7/19/2026

Un homenaje abierto al goleador (muy) mexicano Julián Quiñones

Héctor Alejandro Quintanar

"Quiñones se convirtió ya en el jugador mexicano más contundente en la historia de nuestro país en competencias mundialistas".

Un homenaje abierto al goleador (muy) mexicano Julián Quiñones. Por Héctor Alejandro Quintanar

Esta es la última semana en México enfebrecida por el jolgorio mundialista, que el próximo domingo juega la final del torneo. Al igual que la semana, sirva ese marco inmejorable para emitir una nueva columna, al igual que la semana pasada, que entrevere la estadística apasionada y la objetividad candente del futbol con la reflexión social del mundo que hoy vivimos.

En ese sentido, va primero una contextualización histórica seguida de un modesto pero merecido aplauso verbal a quien honor merece. Empecemos por lo obvio: el escenario más sublime de un partido de futbol es el Mundial, y la majestad inigualable de ese deporte es el gol. Pues bien, esas cotas sublimes han sido logros que México ha logrado muy a cuentagotas en su historia mundialista, a pesar de las rachas positivas y actuaciones aceptables que nuestro país haya tenido de 1986 hacia acá.

Pongamos las cosas en perspectiva. En esta Copa del Mundo de 2026, México logró la mayor cantidad de goles anotados en un solo mundial, con 10 tantos logrados en cinco encuentros. La cifra no sólo es única sino respetable, a razón de dos goles en promedio por encuentro, mientras la escuadra nacional aceptó apenas tres anotaciones en su marco.

Algún quisquilloso podría poner peros a esa estadística. Sólo por razones de ocio documentado, observemos que esos 10 goles parecen pocos si los comparamos con datos como los siguientes: la máxima goleada lograda en la historia de los mundiales la hizo el equipo de Hungría en el Mundial de España en 1982, cuando acribilló por 10 a uno al equipo de El Salvador. Por cierto, el equipo tricolor consiguió su mejor resultado en Copas del Mundo también goleando a la modesta escuadra centroamericana en el Mundial de 1970, con un abultado cuatro a cero.

Dicho de otro modo, México hizo en todo el mundial de 2026 la misma cantidad de goles que Hungría logró en un solo partido hace 44 años. Y esto vale también para recordar a la histórica maquinaria casi perfecta húngara de la Copa Mundial de Suiza 1954, que ha sido el equipo más goleador de toda la historia de los mundiales, en partidos cuyos resultados retumban hoy como si el eco de los goles aún sonara como cántico tirolés desde Los Alpes. En ese torneo de hace 72 años, el equipo magiar goleó nueve a cero a Corea del sur; luego noqueó a Alemania Federal, en la que es la peor derrota de la escuadra teutona en Mundiales, por ocho a tres; para en siguiente ronda dominar con facilidad al campeón Brasil y al potente Uruguay, ambos por cuatro a dos; y perder la final con los alemanes a los que habían goleado días antes, por tres a dos.

Así, Hungría anotó 27 goles en un solo Mundial. Para darnos una idea, México tuvo que pasar 56 años (de 1930 a 1986) y nueve mundiales para llegar a esa cifra. Lo que se trata de decir es que el gol, en la máxima justa balompedestre del planeta, se le ha negado en demasía a México por mucho tiempo. Y en ese plano, también ha brillado de forma escueta el plano individual de los atacantes mexicanos.

Hay desde luego casos de jugadores del Tri que han anotado más de un gol en Mundiales, pero lo han hecho también en más de una edición de la justa. Así, Chicharito Hernández cuenta con cuatro anotaciones en tres Copas del Mundo (dos en Sudáfrica 2010; uno en Brasil 2014 y uno en Rusia 2018); mientras Cuauhtémoc Blanco tiene tres tantos en tres ediciones (uno en Francia 1998, uno en Corea-Japón 2002 y uno en Sudáfrica 2010).

En ese sentido, sin embargo, hay un hecho resaltable y es que pocos mexicanos han logrado grandes proezas goleadoras en un solo mundial. Por casi setenta años, de 1930 a 1998, la mejor cifra de goles anotados por un solo mexicano en un solo torneo no rebasaba el número dos, logro que alcanzaron solamente el "Diente" Rosas en 1930; el "Cabo" Valdivia en 1970, Fernando Quirarte en 1986 o Luis García en 1994. Otros jugadores posteriores a Francia 1998 también lograron dos goles en un solo campeonato del Mundo: Ricardo Peláez en la justa de Francia; Jared Borgetti en 2002 y Omar Bravo en 2006.

El mundial francés del 98 fue una ruptura inusual para México en ese sentido, porque ahí Luis Hernández se tornó en el máximo goleador mexicano en una sola edición de Copa del Mundo, cuando marcó por primera vez en la historia cuatro goles: dos a Corea, uno a Holanda y uno más a Alemania. Tras esa ruptura de barrera, sin embargo, tuvieron que pasar casi 30 años para que en 2026 otro artillero igualara tal proeza mundialista.

Y esa hazaña corresponde a Julián Quiñones, a quien con todo cálculo esta columna llamó en su título como “muy mexicano”. Y no es para menos. Partimos de la premisa básica y cívica de que la mexicanidad no es una escala sino una categoría. Se es o no se es, por oriundez o por elección, y el valor es el mismo de quien nace aquí que de quien escoge ser de aquí. En un ejercicio de memoria, se retoma el argumento contundente que diera el comentarista futbolero Emilio Fernando Alonso en 2002 cuando por primera vez figuró en la lista mexicana de convocados al Mundial un jugador no nacido en México, que fue el argentino naturalizado Gabriel Caballero.

A partir de ahí vinieron otros ejemplos: Antonio Naelson, nacido en Brasil, convocado a la selección mexicana en 2006; o casos similares como el de Guillermo Franco y Rogelio Funes Mori; nacidos ambos en Argentina y convocados en 2006 y 2022 respectivamente; o Álvaro Fidalgo, nacido en España y convocado en 2026. A ninguno de ellos se le escatima su mexicanidad. Son tan compatriotas como el que más, pero cada uno tuvo una participación futbolera distinta en Mundiales; donde Funes Mori o Franco destacaron por su discreción; y sólo Fidalgo o Naelson contribuyeron con goles y técnica sobresaliente sus partidos jugados en las justas mundialistas.

No se trata esta columna de criticarles nada a esos mexicanos que nacieron fuera de la geografía estándar de nuestro país. Sólo se resalta que, aunque se tenga la calidad y el deseo (cuestiones que no se les escatiman a esos jugadores) no es sencillo sobresalir en Mundiales con buen futbol y efectividad.

Es por eso que se subraya mucho más la histórica proeza que acaba de lograr el muy mexicano Julián Quiñones en la Copa del Mundo aún en curso. Con un futbol vistoso, una condición de saeta de izquierda al centro de la cancha; una asistencia de gol y cuatro anotaciones, dos de ellas de una espectacularidad de élite, Quiñones se convirtió ya en el jugador mexicano más contundente en la historia de nuestro país en competencias mundialistas. Su entrada a la historia deportiva de México es un hecho consumado y revestido en letras de oro. Con 29 años de edad, en un deporte donde el clímax de rendimiento abarca hasta los 33 años en promedio, de él depende que siga labrando una cota aún más alta.

Como se observa, ha bastado con enunciar los números que construyó el talento de Quiñones en este Mundial para rendirle honores. No ha sido necesario mencionar demasiados halagos a su figura, con recordar la estadística de su trabajo en la cancha ha sido más que suficiente para exponer su calidad fuera de serie. Porque sí: a veces la historia gloriosa y la leyenda legítima también se construyen desde verdades objetivas e irrefutables.

Con esa base, también hay que manifestar la primera intención de este homenaje discreto pero documentado a favor del muy mexicano Julián Quiñones. Hoy vivimos tiempos donde busca resurgir el imperio del oscurantismo que tanto daño causó en los siglos XIX y XX, cuando los nativismos excluyentes llevaron a la humanidad a sus momentos más críticos.

Como ecos pútridos de aquellos berridos de crueldad esgrimidos por camisas pardas o camisas negras de otros tiempos, hoy encontramos expresiones que buscan no sólo enturbiar el deporte más bello del mundo, sino reactivar las peores pulsiones de lo más atrasado de la sociedad moderna. Así, en días recientes, el señor Mariano Rajoy, execrable payaso de la derecha española que malgobernó su país en 2008, acusa que la selección francesa de hoy “tiene altísimo nivel pero pocos franceses”, y con ello niega derechos a los integrantes del equipo galo.

Lo peor es que en su tufarada racista, el señor Rajoy ni siquiera es original: la misma estupidez dijo Jean Marie Le Pen, fundador del fascista “Frente Nacional” francés, cuando en 2006 acusó que la selección francesa “no llegaría lejos” en el mundial de ese año porque había “muchos jugadores de color”. Gente así de excluyente no sólo es ignorante sino negacionista y perversa, porque la escuadra francesa llena de “jugadores de color” en 2006 le calló la boca a Le Pen, al quedar subcampeona en ese torneo y solamente perder en penales contra Italia. Como siempre, para ser un racista execrable no sólo es necesario ser ignorante, sino también ser un negacionista ante los hechos.

Así, la historia de este nativismo racista y excluyente no es nueva. A Le Pen le sorprendería saber que el mayor goleador de la historia de los mundiales en un solo torneo fue Just Fontaine, que logró la espectacular cifra de 13 goles en la Copa del Mundo de Suecia de 1958. Y aquí viene el dato para que Le Pen se fuera de espaldas, porque el ariete Fontaine era francés, pero nació en Marruecos. Así es: el mejor goleador de la historia de mundiales vistió legítimamente la casaca francesa pero era norafricano. Va lo mismo para Rajoy, un burro que igualmente quedaría con la mandíbula de corbata cuando se entere que uno de los mejores jugadores en la historia del futbol mundial vistió con orgullo la playera de la selección española hace tres cuartos de siglo, en 1956, y se llamaba Alfredo Di Stéfano, lo apodaban “La saeta rubia” y, además, nació ni más ni menos que en Buenos Aires, Argentina.

Noticia para los racistas y nativistas contemporáneos: las naciones y las patrias han sido, son y serán siempre urdimbres complejas cuya historia no puede reducirse a colores de piel o sectarismos genéticos. Ni los Rajoy de hoy ni los Mussolini de ayer son capaces de entenderlo porque su discurso busca exaltar odios excluyentes, y para eso se necesita no sólo ignorar, sino mentir.

Por eso, en este mundo contemporáneo es necesario que vuelva a dar vergüenza el racismo y las pulsiones xenofóbicas. Si el futbol puede servir para ello, y la mampara del Mundial, con todo y sus contraluces, puede expandir mensajes de concordia y en sentido contrario a esas diatribas absurdas, es necesario honrar con justicia a quien lo merece.

Por ello, hoy damos un aplauso de letras al trabajo de un personaje que llegó a México como un adolescente de 17 años; se ganó un lugar en equipos de primer nivel con base en su pundonor y calidad; ha hecho suyo el terruño con su biografía familiar; tuvo oportunidad de jugar en la selección colombiana -a la que perteneció en categorías infantiles- pero optó por el tricolor no por oportunismo sino por vocación; y que desde hace tres años dejó en claro que lo suyo en la selección nacional no es sólo un compromiso profesional sino una pasión patriótica que, con cuatro dianas monumentales, ya hizo historia en su país adoptivo. Gracias, Julián Quiñones, porque tu trabajo en cancha parece emular a ese saludable nacionalismo que siempre expresó la gran Chavela Vargas, quien, costarricense de nacimiento, demostró que los mexicanos nacen donde se les da su chingada gana.

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