En septiembre de 2022, el asesinato de
Mahsa Jina Amini –una joven kurda iraní de 22 años detenida en Teherán por la
llamada «policía de la moral», que la acusó de incumplir las normas sobre el
uso obligatorio del hijab (velo)– desencadenó en Irán uno de los mayores
levantamientos desde la instauración de la República Islámica. Bajo el lema
kurdo «Jin, Jiyan, Azadî» –«Mujer, vida, libertad»–, la protesta contra el
control estatal sobre los cuerpos de las mujeres se convirtió rápidamente en
una impugnación más amplia del régimen, de sus dispositivos represivos y de las
formas de desigualdad social y política que atraviesan el país.
Casi cuatro años después, el escenario
cambió de manera drástica. La represión estatal desarticuló redes, encarceló a
militantes y empujó al exilio a numerosas activistas. Al mismo tiempo, la
ofensiva militar de Israel y Estados Unidos reordenó el terreno político:
permitió a la República Islámica presentarse como defensora de la soberanía
nacional, reforzar los discursos de unidad interna y profundizar la
criminalización de quienes se oponen al régimen. En paralelo, sectores
monárquicos y de derecha, especialmente activos en la diáspora, ganaron
visibilidad con un discurso que asocia el cambio de régimen con la intervención
externa y con el que buscan presentarse como la voz legítima de la oposición
iraní.
En esta entrevista realizada en abril de
2026, Firoozeh Farvardin –investigadora y militante feminista iraní radicada en
Alemania, vinculada al Instituto para la Investigación Empírica en Migración e
Integración de Berlín (BIM)– analiza el lugar de los feminismos en una
coyuntura marcada por la represión interna, la guerra y la disputa por la
representación de la oposición iraní. Su trabajo se centra en el Estado moderno
iraní, las políticas reproductivas y de género, y las estrategias de
resistencia de los movimientos feministas. Desde una perspectiva feminista y
decolonial, Farvardin estudia la articulación entre política moral,
neoliberalismo y autoritarismo en la República Islámica. En esta entrevista,
plantea la necesidad de sostener una posición capaz de oponerse al régimen sin
respaldar la intervención extranjera, atender a las redes de cuidado y ayuda
mutua que siguen activas dentro de Irán y repensar, desde abajo, las
posibilidades de un nuevo internacionalismo feminista.
Gran parte de la cobertura internacional sobre la crisis
iraní se organiza alrededor de una mirada geopolítica: Estados Unidos,
Israel, la República Islámica, Rusia, China, las potencias regionales.
En ese marco, las voces feministas iraníes suelen quedar desplazadas.
¿Qué se pierde cuando se mira Irán solo desde esa perspectiva? ¿Y cómo
son interpretados los ataques de Israel y Estados Unidos por parte de
quienes luchan dentro del país?
Las narrativas que encontramos en los
medios y en buena parte del debate público son casi siempre geopolíticas. No
digo que esa dimensión no sea importante. Por supuesto que lo es. Pero cuando
se habla de esta región, y de Irán en particular, la conversación queda casi
por completo capturada por ese registro. Se habla de Estados, de alianzas, de
equilibrios militares, de intereses estratégicos. Y lo que desaparece es la
sociedad iraní.
A mí me interesa partir de otro lugar:
mirar qué está ocurriendo dentro de Irán desde la experiencia de las personas
de a pie. Eso implica preguntarse por la relación entre la política interna y
los acontecimientos externos. Porque no son dos planos separados. La guerra,
las sanciones, las amenazas militares y la represión estatal se articulan entre
sí. Para quienes viven en Irán, la pregunta no es solo qué actor internacional
gana o pierde poder, sino qué posibilidades quedan para organizarse, resistir, hablar
e imaginar una vida distinta.
Lo primero que hay que entender es que
la guerra funciona como un momento contrarrevolucionario. En Irán hubo un ciclo
de movimientos revolucionarios desde 2016, con un punto altísimo en 2022 y otro
momento importante en enero de 2026. Al igual que otras feministas iraníes,
creo que la guerra bloquea los aspectos más progresivos de ese ciclo. Gane o
pierda la República Islámica, la guerra es una bendición para el régimen,
porque le permite reprimir al movimiento opositor y ganar legitimidad dentro y
fuera del país.
Lo que está ocurriendo fuera de Irán es
muy preocupante. En ciertos sectores que se consideran progresistas o de
izquierda, el régimen empieza a ser visto casi automáticamente como una fuerza
legítima porque se enfrenta a Estados Unidos e Israel. Se olvida que hace muy
poco hubo una matanza de miles de personas en pocos días. Ahora se elogia la
figura del líder supremo o la de los comandantes militares que fueron
asesinados de manera ilegal, pero se omite que ellos mismos eran
también responsables de asesinatos y represión. Se produjo una forma de
normalización: el régimen gana legitimidad simplemente porque aparece ubicado
del lado opuesto a Estados Unidos e Israel.
Dentro de Irán, mientras tanto, hay
ejecuciones todos los días. Muchas personas son arrestadas bajo la acusación de
ser espías, de estar contra la guerra o de apoyar a Estados Unidos e Israel.
Para ser clara: creo que el país fue invadido ilegalmente. No importa si estoy
de acuerdo o no con este régimen. Fue una invasión ilegal. No puedo aceptar que
se asesine al líder de otro país sin consecuencias. Pero ese es un problema. El
otro es que el régimen utiliza esa agresión para reprimir aún más.
También están creciendo los sentimientos
nacionalistas. Eso no significa que todo el mundo apoye a la República
Islámica. Pero muchas personas empiezan a pensar que, frente a una guerra
ilegal, deberían apoyar al Estado iraní como protector del país. Yo no estoy de
acuerdo con esa posición, pero entiendo que la polarización empuja a algunas
personas a pensar que apoyar al Estado es menos dañino que apoyar una
intervención extranjera.
Lo digo no solo como académica que vive
fuera de Irán, sino como feminista que sigue vinculada a lo que ocurre allí y
que trabaja e investiga, tanto como puede, con las y los iraníes y sobre sus
experiencias. La voz que falta en el espacio público es la de quienes buscan
una tercera vía. Esa voz existe, dentro de Irán y también en la diáspora.
Proviene de quienes sostienen redes de base, de quienes practican políticas del
cuidado, de quienes no apoyan ni al régimen ni la guerra. Pero esas voces
reciben muy poca atención mediática. Son las mismas que intentan reconstruir o
mantener vivas las redes que estuvieron activas durante el levantamiento de
2022.
La República Islámica se preparó durante
años para una guerra. Tiene misiles, armas, un programa de militarización que
siguió funcionando incluso bajo las sanciones internacionales. Pero no se
preparó para proteger a la población. No construyó refugios, no diseñó un plan
para una economía de guerra, no tiene una estrategia para sostener la vida
cotidiana. La recesión económica actual es muy dura. En ese contexto, quienes
ayudan en el nivel más concreto de la vida reproductiva cotidiana son esos
grupos y círculos politizados en 2022. Intentan sostener la vida de la gente
común, de las trabajadoras y los trabajadores, de las familias de presas y
presos políticos. Intentan apoyar, acompañar, dar voz, a pesar de todo.
El gran problema es que internet
prácticamente no existe. La conexión con el mundo exterior está cortada. Hay
una internet interna, nacional, y algunas VPN muy caras a las que solo puede
acceder un grupo reducido de personas. Por eso es muy difícil saber qué está
ocurriendo realmente dentro de Irán. A partir de mensajes, tuits o
comunicaciones fragmentarias de compañeras y compañeros, sabemos que esas
células y comunidades siguen intentando mantenerse vivas y pensar qué pueden
hacer. Pero están en un modo de supervivencia mínima. Hoy es casi imposible
sostener una posición política articulada desde dentro.
En 2022, el movimiento opositor al régimen parecía marcado
por una fuerte impronta feminista y emancipatoria. Ahora, en cambio,
parecen ganar espacio discursos monárquicos, militaristas o abiertamente
favorables a una intervención extranjera. ¿Cómo cambió el escenario
entre el levantamiento de 2022 y las movilizaciones más recientes, tanto
dentro como fuera de Irán?
Cuando digo que aumentó la legitimidad
del régimen, incluso dentro de Irán, no quiero decir que ahora sea popular.
Sigue existiendo una oposición muy fuerte. Mucha gente común continúa
manifestándose contra la República Islámica. Hay incluso personas que desean la
guerra porque dicen que vivir bajo el régimen es peor que una guerra. No quiero
juzgarlas ni negar su agencia. Entiendo las razones que pueden llevar a alguien
a decir eso. Pero también creo que hay que tener una idea concreta de lo que es
una guerra. Ahora que la guerra está ocurriendo, menos personas dicen abiertamente
que prefieren la guerra antes que la República Islámica. La situación está
extremadamente polarizada.
La nueva ola monárquica y el apoyo a la
guerra deben entenderse como una reacción contrarrevolucionaria. La extrema
derecha monárquica ya existía antes. También estuvo presente durante el
levantamiento de 2022. Como en cualquier movimiento social amplio, no todas las
fuerzas que participaron eran progresistas. Pero en 2022 los monárquicos no
tenían la hegemonía política ni discursiva. La voz feminista, las comunidades
marginadas, las posiciones progresistas tenían mayor capacidad para producir
sentido.
En enero de 2026, en cambio, los
monárquicos ganaron mucho más espacio. Eso se explica, en primer lugar, por la
represión. Muchas de las personas que habían estado activas en 2022 se
encontraban en prisión o habían salido del país. Pero también se explica por el
apoyo que reciben de Israel, Estados Unidos y Arabia Saudita. Hay mucho dinero
destinado a esa campaña. Se expresa en la televisión satelital, en redes
sociales, en TikTok, en campañas masivas orientadas a instalar la idea de que
la restauración monárquica es la única alternativa real al régimen.
Esa posición se volvió más popular. No
podemos ignorarlo. El lenguaje y la retórica del levantamiento de enero de 2026
no fueron los mismos que en 2022. Ni dentro ni fuera de Irán. Es evidente que
el discurso fue mucho menos feminista.
De todos modos, a diferencia de otras
personas, yo no llamaría a ese movimiento «fascista» sin más. Existe
ese debate, y muchas veces las etiquetas funcionan para separar: «eso no
somos nosotras, eso pertenece a otro campo». Yo no lo veo así. Creo que
hubo una continuidad con el ciclo de protestas abierto en 2022 tras el
asesinato de Mahsa Jina Amini. La evidencia está en esas redes, en la
participación de fuerzas progresistas en la calle y en las formas de
organización que persistieron. Pero, sobre todo fuera de Irán, el discurso que
logró articular la escena fue el monárquico.
Eso afecta el modo en que se interpreta
la guerra. Desde afuera, alguien puede concluir: «el pueblo iraní es
mayoritariamente monárquico y por lo tanto quiere la guerra». Esa lectura sirve
para justificar un ataque contra Irán. Los monárquicos existen y siguen
teniendo presencia. Pero después de ver durante meses que la guerra no trae un
cambio de régimen, sino la destrucción del país y el colapso del Estado, creo
que parte de la gente empieza a entender otra cosa. La guerra no está dirigida
solo contra la República Islámica. Vuelve imposible la vida dentro de Irán. Por
eso creo que, al advertirlo, muchas personas dentro y fuera del país están
apoyando menos una intervención de este tipo. Aun así, los medios opositores de
la diáspora y los sectores con más poder insisten en que las y los iraníes
prefieren la guerra y la intervención extranjera antes que vivir bajo la
República Islámica.
Una de las consecuencias de la guerra,
además de la destrucción, el trauma y la imposibilidad de sostener la vida, es
que la República Islámica tiene ahora más poder. Pero también está herida. Y
eso puede volverla todavía más peligrosa. Desgraciadamente, la gente pierde
cualquiera sea el resultado para el régimen. Antes, con la represión estatal,
miles de personas fueron asesinadas. Ni siquiera sabemos cuántas. Sabemos que al
menos cientos de niñas y niños fueron asesinados por el régimen. Ahora, con la
invasión, también hay miles de muertos y cientos de niñas y niños asesinados.
Lo que me pregunto es por qué resulta
tan difícil hacer duelo por todas esas personas. Políticamente se volvió muy
difícil decir «estoy contra la matanza de estas personas» sin que alguien
responda: «entonces estás a favor del otro lado». Tal vez el caso iraní sea una
expresión extrema de algo más general, pero esa es la situación del mundo: una
polarización brutal en la que la vida de las personas importa menos que el
lugar en que se supone que una debe ubicarse. Es una historia muy triste.
En ese contexto de polarización extrema, ¿cómo intervienen
los feminismos? ¿Qué formas de organización o de cuidado sobreviven
cuando el régimen reprime, la guerra bloquea la política y las voces más
ruidosas de la diáspora aparecen capturadas por la oposición binaria
entre República Islámica e intervención extranjera?
Decir qué está pasando ahora dentro de
Irán implica necesariamente cierto grado de especulación. La información es muy
limitada. Todo el mundo parece estar tomando partido en esta polarización. Pero
quienes realmente están haciendo algo dentro de Irán son activistas civiles,
muchas de ellas feministas, y redes orientadas a sostener la vida cotidiana que
ya estaban activas en distintas ciudades. Son quienes amplifican la voz de las
personas presas, de quienes tienen condenas a muerte y de las familias
afectadas. Ayudan a personas heridas o encarceladas, comparten información y
acompañan.
Esa es la política real. No la hacen
quienes están fuera de Irán pidiendo la guerra ni quienes dicen representar al
pueblo iraní desde los medios de la diáspora. La hacen estos grupos de
activistas, muchas de ellas feministas en la práctica, aunque no siempre se
presenten bajo esa etiqueta.
Ahora mismo, la gente está más bien en
un estado de supervivencia. Hay grupos que juntan dinero para ayudar a
trabajadoras y trabajadores que perdieron sus empleos porque muchas fábricas fueron
destruidas. Irán tiene además una enorme cantidad de trabajadores de
plataformas digitales. Ese trabajo también desapareció. Es muy difícil imaginar
cuántas personas se quedaron sin empleo. Y no hay un plan estatal para
responder a esa situación. Entonces esos grupos empiezan a construir pequeñas
economías alternativas, formas de ayuda mutua, mecanismos para producir algo y
sostenerse entre sí.
Otro ejemplo es la ayuda a las personas
heridas después del levantamiento de enero de 2026. Muchas no pueden ir al
hospital porque allí pueden ser arrestadas o incluso asesinadas. Hay personas
que tienen todavía perdigones o pequeñas balas dentro del cuerpo. Quienes las
ayudan son grupos que se formaron durante el levantamiento de Jina y que
todavía se conocen, se buscan, se activan.
También existen cocinas comunitarias. No
tienen el mismo grado de institucionalización que en Argentina u otros países
de América Latina, pero cumplen una función muy importante: alimentar a
personas que no tienen lo suficiente. Muchas de esas iniciativas están
organizadas por grupos feministas, de izquierda o progresistas.
Pero, políticamente, esas redes no
tienen hoy una voz articulada. Primero, porque internet está cortado y no
pueden expresarse. Segundo, porque fuera de Irán, en la diáspora, quienes más
ruido hacen son o bien los sectores próximos al régimen o bien distintas formas
de monarquismo.
Los derechos de las mujeres han sido utilizados muchas veces
como justificación para la intervención extranjera en Oriente Medio: la
idea de que Occidente debe «salvarlas» del extremismo islámico. En Irán,
al mismo tiempo, la República Islámica intenta apropiarse de ciertas
demandas feministas y utilizarlas en su propaganda. ¿Cómo operan hoy
esos usos contrapuestos de los derechos de las mujeres?
Cada vez que hay guerra reaparece una
forma de masculinidad hegemónica: la figura del hombre heroico que protege a la
nación. Muchos varones cis, incluso algunos que se consideran de izquierda y
ahora se volcaron hacia la República Islámica, enmarcan la guerra de esa
manera. Dicen: «estamos protegiendo nuestro territorio como protegemos a
nuestras mujeres». Esa imagen está presente en Irán, pero también en muchos
otros lugares.
Sabemos que en contextos de guerra
aumentan la violencia de género y la violencia doméstica. Las personas viven
bajo estrés, bajo ataque, bajo miedo. No tengo estadísticas directas sobre lo
que está ocurriendo ahora en Irán, pero circulan informaciones y rumores de que
ese aumento de la violencia está ocurriendo.
La República Islámica también utiliza la
cuestión del hijab. A través de sus luchas y de su propia sangre, las mujeres
lograron ciertos derechos sobre sus cuerpos. Hoy el régimen intenta decir:
«no tenemos un problema con el hijab». En algunas manifestaciones pro
República Islámica dentro de Irán aparecen incluso mujeres sin hijab. Pero eso
es propaganda. Está dirigido hacia el exterior: se busca mostrar que las
mujeres apoyan a la República Islámica. En otras palabras, el régimen toma
demandas conquistadas por las mujeres y las utiliza en su propio beneficio.
Desde afuera ocurre algo parecido. Vimos
a Israel escribir «Mujer, vida, libertad» en misiles, intentando apropiarse de
esa lucha. Es una guerra de discursos. Las dos partes intentan apropiarse no
solo de los derechos de las mujeres, sino también de las luchas indígenas,
anticoloniales y antirracistas.
Eso me entristece mucho. En el contexto
iraní, personas que fueron opresoras del pueblo iraní, de los pueblos indígenas
de Irán, de kurdos, baluches, minorías y mujeres, son convertidas ahora en
héroes de las luchas anticoloniales y antiimperialistas fuera de Irán. La
lógica parece ser: el enemigo de mi enemigo es mi amigo. Y una vez más se olvida
la vida de las personas en el terreno.
El discurso del salvador aparece de los
dos lados. Pero creo que hoy se usa menos que hace 20 años, durante la guerra
de Iraq o la de Afganistán. Después de todo lo que ocurrió, incluso después del
regreso de los talibanes, Estados Unidos parece haber abandonado en parte el
marco de la «exportación de la democracia» o de los «derechos de las mujeres»
como justificación central. Hoy se habla de manera mucho más abierta de
intereses económicos, de petróleo, de negocios, de la necesidad de impedir que
Irán tenga poder. La idea de llevar democracia o liberar a las mujeres sigue
apareciendo, pero ya no ocupa el lugar principal.
En América Latina también se observa una reactivación de
masculinidades agresivas, muchas veces vinculadas a la precarización de
la vida. Cuando no hay dinero, trabajo ni futuro, ciertos discursos de
derecha ofrecen a los hombres una promesa de poder: si no pueden
controlar nada, al menos pueden controlar a las mujeres. ¿Cómo piensa
esa relación entre impotencia social, masculinidades reaccionarias y
nuevas derechas?
Es una reacción frente a la impotencia.
Todas y todos sentimos, de algún modo, que no tenemos agencia. Pero las
respuestas a esa falta de agencia son distintas. La extrema derecha y también
algunos sectores monárquicos iraníes ofrecen una promesa muy atractiva: dicen
que puedes recuperar poder, que puedes formar parte de un proyecto ganador, que
estás haciendo algo. Esa promesa no es real, pero produce efectos muy
concretos.
Desde los sectores progresistas, en
cambio, estamos perdiendo la batalla de ofrecer una promesa concreta sobre el
futuro. Muchas veces el futuro aparece como una especulación demasiado
abstracta. Algunas personas pueden pensar que habría que abandonarlo y
concentrarse solo en el presente. Pero para salir del miedo, para vivir una
vida normal, se necesita una promesa de vida normal. No podemos pedirle a la
gente que sacrifique todo por un futuro desconocido o por las próximas
generaciones. La gente necesita algo concreto para el presente y para el futuro
cercano.
Subestimamos mucho esa necesidad.
Tenemos responsabilidad por no haberla tomado más en serio. Debemos pensar cómo
hacer que nuestros proyectos sean más atractivos para la gente común, para las
personas corrientes que quieren vivir mejor, sentirse seguras, tener algún
control sobre su vida.
Hace poco usted moderó una conversación titulada «Placeres
fascistas», sobre la dimensión afectiva de los autoritarismos y de las
extremas derechas. En América Latina, esa disputa también se juega en la
vida cotidiana: frente a la precarización, el endeudamiento y la
pérdida de expectativas, proliferan promesas de autonomía individual,
desde el emprendedurismo hasta las apuestas financieras, las
criptomonedas o la idea de «hacer algo» con el propio dinero. Las
derechas parecen comprender mejor ese deseo de recuperar control sobre
la propia vida, mientras que los progresismos suelen hablar desde la
reparación, la asistencia o la denuncia, victimizando a sectores que las
derechas lograron empoderar. ¿Qué debería aprender la izquierda de esa
disputa por los afectos y la sensación de poder?
Creo que este es un punto central.
Estamos en un momento muy difícil para la gente en Irán, pero no deberíamos
leerlo como una excepción. En los últimos años hablamos del genocidio en Gaza
como si fuera algo que ocurría «allí», en un lugar excepcional. Ahora sucede
algo parecido con Irán. Pero esta es la lógica del mundo actual: un régimen de
guerra y un proceso de fascistización que avanzan en distintos frentes. Tenemos
que entender que esto nos puede alcanzar a todas y todos.
Por eso no deberíamos excepcionalizar a
Irán ni preguntarnos solo cómo es posible que una parte de la diáspora iraní, o
de la gente dentro del país, quiera la guerra o acepte la destrucción de su
propio territorio. Esa tendencia existe, pero no es exclusivamente iraní. Hay
en todo el mundo un deseo destructivo: saber que uno también será afectado por
aquello que desea y, aun así, lo desea. Eso no está desconectado del ascenso de
los movimientos posfascistas y de extrema derecha. Tampoco la polarización
extrema de la política es una excepción iraní.
No quiero terminar con un tono demasiado
pesimista. Como dije, todo este movimiento de guerra y opresión es un intento
contrarrevolucionario de impedir que las olas surgidas en 2016 y 2017 produzcan
algo nuevo. Pero las luchas por la vida continúan. Tienen interrupciones,
avances y derrotas, pero continúan. Mi esperanza es que algo pueda surgir de
allí.
Al mismo tiempo, sé que una solución
puramente nacional no puede ser exitosa. Eso está claro. Todos los Estados
autoritarios de la región estaban asustados por lo que ocurría en Rojava, en
Kurdistán, en Irán desde 2022 y en la segunda ola de los levantamientos árabes.
A pesar de sus diferencias, esos procesos tenían mucho en común. Y esos Estados
se ayudaron entre sí para suprimir los movimientos progresistas de la región.
Después de tanta movilización en todo el
mundo, siento que muy poco cambió en la vida de las personas que viven bajo
violencia directa y genocidio continuo. Eso nos obliga a discutir la estrategia
política. Salir a la calle y reclamar masivamente para que algo cambie no
significa hoy lo mismo que hace 10 años. No funciona del mismo modo ni produce
los mismos efectos, porque estamos en otra coyuntura en la relación entre
Estados y sociedades. No digo que debamos abandonar las calles, pero las
movilizaciones callejeras por sí solas no alcanzan.
Ahora, con la guerra, todo es peor. El
discurso de la extrema derecha más dura se ha normalizado. Se puede hablar
abiertamente de la aniquilación de civilizaciones sin que eso tenga
consecuencias. En ese contexto, los feminismos populares tienen una comprensión
más matizada y un repertorio de acción más amplio que el de la simple manifestación,
porque conectan la vida cotidiana con la política. Pero incluso los feminismos
necesitan una actualización. También atraviesan una especie de recesión. No en
todas partes –en Kenia, por ejemplo, todavía hay un movimiento muy potente–,
pero en términos generales no estamos en el mismo momento que hace una década
ni en el punto más alto del ciclo abierto en Irán tras el asesinato de Mahsa
Jina Amini.
Por eso creo que todas y todos
necesitamos repensar las formas en que hacemos política. Si queremos encontrar
soluciones, no será a escala nacional. La cuestión es cómo construir un nuevo
internacionalismo desde abajo. Ahí los feminismos pueden cumplir un papel
fundamental. Como ha planteado Verónica Gago, tienen una potencia particular
para conectar luchas muy distintas. Esa sigue siendo una luz al final del
túnel.
La guerra, las transformaciones tecnológicas, la
precarización y el fortalecimiento del capital están modificando el
capitalismo de forma acelerada. Al mismo tiempo, muchas instituciones
que antes podían pensarse como progresistas hoy aparecen capturadas por
dinámicas reaccionarias. ¿Ve en esta crisis algún espacio para nuevas
formas de socialismo, de internacionalismo o de política emancipatoria? Y
¿qué le gustaría que los feminismos latinoamericanos supieran hoy sobre
los feminismos iraníes? ¿Qué tipo de solidaridad o de conversación hace
falta en este momento?
Creo que esta es una crisis profunda que
opera en muchos niveles. La guerra muestra, entre otras cosas, que Estados
Unidos ya no tiene la hegemonía ni el poder que solía tener. No hay un futuro
brillante asegurado, pero eso no significa que todas las puertas estén
cerradas.
Por eso es importante conversar entre
regiones distintas. Los sectores de poder intentan hacernos sentir que estamos
lejos unos de otros: Argentina e Irán, América Latina y Oriente Medio, culturas
y religiones aparentemente separadas. Pero las similitudes son mayores que las
diferencias. Nos conectan la precarización, la violencia de género, el avance
de derechas autoritarias, la sensación de que ya no podemos vivir así y la
necesidad de imaginar otros futuros.
Me gustaría que existiera una
conversación real y honesta con América Latina. En algunos sectores
progresistas y de izquierda veo poca empatía hacia la gente de Irán. Como la
República Islámica se enfrenta a Estados Unidos e Israel, concluyen que el
régimen está del lado del pueblo. Interpretan la situación como una lucha
antiimperialista, pero no ven lo que ocurre en el nivel de base.
Entre feministas, diría que ese problema
es menor, aunque no está ausente. Hay una sensibilidad distinta, porque desde
la política de la vida cotidiana se entiende mejor lo que ocurre, incluso con
todas las diferencias culturales. Todas sufrimos violencia de género, y eso
debería bastar para comprender qué queremos decir cuando afirmamos que la
estructura estatal actual es dañina para los cuerpos feminizados.
Necesitamos una solidaridad que no elija entre el régimen y la guerra. Una
solidaridad capaz de escuchar a quienes sostienen la vida, cuidan y resisten
desde abajo. Oponerse al imperialismo no puede significar cerrar los ojos
frente a la violencia de la República Islámica. Y oponerse a la República
Islámica no puede significar apoyar la destrucción del país. Esa es la
conversación que necesitamos.
Fuente: https://nuso.org/articulo/iran-feminismo-guerra-regimen/