3/14/2015

Beijing+20: Menos gobiernos y más mujeres, como en un encuentro feminista



 Sara Lovera

Nueva York, marzo 2015, (AmecoPress/SeMéxico/SEMlac). No se sabe cómo fue. Los espacios del edificio de las Naciones Unidas y una decena de universidades y espacios culturales de la Gran Manzana, están topados por las mujeres del mundo; suceden mesas redondas, conversatorios, discusiones de pasillo, con antiguos y relativamente nuevos discursos. Se confunden funcionarias públicas, ministras y jefas de delegación con las ciudadanas de las organizaciones sociales y los movimientos de base.
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Están aquí todas. Bueno casi todas: variopintas, profesionales del feminismo y activistas. Algunas nuevas, como en cada encuentro de mujeres o feminista, que discuten en los salones, porque hay 20 actividades diarias. Otras se emocionan porque se encuentran. Eso, se encuentran, abrazan y se ponen al día en dos minutos, porque cada una viene a su tema, a su expertiz como se dice ahora, a su programa, al tema de su preocupación.

Los hoteles estudiantiles están llenos, y las misiones oficiales de los gobiernos reciben a funcionarias y mujeres comunes que han llegado hasta aquí con la esperanza de encontrar algunas respuestas. Hay como una sucesión de pequeñas y grandes negociaciones.

También hay exposiciones regadas por los recodos de un edificio complicado; volantes que se reparten en los tres cafés de acceso al público y el elegante restaurante del segundo piso reservado para las delegaciones oficiales que en este recinto han discutido desde el fin de las guerras civiles en África, hasta las dificultades entre países, las crisis democráticas hace 40 años en América Latina hasta la caída del Muro de Berlín, la expansión de Asia y la urgente necesidad de que los derechos de las mujeres se reconozcan y cese la violencia contra sus cuerpos y sus vidas.

Un sitio, diría una antigua amiga mía, donde se reúnen no las naciones, sino los gobiernos del mundo, con todas sus diversidades culturales y sus interpretaciones de la democracia y la igualdad. No cabe en mi cabeza que el grupo de gobiernos africanos diga no a las reivindicaciones feministas y Mexico, en voz de su delegación oficial, se comprometa a mirar y actuar frente a la persecución a periodistas y defensoras de derechos humanos.

Por los pasadizos del edificio de Naciones Unidas, que por su cristalería se espejea con el río Hudson, además, hay una bella expresión que recuerda que las mujeres fueron esclavas y eso terminó hacia 1807, mientras en un salón contiguo, se discute sobre la trata con fines de explotación sexual o laboral que en la práctica es una nueva forma de esclavismo.
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También se muestra en esa exposición que se halla en el primer módulo de la entrada, tras el gran hall, la semblanza de una reina de Angola que actuó como Eréndira en la mitología purépecha, salvando a su pueblo de las manos del tirano y a las mujeres de la furia de los violadores.

Se puede leer el paso histórico de las sufragistas inglesas a las sufragistas estadounidenses. Al lado de las fotografías cien por ciento masculinas de los secretarios generales de la ONU, y los delegados, eso, los hombres que armaron esta mole de cristal de 28 pisos, donde actúa el Consejo de Seguridad donde apenas hay las primeras mujeres representantes, mujeres por la paz, en un consejo que tiene que planificar las guerras y los conflictos recurrentes en el medio oriente y ahora en esa zona de África pluriétnica y pluricultural.

El mundo al revés

Elsa María Arroyo viene de una de las colonias o asentamientos urbanos de la ciudad de México: “Yo me represento a mi misma: se habla de muchas cosas, de información valiosa para todas las mujeres, es información que da aprendizaje, pero ¿Saben qué? Que las mujeres de mi barrio ni idea tienen, hay que llevar esta discusión al territorio”.

Elsa María me recordó los antiguos encuentros feministas, antiguos porque hace 30 años que se celebran en América Latina; me recordó a Domitila la ama de casa de Bolivia que en 1980 en Dinamarca reclamó que la dejaran hablar; a las mujeres del socialismo estalinista que no sabían cómo actuar frente a los performance feministas, atrevidos y provocadores: me recordó a las antiguas políticas que iban encantadas a los encuentros feministas, a respirar un poco de paz y libertad, porque en los parlamentos donde llegaron poco a poco las asfixiaba el lenguaje y la actitud masculina.

Eso es el espacio del edificio de la ONU, resguardado por un sistema electrónico de seguridad, que se ha convertido en una gran discusión: lo mismo se habla de las nuevas tecnologías como de los derechos pospuestos para las mujeres indígenas. Pocas declaraciones y pocos acuerdos. Nada de nuevos planes.

En cambio, si que hay, posicionamientos, mea culpa de los gobiernos que no han avanzado en la igualdad de las mujeres, ninguna discusión ministerial sobre los medios de comunicación, constructores del pensamiento; mesas redondas donde muchas panelistas vienen a descubrir la piedra filosofal de un nuevo protocolo para mitigar la violencia contra las mujeres y un gusanito que circunda por todo el edificio: será que de aquí, de esta celebración de los 20 años de la Conferencia de Pekín, y los 15 de las Metas del Milenio, saldrá algo que cambie la vida de millones de mujeres, de las que habla Elsa, una mexicana que fruta vendía y que esta reunión con todo, le ha quitado la venda de los ojos.

Sin duda aquí se respira el avance de las privilegiadas, de las que ya controlan sus vidas, las que llegadas a ministras administran los recursos en sus ministerios y secretarias o institutos, para empujar lo que se ha dado en llamar el avance de las mujeres.

No faltan aquí las militantes feministas, que no se han cansado como las mexicanas Delia Selene de Dios, o amigas peruanas, costarricenses, venezolanas, cubanas, chilenas, canadienses, norteamericanas que se reúnen de vez en vez, por los derechos sexuales y reproductivos, por la ciudadanía de las mujeres, por la tarea de disminuir o enfrentar la violencia contra las mujeres, las jefas de los observatorios de todo tipo, las académicas que buscan respuestas y todas las que alguna vez tomaban la calle y que también lo hicieron aquí el domingo pasado. El examen de la plataforma, tiene meses discutiéndose, hoy toca encontrarse y constatar que todavía hay energía para un día conseguir la hoy definida como igualdad sustantiva. Probablemente el mayor cambio es el lenguaje con que se nombran antiguos y persistentes problemas.

Foto: archivo AmecoPress 

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