7/07/2011

Los modos de la ausencia

Navegaciones
Pedro Miguel
Foto
Foto: Yamina del Real - De la exposición El cuerpo deshabitado... o en busca del cuerpo perdido, Museo Archivo de la Fotografía, República de Guatemala 34, Centro Histórico, DF. - http://bit.ly/qFAG6g

El robo de una persona hace su ausencia doblemente atroz, ya sea que lo perpetre un manojo de canallas ávidos de rescate, un cónyuge enfermo de destrucción, una corporación ansiosa de explotar esclavos o un régimen asesino. La sustracción de un cuerpo vivo, de una voluntad y de una soberanía personal conlleva la imposición violenta de la zozobra sobre todo su entorno, y no se diga en la víctima, si es que sobrevive a la experiencia. Quitar a alguien de donde está y llevarlo a un sitio secreto implica cortar de tajo, y a veces para siempre, el funcionamiento de un aparato emocional colectivo, de una red económica y social que se paraliza, agoniza y a veces muere, aunque a fin de cuentas la persona sustraída sea devuelta a la libertad.

Apropiarse de un menor con el propósito que sea –por venganza afectiva, con fines de explotación, para sustraerlo a lo que el ladrón considera malas influencias– se traduce, además del desgarramiento afectivo, en el torcimiento del presente y el futuro de modo irreparable.

Secuestrar para obtener rescate o una reivindicación cualquiera es el establecimiento de una dictadura total sobre la víctima y su entorno, una imposición odiosa y arbitraria en la intimidad y en la exterioridad de la persona.

En el norte y en el sur del planeta se realiza, día tras día, la captura de hombres y mujeres, niños y adultos, para destinarlos a la mendicidad, a la explotación sexual, a trabajos forzados o para convertirlos en carne de cañón en conflictos armados. Hay el rapto como antesala del asesinato –el levantón, tristemente célebre, y tan recurrido–, que tiene como propósito matar dos veces: crear un margen de espacio y tiempo para exprimir la humanidad de la víctima hasta sus últimas gotas antes de desechar la cáscara de un organismo que ya no tiene utilidad. Y hay, por último, esa apelación al horror perpetrada por un poder cobarde e incapaz de enfrentar a sus adversarios con las reglas y en el terreno que él mismo ha definido: la desaparición política.

Vivimos tiempos muy oscuros y la única lección posible de humanidad que puede sacarse de esto es que nadie –nadie–, ni los criminales que roban vidas ajenas, merece el secuestro, el levantón, la reducción a la esclavitud o la desaparición. Quien desee ausentarse, que lo haga por decisión propia.

Desaparecer. Todos nos hemos visto asaltados alguna vez por esa fantasía insensata y deliciosa. Partir de súbito y sin dejar rastro, dejar atrás ese montón de gente a la que queremos y que sin embargo, o que por eso mismo, nos resulta insoportable. Tomar un autobús, un avión, caminar hasta que duela el costillar y los zapatos se rompan, aligerados de contexto, independizados de identidad, mínimos de pertenencias. Con la ilusión de una tábula rasa imposible, porque al irse uno lleva consigo la cicatriz de sus dolores, la caja de herramientas de su sabiduría, las manías y las orientaciones que, a diferencia de tantas menudencias materiales, sólo desaparecen cuando el destino final de la mudanza es el cementerio.

Cuando se acaricia la idea de desaparecer se juega también con el escenario de la muerte propia: inseparable de la figuración de la ausencia es el deleite sádico (o sadomasoquista) por el sufrimiento imaginado de quienes se quedan atrás. El conjunto es coronado por la ilusión infantil de lo nunca hollado, eso que, pensándolo bien, es un manojo de deseos y recuerdos antiguos dispuesto para construir, en el futuro imaginario, una nueva tierra del Edén, una utopía que no va hacia adelante, sino de regreso al útero.

Para quienes se quedan, la desaparición es demoledora. Un fallecimiento es un martillazo en el sistema nervioso de parientes y amigos del difunto, pero una ausencia inexplicable dinamita las certezas de todo el entorno social porque la muerte, así sea súbita, es previsible, en tanto que la evaporación de una persona guarda un misterio mayor que el más allá: ¿hasta cuándo? ¿Por qué? ¿Por quién? ¿Dónde está? ¿Está? –se vuelven preguntas lacerantes que provocan la hipertrofia inmediata de la imaginación; la imagen del ausente puede encajar igual en una playa brasileña, en la barriga de una boa, en un callejón de Budapest infestado de adictos, en los brazos de Circe, en un calabozo inmundo en el que resuenan los gemidos de los torturados, en una habitación apacible y triste, pero siempre remota.

La desaparición sin causa aparente de alguien es corrosiva incluso si el faltante es enemigo o adversario, porque entonces quedará en nosotros la sospecha de que su falta es parte de una trampa en curso –siempre en curso por años, por décadas, por toda la vida– que habrá de culminar en un retorno indeseado.

La vida del ausente adquiere una poética a toda prueba, aunque sea banal. Recuérdese aquel diálogo de Érase una vez en América en el que Deborah (Elizabeth McGovern) le pregunta al viejo Noodles (Robert de Niro), aparecido tras décadas de ausencia: ¿Qué has hecho todos estos años?, y su amor de juventud le responde: Dormirme temprano.

* * *

Hay una ausencia inofensiva, temporal y buena, que es la de las vacaciones. Este navegante incurrirá en ella en lo que resta de julio. Volvemos a leernos en agosto.

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