7/19/2026

Los muertos por el ICE no verán el Mundial

Un Quijote en Tenochtitlán

Juan Carlos Monedero

"No nos olvidemos de la gente que no podrá ver el Mundial porque les han asesinado. Como a los 17 mexicanos, a los colombianos".

Los muertos por el ICE no verán el Mundial. Por Juan Carlos Monedero

El ICE ha asesinado a 17 mexicanos en sus redadas y detenciones en EU. Uno podría pensar que un hecho así cometido por un país extranjero contra compatriotas debiera suscitar una respuesta unánime de todas las fuerzas políticas de un país. Pero no es así, porque para la derecha, para el PRI y el PAN, pesa más atacar al gobierno de izquierda y congraciarse con Donald Trump que defender la dignidad de sus connacionales. Y es curioso porque esta gente dice que va con la Selección Nacional de su país pero desprecian a la propia gente de su país. Les pasa como con la interrupción voluntaria del embarazo: están en contra, pero luego les da lo mismo que los niños trabajen, se mueran de hambre, no tengan medicinas o no puedan ir a la escuela.

El ICE ha asesinado a un colombiano en su carro delante de su hija de tres años y el ultraderechista y abogado de narcos Presidente de Colombia, Abelardo de la Espriella, no ha dicho nada, no se sabe si porque también tiene la nacionalidad estadounidense o porque no criticar a Trump es más importante que defender a su gente. Hizo la campaña electoral vistiendo la camiseta de la selección nacional de Colombia. La derecha española hace exactamente lo mismo. Y uno no sabe si hoy Milei irá con la Selección Argentina o con los ingleses.

El ICE mata a tu compatriota para que tú tengas miedo. Igual que Netanyahu ha masacrado a los palestinos para que todos los árabes estén asustados de que les pueda pasar lo mismo. Abelardo de la Espriella, el Presidente fake de Colombia quiere tomar posesión no en el Congreso, como dice la Constitución, sino en una cuartel, como un adelanto de un Presidente, abogado de narcos, que confía más en los fusiles y las balas que en los votos y las leyes. En España acaban de condenar al hermano del Presidente Pedro Sánchez por una plaza en un conservatorio de música. La sentencia dice que “No queda acreditado que la plaza se creara a petición de este último o de persona del entorno del beneficiario" ni para "favorecer a Pérez-Castejón por su relación de parentesco con quien era una figura política señera y futuro Secretario General del PSOE". Es decir, que en España, los jueces pueden condenar a alguien sin pruebas. Ya pasó con la gente de Podemos y con los independentistas, pero el PSOE en aquel momento miró para otro lado. Nadie debe mirar para otro lado cuando hay una injusticia, porque es probable que regrese como un boomerang y entonces te golpee.

Visto cómo se las gasta el ICE con los inmigrantes, alguno habrá que piense que al final tenemos suerte de que no nos pase nada. Claro, si miramos lo que les ha pasado a los palestinos, podemos estar contentos de que no nos bombardeen en nuestra casa y nos maten junto a nuestros familiares. Hay muchos periodistas a los que les pagan para que piensen así. O, por lo menos, que escriban así.

Siempre los castigos tienen un poso disciplinador. Para que nadie vuelva a hacerlo. Por eso, cuando los castigados reinciden en la desobediencia, se convierten en algo realmente peligroso para las élites. Porque indica que no tienen miedo. Por eso siguen disparando contra Andrés Manuel López Obrador, contra el "Che" Guevara, contra Chávez, hasta contra la Unión Soviética y los comunistas, que ni existen, y contra cualquiera que en la política, en el periodismo, en la academia entiendan que les molestan. Porque si no les molestas, te dejan en paz.

Vengo observando que el Mundial de fútbol no deja solamente ruido por su enorme mercantilización, por el precio de las entradas, por las injerencias políticas, por el uso del VAR o de la hipócrita “pausa para hidratación” que sólo sirve para darle más espacio a los anuncios y comerciales. Me parece más preocupante que el peor efecto de este Mundial de fútbol sea la división entre los latinoamericanos. Las simpatías en el continente se han ido hacia las selecciones africanas e, incluso, a favor de los noruegos o de algún pequeño país centroeuropeo antes que apoyar a los que, en algún momento, se veían como “hermanos latinoamericanos”. Lo que unen los terremotos, el Papa Francisco y la izquierda, al final lo separa un Mundial.

Es muy difícil que la política quede fuera del Mundial, cuando un tipo como Infantino, el presidente de la FIFA, ha hecho todo lo que estaba en su mano para que lo que no fuera mercantil fuera político, por ejemplo inventarse un premio para entregárselo a Donald Trump o quitarle una tarjeta roja a un futbolista gringo previa reclamación del Presidente norteamericano. No es la “politización” del fútbol -los que hemos jugado desde pequeños al fútbol en el barrio sabemos que el fútbol claro que también es política- sino la conversión de algo tan grande como la competición de selecciones nacionales del mundo en un entramado turbio, mercantil, interesado, vulgar y cobarde donde pesan más las apuestas en línea por internet que la pasión de defender los colores del país, uno de los consuelos que tenemos los humanos para dotarnos de una identidad que nos ayude a burlar la muerte, siempre que no convirtamos el fútbol en un sucedáneo de la guerra.

Si hay política, hay conspiración. Igual que Trump ha injerido recientemente en las campañas electorales en Honduras y Colombia, no hay que descartar que, visto el poco lustre de la selecciones gringa, haya hecho mañas para ayudar a alguna selección de algún país donde su Presidente esté especialmente inclinado ante su figura. Poder, pues puede haberlo hecho, pero luego Infantino tendría que haber presionado a los árbitros para que ayudaran, lo que va haciéndose más complicado. Y esto no significa creer que, como los jueces, el de los árbitros sea el ramo profesional más honesto del planeta. Es verdad que algunos comportamientos arbitrales parecen un chiste, pero para afirmar que ha habido corrupción, debieran pronunciarse las autoridades correspondientes. Conspiraciones las justas.

Hablando de chistes, los comentarios sarcásticos y los memes son inevitables, porque la situación en el mundo es grave pero no es seria. Cuando alguien dice que si Argentina ganase el Mundial igual Milei y Messi le entregaban las medallas a Donald Trump como hiciera María Corina Machado con el Nobel, pues están sembrando en tierra abonada. En América Latina demasiada gente no ha querido que gane Argentina y eso es un desastre. Porque costó mucho que el continente creara la UNASUR y la CELAC, y esas integraciones regionales necesitan emociones. Pero claro, es que es el Presidente de ese país, Milei, el que dice que las Malvinas son inglesas.

Y luego están las grandes figuras. Messi, un jugador espectacular, no es Maradona, porque con Maradona vibraban aficionados y no aficionados de todo el mundo, dentro y fuera de la cancha, mientras que con Messi, especialmente después de su flirteo con Trump, sólo se vibra cuando hace magia con las piernas. Maradona humilló a los ingleses de las Malvinas con aquel gol con la mano –“que se jodan”, se escuchó en todo el país- mientras que Messi humilló a todas las víctimas de Gaza al simpatizar con alguien que ha apoyado un genocidio y que persigue y mata latinos con el ICE.

Claro que hay política en el fútbol. El expresidente de España, Mariano Rajoy, ha insultado a Francia y a los franceses con dos únicos objetivo: acercarse cada vez más a la extrema derecha -algo que ocurre en todo el mundo- y generar dificultades al gobierno de Pedro Sánchez. Es decir, para la derecha española, como para la latinoamericana, es más importante ganar el gobierno que favorecer al país. Su supremacismo lo enmascaran en la Patria, pero es personal. Porque, como le comentaba Mussolini a su amante en su última etapa o lo expresó Hitler al final de la guerra, desprecian en el fondo a sus propios pueblos.

De manera muy chusca, muy vulgar, el expresidente español, Mariano Rajoy, del Partido Popular ha afirmado que los jugadores de la selección francesa “no son franceses”. El argumento no es que no hayan nacido en Francia -sólo tres no han nacido en el país- sino que son negros y árabes, y sus antepasados no pelearon al lado de Juana de Arco. Vamos, que son africanos y árabes. Ya no es sólo negar que esos jugadores están en la selección porque Francia ha sido una potencia colonial -lo que, tarde o temprano, genera mestizaje-, sino que regresa a una concepción de nacionalidad que es más propia del fascismo, el nazismo, el colaboracionismo y el franquismo, que busca arios, de piel blanca, con ideología supremacista para ver buenos ciudadanos. Pero son tan idiotas que ni siquiera saben que Alexandre Dumas, el inmortal francés autor de Los tres mosqueteros o El conde de Montecristo, era hijo de un general negro y nieto de una negra esclava antillana.

La religión debe estar separada del Estado para que no vayamos hacia atrás en la consecución de derechos. Los que quieran hacer religión debieran irse a los templos y dejar los parlamentos. Pero eso no va a pasar, así que los defensores del laicismo vamos a tener mucho trabajo. En la misma dirección, no hay que convertir el fútbol en una disputa política, pero tampoco seamos ingenuos y pensemos que, como la propia vida, puede estar al margen de lo que nos pasa. Ayuda más Francisco que Juan Pablo II y Maradona que Messi. Y no nos olvidemos de la gente que no podrá ver el Mundial porque les han asesinado. Como a los 17 mexicanos, a los colombianos, a tanto inmigrante legal o sin papeles. O a Mohammed al-Wahidi, un destacado trabajador humanitario y director de relaciones públicas del comité egipcio en Gaza, que organizó las pantallas allí para que se pudieran ver los partidos. Israel lo ha asesinado.

Y, mientras tanto, que gane el mejor.

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