3/26/2016

La desaparición, la trata y la prostitución forzada de mujeres


Tres delitos tolerados socialmente.

lasillarota.com

El domingo 24 de enero de 2016, varios medios, el periódico Reforma y el sitio de Internet Revolución Tres Punto Cero entre ellos, reportaron que en el estado de Veracruz las denuncias por desaparición de mujeres aumentaron 5000 por ciento.  En el período de 2006 a 2010 se registraron 32 casos de mujeres desaparecidas y de 2011 a 2015 la cifra fue de mil 647, sólo en 2014 se presentaron 594 casos.

De acuerdo con datos del Comité contra la Desaparición Forzada de la Organización de las Naciones Unidas, 7 mil 185 mujeres están desaparecidas en México, 52 por ciento de las cuales desapareció durante el presente sexenio. Se calcula que casi la mitad de ellas no había cumplido los 18 años.

En este caso, como en muchos otros, las cifras son una aproximación al problema pues se ignora el número real de desapariciones. Lo que sí se puede constatar es que el número de casos se multiplica. En lugares como Ecatepec, Tecámac, Chimalhuacán y Nezahualcóyotl, municipios del Estado de México, entidad del país donde más hechos violentos se comenten en contra de las mujeres, desaparecieron 400 niñas y adolescentes tan sólo el año pasado.

Desafortunadamente, Veracruz o el Estado de México no son las únicas entidades donde se ha elevado la tasa de desapariciones, en Puebla en un periodo de tres años el índice de mujeres desaparecidas por cada cien mil habitantes creció un 616 por ciento, siendo que en los últimos dos años se dispararon los números, de 56 mujeres no localizadas, en 2012, se pasó a 208 en 2014.

El desfile de cifras, estado por estado, podría continuar sólo para constatar que, de manera alarmante, el fenómeno de la desaparición de mujeres en México, en especial de aquellas que tienen entre 12 y 17 años, va en aumento. Pero, como el objetivo de esta colaboración no es sólo dar cifras, se prefiere ligar este grave problema con otro igual de preocupante, la “trata de personas” que a la par del primero también aumenta.

La “trata de personas” es definida, de acuerdo con la Organización “Sin Trata”, como: “la extracción, el reclutamiento, transporte, traslado, acogida o recepción de personas, bajo amenaza o por el uso de la fuerza u otra forma de coerción, recibiendo un pago o beneficio para conseguir que una persona tenga bajo su control a otra persona para el propósito de explotación”. Es decir, la trata supone un beneficio económico para quien obliga a una persona, bajo coacción física o emocional, a hacer algo que en otras condiciones no haría. Es el caso de la prostitución forzada, a la que miles de mujeres en México son sometidas.

Igual que en el caso de las desapariciones, en lo que refiere a la trata de personas, en general, y la trata sexual, en particular, tampoco se tienen cifras exactas. Por ejemplo, el INEGI calcula que en México 777 mil mujeres son forzadas a la prostitución, mientras que una organización australiana especializada en trata de personas calcula que en el país existen 266 mil víctimas que sufren alguna forma de trata.

De acuerdo con estudios de la ONU, México es el segundo país que mayor cantidad de víctimas de trata provee a Estados Unidos después de Tailandia, además de ser uno de los cinco países con mayor incidencia de prostitución en el mundo.

Pero ¿cuál es la relación entre la desaparición, la trata y la explotación sexual de mujeres? Aunque la respuesta parezca sencilla no lo es. A primera vista, se puede afirmar que existe una relación directa entre las desapariciones de mujeres y la explotación sexual de personas, pues para un sector importante de la sociedad, aunque no se diga por ser “políticamente incorrecto”, “en cada mujer existe una prostituta en potencia”, por lo que lo más cómodo es pensar que quienes se prostituyen lo hacen por propia iniciativa y porque “les gusta”, por lo que no hay delito que perseguir.

Es esta concepción, la que convierte a las niñas, jovencitas y adultas jóvenes y no tan jóvenes dedicadas a brindar “servicios sexuales” en personas invisibles, cuya actividad no conlleva responsabilidad alguna por parte de la sociedad que permite y justifica la existencia del “oficio más antiguo del mundo”, sin cuestionarse sobre las causas que le dan origen. No se toma en cuenta que, en una sociedad con una cultura masculina, machista, misógina y sexista, las mujeres son consideradas inferiores, seres de segunda, subordinadas a los deseos masculinos y por añadidura “malas por naturaleza”, ideas todas que las convierten en las víctimas “naturales” de los delitos relatados.

Un factor más se suma a esta problemática, la mayoría de las mujeres desaparecidas, tratadas y obligadas a prostituirse son pobres o de clase media baja, por lo que estos fenómenos pasan desapercibidos para millones de personas en este país. La razón es que a la misoginia y al sexismo se une una visión clasista, a partir de la cual las mujeres, sobre todo las de escasos recursos, siguen siendo vistas como seres de segunda a las que se puede engañar, amenazar, secuestrar, prostituir, vender, intercambiar, violentar, violar, mutilar y, en muchos de los casos, asesinar, sin que eso se traduzca en un movimiento social de grandes magnitudes o en una exigencia colectiva para que las autoridades correspondientes frenen y resuelvan los casos asociados a estos graves abusos.

De esta forma, las mujeres víctimas de los delitos referidos sufren de varias vulnerabilidades: primero, son mujeres y por tanto consideradas y tratadas como “inferiores”, “de segunda” y “malas” como ya se dijo; segundo, son pobres y su falta de recursos les impide tomar las acciones necesarias para su protección y defensa por lo que, por ejemplo, muchas de ellas salen solas desde muy pequeñas para ir a la escuela o al trabajo; tercero, son niñas o jovencitas, por lo que su corta edad y falta de experiencia las coloca en la posición propicia para ser victimizadas; cuarto, la pertenencia a una familia llamada “disfuncional” o la falta de acompañamiento afectivo las hace buscar fuera de casa lo que en ella no encuentran, lo que las pone en la mira de los tratantes; quinto, existe un alto grado de permisividad de la sociedad y de los distintos gobiernos en torno a los delitos que se comenten en contra de mujeres y niñas.

Hablar de “vulnerabilidades” supone, entonces, que nadie es vulnerable “per se” sino que la organización social coloca a ciertos grupos de personas en situaciones que las hacen vulnerables y la misma sociedad permite, acepta y justifica que “ciertas” personas se conviertan en víctimas.

¿Cómo de otra manera se podría explicar que existan hombres que busquen mujeres para tener relaciones sexuales sin importarles su edad, su salud, su voluntad, su libertad, sus deseos, incluso su llanto y solicitud de ayuda para salir de esa situación; que igualmente haya hombres y también mujeres que faciliten las condiciones para que todo eso ocurra; que las bandas del crimen organizado y sus cómplices en diversos gobiernos hagan de la integridad física, sexual y emocional de las mujeres el tercer negocio más lucrativo del mundo, todo, ante la mirada encubridora o, en el mejor de los casos, indiferente de una sociedad omisa?

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