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4/19/2026

Miradas que matan

Miradas que matan

Fabrizio Mejía Madrid

"La gente que padece esta dismorfia corporal, por supuesto, vive en una eterna frustración consigo misma y en el 80 por ciento tienen ideas suicidas".

Miradas que matan. Por Fabrizio Mejía

El pasado 25 de marzo un jurado en Los Ángeles encontró culpables a Meta, es decir, Facebook, Instagram y WhatsApp, y a Google, es decir, YouTube, de negligencia. Habían sido demandados por una joven de 20 años que se identifica como K.G.M. por hacerla adicta al scrolling hasta llevarla a separarse de su propia familia, por provocarle una terrible ansiedad compulsiva por su propio cuerpo, y por orillarla al suicidio. Lo que se juzgó no fue el contenido de estas plataformas sino su diseño que está hecho para que permanezcas el mayor tiempo posible conectado y, por lo tanto, te satura de lo que el algoritmo cree que son tus deseos. Esta es la primera vez que se juzga a las plataformas como un producto y no como un supuesto terreno neutral en donde son los usuarios los responsables de lo que suben y comparten. Se juzgó la reproducción automática de contenido que no pides. Se juzgó que no exista una advertencia para el scroll infinito. Se juzgó la tendencia a crearle a las personas una sobrevigilancia sobre supuestas imperfecciones de tu rostro y cuerpo. En otros momentos, plataformas como Tik-Tok o Snap han desembolsado indeminizaciones millonarias para mantener el silencio de las víctimas. Ahora no. Lo que esta decisión implica es de lo que trata esta columna.

Desde la introducción masiva de los teléfonos inteligentes con cámaras frontales, Facebook, Tuiter, Google y Youtube se han escudado en que no son medios sino plataformas. La implicación legal de esto es que no se hacen responsables de los contenidos. Así, una red como X dice que es libre porque deja pasar cualquier comentario misógino, racista, y hasta nazi. No es X. Es libertad de expresión y esa es responsabilidad de sus usuarios. Si las plataformas fueran un medio, como la televisión o un libro, tendrían que cumplir con ciertos criterios de responsabilidad, pero fueron cobijadas por las leyes, como la Ley de Decencia en las Comunicaciones de 1996 en Estados Unidos que protege a las empresas de internet de la responsabilidad por el contenido generado por los usuarios. En lugar de considerar a Instagram o YouTube principalmente como plataformas para la expresión de otras personas, la demanda de la joven K.G.M considera algunas de sus funciones principales como decisiones de diseño con daños previsibles, especialmente cuando las utilizan menores de edad. De hecho, un día antes del veredicto en Los Ángeles, otro jurado en Nuevo México había encontrado responsable a Facebook, Instagram y Whatsapp de negligencia para proteger a los niños y niñas de explotación sexual. Son un medio de comunicación. No un simple foro para que los demás hagan lo que les dé en gana. Es como cuando los servicios de taxis por aplicación no se querían hacer responsables de sus choferes porque ellos sólo ponían en relación al usuario con el viaje. Es lo mismo que cuando las empresas de cigarros o vapeadores dicen que es decisión del fumador el hacerse adicto y que le dé cáncer. En todos estos casos, el diseño y el producto no están separados, sino que son parte de un mismo modelo de negocio, es decir, de la forma en que ganan dinero. Mucho dinero.

En el caso de estas plataformas, el diseño para ganar dinero es que todo mundo permanezca conectado a toda hora, que no pueda parar, y que vaya normalizando como deseos suyos lo que la reproducción automática le vaya diciendo que desea. Esto ha llevado a una enorme cantidad de personas a tener problemas de ansiedad, soledad, desconexión con la realidad, creación de fantasmas interiores, automutilación y suicidios. Entrevistado por el veredicto del jurado para Scientific American, el profesor Gregory Dickinson de la Universidad de Nebraska hace esta comparación que creo que es muy útil para entender la decisión. Dice el profesor Dickinson: “Imaginen una máquina tragamonedas que conociera todos tus juegos favoritos, hiciera vibrar las monedas en tu bolsilo cuando tus amigos empezaran a jugar y girara automáticamente la siguiente ronda a menos que decidieras no hacerlo. El problema no es el juego, ni el jugador, ni las monedas. El problema es la máquina en sí”.

Las redes sociales no nacieron como son ahora habitantes del teléfono que traemos a toda hora en la mano. Hubo una decisión corporativa de privilegiar el negocio por encima de las consecuencias para la salud mental, los intercambios provechosos, y el conocimiento a favor de la ansiedad, la disputa para extinguir al oponente, y la conspiranoia que generan las mentiras, las verdades como si fueran personales, y la falsificación del pasado, reciente o lejano. Las características que hoy llegan a los tribunales son los sistemas de clasificación optimizados para mantenerte retenido, los feeds interminables, las configuraciones predeterminadas que favorecen el consumo pasivo y las notificaciones no pedidas fueron decisiones de producto diseñadas para secuestrar nuestra atención. Sicentific American cita a Arturo Béjar, quien trabajó en Facebook de 2009 a 2015 y fue consultor de Instagram de 2019 a 2021, y que fue llamado a testificar en el caso de la joven K.G.M. Él confesó que algunos ingenieros preocupados por la seguridad y salud de los usuarios habían incluido una ventana que avisaba que habías estado demasiado tiempo en la plataforma o que te decías: “Ya estás al día”, para que pudieras desconectarte sin la ansiedad del famoso FOMO, es decir, del miedo a quedarse fuera o perderse de algo. Se diseñó incluso un botón que te permitía tomarte un descanso de estar conectado. Pero que estos diseños más amables fueron borrados porque iban en contra de hacer dinero. Lo dijo Béjar con una comparación de sus años en Meta “Mientras había 30 mil ingenieros dedicados a optimizar la captura de la atención, la oficina de salud mental y suicidio tenía menos de 20 empleados”. No es que estas corporaciones de redes sociales no sepan que sus diseños de “likes”, sus algoritmos, y sus reproducciones automáticas generan dopamina en el cerebro, de igual forma como un adicto al juego. Lo que sucede es que no les importa. La cosa es que, en personas menores de edad, sus cerebros no cuentan siquiera con la forma de negarse voluntariamente a desconectarse, por lo que son presa fácil de esta industria.

Dice el reportaje de Scientific American: los investigadores del Instituto de Interacción Humano-Computadora de la Universidad Carnegie Mellon, entre ellos Hank Lee y su director de tesis doctoral, Sauvik Das, han intentado medir qué sucede cuando se eliminan algunas de esas decisiones de diseño. Su equipo creó Purpose Mode, es decir, “Modo Propósito”, una extensión para navegadores que elimina los elementos que captan la atención —desplazamiento infinito, reproducción automática, recomendaciones algorítmicas— de las plataformas de redes sociales. Lee afirma que los participantes en un estudio sobre el Modo Propósito se sintieron menos distraídos, pasaron menos tiempo en los sitios web (una media de 21 minutos menos al día) y, en algunos casos, les gustaron más las plataformas cuando se redujeron estas funciones”. Le pusieron ese nombre, “Modo Propósito” porque muchas veces los usuarios de redes sociales no tenemos un objetivo, una finalidad, para conectarnos, salvo estar conectados y, de esa manera, estamos expuestos al diseño de la máquina, su fantasma interior, que está pensado para secuestrarnos.

La joven K.G.M empezó a usar Instagram cuando tenía seis años y Youtube cuando tenía nueve. En muy pocos meses, no podía dejar de estar vigilante a los contenidos y pasaba más de 16 horas diarias en esas redes. Empezó a ver transmisiones en vivo de autolesiones y de suicidios. En concreto, se alega que las empresas no aplicaron restricciones de edad, no advirtieron a padres y usuarios sobre los riesgos de adicción y no frenaron la amplificación algorítmica de contenido dañino, como la promoción de la autolesión, el ciberacoso, el contenido que promueve una imagen corporal irreal y el material de extorsión sexual.

La segunda semana del juicio produjo su momento más significativo cuando el director ejecutivo de Meta, Mark Zuckerberg, testificó el 18 de febrero, en su primera comparecencia ante un jurado sobre cuestiones de seguridad infantil. El abogado de los demandantes, Mark Lanier, confrontó a Zuckerberg con un documento interno de Meta de 2020 que revelaba que los niños de 11 años tenían cuatro veces más probabilidades de seguir utilizando las plataformas que los usuarios mayores, lo que planteaba la inferencia de que la empresa estaba fomentando deliberadamente la participación de menores de edad. Por supuesto que el dueño de Meta sabía de ese estudio interno pero decidió no prestarle atención, tal y como hicieron las tabacaleras cuando supieron desde 1953 que existía una relación entre su producto y el cáncer. No obstante, fueron tan cínicos que un año después, en 1954, hicieron una declaración formal en la que sostuvieron que el cigarro era anodino para la salud. Su intención no era que les creyeran sino sembrar la duda. Internamente, en un memorádum, las tabacaleras dijeron que “la duda era su negocio” en 1969. En el caso de las redes sociales usadas desde el teléfono con cámara frontal, los datos son sabidos: entre 2010 y 2018, la incidencia de ansiedad aumentó un 134% y la de depresión un 106% en Estados Unidos, Canadá y Reino Unido.

En México, el INEGI le ha llamado a la tasa de autolesiones y suicidios juveniles, “el salto estadístico” cuando, coincidiendo con el uso del teléfono inteligente y la aparición de Instagram, entre 2020 y 2023, el suicidio se convirtió en la segunda cusa de muerte entre los jóvenes de 15 a 29 años. En esa década, pasamos de 4 suicidios por cada 100 mil habitantes a 6. No fue, como se ha dicho, una reacción sólo de la pandemia de Covid, sino que tiene que ver con el ciberacoso que afecta al 30% de las mujeres jóvenes conectadas a redes sociales. Además, México es un país que mira esos contenidos por mucho tiempo: 4.5 horas diarias, frente a otros países como Japón que no llega a la hora al día, Europa a la hora y media, y hasta Estados Unidos en 2 horas y cuarto. Pero el 15% de los jóvenes mexicanos entre 15 y 29 años lo usa más de cinco horas diarias y desbloquea su teléfono 150 veces veces al día, lo que expresa una ansiedad tremenda y una falta de concentración crónica.

Este uso adictivo que tienen las redes sociales por diseño de sus dueños ha traído muchas consecuencias negativas para la salud mental. Una de las más preocupantes y que Ana Lilia Pérez aborda en su nuevo libro sobre las cirugías estéticas en México, El cuerpo perfecto, es la epidemia de, sobre todo, mujeres jóvenes que se miran defectos de apariencia compulsivamente. Esto ha dado lugar a la llamada “cara de flitro”, que es que las personas buscan parecerse a su propia fotografía generada por flitros del teléfono y buscan hacerla permanente en la realidad. La gente que padece esta dismorfia corporal, por supuesto, vive en una eterna frustración consigo misma y en el 80% tienen ideas suicidas. Este índice es de nuestras jóvenes entre 12 y 15 años de edad. Esta frustración se llama clínicamente “ciclo adictivo de autodesprecio”, que es responsabilidad de un grupo de ingenieros y de su patrón que elaboraron un algoritmo que detecta la vulnerabilidad del usuario para bombardearlo con contenidos de belleza que exacerban la frustración. La otra adicción en juego es la de la validación digital, es decir, de los “likes” y el número de comentarios aprueban la apariencia.

Todo esto ha llevado a que se extiendan las cirugías para tener cara de gato. Ese es el término que se usa para los flitros que Instagram, Tik-Tok, y Snap popularizaron hace unos años como signo de belleza homogénea: los ojos alargados, cejas levantadas, pómulos marcados, nariz de respingo, y boca pulposa. Las personas quieren cara de gatos, no porque les pareciera que es era atractivo, sino porque el algortimo de las redes, sus filtros integrados en la aplicación de teléfono, así lo diseñaron y queda en la conciencia de los ingenieros y dueños de esas plataformas. El problema es que pasó de las fotos a la realidad y, como dice Ana Lilia, se trata ahora de que las cirugías plásticas sean las que lleven a cabo ese supuesto ideal de lo bello. Aquí seguimos un problema que, como cultura, no hemos abordado siquiera: el de la disparidad en la apariencia. Como cultura seguimos juzgando a los demás, primero, por su apariencia, por sus rasgos físicos, su color de piel, su tipo de ropa. Y eso ha sido exacerbado por las redes, los likes, el número de los seguididores. No importa que haya llegado a la Preidencia de la república una mujer, seguimos juzgando a las mujeres, en primera instancia, por su aspecto. Somos uno de los pocos países donde aún no se legisla sobre el uso de flitros en las fotografías de uno mismo. En Francia, la ley obliga a las plataformas a decir si una fotografía ha sido manipulada con herramientas virtuales.

Pero ese es ya tema de otra columna: las estratificaciones sociales debido a la apariencia física. Por lo pronto aquí los dejo.

8/06/2024

El engaño de la resiliencia

 sinembargo.mx

Fabrizio Lorusso

En la época del neoliberalismo tardío y del emprendedurismo universal, existe un nuevo, o ya no tan nuevo, concepto smart que ha invadido discursos y prácticas, disciplinas y mentalidades: la resiliencia. 

Elevada al rango de un imperativo categórico del individuo y de la sociedad, de por sí anestesiada por las narrativas tóxicas del empoderamiento y la autoayuda, el coaching motivacional y la gobernanza del self, la resiliencia se ha convertido en el mantra solucionador de toda bronca. 

El diccionario describe dos acepciones básicas de la palabra. Una, desde el punto de vista biológico, la define como “capacidad de adaptación de un ser vivo frente a un agente perturbador o un estado o situación adversos”. Otra, desde una perspectiva física, la describe como “capacidad de un material, mecanismo o sistema para recuperar su estado inicial cuando ha cesado la perturbación a la que había estado sometido”. 

En otras palabras, aplicada al ámbito humano y social, la ideología de la resiliencia prescribe que, ante un golpe o un atropello, como sucede en el mundo de los demás seres vivos o con los materiales y sistemas, cada cual debe formar sus capacidades para volver al estado inicial, sobrellevar la “perturbación del equilibrio”, y acomodarse a las nuevas condiciones. Por lo tanto, ça va sans dire, eso implica renunciar a cambiarlas de raíz, aquellas condiciones. Pase lo que pase la culpa y la solución de los problemas está en nosotros y nosotras.

Existen por lo menos dos usos de la resiliencia. Uno, no ideológico, tiene una función valiosa y lo manejaban, en origen, la psicología y la tanatología como un recurso positivo de los sujetos para reconstruir un sentido de vida frente a acontecimientos dolorosos irreversibles, lutos y muertes, enfermedades terminales, mutilaciones, desastres naturales, accidentes y otros eventos traumáticos inevitables. El otro, que aquí nos interesa, es su uso ideológico como “mandato de adaptación” de las personas ante situaciones que, por tremendas o difíciles que puedan ser, irreversibles, naturales e inevitables no son y, más bien, así son presentadas, como el movimiento de los planetas, para promover una forma fatalista de adaptación individual, en vez de fomentar reivindicaciones de transformación o de protesta. 

Las presuntas virtudes de esta resiliencia las propagandean urbi et orbi los grupos dominantes, con apoyo hasta sincero, ingenuo o desinteresado del resto, a partir de los ámbitos más variados de la comunicación, la academia, la empresa y el poder político para adormecer conciencias potencialmente rebeldes y anhelos emancipatorios. Su función es entronizar un orden económico asimétrico y naturalizar las desigualdades. Inclusive los movimientos sociales y las organizaciones civiles, más o menos de buena fe, la han asumido acríticamente como consigna u objetivo.

Sin embargo, “resiliencia” es una palabra resbalosa, a menudo empleada ideológicamente, parte de la neolengua patronal, global y neoliberal, que nos sujeta al dogma de la adaptación perenne en el marco de una sociedad impuesta como líquida y riesgosa por default. 

La resiliencia es una trampa conceptual que plantea soluciones individuales para problemas estructurales. Propone que las personas no se preocupen por modificar una realidad a todas luces hostil para las mayorías, sino que encuentren recursos de flexibilidad y agilidad emocional o física dentro de sí, gracias a terapias y mindfulness, con el fin de percibirse o hacerse más conformes con lo existente, ya que eso es lo que hay. 

Depresión y ansiedad, de esta forma, se trasforman en simples incapacidades subjetivas y trastornos de inadaptación a un medio ambiente que, con sus conflictos y contradicciones, nos estaría brindando oportunidades de superación que no vemos y no captamos por “pensar negativo” o “andar criticando”. 

La propuesta es, entonces, explorar o cultivar, o sea, inventarse, fortalezas biográficas y cualidades personales para dar cabida, resignificar e interiorizar como dadas e inmodificables ciertas problemáticas, omnipresentes y acuciantes, como la precariedad laboral, la violencia de género, las crisis económicas o sanitarias globales, y hasta el cambio climático, la inflación o el invierno atómico postapocalíptico. La creencia común es que no hay de otra frente a este colapso, por lo que mejor cambia tu forma de verlo y ajústate a lo inevitable. 

La narración de la resiliencia enfoca las nefastas herencias históricas de clasismo, colonialismo, racismo, discriminación y falta de oportunidades, enraizadas en nuestras sociedades y letales para los sectores vulnerables y dominados de la población, como si fueran ocasiones propicias para reforzar el espíritu y la capacidad adaptativa de la gente en pro del crecimiento personal. Las conceptualiza como eternas, ahistóricas, independientes de la política y de la acción social, ante lo cual sólo nos queda un planteamiento adaptativo.  

Así, los temas públicos, sobre los cuales sí podríamos tener control como comunidad política y grupos de seres actuantes y pensantes, se despolitizan y entran mágicamente en la esfera de la visión o percepción individual sobre los mismos, que debe ser “positiva” para sentirnos siempre bien y adaptarnos ad libitum. 

De paso, se sostiene que el proceso de acoplarse a las adversidades encarnizadas de un sistema injusto y explotador es algo en sí mismo deseable, ya que así es como se va aprendiendo, adecuando y mejorando, como nunca, el ser, el yo, el ego resiliente. Es la ideología de la joda y el aguante contrabandeadas como oportunidades de mejora individual.

Es bueno y apreciado socialmente, entonces, no querer cambiar nada de la realidad externa y aguantarse estoicamente ante ella, a solas, interiormente. Es malo, entonces, o anticlimático, el hecho de develar lógicas de poder, denunciar injusticias y órdenes de control y dominación con el propósito de organizarse colectivamente y construir otro futuro posible. 

Si la neolengua que creó George Orwell en 1984, su novela de ciencia ficción distópica, representaba la piedra angular del mecanismo manipulador de un régimen totalitario, la jerga actual del humano resiliens como cualidad suprema significa, más bien, un acto de clausura de la dialéctica del Amo y del Esclavo, de hegeliana memoria, a favor, evidentemente, del Amo. 

“No hay alternativa”, decía en los ochenta la fundadora del neoliberalismo británico, Margaret Thatcher, tratando de engañar al Esclavo. 

Es “el fin de la historia”, escribía, después de la caída del muro de Berlín, el ideólogo de los Amos, el estadounidense Francis Fukuyama, sancionando la epifanía de un orden mundial definitivo forever del capitalismo, entonces triunfador sobre la versión soviética del socialismo real.   

La resiliencia pretende reemplazar términos y praxis menos de moda, pero hoy radicalmente necesarios, como la resistencia, el empuje al cambio social e, inclusive, la revolución. Modifica ideológicamente, a favor de las clases hegemónicas, los horizontes de sentido de las personas para que se desmotiven, se desagreguen y desmovilicen, para así buscar refugio en soluciones familistas o individualizadas de superación interior, en lugar de intentar reconvertir la agraviante realidad externa y orientarse al bien común.

Fabrizio Lorusso

Profesor investigador de la Universidad Iberoamericana León sobre temas de violencia, desaparición de personas y memoria en el contexto de la globalización y el neoliberalismo. Maestro y doctor en Estudios Latinoamericanos (UNAM). Colaborador de medios italianos y mexicanos. Integra la Plataforma por la Paz y la Justicia en Guanajuato, proyecto para el fortalecimiento colectivo de las víctimas.

Los contenidos, expresiones u opiniones vertidos en este espacio son responsabilidad única de los autores, por lo que SinEmbargo.mx no se hace responsable de los mismos.

9/30/2022

Grupo Firme y Lord Cuchillo

  Fabrizio Mejía Madrid

“El discurso de odio es la circulación de ideas sobre la inferioridad de grupos históricamente oprimidos, como los indígenas, las mujeres, los discapacitados, los inmigrantes, los pobres, los morenos”.

sinembargo.mx

El domingo pasado, en la víspera del masivo concierto en el Zócalo que brindó el Grupo Firme comenzó en tuiter una campaña de odio que debiera preocuparnos a todos. La tendencia se llamó “Nacos” y trataba de denostar a los asistentes al espectáculo que fue presenciado por 280 mil personas en vivo y casi dos millones de personas lo vieron por Internet. Sin haberlos escuchado, los usuarios de tuiter que hicieron la tendencia se refirieron a su espectáculo como “Música agropecuaria”, “narco-corridos”, “música de delincuentes”. Digo que no habían escuchado al Grupo Firme porque no cantan “narco-corridos feminicidas” —como escribió una usuaria que se dice “feminista”—, sino baladas, canciones de despecho, y las van mezclando con rap, “chúntaro”, música de banda, regional y pop. 

El momento icónico de ese concierto fue cuando uno de los cantantes, Jhonny Caz, se puso la bandera del arcoiris LGTB en la espalda. Es el primer cantante de música de banda gay que ha ganado un premio Grammy, que aceptó casarse durante un concierto, y cuyas sus canciones de desamor son hacia los varones. Pero a los usuarios de tuiter lo que les importaba era generalizar el discurso de odio del clasisimo racializado. Sin que la empresa que maneja Twitter en México hiciera nada contra ese discurso de odio, los usuarios señalaron que el Zócalo era una “sopa de nacos”, “concierto de simios” “puro Shrek y Fionas de la 4T”, o que —cito— “durante el concierto se instalarán módulos de la SEP para que tramites tu certificado de primaria. Aprovecha”, Alguien que se ostenta como La Catrina Anti Obradorista develó lo que quizás era la intención de esta tendencia. Escribió: “Normalicemos decirles nacos a los nacos sin que se ofendan. Volvamos a ser ese maravilloso país donde aguantábamos y no nos ofendíamos de todo. Decirle naco a alguien no es ni racista ni clasista, hay nacos de todos los colores”. 

La idea era que estaba bien llamarles nacos a los asistentes al Zócalo para, de alguna manera, regresarlos a ese lugar del México de las clases sociales racializadas, regresar a los nacos al lugar de aguante que se les dio en décadas del PRIAN, a que se resignen y se callen. Regresarlos, en fin, a no sentirse con poder, a no votar, porque ellos, los nacos, son ignorantes y caprichosos y pusieron a la 4T en la silla Presidencial, un lugar que no es para los morenos, sino para los señoritos distinguidos, aunque se roben el petróleo y la luz. Pero la tendencia comenzó a tomar una dirección todavía más reprobable cuando un usuario subtituló una foto del Zócalo lleno con su propuesta: “un napalm y se acabó” Otro más, también fantaseó con desaparecer a la gente reunida escribiendo: “Con razón la ciudad se veía mejor hoy: toda la chairiza estaba en el Zócalo viendo al Grupo Firme. Fusilamientos ya”.

El discurso de odio es la circulación de ideas sobre la inferioridad de grupos históricamente oprimidos, como los indígenas, las mujeres, los discapacitados, los inmigrantes, los pobres, los morenos. No todo es discurso de odio de igual forma que no existe el racismo “al revés”, es decir, a los herederos de la blanquitud colonial. Es un prejuicio que hace generalizaciones negativas sobre un grupo históricamente oprimido por su color de piel, género, o nivel de ingreso. Es una forma violenta de expresarse de los individuos por su relación con un grupo que a tus ojos sería el responsable de todo lo malo existente. 

Así, a ojos de la derecha, los gays son pederastas, los musulmanes son terroristas, los judíos sólo ven por su dinero, los inmigrantes son invasores, y los morenos son pobres, groseros, ignorantes y atraen el delito. El odio político es algo que comienza en una generalización de un grupo al que se le evade, por ejemplo, segregándolo o evitando incluso que pueda pasar por “tu colonia” porque las afea o atrae el delito, para, después, negarle el acceso a servicios y oportunidades, y finalmente, atacarlo físicamente y exterminarlo. Hay, por supuesto, un tránsito entre sentirse amenazado por un color de piel, un acento, una apariencia, e ir a agredirlo.

Pero justo eso sucedió dos días después. Es lo que se ha llamado “Lord Cuchillo” y es más que la locura repentina de un adulto mayor que hizo el gesto de degollar a un empleado público empuñando un cuchillo de dimensiones irreales. La historia tiene que ver con el Cartel Inmobiliario que Acción Nacional había montado durante treinta años en la hoy Alcaldía Benito Juárez y que, ahora, se ha mudado a la Miguel Hidalgo. Del 21 de noviembre al 18 de agosto pasado, Mauricio Tabe, que es el alcalde de esta última alcaldía, puso una sucursal de su negocio de tacos árabes, Doneraki, en las calles de la colonia Escandón. El alcalde tiene el 20 por ciento de las acciones de la empresa y otro 20% su padre, que es el señor del Cuchillo; el resto la tienen sus otros hermanos. Los vecinos se quejaron porque no tenía uso de suelo establecido para los locales comerciales porque es habitacional, pero a la autoridad de la demarcación no les importó esa prohibición. 

Es más: el director jurídico de la alcaldía Miguel Hidalgo, Mauricio César Garrido, el 31 de diciembre del año pasado, le otorgó el permiso y acabaron adjuntando 6 locales sin permiso, demoliendo muros, y tirando árboles. El licenciado Garrido fue inhabilitado durante 90 días el pasado 19 de septiembre por la Contraloría General de la Ciudad de México, debido a que quitó los sellos a una obra que estaba clausurada por riesgosa. Ante esta inhabilitación, el alcalde, Mauricio Tabe, dijo que era “una persecusión política”. Garrido era parte del equipo de Luis Vizcaíno que fue encarcelado por las irregularidades de las construcciones de inmuebles en Benito Juárez y que terminaron en explosiones de gas y edificios nuevos que se derrumbaron durante el sismo del 2017. 

Garrido pasó de Benito Juárez a la Miguel Hidalgo para servir como tapadera a la corrupción inmobiliaria. Ante las denuncias del Comité Vecinal sobre la irregularidad de la taquería del alcalde, el Instituto de Verificación Administrativa llegó a suspender las actividades del negocio. Ahí fue cuando el padre del alcalde, Daniel Tabe, salió de su local con un cuchillo, tomó por el cuello al verificador, un empleado público de la ciudad, y amagó con degollarlo. Esto que podría parecer una reacción de intento de homicidio, penada por las leyes, se enrelaza con el discurso de odio cuando el anciano del cuchillo enarbola su arma contra los demás empleados públicos de verificación administrativa y dice:

-Órale jijos de la chingada. Pinche bola de arrastrados.

El Lord Cuchillo no hubiera tenido negocio si su hijo no fuera de Acción Nacional y el alcalde en funciones. Tampoco se hubiera atrevido a portar un arma blanca contra un funcionario público en la calle. Menos tratar a quienes hacen cumplir los reglamentos de uso de suelo de inmuebles como perros o sirvientes, con la prepotencia del hacendado contra los peones. Es por eso que ambas cosas están relacionadas: el discurso de odio que campea sin que Twitter haga nada y las expresiones físicas a las que ya está llegando.

Se ha exhibido que la cuenta del Lord Cuchillo en esa red social está plagada de insultos contra el Presidente López Obrador. Por ejemplo, escribió el 26 de noviembre de 2021, un día después de los enfrentamientos de encapuchadas con las policías: “Dieron a sus narco-súbditos la orden de rafaguear a las feministas” o, cinco días antes: “Desaparecer a Morena y su dueño es el único camino que México tiene para empezar a recuperar lo perdido”. 

Es la misma ansia de violencia que el novelista Francisco Martín Moreno exhibió justo un 2 de octubre de 2020 en el programa de radio de Pedro Ferriz cuando confesó: “ “Yo por eso propongo, que si se pudiera regresar a la época de la inquisición, yo colgaba a cada uno, no colgaba, quemaba vivo a cada uno de los morenistas en el Zócalo capitalino”. Añadió: “Quien vote por Morena el año que entra, será también un traidor a la patria, porque si no se duelen tampoco los votantes por lo que está sucediendo en este país y votan por ellos, habrán perdido el derecho a quejarse y serán iguales que ellos, que cada uno de los morenistas”. Es la misma violencia verbal que el 11 de julio de 2020 exhibió el lider de FRENA, Gilberto Lozano cuando llamó a “encuerar y linchar” a los trabajadores de la Comisión Federal de Electricidad que le cobran la luz. 

Es la misma que exhibieron las senadoras de Acción Nacional el 26 de octubre de 2021 cuando le regalaron una lápida al secretario de Salud, Jorge Alcocer, argumentando que, “como no hay filtros para gente que ingresa a México, se está dando entrada a infinidad de variantes de COVID”. De estas tres expresiones que cito al azar de una enorme cantidad de deseos de muerte no incluyo, por ejemplo, la del actual presidente de Tribunal Electoral, Reyes Mondragón, que le deseó al Presidente que se muriera de COVID el 6 de octubre de 2020 o la de Jorge G. Castañeda pidiendo que se quitara a López Obrador “por las buenas o por las malas” o cualquier discurso de las senadoras Tellez, Kenia López o Gálvez. Todas tienen algo en común y es la idea de que, si los pobres, los morenos, los obradoristas desaparecieran, fueran ejecutados, borrados del mapa, la vida de esos ejecutores sería mejor. La idea de que esa mayoría del país debería callarse, aguantarse, permanecer en su lugar de la escalera de las castas, no salir a manifestarse o a votar, porque son portadores de la ignorancia, la violencia, y la irresponsabilidad. 

El discurso de odio de la derecha existe desde el Porfiriato que inventó al “peladito”, al “lépero”, “el desarrapado”, “el indio bajado del cerro a tamborazos”, que hoy es el “naco”. Ese término despectivo que usan ahora contra los plebeyos politizados, el “chairo”, es justo lo que les molesta del breve empoderamiento que han tenido las clases que se consideraban subalternas hasta en la vida pública. No soportan su presencia en las calles, en el relajo de bailar una cumbia chúntara, riendo sin ortodoncia, subidas al cuello del novio, encendiendo las luces de su celular madreado para acompañar al Grupo Firme. No soportan, tampoco, su presencia en labores de cumplimiento de la ley. Porque la ley es la ley sólo cuando no me toca a mí pagar los impuestos, la luz. Es sólo cuando esos plebeyos se sublevan que es menester sacar el cuchillo.

Como sociedad no podemos permitir que se normalicen los discursos de odio y menos los actos de violencia. Ellos quisieran que regresáramos en el tiempo a las castas, los peones acasillados, los “léperos” expulsados a los confines de la ciudad. No regresaremos. Y hay que decírselos: normalicen nuestra presencia pública y en la vida pública de nuestros nuevo arraigo. Nosotros, sépanlo bien, somos también la república.

Fabrizio Mejía Madrid

Es escritor y periodista. Colabora en La Jornada y Aristégui Noticias. Ha publicado más de 20 libros entre los que se encuentran las novelas Disparos en la oscuridad, El rencor, Tequila DF, Un hombre de confianza, Esa luz que nos deslumbra, Vida digital, y Hombre al agua que recibió en 2004 el Premio Antonin Artaud.


8/18/2020

Violencias en Guanajuato: la resistencia



Ante el aumento repentino de distintas formas de violencia en Guanajuato (shar.es/abqBxs), una parte de la población no se ha quedado de brazos cruzados y ha desafiado las barreras del miedo, de la soledad individualista y de la estigmatización que rodeaban a las víctimas.
Si no se hubiesen rebelado colectivamente al status quo de negación y criminalización de las desapariciones por parte de las autoridades, empeñadas en desmentir la presencia de fosas clandestinas, en dificultar la participación ciudadana en temas legislativos, de búsqueda y de atención a víctimas, en ocultar cifras o restringir el acceso a los semefos, los familiares de las y los desaparecidos no habrían conseguido avanzar en su búsqueda. Pero sí lo hicieron.
Maricela Peralta, quien busca a su hermano Jorge Ismael, desaparecido en Celaya en 2018, el 16 de enero pasado, en Irapuato, expresó a la prensa lo que se vive en el estado: “esto que ven, esto es el Guanajuato que no le gusta al gobierno. Éste es el tejido social que se está resistiendo a terminar quebrantado porque estamos hablando de familias que están destrozadas, que se han quedado sin padres, sin proveedores, sin hijos, sin salud… hablamos de un Guanajuato empoderado económicamente, pero en desapariciones, pues allí la llevamos también a de la primera, ¿no?” Detrás de ella, las compañeras del colectivo A Tu Encuentro formaban un manto protector con las fotos de sus seres queridos.
Pocas palabras claras: tejido social, dolor y resistencia ante las desapariciones. El mensaje era dirigido a las autoridades, ya que el colectivo acababa de reunirse con el gobernador Diego Sinhue, pero también a una sociedad que padece de extremos desgarramientos e indiferencia hacia las víctimas. El compromiso, tomado en esa ocasión, de abrir mesas de trabajo formales con metodología, fechas establecidas, escrutinio público y participación de colectivos con funcionarios estatales todavía no se ha cumplido.
En Guanajuato hay dos colectivos históricos. El colectivo Cazadores reúne a las familias de ocho cazadores de León que fueron desaparecidos por policías municipales de Joaquín Amaro, Zacatecas, el 4 de diciembre de 2010. Desde entonces buscan justicia y la verdad.
Justicia y Esperanza agrupa las familias de 22 migrantes de San Luis de la Paz, desaparecidos el 7 de marzo de 2011 en camino hacia Estados Unidos: tomaron el autobús y ya no se supo de ellos. Lo acompaña la Fundación para la Justicia y el Estado Democrático de Derecho y es parte del Movimiento por Nuestros Desaparecidos en México.
En 2012 el Movimiento por la Paz, encabezado por Javier Sicilia, en su paso por León, cobijó también a familias de Guanajuato. Desde el año anterior algunas víctimas del estado se habían unido a Fundec-Fundem, Fuerzas Unidas por Nuestros Desaparecidos en Coahuila y México, luego formaron la región centro del movimiento. Asimismo, el colectivo Búscame-Buscando Desaparecidos México tiene presencia en Irapuato y sus representantes, Yolanda Morán, quien busca a su hijo Dan Jeremeel Fernández Morán, y Grace Fernández, hermana de Dan y consejera ciudadana del Sistema Nacional de Búsqueda, han apoyado a familias en campo y a activistas en distintos foros y actos.
Estas experiencias, ejemplo de perseverancia, aún no se habían articulado en un movimiento estatal más amplio hasta hace pocos meses, cuando la conciencia del dolor común y la explosión de la problemática en la entidad detonaron la unión de cinco familias que, en noviembre de 2019, fundaron en Irapuato el colectivo A Tu Encuentro. Así, se fueron sumando energías de más víctimas de la violencia reciente, de académicos y defensores de derechos humanos, de unos colectivos prexistentes y organizaciones nacionales que propiciaron el crecimiento del grupo y su posibilidad de incidencia. Sin embargo, el diálogo, los apoyos y las negociaciones con el gobierno tuvieron que convivir con amenazas, tergiversaciones y, más recientemente, con detenciones y represión policiaca ( shar.es/abqVuH).
Guanajuato vive una crisis de desapariciones cada vez más compleja, pero la fiscalía no ha entregado a la Federación información actualizada: la Comisión Nacional de Búsqueda señala 840 casos, pero datos obtenidos de la Unidad de Transparencia en octubre y diciembre de 2019 arrojan un mínimo de mil 40 y un máximo de 2 mil 104 personas desa-parecidas. La Ley de Búsqueda y la Ley de Víctimas fueron promulgadas en junio, con tres y siete años de retraso respecto de las correspondientes leyes generales. La Comisión Estatal de Búsqueda se acaba de instalar, mas el proceso fue contestado porque no hubo transparencia ni participación de las familias.
Ya surgieron nuevos colectivos como Buscadoras Guanajuato, que integra 11 familias de León desde marzo pasado, y Mariposas Destellando-Buscando Corazones y Justicia, presente en cuatro estados desde 2018, que tiene representación en Salvatierra y acompaña a 26 familias guanajuatenses. El 15 de julio, junto con Justicia y Esperanza y el grupo Cazadores, los cuatro grupos formaron el Frente para la Búsqueda de Personas Desaparecidas en Guanajuato (shar.es/abqPPM), que lucha para ejercer su derecho a participar e incidir en búsquedas, investigaciones, atención a víctimas y políticas públicas. Hasta encontrarles.

* Periodista italiano y colaborador de La Jornada Semanal