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7/10/2014

El presidente Peña Nieto pierde credibilidad


Por Pablo Majluf  @ceeymx

La creciente falta de credibilidad en el gobierno de Enrique Peña Nieto es hoy su principal adversidad y lo está acercando rápidamente hacia un fatídico cul-de-sac... un callejón sin salida.

Todos los candidatos presidenciales tienen que hacer promesas. Si no las hacen, no ganan. Y una vez que ganan, si éstas no se cumplen, tienen que reiterarlas o hacer nuevas. Pasa en todo el mundo. Sobre todo en los países con tendencias populistas como el nuestro donde las promesas son, digamos, anzuelos efímeros.
Pero hubo algo diferente en las promesas de Peña Nieto. Comparadas con las de sus antecesores –Vicente Fox y Felipe Calderón–las suyas gozaron de cierta credibilidad. ¿A qué me refiero? A que no obstante haber recibido sólo el 38% ciento de los votos, el candidato supo conferir, iniciado su mandato, la sensación de que él –o por lo menos su equipo de ministros estelares– sabía qué hacer. Y así se vendieron: eficaces, pragmáticos, hacendosos…

La fórmula funcionó –momentáneamente– por dos razones.

Primero, porque 12 años de panismo inmóvil le dieron al nuevo presidente el beneficio de la duda. Y segundo, porque efectivamente pareció funcionar: en el primer año se aprobaron más reformas que en toda la breve historia democrática de México –¡con el consentimiento de todos los partidos!– algo que, sobre todo en materia energética, parecía francamente imposible.

El problema es que, como era previsible, nada ha cambiado. Los problemas principales de México evidentemente no se han resuelto. Somos el país del G20 que menos ha crecido este año –un ínfimo 1.8%– cuando deberíamos de ser el que más. No se ha resuelto el problema de seguridad: aunque Michoacán muestra mejoras, Tamaulipas, partes de Guerrero, y otras regiones del país siguen ingobernables. Desigualdad, educación, telecomunicaciones, movilidad social, pobreza, en fin.

Iluso, empero, era el que pensaba que los milenarios problemas de México se resolverían en tan sólo un año y medio. Pero eso no importa. Si lo que estamos evaluando es la credibilidad del presidente, la opinión pública tiene la última verdad. Y, según las mediciones, al presidente hoy sólo lo aprueban entre 37 y 48% de los mexicanos, dependiendo quién haga la encuesta. Estadística a todas leguas mediocre.

Pero el problema no es sólo que las columnas que sostenían el discurso de Peña Nieto –las trilladas reformas– aún no hayan dado fruto, sino que, para usar un cliché, todos los huevos fueron puestos en una misma canasta. Si las reformas no funcionan, o tardan demasiado en florecer (y así parece que será), el gobierno de Peña Nieto no tendrá mucho margen de maniobra. En pocas palabras, se haría realidad la fábula de Pedro y el lobo: “ahí vienen las reformas, ahí vienen las reformas…”

Ahora bien, quizá el problema –habrá que considerarlo– no sean las reformas, sino la impaciencia del pueblo mexicano; todo hombre liberal, de corazón democrático, del lado correcto de la historia, estuvo a favor de las reformas. Eran necesarias. El mundo entero estaba de acuerdo. Hoy la pregunta –además de la posibilidad de que hayan estado mal diseñadas– es si el gobierno tiene un plan B; y suponiendo que lo tuviera, si no será demasiado tarde cuando intente ponerlo en funcionamiento. Por eso, ahora, lo único que el gobierno puede pedirle al pueblo, como una religión cuyas doctrinas carecen de evidencia, es un poco de fe.

5/28/2014

Estados Unidos, buen ejemplo de renovación cultural


Por Pablo Majluf  @ceeymx

Hace un par de semanas ocurrió algo en Estados Unidos que no se comentó mucho en México, pero debería servir de ejemplo a nuestra sociedad.

Los medios de comunicación difundieron una grabación privada de Donald Sterling, dueño de los Clippers de Los Ángeles, un equipo de basketball profesional, en la que el millonario despotrica contra negros y latinos con opiniones arcaicas de supremacía racial.

“Me molesta mucho”, se escucha a Sterling diciéndole a su novia, “que te vean en público con gente negra”.

“Puedes tener amigos negros, puedes invitarlos a tu casa, tener sexo con ellos si quieres, sólo te pido que no los traigas a mis partidos”, decía Sterling en pleno siglo XXI, como si el basketball fuera un deporte aún dominado por blancos wasps (siglas en inglés para “protestantes blancos anglo-sajones”).

Al minuto siguiente, cientos de personalidades públicas –empresarios, artistas, académicos, periodistas, deportistas y líderes morales– condenaron abiertamente la grabación.

La diatriba fue sistémica y total. La sociedad se quejó tanto, que la Asociación Nacional de Basketball (NBA, por sus siglas en inglés) dijo que intentaría quitar a Sterling la propiedad del equipo, lo multó con 2.5 millones de dólares, y le prohibió volver a aparecerse en un evento público de basketball profesional... de por vida.

Palabras de Adam Silver, comisionado de la NBA: “Estamos unidos en la condena contra las ideas de Sterling. Simplemente no tienen cabida en la NBA. Sentimientos de este tipo son contrarios a los principios de inclusión y respeto que dan fundamento a nuestra liga: diversidad y multiculturalidad”.

No dejaron de llover castigos. A medida que el escándalo ascendía, el resto de la industria cultural ejercía presión: los Clippers perdían miles de aficionados y patrocinios, se anulaban convenios comerciales y contratos de promoción, la marca dejaba de aparecer en los medios. Se enmarcaba el nombre de Sterling en el salón... no de la fama, sino de la infamia.

Este tipo de condena unánime de la sociedad estadounidense es una lección valiosísima de renovación cultural. El racismo, doctrina que hasta hace 60 años era tolerada –incluso premiada–, ahora es colectivamente castigada.

Cometer ese pecado hoy, al menos públicamente, le garantiza una ruina triste a cualquiera. Lo mismo le pasó a la famosísima chef televisiva Paula Deen, quien, gracias a un par de comentarios racistas, perdió su programa de televisión, sus patrocinios, publicaciones y, lo más doloroso, su reputación.

La clave de estos procesos de renovación cultural es que se fraguan a través de premios y castigos que están más allá de la ley, aunque no la excluyen. La pérdida de patrocinios y contratos comerciales, las condenas públicas, incluso las sanciones de la NBA en realidad son castigos morales o, podríamos decir, supra legales.

Son el desprecio colectivo hacia alguien –en este caso Sterling– que no ha entendido algo que ya entendieron los demás: la estupidez retrógrada del racismo. Y son el mejor indicador de que existe un consenso evolutivo en una sociedad.

Bueno, algo así debería ocurrir en México. No sólo con el racismo, sino por ejemplo, la corrupción. Hagamos que provoque ignominia, vergüenza, infamia y deshonor. Si la ley escrita en México no basta, hagamos que los corruptos pierdan amigos, familiares, trabajo, que se les cierren las puertas de la sociedad.

Así, sólo así, garantizaremos el Estado de derecho. No al revés. Primero debe haber un cambio mental, casi espiritual –que la sociedad en conjunto condene públicamente la corrupción–, después florecerá la legalidad.