5/28/2010

Bicentenario , celebracón de qué?

La contrarrevolución en el poder

Gilberto López y Rivas

Paradójicamente para México, las celebraciones del bicentenario de los inicios del movimiento por la Independencia y el centenario del proceso revolucionario más importante en el ámbito mundial de principios del siglo XX –junto con la Revolución Rusa de 1917– están marcadas por el derrumbe de la credibilidad y legitimidad de las instituciones de la República surgidas de este movimiento armado, una violencia que en buena parte proviene del Estado y mantiene en permanente zozobra a la sociedad, una crisis económica profunda que afecta severamente a la mayoría de los mexicanos y la incertidumbre generalizada sobre la viabilidad del país hacía el futuro.

Entre 2006 y 2008 aumentó la pobreza extrema en México. En dos años, la cantidad de personas que no pudieron comprar alimentos básicos (pobreza alimentaria) pasó de 14.4 millones a 19.5 millones, de acuerdo con el Consejo Nacional de Evaluación de Política Social (Coneval). Se trata de individuos cuyos ingresos son menores a 65 dólares mensuales, que es el valor de una canasta básica, como se define a la lista de alimentos indispensables para la salud. La crisis económica afecta más, obviamente, a la población más pobre. Según el Coneval, prácticamente la mitad de los mexicanos son pobres. A quienes padecen pobreza alimentaria se suman otros 31 millones cuyos ingresos no alcanzan para satisfacer otras necesidades básicas, como transporte, vivienda o servicios médicos, en lo que se denomina pobreza patrimonial, que según el consejo alcanza a 47.4 por ciento de los mexicanos, esto es, 50.6 millones de personas.

¿Qué tendríamos que celebrar los mexicanos de bicentenarios y centenarios si el actual gobierno lleva al país al despeñadero en el que independencia y revolución pierden todo significado real y sólo se vuelven retórico ritual oficialista, mascarada y burla? ¿De qué regocijarnos si el Ejército Mexicano surgido de esa revolución se despliega por todo el territorio nacional, como en el porfiriato, como tropas de ocupación y sus rurales trastocados en paramilitares atacan a las autonomías indígenas en Chiapas, Oaxaca y Guerrero? Todo ello, mientras los neocientíficos pontifican a favor del régimen desde los medios de comunicación y las sometidas academias.

En retrospectiva, si bien es cierto que la Revolución Mexicana establece plenamente los principios de la modernidad capitalista que el porfiriato inició y da cauce a la construcción de un Estado-nación hegemonizado por la burguesía mestizocrática, también lo es que en la Constitución de 1917 quedan plasmados muchos de los anhelos y las reivindicaciones por los cuales lucharon los ejércitos de campesinos e indígenas del norte y del sur, como balance de la acumulación de fuerzas militares y políticas con las que llegó el bloque popular revolucionario al Congreso Constituyente. Más tarde, el general Lázaro Cárdenas –con la expropiación petrolera– pone en práctica el artículo 27 constitucional, en ejercicio de soberanía y autodeterminación nacional frente a la constante injerencia y pretensiones de dominio extranjero, particularmente de Estados Unidos sobre México.

Por ello, la imagen de Felipe Calderón rindiendo homenaje en el cementerio de Arlington a los soldados de nuestro buen vecino caídos en sus guerras coloniales y típicamente imperialistas, incluyendo la llevada a cabo en contra de la República Mexicana en 1845-1848, que cercenó poco menos de la mitad de su territorio, y las invasiones al puerto de Veracruz en 1914 y a Chihuahua en 1916, constituye simbólicamente el cierre del círculo de la traición nacional del actual grupo gobernante frente a las estrategias de dominación de Estados Unidos. Calderón, con su ofrenda en Arlington vilipendió a quienes en México y América Latina murieron defendiendo el decoro y la dignidad de nuestras soberanías frente a ese norte revuelto y brutal que nos desprecia, como afirmaría Martí.

Este país ya no requiere del envío de sus soldados, el emplazamiento de flotas aéreas y marítimas y el control militar del territorio por que cuenta con este sector de la elite política que habla español pensando en inglés, tiene su corazón en America, y cumple con el papel que le asigna la actual trasacionalización del Estado: el control de la fuerza de trabajo, la criminalización de las resistencias y la guerra social desplegada contra quienes se opongan al orden capitalista, contra los desechables por este sistema y aun contra las opositores simplemente democráticos.

Ha ocurrido ya lo que vislumbró Gastón García Cantú, quien consideraba que la Revolución Mexicana se expresa en la autodeterminación de nuestro país, mientras la contrarrevolución se significa especialmente en su dependencia del mayor poder mundial (Idea de México. Contrarrevolución. México, Fondo de Cultura Económica, 2003, p. 13). Para este autor, el dominio de la contrarrevolución ocurre también a partir de las reformas salinistas al artículo 27 constitucional que pretenden despojar a los campesinos de sus ejidos y tierras comunales, y que fueron la esencia reivindicativa de la Revolución en sus ámbitos agrarios liderada por Zapata, así como con el vaciamiento de los contenidos del artículo 123 constitucional que lleva a cabo la trasnacionalización neoliberal y que deja sin efecto las conquistas laborales obtenidas en 1917. Con el cierre de Luz y Fuerza del Centro y el desconocimiento del Sindicato Mexicano de Electricistas, Felipe Calderón culmina el esfuerzo contrarrevolucionario por revertir en favor del capital todos los avances alcanzados por el movimiento armado que costó al país más de un millón de muertos, cuando su población era de 16 millones. En realidad, este año de bicentenarios y centenarios es de luto nacional.

El olmo de la libertad

José Cueli

Hace unos días en la cortina metálica de un comercio de la avenida de los Insurgentes, descubrí un grafiti que decía: México 2010, doscientos años sin pasado, doscientos años sin futuro. Sentí tristeza al imaginar al joven que así se expresaba, porque sus palabras significan la muerte de la esperanza y el principio del fin.

En unos pocos meses, México conmemorará el bicentenario de su andadura como nación independiente. Muchos hablarán, desde la tribuna del lugar común, de los héroes que nos dieron patria y libertad, pero pocos entenderán lo que realmente quiere decir el vocablo libertad.

El verdadero liberalismo político, nos ilustra el historiador Anselmo Carretero y Jiménez, tiene sus raíces históricas y semánticas en España. La palabra libertad surgió en efecto, en suelo español y durante la Edad Media se usó en Europa occidental con varias acepciones. En los siglos XVI y XVII, este adjetivo era sinónimo de dadivoso, abierto, generoso y, en tal sentido, lo empleó Cervantes. Significaba lo contrario de egoísmo. Como sustantivo político nació en las Cortes de Cádiz de 1810. Los que asistían a aquellas asambleas llamaban liberales a los defensores de la libertad y los derechos del hombre proclamados por la Revolución Francesa. De allí se extendió a todo el mundo. Así entendido, el liberalismo es un humanismo.

Nuestro olvidado liberalismo social mexicano sostenía que había que atender las necesidades del pueblo antes que el derecho a la propiedad privada. En este punto hay que destacar que la corriente más radical de la Revolución Mexicana fue la del Partido Liberal Mexicano, que encabezaba Ricardo Flores Magón.

Carretero nos dice que los mercaderes ingleses, primero, y el capitalismo internacional, después, han tratado de identificar la libertad intelectual y política con las llamadas, libertad de comercio, y, libertad de empresa (libertad de presa, habría que decir con más propiedad) que ninguna relación tienen con el auténtico liberalismo político, de raíces morales, pues son nombres con los que se trata de disfrazar lo que es pura codicia o inmoderado afán de lucro.

Carretero también nos enseña que para los primeros liberales, la propiedad privada y el derecho de ejercer sin trabas el comercio y la industria eran garantía de libertad del ciudadano frente al absolutismo del rey y la servidumbre feudal. Con el mismo criterio, de pura esencia liberal, habría que defender la propiedad social de la gran industria como garantía de libertad del obrero frente a la servidumbre proletaria.

Es cierto que México se ahoga en un vasto mar de pobreza, desempleo, desigualdad social, injusticia, narcotráfico y descomposición moral; pero a los jóvenes que descargan su ira y su frustración en los muros de las ciudades habría que decirles, con palabras de Novalis, que la vida no es un sueño, pero puede llegar a ser un sueño. A Borges le complacía repetir una sentencia de Carlyle: la historia universal es un texto que estamos obligados a leer y a escribir incesantemente y en el cual también nos escriben.

Creo sinceramente que las utopías individuales o colectivas pueden construirse con diálogo y voluntad. El hombre, decía Octavio Paz, es el olmo que da peras increíbles.

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