Fuentes: Rebelión
La liberación de las mujeres, la familia y las contradicciones del capitalismo periférico
La relación entre feminismo, familia y capitalismo se ha convertido
en una de las cuestiones teóricas y políticas más controvertidas de las
últimas décadas. Este ensayo sostiene que la crisis de la familia en las
sociedades semiperiféricas no es producto de la libertad de las
mujeres, sino del choque entre una profunda transformación social y una
estructura económica incapaz de ofrecer las condiciones que esa
transformación exige.
Más allá de la falsa disyuntiva entre feminismo y familia
La relación entre feminismo, familia y capitalismo se ha convertido en
una de las cuestiones teóricas y políticas más controvertidas de las
últimas décadas. En muchas sociedades —particularmente en las
semiperiféricas— el cambio social acelerado, el aumento de la
escolarización femenina, la creciente presencia de las mujeres en la
vida pública y la transformación de los patrones familiares han
planteado nuevas preguntas sobre el futuro de la familia y sobre la
organización social de la vida misma.
Los relatos conservadores
suelen atribuir la crisis de la familia a la expansión del
individualismo, a la libertad de las mujeres o al declive de los valores
tradicionales, y proponen como solución el regreso a patrones
anteriores y la restauración de la división tradicional del trabajo por
género. Este relato trata a la familia como una institución separada de
las estructuras económicas, ignorando el papel que juegan las
transformaciones del capitalismo en la reconfiguración de las relaciones
sociales. Los relatos liberales, por su parte, tienden a plantear la
cuestión únicamente en términos de derechos individuales y elección
personal —una perspectiva que, pese al énfasis legítimo que pone en la
independencia económica y la igualdad legal de las mujeres, presta muy
poca atención a las condiciones materiales necesarias para hacer
realidad esa libertad.
El propósito de este ensayo no es
defender a la familia tradicional ni oponerse a la liberación de las
mujeres, sino preguntar: cuando el cambio social progresista se
despliega dentro del capitalismo neoliberal y de economías
semiperiféricas, ¿cómo genera nuevas crisis en la organización social de
la vida?
Su tesis central es la siguiente: la crisis de la
familia en las sociedades semiperiféricas no es producto de la libertad
de las mujeres, sino que surge del choque entre una transformación
social profunda y una estructura económica incapaz de ofrecer las
condiciones que esa transformación requiere. El verdadero problema no es
«la entrada de las mujeres a la sociedad» —es en qué condiciones ocurre
esa entrada.
En el centro capitalista, la transformación del
papel de las mujeres avanzó junto al desarrollo relativo del Estado de
bienestar, los servicios públicos y la seguridad laboral. En muchas
sociedades semiperiféricas, un cambio cultural similar ha ocurrido sin
ninguna infraestructura de ese tipo, y ha quedado eclipsado por una
economía productiva limitada, el empleo precario y un débil apoyo
social. El resultado es una contradicción estructural: las mujeres
ingresan a la educación, al empleo y a la vida pública en cifras mayores
que nunca, mientras las responsabilidades del cuidado y de la
reproducción de la vida cotidiana siguen recayendo, en gran medida sin
cambios, en la familia —y dentro de ella, en las mujeres.
El
concepto clave para comprender esta contradicción es la «crisis de la
reproducción social»: el conjunto de actividades que hacen posible la
continuidad de la vida y de la sociedad —criar a los hijos, cuidar a los
ancianos y a los enfermos, el trabajo doméstico. El capitalismo
neoliberal, por un lado, necesita una fuerza de trabajo cada vez mayor y
atrae a las mujeres al mercado laboral; por otro, sigue trasladando a
la familia el costo de la reproducción social. La crisis actual,
entonces, no es simplemente una crisis de la familia, sino la crisis de
un modo de organizar la vida social en el que el mercado se expande sin
una expansión correspondiente del apoyo colectivo.
La liberación de las mujeres y su absorción por la lógica del mercado
El feminismo no es una corriente única. Existen diferencias teóricas
importantes entre el feminismo liberal, el radical, el socialista y el
marxista, y la crítica al capitalismo neoliberal no debe confundirse con
una crítica a la lucha de las mujeres por la igualdad. Uno de los
logros históricos de los movimientos feministas fue mostrar que la
posición de las mujeres dentro de la familia y de la sociedad no es
natural, sino producto de condiciones históricas y de relaciones de
poder; la familia tradicional, junto a sus funciones protectoras, ha
sido también un espacio donde se fijó una división desigual del trabajo
—una que asignó el trabajo de cuidado a las mujeres como un deber
«natural». Las feministas socialistas y marxistas han insistido, con
razón, en que el trabajo doméstico, aunque no remunerado, es esencial
para la reproducción de la fuerza de trabajo y para el funcionamiento de
la economía capitalista.
Lo novedoso de la era neoliberal es
que parte del vocabulario emancipador de los movimientos sociales ha
sido absorbido por la lógica del mercado. Como ha argumentado Nancy
Fraser, el capitalismo neoliberal ha logrado alinear ideales como la
autonomía individual y la superación de los roles de género
tradicionales con la lógica de la competencia mercantil; en ese proceso,
la liberación se reduce de un proyecto colectivo de cambio estructural a
un proyecto individual de éxito en el mercado. La «mujer exitosa», en
este relato, es la que compite en el mercado laboral y logra
independencia financiera —mientras la pregunta de quién paga el costo de
reproducir la vida se formula cada vez menos.
Clase: la experiencia divergente de las mujeres en el centro y en la periferia
Una debilidad frecuente en los debates sobre las mujeres y la familia
es la falta de atención a las diferencias de clase entre las propias
mujeres. A veces se presenta «la experiencia de las mujeres» como si
fuera única, cuando en realidad la posición de una mujer trabajadora,
una mujer de clase media urbana y una mujer de clase acomodada difiere
fundamentalmente en las opciones e independencia disponibles para cada
una.
El feminismo liberal contemporáneo, con su énfasis en la
igualdad de oportunidades y en la presencia de las mujeres en la vida
profesional, ha jugado un papel importante en la lucha histórica contra
la exclusión de las mujeres de la vida pública. El problema surge cuando
este modelo se presenta como la experiencia universal de todas las
mujeres, sin atender a las condiciones de clase que permiten realizarlo.
Las mujeres de clase media y alta en el centro capitalista suelen
resolver la tensión entre el trabajo profesional y la vida familiar
comprando servicios privados —cuidado infantil, niñeras, servicios de
limpieza. Este modelo está fuera del alcance de la mayoría de las
mujeres trabajadoras; para una mujer con un salario bajo, el problema no
es «romper el techo de cristal» sino el salario, la estabilidad laboral
y la posibilidad de una vida digna.
Esta división de clase es
todavía más marcada en las sociedades semiperiféricas, donde ciertos
elementos del feminismo liberal se difunden sobre todo entre la clase
media urbana educada, mientras la mayoría de las mujeres enfrenta el
empleo informal, los salarios bajos, la falta de seguridad social y el
acceso limitado a servicios sociales. La crítica al feminismo liberal en
estas sociedades debe apuntar, entonces, al carácter de clase del
concepto de liberación, no al principio mismo de la presencia social de
las mujeres: la pregunta no es por qué las mujeres quieren entrar a la
vida pública, sino por qué la estructura económica existente distribuye
esa posibilidad de forma tan desigual.
El neoliberalismo, en
este proceso, impulsa dos movimientos contradictorios a la vez: por un
lado reduce las barreras tradicionales a la entrada de las mujeres al
mercado laboral, porque necesita una fuerza de trabajo más amplia y
flexible; por otro, retira del ámbito público la responsabilidad del
cuidado y de la reproducción social, y la devuelve a las familias.
Sociedades semiperiféricas: transformación social sin base de bienestar
En muchos países del centro capitalista, la transformación del papel de
las mujeres tuvo lugar en un periodo de expansión del Estado de
bienestar y de los sistemas de protección social; una parte del costo de
la reproducción social quedó cubierta por instituciones públicas. En
muchos países semiperiféricos, una transformación cultural comparable ha
ocurrido sin ninguna infraestructura de este tipo.
En Irán, el
aumento notable de la escolarización femenina y su amplia presencia en
las universidades ha sido uno de los desarrollos más significativos de
las últimas décadas; una nueva generación de mujeres busca una presencia
más activa en la vida profesional y social. Pero esta transformación se
ha topado con una economía atenazada por la crisis de empleo, la
inflación y la erosión del poder adquisitivo: la sociedad produce cada
vez más mujeres educadas sin generar suficientes oportunidades para
emplear ese capital humano. En Turquía, la expansión del empleo femenino
—particularmente en el sector servicios— ha venido acompañada del
crecimiento del empleo flexible e informal, mientras que en Egipto, las
políticas de ajuste estructural han presionado a las familias para que
absorban los golpes económicos.
Estas experiencias muestran que
el problema central no es simplemente un cambio de valores culturales,
sino una contradicción entre la transformación social y la capacidad
económica: una sociedad que empuja a las mujeres hacia la educación
superior sin ofrecer empleo estable ni servicios de cuidado crea
condiciones en las que las nuevas libertades llegan acompañadas de
nuevas presiones. La crisis de la familia en estas sociedades debe
entenderse como parte de la crisis más amplia del desarrollo desigual.
Empleo, la crisis del modelo del «hombre proveedor» y la crisis de la masculinidad
La familia histórica en muchas sociedades semiperiféricas se configuró
en torno a un modelo en el que el hombre era el principal generador de
ingresos y la mujer era la responsable primaria del hogar y del cuidado
—un modelo que impuso serias restricciones a las mujeres, pero que
también cumplía una función económica: dividir roles dentro de un
mercado laboral que era, en sí mismo, mayormente masculino. La crisis
comienza donde este modelo se vuelve insostenible bajo las nuevas
condiciones económicas: el capitalismo periférico ha fracasado, en
muchos casos, en generar suficientes empleos estables, mientras una
población en edad laboral en crecimiento, la migración rural-urbana y
las economías rentistas han empujado el número de buscadores de empleo
más allá de lo que la economía real puede absorber.
En estas
condiciones, la entrada de las mujeres al mercado laboral a veces se
experimenta, en el plano de la vida cotidiana, como una competencia
intensificada por oportunidades escasas —especialmente en sociedades
donde la imagen del hombre como «proveedor de la familia» sigue siendo
poderosa; el desempleo masculino puede desencadenar una crisis de
identidad y de estatus social. Un análisis más detenido muestra, sin
embargo, que la contradicción real no es entre «la mujer empleada» y «el
hombre desempleado», sino entre una sociedad con una oferta abundante
de mano de obra y una economía incapaz de generar suficiente empleo.
Cuando una economía no logra crear suficientes oportunidades para su
población en edad laboral, cualquier grupo que se incorpore recién
—incluidas las mujeres— puede llegar a ser visto como un competidor ante
la falta de oportunidades; esto es consecuencia de una estructura
económica débil, no de la presencia de un grupo social en particular. De
hecho, la entrada de las mujeres al mercado laboral en muchas de estas
sociedades no es simplemente una elección cultural, sino una respuesta a
la crisis económica de los hogares, hecha inevitable por la caída de
los salarios reales y el aumento del costo de vida.
Esta
transformación también sume en crisis a la identidad masculina histórica
—ligada a la capacidad de sostener económicamente a una familia. Esa
crisis toma a veces la forma de resistencia al cambio de género o de
nostalgia por el regreso a los valores tradicionales, pero sus raíces
están en la transformación económica, no simplemente en las actitudes
culturales. Aun así, la respuesta progresista a esta crisis no consiste
en devolver a las mujeres al hogar; una respuesta así no resolvería ni
la crisis del empleo ni construiría seguridad económica. La solución es
construir una economía en la que el valor social de las personas no se
reduzca a su rol económico tradicional, y en la que la responsabilidad
de ganarse la vida no recaiga sobre un solo género. Una sociedad justa
no es aquella en la que el hombre es siempre el proveedor y la mujer
siempre la cuidadora, sino aquella en la que todas las personas, sin
importar su género, tienen la posibilidad de participación social y
seguridad económica.
El trabajo doméstico y la crisis del cuidado
Uno de los problemas más fundamentales en la crítica feminista al
capitalismo es la invisibilidad del trabajo doméstico y de cuidado. La
economía formal reconoce como «trabajo» únicamente lo que se intercambia
en el mercado y recibe un salario; sin embargo, preparar alimentos,
cuidar a niños y ancianos, y gestionar los asuntos cotidianos de un
hogar son actividades sin las cuales ningún sistema económico podría
continuar —y precisamente porque ocurren en el espacio privado de la
familia, su valor económico queda sin reconocer. Si una familia contrata
a alguien para realizar estas tareas, la misma actividad se convierte
en un servicio económico y mensurable; pero cuando la realiza un miembro
de la familia, especialmente una mujer, se trata como un «deber
natural». El problema no es simplemente la ausencia de un salario; es
que la sociedad coloca una actividad necesaria completamente fuera de la
esfera del valor social.
El concepto de reproducción social
muestra que la producción económica es imposible sin la reproducción
social: un trabajador debe ser alimentado y educado antes de entrar a la
fábrica, y debe vivir dentro de una red social que sostenga la
continuidad de su trabajo. Las feministas marxistas y socialistas
—Silvia Federici entre ellas— han argumentado que el capitalismo se
beneficia del trabajo reproductivo no remunerado, ya que traslada a la
familia una parte significativa del costo de mantener y restaurar la
fuerza de trabajo. Este análisis muestra que la familia no es
simplemente una institución cultural o emocional, sino parte de la
organización económica de la sociedad; el trabajo doméstico de las
mujeres no puede tratarse como un asunto puramente personal —es parte
del trabajo social que ha sido distribuido de forma desigual.
Las políticas neoliberales, al reducir el papel del Estado en los
servicios públicos y avanzar en la privatización, han devuelto a las
familias una parte mayor de las responsabilidades de cuidado
—precisamente en un momento en que la presión económica ha obligado a
esas mismas familias a enviar a más de sus miembros al mercado laboral.
El resultado es una contradicción estructural: la sociedad necesita el
trabajo de las mujeres, pero sigue colocando el costo de la reproducción
social principalmente sobre los hombros de la familia. Por eso tantas
mujeres enfrentan una «doble jornada laboral» —un turno en el mercado,
otro en el hogar.
El debate sobre el valor económico del trabajo
doméstico —y si debería remunerarse— sigue siendo uno de los más
polémicos de la teoría feminista. Quienes defienden el «salario para el
trabajo doméstico» argumentan que dejarlo sin pago profundiza la
dependencia económica de las mujeres; quienes lo critican responden que
formalizarlo como un empleo, sin ningún cambio en la división del
trabajo por género, corre el riesgo de arraigar aún más el rol
tradicional de las mujeres en el hogar. Una solución más de fondo está
más allá de esta disyuntiva: no se trata solo de pagar salarios, sino de
transformar la organización social del cuidado mismo —reconociendo el
trabajo de cuidado como trabajo social, ampliando los servicios públicos
de cuidado, dividiendo equitativamente las responsabilidades domésticas
entre mujeres y hombres, y reduciendo la jornada laboral en favor de un
equilibrio entre vida y trabajo.
Una respuesta a los críticos
Todo análisis de la relación entre feminismo, familia y capitalismo
enfrenta dos objeciones distintas: las corrientes conservadoras pueden
leerlo como un ataque a la familia, mientras algunas feministas
liberales pueden leer la crítica al neoliberalismo como una oposición a
la independencia económica de las mujeres. Para prevenir estas lecturas
erróneas, ambas objeciones merecen ser abordadas en su forma más sólida.
¿Es la crisis de la familia resultado de la libertad de las mujeres? El
argumento conservador habitual sostiene que la independencia de las
mujeres ha debilitado a la familia, y que la solución es regresar a la
división tradicional del trabajo. Este razonamiento pasa por alto tres
cosas. Primero, la familia nunca ha sido una institución fija; su forma
siempre ha cambiado junto a la transformación económica y social.
Segundo, buena parte de lo que hoy se llama «la crisis de la familia»
tiene sus raíces en la transformación económica —el desempleo, la
inestabilidad laboral, la crisis de la vivienda. Tercero, devolver a las
mujeres a una posición tradicional no garantiza su libertad ni resuelve
las dificultades económicas de la familia. El problema no es que las
mujeres hayan abandonado la familia; es que la nueva sociedad todavía no
ha construido una forma más justa de distribuir la responsabilidad
social.
¿Es la crítica al feminismo liberal una oposición a la
igualdad de las mujeres? Esta lectura sería equivocada. El acceso de las
mujeres a la educación, a la independencia económica y a la
participación política son logros históricos e innegables; la crítica de
este ensayo no apunta a estos logros en sí, sino a la reducción de la
liberación al éxito individual en el mercado. Si la libertad de las
mujeres se entiende únicamente como la capacidad de competir igual que
los hombres dentro de una economía desigual, quedan sin respuesta
preguntas más importantes: ¿quién cuida a los niños? ¿Quién carga con el
costo de la vejez y la enfermedad? ¿Y por qué las responsabilidades
sociales se siguen empujando de vuelta hacia la esfera privada de la
familia? La verdadera igualdad se logra cuando las mujeres no son
obligadas a regresar al hogar ni forzadas a cargar, simultáneamente, con
todo el peso del trabajo asalariado y del trabajo de cuidado para
alcanzar la independencia económica.
Un peligro en este debate
es que las contradicciones sociales terminen representándose como una
contienda entre mujeres y hombres. Pero la crisis actual no es ni una
victoria de las mujeres sobre los hombres ni una derrota de los hombres a
manos de las mujeres: en muchas sociedades semiperiféricas, tanto las
mujeres como los hombres de las clases populares están sometidos a la
misma presión estructural que ha erosionado la estabilidad laboral y el
bienestar social —aunque esa presión no se experimente de forma
idéntica. Un análisis de clase muestra que la contradicción real no está
entre géneros, sino entre un sistema económico que traslada la
responsabilidad social a los individuos y una sociedad que necesita
seguridad y solidaridad colectivas.
Hacia una alternativa: redefinir la relación entre trabajo, familia y vida
Las dos respuestas habituales a la crisis de la familia tienen
limitaciones serias. Un regreso al modelo tradicional, además de
restringir la libertad de las mujeres, ya no es viable en las
condiciones económicas actuales —que han vuelto insostenible incluso a
la familia de un solo ingreso. La entrega total al individualismo de
mercado, bajo la premisa de que la libre competencia resuelve por sí
sola los problemas sociales, ha demostrado en la práctica que el mercado
por sí solo no puede proveer las necesidades básicas de la vida social
—cuidado, solidaridad, seguridad.
Una política liberadora debe,
en primer lugar, reconocer el trabajo de cuidado como tal —no
simplemente convirtiéndolo de «trabajo doméstico sin valor» en «trabajo
asalariado», sino transformando la organización social del cuidado
mismo. Esa política podría apoyarse en varios pilares: la ampliación de
los servicios públicos de cuidado (infantil, de personas mayores); la
división igualitaria del trabajo de cuidado entre mujeres y hombres,
incluso mediante licencias familiares equitativas; la creación de empleo
estable y salarios adecuados, para que la libertad de elegir no siga
siendo una frase vacía para millones de personas que viven en la
inseguridad económica; y repensar la jornada laboral en favor de la
calidad de vida.
Para las sociedades semiperiféricas, esta
cuestión tiene un doble peso: estas sociedades no pueden simplemente
adoptar los modelos culturales del centro capitalista sin atender sus
propias condiciones económicas. Trasplantar valores como la autonomía
individual y la igualdad de género sin construir la infraestructura
económica y social necesaria corre el riesgo de producir una experiencia
parcial y contradictoria. Pero la respuesta a esa contradicción no es
restringir los derechos de las mujeres —es construir las instituciones
que hagan posible el cumplimiento real de esos derechos. El problema no
es la «modernización» en sí misma; el problema es la modernización sin
justicia social. El camino progresista está en combinar la libertad
social con la justicia económica.
Conclusión
La crisis de la familia en las sociedades semiperiféricas no puede
reducirse a una simple consecuencia de la libertad de las mujeres o del
cambio cultural; un análisis así simplifica en exceso la historia y
oculta la responsabilidad de las estructuras económicas. Al mismo
tiempo, no puede suponerse que la sola entrada de las mujeres al mercado
laboral, sin una transformación correspondiente en la organización
económica y social de la sociedad, conduzca a una liberación real.
La tarea esencial es construir un orden en el que la libertad de las
mujeres venga acompañada de seguridad económica; en el que el trabajo de
cuidado sea valorado como trabajo social; en el que la familia no quede
sola para cargar con todo el peso de la reproducción social; en el que
los hombres también se liberen de la presión de los roles económicos
tradicionales; y en el que la economía sirva a la vida humana, en lugar
de que la vida humana sirva a la economía.
La liberación de las
mujeres, la justicia social y la reconstrucción de las relaciones
humanas no son tres cuestiones separadas —son tres caras de una misma
pregunta fundamental: ¿cómo podemos construir una sociedad en la que la
vida humana prevalezca sobre la lógica de la ganancia y de la
acumulación de capital?
Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.
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