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9/09/2020

Inspiración




La temporada electoral ha dado formal inicio. Como poderoso remolino, que aspira todo lo que pulula a su derredor, la contienda por un escaño, presidencia municipal o gubernatura se vuelve irresistible para muchos. Como todas las elecciones intermedias, los pronósticos se arremolinan para indicar derroteros que podrán cumplirse o, tal vez, quedar truncados. Pero las ambiciones usualmente se desbocan en persecución de horizontes, posiciones y certezas que, por lo regular, quedan cortos. Aún así, se forma una avalancha de sentires que llegan a traicionar los principios y la honorabilidad de aquellos que aspiran a ser electos. Ocupar una curul en la Cámara de Diputados se torna una silla predilecta de cualquier sujeto que merodea por los alrededores.
Simultáneamente, se desarrolla otro drama paralelo a la contienda que ya se inicia: la disputa por la presidencia de Morena. Esta presidencia no es cualquier puesto a elegir, sino, precisamente, el de mayor peso partidario y político de la actualidad. Uno que representa y responde por la mayoría de las legislaturas. Y lo que estará en disputa el año entrante, en verdad, no sólo serán escaños, municipalidades o gubernaturas, sino el destino, la continuidad, de un proyecto renovador.
Es por eso que la presidencia de Morena adquiere una importancia crucial. Ahí se concentrará el remolino que indicará hacia dónde habrá de girar la visión nacional. Ahí se esculpirán las consignas que, puestas en práctica, habrán de tener resonancia en múltiples ámbitos de la vida organizada del país. Luego entonces la lucha por escoger a quien dirigirá sus derroteros, durante este crucial periodo, adquiere significación especial.
Morena ha perdido fuelle ideológico en los últimos años si algún día, en efecto, lo tuvo. Guiado por la fuerza gravitacional de un intento transformador, no pudo hacer otra cosa que seguir tal huella. Incapaz de levantarse por su propia voluntad para darle continuidad y horizonte a la aventura, se refugió en posiciones de trincheras. Se afilió, sin realmente fuerza, a la energía derramada por el obradorismo. Ha sido un movimiento que tal vez concentró sus abundantes capacidades en asuntos de menor catadura. Unos, marcados por abundantes pleitos y rivalidades internas. Disputas que le impidieron aglutinar a sus agremiados tras cuestiones trascendentes. No ha podido conjuntarlos y, menos aún, animarlos a visualizar lo que al país le espera delante de las crisis actuales. Tampoco ha sido capaz de apuntar salidas a las penalidades que se abatieron sobre éste, ya de antemano, sitiado país de los mexicanos. Y esto a pesar de las terribles exhibiciones que han ido brotando por las vergonzosas desigualdades.
Es por ello que, en la disputa que se abre por estos aciagos días en pos de la presidencia de Morena, habrá que escoger al dirigente, fijando la vista en los días venideros. Tiempos que no tendrán compasión por los equívocos, ambiciones espurias y las tonterías. Momentos que serán recios, implacables en juzgar lo que se escoja. Dejarse ir por la inercia de pasadas peleas entre burocracias y burócratas por aumentar poder, no tendrá digna salida alguna. Repetirán lastimosas hazañas de personajes menores que, ocupando sitiales en el espacio colectivo, pretenderán encumbrarse como guías que nunca fueron tales, ni lo serán.
Morena requiere, a grito pelado, una presidencia que lo inspire más allá de la crisis actual. Que le alumbre una perspectiva con consistente y distinta luz. No puede recaer su liderazgo en personajes que no han arrojado sus viejas pertenencias y gastados adornos conceptuales de tiempos monótonos. Lo que sucede y constriñe hoy a la República se empareja con las oscuridades de pandemias, violencia y la sequedad económica. Los trabajos transformadores en que se ha concentrado el Ejecutivo obliga al partido que lo acompaña a desbrozarle el sendero. Quizá también adelantarse para hacer más ancha la avenida transitable.
No puede encargarse la presidencia a maniobreros o burócratas que han dado un asombroso paso al mundo político, quizá con buena suerte o muchos apoyos, pero sin la suficiente fuerza creativa exigida a un guía. Tampoco a personajes ya muy versados que aspiran a capturar, una más, de las oportunidades que pasan delante de ellos. Porfirio es uno de los grandes políticos de este sufrido país, pero sus posibilidades quedaron atrás de sus años. Se requieren, ahora, mentes abiertas que contraigan sus propias sugerencias, nuevas aventuras, sus imaginadas perspectivas y mundos posibles. Y de esos hay muy pocos aspirantes, en verdad sólo uno: Gibrán Ramírez Reyes.
Es muy posible que no llegue a ganar la contienda, planteada por una ilegal decisión del TEPJF hecha a medida de los usuales ocupantes consuetudinarios del espacio difusivo. Será una lástima que triunfe una opción configurada a partir de estos medios.

9/02/2020

Desafuero y consulta

Luis Linares Zapata
La Jornada: 
Muchos aires soplaron entre dos bizarros episodios: el desafuero y las revelaciones sobre delitos y traiciones de altos jerarcas del cercano pasado. Estos últimos –verdaderos escándalos– se han endosado a una consulta popular en marcha. Se pretende generar la masa crítica como detonante en un juicio a ex presidentes. Al parecer son incidentes políticos independientes uno del otro. Pero, al recordar las fuerzas que intervinieron en aquél y las que se conjuntan en estos días, se pueden extraer varias similitudes y enseñanzas. La trascendencia para la salud de la República del fenómeno difusivo de acusaciones y denuncias junto con la consulta (aunque poco factible enjuiciamiento) respecto del juicio de procedencia pasado, exigen su puntualización, al menos básica. Ambos apuntan a sendos movimientos ciudadanos que se bifurcan en aspectos legales y de legitimidad política y social. Los dos son, y fueron, elevados a la categoría de asuntos de seguridad nacional.
En el desafuero salió a la luz pública la que después se llamaría lamafia del poder, un pequeño, aunque muy influyente, conjunto de empresarios, con masivos intereses, por completo enseñoreados hasta de las decisiones públicas estratégicas. Ellos le ordenaron a un decadente y débil presidente (Fox) que sacara a AMLO de la contienda por la Presidencia. Ellos fueron, desde esos malhadados tiempos, los reales, aunque velados, jefes de cinco de los ejecutivos en turno.
La espuria alianza para concretar el desafuero se forjó sin tapujos, a la luz del día. El presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) no pudo ocultar su mano peluda en el asunto. Fue, para motivos prácticos, activo consejero jurídico. Se nombró un procurador servicial que, años más tarde, quedaría relegado a un triste papel para el olvido. Los partidos políticos que hacían mayoría en el Congreso, PAN y PRI, rellenaron su abigarrado lugar de ingratas comparsas. De complemento, el aparato de comunicación social del país jugó un rol estelar. La casi totalidad de los opinócratas, de esos malhadados días, prestaron sus voces y talentos para auxiliar en la casi imposible misión solicitada: legitimar el proceso para destituir al malquerido de la élite. Las expresiones contrarias al ejercicio político-electoral en marcha fueron notablemente raras. La pinza se debía cerrar, tanto en el Congreso, por un lado, como en los tribunales, por otro. La cárcel, ya abierta de par en par, estuvo presta para recibir al transgresor. En medio, arriba y abajo, el desafuero fue un tinglado rellenado con intentos de desprestigio personal de AMLO. Se alegaba el incontrovertible supuesto de la vigencia de la llamada realpolitik como cínico justificante. El objetivo fue, siempre, la expulsión de una alternativa peligrosa para la continuidad del sistema establecido. La historia es conocida y ejemplar: se coaguló un amplio movimiento social que, posteriormente, pudo triunfar, tres veces seguidas, en las urnas.
Ahora, y desde el Poder Ejecutivo, se alienta un proceso que intenta esclarecer, en descampado y hasta donde sea posible hacerlo, en qué consistió la política neoliberal durante el prolongado periodo que estuvo vigente. Y, con mayor precisión, cuáles fueron, y han sido, las maneras y los modos con que se han conducido cinco sucesivos jefes de Estado. Una larga penumbra que va de Salinas a Peña Nieto, pasando por Zedillo, Fox y Calderón. Terrible quinteto de funcionarios que sacrificó, en aras de sus intereses personales y de grupúsculo, la dignidad, seguridad y sanidad de la República. Conducir el proceso en sus dos grandes facetas, la legal y la del imaginario en el ámbito colectivo, es una tarea por demás plagada de obstáculos y presiones. Las muchas y variadas respuestas que se oirán de los acusados serán escandalosas. Respuestas que consistirán en sonoras, tergiversadas y airadas defensas.
Es por esa razón que se recurre a movilizar a la ciudadanía. Es preciso que la mayoría forme informada conciencia para decidir y apoyar el proceso inculpatorio y de sanación. Hay imperiosa necesidad de esclarecer ese pasado delictivo y tramposo: esencia misma del neoliberalismo. Que cada quien se haga responsable de su postura y voto, sea éste absolutorio o condenatorio para ese clan de abusadores. La legalidad del proceso no es una ruta directa ni clara. Pero se debe empujar hacia la toma de conciencia más amplia posible. Desde la misma base ciudadana. Las mejores pulsiones de honestidad y sencillez que todavía retiene la sociedad mexicana tendrán, así, oportunidades de prevalecer sobre la extendida corrupción, la impunidad y las complicidades. La SCJN, con seguridad, no podrá intervenir en la cuestión básica: aceptar una consulta para abrir juicio y cárcel. Pero airear, con el detalle y la profundidad necesaria el entramado ilegal –pasado como normalidad– es clave para la transformación del régimen.

8/26/2020

Pasado, presente y corrupción



Entrarle a la extendida y hasta nada sorprendente corrupción sistémica de las élites nacionales pasadas es embarcarse en un proceso desgastante, casi inacabable. Bien decía el Presidente que prefería mirar hacia delante. Pero ello no podía, ni puede, interpretarse como terminal olvido: equivaldría a robustecer la tradicional y conocida impunidad. Pero emplear la siempre escasa energía en pleitear con el terrible pasado, cuando se tienen ambiciones transformadoras, sería fallida priorización de propósitos. Se requiere conjugar una serie de principios y objetivos como olvido, perdón, legalidad o justicia. Motivos de gobierno y trabajos institucionales que, en repetidas experiencias se han tornado conflictivos y hasta excluyentes.
El caso de las acusaciones vertidas ante la Fiscalía General de la República y hechas por un malhechor probado, es ejemplo cristalino de tales dificultades implícitas. Vincular la legalidad de un delicado proceso judicial con el escarmiento y castigo social de los delincuentes señalados no es asunto sencillo. Los acusados, una claque poderosa, pertenecen a esferas que fueron de privilegio, recursos y mando. Las ramificaciones de este que es, en verdad, serio problema, se extienden por multitud de vertientes de imposible tratamiento sencillo. Los señalados por declaraciones filtradas harán todo lo posible por salir del atolladero ensuciando, hasta donde les sea posible, el proceso completo. Implicarían a todo el mundo si les fuera necesario. Debe siempre considerarse que el cantautor tampoco es cualquier sujeto trasgresor. Fue, por desgracia para la República, irresponsablemente nombrado director de la gran petrolera del Estado. Un cómplice estelar.
La circulación, o contrataque, de videos y grabaciones no se ha hecho esperar. Se trata de comparaciones ilegítimas, pero con amplio grado de impacto funcional. La imagen de un gobierno que pretende situarse por encima de esas tropelías saldrá afectada. Máxime que uno de los causantes de esas, innecesarias y torpes filmaciones, es un funcionario, recién nombrado, al frente de una institución delicadísima. Será imposible que ésta quede atrapada en el rejuego de sospechas y al mando de maniobreros.
El corrupto pasado del priísmo, panismo y sin duda también perredista, es harto conocido y sospechado como horizonte de penosa realidad. Mucho de lo cual se cosificó por rumores y cuentos de pasillo. Rara vez expuestos con toda claridad y, en especial, tocando figuras de ex presidentes, como ahora. Hay una conseja que dice el mal pensado es peor que el mal real, ojalá y no se cumpla tal sentencia en la tragedia Lozoya.
Vaya personaje de cuenta este niño mimado y tracalero. Se espera que la cárcel no se troque en gracioso desprestigio ramplón.
Ya se avanzó, aunque a tropezones, por esta senda delincuencial que, en verdad, se debió evitar. La petición de recurrir, para dirimir rutas, a una consulta popular va quedando rebasada por los enconos generalizados que la trifulca acarrea. El rechazo ciudadano es serio, corajudo y duro de esquivar. La expectativa, en que se llegue a las entrañas de ley y justicia, andan todavía volando de aquí para allá.
Al ampliar el horizonte del presente nacional, se aprecia que la conjunción de asuntos conflictivos es, sin retórica o excusa, espeluznante. Su manejo y conducción (gobernabilidad) se torna harto complicado. Hay que adicionar que la violencia actúa como un telón de fondo molesto, tan peligroso como inapelable. Ahí está, enseñoreándose de vastas regiones y con diarios enfrentamientos de crueldad inaudita.
Los saldos son una real maldición para la salud republicana. Los esfuerzos gubernamentales por quitarle base de sustento a la delincuencia que la produce han sido y, sin duda, seguirán siendo, considerables. Pero la pandemia ensanchó el ámbito de la pobreza y puso cercos a la solvencia presupuestal. El cierre de oportunidades vitales y, más aún, las afectaciones en el amplio campo del bienestar, se cierne entonces sobre amplias capas poblacionales, muchas de las cuales son por demás vulnerables.
La maquinaria productiva del país está sumamente debilitada y sus capacidades de crear riqueza y empleo aparecen limitadas en extremos desconocidos en tiempos pasados. La pandemia, aunque muestra signos de ralentizar su expansión de contagios y muertes, incide no sólo en la salud, sino en los temores y esperanzas ciudadanas de sana convivencia. Las vacunas, único remedio cierto ante el virus, todavía parecen estar a años luz de ser inyectadas en brazos mexicanos. La cruzada transformadora emprendida, por tanto, tiene delante trabajos que hoy exigen marchas forzadas, digamos, heroicas. Es obligado, entonces, insistir en la limpieza de trámites, olvido de vendettas, depuración de trayectorias y mucha coordinación en el funcionariado público. El compromiso con las urnas está a tiro de piedra. Una cita que todo puede enredarlo.

8/19/2020

El 2021




Muchos de los rasgos del año venidero pueden, desde ahora, escudriñarse con visión provisional. Serán tiempos de elecciones y presiones financieras adicionales derivadas de limitantes impuestas por la pandemia. Lo electoral, en especial, no será motivo de este artículo. Muchos analistas ya lo hacen y continuarán en esa batalla con marcado y ladeado ahínco. Concentraré este trabajo en algunas de las líneas definitorias adicionales que tienen que ver con las urgencias programáticas y financieras. Estas urgencias cercarán al gobierno federal y sus propósitos de introducir niveladores en el reparto equitativo de los bienes y servicios colectivos. Es decir, qué tantas acciones prácticas, además de las ya instaladas, se podrán añadir al curso de 2021 en lo tocante a la justicia social prometida.
Nada fácil se aprecia la disposición de llegar al año que entra con los recursos presupuestales indispensables para seguir por la senda marcada desde el inicio del presente sexenio. La atención a los excluidos, a los de abajo o pobres de siempre se antoja, desde ahora, a menos de cinco meses de terminar 2020, una tarea venidera para esforzados. En verdad será difícil pero, sin exagerar recursos o pretensiones, tendrán que redoblar cometidos y voluntades para no dejar ir las expectativas ya sembradas.
Las búsquedas de ingresos adicionales, provenientes de cerrar las llaves a la corrupción, aunque importantes, quedaron más cortos a lo esperado. Resta, para el año entrante, explorar otros sectores promisorios de ingresos adicionales. Además de las garantías de una conducción eficaz de la oficina recaudadora, (SAT) que seguirá apretando sensibles tuercas, se deben añadir otras áreas de muy difícil tratamiento: aduanas, elusión, fiscalidad adicional y otros de menor cuantía pero que, sumados, darán respiro a un agobiado ente recaudador. La austeridad no podrá, ni convendrá, ser reforzada. A duras penas se continuará con la astringencia hasta ahora marcada.
Los dos primeros años han sido un esforzado “ tour de force” para, al mismo tiempo, enderezar el gasto y la inversión hacia los proyectos prioritarios de los morenos: primero los pobres, los estratégicos del sureste y la reducción de la violencia. Por lo pronto y aún en medio de los rigores de la pandemia, que adelantaron masiva atención hacia la salud, se pudieron dejar fondeadas las demás prioridades. La consecuencia, después de dos años de tormentoso cambio y rápidas velocidades cotidianas, la realidad se ensaña sobre una hacienda ahora exhausta. La renovación del caudal de nuevos ingresos, para el siguiente periodo, exprimirá la usual fiscalidad hasta niveles poco previstos con anterioridad. Aliviarle la carga disponible es y será la encomienda. El despegue que ya insinúa la economía, después del forzado encierro, no permitirá una futura ley de ingresos boyante. Ni siquiera pensando en que los proyectos aduaneros rescaten parte sustantiva de las supuestas fugas actuales que son y han sido cuantiosas.
El impacto que se logró en el consumo, con los recursos canalizados a las capas poblacionales necesitadas de atención, tendrá, a futuro, menor impacto, ahora que la planta productiva empiece su ascendente marcha. El empleo, efectivo elemento distributivo y reivindicador, retomará camino pero con lento crecimiento. El ritmo y la cuantía de las revisiones contractuales, dada las dificultades financieras en curso, impondrán mesura en la ambición justiciera. Los tironeos electorales, ya en pleno juego, no permitirán el desboque acostumbrado del gasto respectivo. Los caudales disponibles, antes masivos, no se espera que ocurran en esta elección por importante que esta pueda entreverse. Sobre todo porque el manirroto principal del oneroso dispendio pasado, no abrirá su caja principal: la hacienda federal. Lo cierto es que, la sola tentativa de pensar en la costumbre de los ríos anteriores, en beneficio de cualquier candidato o para el partido oficial, quedará sellada. La simple disposición y anunciada vigilancia presidencial, la harán visible y, en variadas formas, punible.
Además, la estrategia hasta ahora seguida desde Palacio Nacional ha forzado el respeto y observancia de los cauces marcados por las leyes prevalecientes. Pero ello ha implicado dificultades crecientes y poco sostenibles. Por tanto, se tendrá que pensar, en ese venidero año, en abrir, de ser posible, los canales para una renovación legislativa a fondo. Un renglón fundamental, para este propósito de fondear los programas en curso y adicionarle otros de pinta universal, (Ingreso básico por ejemplo) será indispensable embarcarse, para el segundo semestre de 2021, en la pendiente reforma fiscal. Aunque no sólo este, en verdad penoso trabajo de reforma, integra el paquete que se visualiza necesario. Otras más se prevén tan urgentes como cruciales, pero las dejaremos para próximas tareas difusivas.

8/12/2020

Pinzas al Estado



La descomposición de la élite política del país llegó a ser un punto referencial generalizado. No sólo se le suponía de una ineficacia, cierta y comprobada, sino que sus abusos se llegaron a convertir en mitología cotidiana. Pocas cosas o conductas podían superar el daño que sus andanzas cómplices podían inferirle a la nación, como un todo y a cada uno de los ciudadanos en lo particular. El malestar por la corrupción imperante, extendido convencimiento popular, se acuñó a la perfección en el concepto de cleptocracia gobernante. En tan nociva categoría no se distinguía entre funcionarios menores o mayores, pertenencia a los partidos o cualquier otra posible franja de ocupación. Simplemente se decía todos son corruptos. Era casi imposible reconocer salvedades a esa regla derivada de la experiencia en miles de casos conocidos o rumorados. El sustento, sobre todo para motivos de terminar en tribunales, además de nebuloso se refería a un entramado legal y policiaco por demás defectuoso. Un conjunto ideal para la evasión y salvaguarda para las complicidades que finalizaban en impunidad galopante.
Una situación así descrita, mal hecha o deformada al extremo, hacía nugatorio el ambicionado estado de derecho. Se llegó a pensar como un panorama con el cual habría que convivir y aceptar. Partir de esas terribles heridas en el cuerpo social y político de la nación se tornó asunto prioritario. Tales quiebres malsanos llegaron a considerarse, por boca de uno de sus presidentes (EPN), como hecho cultural. Poco habría que hacer ante tal cúmulo de malformaciones heredadas. Poco después, al rechazarse por el electorado tan maligno destino, se impuso el mandato de iniciar su compostura completa. No había posibilidad de esquivar la situación prevaleciente: habría que empezar a enderezar, una por una, las contracturas que imposibilitaban el avance del país. La lucha se daría cuerpo a cuerpo con toda una formación cancerosa que, en múltiples casos, se atrincheró en un archipiélago de ritos y justificantes bien elaborados. Y en esas aventuras y deberes se ha embarcado con decisión la actual administración. Al situar la corrupción como el problema neurálgico a derrotar se puso un objetivo por demás elevado. La muralla a superar que se viene descubriendo es colosal.
En estos días de fechorías que tienen nombre preciso y hechos delictivos reales (Lozoya, Agronitrogenados, Fertinal, Etileno XXI, César Duarte, ex presidentes) se comienza a delinear la posibilidad de romper con las complicidades protectoras de la impunidad. Los obstáculos están en su mayoría bien instalados. Salvarlos requiere el concurso de un considerable segmento de la ciudadanía. El gobierno no podrá, por sí mismo, completar la tarea. La enorme ventaja, respecto del pasado, es que ya son un conjunto de maleantes los que están al borde de los tribunales y las sentencias pueden llegar a formularse. La confianza ciudadana, empero, se otea como un proceso que se hunde en el pasado pero también en el futuro. Un tiempo que, para los desconfiados pobladores del país, se cuenta en días y no en años o sexenios, como debe hacerse. Lo importante es que, los que entraron en la línea del fuego de extraditados, prisioneros, señalados, perseguidos o acosados son numerosos y de nivel mayor. Por suerte y buenas investigaciones, los crímenes de los que se les acusa muestran claridad en su formulación. Es, por tanto, una ruta promisoria a seguir para limpiar la vida colectiva muy a pesar de las salvedades y subterfugios opositores.
A últimas fechas se agrega, a esta pléyade de cleptómanos, todo un universo de criminales adicionales. Esos que, en lugar de perseguir al infractor se le unen y, aún más, lo protegen, se benefician de ello y hasta lo dirigen (narco-Estado). Es decir, son parte integral de lo que se llama crimen organizado esta vez actuando desde el ámbito público. Junto con la cleptocracia, son efectivas pinzas que atenazan al Estado. Una fantasmagórica categoría de personajes incrustados en la administración de justicia. De ninguna manera para aliviar sus terribles consecuencias y sí para agravarlas al extremo. Ya bien se sabe, por estudios y casos locales o internacionales, de la complicidad de malhechores con autoridades. Sin esa sociedad, que debe ser estrecha, es imposible que el mal prospere (García Luna y asociados). Pero, a pesar de esa yunta, todavía resta saltar un valladar enorme para llevar ante la justicia al criminal. El proceso está en ruta precisa y se trasluce la voluntad, emanada desde la cúspide del poder para limpiar sin titubeos o retrocesos el ámbito de la convivencia nacional.

8/05/2020

Frases para murales


La Jornada
Luis Linares Zapata

La disputa por lograr las mejores frases para sentenciar al gobierno o a su Presidente, ha sido todo un acontecimiento difusivo. Pasan revista en la contienda los más insignes y notorios personajes de la opinocracia consagrada. A cual más trata de apresar, en unas cuantas letras, la violación al orden usual o al deber ser, ese que ya está esculpido. Trátese al hablar de lo que se colige como realidad imperante o sea el tinte de sentimientos obradoristas, las frases, condensadas y críticas, se suceden en cascada. Pero no olvidan los supuestos fracasos del cometido básico, la dudosa o de plano inexistente transformación propagada. Tampoco ningunean, sino reiteran frases para el recuerdo sobre la estrategia omisa y demás movimientos, señales y muestras de lo que ocurre. Todo ello, parecen decir con elocuencia sintética, supuestamente dignas de ponerlas en el muro de los notables. Y ahí han estado tratando de retacarle al lector, oyente o la audiencia cautiva, la genialidad de sus condenas y las predicciones terroríficas consiguientes.
Qué decir dedoblegar la realidad a voluntad con el tesón de alguien resuelto a transformarla, sin duda, un condensado ejemplar. Asegurar que AMLOactuó en los linderos del acierto y el errorno es un hallazgo sino, en efecto, el quehacer cotidiano de gobernar. Decir que se tiene taltesón para la transformaciónprometida en nada disminuye el coraje con el que la empuja. Tampoco cuando se afirma queescribir fuera del renglón conduce a un galimatías, oforcejear con la circunstancia y someterladeriva en fracaso. Todas las anteriores no son descripciones de un fenómeno de gobierno que, en verdad, ensaya lo prometido al electorado que lo llevó al triunfo. Pero no deja de notarse, con cierta ironía, la terquedad de un grupo escogido de paladines del análisis político que incide, repetidamente, en sus reducidas audiencias. Al tiempo que clama por el decline de AMLO en preferencias encuestadas sin atender a su propia vacunación.
De similar manera puede decirse que, estos mismos personajes, cojean en sus pretensiones de orientar al conjunto de la sociedad o, al menos, a esa fracción que acostumbra sintonizarse con sus medios difusivos. Oírlos concluir que lasuperación de la situación actual será muy desiguales, cuando menos, lugar común. Es precisamente ahí donde el cambio incide para evitar, en lo posible, castigar a los de siempre. No se trata de apoyar, con los escasos recursos presupuestales con que se cuenta, a las empresas medianas o grandes como propuestos canales de distribución, siempre cortos en esas tareas. O recurrir a la onerosa deuda para programas de rescate tradicionales y que se hacen entodo el mundocomo prueba de certezas probadas. Oírlos predicar, basados en proyecciones recientes, pero dadas por ciertas y tangibles por estos personajes, que los pobres y la pobreza se incrementará en 10 millones de excluidos. Cuando es, precisamente esto lo que se trata de evitar o, al menos, contener a cifras menores por la estrategia del gobierno. Otra severa sentencia:La recuperación será lenta, más que la del resto del mundo dada la pasividad del gobierno, una pasividad que muy pocos pueden corroborar a no ser respecto de lo que siempre se propone: hacer lo recetado por las fórmulas neoliberales conocidas, por demás ultraconcentradoras. Otro genial aserto verbal:Del crecimiento mediocre al decrecimiento negligentenada qué lamentar salvo la tontería de no reconocer la tendencia, ya impresa desde hace años al estancamiento. La lucha actual es por dinamizar la atención a la base de la pirámide confiando que será más efectiva que lo usado y ya fracasado.
Canalizar los pocos recursos presupuestales al alivio de los excluidos es, machaconamente contrariado por insignes analistas como una táctica electorera clientelar. A lo mejor sí es verídico que son incapaces de mirar un poco más lejos de sus usuales certezas. Repetir esos formidables hallazgos hasta el cansancio no los hace ciertos y, memos aún, predicables como críticas certeras. No se puede dejar de citar una formulación de supuestos alcances míticos:A mayor control, mayor el deterioro. Esto para cimentar otra prédica continua que acusa a AMLO de tratar de recrear la vieja presidencia. En poco tiempo y con esas frases para la historia, será imposible encontrar otro ángulo, otro dislate, otra propuesta o acción gubernamental capaz de llevar al país a esa temible barranca ya en exceso cavada con frases violentas. Lo cierto es que, en medio de este trasegar por aliviar los estragos de una pandemia, se trate, por vericuetos laterales (renuncia de López-Gatell) de predicar culpas varias a la mala gestión gubernamental. Por último, es cuando menos extraño el manejo omiso que hace la fiscalía de la onerosa compra de Fertinal por Pemex. Asunto quizá más grave que todo lo demás que se le acusa a Lozoya.

7/29/2020

Modelo vs modelo

Luis Linares Zapata
Los modelos aplicados en varios momentos sobre la nación han sido varios. El más lejano, para los tiempos actuales de prisas, pleitos y lamentos, fue el del nacionalismo revolucionario. A éste le siguió el llamado neoliberal, vigente durante 36 años. El actual –Cuarta Transformación– bajo veloz marcha trata de instalar, al menos, las bases para una sociedad igualitaria. Los tres tienen piezas coincidentes que, por distintas razones, no fueron removidas. Lo cierto es que sus partes, sobre todo las básicas pueden, fácilmente, identificarse. La discusión de si se trata o no de un modelo de gobierno o de país parece fútil. Pensar además que es necesario ensamblar todas y cada una de las heterogéneas y por demás complejas secciones, puede dejarse para un largo estudio.
A partir del inicio de la década de 1980 se trasminó la idea de que el modelo emergido del movimiento revolucionario había llegado al término de su vida útil. La economía cerrada y su consecuencia, la sustitución de importaciones habían sido pilares económicos del pensamiento dominante por décadas. El sector primario, durante años superavitario, había aportado, además de la calma social, la excusa para copiosas como falsificadas votaciones. El autoritarismo gubernamental (presidencial) fue el sustrato indispensable para una paz aceptada. La consolidación y operatividad del partido único fue el eficaz vehículo para la transmisión pacífica del poder no relegible. El corporativismo sindical fue un refinado producto de apoyo para el modelo de tiempos calmos en inflación, estabilidad de precios y de cambios externos. La producción agropecuaria requirió de subsidios y sendas agencias en apoyo de sus trabajos. Éstas, bajo el naciente modelo neoliberal, fueron liquidadas incluso de manera violenta.
El nuevo credo, con sus prisas y dogmas siempre mirando hacia los de arriba, dominó el ámbito público. Millones de personas fueron dejadas a la intemperie y el desamparo. Fueron, esos tiempos, de masivas emigraciones al norte. Las nuevas reformas (laboral, energética, telecomunicaciones y otras) fraguadas desde fuera y con ardientes acólitos internos, dieron pábulo a complicidades rampantes y negocios de gran escala aceitados con extendida corrupción.
Al abrir de par en par la economía al capital extranjero (GATT) se liquidó, sin contemplaciones, la estructura industrial prevaleciente. Nada la sustituyó sino hasta años posteriores bajo el paraguas del Tratado de Libre Comercio de América del Norte. Este fue el instrumento privilegiado para la integración subordinada del país a la economía mundial de mercado con predominio financiero. La iniciativa individual con su competencia adosada, se introdujo como motor del progreso, del cambio y hasta de la historia. Otro de los pilotes de este modelo neoliberal, en su vertiente política, se bifurcó en elecciones controladas y fraudulentas al tiempo que se hablaba de una inapresable transición democrática.
Llegó la versión del juego de partidos, pero con piso disparejo. Un recambio partidario, sin sobresaltos, fue la consigna. La dupla de negocios público-privados se erigió como regla inapelable de los usos y costumbres nacionales. La impunidad fue el pegamento que hizo factible la desigualdad creciente, ocultada en lo posible. En ambos modelos se aceptó operar con un fisco débil, compensado con el uso, casi irracional, de la renta petrolera. Todas estas partes integrales del neoliberalismo ahora se toman como referentes para el modelo transformador.
El drástico movimiento, iniciado en 2018, indujo un temblor inclemente en el orden establecido. A partir de ese año se inicia, con trepidantes cambios, la llamada Cuarta Transformación, modelo que plantea tajante separación de los intereses privados de la política: un efectivo cambio de régimen. El acento, discursivo y en acciones precisas para la inversión, de los escasos recursos públicos disponibles, quedó impreso en arranques justicieros dirigidos, sin dudar, hacia la base de la pirámide social. La lucha contra la corrupción pasó del discurso a una realidad que, aunque a tropezones, entró en el léxico público diario.
El aspirado balance entre las clases sociales se ensanchó hasta abarcar regiones enteras del país: la hora de los estados sureños había llegado. Y con ello, la gobernabilidad a salvo. Los grandes proyectos del gobierno –tan cuestionados por la oposición– se ubican en esas tierras. Antes de una reforma fiscal se hacen esfuerzos para tapar fugas y recaudar lo posible con las normas establecidas. Se suprimen consolidaciones y demás subterfugios fiscales. La energía se eleva a pivote de independencia, desarrollo y soberanía. Se trabaja, con ahínco informativo cotidiano, para la operatividad efectiva de la vida democrática. Estas son, en breve, algunos de los basamentos del nuevo modelo.

7/22/2020

Ruta y modelo




Alos pocos meses de iniciado el actual sexenio empezaron los consejos y hasta exigencias para cambiar o, al menos, modificar la orientación y los contenidos del nuevo modelo.
Infringía las coronadas reglas del mercado, según opinión generalizada en prensa escrita y audiovisual. Cuando el disminuido crecimiento del PIB no respondía a las ideas de la cátedra difusiva y demás organismos de tendencia neoliberal, arreciaron las peticiones de un necesario golpe de timón a la ruta recién adoptada. Poco se tiene que agregar cuando la pandemia se enseñoreó sobre el país y que, tan duramente, nos aqueja. Entonces, a los consejos, peticiones y mandatos de cambio, se añadieron condenas terminales. Todos los puntos del modelo de nada servían y, con indudables certezas, condenaban al país a la catástrofe. Estas críticas ya habían aparecido un tanto antes pero, ahora, se acompañaban con desprecios e insultos al mismo Presidente, su conductor y guía.
Tal parece que el viento se lleva consigo tan compacta y simultánea presión. Lo cierto es que el Presidente está resuelto a continuar con su pretensión de ser congruente con lo ofrecido al electorado que lo votó. Es, por lo menos, contradictoria la postura de la crítica. Siempre había insistido en el deber de cumplir las ofertas de campaña. Variarlas era anatema para todo aquel que no las honoraba. Pero, a AMLO, se le presiona, todos los días, por cualquier nimiedad. Se pretende inducirlo al abandono de los programas de alivio a los de abajo, reclamando elevados costos e improvisación. Mucho complacería a la cátedra difusiva que, de plano, se tiraran a la basura los deseos de justicia distributiva. Lo sano, alegan con pretensiones de expertos banqueros visionarios, es contraer deuda pública para salvar empleos a través de las empresas. Nada dicen sobre el costo de servirla o del obligado abandono posterior de asuntos críticos del bienestar colectivo. Todavía el lunes, en su artículo de prensa, el ex secretario de Hacienda ( El Universal) C. Urzúa recomienda usar el crédito flexible del FMI para paliar los efectos devastadores de la pandemia. Ciertamente este crédito saldría más barato que salir al mercado con bonos o algo por el estilo. El propósito presidencial es contrariar las usuales prácticas financieras que provocan desigualdad innegable. Es inamovible su propuesta es invertir, todo lo disponible, para auxiliar a los que siempre han sido excluidos de toda ayuda.
Lo mismo cuenta para los grandes proyectos ya conocidos, combatidos hasta con saña inexplicable. Al Tren Maya le han destinado toda una pira de sentencias. Sin aceptar que será un asunto transformador del sureste y la península, a la vez que creador de miles de empleos e inversiones paralelas. El Aeropuerto de Santa Lucía apenas se desembaraza de la lluvia de inútiles amparos para caer en un cementerio de mamuts que se quiere usar, junto con retobos de pueblos circunvecinos, como motivo de cancelación. Pocos de los críticos han ido a ver lo acelerado de los trabajos y cuantificar los milmillonarios ahorros que acarrea su vigilada construcción. La refinería de Dos Bocas ya se enfila, con certeza, hacia garantizar la independencia energética de petrolíferos que se había perdido. Añadir el pasaje por el Istmo, con los dos eficaces puertos, completa un visionario cuadro que introduce urgentes equilibrios regionales. La concentración poblacional y de apoyos al centro y norte del país, de continuar sin balances, amenaza con graves problemas de gobernabilidad. Pero esto no se considera en las irreducibles críticas.
La severa oposición ha resuelto que la congruencia presidencial con su cometido y mandato, es, según propagan, una cruel pérdida de realidad. Y ésta, tan acertada formulación –casi poética– ya la aceptaron como lugar común. Lo mismo ocurre para la cantinela de que hay una drástica dicotomía en la mente presidencial, entre el pueblo bueno y la élite podrida. Aunque se tiene que aceptar que ahí hay algo de cierto, no es motivo para concluir la adjudicada polarización. La uniformidad beligerante de la crítica condenatoria y terminal es, qué duda, polarizante. Otro hallazgo de íntima intuición: AMLO prefiere el púlpito a la oficina. Este literario pero tonto dicho, permite a los críticos derivar innumerables condiciones de malas políticas públicas. En fin, que la retahíla no acaba aunque, lo cierto es que la transformación avanza por sobre obstáculos que no dejan de ser dañinos.
La dicotomía entre conservadores y liberales se combate desde las entrañas mismas de la crítica. Como si eso desapareciera la lucha de clases que conlleva. Otra frase genial: AMLO, populista secuestrado por su propio cuento, una fábula de su creación. Nada que hacer con tan certera como efectiva sentencia a muerte súbita. Pero, por lo demás, ahí la llevamos sin retrocesos y muchos cambios.

7/15/2020

Revisionistas


Luis Linares Zapata

La visita del Presidente de México al de Estados Unidos fue y todavía es, piedra de toque delicado. La polémica profundiza una enredada crítica revisionista que aún no termina. La andanada empezó desde el momento en que se dio a conocer la posibilidad del viaje al norte. Siendo la primera salida que haría AMLO, los vaticinios de desastre no se hicieron esperar. Suposiciones fueron y vinieron, tratando de hacerlas pasar como realidades ciertas y alegar lo inoportuno y peligroso del encuentro. En esencia, la alharaca giró en torno a los rijosos desplantes de una inestable, contradictoria, perversa personalidad de Trump. Imposible obtener, se dijo con vehemencia, algún bien utilizable para México de tal conexión. Todo se condensaría, según "expertos" en la realidad estadunidense e improvisados teóricos de las relaciones externas con el norteño país, en una aventura sin logro positivo. Los inminentes desaires y humillaciones del volátil ocupante de la Casa Blanca, se auguraron por aquí y acullá sin mesura alguna por parte de los opositores al viaje. Todo sería un garrafal error y de ahí se desprendía una cascada, casi infinita, de consecuencias dañinas. Todavía ahora, un analista (A. Basave, Proceso) sentencia que, cuando Trump sea juzgado por la historia, la ignominia caerá también sobre AMLO, su incauto visitante.

Otro aspecto que se difundió hasta la saciedad giró en torno a la cercana temporada electiva en aquella nación. Imagínense entrometerse entre las patas de los bisontes demócratas, fue el griterío desparramado por doquier. Quedarán ofendidos para siempre y J. Biden no perdonará el voto por Trump del mexicano. Pues tampoco tan severos vaticinios quedaron impresos ni aquí ni allá. Muy a pesar de que AMLO se rehusó a visitar al demócrata candidato o a la lideresa camaral Nancy Pelosi como sugerían alarmados críticos. Hasta hoy, no se escucha reclamo. Los millones de factibles votantes de origen nacional son, que duda cabe, referente de sensible trato por cualquier aspirante a ganar sus votos. El visitante fue delicado en no intentar ese balance de política interna que se recomendaba. No fue, tampoco, el momento adecuado para entrar en contacto con la comunidad mexicana. Habrá ocasiones futuras.

Lo que no esperaban los numerosos y severos críticos fue la reunión con empresarios de ambos países, organizada por la Casa Blanca y alentada y precisada por el mismo Trump. Vista bien y de cerca, esta cena es una consecuencia del motivo central de la gira: la puesta en marcha del T-MEC y los negocios derivados y las inversiones directas.

En lugar de, abiertamente, reconocer el equívoco en que incurrieron con tanta ferocidad los numerosos críticos sistémicos, ahora buscan subterfugios para volver a la condena terminal acostumbrada. El señor L. Rubio ( Reforma) lanza un artículo plagado de imaginados supuestos que, al darlos por ciertos, le permiten concluir en el fracaso de la visita con múltiples males colaterales. Revisar sus anteriores argumentos, para condenar el viaje y contrastarlos con lo sucedido, es imposible para articulistas "consagrados" Se abollarían los respetos ganados dentro de la comunidad conservadora donde milita. Simplemente es imposible pedir humildad o coherencia a los soberbios difusores del neoliberalismo más añejo. Sus bien introyectados desprecios y molestias para los morenos le impiden entender lo que sucede.

López Obrador llegó a la Casa Blanca armado con poderosa arma: la indiscutible legitimidad de su Presidencia. No es válida la correosa idea de que muchos millones votaron por él, simplemente porque estaban hartos de la insostenible situación imperante en 2018. AMLO ganó también las dos anteriores contiendas. Que no se reconocieron, por sendos fraudes y trampas y dispendios indebidos, es otro asunto. Uno fue de Calderón, aliado con gobernadores tramposos, cuando alteraron, con cinismo abierto, cuantas urnas pudieron. Tuvieron masiva cobertura con una millonaria e ilegal propaganda patrocinada por la dirigencia privada. Y, el otro en 2012, con E. Peña de candidato, comprando, sin medida ni cordura, millones de voluntades con miles de millones de pesos extraídos de los erarios estatales. La pena por tan violentas operaciones fraudulentas fue, en el caso del panista, una carnicería ordenada y permitida que todavía sufrimos. Y, por el costado priísta, una corrupción sin medida que llevó al poder a una pandilla de rufianes. Tan insigne como renovado pergamino de legitimidad que AMLO tiene, le permitió entrar a la Casa Blanca y salir con un modificado lenguaje de Trump hacia México. Eso asegura tranquilidad durante el veleidoso tiroteo de campaña. Además, beneficiará a los mexicanos de ambos lados de la frontera. El caso de los dreamers (DACA) es un ejemplo que tocará, para bien, a casi un millón de jóvenes de origen nacional cuya lucha es reconocible.

7/08/2020

Modelo y génesis


Luis Linares Zapata
¿Cómo se formó el modelo que impulsa el actual gobierno? ¿Cuáles son los principales ingredientes que lo determinan? ¿En qué radica su novedad? A casi dos años de haber llegado al poder fincado en una indisputable, por legítima y mayoritaria elección, es tiempo para una reflexión que conteste estas interrogantes. Bien se puede iniciar la exploración diciendo lo que no es. No es un esquema prestablecido por teóricos anteriores que se adaptó. Tampoco se afilia a concepciones que, ya experimentadas, fracasaron en su desarrollo posterior. Es, eso sí, una penosa elaboración que fue tomando forma en el transcurso de años. Exigió un continuo ir y venir entre observaciones prácticas interactivas y cotidianas, exposición de ideas en discusiones dilatadas, contrastadas con vigor.

Para algunos críticos superficiales este modelo se nutre de las ya vetustas posturas universitarias (UNAM) de los años 60 y 70, tiempos en que dominaban, en ciertas escuelas, ideas de una izquierda sin trapío y reciedumbre. Muy influenciada por hechos heroicos, la mayoría fallidos. O por la degradación al tratar de importar eso que llegó a nombrarse socialismo real (Unión Soviética).

Se puede asentar, con firmeza, que el nuevo modelo en vigor es el efecto, en muchos de sus contenidos, valores o aspiraciones, del trajín y el abierto trabajo de un personaje: Andrés Manuel López Obrador. Pero lejos está de ser su centro inapelable. Él es, por ahora, su intransigente motor eficaz. Visto de esta manera, también puede decirse que no está acabado ni muestra, todavía, muchos de los rendimientos que se le solicitan. Como todo modelo que aspira a inducir una profunda transformación de la realidad prevaleciente, el tiempo, en su elástica trayectoria y composición, es y será el factor decisivo. Tiene mucho de ir juntando programas alrededor de un núcleo básico característico de la izquierda: la cuestión social. Pero también se radica en la estricta separación del mando político respecto de grupos de presión.

El propósito justiciero que emerge como su delineador se junta con la pretensión de asentar, de inmediato, los sostenes para una sociedad igualitaria. En su constante trasegar por la República, en la visión y la voluntad de AMLO se arraiga el núcleo destructivo de la actualidad nacional: la terrible desigualdad imperante y su pareja indisoluble, la disolvente corrupción. Desigualdad que comprueba no sólo entre las distintas clases de individuos, sino también entre las vastas regiones del país. Y eso lo impulsa a imaginar los medios compensatorios de esta flagrante y actual realidad distorsionada: enderezarla se planta entonces como tarea, al inicio, socavadora. Vienen en seguida las prioridades. Primero surge la imperiosa e impostergable, por justa, distribución de los ingresos y las oportunidades, invirtiendo enfoque y apoyos, al empezar por los marginados de abajo. Segundo, diseñar los programas estratégicos que soportarán el impulso a estados, secularmente rezagados, por olvido o por no amoldarse a las peticiones del retorno del capital. Recursos que siempre se les escatimaron siguiendo convenenciera norma de ventajas instaladas.

Pero la juntura de varios o todos estos programas –modos de actuar– no se dio tampoco al azar sin pulimento. Requirió de inacabables discusiones con numerosos y destacados actores –intelectuales y activistas– del próximo pasado. Ellos y otros formaron, con reconocible voluntad, un conjunto de asesores dispuestos a emplear talento y empeño en la depuración de la tarea. Fueron años de pláticas, propuestas, discusiones, desacuerdos y acuerdos que moldearon, desde una perspectiva intelectual, muchos de los rasgos definitorios del modelo. Algunos de estos participantes fueron individuos con sólida formación académica con respetable obra de sustento. Otros aportaron sus historias de funcionarios destacados. En otra ocasión se podrá recordarlos, por nombre y apellido, porque lo merecen.

Ensamblar programas, valores y objetivos no es tarea sencilla, por más empeño que se ponga al asunto. Máxime que se trata de contrariar lo obsoleto en muchísimos aspectos e innovar en cruciales aspectos para la consistencia y congruencia general del modelo, sus partes, tiempos y contenidos específicos.

La urgencia transformadora no ha podido evitar una inmensa variedad de acciones atropelladas que no abonan a conciliar métodos, costos y sistemas, con normas y propósitos. Ingredientes indispensables que aseguren consistencia y eficientes resultados. Muchos de los programas fueron pensados en general y se les insufló fuerte dosis de honesta voluntad, pero que, en su aplicación, deja espacios de necesaria reparación. Una vez asegurada la prevalencia de la centralidad política y continuando con el empuje y hasta la celosa vigilancia presidencial, llega también el tiempo de dejar fluir la tecnificada operación diaria.

7/01/2020

Ataque y legitimidad



La inesperada aparición en el ámbito colectivo de un conductor de las acciones, logística y diseño oficial para enfrentar la pandemia, ha sido acierto reconocible. Desde un inicio, el mismo Presidente públicamente se sometió a las reglas dictadas y dejó la operación completa a lo que llamó el imperio de la ciencia. Así, la representación del gabinete de salud se radicó en la voz del subsecretario Hugo López-Gatell (HLG). Este funcionario ha sido, desde el inicio, la figura dominante y con una bien ganada respetabilidad. Al mismo tiempo y casi de manera simultánea, desde la mediática cátedra opositora, empezó una decidida batalla por la credibilidad popular. Crucial disputa por el mando pandémico que sigue en boga después de varios meses. Está claro, según datos revelados, quién mantiene el liderazgo, tanto de la atención colectiva como del apoyo a la estrategia seguida y los métodos empleados para apoyar el combate al Covid-19. Ha sido el subsecretario López-Gatell, y con bastante diferencia de por medio, el centro conductor para atender las necesidades populares.
No tardó en aparecer, como refuerzo de los improvisados pero feroces críticos, una serie de figuras con sus yelmos ya bastante abollados por pasadas escaramuzas. Con presumidos pero tambaleantes prestigios volvieron a ocupar pantallas y micrófonos por doquier. Se adivinaba casi de inmediato la pretensión: primero, dividir la conducción restando confianza y, segundo, imponer al gobierno una línea de combate al Covid-19 apegada a sus creencias e intereses donde pudieran volver a oficiar. Fueron varios ex secretarios de Salud los más activos y profusos. En ellos se destaca la tendencia de favorecer la intromisión (sociedad) de los particulares y los acostumbrados negocios derivados.
¿Cómo es que López-Gatell se situó, casi de sopetón, en medio de la trifulca por el dominio del oído colectivo? En primer lugar porque, tal y como sucedió con cualquier otra acometida de cambio, la persistente crítica no está dispuesta a permitir ventaja alguna. Menos todavía en asuntos en que se involucran enormes responsabilidades, tribunas y recursos como en los asuntos de salud. Además, el cirujano López-Gatell (UNAM), especialista en epidemiología, exhibió, de salida, una imagen positiva y de versado dominio del tema. La articulada manera de, cotidianamente, expresar y enfrentar los múltiples recovecos de la gigantesca tarea lo puso enfrente de una temerosa audiencia, deseosa de orientación y tranquilidad. No podían, los consuetudinarios críticos, permitir que se les adelantara en solitario. De inmediato, se inició la persecución en caliente. Bien se puede decir que ha sido una verdadera cacería la padecida, a pie firme y en calma, por don Hugo. Los temas y circunstancias a combatir han sido variados, pero el propósito permanece en el fondo: minar su autoridad y, de ser posible, obligar al cambio de perspectiva, de logística y conductor. El serio pleito con el nocivo, impertinente y ubicuo virus, se transformó en una gigantesca operación que involucra a todos los ciudadanos de este país. Por tanto, es el amplio e ideal terreno para la disputa, no sólo para incidir en la gobernanza del actual régimen, sino también de marcar los modos, propósito y contenidos del modelo a seguir.
Por pantallas, artículos y micrófonos han pasado innumerables argumentos de improvisada tesitura técnica infecciosa y predictiva. A gritos, se exigieron pruebas de contagio, como en otros lugares del planeta. Los equipos de protección han sido una constante reclamación aun cuando han llegado en cantidades suficientes. Las predicciones de los matemáticos se confrontaron con las opiniones de tantos más cuantos especialistas y casas de estudio externas para inducir dudas.
Se ha llegado a difundir, sin haberse fijado como hecho cierto, una particular fecha para el final de la pandemia. ¿Cuál aplanamiento de la curva?, se ha reclamado al infinito, sin meditar o comprender lo que está sucediendo: el progresivo aminoramiento del ­contagio.
Pero en el fondo, lo que no se ha querido entender es el sustento técnico y político de la estrategia: la gran desigualdad subyacente en México que impide las medidas coercitivas. Se quiere sugerir, a cada reporte, la fallida responsabilidad de los oficiantes del sistema basados en el comparativo de muertes ocurridas en México. Se soslayan dos asuntos cruciales al respecto. Uno es el cálculo relativo a la población y, dos, las numerosas enfermedades subyacentes que agravan los efectos del Covid-19. Otro de los ángulos soslayados por la crítica es la capacidad del sistema hospitalario que ha permitido atender a todo el necesitado de ayuda: graves o ambulantes. El proceso de lucha continuará por tiempo indefinido, pero se atisba una que, aunque pequeña, es una luz en el túnel.

6/24/2020

Escalera al poder



Les tomó años situarse en la que aparecía como cúspide de una pirámide de prestigios, influencia, riquezas y poder. Los escalones que conducen a esa punta, a veces entrevista y muchas otras sólo ensoñadas, no eran fáciles de pisar. Resbalosas grietas y pequeños espacios las definían. Aún así, una cuasi muchedumbre iniciaba el viaje, con la mente fija y el entusiasmo subsumido en la piel para llegar a la cumbre. A medida que se avanzaba, a pleno día o en la penumbra vespertina, se podían advertir los resbalones padecidos por ciertos adelantados que no pudieron continuar la aventura. Éstos y otros rezagados por falta de equilibrio o furia fueron quedando a la vera de la inicialmente congestionada ruta, sin más esperanza que un efímero rescate o un golpe de suerte que todo lo cambiara y les permitiera emprender la ascensión de nueva cuenta, aunque sin los mismos bríos de inicio. El camino fue por demás arduo, dilatado, con altibajos y sobresaltos continuos. Pero, bien valía el empeño si, al final, se podía contemplar, desde esa atalaya, el abigarrado panorama de abajo.
Allá, en la cima ansiada, todo parecía en calma. Se había llegado por medios distintos, pero de cualquier forma apreciados por su efectividad. Unos lo hicieron acumulando riquezas que les permitieran sentirse por encima de los muchos que no la tienen, pero la añoran. Otros impersonando a distintos agrupamientos que requieren de guías, conductores o representantes. No pocos más que optaron por la representación que otorgan las urnas. Poco importaba, en esos tiempos incipientes, la legitimidad derivada del voto. Con respingos, dudas y reclamos, fueron estos últimos los reconocidos como caras de un conjunto minoritario, pero solvente. Otros, unos cuantos, pero que ocuparon sitiales preferentes, les permitió arrellanarse en posiciones de respeto por la solidez intelectual de sus planteamientos, por la visión escrutadora mostrada en numerosas ocasiones de turbulencias e incomprensiones. Actores útiles cuando la angustia apretó los aparejos de miles. Y, no sin el valor suficiente, llegaron también los que se ganan un lugar ambicionado, por los méritos de sus trabajos académicos, estrellatos populares o influencia mediática. Tampoco faltan, claro, en esta selección de notables, los que pueden adueñarse del mérito ajeno o por la simulación de sus logros.
Hay, en todo este apretujado pero ralo grupo de élite, los que llegan dando rodeos y escalando con ayudas externas a sus propias capacidades. Son hijos, herederos, incluso, personeros de otros que tienen, por ser llamados los consagrados suficiente fuerza para guiarlos y aposentarlos en la cumbre.
Una casi regla general rigió en todo este tinglado: el uso continuo y creciente de varias clases de componendas, de negocios cruzados que se cristalizan en las ya famosas complicidades: acuerdos ocultos de beneficios compartidos a costa de los bienes públicos. Son estos rejuegos de intereses, abiertos o encubiertos, pero instrumentales, útiles a sus oficiantes en su lucha por ascender. No pocas veces sin grandes dificultades reales hasta la mera cumbre. La medida del volumen o el peso de la complicidad, articulada por individuos o grupos, daba la categoría y comodidad con la que, tales personajes, se movieron en los privilegiados cuartos de poder.
Los arreglos descritos se fueron perfeccionando con los años. En verdad se compaginaron durante décadas hasta que su prolongación se hizo insostenible por la descomposición provocada en todo el sistema de convivencia. Y fue así porque el perjuicio a los intereses colectivos se acrecentó en desmesura. La injusta repartición de oportunidades y bienes acarreó doloroso malestar. Una seria rebelión de la base dio al traste con casi todos los ocupantes y sus celosos guardianes. El hueco fue llenado, con prontitud y decisión, por un conjunto de nuevos ocupantes que empezaron a poner orden, transparencia, valores solidarios y nuevos enfoques en el manejo de los asuntos colectivos. El desplazamiento ha sido, sin duda, violento. Sin contemplaciones y con muchos dolores y afectaciones. Los desplazados no se resignan a quedar fuera de las acostumbradas mieles que dimanan del ejercicio del poder, la influencia para modelar y conducir necesidades ajenas y las muy ventajosas modalidades de acrecentar riquezas. Consolidar lo recién logrado por los renovados ocupantes implicará manejar un complicado proceso de estira y afloja, de logros, faltas e imprevisiones que harán difícil la tarea transformadora prometida. Cuentan, en verdad, con los apoyos y la voluntad de esa parte mayoritaria de la sociedad que les otorgó la confianza. Conservar tan sutil y delicado capital político será encomienda cotidiana que debe cuidarse con esmero, eficacia y honestidad a toda prueba.

6/17/2020

Los cambios finos




Poco a poco algunas veces, otras de sopetón, pero a todos les van quemando los rigores del cambio prometido. Pocos, si no es que nadie de los posibles afectados, previeron que se llegaría hasta las sólidas bases de la estructura prevaleciente que han sido removidas. Si se hubieran detenido, antes de causar el actual escozor, quizá habrían tenido razón en suponer que las modificaciones se quedarían en la superficie y no bajarían a la delicada y fina médula. A esta altura del sexenio y con la profundidad ya conseguida, la continuidad del nuevo modelo de gobierno muestra con claridad la ruta a seguir y el propósito reivindicador que lo anima.
La marcha emprendida en el terreno fiscal puede ser ejemplar y su trayectoria no deja escapatoria. Aquellos acostumbrados a recibir generosos, pantagruélicos favores del poder de turno se han topado con la pared de los arranques distributivos en marcha. No se usará la hacienda pública para financiar simpatías y apoyos de quien no es necesario ni prudente o incluso conveniente hacerlo. Atrás han quedado las negociaciones en lo oscurito. Haber anunciado que, por ahora al menos, no era necesario empeñarse en una reforma fiscal, calmó los ánimos de muchos que, mal supusieron, era el postrer sello de los cambios cosméticos propagados. Empezó entonces lo que otros llaman, sacado de la Biblia, el crujir de dientes. Los grandes deudores iniciaron sus viajes a la báscula de una pesadora inclemente. Los recursos que se han rescatado provienen de los bolsillos de quienes, en ese recinto hacendario, siempre se sumaron a los ya tapizados de privilegios. Pasan ahora a exigir su justa parte los olvidados de siempre.
Las reverberaciones de los temblores fiscales se extienden y desparraman por muchos meandros de la administración pública y no dejan de considerar los puntos finos y álgidos de los intereses privados. En las aduanas del SAT se procedió a remover al personal de su cúpula, con mucho el mero meollo de la escalera de transas. Se eligió a un abogado curtido en la negociación política durante muchos años como coadyuvante de los cambios. Ahí irán cerrando las válvulas, antes abiertas de par en par, que tenían a su disposición los contrabandistas. Eran éstos y sus respetables jefes los que mandaban hasta con la arrogancia de los falsos triunfadores. Los montos de recursos a rescatar son cuantiosos. Deben calcularse en cientos de miles de millones. Menos que eso, sería, aunque suene drástico, un logro mediano.
Otro de los sectores donde se ha empeñado la finura como línea para acelerar el cambio. Trastocar la realidad imperante en el ramo de la energía queda así certificado como asunto central de gobierno. Pemex y CFE volverán a desempeñar el papel de pivotes del desarrollo. Primero se ha procedido a detener el acelerado deterioro que sufrían a través de un sinfín de reglas, prácticas indebidas y hasta ilegales. Pocos, por no decir que nadie, creyó en las proyecciones que adelantó la administración actual de la petrolera. Se procedería a detener la caída en la producción de crudo para, a continuación, iniciar el despegue. Las risotadas fueron monumentales desde los recintos donde moran los responsables, los que sí saben y sólo ellos se difundieron por doquier. En paralelo se pondría atención a la refinación. Se ha logrado incrementar la de petrolíferos. Ya bien pueden ahora visualizarse los siguientes pasos. Se irá reduciendo la importación de gasolinas hasta que el país sea autosuficinte en ellas. La gran fuga de divisas (y empleos bien pagados) debe detenerse. Al llegar a este punto se presentan varios nudos y dilemas a resolver. El primero será la decisión de aumentar la refinación aun a costa de la abundancia del subproducto (combustóleo) que, en su estado actual, pocos quieren usar. Cómo se manejará el espinoso asunto del diésel que tanto busca la industria del transporte.
En lo que respecta a la CFE, se debe terminar la práctica de vender electricidad por parte de aquellos que lo tienen prohibido (autoabasto). Estos industriales aprovechan canales inadecuados, subsidiados por la CFE desde hace años, para sacar enormes utilidades de su capacidad generadora. Es aquí, precisamente, donde se centra la actual propaganda en favor de las llamadas intermitentes. Se quiere forzar al Estado a la continuidad del rito a costa de la CFE. Se ha comenzado, para este asunto, una serie de cálculos que llevarán a cobrar lo debido.
Muy aparte del punto anterior, la CFE presentó un ejercicio de prospectiva que le asegura una participación nodal como generador, trasmisor y distribuidor de electricidad. Con estas dos palancas en manos del Estado, el propósito reivindicador queda asegurado para varias generaciones de mexicanos.

6/10/2020

Disputa por modelos


La disputa por la prevalencia o el cambio del modelo político ha tomado distintas rutas e intensidades. La actual se centra en la alegada confusión de cifras de muertos que el desarrollo de la pandemia ha ocasionado. Pero, antes, se escogieron distintos asuntos para zanjar el conflicto. El primero, de la ya gran lista actual de discordias, fue el aeropuerto de Texcoco, su inviabilidad y clausura o error. El enorme costo a que hubiera sometido las finanzas del país tan oneroso dispendio, no fue motivo de preocupación para la élite. El punto a establecer en el ámbito público fue la irracionalidad de su cancelación. Pasó entonces Santa Lucía a ocupar lugar preferente en la atención mediática. Había que atizarle imposibilidades varias. No era viable su construcción, chocarían los aviones, sin vialidades ni planes para el uso de los cielos. Hasta un cerro le apareció enfrente. Surgieron profundas preocupaciones ecológicas en grupos nativos y copetudos aliados centrales. Atiborraron tribunales con amparos para detener su veloz construcción. La violencia desatada era y seguirá siendo un trasfondo de crítica despreciativa y final. La misma Guardia Nacional, a pesar de su veloz paso por el Congreso y la contratación de miles de elementos y su despliegue en casi toda la nación no quiere ser reconocido como logro. Al contrario, se acusa al gobierno de ineficacia.
Comenzaron entonces a surgir los primeros signos de la pandemia en curso. No había dato alguno, dijeron de inmediato, que revelara un plan, una estrategia para afrontarla. La bien conocida cantaleta, repetida ante cualquier fenómeno, acción pública o emergencia. Poco importaba que el Presidente hubiera revisado, personalmente, todas y cada una de las clínicas y hospitales del país. Un periplo de más de medio año para cerciorarse de la desgraciada herencia en materia de salud. El famoso Seguro Popular entró en la disputa al ser sustituido por lo que pretende llegar a ser un sistema universal (Insabi) donde nadie quede fuera de atención. Imagínense, tirar al caño 20 millones de agremiados, ¡qué tontería! Caso similar a la supresión de las guarderías y los apoyos a las mujeres maltratadas. ¿Qué clase de gobierno hace tamaños errores?, se oyó por doquier. Así, las cosas y con ese aparato decrépito y las múltiples enfermedades populares, derivadas de la obesidad, habría que enfrentar al dañino virus.
Se entró, durante el inicio de los contagios, en una serie de escaramuzas inacabables. ¿Cuándo se acuartela a la sociedad, como lo están haciendo los españoles? ¡Pruebas, pruebas y más pruebas!, resonaron en boca de súbitos conocedores del manejo epidemiológico al recorrer, como de costumbre, los salones mediáticos. Las proclamas de verdades indisputables aparecieron a gusto de la opinocracia. Se dio paso a las profecías, tanto locales como extraídas de centros mundiales. Las hechas en casa no fueron aceptadas y aún se ridiculizan a pesar del notable grupo que las calcula (Conacyt). Nadie ve el aplanamiento de la curva epidémica, a pesar de lo mostrado donde es más álgido el contagio y las muertes diarias: la Ciudad de México.
La figura del vocero del Consejo de Salud (López-Gatell) quedó insertada en la mirada escrutadora de la sociedad inteligente. Sin atender a la paciencia explicativa, la coordinada narrativa y la buena actitud desplegada todos los días, lo suben, sin recato, al cadalso mediático. Este pleito numerológico no atiende las espinosas consecuencias en los ánimos, temores y corajes populares. Se recarga el acento en destacar las protestas de médicos, enfermeras y demás, exigiendo equipo adecuado. Un caso específico les sirve para la impresión generalizadora. Aun así, la evidencia de nosocomios rebasados y gente sin atender en pasillos, como en Italia, en España o Nueva York, no se han podido exhibir. Los ejemplos exitosos de combate a la pandemia se agrandan con fruición. Alemania y Merkel son excelsos. El caso sueco es curioso aunque fracasado. Lo crucial es no reconocer que se está haciendo un buen trabajo en México. La reposición del modelo concentrador tiene, según sus rígidos y autoritarios adalides, que eliminar todo vestigio de la nueva propuesta transformadora. En lugar de recapacitar sobre los bajos fallecimientos habidos y las elásticas medidas de distancia, se alegan las tasas de mortalidad y letalidad, olvidándose de las malas condiciones de salud prevalecientes en gran parte de los mexicanos.
Así como se condenaron las giras presidenciales por irresponsables cuando ya se tenían, una que otra cuenta de contagios, ahora se quiere encerrar a AMLO en Palacio. ¿A qué va de gira por el sureste?, reclaman airados los alegadores cotidianos. Quieren sujetarlo a sus determinaciones inapelables, dándolas, claro está, como ciertas y probadas. Ningunean, con desesperada impaciencia, la decisión de relanzar economía al impulsar los grandes proyectos del régimen. Toda una visión integradora que los atonta.

6/03/2020

Frente y reverso



Las vicisitudes y profundas consecuencias acarreadas por esta feroz pandemia han acelerado el debate público tornándolo ríspido. Y no sólo el debate, sino también ha desatado la toma de decisiones prácticas de numerosos grupos opositores de la sociedad. La misma reciedumbre presidencial para robustecer las posibilidades de sus esfuerzos transformadores provocan alteraciones en ciertos segmentos poblacionales. Éstos han resentido, en sus creencias, deseos e intereses, afectaciones de variada índole. Debido al convulso presente de la República, afloran hasta en atropellado tropel tanto antipatías como posturas contrarias a la forma y contenido del nuevo modelo de convivencia en acelerada construcción.
La conjunción de la emergencia de salud con las afectaciones económicas han radicalizado sentimientos y dolores sociales que ya venían fraguándose de tiempo atrás. Ahora se ha visualizado el momento propicio para pasar a la acción política. Acciones que se despliegan por numerosas rutas. Unas atizando la crítica a las maneras presidenciales de dar contestación a los cuestionamientos formulados. Otras, más elaboradas, dirigidas a desentrañar tanto las motivaciones del liderazgo oficial como las mismas bases de su pensamiento y voluntad de cambio. Han recalado también en asegurar que topan con franco rechazo al reformismo y la cancelación de todo diálogo. Suponen entonces que hay, en el mero fondo del discurso público oficial y las políticas prácticas en curso, una arraigada tentación revolucionaria. Esta crítica al poder niega, por tanto, cualquier chance de contacto y abre la puerta a la radicalización de posturas.
Armados con nombres de consagrados teóricos de la ciencia política, como Isaiah Berlín o Antonio Gramsci, desarrollan críticas que sobrepasan toda lógica práctica, realista, pues. Se instalan, de sopetón, en las motivaciones íntimas que impulsan al Presidente como el eje rector de todo. Un verdadero núcleo decisor que no requiere de matices adicionales para imponer su voluntad. Desea AMLO, según aprecian, evitar toda molestia a su ruta ya trazada. El aislamiento lo ha desconectado de esa realidad que no concuerda con la razón opositora.
Como todo el planteamiento crítico se prejuzga verdadero, lo que no se amolde a este tinglado de suposiciones, pues tiene que encasillarse en un romanticismo reaccionario. Una feliz clasificación extraída, en voz crítica, de lecturas sabias. Han encontrado la graciosa manera de encasillar la conducta y la actuación del Presidente. El uso de etiquetas, sacadas del ensayo político ya consagrado en la historia, les auxilia para desentrañar, certeramente, las ensoñaciones revolucionarias del gobierno. Gobierno que postulan, con seguridad inaudita, como de un solo hombre. Todos los que lo rodean son, para estos superiores críticos, un conjunto de aduladores serviciales. Por tanto, concluyen con incisivo talante, que AMLO no tiene quién le matice, quién balancee sus dictados que, afirman, son inapelables. Ya entrados en estos meandros detectivescos del alma misma, tanto del Presidente como de su equipo de gobierno, los derivados que adelantan como verdades, son tan sutiles y penetrantes que se tienen que aceptar. Si AMLO y su cuarta República encuentran sustento en este romanticismo, todo lo que sigue también lo es, es decir, flotarán en el éter de lo inasible.
No hay más que catalogar las acciones, proyectos o programas como asuntos faltos de imaginación. No importa que éstos se hubieran extraído de larvadas y penosas faenas de interlocución con miles de sujetos afectados por el impacto del modelo concentrador. No interesa, tampoco, que se basen en necesidades colectivas y en arraigadas aspiraciones de decoro y bienestar. Todo lo diseñado para concretar la visión transformadora queda reducido, según asientan los críticos, al simple rubro de voluntariosas intenciones.
La búsqueda de los parámetros o formulaciones que auxilien al manejo práctico del modelo justiciero será en vano. La economía moral se ha evaporado, aseguran sin duda alguna. La aspiración de trabajar para mejorar la distribución no tiene asideros porque se rayan los reinos de las intenciones vagas. Los ánimos igualitarios se quieren purificar, adelantan con tranquilidad del genio, con la honestidad y sublimes intenciones del que aspira al heroísmo. Un, supuestamente irrebatible razonamiento crítico, porque ya enclavó a todo el accionar gubernamental, en aires inalcanzables. Tan, tan. Al empeño de cambio y sus modalidades operativas, vistos como una portada, un frente de trabajos consecuentes, se le ha opuesto un reverso de etiquetas que pretenden desbaratar el todo.

5/27/2020

Presente y porvenir



La incidencia del coronavirus en los países y ciudades va revelando la diversa afectación que padecen sus distintas capas sociales. Mientras más se baje en la pirámide económica mayor será el contagio padecido. La alcaldía de Iztapalapa de la gran metrópoli muestra sus dolores en infectados y muertes. Su composición de clase media baja y diversos grados de pobreza los revela. Hay en medio de esta pandemia una penetrante descripción del presente mexicano; un tiempo incierto y nerviosos lugares con su compleja inequidad. De similar manera, Nueva York arroja una contabilidad desigual de fallecimientos de afroestadunidenses y mexicanos respecto del resto de la población blanca.
Este será el principal asunto que se ha ido apreciando a medida que avanza la pandemia: la pertenencia a determinada posición en la escala socioeconómica. En los estratos de escasos recursos las personas no pueden sujetarse, con disciplina, al aislamiento. No lo pueden hacer porque sus posibilidades para resguardarse del contagio son crecientemente nulas para cumplir con los requerimientos de resguardo hogareño y sana distancia. Multitudes en los distintos asentamientos se ven compelidas a buscar el diario sustento en las calles de sus ciudades. Las consecuencias de ello, con toda precaución incluida, se pueden entrever en algunas de sus líneas y contornos básicos. Será inevitable apreciar que el fenómeno viral tendrá un peso considerable en cómo se integre y moldee el futuro de cada sociedad.
¿Qué tanto afectará al México de mañana lo que ocurre hoy? ¿Cuáles y de qué naturaleza serán los cambios en la vuelta a la normalidad? Aún es prematuro sacar con suficiente claridad las conclusiones, pero con seguridad la densa desigualdad será el fondo condicionante de las respuestas. Las escalas de valoración, las prioridades para situar los recursos estarán determinados por lo que se está viviendo todos los días. Es posible argumentar, con base en los terribles efectos de la pandemia, motejada española, que conllevó, en buena parte del mundo, las mejores organizativas de sistemas de atención a la salud. Antes de esa siniestra aparición, que dejó millones de muertes, la atención de la salud era sumamente defectuosa, clasista en su mejor versión.
Las dos guerras mundiales condujeron a las diversas sociedades europeas a pugnar por el llamado estado de bienestar. Una pretensión que, puede decirse, se logró instaurar en varios de los países de esa región. Esta estructura, física, política y de oportunidades, cuyos rasgos e instituciones subsisten hasta estos días, facilitó una mejor defensa contra el coronavirus, muy a pesar de los embates privatizadores de la salud propiciado por el neoliberalismo. Los trabajos desencadenados por la traumática experiencia guerrera del siglo pasado, empujaron hacia las sociedades igualitarias como horizonte asequible. Estas grandes líneas de acción, extraídas de ambas tragedias, no pudieron seguir en la ruta de la justicia y recayeron en pautas desiguales. Pero el avance, respecto de la estricta separación entre las clases que dominaba el panorama europeo previo, fue un acicate de la transformación.
El famoso economista francés, Picketty, arguye, en su revisión de la relación entre el capital y el trabajo durante siglos, que la peste negra del siglo XIV puso en evidencia la servidumbre prevaleciente en la sociedad. Concluye que, posteriormente, pudo abolirse pero, en otros lugares y circunstancias, también se reforzó. En lo primero porque había menos trabajadores y al movilizarse, alcanzaron mejores condiciones. Pero, en otros entornos, los terratenientes, impelidos por esa misma disminución de la servidumbre, la sujetaron con férreas armas de normas y fuerza.
Es posible que, por más que la pandemia ponga en evidencia la desigualdad imperante, tanto en sociedades avanzadas como en las de relativo atraso, no se concreten los intentos igualitarios, deseados por algunos. Mucho dependerá tanto de las capacidades como de la conciencia que desarrollen los movimientos reivindicadores en formación.
Habrá que superar innumerables obstáculos que se oponen a todo cambio. Las políticas públicas derivadas deberán montarse en criterios de equitativa eficacia. Las estructuras fiscales, por ejemplo, que tantos requiebros ocasionan y pasiones desatan, serán asuntos cruciales por venir. Su adecuación a las aspiraciones igualitarias bien se sabe, desatarán debates con apreciables costos. Otro aspecto que se discute con ardor, para al menos paliar el quiebre productivo y su vertiente de pobreza y desempleo, apunta al uso de la deuda soberana. Ésta suscribe, sin duda, una grosera concentración de la riqueza, tal como enseñan experiencias pasadas. Servir la deuda, además de la condicionante en soberanía e independencia, tiene incrustado un ingrediente clasista y de poder elitista innegable.