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12/02/2022

Lo que polariza y lo que sana

 Columnas Plebeyas

Es una ironía histórica bien asentada que los que más se quejan de la “polarización” suelen ser los que más hacen para crear las condiciones de su existencia. Las divisiones no nacen por arte de magia, por envidia al éxito, por imperativos genéticos o porque un segmento de la población despertó de malas y no logra salir del surco, sino por condiciones materiales bien claras y nada misteriosas. Pagar salarios de miseria crea polarización. Sacar a la gente de sus casas para subir la renta crea polarización. Burlarse de los impuestos que los demás tienen que pagar crea polarización. Utilizar la fuerza pública para reprimir crea polarización. Mentir sobre todo esto desde los medios de comunicación, también. En pocas palabras, “No polaricen” puede traducirse en “Cállense y quédense en su lugar”.

En cambio, la megamarcha del domingo, 27 de noviembre en la Ciudad de México constituyó una expresión de júbilo popular antitética en tono y espíritu a los estrechos límites que los polarizadores buscan imponer. Grupos de tambores alternaban ritmos atrevidos con movimientos sincronizados. Brigadas de zanqueros agitaban sus capas y hacían gala de su vestimenta colorida. Conjuntos musicales, como la Banda Filarmónica de Santa Rosa de la Sierra Mixe de Oaxaca, tocaban melodías de toda la república. Había danza folclórica y bailes espontáneos, botargas y consignas. Hacia enfrente, un presidente marchó como otro ciudadano más, entre el vaivén de la muchedumbre. Al final de la ruta, el festival irrumpió en los bares y restaurantes como un oktoberfest no turístico sino politizado. En la noche, los participantes caminaban agotados pero alegres, reviviendo el día camino a su transporte de regreso.

Entre toda esa algarabía, lo que brilló por su ausencia fueron las expresiones de odio, racismo y clasismo que marcaron la marcha del 13. De hecho, a manera de limpiadores lingüísticos, los manifestantes del 27 reciclaron varios de los insultos que se les había lanzado anteriormente –“acarreados”, “indios pata rajada”– apropiándolos como propios. La tan temida polarización se había retirado a sus trincheras en las redes, no entre el millón y más personas de carne y hueso, incluyendo a migrantes que habían regresado del extranjero sólo para estar ahí.

En las teorías de la comunalidad, entre palabras como territorio, trabajo, identidad y representación, hay otra más: fiesta. Y lo de domingo fue precisamente eso, una fiesta. Esto es lo que aterroriza a los polarizadores de arriba, que la política deje de ser la pelotita de unos cuantos y se vuelva realmente masiva. Que deje de ser del dominio exclusivo de tecnócratas grises con diplomas vistosos que aplican al pie de la letra las recetas de sus ídolos en las instituciones financieras internacionales. Que la gente descubra –¡horror!– que la política puede ser divertida y que la diversión puede ser transformadora, en lugar de ser otro producto más de consumo para evadirse de las rutinas monótonas.

Finalmente, para eso sirven las marchas bien conducidas: cargan pilas, crean vínculos y sí, muestran músculo. Pero una marcha también es un fenómeno efímero: un día está y el otro ya no. El riesgo es que decante en pura catarsis sin cambio. Para que los efectos sean duraderos, el entusiasmo que genera tiene que ser canalizado en cuadros y candidatos de base, en propuestas y leyes atinadas y atrevidas, en una toma de decisiones cada vez más democrática en todos los niveles. Se sabe muy bien qué falta por hacer, y dónde existen las trabas e los impedimentos. MORENA debe estar a la altura.     

9/07/2022

El #INE y las nuevas inquisiciones

 Kurt Hackbarth


Cuando Gabriel Quadri fue inscrito en el padrón de agresores políticos de género, en abril, e inhabilitado de aparecer en las boletas electorales durante cuatro años, muchos celebraron el hecho. Finalmente, luego de una sarta de barbaridades soltada en años recientes, el bocón había recibido su merecido. Yo, en cambio, tenía mis reservas. No acerca de los comentarios en sí del legislador, que fueron claramente discriminatorios y transfóbicos, sino acerca de la prohibición electoral. Y no es que haya tenido una bola de cristal que viera el futuro, sino por una regla de oro en la historia política internacional: cualquier medida coercitiva o de censura, fuera cual fuese su intención original, terminará siendo aplicada inevitablemente contra la izquierda.

Y dicho y hecho. En meses recientes, un grupo de consejeros del Instituto Nacional Electoral (INE), mostrando un talante inquisitorial extremo incluso para ellos, ha perseguido a la diputada Andrea Chávez por un tuit levísimo acerca de la postura de una diputada del Partido de la Revolución Democrática (a la que ni siquiera nombró) de que el Fondo de Cultura Económica (FCE) no debería fomentar la lectura; al periodista Erick Gutiérrez por responder a tal tuit; a la senadora Antares Vázquez por afirmar desde la tribuna que los legisladores (en general) que no aceptan las consecuencias de sus actos son como “muñequitas de sololoy”; a la periodista Alina Duarte por el grave crimen de promover la consulta de la revocación de mandato, y a una serie de comunicadores y youtubers, entre ellos el Chapucero y Juncal Solano.

Resulta notable que la acusación en varios de estos casos, sobre todo contra Chávez y Vázquez —ambas mujeres—, es la misma que habían aplicado en el caso de Quadri: la de haber ejercido “violencia política de género”. Es como si la hubieran ensayado en un caso real sólo para banalizarla, una vez afilada, a través de casos burdos de persecución política. Es que la manipulación interesada del término es lo de hoy. Margarita Zavala, Kenia López, Lilly Téllez, Mariana Gómez del Campo, Edna Díaz Acevedo: todas ellas han torcido el argumento de violencia de género para escudarse de críticas legítimas o con otros fines políticos. Todas, también, son autoras de afirmaciones más fuertes —en ciertos casos exponencialmente más— que las arriba mencionadas. Sin sanción.

Este truco tiene su pedigrí. En la campaña presidencial de Estados Unidos del 2016, la estrategia de Hillary Clinton fomentó la idea de que los partidarios del senador Bernie Sanders —su contrincante en la precampaña del Partido Demócrata— eran misóginos por preferirlo a él en lugar de a ella, unos vulgares y retrógradas Bernie bros. Al hacer esto, Clinton invisibilizó a millones de mujeres —la vasta mayoría de ellas de una clase social más precaria que las que circulaban la acusación— que votaron por el senador no por ser hombre, sino porque simpatizaban más con su programa. En la campaña del 2020, la recriminación volvió a aparecer, a veces abiertamente, otras por insinuación, en las estrategias electorales de Kamala Harris y Elizabeth Warren.

Pero ahí no había la cuestión de quitarle sus derechos políticos a nadie. En eso, el INE, en conjunto con el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF), ha llevado el asunto a otro nivel. De la misma forma, eso sí, sus acusaciones no sólo desvalorizan sino que se aprovechan de una situación extremadamente grave en México: la violencia real de género, sufrida por millones de mujeres que carecen del poder económico y de plataformas privilegiadas necesarias para denunciarla. (Esta violencia ha sido sufrida incluso, estoy seguro, por las propias Zavala, López, Tellez, Gómez del Campo y Acevedo en otros momentos de su vida). Así, como en el caso de Clinton o Warren, el término pasa a constituirse como otra arma de clase, empleada incluso en contra de movimientos políticos que busquen una igualdad que rebase el liberalismo limitado que la burguesía está dispuesta a ofrecer.

Finalmente, todo este teatro no es más que una escaramuza antes de la batalla mayor: la campaña presidencial del 2024. La idea, construyendo sobre la base de lo ocurrido en las elecciones intermedias del 2021, es establecer un precedente para remover, eliminar o inhabilitar a candidatos… incluso aspirantes a la presidencia. Si no se les puede ganar en las urnas, se vuelve aún más urgente asegurarse de que, en primer lugar, no aparezcan en la boleta. Ahora mediante un argumento que consideran irrefutable: son violentadores de género. ¡Fuera!, dirá la prensa internacional. ¡Fuera!, dirán, con aire de superioridad moral, las organizaciones no gubernamentales (ONG) internacionales.

En junio, el Tribunal Electoral devolvió a Gabriel Quadri sus derechos políticos. Fue la decisión correcta: si él quiere volver a postularse para diputado, o incluso para la presidencia, su futuro debería estar en manos de los electores de Coyoacán o, en su caso, de todo México. De la misma manera, Andrea Chávez debería poder postularse para la gubernatura de Chihuahua. En cuanto a los consejeros del INE, que se quiten las togas de inquisidores y que crean en la misma democracia que, en teoría, están encargados de sostener.