7/19/2026

Reflexiones sobre un proyecto

 Agenda Ciudadana

Lorenzo Meyer

"La coyuntura internacional requiere que México tome decisiones sobre cómo hacer frente a los cambios de política internacional de Trump".

Reflexiones sobre un proyecto. Por Lorenzo Meyer

En hecho es innegable: México exporta muchísimo a Estados Unidos, pero crece muy poco, casi nada. De seguir así nuestro proyecto económico nacional seguirá siendo eso, un proyecto que contrasta con la realidad de un país ensamblador de lo importado que luego reexporta, muy dependiente del mercado de su poderoso vecino del norte y por consecuencia con una soberanía siempre bajo presión, siempre bajo amenaza.

El actual, es un momento que demanda y permite una reflexión a fondo en torno a las ventajas y los peligros de los acuerdos comerciales pactados con Estados Unidos desde diciembre de 1992 y ratificado este año, es decir el TLCAN y su sucesor, el TEMEC. Examinar con ojo crítico el papel de ambos acuerdos comerciales y convertidos en columnas centrales de nuestro proyecto nacional es ya un tema insoslayable y de mucho fondo. Y es eso justamente lo que nos propone un libro recién publicado, Estado, dependencia e innovación en el siglo XXI, (Clacso, 2026), producto de la inusual colaboración entre un economista, José Romero, y un hombre de letras, Emilio Navarro.

Esta obra abre una ventana para discutir, sin tecnicismos y en muy buen castellano, una alternativa a la economía política bajo la que hoy opera el Mexico económico. El TLCAN nació en el salinismo como un producto legítimo del neoliberalismo, como un proyecto basado en el principio de que la mejor política industrial es la que nace de la decisión de no tener política industrial y dejarle al mercado la asignación de prioridades y recursos en ese campo. Tal posición en torno al manejo de la economía ha sido rechazada explícitamente y desde el principio por los gobiernos de la 4T, pero resulta que el heredero legítimo del acuerdo original, el T-MEC firmado en 2020 y prorrogado ahora por diez años más, sigue siendo neoliberal y sigue manteniéndose en el centro de nuestro proyecto económico nacional. Es por eso por lo que México ya es una potencia exportadora, pero una donde el PIB apenas crece pues el 70% del valor de sus exportaciones de manufacturas proviene de componentes manufacturados ¡en el exterior! Ahora bien, la 4T desearía sacudirse de sus espaldas ese acuerdo con el vecino, pero por ahora no puede hacerlo so pena de generar una crisis económica mayúscula. Sin embargo, de continuar con el T-MEC una década más sin empezar a construir una alternativa estaríamos llevando nuestro desarrollo económico a un callejón sin salida, a una crisis en cámara lenta. Por tanto, hay que considerar ya la posibilidad de iniciar con cautela un “gran viraje” que nos conduzca en otra dirección, en la que lleve a una economía con una base tecnológica a la altura de nuestra ambición: una que nos haga pasar de meros ensambladores a auténticos fabricantes, de dependientes a interdependientes, de ahí lo oportuno e importante de las propuestas de Romero y Navarro.

Las tesis desarrolladas en el libro Estado, dependencia e innovación están cimentadas en el examen de casos históricos de países que buscaron y encontraron una ruta diferente a la que México tomó hace casi siete lustros. Se trata de una variedad de fórmulas económicas y políticas pero que probaron ser alternativas exitosas para cimentar una industrialización nacional no dependiente sino interdependiente con el resto del mundo. El supuesto es que en cada caso las fórmulas aplicadas lo mismo por Estados Unidos que por Alemania o la URSS en los inicios de sus respectivas industrializaciones hasta las que después pusieron en marcha China, Corea del Sur o Taiwan, ofrecen lecciones que México debe examinar y en su caso adaptar a nuestras circunstancias pero siempre y cuando nuestras élites tomen las nada fáciles decisiones de modificar elementos y procesos centrales del modelo vigente en México, que es una combinación de elementos neoliberales -el T-MEC- con políticas propias de un Estado con capacidad de dar dirección a su política social y empezar a disciplinar a sus elites económicas para encaminarlas a cumplir misiones directamente destinadas a generar una industrialización con la capacidad de manejarse con visión de largo plazo, espíritu nacionalista y creatividad tecnológica y que le permita seguir aprovechando la cercanía del gran mercado norteamericano pese a los obstáculos arancelarios que el Washington de Trump está construyendo para protegerse de la competencia externa.

La coyuntura internacional requiere que México tome decisiones sobre la forma en que mejor puede hacer frente a los cambios de política internacional del gobierno de Donald Trump, cambios marcados, sobre todo, pero no únicamente, por la emergencia de China como gran potencia industrial y militar. La transformación de las correlaciones de fuerza a nivel mundial y el creciente déficit fiscal norteamericano han llevado al gobierno del país vecino del norte a optar por la dureza y relativa cerrazón en la conducción de sus relaciones con el exterior. En el campo económico esa dureza se ha mostrado tanto en los impuestos a las importaciones como en las presiones a las grandes empresas para retornar sus plantas industriales en el extranjero a territorio norteamericano renunciando a la mano de obra barata en países como México, en acelerar la expulsión de migrantes indocumentados -actualmente detiene a dos mil diarios, en promedio-, en exigir a la Unión Europea que adquiera volúmenes masivos de energéticos norteamericanos o que haga inversiones directas igualmente sustantivas en su economía, etc.

En buena medida este endurecimiento de Estados Unidos en materia migratoria y de economía internacional está guiado por algo que si bien Romero y Navarro ya no pudieron conocer en su versión final si vislumbraron y es lo que hoy conocemos como la “Doctrina Bessent”, enunciada por el secretario del Tesoro norteamericano Scott Bessent. Se trata un cambio en el régimen de las relaciones económicas externas de Estados Unidos. Y es con ese “nuevo régimen” que México ha tenido que renegociar y tendrá que seguir negociando T-MEC. Evidentemente la exigencia de subordinar abiertamente toda relación económica con Estados Unidos a la aceptación incondicional de los términos que exija Washington no será el mejor entorno para las revisiones anuales del T-MEC.

Es este ambiente de dureza económica y política de la gran potencia imperial lo que refuerza la conveniencia de poner sobre la mesa de nuestra discusión interna los puntos y enfoques desarrollados en la obra de Romero y Navarrete. Esos enfoques parten de hechos ya irrefutables: el mercado por sí mismo no lleva al desarrollo de un país, “sin política industrial no hay desarrollo posible…sin intervención estatal no hay industrialización…y sin industrialización no hay soberanía”. Para los autores la ausencia de una planta manufacturera plena y propia y no sólo ensambladora como es, por ejemplo, el caso de la industria automotriz, no hay aprendizaje y “sin aprendizaje no hay soberanía”. Y aquí conviene resaltar la definición de soberanía y es esta: “la capacidad de un país para dominar los procesos que definen su inserción en el mundo” y ese dominio implica “estrategias deliberadas de aprendizaje, innovación y acumulación de capacidades”. A su vez, esas estrategias sólo las puede diseñar y poner en práctica un Estado que sea “capaz de construir legitimidad y disciplinar intereses… pero también de inspirar confianza, generar consensos y sostener políticas de largo plazo”. Para los autores la meta de los responsables de dirigir la política nacional en ese largo debería ser el uso de sus recursos políticos para, en economía, construir cadenas de valor que generen “aprendizaje [local], innovación y autonomía tecnológica”.

Finalmente, una conclusión: si bien la legitimidad del régimen de la 4T ya se cimentó, hay que mantenerla viva vía la efectividad y esa efectividad demanda, entre otras cosas, disciplinar a las élites económicas. Pero aquí los obstáculos son serios pues buena parte de esas élites no son nacionales, sino que no sólo son extranjeras, sino que son norteamericanas y que pueden recurrir a los mecanismos formales de protección de un TEMEC neoliberal más a la generación de presiones políticas gracias a sus conexiones con la administración de Trump.

Y aquí entra también el concepto de nacionalismo, que Romero y Navarro ven como un elemento indispensable que ha acompañado la construcción de todos los casos que este estudio ha presentado como exitosos. Igualmente, en estos éxitos debe considerarse la creación de una burocracia cercana al modelo ideal weberiano: profesional, de carrera, con seguridad en su empleo, distante de la corrupción e identificada con la construcción y preservación del Estado nacional y no de intereses de grupo ni partidistas.

En fin, y resumiendo, subraya que los Estados exitosos de industrialización en el siglo XXI lo son, entre otras cosas, porque tienen soberanía tecnológica y es ahí donde debemos poner el acento en el presente y el futuro para abandonar nuestro estatus como país de industria maquiladora y dependiente: en el dominio de la nueva tecnología como prerrequisito de la verdadera soberanía, una soberanía no absoluta, pero si suficiente para no ser dependientes.

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