manera en que se dé cauce al cambio transformador dependerá el juicio popular. Un dilatado proceso que se cincela desde el primer día de actividades gubernativas. Antes, en este ahora un tanto confuso y atropellado, hay obligación de rencauzar la carreta administrativa y filosófica a la brevedad posible y con la seriedad solicitada. Los vientos que corren por la República no dejan la menor duda de la lucha que se viene manifestando en el espacio público. Bajarle los ánimos a los triunfadores, mostrar sus incoherencias, exponerlos al escarnio o simplemente reírse de sus afirmaciones son aspectos de esta trifulca en juego.
En la parte sustantiva de la pretensión de lograr la ansiada transformación sistémica subyace el meollo de la actualidad y el futuro. Se trata de encontrar los medios para introducir los balances perdidos en la justicia distributiva. Y, por ende, reponer la ruta hacia el bienestar de aquellos que han quedado marginados. En los años 70 del siglo pasado, la masa salarial de los trabajadores, en los países avanzados, había alcanzado a ser de 70 por ciento del producto interno bruto. Treinta años después, el promedio quedó en 60 por ciento. Ese enorme trasvase de recursos fue capturado por el capital y sus pocos detentadores. En España, por ejemplo, el problema ha sido mayor: el trabajo perdió entre 15 y 20 por ciento en igual periodo, debido a que el Partido Socialista (PSOE) abrazó, con entusiasmo, la fe neoliberal. En México la situación de deterioro del ingreso de los trabajadores ha sido dramática. En primer lugar porque nunca se pudo repartir el ingreso en favor del factor trabajo, como lo alcanzado bajo el Estado benefactor europeo o estadunidense. Aquí nunca se llegó a obtener 40 por ciento para ellos. Pero la caída posterior ha sido fenomenal. Ronda ahora los veinte bajos. Una situación de extrema desigualdad y causa eficiente de la tragedia por la que atraviesa Mexico. La violencia es, en buena parte, una de las derivadas de tal desbalance en los ingresos de las distintas clases ­sociales.
Si hay alguna causa por la cual dar la lucha en el campo del poder y el bienestar y el morenismo debe abocarse a ello sin dudas es, precisamente, el de acabar con la terrible desigualdad. No pueden permitir que logren paralizarles el ánimo o retardar su cometido toral. Este es el núcleo duro donde se concentran todas las promesas de un partido que se une al pueblo llano (por eso se le puede llamar populista). Hoy, en España por ejemplo, el joven partido de izquierda (Juntos Podemos), que capitanea Pablo Iglesias, exige del gobierno socialista de Pedro Sánchez, que le atore, sin dilaciones ni titubeos a la cuestión primordial de esta ruta justiciera: una reforma fiscal que aumente los impuestos a las grandes corporaciones, bancos incluidos. Sin tal castigo –contribución– no es posible encontrar los balances indispensables. Podrá haber varios y serios programas de reparto y auxilio a los necesitados, pero ello no tocará lo sustantivo de la acumulación creciente del capital de los beneficios del crecimiento.

6/18/2018

El populismo es más democracia directa

Es prudente recordar que el populismo es una filosofía política que apoya los derechos y el poder que las personas pueden y deben ejercen en su lucha contra una élite privilegiada; es decir, se apoya en el pueblo para construir su poder, entendiendo al pueblo como las clases sociales bajas y sin privilegios económicos o políticos. Por lo que basa su estructura en la denuncia constante de los males que las clases privilegiadas en los poderes han derramado sobre las mayorías empobrecidas. Y una vez más, los “intelectuales” han dado la cara para sin pudor alguno atacar al populismo, como versión política de la democracia directa. Pero ellos muy bien comidos, mucho mejor pagados y todavía más consentidos por el sistema-régimen desde el añejo priísmo, después por el panismo que pretendió ser alternancia y transición, que tristemente se quedó en más de lo mismo –o tal vez peor–; y de vuelta al clientelismo con el peñismo-priísta, con el factor común del perredismo extraviado por los “chuchos” para seguir aprovechando la sabrosa y jugosísima raja de la corrupción, común a los tres.
Esa democracia directa es la otra cara de la democracia representativa, donde los ciudadanos solamente son libres, ¡oh, Rousseau!, el día de las elecciones; aunque hay que aclarar que con el priísmo-panismo-perredismo ni siquiera ese día han podido serlo debido a la compra del voto, la manipulación electoral por parte del Trife, el ahora INE y hasta la Suprema Corte. Esto implica que ya llegados al poder y durante el período que esos representantes ejercen los cargos, únicamente vean por sus intereses personales, familiares y de partido; y por supuesto todo lo que atañe a las élites políticas y económicas con las que se coludieron y de quienes recibieron favore$$$ para llegar a “donde hay”.
Así que entre tanto compromiso que han contraído aceptando las “aportaciones” de todos esos cómplices, que entonces tienen que pagar, se olvidan del pueblo y lo engañan con el “palo y la zanahoria”, explotando a los trabajadores y a todos aquellos que participan de la actividad laboral. Así el pueblo, ante la primera oportunidad de enfrentar a la democracia indirecta o representativa, echa mano de la democracia directa para ejercer, popularmente, sus derechos políticos por la vía pacífica.
Pero si las élites enquistadas en los poderes neciamente se oponen a modificar su forma de gobierno y persisten en seguir haciéndolo jamás en favor de los ciudadanos, entonces esta acción es desviada al arsenal de las revueltas, las manifestaciones y las protestas para nombrar a sus tribunos republicanos en elecciones donde ese populismo arrasa a sus adversarios, rivales y enemigos. Esto es lo que real y cabalmente significa el actual populismo electoral; es un populismo democrático que se ha rebelado contra el populismo de derecha antidemocrático, militaroide y de corte neoliberal en lo económico.
El populismo nacionalista y democrático, con base en la democracia directa, postula un neoliberalismo político contra el capitalismo corrupto donde empresarios, funcionarios, partidos tradicionales y delincuencia han estado despojando al pueblo para someterlo al empobrecimiento, las desigualdades, cancelándole sus libertades constitucionales y encadenándolo a una singular esclavitud social. Así que ese populismo –del latín: pueblo–, renace constantemente ante los abusos que llevan a cabo las élites y, en nuestro caso, el septuagenario y cada vez más depredador priismo (para no irnos hasta el callismo). Corrupto y encubridor de sus cárteles delincuenciales desde que en 1946 el alemanismo traicionó a la Revolución, e implantó la contrarrevolución de los sexenios que atacaron el populismo de Lázaro Cárdenas, hasta el peñismo y la derechización del panismo con Fox y Calderón. Y cuando el máximo antipopulismo se desarrolló durante el sexenio maldito de Salinas, quien busca perpetuarse con Anaya o Meade.
Aquí es preciso hacer hincapié en los dos casos claros de populismo que han existido: el estadunidense y el clásico ruso. Ambos apelan al pueblo. Y han creado movimientos contra las élites por medio de una democracia populista, proponiendo la revocación de los representantes (para obtener más información sobre el tema, hay que consultar el ensayo de Margaret Canovan, en el Diccionario del Pensamiento Político, de Alianza Diccionarios, dirigido por David Miller). Así que el dirigente populista hace un llamado al pueblo con base en un programa democrático para rescatarlo de la pobreza masiva; que a su vez también profundice la democracia representativa y evite la corrupción política y económica con deslinde de responsabilidades a los funcionarios.
Ese es el populismo democratizador que a lo largo de la historia se ha ensayado en varias épocas en los países donde las élites gobernantes se han enriquecido ilícitamente con el dinero del pueblo, marginando a las mayorías y desarrollando programas sociales y económicos sólo para beneficio de las minorías depredadoras. Ese populismo es la vía pacífica para resolver los problemas de la democracia con más democracia.
Álvaro Cepeda Neri