12/10/2010

CINE CINE CINE

Ni para matar el tiempo
Leonardo García Tsao

Foto
George Clooney y la actriz Violante Placido en un fotograma

El asesino a sueldo es un personaje que con frecuencia se ha romantizado en el cine como un solitario y enajenado ángel de la muerte que, tarde o temprano, será acosado por las mismas personas que lo contrataron. Alan Ladd interpretó al prototipo de ese personaje en Un alma torturada (Frank Tuttle, 1942) con todo y gabardina. Años después, el francés Jean-Pierre Melvilla realizaría en El samurai (1967) la definitiva decantación del concepto, en la cual el matón acorralado, fríamente encarnado por Alain Delon, organiza el ritual de su propia ejecución.

Como anuncia su título en castellano, El ocaso de un asesino es otra variante de la misma premisa. Sin conocer la novela en que está basado el guión de Rowan Joffe, supongo que el asunto era en principio más interesante. El problema tal vez resida en su director, el holandés Anton Corbijn, quien en su opera prima, Control (2008), redujo la compleja figura de Ian Curtis a la de otro fotogénico pero estereotipado mártir del rock.

Los antecedentes de Corbijn son la fotografía y los videos musicales, y ese pasado lo condena a ejercer una mirada superficial, aunque lustrosa, sobre sus sujetos. La historia del asesino a veces llamado Edward o Jack (George Clooney), pero generalmente conocido con el apodo internacional –y poco imponente– de Mariposa, es típica del género: en un contexto indefinido, Jack es asediado por un grupo de suecos (así, a secas). Por ello, su misterioso patrón (Johan Leysen) lo manda a esconderse a un pequeño pueblo italiano donde se encargará de un último trabajo.

Lejos de mantenerse inconspicuo, el matón socializa con un cura metiche (Paolo Bonacelli) y lleva una relación extracurricular con Clara (Violante Placido), una prostituta local. A todo esto, el realizador se esmera en obtener ángulos y encuadres que hablan bien de su experiencia fotográfica. Pero no consigue construir una necesaria atmósfera de paranoia, que sostenga la noción del callejón sin salida.

La monótona actuación de George Clooney es otra traba. El actor ha tenido dos vertientes, una cómica (Leatherheads, Hombres de mentes, Quémese después de leerse) en la que exagera su intento de ser la versión Wal-Mart de Cary Grant; y la otra dramática (Solaris, Syriana, Michael Clayton), en la que aprieta la mandíbula y frunce el ceño. En El ocaso de un asesino esa inexpresividad lo lleva a no sonreír aun cuando le ha tocado la enorme suerte de enamorar a la puta de pueblo más hermosa y sofisticada del mundo, quien no sólo siente placer en los acostones, sino también lo lleva a cenar y de paseo turístico. Aunque eso cumple como la fantasía sexista de cualquier machín, no cuadra con la soledad y el aislamiento social que debe caracterizar al personaje.

Todo se reduce a poses, a fin de cuentas. Demasiado trivial para calificar como drama existencial y demasiado sosa para servir de thriller, El ocaso de un asesino se limita a imitar acciones y actitudes de películas superiores sin hacerse una identidad propia. Corbijn ha diseñado su película con la misma minuciosidad artesanal con la cual su protagonista arma un preciso rifle de mira telescópica. Pero se le ha olvidado cargarlo con balas.

El ocaso de un asesino

(The American)

D: Antón Corbijn/ G: Rowan Joffe, basado en la novela A Very Private Gentleman, de Martin Booth/ F. en C: Martin Ruhe/ M: Herbert Grönemeyer/ Ed: Andrew Hulme/ Con: George Clooney, Johan Leysen, Paolo Bonacelli, Violante Placido, Irina Björklund/ P: Focus Features, Goldcrest Post Production, Greenlit Rights, Smoke House, This Is That Productions. EU- G. Bretaña, 2010.

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