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5/24/2026

Israel: la generación envenenada


La aberración histórica de Israel, evidenciada en los pasados dos años a escala global, lleva décadas en construcción y perfeccionamiento. Revela que, además del Estado criminal y sus atroces fuerzas armadas (FDI: “el ejército más moral del mundo”, se ha atrevido a decir Netanyahu), no sólo administran el destino de una religión y una identidad nacional sobre diseño, sino que mantienen controlada a su población (ese “pueblo de Dios” que se construyó con el exilio centroeuropeo a la tierra de Palestina) en una condición hipnótica que ya quisiera Corea del Norte.

Es desarmante ver o escuchar a los jóvenes, a veces niños, en las calles de Tel Aviv o entre “colonos” en Cisjordania o los bordes de Gaza, diciendo cómo la ven, o actuando directamente contra las mujeres y los niños palestinos. ¿Cómo puede una juventud estar tan eufóricamente enferma? El odio fanático lo traen integrado. Sus mayores realizaron una ingeniería pedagógica tan perversa como eficaz. Nacieron y han crecido en un “culto de muerte”, como describe Johnatan Cook, más cercano al Jemer Rojo o a las Juventudes Nazis que al judaísmo. Dos o tres generaciones adoctrinadas en el sionismo que finalmente se quitó sus máscaras y se muestra como lo que siempre fue: un proyecto supremacista, excluyente, racista, teocrático, expansionista, profundamente policiaco y militar.

Desde fuera intentamos entender qué pasó con esa sociedad de matriz europea que parecía ilustrada, democrática (sobre los escombros de la Nakba, claro; lo mismo que Estados Unidos es democrático sobre los huesos de los nativos originarios), piadosa y cosmopolita. Nos engañaron. Allí se larvó uno de los monstruos sociales más feos y peligrosos de la modernidad.

Dice la analista israelí Avigail Abarbanel que a veces uno aprende sobre una sociedad de su humor, más que de las noticias. Parafraseándola, a veces uno conoce más de una sociedad leyendo a sus historiadores críticos y sus periodistas independientes, como la propia Abarbanel o Carolina Landsman, quien recientemente publicó un artículo en Haaretz (3/5/26) que alcanzó gran repercusión, donde sostiene que Israel es un Estado condenado, y Netanyahu se irá, pero su legado no:

“Ha logrado destruirlo todo, todo lo bueno, claro. No queda nada. Absolutamente nada. Nuestra sociedad se ha desmoronado, el ejército se ha desintegrado, los jueces se mueren de miedo, los medios de comunicación se han convertido en un reality show, la Knéset en un manicomio y la oposición comparte la visión de la realidad de Netanyahu (Irán es una amenaza existencial; no hay solución para el problema palestino; sólo los partidos sionistas deberían ocupar un puesto en el gabinete).”

Landsman apunta lo obvio: “El mundo odia a Israel, y el antisemitismo ha regresado a su cuna política. Ya no es la ‘nueva’ versión crítica de izquierda (que se centraba en la política israelí y los defectos del sionismo), sino la vieja versión asesina de derecha, que adopta con regocijo la retórica de los (apócrifos) Protocolos de los Sabios de Sion. La verdad es que, mientras nos volvíamos locos a nosotros mismos y al mundo con el Holocausto, mientras coreábamos: ‘nunca más’ hasta la saciedad, Netanyahu ha llevado al mundo al borde de una repetición de la historia”. Para colmo, “la gente se engaña creyendo que aún hay una oportunidad: que él y el Estado son entidades separadas”.

Por su parte, Avigail Abarbanel, escribiendo sobre el “culto de muerte” que domina a su país, destaca “el modo en que la sociedad israelí adoctrina a sus miembros desde la cuna y retraumatiza a los niños para garantizar su lealtad”. Este adoctrinamiento “produce con éxito una población capaz de cometer un genocido transmitido en vivo, atacar y desplazar poblaciones civiles de naciones soberanas y acelerar la limpieza étnica en Cisjordania, mientras se ve a sí misma como inocente víctima, amante de la paz”.

Refiere un episodio del popular programa cómico de la televisión israelí llamado Zehu Zé! (¡Eso es!), que ella recordaba ingenioso, familiar y suficientemente irreverente para pasar por progresista. Sus actores y personajes eran epítome de la “israelidad”. El 10 de marzo de este año el programa trató de una boda en un estacionamiento subterráneo. “No trataba de ser surrealista ni absurdo. Era la realidad ligeramente disfrazada de comedia: gente en un refugio, una boda desplazada a un búnker, haciéndolo chistoso”, describe.

“Cuando una Sociedad ya no genera ninguna distancia entre su comedia y su crisis, no produce humor, sino copia un ritual, la risa, si llega, es de autorreconocimiento, ‘sí, así vivimos ahora’, algo muy distinto de la diversión”. Para Abarbanel, “los judíos israelíes enfrentan una disyuntiva: en vez de quejarse y tenerse lástima podrían frenar la orgía destructiva. Podrían abandonar su culto, la idea de un Estado étnicamente puro a expensas de la población originaria de Palestina, e intentar volver a la humanidad. No tienen derecho a llorar o hacerse las víctimas, cuando son quienes infligen destrucción y miseria a millones de personas”.

4/20/2025

El sueño de Errol Musk

Hermann Bellinghausen

Hay ambiciones que ni Balzac hubiera imaginado. Cada mañana al amanecer, el multimillonario canadiense-sudafricano Errol Musk puede pensar con satisfacción: Mi hijo es el hombre más poderoso del mundo. Y está comprando, a buen precio, el gobierno de Estados Unidos. No obstante, como en la tragedia clásica, padre e hijo se detestan. Elon Musk lo ha calificado de terrible ser humano, capaz de maldades inimaginables. Errol ha llevado una vida de tabloide, con escándalos financieros y personales, romances, hijos lícitos o insólitos. De su primogénito (nacido en 1971) suele hablar mal. Por ejemplo: No ha sido un buen padre. El primer bebé estaba demasiado tiempo con niñeras y murió al cuidado de una. Si Elon escucha esto, me va a disparar o algo así, pero de todos modos es lo que pienso: eso no es bueno, demasiado ricos, demasiadas niñeras. El burro hablando de orejas.

También piensa que Elon tiene demasiadas cosas en la cabeza, sobre todo desde que ocupa un puesto en el gobierno de Donald Trump. Quiere llegar a Marte, vender carísimo todo lo que fabrica, dirigir el mundo y más dinero. En pocas semanas perdió y ganó cantidades astronómicas de dinero en el casino global, haciéndolo el hombre más rico del mundo. Según Errol, el juego de su hijo puede resultar catastrófico.

Nacido en 1946 de padre sudafricano y madre británica, Errol se educó en un colegio exclusivo. Bajo el régimen del apartheid hizo gran fortuna y también explotando minas de esmeraldas en Zambia. Se enriqueció con el extractivismo sin freno en el continente. Su difusa trayectoria política empezó con una engañosa oposición al régimen de Pretoria, pero pronto quedó claro que lo suyo era el apartheid. Los Musk no son afrikáners (o bóeres, los viejos colonos neerlandeseses que en 1902 perdieron contra Inglaterra la guerra y el poder), sino británicos, los verdaderos dueños de aquella Sudáfrica.

Errol sigue hoy en Sudáfrica. En sus minas de África Central, las condiciones de los trabajadores han sido sistemáticamente miserables, como en tiempos del apartheid. En 1970 se casó con la modelo y escritora de origen canadiense Maya, hija de Joshua Heldeman y madre de Elon Musk (éste posee pasaporte canadiense gracias a ella). Chris MacGreal, corresponsal de The Guardian, ha documentado el historial de estas familias. En entrevista con Amy Goodman, señaló que, antes de dejar Canadá, ese Joshua encabezó durante la década de 1930 el movimiento Technocracy Incorporated, que, en esencia, pretendía borrar la democracia en Canadá y Estados Unidos, y hacer que gobernaran los tecnócratas, lo cual hoy puede sonarnos familiar. Para los vientos que soplaban entonces, esto convertía al partido en fascista y fue prohibido. De hecho, simpatizaba con la Alemania de Hitler. Joshua se refugió en Sudáfrica. El propio Errol ha dicho que su abuelo era abiertamente nazi y quería estar con los afrikáners.

Elon vivió en Sudáfrica hasta los 18 años, cuando su madre se divorció de Errol. Cuando Elon se instaló en Canadá, y eventualmente en Estados Unidos, era ya extremadamente rico, dice MacGreal. Desde la posguerra, Sudáfrica se volvió un santuario para la ideología nazi; una variante de lo ocurrido en nuestro Cono Sur.

Tenemos pues todo un arco de poderes en un imaginario de estricta matriz anglosajona, protofascista por los cuatro costados. Hasta suena chistoso que Donald Trump, entre sus muchas ocurrencias, ofrezca asilo en Estados Unidos a los afrikáners, supuestamente perseguidos por el gobierno de Sudáfrica. Pobres blancos, con tanto negro alrededor.

El gobierno sudafricano fue el que metió a Israel en problemas con la Corte Internacional de La Haya por el genocidio en Gaza. De ahí la animosidad trumpiana contra ese país. Ya en el primer periodo del magnate, la organización AfriForum de granjeros afrikáner, inventora del bulo genocido blanco, entró en contacto con el régimen de Washington, y ahora lo reactiva presentándose como víctima de la liberación sudafricana. Las mismas técnicas de Trump, al ladrón, al ladrón mientras roban; es natural que se entiendan.

Rachel Savage, también en The Guardian (10/3/25), registra las opiniones de Elon Musk sobre las reformas agrarias en su país de origen, que buscan favorecer a los productores negros. Las considera racistas contra los blancos que constituyen 7 por ciento de la población total, aunque siguen siendo dueños de 70 por ciento de la tierra cultivable.

En Sudáfrica existen millonarios blancos, como Errol, y una clase acomodada de larga alcurnia encerrada en burbujas de privilegio. El régimen posapartheid impulsa leyes en favor de la población negra. Eso dificulta los negocios de los Musk, el local y el gringo. El primero y sus pares no desean soltar ventajas y riquezas. El segundo pretende vender su sistema saltelital Starlink a inversionistas blancos de Sudáfrica, pero las nuevas leyes lo obligan a negociar con 30 por ciento de empresas propiedad de inversionistas negros.

4/13/2025

El factor sudafricano de Trump

Hermann Bellinghausen


Una preocupación recurrente ante el gobierno y la sociedad blanca estadunidenses es determinar qué tanto se inclinan al fascismo. Las raíces genocidas y racistas del predominio anglosajón siempre dejaron abierta la posibilidad. El gobierno radical y ultraempresarial de Donald Trump parece más cerca que nunca de eso. Sobre todo porque se salta, como nadie antes, trancas de decencia y mínimos democráticos, perfilándolo como un gobierno autoritario, fanático y potencialmente dictatorial.

Un anterior momento en que dicha preocupación tuvo motivos claros fue durante el gobierno de George W. Bush los primeros ocho años del siglo XXI, a raíz de los ataques del 11 de septiembre de 2001. En aquella etapa era notable el factor alemán y filonazi, encarnado en el secretario de Defensa Ronald Rumsfeld y el asesor estrella de Bush, Karl Rove. Rumsfeld tenía una trayectoria cercana al supremacismo. El caso de Rove era más llamativo, pese al nombre americanizado y su afiliación a la codiciosa iglesia mormona.

Los periodistas Bob Fitakis y Harvey Wasserman documentaron que el abuelo de Bush ayudó a financiar al partido nazi, y el abuelo de Rove, Karl Heinz Roverer, gaultier de Oldenburgo y reichstatthalter del Partido Nazi en los años 30, participó en la construcción del campo de exterminio de Birkenau. A nadie extrañó que Rove impulsara para gobernador de California al hijo de un tal Gustav S., voluntario de los camisas pardas que llegó a capitán y participó en la Noche de los cristales rotos y otras tropelías del nazismo en ascenso ( Counterpunch, 6 de octubre de 2003). Esto, sin contar las favorables opiniones del propio actor-gobernador Arnold Schwarzenegger acerca de Adolf Hitler (¿Nazis USA?, La Jornada Semanal, 24/12/2004, https://www.pvp.org.uy/bushnazi.htm).

George Herbert Walker fue un importante respaldo de Hitler en Estados Unidos. En 1926, este descendiente del filibustero Walker, que asoló Centroamérica, puso a su yerno Prescott Bush de vicepresidente de la compañía W. A. Harriman. Bush se convirtió en socio de la empresa cuando ésta se fusionó con Brown Harriman Company, y en 1934 llegó a la junta directiva de Union Banking Corporation, que respaldó el ascenso del Partido Nazi alemán y financió el inicio de la Segunda Guerra Mundial. Los Bush y los Walker retuvieron el oro nazi en Nueva York y nunca entregaron cuentas. El hijo de Prescott, George Bush padre, dirigió la CIA y luego gobernó durante 12 años Estados Unidos: ocho como vicepresidente y verdadero poder detrás de Ronald Reagan, y cuatro en la presidencia, desde donde hizo la primera guerra del Golfo Pérsico. Su hijo devastaría Afganistán e Irak.

Siempre hubo contrapesos, pero la filiación nazi no había sido tan explícita en la vida política de Estados Unidos. Al origen alemán (incluido Trump) y ultraderechista, se añade ahora un inesperado ingrediente de la Sudáfrica blanca y supremacista. Llama la atención su descaro simbólico y práctico. Algunos elementos de este fascismo corriente han cambiado. No practica el antisemitismo proverbial de antaño, al hermanarse militar e ideológicamente con el Estado sionista de Israel y compartir con éste las doctrinas coloniales y fascistas, además de mil negocios.

A partir de 2025 tenemos una novedad extraordinaria, encarnada en Elon Musk, Peter Thiel, David Sacks y Roelof Botha. Los tres primeros, como documenta Chris McGreal (fue corresponsal en Johannesburgo para The Guardian durante años) conforman la llamada mafia PayPal como creadores de dicha plataforma. Todos con raíces en el apartheid de Sudáfrica y su ideología filonazi.

En una entrevista reciente con Amy Goodman, McGreal delinea el historial de esta mafia. En 1999, Elon Musk creó la empresa X.com para servir de banco a la plataforma digital de pago Confinity, fundada por Thiel y otros en 1998, renombrada PayPal al fusionarse con Musk, y que en 2002 sería adquirida por eBay. En sentido literal, estamos hablando de la plataforma que catapultó al empresario en jefe más poderoso de la historia y a su grupo de socios.

El multimillonario derechista Paul Thiel nació en Alemania y se trasladó a Sudáfrica desde niño con su padre, ingeniero minero. Vivieron en Johanesburgo y luego en África Sudoccidental, entonces colonia sudafricana que hoy es Namibia. Estudió en la escuela alemana de Swakopmund, tal vez el único lugar del planeta donde aún se saludaba con el Heil Hitler y celebraba el cumpleaños del Führer. A los 11 años migró a Estados Unidos.

David Sacks nació en Ciudad del Cabo. Se mudó a Tenesí y creció entre la diáspora blanca sudafricana establecida ahí. Luego de conducir PayPal, es el zar en criptomoneda e inteligencia artificial para Trump. El cuarto sudafricano vinculado con PayPal y hoy parte del equipo trumpiano es Roelof Botha, hijo de Pik Botha, último ministro sudafricano de relaciones internacionales en el viejo régimen, quien se dedicó a defender el apartheid hasta la llegada de Nelson Mandela. (La próxima semana: El sueño de Errol Musk).

3/02/2025

Almodóvar y Susan Sontag


Aunque La habitación de al lado (Pedro Almodóvar, 2024) en ningún momento se refiere a Susan Sontag, toda la película está impregnada de ella. El hilo que une la pieza del cineasta español con la escritora neoyorquina, el secreto del mensaje de vida y muerte entre dos mujeres, la ilustración de un pacto, está en Sigrid Nunez, autora de la novela en que se basa, What Are You Going Through (¿Cuál es tu tormento? Anagrama, 2021).

También neoyorquina, Nunez (1951) entró en la vida de Sontag (1933-2004) a sus 25 años, cuando una casualidad hizo de la estudiante de literatura, la asistente de la famosa e importante intelectual, amada-odiada-temida, fulgurante autora de Contra la interpretación y Estilos de voluntad radical. La vida te da sorpresas, tiempo después Nunez se casó con David Rieff, hijo de Sontag, se convirtió en su nuera y pasó a residir bajo el mismo techo en River Drive 340, pues David vivía con su mamá, y a ésta no le gustaba estar sola.

El impacto de Susan en Sigrid antes, durante y después de que fue su suegra está narrado en Sempre Susan (Atlas & Co, 2011), testimonio entretenido, revelador (cuenta, por ejemplo, del divertido noviazgo de Susan con el más joven Joseph Brodsky), poco apologético y sencillamente escrito. Al conocerla, Susan enfrentaba un cáncer de mama fase 4 y, por tanto, su vida y su muerte eran asuntos primordiales. Sobrevivió a ese, y a un segundo cáncer años después; hizo falta un tercero, primario también, para matarla. Sigrid nunca fue fan de su suegra. Aunque la admiró definitivamente, podía ser insufrible. Y para su sorpresa, le resultaba aburrida como novelista y cineasta. ¿Cómo alguien que conocía tan bien los resortes de la mejor literatura y sabía enormidades de cine y fotografía era tan pesada para contar historias? Y chistes. Se pasaba de seria. Por eso su obra más apreciada es crítica, ensayística y testimonial.

Tiempo después, en 2016, Nunez escribió la novela en que se basa la cinta. Ambas tan impregnadas de Susan que rebasan lo que una biopic podría ofrecer. Sigrid deconstruye (¡oh, palabrita!) historias reales y crea su propio Iván Ilich. Tomando lo esencial de la trama, Almodóvar presenta esa mélange en el desdoblamiento de dos escritoras: Martha, una Tilda Swinton moribunda de cáncer, e Ingrid (clic a Sigrid de madre alemana), la vital y colorida Julianne Moore de ojos grandes y cabellera de fuego. La primera propone a la amiga rencontrada por casualidad (ambas fueron pareja de Damian, conferencista sobre el colapso climático, un John Turturro muy serio) que la acompañe a suicidarse. No que le ayude, de eso se encargará ella misma, sino que ocupe una habitación contigua y pueda ser quien descubra el cadáver apacible, producto de una eutanasia autoaplicada. No le va a avisar, advierte, sólo cerrará la puerta roja (rojo es el color del filme) el día que suceda.

Hay en la suavidad de ritmo y tonos un eco de Gritos y susurros, obra maestra de Ingmar Bergman, y aunque menos, un dejo de Hannah y sus hermanas, de Woody Allen en su mejor momento. Por cierto, las primeras secuencias de Almodóvar podrían parecer de Allen: famosa escritora (Moore) autografía su libro más reciente en una elegante librería de Manhattan frente a una fila de lectores con todo el esnobismo del caso. Pero la evolución de La habitación de al lado nos conduce a otra parte. Las películas de Almodóvar tienen un estilo recurrente pero rico en sorpresas; las de Allen siguen una misma receta, se han vuelto triviales y no tan chistosas.

Aquí es donde la historia se sublima (en el sentido químico-alquímico) y gana potencia intelectual y ética. Con menos humor del habitual, salvo ciertos ratos tragicómicos, Almodóvar se adentra en una gravedad digna de Susan. No olvidemos que es autora de La enfermedad y sus metáforas, y su secuela El sida y sus metáforas. Vio la muerte a los ojos varias veces, en el espejo y en la mirada de muchos amigos que se llevó aquella pandemia. La genial Tilda, hermosa y andrógina, como Susan, arrastra a su amiga (¿otra versión de sí misma, con acentos de la nuera novelista?) a los últimos días de un combate inútil.

Martha-Swinton, atormentada corresponsal de guerra y mala madre de una hija distanciada, se admite incapaz de escribir ficción. Ingrid-Moore es lo contrario. Como la prolífica Nunez, practica esa narrativa realista dominante en la literatura estadunidense actual, con su dosis de autoficción. Una literatura que Sontag admiraba poco (admite la propia Nunez); prefería a los europeos y los latinoamericanos (de Beckett a Sebald, de Borges y Rulfo a Cortázar y Bolaño). Y otro ingrediente: debemos a Sontag un gran análisis sobre la fotografía de guerra, Ante el dolor de los demás.

De todo esto sacan Almodóvar y Nunez un doble retrato, racional, inteligente, furioso, irónico. ¿Qué onda con las falsas esperanzas? ¿Con el mito de la batalla contra el cáncer y el heroísmo de la enferma guerrera que tanto le irritaba? Por todo esto, creo que La habitación de al lado puede verse en clave de Susan Sontag.

5/25/2024

El advenimiento del poder cultural femenino

 Hermann Bellinghausen

En la década de 1970 se gesta un feminismo teórico-práctico desde zonas de la pequeña y la mediana burguesía ilustrada. En 1976, las inolvidables Alaíde Foppa y Margarita García Flores fundan la revista Fem. Un par de años después Foppa negocia que la imprima Unomásuno. El diario la obsequia a sus 9 mil suscriptores. Siendo la primera publicación de género en América Latina, y con la participación de Elena Urrutia, Carmen Lugo, Lourdes Arizpe, Margarita Peña y Marta Lamas, alcanza una influencia más testimonial que práctica. Otras voces son las de Marcela Largarde y Elí Bartra. Se suman las escritoras Margo Glantz, Clara Sefchovich, Elena Poniatowska y hasta la priísta María Luisa La China Mendoza.

Más Simone de Beauvoir que Rosario Castellanos, el feminismo mexicano inicia una marcha hacia la igualdad y las cuotas de género, la reivindicación del trabajo doméstico y el trabajo sexual consentido, los derechos laborales, la despatriarcalización de la cultura y la creación artística, la participación política. Castellanos es embajadora, nada menos que en Israel, en 1971. Por primera vez una mujer, Rosa Luz Alegría, ocupa una secretaría de gobierno (Educación, igual que Vasconcelos) en el sexenio de López Portillo. La poeta priísta Griselda Álvarez llega a gobernadora de Colima en 1979. A partir de 1987 La Jornada publica el suplemento feminista Doble Jornada. Cuando Carmen Lira asume la dirección del diario pasa a llamarse Triple Jornada, bajo la conducción de Rosa Rojas y Ximena Bedregal hasta enero de 2006.

Cada día es menos raro que mujeres asuman cargos en el Estado. En la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), Elena Sandoval es nombrada directora de Economía en 1977, y poco después la física Ana María Cetto dirige la Facultad de Ciencias. Son las primeras en un cargo directivo dentro de la máxima casa de estudios. Ello contrasta con la situación en 2024, donde tan sólo el sector cultural de la UNAM es dirigido en casi todos sus niveles por escritoras y funcionarias. Cada vez resulta menos excepcional que el gobierno, el Congreso, las cortes, universidades y organizaciones independientes incluyan mujeres en los cargos más altos. La Ciudad de México fue gobernada por una mujer por primera ocasión en 1999. México está por elegir a la primera presidenta en su historia.

El sector cultural se caracteriza por los mandos femeninos a partir del gobierno foxista en 2000, con la periodista Sari Bermúdez al frente del Conaculta, y luego Consuelo Sáizar, en 2009. Actualmente, las secretarías de Cultura federal y capitalina son encabezadas por Alejandra Frausto y Claudia Stella Curiel de Icaza. Lucina Jiménez dirige Bellas Artes. La estructura del sector incluye numerosas mujeres, como la experimentada y muy influyente Marina Núñez Bespalova.

Aunque la izquierda fue el nicho fundador del feminismo, será con el gobierno derechista de Vicente Fox y la voz de su consorte Marta Sahagún que se popularice lo del empoderamiento femenino. Funcionarias, intelectuales y figuras mediáticas se reúnen para proclamarlo, y las primeras damas panistas tienen agenda propia. Un cierto retroceso lo trae el retorno del PRI en 2012 con una primera dama decorativa. Enrique Peña Nieto devuelve el sector cultural a Rafael Tovar y de Teresa, a cuya muerte, en 2016, asume el cargo Cristina García Cepeda.

Muchas batallas han ganado las mujeres en México y el mundo. En cuanto al poder político y el cultural, el hecho es innegable. A escala institucional, vemos un progreso incesante: leyes, derechos específicos, cuotas de género que determinan candidaturas, cargos, premios, becas, publicaciones. La figura mexicana más universal es una mujer: Frida Kahlo. Las artes plásticas, el cine, la música se han poblado de creadoras y promotoras.

Fue crucial para el medio cultural la explosión del movimiento MeToo en 2019, donde las denuncias por acoso, violación, abuso laboral o físico y discriminación tocaron fuertemente a círculos literarios, periodísticos, académicos y artísticos. Los señalamientos contra figuras masculinas beneficiarias del patriarcado y sus pactos fueron exhibidas demoledoramente en las redes sociales y los medios, sobre todo alternativos o progresistas. La iniciativa privada, la derecha escolar y la profesional quedaron extrañamente intocadas. Como si en las empresas o los medios de corte conservador no existieran abusos. O donde, calladas, las mujeres se ven más bonitas.

Eso y las contundentes movilizaciones feministas establecen la inevitabilidad del factor femenino, sin ignorar el crecimiento paralelo de la violencia contra las mujeres. La epidemia de violaciones, secuestros, explotación sexual y feminicidios en México resulta alarmante y no parece amainar. Ellas funcionarias, escritoras consagradas, científicas, cineastas, pintoras, emprendedoras y, cada vez más, ellas víctimas de la criminalidad masculina.

Con el triunfo electoral de Andrés Manuel López Obrador, la reivindicación formal de las mujeres se reforzó. La historiadora Beatriz Gutiérrez Müller, quien ya no se denomina primera dama, promovió una revisión histórica que realza olvidadas o subestimadas creadoras y heroínas.

El gabinete presidencial es paritario, algo nominalmente nunca visto. Confirmando la tendencia en el gobierno y la UNAM, durante años el verdadero cerebro de la importante Feria Internacional del Libro de Guadalajara ha sido una mujer, la editora Marisol Schultz Manaut. Entre el triunfo moral y la corrección política, las mujeres han alcanzado gran impacto en el medio cultural.

11/20/2023

Palestina prohibida


Un saldo adicional a la catástrofe humanitaria que sucede en Gaza es el creciente prohibicionismo de los gobiernos locales y nacionales en Europa occidental y Norteamérica contra la libertad de expresión y el derecho de manifestación por la paz. Intentan, con poco éxito hasta ahora, evitar reuniones, movilizaciones o, simplemente, la expresión de críticas altisonantes al Estado de Israel y/o en favor de la población de Palestina, hoy al borde del genocidio y el mayor éxodo en su desgarradora historia moderna.

Tal política la comparten y azuzan las empresas dominantes de comunicación periodística y la superpoderosa red de redes sociales. Occidente ha decidido apoyar incondicionalmente a su par israelí con complacencia cómplice y colaboración logística plena. Ponen a su servicio la industria de armas, los medios de comunicación, los gobiernos, las trasnacionales alimentarias, de energía y electrónicas, además de sectores amplios, habitualmente blancos, de sus poblaciones.

La prohibición de alojamiento a Roger Waters en Buenos Aires y Montevideo resulta una vergüenza, pero la mancha se extiende. El 14 de noviembre, la BBC dio a conocer la cancelación de exposiciones del internacionalmente conocido artista, cineasta y activista Ai Weiwei en galerías de Londres, Nueva York, París y Berlín por expresar en redes sociales opiniones críticas a Israel en el contexto actual.

Ya el 16 de octubre, Amnistía Internacional (AI) reaccionaba tras la petición a todas las prefecturas de Francia formulada por Gerald Darmanin, ministro del Interior, para prohibir todas las manifestaciones en apoyo a la población palestina. Para AI, la prohibición constituye un grave y desproporcionado ataque al derecho a la protesta.

Ante las atrocidades cometidas por Hamas en el sur de Israel, el bloqueo y los fuertes bombardeos en la franja de Gaza, según AI, es importante que los actores de la sociedad civil puedan movilizarse de forma pacífica y pública, en especial los que piden que las partes del conflicto respeten los derechos de la población civil. Las policías reprimen y golpean las protestas por la paz en Palestina mientras cobijan las movilizaciones de apoyo a Israel bajo la vieja consigna culposa de condenar el antisemitismo. Reconocen en Israel una entidad histórica; Palestina es sólo un accidente (más) en la historia imperial de Occidente.

En otro ejemplo, el 10 de noviembre más de 40 colegios de Madrid se congregaron contra el asesinato de niños y niñas en Gaza, tras los ataques que inició Israel el 7 de octubre y por los que han perdido la vida casi 5 mil menores de edad. El Salto Diario informó que los escolares argumentaban: No hay derecho, ni internacional ni ningún derecho, que ampare el asesinato de niños para lograr un fin. Al día siguiente, la embajada de Israel en España condenó los actos antisraelíes y pidió prohibir futuras convocatorias similares. Esto es sistemático. Las embajadas de Israel en el mundo de los blancos intervienen, presionan, propagandizan, si no ya en favor de la guerra del gobierno que representan, al menos contra sus críticos y opositores en el mundo aliado. Sólo una parte de las naciones latinoamericanas ha salido respondona contra las exigencias de Tel Aviv y Washington.

La operación de silenciamiento al pueblo palestino estaba en marcha ya antes del actual desenlace. Apenas en septiembre, un mes antes del sorpresivo ataque de Hamas contra Israel y la brutal venganza que el gobierno militarizado de este país desató contra todos los palestinos que persisten en Palestina y se interponen a sus ambiciones territoriales, el periodista Simon Jaber advertía: Las redes obstaculizan regularmente la capacidad de los palestinos de compartir noticias, impulsar publicaciones, debatir y dar forma a las narrativas en torno a los problemas que afectan a sus comunidades.

En la antesala de la operación israelí de tierra arrasada en Gaza, Jaber escribía en la Red Internacional de Periodistas: Las plataformas sociales suelen utilizar acontecimientos violentos, como los ataques israelíes en Gaza o la incursión en el campo de refugiados de Jenin, en julio de 2023, como excusa para restringir cuentas, simplemente sobre la base de una imagen o una palabra que supuestamente infringe las normas de la empresa.

Tampoco son infrecuentes las restricciones retroactivas que penalizan publicaciones de hace años. Muchos medios palestinos han sufrido prohibiciones por este motivo, de acuerdo con el especialista Amjad Qawasmi, citado por Jaber: Las redes sociales, especialmente Meta, limitan la capacidad de expresión de los periodistas palestinos y restringen su visibilidad para el público.

Jaber añadía: Un ejemplo fue la gran censura en 2021, durante las protestas de Sheikh Jarrah contra la demolición de casas palestinas en Jerusalén Oriental por parte de las fuerzas israelíes. Mientras los palestinos lo denunciaban en Internet, las grandes plataformas suspendieron cuentas y borraron publicaciones por compartir contenidos contra la expansión de los asentamientos.

12/13/2022

El nuevo templo



Impostura e imposición gentrificadora, el nuevo templo del consumo sin freno, denominado Torre Mítikah, que debería llevar el acento en la hache, no sólo implica un urbicidio. Es una exageración. ¿De verdad alguien necesita todo eso? ¿O es una exhibición de mercancías inalcanzables? Los mejores relojes de Zürich y París, las joyas de la Quinta Avenida, aditamentos tecnológicos, ropas y marcas y perfumes y marcas y cada una con su tienda. No que no lo hayamos visto hasta la saciedad, pero aun así se pasaron.

Aplastó a Xoco, un pequeño barrio tradicional que resistió hasta el final el proyecto inmobiliario de su condenación. Bajo la tutela del omnímodo Palacio heredado por Míster Bailleres, cada día más dorado, decenas, quizá centenares de franquicias echaron a rodar en este laberinto luminoso, escenográficamente falso. Más que una torre faraónica, la más alta de bla bla, Mítikah significa la conclusión rimbombante de un crimen cometido a plena luz del día.

En su origen plan de los astutos administradores de la Federación y de la demarcación Benito Juárez, fue heredado con fervor cómplice por el peñanietismo federal, y el perredismo de Mancera a escala ciudad. Y siempre los panistas del hoy llamado cártel inmobiliario, cuyas huellas dactilares pueden seguirse en edificaciones irregulares, robo de espacios públicos, calles, banquetas y permisos ilícitos para toda la alcaldía, y conducen directamente a Mítikah, la cereza del pastel.

Cuando al gobierno peñanietista se le complicó justificar la ilegalidad de la torre, su secretario de Educación propuso aprovechar el monstruo para reunir en un solo edificio toda la Secretaría de Educación Pública. Un despropósito burocrático, urbanístico y financiero, mas no hizo falta el sacrificio. Las cosas salieron bien. Se establecieron un hospital privado y un condominio de Troya. Luego, el Mall total devoró el previo Centro Comercial mal llamado Coyoacán. Terminarlo tomó la altenancia de tres o cuatro partidos políticos variopintos.

Ahora absorbe hasta los inconvenientes de ser pet friendly. Se ven pasear poodles y caniches de pedigrí con todo y dueño en los grandes almacenes de la torre. ¿Les habrán puesto mingitorios?

Si algo resume la actitud cínica del proyecto consumado son las esculturas digitales de la empresa ManchaStudio. César Menchaca es el creativo a cargo. Adornan los rincones más instagramables del laberinto ya navideño. Materializan un plagio descarado de conceptos plásticos del pueblo wixárika, pero lo peor es su pésimo gusto.

Feas formas entre neoaztecas y Marvel, revestidas por diseños a base de jícuris y figuras zoomórficas con las coloraciones más grises y mediocres que quepa imaginar.

Arte engañabobos que pone un Chac Mol temible cual Hulk escudando su ataque con el calendario azteca mientras blande un macuahuitl (garrote) de ahí te voy. Toros de lidia y leones feroces para que uno se sienta entre los tiburones de Wall Street.

Se puede conseguir un sofá de terciopelo para el perro. Se anuncia una mezcalería Indio Fernández. Frases de Frida Kahlo en letras metálicas sobre los vestíbulos catedralicios. El quesque nacionalismo new age no mitiga el encierro kafkiano. No hay salida, esto sigue y sigue. La intersección de escaleras vista desde abajo emula en borrador los grabados de Escher. La de selfis prefabricadas que se pueden sacar. Existen incluso espacios designados para el autorretrato y la comezón viral.

A más de uno se le nota que podría salir de aquí con compras por uno o más millones de pesos en una sentada, pero la mayoría somos espectadores lampareados, aspiracionistas, consumidores de las baratijas para las que nos alcance en este delirio del capitalismo tardío.

El hipercentro comercial ocupa apenas los primeros cinco niveles y los sótanos de la ciudad vertical que crece encima, presume rascar la panza de los aeroplanos y atraviesa el horizonte del sur de la ciudad como una navaja o el falo metálico de un robot acomplejado.

Contra los contratiempos legales, de derechos humanos y otras incomodidades, la nueva catedral del comercio suntuario fue inaugurada en 2022. Y todos de plácemes. Peccata minuta son el robo de calles, las deforestaciones rasantes, el saqueo de recursos hídricos. Cualquier peatón que atraviese los despojos de Xoco hacia la central radiofónica del gobierno y la Cineteca Nacional se rifará el pellejo contra los coches. La vieja parroquia católica en su esquinita parece un juguete (eso sí, muy remozado) al pie del monstruo inmobiliario.

Sean los monotes de MenchacaStudio el símbolo neomexican de este adefesio que hoy hace accesible a los que viajan en Metro, tanto como la señora que llega en SUV, un conjunto comercial y arquitectónico que violó reglamentos, leyes y derechos ciudadanos, destruyendo lo que fue un hábitat a escala humana y trajo una suerte de Santa Fe accesible para que las masas admiren los aparadores de lo inaccesible.

11/19/2022

Los feminicidios como síntoma


Cuánta mujer asesinada. ¿Qué está pasando? ¿De dónde sale esa pulsión criminal dirigida a la mujer que por azar o motivos personales elige el inminente feminicida? Nos podemos permitir la licencia de llamar epidemia al fenómeno. ¿Será un mal contagioso? Se han propuesto diversas explicaciones de esta ola criminal que asola a México. La mayoría seguramente útiles, ofrecen respuestas parciales. La frustración económica y sexual de los varones. La irritación o el miedo que les provocan las mujeres libres o ajenas. La pérdida de valores comunitarios, familiares, amorosos. El uso y abuso de sustancias para desarmar a la hembra. La violencia conyugal normalizada en tantísimos hogares, el meollo de tantísimas parejas.

También lo que aprenden los niños de sus mayores. Lo que no aprenden: la orfandad ética es la verdadera epidemia. Se borró en la mente de infinidad de hombres la diferencia entre lo bueno y lo malo, el respeto a la vida ajena, los sentimientos afectuosos hacia los demás. Hay quien culpa a la pornografía, frecuentemente brutal e indigna, accesible para cualquier adolescente, obrero, transportista, policía, desempleado, profesionista. Hasta los videojuegos han sido señalados.

La huella del patriarcado sempiterno apenas ahora es cuestionada en serio, sobre todo desde las que podemos llamar nuevas mujeres, permeadas por el feminismo, o imbuidas en él. Barajamos interpretaciones sicológicas, sociológicas, demográficas, religiosas, legales, políticas. No mitigan nuestro azoro ni el horror.

Todo esto trae verdad, mucha o poca. Pero en el fondo la respuesta a por qué los hombres matan con facilidad a las mujeres es muy simple: lo hacen porque pueden.

Cada historia es un mundo, cada caso único si lo consideramos desde la asesinada y su entorno afectivo. Pero desde el macho la historia resulta anodina y la misma: un varón sin escrúpulo alguno, con frecuencia fría y calculadoramente, organiza el asesinato de la víctima, tal vez su pareja actual pasada, o imposible. Luego constituyen historias que venden bien, teñidas de moralina o morbo, en noticieros, prensa, películas y series televisivas.

Existen las agresiones impulsivas, el se le fue la mano. Son lo mismo. Consideremos además los feminicidios de desconocidas, a las que el perpetrador sigue y agrede. La inconcebible frecuencia con que se perpetran las violaciones sexuales suele preceder al sacrificio de las ultrajadas en el altar del miembro viril y el ejercicio de poder. Sí, la cosa está literalmente de la verga.

El campo algodonero y otros escenarios juarenses del fin de siglo obsesionaron al gran ensayista Sergio González Rodríguez. Sus inteligentes indagaciones casi le costaron la vida. Huesos en el desierto, mujeres sin nombre, zapatillas semienterradas, esqueletos con medias. Hace dos décadas Noam Chomsky hablaba de Ciudad Juárez como un laboratorio del futuro. Y que lo diga. Vean dónde estamos hoy.

Una red invisible cual telaraña procura la impunidad del mata-mujeres, conformada por agentes y mandos policiacos, jueces, fiscales, amigotes, guardaespaldas, choferes. El feminicidio es un crimen específico, diferente de las muertes indiscriminadas y gratuitas por la violencia en curso, las ejecuciones entre rivales o contra los desobedientes, los metiches, los que estorban el negocio.

Contra las estólidas inercias del patriarcado dueño de las leyes, ya se considera un delito tipificado. Pero las cosas no mejoran. Al contrario. Vemos más feminicidios, más fríos y vulgares. La impunidad es garantía cínica del atroz pacto patriarcal. Cumbre del desprecio. Sexismo, racismo, odio genérico, pedofilia: la superioridad del corazón miserable, la esterilidad del fuerte, del depredador sin coto ni educación.

Podríamos hablar de deshumanización si no fuera una conducta exclusiva de los humanos. Los animales no matan a sus hembras. ¿Humano, demasiado humano? ¿Masculino, demasiado masculino? Ciertamente cobarde, por muchos güevos que le pongan a sus hazañas. Estamos ante una sicopatía que no se debe a una mente mutilada o defectuosa, como la sicopatía clínica, sino que se genera en lo que aprenden, o lo que no aprenden, los cerebros normales de los agresores de mujeres, y en el extremo, los feminicidas.

9/28/2020

Ciudad sin caras


Luciano es inventor de leyendas urbanas que le vienen a la cabeza sin ton ni son, y algunas, quien quita, son chicle y pegan. De oficio sale al campo. Busca claros en los bosques, planicies de hierba, anchos desiertos, playas solitarias cual altamares y ríos de envergadura fronteriza para observar el ordenado caos de las estrellas. Se recita algunas constelaciones, nombra a Sirio y Antares cuando suceden, balbucea el muégano las Pléyades y siente que las muerde.

Va y viene, chofer carguero de hortalizas en un camioncito que atiborra de costales con frijol y maíz, pencas de plátano de un amarillo que acalora, de las cebollas cuelgan barbas y greñas blanquecinas, y retorna a la ciudad en ruta a las bodegas del abasto. Se para donde ve clara la noche y busca dónde tumbarse a mirar. Estaciona el camioncito, apaga las luces, se interna un poco.

Así fue esa ocasión que Luciano imaginó que una nube invisible descendía sobre las calles llenas de carros y transportes grandes, lentos, ruidosos, de estorbo en estorbo. Una nube que nadie veía dispersó los tumultos, acaso la idea de un padecimiento feroz, maestro de asfixia, las M de miedo a la muerte inscritas en las esquinas.

La gente escondía el rostro para que la muerte no la reconociera. El truco a veces funcionaba. Desde la cabina de su carguerito, Luciano contempló la leyenda que se figurara y la cruzó donde la realidad comienza. En su nueva leyenda, la Llorona no plañía por sus hijos, sino por los tíos y los papás de los papás de los niños. Nadie se tocaba ni por los codos. Habladora y políglota en otro tiempo, la gente se doctoraba en monosílabos y frases cortas de fingida cortesía.

¿Qué constelación del camino le inspiró tamaña patraña? ¿Fue Orión acaso? ¿Escorpio? ¿La carreta obvia de la Osa? A quién se le ocurre una ciudad con bocas de trapo que se paraliza entre muecas que nadie ve.

El dinero se untaba con alcohol y las suelas con compuestos químicos. Circulaban ambulancias como taxis y estaba prohibido envolver con periódico las carnes de los pescados. No había escuelas pero tampoco niños. ¿Dónde estaban los niños? Ah, viendo la escuela por televisión, la pesadilla de una popular fantasía pueril. Los menores se reían de esta Llorona aburridos como las ostras.

Paraíso de misántropos, la ciudad de lo real alternativo atormentaba a los fiesteros, los jacarandosos y los que manifiestan inconformidad colectiva. Ciudad, si alguna, de multitudes, estaba reducida a grupúsculos, núcleos familiares y filas en la banqueta hasta para comprar tornillos o medicamentos.

Con cinta adhesiva o pintadas, millares de cruces señalaban pasillos y salas de espera. Cintas amarillas de las que cercan escenas de crimen o coladeras en ruinas rodeaban desganadas y tensas los parques, las plazas, los paseos y los corredores comerciales.

Espectros queriendo dejar su coraza, rostros que piden auxilio como el hombre de la máscara de hierro de Dumas. Mientras rodaba los ejes con su carga de granos y cebollas, Luciano comenzó a espantarse de sus ocurrencias. En la ciudad legendaria se habían extinguido los besos. Toda caricia quedaba terminantemente abolida y un apretón de manos era la ruleta rusa.

Como en todo, había los que se negaban a la realidad. Gente que no se cubría el rostro, primero muerta, ni se aseaba con la obsesión necesaria, ni dejaba quietas las manos tentonas. Por más esfuerzo que hicieran, sus rostros no eran, llevaban la marca de la anomia, del individuo irrespetuoso, reprobable, cuyas facciones resultaban irrelevantes, nadie las reconocía. Todos los que traían el rostro desnudo lucían idénticos, su falta de máscara los desfiguraba.

Que chifladura la de Luciano. Vislumbrar bajo candado a la ciudad enamorada de sus millones de rostros distintos, borrada la fertilidad de las presencias, sus narices originales, la elocuencia y dulzura u odio de tantas bocas comunes. Y los ojos esquivos, de pupila chiquita, no expresaban gran cosa.

Luciano llegó al almacén. Los estibadores, el bodeguero y la chica de la caja estaban no sólo tapados con trapo, sino tras caretas de plástico barato, sin la firmeza decidida del casco de los plomeros ni la personalidad de una escafandra.

Quiso salir de esa fantasía absurda, barrerla con los limpiadores del parabrisas, dejar de inventarse leyendas excesivas, pero en cuanto bajó de la cabina del camioncito un policía sin rostro le ordenó que se tapara la boca y escondiera la cara, so pena de negarle la entrada.

9/21/2020

Encerrados a mar abierto



Un gran tour de force de Alfred Hitchcock en altamar de principio a fin, Bote salvavidas (Lifeboat), también llamada Náufragos y A la deriva, plantea la elocuente y simpática parábola de un universo cerrado, que para Sartre es llanamente el Infierno en su pieza A puerta cerrada, curiosamente simultánea a la cinta de Hitchcock, estrenadas ambas en 1944.

Un grupo de extraños reunidos por el azar en medio del desastre, la mayoría de ellos con un aplomo envidiable, sobreviven en una rápida organización social con jerarquías cambiantes, sutiles luchas de poder, engaños. La acción tiene un solo escenario, el bote en el que flotan por el Atlántico seis hombres y tres mujeres, desconocidos y desconocidas entre sí, que establecen alianzas y antagonismos que serán cínicos, románticos, fatalistas, políticos, económicos, de odio, desprecio o vanidad. Pero van en el mismo barco y dependen unos de otros más de lo que quisieran. El mundo se encuentra en guerra, van a la deriva en malas condiciones a causa de esa guerra, y desde el principio sabemos que también llevan en la embarcación al enemigo.

Adaptación problemática de un relato problemático de John Steinbeck, Bote salvavidas aparece hoy como una obra maestra escondida en la filmografía hitchcockiana.

Una historia de encierro, mas no claustrofóbica, pues transcurre contra el horizonte, por así decir en una cuarentena bélica. Las intenciones propagandísticas tanto de Steinbeck, que siempre rechazó la película (pasada por una decena de guionistas), como de Hitchcock, en cierta forma fracasan, a pesar de que es una visión claramente del bando aliado a finales de la Segunda Guerra Mundial. Hay un nazi, un negro y un rojillo en el coctel de protagonistas, algo que estaba condenado a chocar con las polarizaciones de la hora, y más que el novelista californiano era de izquierdas, mientras el cineasta británico no lo era en absoluto. No se entendieron, pero el resultado es más fascinante de lo que les pareció a la crítica, los productores, el público y el propio Steinbeck.

Todo un festín para Hitchcock, quien monta la cinta entera con back projection, la pantalla de fondo que es su sello de fábrica. Tras el primer plano de los tripulantes acecha el océano interminable, a veces desolado, en el que flotan cadáveres y cosas de un mundo destruido. Se encrespa, amenazante y oscuro, agita, anega y casi ahoga a los tripulantes que andan tanto ateridos y empapados como secos y noqueados por los rayos del sol.

El rojillo es dogmático, con aguda conciencia de clase, resentido y un algo necio que es cosa del cineasta, no del escritor. El negro está acostumbrado a subordinarse y obedecer, aunque proporcione la única música en una película sin fondo melódico. La enfermera enamorada y heroica encarna el espíritu de sacrificio de las naciones en lucha contra el Eje del Mal. Está el proletario herido que se gangrena, le amputan una pierna a bordo, delira, casi muere de sed y al final se tira al mar, con un último empujoncito eutanásico del capitán nazi, quien procede del submarino hundido que antes hundió un barco civil aliado cerca pero lejos de las Bermudas.

Uno de los escollos para la película fue que el alemán no resultaba suficientemente malvado, asunto que le ya había causado descalabros a Steinbeck con un relato anterior; a cargo de la embarcación al ser el único marinero a bordo, engaña a todos y subrepticiamente los secuestra con la intención de entregarlos al barco de suministros de la armada nazi. Es vivaz, práctico y taimado. El público estadunidense lo hubiera preferido autómata, diabólico o retrasado mental. Otro escollo fue el negro, un buen personaje que le pareció discriminado a la corrección política antifascista.

La figura clave, nudo de toda la trama, lo interpreta una Tullulah Bankhead desbordada en su glamur y su malicia, una diva fuera de lugar que en medio del desastre es la reina y comentarista que ve a todos por igual, habla tres idiomas (igual que el nazi), entiende las causas del dinero y el amor, aguda, cosmopolita, más allá del bien y del mal. Es el primer personaje que vemos, en una secuencia casi cómica, surrealista: ella sola en el bote, rodeada por los restos del naufragio, vestida con un gran abrigo de visón, maquillada, con peinado impecable, fuma tranquilamente con su equipaje al lado, en todo caso fastidiada por los inconvenientes. A poco comienzan a emerger los demás náufragos y ella les da la bienvenida al mundo de los vivos. Es la primera en reconocer la muerte, desde el bebé ahogado por el hundimiento hasta la liquidación del nazi engañoso y traicionero, el alacrán del cuento.

Vale la pena encerrarse un rato en este encierro a la intemperie donde aprendemos que toda reclusión es relativa. Pablo Neruda creyó ver en otro bote salvavidas, que reposaba en el huerto de su casa en Valdivia, la huella desesperada de los náufragos, de los que en la final angustia se agarraron a esta armazón marinera mientras la tempestad los perseguía inmensamente.

9/14/2020

El futuro tiene prisa




Demasiado atentos al futuro incierto, hemos mudado nuestras fabulaciones. Hoy se imaginan futuros con un realismo bien documentado y el pasado es la nueva ciencia ficción: ¿cómo pudieron vivir así las gentes? Pronto olvidaremos este impasse del temor prendido de un hilo en lo poco que podemos ver de nosotros mismos. Nos rigen telegramas llegados del porvenir. Ya no hay profecías, sólo pronósticos que tienen la desesperante costumbre de quedarse cortos.
Las artes narrativas (y en cierto grado todas las artes lo son) viran hacia la invención del futuro, frecuentemente inmediato, que pronto nos alcanza. El cine lo ilustra bien. Igual la literatura moderna. El tema del futuro era exótico, extremo y estilizado ya antes de Metrópolis (Fritz Lang, 1927). Pareció cumplirse con La guerra de las galaxias, pero eso no es el porvenir, es un cuento de hadas (variante válida en la ciencia ficción), igual que Dunas y tantas otras, con princesas, reinos y cielos por conquistar, pasiones pueriles o trágicas, tecnología ilimitada y muchas naves espaciales.
Al cine clásico le gustaban las de vaqueros, las de espadazos, las rancheras, los melodramas, la comedia fina y los pastelazos: lo que la gente veía; en lo que se veía. Como en literatura, la ciencia ficción y la anticipación ocupaban un anaquel aparte, entre policiacas, de espionaje y otros géneros menores.
Quizá son Aldous Huxley y George Orwell quienes canonizan el subgénero futuro distópico en la imaginación literaria. La anticipación pierde el optimismo, el futuro se parece al presente más de lo que imaginábamos y es más corto. Ya no será fácil soñar reinos milenarios extragalácticos como ambicionó Doris Lessing con la serie Canopus en argos: Archivos.
Obra cinematográfica mayor, cinta de culto y referente inescapable, Blade Runner establece (como Orwell en 1984) una fecha que ya dejamos atrás. En Alphaville (1965), Jean Luc Godard se erigía como precursor de Blade Runner. Ahora cumplimos años de futuros que ya fueron. Al aparecer la cinta de Ridley Scott en 1982, repunta el decaído culto parroquial por Phillip K. Dick, el novelista excesivo y delirante de Point Reyes que pobló de pesadillas y distopías un género de chapbooks desde los años 60. Paranoico de verdad y muy ligado a la aventura sicodélica, no vivió para conocer el fenómeno Blade Runner, basado en una de sus mejores novelas. Porque también tiene sus peores, es un escritor descuidado, maniático, que frecuentemente mejora en las traducciones. Su exégeta Jonathan Lethem describe su hipergrafía casi clínica. A finales del siglo pasado, Lethem vivió en el área de la bahía de San Francisco y escribió con mejor pluma historias en la misma zona que Dick: futuros jodidos y acuciantes, donde la droga es un servicio público, los animales son clonados y las formas de control son eficaces, subliminales o brutales, en novelas inmensamente entretenidas. Futuros donde las cosas funcionan mal, los gobiernos son borrosos, tiranías orwellianas o las dos cosas.
Esta clase de historias nunca son de abundancia. Reinan el hambre, las privaciones, la avaricia, la herrumbre, la ilegalidad violenta y las traiciones. La destrucción ambiental, los desastres permanentes, la pérdida de vida alimentan nuestro pesimismo moderno. Sería interminable una lista de libros, cómics y películas, pero una obra extraordinaria en su parquedad, más Beckett y menos Dick, es digna de mención: el Apocalipsis cumplido de La carretera, de Cormac McCarthy, un relato perfecto, insoportable, en el extremo letal del fin del mundo estadunidense.
La narrativa, la cinematografía, la cultura popular, la música, el diseño gráfico y escénico dedican atención inédita al futurismo. Las noticias de pandemias, cambio climático (deshielos, inundaciones, incendios masivos) nos confirman que todo puede pasar. Podemos creer cualquier cosa. Y no es sólo imaginación, también entrenamiento para lo que viene, lo que ya llegó, lo que se pronosticó científicamente. Hemos aprendido, aunque no lo suficiente, que la ciencia se equivoca menos que los profetas. Y la literatura es una ciencia, la mejor quizá, pues es la única con derecho a decir la verdad con puras mentiras.
Las imágenes de este septiembre de Oakland, San Francisco, Santa Cruz y el norte de California a fuego vivo, en el resplandor rojo de la decadencia ambiental contra un fondo de rascacielos, puentes y carreteras desiertas bañadas en anaranjado impenetrable, amarillo, rojo, entre fogonazos y ruinas, ha llevado a que la secuela de Blade Runner, fechada en 2049, parezca que se adelantó. Circulan videos actuales con la música original de Vangelis sobre Los Ángeles y San Francisco donde el porvenir ya llegó, candente, tóxico, inmovilizador, ominoso.
No es sci-fi ni anticipación lo que la ciencia pronostica: habrá más epidemias y catástrofes ambientales imprevistas. La lucha por la sobrevivencia ahondará las desigualdades. Vamos tan deprisa que no vemos lo viejo que se nos está haciendo el futuro.

9/07/2020

A quién culpamos de la pandemia




Cuando la humanidad dejó de culpar a Dios, o a los Dioses, de sus enfermedades y epidemias, aprendió a echarse la culpa y acusar-se entre sí. La aparición en Europa de la sífilis inaugura en el Renacimiento la enfermedad como consecuencia directa de nuestros pecados. El treponema traído del nuevo mundo por los conquistadores evidenció la promiscuidad de las realezas y la concupiscencia de las plebes cristianas. La furia calvinista vino a poner coto a las prácticas sexuales con toda clase de castigos y colores del Infierno. La licenciosidad ingenua de Bocaccio, Chaucer y el Arcipreste de Hita acabó en añicos por la Inquisición y el puritanismo angloeuropeo. Bien ironiza D. H. Lawrence que los pueblos sometidos maldijeron a Europa con la sífilis (el morbo gálico, hispánico o itálico según los chovinismos de la época), pero Europa se vengó implantándoles la monogamia y el puritanismo.
Conforme la ciencia fue comprendiendo la etiología (las causas de las enfermedades), secularizó sus ideas de enfermedad y muerte, pero también estableció el racismo con nuevos prejuicios y odios. Curiosamente, entre más aprendemos que las enfermedades son eventos naturales comunes a todas las especies; unas prevenibles, otras no; unas curables y otras todavía no, y cuando mejor nos explicamos a nivel molecular y social el comportamiento corporal que nos enferma y mata, más nos atrapan los fantasmas de la acusación y la culpa.
Si la sífilis fue el castigo de los licenciosos a lo largo del Renacimiento, la Ilustración, el Romanticismo y la primera Modernidad, a la llegada de la Edad de la Razón y los imparables progresos científicos se dedujo que el cáncer (esa enfermedad de enfermedades) era producto de nuestra vida, sus hábitat y sus hábitos. Si te da leucemia es por culpa de una industria contaminante, si te da cáncer de pulmón es porque fumas, y si de hígado, por todo lo que te chupaste, de estómago y colon por lo que comes, y de piel por lo que te asoleas. Un colmo de la irracional vergüenza lo marcó el sida, nuevo castigo a Sodoma. Hoy el Covid-19 nos ofrece muchísimos dardos para andar repartiendo culpas. Si para un francés del siglo XVII la sífilis era culpa de los españoles, y para éstos de los napolitanos, y de los españoles para portugueses y holandeses, el coronavirus que nos trae mareados para los gringos (Trump dixit) resulta el mal chino.
Además, contamos con las culpas propias: por no usar cubrebocas, pecar fuera del matrimonio, consumir alimentos procesados, todas esas acusaciones que prodigamos en la cara de otros. Añadamos que la edad meteórica de redes sociales e informaciones instantáneas nos trae infinita variedad de teorías conspirativas y pensamientos mágicos posmodernos. El sida, las influenzas porcinas y aviares o el Covid-19 serían culpa del doctor Frankenstein, encarnado en un complejo secreto del Pentágono, una empresa pagada por los magnates del demonio, un guapachoso laboratorio post soviético, o ese maldito gusto de los chinos y los negros de África por consumir animalitos silvestres o practicar el bestialismo.
Igualmente fácil resulta negar la morbilidad creada por la producción masiva de animales para el consumo humano abusando de hormonas, fármacos y manipulaciones genéticas con fines comerciales.
De ahí a la negación no hay más que un paso, como lo ilustran los negacionistas de ultraderecha en Estados Unidos, Alemania o España, con seguidores aquí y en todo el mundo. Ahora resulta que uno puede creer o no en las infecciones, no importa cuán demostradas estén empíricamente. Lo que es un hecho es que quienes no creen porque creen en algo distinto, representan el mismo peligro que un libertino o una prostituta del siglo XVIII: irán por ahí propagando el virus. Su conducta la tildaremos de estúpida, ignorante, egoísta, fanática, y en el fondo nos gustaría que también a ellos les diera para que vean lo que se siente y quizá se arrepientan.
Qué chiste tendría la política si no pudiéramos echarle la culpa a los opuestos de las guerras, las debacles económicas, las hambrunas, la mortandad por enfermedades. Los rivales de los gobiernos acopian municiones contra ellos, y cada muerte o fracaso les da más la razón, quieren muertos, quieren sangre, quieren números.
Vista así, la humanidad no es seria en sus cosas. Con lo claro que resulta que la sensatez y los cuidados son básicos, nos entregamos con frenesí a descargar la responsabilidad en el otro. O de autoculparnos por esta diabetes, este sida, cáncer, coronavirus. A la colaboración y la responsabilidad compartida (familiar, colectiva, comuni-taria) anteponemos intereses, ideologías, modas, valentías inútiles y desprecios de color y clase en un de por sí mundo dividido.
Francamente, son ganas de atormentarnos y dañarnos, pudiendo estar el suelo más parejo y entre todos ver un paisaje claro.

8/31/2020

A la salud de los trabajadores de la salud



Los trabajadores de la salud constituyen la primera barricada, o más bien la última, contra la pandemia por el virus SARS-CoV-2, que, según los pronósticos, va para largo. Se les reconoce en ciertos sectores de la población, pero como también despiertan temores, desconfianza u odio en vecinos y conocidos, ya ven cómo es la gente, los y las agreden, amenazan, discriminan, así que tratan de disimular su identidad en la calle. Tendría que ser al revés, deberíamos tratarlos como ciudadanos distinguidos, porque se lo han ganado. Cuidarlos. ¿Dónde estaríamos sin ellos y ellas? Son quienes combaten el padecimiento en persona.
Por rígidas que sean las jerarquías, la enfermedad y la muerte han igualado como nunca a médicos, enfermeras, camilleros, ambulancieros, laboratoristas, recepcionistas, lavanderas, patólogos, forenses y cremadores. En los espacios de atención, quintaescenciados en los hospitales Covid-19, se libra la batalla más riesgosa e indispensable.
Casi 100 mil personas del sector han enfermado por el coronavirus, y para el 25 de agosto habían fallecido mil 320, de acuerdo con el desglose de la dirección de Epidemiología de la Secretaría de Salud (La Jornada, 26/8/20). La compañera Ángeles Cruz reportaba que se han confirmado 97 mil 632 casos y hay otros 10 mil 933 en calidad de sospechosos. Estas cifras se diluyen en el cuadro general que podemos leer todos los días. Ese mismo día, el total de enfermos rondaba 568 mil y las defunciones 61 mil. En los 14 días anteriores habían comenzado con síntomas 648 trabajadores de la salud en la Ciudad de México, en Nuevo León 348 y en Jalisco 348. Sí, en las ciudades mayores, donde sus condiciones estarían mejor garantizadas que en urbes menores y zonas rurales o marginadas.
Cargan cada día enormes responsabilidades para con pacientes y familiares. Deben recibir, diagnosticar, explorar, atender hasta extremos intensivos, si es necesario, a todas las personas que enfermen, en especial si por su estado ya no pueden ser atendidos a distancia. El personal de salud es el primer contacto, literal, con los infectados en miles de localidades del país, con harta frecuencia sin espacios adecuados ni equipo de protección suficiente. Enfrentan privaciones equivalentes a las de aquellos médicos rurales que retrataran William Carlos Williams y John Berger. Quizás hoy tengan sólo un sentido metafórico estas palabras de Williams: Para un médico, todo dependía de los caballos. Eran un factor decisivo en sus vidas. En Un hombre afortunado (1967), Berger y el fotógrafo Jean Mohr siguen las andanzas de un médico rural británico, subrayando la importancia de la práctica general.
Si su trabajo consiste inescapablemente en estar ahí, médicos, enfermeras y demás tiene la responsabilidad adicional de cuidar a sus propios familiares y allegados. De cuidarse a sí mismos y mismas de manera prioritaria y estratégica. Nadie se expone a mayores cargas del virus que ellos y ellas. Según datos oficiales, para la fecha señalada 60 por ciento de los contagios eran en mujeres, principalmente enfermeras. Setenta por ciento de los fallecidos eran varones de entre 50 y 69 años. De éstos, 49 por ciento eran médicos.
La oportunidad hace al héroe, pero también lo destruye. Este heroísmo no es voluntario. Hasta las vocaciones de raíz profunda y el altruismo de los temperamentos privilegiados se encuentran a prueba. Para esto se entrenaron y les pagan. Los médicos juramentaron, y los más serios siguen estudiando, pues pocas educaciones son tan continuas como la suya.
Su trabajo consiste en tratar con la gente enferma, en su recuperación o su muerte. Igual que los policías y los juntacadáveres, se supone que están acostumbrados. Pero no tanto. Un médico no se acostumbra a la muerte, para él o ella no existen fiambres, sino fracasos. El dolor de las personas cobra una cuota emocional elevada en médicos y enfermeras. Cuántos quisieran no lidiar con los afectados de la pandemia, uno tras otro, en un flujo que inunda los hospitales. En otros países hermanos de América Latina hemos visto nosocomios colapsados, ataúdes empaquetados y amontonados, personal de salud rebasado, cansadísimo hasta el extremo absurdo de los modelos filosóficos camusianos que se resumen en la figura de Sísifo.
Por supuesto acumulan también fallas, negligencias, burocratismos groseros, pero la pandemia no pueden minimizarla. Ya no hay lugar para esos internistas prestigiosos que con desdén ignoraron influenzas en el pasado y murió gente que debería seguir viva. Para la ciudadanía, así como para el Estado, es un deber proteger, alentar y respetar los esfuerzos del personal sanitario, y agradecer lo que hacen por todos a un costo personal muy alto. Hoy ni los galenos más vanidosos pueden jugar a Dios. Se saben hechos del mismo barro. El nuevo coronavirus los ha hecho modestos, frágiles, socialmente indispensables. No nos abandonan, no podemos dejarlos solos.

8/24/2020

Purgatorio para gringos

Hermann Bellinghaussen
La Jornada
Tres artistas estadunidenses fundamentales dedicaron a Ciudad Juárez momentos memorables de su creación, asumiendo el mito de su lado oscuro, el tufo de la violencia, la droga, el sexo, los ojos azules o negros de la corrupción. Implacables los tres con la línea de El Paso, sumergidos en el torbellino fronterizo, William Carlos Williams, Orson Welles y Bob Dylan recrearon sus calles como sueños y, en Williams y Welles, se tiñeron de sangre y cuerpos mutilados.
Los tres, a mediados del siglo XX, con armas e intenciones diversas, clavaron el diente a la ciudad favorita de sus pesadillas. AsíLa música del desierto, poema largo y coloquial de buen doctor Williams (en traducción de Carmen Martín Gaite): “–el baile ha empezado: para acabar viniendo a parar en un bulto inmóvil recostado– contra el puente que hay entre Juárez y El Paso –irreconocible en la semioscuridad / ¡Espere! / Los demás esperaban mientras lo estabas observando tú, en el mismísimo camino / ¿Está vivo? / –¡no tiene cabeza, piernas ni brazos! / ¿No será un saco de trapos que alguien haya abandonado aquí / aletargado contra el reborde de los pilares? / una cosa informe e inhumana, abrazándose las rodillas contra el vientre. / ¡Parece un huevo! / ¡Vaya sitio para dormir, la frontera internacional! / ¿Y hay algún lugar mejor, entre dos jurisdicciones, para que no le molesten a uno?”
En la que para muchos es su mejor película (y para otros la peor), premiada en Bruselas en 1958 por un jurado que presidían Jean Luc Godard y François Truffaut, y mutilada por la Universal para su estreno, The Touch of Evil (Sombras del mal), Orson Welles pone en la línea un relato noir y expresionista donde la corrupción y el mal vienen del norte, y toman cuerpo en la humanidad excedida y sudorosa del propio Welles en el papel más repelente y admirable de su carrera, encarnando a un jefe policiaco en plena descomposición. Charlton Heston, pintado de prieto, es Vargas, el policía bueno mexicano, recién casado con una rubia estadunidense, la exquisita Janet Leigh. El gordo Quinlan de Welles tiene por confidente y old flame a Tara, regenta de un bulín en este lado de la frontera, espléndida Marlene Dietrich como esfinge, quien se niega a leerle el Tarot:Tú no tienes futuro. Lo usaste ya todo. La locación del filme no es precisa, pero sólo pueden ser en Juárez o los Laredos.
En Just Like Tom Thumb’s Blues, una de las canciones fundamentales del mejor momento de su carrera, el joven Bob Dylan anuda la crónica del sitio:Cuando estés perdido en la lluvia de Juárez / y para colmo sea Pascua / y la gravedad te traicione / y la negatividad no te deje avanzar. / No te des muchos aires / si te caes por la Avenida de la Morgue. / Allí tienen mujeres hambrientas / que te dejan hecho un desastre.
Algo más que dato curioso, las intervenciones magistrales de Williams, Welles y Dylan, décadas antes del horrendo cicloLas muertas de Juárezy toda esa mitificación negativa del irresistible Paso del Norte, reflejan un tormento histórico, una especie de culpa estadunidense. Dylan joven, Welles maduro y decadente, Williams ya viejo, se encuentran con lo indecible y se empeñan en pronunciarlo:¿De qué manera decir lo que habría qué decir? No queda más que el poema, admite Williams.¿O estaré simplemente jugando al poeta? ¿Lo habré inventado todo basándome en nada, pensé.
Su pesadilla incluye indios, policías y putas:¡Españoles! (pero no, mayormente éstos son indios que persiguen a los hijos de perra de los blancos a través de las calles el día de la Independencia y tratan de matarlos).
La ciudad nació de un crimen, que la historia racista dominante considera una hazaña. Para transformar el viejo Camino Real que venía de México, el general y gobernador Joaquín Terrazas, uno de nuestros peores genocidas, el Custer mexicano, aplastó la resistencia apache e hizo matar al jefe Victorio en 1880, aunque en su momento sufrió la mano del implacable Gerónimo desde el otro lado. Sobre sus crímenes en Paso del Norte se perfiló Ciudad Juárez y el tren atraviesa hoy el Puente Negro. Crimen llama a crimen, aunque a veces su pretexto sea el progreso.
A Welles y Williams, la frontera les deparó cadáveres. En Welles, las calles y los bajopuntes dan miedo. A Dylan la dulce Melinda, una chica campesina que habla buen inglés y lo invita a su cuarto, le roba la voz y lo deja aullándole a la Luna. Para cuando llegue a Juárez Charles Bowden, el último gringo, a principios del siglo XXI, la ciudad será el Infierno.

8/17/2020

Encierro para sobrevivientes

Hermann Bellinghaussen
La Jornada: 

Los días de encierro, o de sumo cuidado para salir, son relatados con ojo incisivo por Doris Lessing en Las memorias de una sobreviviente (1974),intento de autobiografíaconstruido en forma de ficción distópica en un futuro cercano. Poco sabremos de la mujer sin nombre después de pasar con ella 200 páginas. O quizá lo suficiente. Ella observa el panorama social del caos, las ruinas, las migraciones masivas en dos sentidos: los que llegan huyendo de fuera y los que huyen de la ciudad (que es en principio, Londres), donde las pandillas dominan la escena. Los adultos salen lo estrictamente necesario. Allá afuera la precariedad, la inseguridad, el desvanecimiento de la comunidad. En el departamento, los espacios precisos que bien conoce la gente quedada, viuda o abandonada.
El poder de la historia recae en una protagonista secreta, Emily, la chica que un día le es entregada sin mayores explicaciones para que se haga cargo de ella. La mujer conocerá la nueva realidad a través de esta intrusa incómoda, indescifrable, irritante, hostil, maliciosa e ingenua a la vez que, de los 12 años en adelante, crecerá en el departamento de la narradora. Emily sólo conecta con un gato enorme que se convierte en un ingrediente más de la extrañeza. La chica es quien sale, al principio no muy lejos, a la plaza al pie de la ventana, donde se junta con otros chicos. La mujer la espía, intrigada. Luego comienza a desaparecerse y volver sin justificaciones.
Los jóvenes aparecen ignorantes, irresponsables y peligrosos a los ojos de la narradora y las demás personas mayores en total desencanto. Un poco de eso tiene El diario de la guerra del cerdo, de Adolfo Bioy Casares, pero en Lessing el contexto es menos comedia kafkiana y más testimonio de un mundo roto.
Emily crece una turbulenta adolescencia. Su despertar sexual es todo lo preocupante que se puede en un mundo sin rumbo, a la espera de nada, donde los gobiernos son irrelevantes y los hechos se imponen fuera de control.
La narradora se embarca en un inquietante recorrido por casas abandonadas, recámaras saqueadas, corredores desolados, callejuelas ominosas, y experimenta visiones de la infancia de Emily, terribles aunque impalpables, en algún cuarto, sin verificación factual. Al ir comprendiendo la naturaleza arisca de Emily, la mujer, quien cree saber más que la jovencita, aprende de ella la lección más importante: cómo sobrevivir. Es Emily la verdadera sobreviviente. Parafraseando el verso de Words-worth,la niña es madre de la mujer.
La novela se inspira en el hecho real de que Lessing debió hacerse cargo de un chica intrusa, confiada a ella por sus padres de manera no menos extraña que en la novela. Esta joven, con el tiempo y muchas turbulencias más, también se hizo escritora: Jenny Diski (1947-2016). Al final de sus días, Disky contó sus propias memorias en una serie de entregas para London Review of Books, incluida su versión de aquella sobrevivencia con Lessing, la severa guardiana durante cuatro años (LRB, 37/5, 2015). Disky, diagnosticada de cáncer, ajusta cuentas con su nada maternal madre sustituta y brinda un relato fascinante de la escritora y de sí misma, una chamaca perdida en el mundo del rock, el sexo, las drogas y el total desencuentro con sus padres en los sixties londinenses. No recuerda una sola conversación con ellos:Supongo que debió ser terrible tener alguien que los mirara como yo lo hice. Insolente, descuidada, desafiante, inclinada al ocio masoquista y a ver el mundo como la tunda universal (universal thump) de Melville en Moby Dick.
La observación política de días extraños es una de las aportaciones más firmes de Lessing. Hija del colonialismo británico, mujer de izquierdas, mala madre y mala esposa confesa, abandonó a sus primeros hijos en su natal Rodesia y se instaló en Londres para hacerse escritora. Heroína natural del feminismo, Lessing es más que eso. Incómoda en el mundo, lo mira con la intensidad de ésta y otras ficciones distópicas, como la saga extrema de Mara y Dan.
Una inteligente lección para nuestros días de encierro y salidas rápidas, nunca sin riesgo, nunca plenamente satisfactorias. De introspección no buscada. Nada parece nimio en el espionaje compulsivo a nuestros vecinos y la intemperie al pie de la ventana. La muchacha de mechón morado que peina su zarigüeya asomada a la ventana de enfrente. La pareja de al lado con discusiones duras en las noches y temprano en la mañana, en estos edificios con paredes de papel. Las fiestas de tres días de los de abajo y su música de miedo. El camotero echando novia con una criada. Las ambulancias y las patrullas. Los paseantes enmascarados en un tiempo de rostros ocultos. La joven madre que en otro edificio todas las tardes trata de entretener a un niño hiperactivo que entra y sale de cuadro constantemente. Vampirizamos la realidad inmóvil. Como James Stewart, el metiche de Hitchcock, estamos atentos a lo que nos mantenga vivos.