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2/27/2020

Millenials, ¿la generación disruptiva?



En México existen unos 20 millones de personas que forman parte de una generación potencialmente disruptiva.
Muestran un pesimismo social y político profundo; desconfían de las instituciones sociales y de los medios de comunicación tradicionales; manifiestan insatisfacción con asuntos personales tan fundamentales como sus empleos y su situación financiera.
Se perciben como víctimas de la desigualdad causada por la economía capitalista y detestan la actividad política, a los políticos, así como al oportunismo y a la corrupción que conllevan. Se asumen como agentes de un cambio verdadero.
Todas ellas y ellos nacieron entre los años 1981 y 1996. Los más jóvenes están por cumplir su primer cuarto de siglo de vida y los más viejos no llegan aún a los 40 años de edad.
Son la generación Millennial. Y en muy pocos años será ésta la que tenga la capacidad de definir, por medio del voto, el rumbo de la nación. Quienes la conforman asumirán las riendas de México, ya sea en el gobierno, en la empresa, en organizaciones sociales o, incluso, en cuerpos directivos de medios de comunicación.
El Deloitte Global Millennial Survey 2019 es un documento donde se reportan los resultados de 13 mil entrevistas practicadas a millennials de 42 países, entre ellos México.
Los millennials viven entre el desencanto, el hartazgo y la esperanza. De acuerdo con el reporte, aspiran a influir y a ayudar a sus entornos antes que a construir una familia o generar un negocio propio.
Prefieren los productos de empresas socialmente responsables, con las que pueden compartir valores y rechazan a los consorcios que mantienen posiciones políticas o prácticas de negocios que consideran tramposos, dañinos para la salud o que afecten al medio ambiente.
No es casualidad que en prácticamente todos los países donde se llevaron a cabo las encuestas, la generación de los millennials coincide en la importancia de promover un cambio social que incluya la preservación del entorno y la sanación de las sociedades actuales, a las que califican de enfermas. Viven el mundo global.
Están extremadamente atentos a la equidad y a la igualdad. Ejercen su sexualidad con libertad. Creen en la paridad de género y, por supuesto, este es uno de los temas más sensibles y explosivos de su lucha. En México, al igual que en muchas otras latitudes del planeta, esto ya resulta más que evidente.
En este contexto, las protestas de las mujeres que estamos viviendo en estos días en México parecen ser una muestra de la determinación de la mitad de una sociedad que está por erradicar el patriarcado. Desde que el movimiento internacional #MeToo fue adoptado hace unos años, las mujeres mexicanas –mayoritariamente millenials– no han cejado en sus manifestaciones de enojo por la irrefrenable violencia de género y la impunidad que la tolera.
Las y los millennials cuentan con una capacidad de organización y de convocatoria impresionante, basada en gran medida en el manejo de las redes sociales, una herramienta que asumen como definitoria en el cambio que anhelan y que proclaman. Para comunicarse no requieren de los medios tradicionales y para informarse casi no ven televisión y leen muy poco en papel.
En México todavía resulta difícil predecir con exactitud el futuro que depara a los millennials, así como el grado de poder y de influencia económica, política y social que lograrán acumular. Lo cierto es que, como generación, estarán aquí y buscarán transformar lo existente.
Estamos, pues, ante una generación peculiar, que se mueve en el terreno de la utopía. Nos encontramos en la antesala de lo que puede ser un verdadero rompimiento generacional. Son ellas y son ellos. Alrededor de 20 millones en este país. Representan una fuerza poderosa que, en efecto, podría terminar en ser reconocida por la historia como la generación disruptiva.

2/12/2017

Poder millenial



Alexander Naime Sánchez-Henkel
La Jornada 
El mundo está cambiando porque el poder está cambiando, en sus estructuras y en su percepción. Algunos países están retrocediendo porque no han tenido el valor y la visión de actualizar las estructuras e instituciones de poder que dominaron el siglo pasado.
Los argumentos sobre la transformación del poder se reducen a una variante: la tecnología. En realidad, la tecnología es sólo la herramienta de la época que revela el cambio de conciencia por la que pasamos, motivada por la tensión entre dos fuerzas: las estructuras viejas (poder) y las alternativas (ipoder).
El poder funciona como dinero. Sólo pocos lo acumulan en grandes cantidades. Y esa acumulación se cuida celosamente, hasta la muerte. Es un sistema cerrado, autoritario, exclusivo, monopólico, especializado, institucional, manipulativo, planeado, inaccesible para la mayoría y liderado por intereses elitistas. Es Captain America.
Los modelos del poder se basan, por simplificar, en el consumo. Una marca te persuade de comprar sus productos, un partido político o sindicato te convencen para votar por su candidato.
El ipoder opera diferente, más como una corriente de agua. Su fuerza proviene de su capacidad de incluir más corrientes. Es abierto, informal, colaborativo, responsable, transparente, esporádico, condicional, comunal, participativo, receptivo y consensual. Es Captain fantastic.
Los modelos del ipoder adquieren su fuerza de la creciente capacidad y deseo del individuo de participar en sociedad más allá del consumo pasivo de ideas y productos. El ipoder comunica y moldea contenido (Twitter, Facebook, YouTube); financia ideas y proyectos (crowdfunding, Kickstarter); crea alternativas (Uber, Airbnb) y comparte propiedad (Wikipedia, BitCoin).
Así, mientras que el poder monopoliza procesos de decisión, que son excluyentes y pasivos, para ejercer-producir los efectos que desea, el ipoder produce efectos sólo cuando existe consenso en una coordinación inclusiva. O sea, sin participación activa de una comunidad el ipoder no existe.
Conforme el ipoder se integra a tu vida diaria, nuevos valores y creencias surgen para confrontar lo tradicional. El mundo está alterado porque las estructuras viejas de poder se tambalean con el brote de nuevas formas de pensar y sentir el ipoder.
Hoy, un adolescente monta su canal de YouTube y contribuye a la sociedad como creador de contenido. En el sistema del poder tradicional el adolescente es un receptor pasivo de ideas, órdenes y silencios con mínima oportunidad de contribución, expre
sión válida o remuneración.
Para fortalecerse ante la embestida millenial, el poder ha tenido que adoptar algunas premisas del ipoder para sobrevivir. Como la transparencia, valor indispensable del ipoder. Todos los gobiernos y empresas hablan de la transparencia y presumen su rendición de cuentas, pero esto no es una característica del poder que por siglos operó y gobernó desde el ocultismo. Por ello no es contradictorio ver que Assange y Snowden, quienes ferozmente promueven la transparencia, son los más perseguidos por las estructuras viejas de poder.
Como últimos eslabones del viejo poder y los pioneros del ipoder, la generación millenial debe encabezar la transición: ellos crecieron, conocen y creen en las viejas estructuras de poder, y como todo humano del nuevo milenio también crecen, conocen, creen y crean alternativas de progreso y de poder.