6/07/2019

El neoliberalismo de izquierda


El post-neoliberalismo es la nueva política de Estado. Pero lo que el Estado no va a decir es que detrás de ese término se esconde el mismo neoliberalismo, pero ahora con ropaje y gestos de izquierda.
Los científicos sociales, en especial los que se consideran “críticos”, en teoría podrían ayudar a comprender la situación. Sin embargo, con frecuencia contribuyen a la confusión. ¿Si el propio Presidente ha decretado el fin del neoliberalismo, no será esa una muestra indiscutible del giro copernicarno de la política mexicana? ¿Si el Plan Nacional de Desarrollo ha anunciado el nacimiento del posneoliberalismo no será ese un signo indiscutible del amanecer de una nueva época?
Para John Ackerman, la “nueva utopía” ya llegó, ya está ahí. Incluso un marxista como Massimo Modonesi sugirió que si bien el gobierno de AMLO presenta muchas contradicciones, no está descartado un giro radical. En esta tesitura, la revista Jacobin ha insistido en que AMLO no podrá él sólo contra el neoliberalismo: tenemos que “ayudarlo” para que así ocurra.
Estas posturas, que van desde dar a AMLO todo el crédito hasta darle el beneficio de la duda tienen en común, en distintos grados, una actitud de respaldo. ¿Pero hay claridad sobre qué están respaldando?
El hallazgo clave del marxismo es que el capital es una relación social. Lo que aparece como una simple cantidad de dinero, es en realidad un rasgo superficial de un entramado de relaciones que permiten, en primer lugar, que dicha riqueza sea producida por muchos y apropiada por pocos. El neoliberalismo, como forma dominante del capitalismo en el mundo actual, es básicamente la materialización de unas relaciones sociales favorables al capital en detrimento de victorias colectivas alcanzadas en décadas previas.
En México, el neoliberalismo implicó una serie de privatizaciones de empresas estatales, propiedades comunales y recursos naturales. Para consolidar este orden, la agenda neoliberal moldeó un nuevo rol al Estado, el cual pasó de ser el dirigente y motor del capitalismo nacional al policía protector (y ocasional árbitro) del capital nacional y extranjero.
AMLO, por su parte, no busca revertir las relaciones de propiedad que impuso el giro neoliberal. Aunque afirmó que “privatizar es sinónimo de robar”, también aseguró que ya los perdonó. Respetará los contratos con las petroleras extranjeras, no revertirá las concesiones mineras. Vaya, no hay ni siquiera indicios de que por lo menos les cobre más impuestos al capital extractivista. En este sentido, el problema no es que AMLO no sea radical, sino que ni siquiera es moderado. No está en la mesa una reforma fiscal que por lo menos recaude más impuestos a los más ricos para financiar el gasto social.
Al contrario, su vía para financiar el gasto social (sus programas de bienestar) es la austeridad. Lo que AMLO presentó como un ataque a los privilegios de la alta burocracia, escondía un recorte a todos los niveles del Estado (con notables excepciones, como el Ejército, que vio aumentada su tajada). Robin Hood le quitaba a los ricos para darle a los pobres. AMLO, por su parte, es un Robin Hood horizontal: le quita a unos pobres para darle a otros. No hay una ampliación del presupuesto del Estado, pero sí una redistribución del mismo. Las becas para unos, se toman de las medicinas de otros. El apoyo para unas, se quita a las guarderías de otras. En general, el adelgazamiento del (ya maltrecho) estado de bienestar se convierte en un nuevo corporativismo individualizado subordinado al mesías.
El neoliberalismo está intacto. Pero se le está administrando de modo distinto.
Ramón I. Centeno es politólogo

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