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8/01/2026

De los dioses patriarcales de las grandes civilizaciones a la razón masculina moderna

 Por Andrés Kogan Valderrama 

Fuentes: Rebelión

Como bien nos han enseñado múltiples autoras e investigadoras ecofeministas, así como defensoras de los territorios a lo largo del planeta, no es posible comprender la dominación masculina sobre las mujeres sin entenderla como parte de un proceso más amplio de dominación de la naturaleza, iniciado con la aparición de las primeras grandes civilizaciones.

De ahí que el patriarcado tenga sus raíces en la propia civilización, dando origen a una masculinidad de la muerte que no sólo moldeó las relaciones entre hombres y mujeres, sino también las relaciones con los demás animales y con la naturaleza. Ésta comenzó a ser percibida de manera distinta a partir de la aparición de nuevos dioses centrados en el dominio, la guerra y la destrucción.

Lo menciono porque, si bien antes de la revolución neolítica existían divinidades masculinas, fue con el surgimiento de las primeras grandes civilizaciones, el desarrollo de la agricultura, la propiedad privada y los Estados cuando estos nuevos dioses adquirieron un papel central. Como nos enseñó Gerda Lerner, la consolidación del patriarcado fue también una transformación política y religiosa: el poder masculino dejó de ser una práctica para convertirse en un principio legitimado por los dioses.

En consecuencia, aparecieron los reyes como representantes de estas divinidades del dominio, justificando la guerra y un orden social jerárquico. La naturaleza dejó de ser una comunidad de vida para transformarse, progresivamente, en un territorio susceptible de ser administrado, controlado y explotado.

Es cierto que esa masculinidad de la muerte, representada por estos nuevos dioses de la guerra, fue cuestionada por el ejemplo de Cristo, quien puede interpretarse como una figura de masculinidad antipatriarcal (1). No obstante, cuando el cristianismo pasó a convertirse en la religión oficial del Imperio romano bajo Constantino, terminó reforzando muchas de las lógicas imperiales propias de esa masculinidad de la muerte.

De hecho, siglos más tarde, la cristiandad, junto con los grandes imperios europeos, impuso su dominio sobre la Tierra durante la conquista y la colonización. De este modo, la civilización occidental terminó predominando sobre otras grandes civilizaciones, no solo mediante un nuevo orden económico y político, sino también imponiendo un ideal de hombre: blanco, racional, propietario, heterosexual, cristiano y situado por encima de la naturaleza y de los pueblos indígenas.

En consecuencia, ese modelo fue presentado como universal, invisibilizando otras formas de ser hombre existentes en América Latina, África y Asia. Sin embargo, la modernidad no eliminó esa lógica, simplemente la secularizó. Es decir, los dioses patriarcales fueron reemplazados, con la Ilustración y la revolución científica, por una razón masculina eurocéntrica, construida en oposición a aquello identificado con las mujeres y la naturaleza: el cuerpo, la emoción, la interdependencia y el cuidado.

En otras palabras, el ideal del sujeto moderno fue el de un individuo racional, autónomo, conquistador y capaz de dominar tanto la naturaleza como sus propias emociones. No es casual que ese sujeto tuviera un rostro predominantemente masculino, pues hundía sus raíces en las divinidades de las primeras grandes civilizaciones. Solo que ahora ya no era Dios quien ordenaba dominar la Tierra, sino la razón, el progreso, el desarrollo y el crecimiento económico infinito los que legitimaban la explotación ilimitada del planeta y la subordinación de todo aquello considerado «irracional» o «natural».

Dicho todo lo anterior, la crisis socioambiental actual no puede comprenderse únicamente como un problema tecnológico o económico. También es una crisis cultural y de las formas de masculinidad que han sostenido un ideal de control, competencia y separación respecto del mundo vivo, lo que hace inevitable un giro relacional en nuestra manera de ser hombres.

Por lo mismo, las ecomasculinidades proponen otro camino. No buscan reemplazar una dominación por otra, sino cuestionar la asociación histórica entre masculinidad, poder y dominio. Invitan a reconocer que cuidar no es un signo de debilidad, sino una condición para la continuidad de la vida. La verdadera transformación de las masculinidades comienza cuando dejamos de querer dominar el mundo y empezamos, simplemente, a cuidarlo.

1: https://www.lavanguardia.com/participacion/red-lectores/20260408/11507343/cristo-masculinidades-antipatriarcales.html

Andrés Kogan Valderrama. Sociólogo. Magíster en Comunicación y Cultura Contemporánea. Diplomado en Masculinidades y Cambio Social. Creador de Ecomasculinidades: https://www.instagram.com/ecomasculinidades

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

7/25/2026

El feminismo iraní entre la guerra y el régimen

Entrevista a la feminista iraní Firoozeh Farvardin

Fuentes: Nueva sociedad [Imagen: Firoozeh Farvardin. Foto: Irene Graf Fotografie]

La guerra en Irán reordenó el escenario abierto por el levantamiento de 2022: fortaleció a la República Islámica, dio nuevo impulso a las derechas monárquicas en la diáspora y estrechó el margen para una política feminista autónoma. En esta entrevista, la investigadora iraní Firoozeh Farvardin analiza cómo oponerse al régimen sin apoyar la intervención extranjera y cómo sostener, desde abajo, redes de cuidado, resistencia e internacionalismo.

En septiembre de 2022, el asesinato de Mahsa Jina Amini –una joven kurda iraní de 22 años detenida en Teherán por la llamada «policía de la moral», que la acusó de incumplir las normas sobre el uso obligatorio del hijab (velo)– desencadenó en Irán uno de los mayores levantamientos desde la instauración de la República Islámica. Bajo el lema kurdo «Jin, Jiyan, Azadî» –«Mujer, vida, libertad»–, la protesta contra el control estatal sobre los cuerpos de las mujeres se convirtió rápidamente en una impugnación más amplia del régimen, de sus dispositivos represivos y de las formas de desigualdad social y política que atraviesan el país.

Casi cuatro años después, el escenario cambió de manera drástica. La represión estatal desarticuló redes, encarceló a militantes y empujó al exilio a numerosas activistas. Al mismo tiempo, la ofensiva militar de Israel y Estados Unidos reordenó el terreno político: permitió a la República Islámica presentarse como defensora de la soberanía nacional, reforzar los discursos de unidad interna y profundizar la criminalización de quienes se oponen al régimen. En paralelo, sectores monárquicos y de derecha, especialmente activos en la diáspora, ganaron visibilidad con un discurso que asocia el cambio de régimen con la intervención externa y con el que buscan presentarse como la voz legítima de la oposición iraní.

En esta entrevista realizada en abril de 2026, Firoozeh Farvardin –investigadora y militante feminista iraní radicada en Alemania, vinculada al Instituto para la Investigación Empírica en Migración e Integración de Berlín (BIM)– analiza el lugar de los feminismos en una coyuntura marcada por la represión interna, la guerra y la disputa por la representación de la oposición iraní. Su trabajo se centra en el Estado moderno iraní, las políticas reproductivas y de género, y las estrategias de resistencia de los movimientos feministas. Desde una perspectiva feminista y decolonial, Farvardin estudia la articulación entre política moral, neoliberalismo y autoritarismo en la República Islámica. En esta entrevista, plantea la necesidad de sostener una posición capaz de oponerse al régimen sin respaldar la intervención extranjera, atender a las redes de cuidado y ayuda mutua que siguen activas dentro de Irán y repensar, desde abajo, las posibilidades de un nuevo internacionalismo feminista.

Gran parte de la cobertura internacional sobre la crisis iraní se organiza alrededor de una mirada geopolítica: Estados Unidos, Israel, la República Islámica, Rusia, China, las potencias regionales. En ese marco, las voces feministas iraníes suelen quedar desplazadas. ¿Qué se pierde cuando se mira Irán solo desde esa perspectiva? ¿Y cómo son interpretados los ataques de Israel y Estados Unidos por parte de quienes luchan dentro del país?

Las narrativas que encontramos en los medios y en buena parte del debate público son casi siempre geopolíticas. No digo que esa dimensión no sea importante. Por supuesto que lo es. Pero cuando se habla de esta región, y de Irán en particular, la conversación queda casi por completo capturada por ese registro. Se habla de Estados, de alianzas, de equilibrios militares, de intereses estratégicos. Y lo que desaparece es la sociedad iraní.

A mí me interesa partir de otro lugar: mirar qué está ocurriendo dentro de Irán desde la experiencia de las personas de a pie. Eso implica preguntarse por la relación entre la política interna y los acontecimientos externos. Porque no son dos planos separados. La guerra, las sanciones, las amenazas militares y la represión estatal se articulan entre sí. Para quienes viven en Irán, la pregunta no es solo qué actor internacional gana o pierde poder, sino qué posibilidades quedan para organizarse, resistir, hablar e imaginar una vida distinta.

Lo primero que hay que entender es que la guerra funciona como un momento contrarrevolucionario. En Irán hubo un ciclo de movimientos revolucionarios desde 2016, con un punto altísimo en 2022 y otro momento importante en enero de 2026. Al igual que otras feministas iraníes, creo que la guerra bloquea los aspectos más progresivos de ese ciclo. Gane o pierda la República Islámica, la guerra es una bendición para el régimen, porque le permite reprimir al movimiento opositor y ganar legitimidad dentro y fuera del país.

Lo que está ocurriendo fuera de Irán es muy preocupante. En ciertos sectores que se consideran progresistas o de izquierda, el régimen empieza a ser visto casi automáticamente como una fuerza legítima porque se enfrenta a Estados Unidos e Israel. Se olvida que hace muy poco hubo una matanza de miles de personas en pocos días. Ahora se elogia la figura del líder supremo o la de los comandantes militares que fueron asesinados de manera ilegal, pero se omite que ellos mismos eran también responsables de asesinatos y represión. Se produjo una forma de normalización: el régimen gana legitimidad simplemente porque aparece ubicado del lado opuesto a Estados Unidos e Israel.

Dentro de Irán, mientras tanto, hay ejecuciones todos los días. Muchas personas son arrestadas bajo la acusación de ser espías, de estar contra la guerra o de apoyar a Estados Unidos e Israel. Para ser clara: creo que el país fue invadido ilegalmente. No importa si estoy de acuerdo o no con este régimen. Fue una invasión ilegal. No puedo aceptar que se asesine al líder de otro país sin consecuencias. Pero ese es un problema. El otro es que el régimen utiliza esa agresión para reprimir aún más.

También están creciendo los sentimientos nacionalistas. Eso no significa que todo el mundo apoye a la República Islámica. Pero muchas personas empiezan a pensar que, frente a una guerra ilegal, deberían apoyar al Estado iraní como protector del país. Yo no estoy de acuerdo con esa posición, pero entiendo que la polarización empuja a algunas personas a pensar que apoyar al Estado es menos dañino que apoyar una intervención extranjera.

Lo digo no solo como académica que vive fuera de Irán, sino como feminista que sigue vinculada a lo que ocurre allí y que trabaja e investiga, tanto como puede, con las y los iraníes y sobre sus experiencias. La voz que falta en el espacio público es la de quienes buscan una tercera vía. Esa voz existe, dentro de Irán y también en la diáspora. Proviene de quienes sostienen redes de base, de quienes practican políticas del cuidado, de quienes no apoyan ni al régimen ni la guerra. Pero esas voces reciben muy poca atención mediática. Son las mismas que intentan reconstruir o mantener vivas las redes que estuvieron activas durante el levantamiento de 2022.

La República Islámica se preparó durante años para una guerra. Tiene misiles, armas, un programa de militarización que siguió funcionando incluso bajo las sanciones internacionales. Pero no se preparó para proteger a la población. No construyó refugios, no diseñó un plan para una economía de guerra, no tiene una estrategia para sostener la vida cotidiana. La recesión económica actual es muy dura. En ese contexto, quienes ayudan en el nivel más concreto de la vida reproductiva cotidiana son esos grupos y círculos politizados en 2022. Intentan sostener la vida de la gente común, de las trabajadoras y los trabajadores, de las familias de presas y presos políticos. Intentan apoyar, acompañar, dar voz, a pesar de todo.

El gran problema es que internet prácticamente no existe. La conexión con el mundo exterior está cortada. Hay una internet interna, nacional, y algunas VPN muy caras a las que solo puede acceder un grupo reducido de personas. Por eso es muy difícil saber qué está ocurriendo realmente dentro de Irán. A partir de mensajes, tuits o comunicaciones fragmentarias de compañeras y compañeros, sabemos que esas células y comunidades siguen intentando mantenerse vivas y pensar qué pueden hacer. Pero están en un modo de supervivencia mínima. Hoy es casi imposible sostener una posición política articulada desde dentro.

En 2022, el movimiento opositor al régimen parecía marcado por una fuerte impronta feminista y emancipatoria. Ahora, en cambio, parecen ganar espacio discursos monárquicos, militaristas o abiertamente favorables a una intervención extranjera. ¿Cómo cambió el escenario entre el levantamiento de 2022 y las movilizaciones más recientes, tanto dentro como fuera de Irán?

Cuando digo que aumentó la legitimidad del régimen, incluso dentro de Irán, no quiero decir que ahora sea popular. Sigue existiendo una oposición muy fuerte. Mucha gente común continúa manifestándose contra la República Islámica. Hay incluso personas que desean la guerra porque dicen que vivir bajo el régimen es peor que una guerra. No quiero juzgarlas ni negar su agencia. Entiendo las razones que pueden llevar a alguien a decir eso. Pero también creo que hay que tener una idea concreta de lo que es una guerra. Ahora que la guerra está ocurriendo, menos personas dicen abiertamente que prefieren la guerra antes que la República Islámica. La situación está extremadamente polarizada.

La nueva ola monárquica y el apoyo a la guerra deben entenderse como una reacción contrarrevolucionaria. La extrema derecha monárquica ya existía antes. También estuvo presente durante el levantamiento de 2022. Como en cualquier movimiento social amplio, no todas las fuerzas que participaron eran progresistas. Pero en 2022 los monárquicos no tenían la hegemonía política ni discursiva. La voz feminista, las comunidades marginadas, las posiciones progresistas tenían mayor capacidad para producir sentido.

En enero de 2026, en cambio, los monárquicos ganaron mucho más espacio. Eso se explica, en primer lugar, por la represión. Muchas de las personas que habían estado activas en 2022 se encontraban en prisión o habían salido del país. Pero también se explica por el apoyo que reciben de Israel, Estados Unidos y Arabia Saudita. Hay mucho dinero destinado a esa campaña. Se expresa en la televisión satelital, en redes sociales, en TikTok, en campañas masivas orientadas a instalar la idea de que la restauración monárquica es la única alternativa real al régimen.

Esa posición se volvió más popular. No podemos ignorarlo. El lenguaje y la retórica del levantamiento de enero de 2026 no fueron los mismos que en 2022. Ni dentro ni fuera de Irán. Es evidente que el discurso fue mucho menos feminista.

De todos modos, a diferencia de otras personas, yo no llamaría a ese movimiento «fascista» sin más. Existe ese debate, y muchas veces las etiquetas funcionan para separar: «eso no somos nosotras, eso pertenece a otro campo». Yo no lo veo así. Creo que hubo una continuidad con el ciclo de protestas abierto en 2022 tras el asesinato de Mahsa Jina Amini. La evidencia está en esas redes, en la participación de fuerzas progresistas en la calle y en las formas de organización que persistieron. Pero, sobre todo fuera de Irán, el discurso que logró articular la escena fue el monárquico.

Eso afecta el modo en que se interpreta la guerra. Desde afuera, alguien puede concluir: «el pueblo iraní es mayoritariamente monárquico y por lo tanto quiere la guerra». Esa lectura sirve para justificar un ataque contra Irán. Los monárquicos existen y siguen teniendo presencia. Pero después de ver durante meses que la guerra no trae un cambio de régimen, sino la destrucción del país y el colapso del Estado, creo que parte de la gente empieza a entender otra cosa. La guerra no está dirigida solo contra la República Islámica. Vuelve imposible la vida dentro de Irán. Por eso creo que, al advertirlo, muchas personas dentro y fuera del país están apoyando menos una intervención de este tipo. Aun así, los medios opositores de la diáspora y los sectores con más poder insisten en que las y los iraníes prefieren la guerra y la intervención extranjera antes que vivir bajo la República Islámica.

Una de las consecuencias de la guerra, además de la destrucción, el trauma y la imposibilidad de sostener la vida, es que la República Islámica tiene ahora más poder. Pero también está herida. Y eso puede volverla todavía más peligrosa. Desgraciadamente, la gente pierde cualquiera sea el resultado para el régimen. Antes, con la represión estatal, miles de personas fueron asesinadas. Ni siquiera sabemos cuántas. Sabemos que al menos cientos de niñas y niños fueron asesinados por el régimen. Ahora, con la invasión, también hay miles de muertos y cientos de niñas y niños asesinados.

Lo que me pregunto es por qué resulta tan difícil hacer duelo por todas esas personas. Políticamente se volvió muy difícil decir «estoy contra la matanza de estas personas» sin que alguien responda: «entonces estás a favor del otro lado». Tal vez el caso iraní sea una expresión extrema de algo más general, pero esa es la situación del mundo: una polarización brutal en la que la vida de las personas importa menos que el lugar en que se supone que una debe ubicarse. Es una historia muy triste.

En ese contexto de polarización extrema, ¿cómo intervienen los feminismos? ¿Qué formas de organización o de cuidado sobreviven cuando el régimen reprime, la guerra bloquea la política y las voces más ruidosas de la diáspora aparecen capturadas por la oposición binaria entre República Islámica e intervención extranjera?

Decir qué está pasando ahora dentro de Irán implica necesariamente cierto grado de especulación. La información es muy limitada. Todo el mundo parece estar tomando partido en esta polarización. Pero quienes realmente están haciendo algo dentro de Irán son activistas civiles, muchas de ellas feministas, y redes orientadas a sostener la vida cotidiana que ya estaban activas en distintas ciudades. Son quienes amplifican la voz de las personas presas, de quienes tienen condenas a muerte y de las familias afectadas. Ayudan a personas heridas o encarceladas, comparten información y acompañan.

Esa es la política real. No la hacen quienes están fuera de Irán pidiendo la guerra ni quienes dicen representar al pueblo iraní desde los medios de la diáspora. La hacen estos grupos de activistas, muchas de ellas feministas en la práctica, aunque no siempre se presenten bajo esa etiqueta.

Ahora mismo, la gente está más bien en un estado de supervivencia. Hay grupos que juntan dinero para ayudar a trabajadoras y trabajadores que perdieron sus empleos porque muchas fábricas fueron destruidas. Irán tiene además una enorme cantidad de trabajadores de plataformas digitales. Ese trabajo también desapareció. Es muy difícil imaginar cuántas personas se quedaron sin empleo. Y no hay un plan estatal para responder a esa situación. Entonces esos grupos empiezan a construir pequeñas economías alternativas, formas de ayuda mutua, mecanismos para producir algo y sostenerse entre sí.

Otro ejemplo es la ayuda a las personas heridas después del levantamiento de enero de 2026. Muchas no pueden ir al hospital porque allí pueden ser arrestadas o incluso asesinadas. Hay personas que tienen todavía perdigones o pequeñas balas dentro del cuerpo. Quienes las ayudan son grupos que se formaron durante el levantamiento de Jina y que todavía se conocen, se buscan, se activan.

También existen cocinas comunitarias. No tienen el mismo grado de institucionalización que en Argentina u otros países de América Latina, pero cumplen una función muy importante: alimentar a personas que no tienen lo suficiente. Muchas de esas iniciativas están organizadas por grupos feministas, de izquierda o progresistas.

Pero, políticamente, esas redes no tienen hoy una voz articulada. Primero, porque internet está cortado y no pueden expresarse. Segundo, porque fuera de Irán, en la diáspora, quienes más ruido hacen son o bien los sectores próximos al régimen o bien distintas formas de monarquismo.

Los derechos de las mujeres han sido utilizados muchas veces como justificación para la intervención extranjera en Oriente Medio: la idea de que Occidente debe «salvarlas» del extremismo islámico. En Irán, al mismo tiempo, la República Islámica intenta apropiarse de ciertas demandas feministas y utilizarlas en su propaganda. ¿Cómo operan hoy esos usos contrapuestos de los derechos de las mujeres?

Cada vez que hay guerra reaparece una forma de masculinidad hegemónica: la figura del hombre heroico que protege a la nación. Muchos varones cis, incluso algunos que se consideran de izquierda y ahora se volcaron hacia la República Islámica, enmarcan la guerra de esa manera. Dicen: «estamos protegiendo nuestro territorio como protegemos a nuestras mujeres». Esa imagen está presente en Irán, pero también en muchos otros lugares.

Sabemos que en contextos de guerra aumentan la violencia de género y la violencia doméstica. Las personas viven bajo estrés, bajo ataque, bajo miedo. No tengo estadísticas directas sobre lo que está ocurriendo ahora en Irán, pero circulan informaciones y rumores de que ese aumento de la violencia está ocurriendo.

La República Islámica también utiliza la cuestión del hijab. A través de sus luchas y de su propia sangre, las mujeres lograron ciertos derechos sobre sus cuerpos. Hoy el régimen intenta decir: «no tenemos un problema con el hijab». En algunas manifestaciones pro República Islámica dentro de Irán aparecen incluso mujeres sin hijab. Pero eso es propaganda. Está dirigido hacia el exterior: se busca mostrar que las mujeres apoyan a la República Islámica. En otras palabras, el régimen toma demandas conquistadas por las mujeres y las utiliza en su propio beneficio.

Desde afuera ocurre algo parecido. Vimos a Israel escribir «Mujer, vida, libertad» en misiles, intentando apropiarse de esa lucha. Es una guerra de discursos. Las dos partes intentan apropiarse no solo de los derechos de las mujeres, sino también de las luchas indígenas, anticoloniales y antirracistas.

Eso me entristece mucho. En el contexto iraní, personas que fueron opresoras del pueblo iraní, de los pueblos indígenas de Irán, de kurdos, baluches, minorías y mujeres, son convertidas ahora en héroes de las luchas anticoloniales y antiimperialistas fuera de Irán. La lógica parece ser: el enemigo de mi enemigo es mi amigo. Y una vez más se olvida la vida de las personas en el terreno.

El discurso del salvador aparece de los dos lados. Pero creo que hoy se usa menos que hace 20 años, durante la guerra de Iraq o la de Afganistán. Después de todo lo que ocurrió, incluso después del regreso de los talibanes, Estados Unidos parece haber abandonado en parte el marco de la «exportación de la democracia» o de los «derechos de las mujeres» como justificación central. Hoy se habla de manera mucho más abierta de intereses económicos, de petróleo, de negocios, de la necesidad de impedir que Irán tenga poder. La idea de llevar democracia o liberar a las mujeres sigue apareciendo, pero ya no ocupa el lugar principal.

En América Latina también se observa una reactivación de masculinidades agresivas, muchas veces vinculadas a la precarización de la vida. Cuando no hay dinero, trabajo ni futuro, ciertos discursos de derecha ofrecen a los hombres una promesa de poder: si no pueden controlar nada, al menos pueden controlar a las mujeres. ¿Cómo piensa esa relación entre impotencia social, masculinidades reaccionarias y nuevas derechas?

Es una reacción frente a la impotencia. Todas y todos sentimos, de algún modo, que no tenemos agencia. Pero las respuestas a esa falta de agencia son distintas. La extrema derecha y también algunos sectores monárquicos iraníes ofrecen una promesa muy atractiva: dicen que puedes recuperar poder, que puedes formar parte de un proyecto ganador, que estás haciendo algo. Esa promesa no es real, pero produce efectos muy concretos.

Desde los sectores progresistas, en cambio, estamos perdiendo la batalla de ofrecer una promesa concreta sobre el futuro. Muchas veces el futuro aparece como una especulación demasiado abstracta. Algunas personas pueden pensar que habría que abandonarlo y concentrarse solo en el presente. Pero para salir del miedo, para vivir una vida normal, se necesita una promesa de vida normal. No podemos pedirle a la gente que sacrifique todo por un futuro desconocido o por las próximas generaciones. La gente necesita algo concreto para el presente y para el futuro cercano.

Subestimamos mucho esa necesidad. Tenemos responsabilidad por no haberla tomado más en serio. Debemos pensar cómo hacer que nuestros proyectos sean más atractivos para la gente común, para las personas corrientes que quieren vivir mejor, sentirse seguras, tener algún control sobre su vida.

Hace poco usted moderó una conversación titulada «Placeres fascistas», sobre la dimensión afectiva de los autoritarismos y de las extremas derechas. En América Latina, esa disputa también se juega en la vida cotidiana: frente a la precarización, el endeudamiento y la pérdida de expectativas, proliferan promesas de autonomía individual, desde el emprendedurismo hasta las apuestas financieras, las criptomonedas o la idea de «hacer algo» con el propio dinero. Las derechas parecen comprender mejor ese deseo de recuperar control sobre la propia vida, mientras que los progresismos suelen hablar desde la reparación, la asistencia o la denuncia, victimizando a sectores que las derechas lograron empoderar. ¿Qué debería aprender la izquierda de esa disputa por los afectos y la sensación de poder?

Creo que este es un punto central. Estamos en un momento muy difícil para la gente en Irán, pero no deberíamos leerlo como una excepción. En los últimos años hablamos del genocidio en Gaza como si fuera algo que ocurría «allí», en un lugar excepcional. Ahora sucede algo parecido con Irán. Pero esta es la lógica del mundo actual: un régimen de guerra y un proceso de fascistización que avanzan en distintos frentes. Tenemos que entender que esto nos puede alcanzar a todas y todos.

Por eso no deberíamos excepcionalizar a Irán ni preguntarnos solo cómo es posible que una parte de la diáspora iraní, o de la gente dentro del país, quiera la guerra o acepte la destrucción de su propio territorio. Esa tendencia existe, pero no es exclusivamente iraní. Hay en todo el mundo un deseo destructivo: saber que uno también será afectado por aquello que desea y, aun así, lo desea. Eso no está desconectado del ascenso de los movimientos posfascistas y de extrema derecha. Tampoco la polarización extrema de la política es una excepción iraní.

No quiero terminar con un tono demasiado pesimista. Como dije, todo este movimiento de guerra y opresión es un intento contrarrevolucionario de impedir que las olas surgidas en 2016 y 2017 produzcan algo nuevo. Pero las luchas por la vida continúan. Tienen interrupciones, avances y derrotas, pero continúan. Mi esperanza es que algo pueda surgir de allí.

Al mismo tiempo, sé que una solución puramente nacional no puede ser exitosa. Eso está claro. Todos los Estados autoritarios de la región estaban asustados por lo que ocurría en Rojava, en Kurdistán, en Irán desde 2022 y en la segunda ola de los levantamientos árabes. A pesar de sus diferencias, esos procesos tenían mucho en común. Y esos Estados se ayudaron entre sí para suprimir los movimientos progresistas de la región.

Después de tanta movilización en todo el mundo, siento que muy poco cambió en la vida de las personas que viven bajo violencia directa y genocidio continuo. Eso nos obliga a discutir la estrategia política. Salir a la calle y reclamar masivamente para que algo cambie no significa hoy lo mismo que hace 10 años. No funciona del mismo modo ni produce los mismos efectos, porque estamos en otra coyuntura en la relación entre Estados y sociedades. No digo que debamos abandonar las calles, pero las movilizaciones callejeras por sí solas no alcanzan.

Ahora, con la guerra, todo es peor. El discurso de la extrema derecha más dura se ha normalizado. Se puede hablar abiertamente de la aniquilación de civilizaciones sin que eso tenga consecuencias. En ese contexto, los feminismos populares tienen una comprensión más matizada y un repertorio de acción más amplio que el de la simple manifestación, porque conectan la vida cotidiana con la política. Pero incluso los feminismos necesitan una actualización. También atraviesan una especie de recesión. No en todas partes –en Kenia, por ejemplo, todavía hay un movimiento muy potente–, pero en términos generales no estamos en el mismo momento que hace una década ni en el punto más alto del ciclo abierto en Irán tras el asesinato de Mahsa Jina Amini.

Por eso creo que todas y todos necesitamos repensar las formas en que hacemos política. Si queremos encontrar soluciones, no será a escala nacional. La cuestión es cómo construir un nuevo internacionalismo desde abajo. Ahí los feminismos pueden cumplir un papel fundamental. Como ha planteado Verónica Gago, tienen una potencia particular para conectar luchas muy distintas. Esa sigue siendo una luz al final del túnel.

La guerra, las transformaciones tecnológicas, la precarización y el fortalecimiento del capital están modificando el capitalismo de forma acelerada. Al mismo tiempo, muchas instituciones que antes podían pensarse como progresistas hoy aparecen capturadas por dinámicas reaccionarias. ¿Ve en esta crisis algún espacio para nuevas formas de socialismo, de internacionalismo o de política emancipatoria? Y ¿qué le gustaría que los feminismos latinoamericanos supieran hoy sobre los feminismos iraníes? ¿Qué tipo de solidaridad o de conversación hace falta en este momento?

Creo que esta es una crisis profunda que opera en muchos niveles. La guerra muestra, entre otras cosas, que Estados Unidos ya no tiene la hegemonía ni el poder que solía tener. No hay un futuro brillante asegurado, pero eso no significa que todas las puertas estén cerradas.

Por eso es importante conversar entre regiones distintas. Los sectores de poder intentan hacernos sentir que estamos lejos unos de otros: Argentina e Irán, América Latina y Oriente Medio, culturas y religiones aparentemente separadas. Pero las similitudes son mayores que las diferencias. Nos conectan la precarización, la violencia de género, el avance de derechas autoritarias, la sensación de que ya no podemos vivir así y la necesidad de imaginar otros futuros.

Me gustaría que existiera una conversación real y honesta con América Latina. En algunos sectores progresistas y de izquierda veo poca empatía hacia la gente de Irán. Como la República Islámica se enfrenta a Estados Unidos e Israel, concluyen que el régimen está del lado del pueblo. Interpretan la situación como una lucha antiimperialista, pero no ven lo que ocurre en el nivel de base.

Entre feministas, diría que ese problema es menor, aunque no está ausente. Hay una sensibilidad distinta, porque desde la política de la vida cotidiana se entiende mejor lo que ocurre, incluso con todas las diferencias culturales. Todas sufrimos violencia de género, y eso debería bastar para comprender qué queremos decir cuando afirmamos que la estructura estatal actual es dañina para los cuerpos feminizados.

Necesitamos una solidaridad que no elija entre el régimen y la guerra. Una solidaridad capaz de escuchar a quienes sostienen la vida, cuidan y resisten desde abajo. Oponerse al imperialismo no puede significar cerrar los ojos frente a la violencia de la República Islámica. Y oponerse a la República Islámica no puede significar apoyar la destrucción del país. Esa es la conversación que necesitamos.

Fuente: https://nuso.org/articulo/iran-feminismo-guerra-regimen/

7/18/2026

A 250 años de independencia en USA, prevalece la deuda con sus mujeres

 

Las mujeres y los hombres son iguales, eso es lo que se debe de destacar en esa declaratoria. Norah O´ Donnel, escritora y corresponsal en jefe de CBS asegura lo anterior en la la revista The TIME, al tiempo de precisar que las mujeres han estado en el centro de lo mejor de América: en las batallas tanto morales como políticas y ha estado peleando en todos los 250 años.

La revista en cuestión llevó a cabo un sinnúmero de entrevistas y pasajes más sobresalientes de esta época y en ella, destaca la singular e importancia presencia de las mujeres. No obstante de este singular e importante celebración, opiniones diversas de mujeres entrevistadas por Cimacnoticias durante esta semana, explican que cómo una nación formada por inmigrantes, en estos momentos, miles de inmigrantes e incluso ciudadanos, viven temerosos de ser detenidos por agentes de ICE y sentir temor por todo lo que ven en los medios de comunicación y en las redes sociales. “No se puede celebrar nada sí”, afirmó la señora López.

Es de destacar que durante la administración actual, los logros de las mujeres a los largo de su participación política y en búsqueda no sólo de la igualdad, sino de los derechos intrínsecos de las mujeres.

El actual gobierno ha cortado subsidios destinados a los derechos reproductivos y dado marcha atrás a lo ya votado con anterioridad. De su lado la revista Ms., trae consigo un artículo en español, de Allyson M. Poska y Antonia DelgadoPoust, titulado “ Este país también es nuestro”. En el cual destaca “la herencia duradera de las mujeres hispanohablantes en la América Colonial”.

A la letra dice: En las resientes redadas y medidas severas emprendidas por agentes de inmigración en los Estados Unidos, ICE y la CBP han detenido a más de 20 mil mujeres, mayoritariamente latinas, y muchas de ellas residentes legales. Como respuesta en las manifestaciones contra ICE y No Kings, las comunidades latinas y otras personas marginadas y desalentadas han reivindicado su lugar en la sociedad estadounidense con letreros que anuncian ¡”Este país también es nuestro!”

En otro de sus artículos, la revista Ms titula otro artículo: ¿Quién cumple en América 250? lo que se traduce los logros para las mujeres desde el derecho al voto hasta la libertad reproductiva. Lo cual, es un trabajo aun no terminado. Siendo, la democracia inseparable en todo, sigue siendo un trabajo aun sin terminar por el feminismo.

El artículo de Jennifer Weiss-Wolf, destaca como las mujeres han participado más activamente que lo hombres en la vida política de América, especialmente desde la elección de 1980.

Las mujeres afroamericanas han tenido gran presencia en la arena política. Aquí, con fecha de 1973 destaca la afirmación de la Suprema Corte de Justicia del derecho al aborto de Roe v. Wade. Y como aún ese trabajo no se ha terminado totalmente, dado que hace cuatro años la desaprobó.

La pregunta en el aire es a 250 años de la celebración de la Independencia: ¿Sigue siendo América el país en donde existe la libertad de soñar que hombres y mujeres tienen los mismos derechos?

2/07/2026

Desindustrialización y nostalgia patriarcal

 Antifeminismo y claseEmail this to someone

Fuentes: CTXT

El desplome del mundo obrero y de la sociedad a la que daba forma puede articularse políticamente de manera reaccionaria. Los malestares de género acompañan esta transformación

El ascenso del antifeminismo se suele explicar habitualmente como reacción a una “pérdida de privilegios”. Sin embargo, se entiende mejor el fenómeno si hablamos de estatus, es decir, de la posición que ocupa un individuo o grupo en la jerarquía social y que tiene que ver con cuestiones como el reconocimiento y el valor que otros le atribuyen. Aunque la falta de reconocimiento social tiene efectos en las condiciones de trabajo y de vida, no se trata aquí únicamente de recursos materiales, sino de dignidad social percibida. Hablamos del sentimiento de que uno es tenido en cuenta, de que su existencia y contribución son valoradas por la comunidad. Por ejemplo, determinados obreros industriales en los años setenta podían ganar lo mismo que hoy pero gozaban de mayor reconocimiento social; reconocimiento que se habían ganado a pulso mediante la organización y la lucha. Tenían además una identidad colectiva marcada y un sentido de dignidad y de pertenencia que les permitía formar parte de un movimiento obrero fuerte y con influencia social.

Los procesos de pérdida de estatus se relacionan con el apoyo a la derecha radical, aunque no sea el único factor relevante. Y esa pérdida no requiere empobrecimiento real, basta con la percepción de que otros ganan terreno mientras tú te estancas, o de que las reglas del juego cambian y la sociedad ha dejado de valorarte. La politóloga Arlie Hochschild documentó este fenómeno en su estudio sobre los votantes de Trump, Extraños en su propia tierra, donde mostraba que la sensación de que algunas minorías, las mujeres o los inmigrantes “se estaban colando” generaba fuertes sentimientos de rabia y enfado, incluso aunque no hubiese pérdida económica objetiva. Si la hay, estos sentimientos se recrudecen. Esos malestares, esa sensación de desposesión simbólica, son combustible político de primer orden para las extremas derechas que buscan llenar ese vacío, ya sea mediante una compensación identitaria: estás explotado, o no cuentas, pero eres español o estadounidense –y eso es algo “valioso y exclusivo”–; o bien transformando la rabia e impotencia en odio o resentimiento. Aquí juega un papel central sobre todo el racismo, pero también el antifeminismo.

Las actuales crisis de estatus tienen una dimensión de género ineludible

De hecho, el género es un elemento central de la construcción de jerarquías sociales. Mediante él se establecen escalas de valor en los sistemas patriarcales –divide, por ejemplo, el trabajo en remunerado y no remunerado, el espacio público y privado y asigna cada uno de estos elementos a un género–. Por eso las actuales crisis de estatus, espoleadas desde hace décadas por el impulso de la posición social de las mujeres, tienen una dimensión de género ineludible. Como explica la socióloga Alice Evans, hay bastantes casos que indican que, cuando los hombres se enfrentan a condiciones de trabajo peores, con menores salarios o con menor reconocimiento o a periodos de desempleo largos, a menudo responden con una agudización del sexismo. Este puede expresarse como una cuestión discursiva, cultural o de valores, de autoafirmación, pero incluso puede adoptar la forma de violencia machista cuando se añade a problemas de adicciones o de salud mental, que a menudo son el resultado de estos procesos sociales de empobrecimiento. Así, el fenómeno de la reacción masculina ante la pérdida de estatus económico es un patrón que se observa en muchas sociedades. Este es también un vehículo de derechización, que en parte explica por qué en muchos países occidentales los hombres simpatizan más con las opciones reaccionarias que las mujeres, que tienden a apoyar más opciones progresistas, la llamada “brecha política de género”.

Desindustrialización y machismo

Aunque la clase obrera no es necesariamente la principal base electoral de los partidos de derecha radical, algunos antiguos distritos obreros en declive sí muestran considerable apoyo a estas opciones. En Francia, las antes potentes regiones industriales del norte que votaban al Partido Comunista hoy lo hacen mayoritariamente por Marine Le Pen. Podemos observar fenómenos similares también en comunidades mineras donde la automatización eliminó trabajos tradicionalmente masculinos, o en áreas rurales donde la agricultura industrializada redujo la demanda de trabajo manual.

El proceso de desindustrialización suprimió millones de empleos manufactureros, muchos hombres perdieron sus trabajos y no fueron capaces de encontrar otros. Como consecuencia, aumentaron de forma radical los problemas de salud mental, los suicidios y el consumo de drogas. También apareció una retórica fácil que vincula la inmigración y el feminismo con esta pérdida de empleos; y siempre es mejor estar enfadado con alguien que estar triste. Aquí floreció gran parte del resentimiento y de la solidaridad negativa (“si estoy mal, creo que otros también deberían estarlo”), emociones que se asocian con el ascenso de las derechas radicales y el panorama político actual. Y el antifeminismo es una buena pasarela.

Hay investigaciones que constatan una fuerte correlación entre desempleo masculino y un aumento de las expresiones e incluso de los comportamientos sexistas. Así, los hombres estadounidenses que pierden su trabajo muestran mayores tasas de oposición al aborto, compran más armas y expresan mayor rechazo a las mujeres políticas. Estos varones que se sienten en posiciones injustas de desventaja tienden a abrazar formas abiertas de sexismo, dice Evans.

En Europa también encontramos evidencia de esta relación entre desempleo masculino y machismo. En Inglaterra, los estudios indican que las personas nacidas en zonas de alto desempleo apoyan en mayor medida la idea del hombre proveedor y muestran más actitudes de rechazo al feminismo y al progresismo. Es cierto que esta correlación podría no ser causal, es decir, que, aunque se den esos dos factores, no necesariamente tendrían que estar relacionados, pero en conjunto parece que hay suficiente evidencia al respecto. Por ejemplo, en varios países europeos se ha corroborado que los hombres jóvenes en áreas con creciente desempleo de larga duración tienden a pensar en mayor medida que el avance de las mujeres se ha producido a su costa y por eso rechazan más abiertamente las reivindicaciones feministas. Y esto no se verifica únicamente en Europa, en Brasil, las regiones con mayor desempleo masculino tendieron a apoyar en mayor medida a Bolsonaro. En este caso, el fenómeno también estuvo relacionado con que la falta de trabajo aumentó la asistencia a las iglesias evangélicas conservadoras que apoyaban al presidente ultra.

Nostalgia patriarcal de la clase trabajadora

Algunos de los factores que explican esta reacción tienen que ver con los procesos de empobrecimiento y de pérdida de poder de los trabajadores como consecuencia del neoliberalismo y el declive de los sindicatos. Por un lado, el papel de los hombres en la sociedad y en la estructura familiar se ha transformado profundamente, al tiempo que lo hacían los roles femeninos: por ejemplo, las mujeres han accedido de forma masiva al empleo, se ha cerrado o ha disminuido considerablemente la brecha salarial y la tasa de matrimonio se ha desplomado, también por diversas causas. Por otra parte, los “buenos empleos” para las posiciones de menor formación o formación técnica han disminuido con la desaparición del empleo industrial, lo que, para Evans, ha conducido a muchos hombres a una suerte de “nostalgia patriarcal”. No obstante, no añoran necesariamente los “roles tradicionales”, sino el hecho de que su trabajo fuese valorado y respetado. Añoran la edad de oro del keynesianismo-fordismo. No es baladí que el discurso de Trump y de otros líderes de derecha radical exhiban una suerte de idealización de esa época. En sus discursos, la nostalgia es tanto por un período en el que los trabajos eran mejores y otorgaban ese lugar social como por un orden de género más definido, de roles más claros, donde el trabajador de fábrica podía disponer también de una mujer subordinada en el hogar. Al fin y al cabo, el pacto social que da lugar al estado de bienestar pleno de esa época estaba edificado sobre un orden de género profundamente patriarcal: el del salario familiar y el cabeza de familia como patrón de la misma.

El papel de los hombres en la sociedad y en la estructura familiar se ha transformado profundamente

Hay que hacer aquí algunas matizaciones. Por ejemplo, estas reacciones afectarían fundamentalmente a los hombres con experiencia o tradición familiar en trabajos de cuello azul, mientras que no afecta a otros segmentos de la clase trabajadora, que siempre, pero especialmente hoy, está mucho más diversificada. Ni social ni políticamente, las clases trabajadoras cualificadas muestran algo parecido a una unidad. Además, en general, los votantes de los partidos de derecha radical no son exactamente los marginales, más bien son en gran medida personas de clase media-baja y de la pequeña burguesía, propietarios o gerentes de pequeñas empresas que no luchan por cubrir sus necesidades básicas, sino que han acumulado recursos materiales que les otorgan un estatus que ahora ven amenazado, como explica el politólogo Tarik Abou-Chadi. Además, esta nostalgia patriarcal se verifica en lugares muy específicos y no es válida para todos los contextos. Por ejemplo, Asturias es una de las regiones de España que ha vivido un desplome más agudo de los trabajos ligados al ciclo industrial, sin embargo, es una de las comunidades donde Vox obtiene peores resultados. La desindustrialización por sí sola no explica mecánicamente el auge de la extrema derecha. El contexto político-cultural importa. La memoria sindical, el tejido social o la capacidad de encontrar otras vías de adquisición de respeto pueden ser formas de contener esos malestares. Otra barrera central es el bienestar material: en Asturias se compensó a los trabajadores de las fábricas cerradas, a diferencia de muchos de los lugares de los que hemos hablado. Una de las claves, entonces, es cómo se experimenta la precariedad material y vital, y si se compone o no en clave de género.

Las desigualdades se viven de forma profundamente generizada. La precariedad laboral, tener que vivir con los padres a los treinta, la falta de horizonte vital… todo eso se experimenta como fracaso personal, pero específicamente como fracaso en tanto que hombre. Las expectativas han cambiado bastante, pero si el modelo del hombre proveedor ya no es el ideal, ese modelo no ha sido sustituido por otro alternativo, más allá de la imagen de éxito asociada al dinero, inalcanzable para la mayoría. No se han ampliado las vías de adquisición de respeto social. Más bien estas se han reducido a medida que aumentaba el individualismo, se desintegraba el mundo obrero y la cultura a la que daba forma, se debilitaba la lucha política y, por tanto, crecían la explotación y la pobreza mientras se desmontaba el estado del bienestar que había sido consecuencia de esa fuerza acumulada. De manera que, en contextos de depauperación creciente, algunos de estos hombres pueden apostar por reforzar los roles de la masculinidad más explícitamente sexista como vía para restaurar su estatus. Pero ese dolor podría tener otras traducciones y otras salidas: podría convertirse en lucha colectiva contra quienes realmente destruyen sus vidas. La disputa por el sentido del malestar es el terreno político central de nuestro tiempo. Porque la rabia está ahí, solo falta dirigirla hacia los que hacen negocio de la explotación y sus comparsas políticas.

Nuria Alabao. Es periodista y doctora en Antropología Social. Investigadora especializada en el tratamiento de las cuestiones de género en las nuevas extremas derechas.

Fuente: https://ctxt.es/es/20260101/Firmas/51618/Nuria-Alabao-desindustrializacion-nostalgia-patriarcal-machismo-antifeminismo-clase.htm

12/06/2025

El mito de la libre elección

 ¿Somos libre de elegir lo que queramos?

Fuentes: https://desdelosmargenes.com

La filosofa y feminista Ana de Miguel nos comparte su análisis sobre la supuesta libertad de elegir en una estructura patriarcal que nos socializa


El mito de la libre elección remite a una de las preguntas clave de la teoría feminista actual. La pregunta sobre cómo se reproduce y legitima la desigualdad en las sociedades formalmente igualitarias. En sociedades que han dejado atrás los patriarcados de coacción y viven en patriarcados que necesitan legitimarse en el consentimiento1 y la libre elección de cada persona.   

Entonces, ¿cómo se reproduce la desigualdad? ¿Cómo se está reproduciendo el rosa y el azul, con su conjunto de normas, valores y sentidos de la vida diferenciados?  

Una respuesta extendida niega tal desigualdad: chicas y chicos ya viven en igualdad. Y si hay diferencias en sus comportamientos son eso, diferencias, no desigualdades. La libre elección individual se convierte en el factor explicativo de las conductas sesgadas por el sexo-género. Si las niñas juegan con maquillaje y llevan el pelo largo: pues nada, es su libre elección, ¿desde los 2 años?, sí, ¿dónde está el problema? No hay tal problema porque la niña que libremente lo elige se corta el pelo, juega al fútbol. Al igual que el niño que quiere llevar su falda y su Barbie a segundo de infantil encuentra la indiferencia teñida de respeto a su decisión.

En el fondo, bajo este discurso de la libre elección individual subyace un neodeterminismo bastante popular y de sentido común. ¿He hecho yo alguna diferencia en la educación de mis hijos? Se preguntan madres y padres. No, yo apoyo la igualdad, por tanto, todas las diferencias que observo se tienen que deber a una cierta tendencia natural. Ellas son de Venus y ellos son de Marte. 

El razonamiento anterior parece impecable. Impecable desde una visión tan cándida como errónea sobre cómo se han conducido realmente los progenitores y sobre cómo funciona la sociedad. Es un razonamiento que ignora la existencia de estructuras ideológicas y materiales que condicionan nuestra subjetividad desde el nacimiento. Un razonamiento cuyo paralelo sería negar la influencia de las estructuras económicas en las libres elecciones individuales de las personas. Que un adolescente elige libremente pasar el año escolar en Canadá, aprendiendo inglés y otro no salir de su barrio, ni en verano, cómo es la diversidad humana. Celebremos la diversidad que lleva a unos a lucir sus vacaciones en la costa y a otros a dar un like desde su undécimo contrato basura. Si en estos últimos casos nuestro sentido común nos hace ver que estas no son libres elecciones –aunque es lo que intenta el neoliberalismo actual- sino producto de una desigualdad económica injusta, ¿cómo es posible que en lo que hace a las “libres elecciones” basadas en la desigualdad patriarcal persista una ceguera voluntarista que se expresa como: “que lo haga sólo la que lo elija”

Un debate habitual es el de cómo es posible distinguir entre lo que sí es libre elección y lo que es fruto de un sistema de opresión. Y, sobre todo, el de quienes están cualificadas y desde qué criterio para hacerlo sin caer en el llamado problema del paternalismo, digamos maternalismo. Es decir, sin sostener que una minoría puede saber mejor que la propia interesada qué es mejor para ella o dónde está asintiendo en condiciones de ausencia de igualdad y libertad frente a una situación o frente a otros. 

Hay una respuesta posible, que remite al proceso colectivo en que llevamos los últimos siglos y se llama feminismo.  Es la teoría y la práctica del movimiento, su caja de herramientas, la que nos ha ido permitiendo redefinir como injusticias y abusos lo que en su día se definió como “si ellas lo quieren así”. El feminismo puede aquí interpretarse como el camino que hemos recorrido para discernir qué es fruto de un sistema de coacción que lleva a la servidumbre voluntaria2 y qué fruto de una libertad y un proyecto de vida que exige unas condiciones básicas de igualdad y reciprocidad. 

El feminismo nos ha hecho comprender que las mujeres que soportan malos tratos y violencia en sus relaciones no lo “eligen libremente” por mucho que aguanten durante años. Que quienes renuncian a tanto para cuidar sin apoyo a sus hijos o sus mayores no lo hacen exactamente porque quieren y les da la gana. Durante siglos sí fue así, ahora ya no. El problema que hoy como ayer afrontamos con la visión individualista y neoliberal de lo social es que las estructuras de poder que determinan nuestras vidas siguen siendo opacas, invisibles. Hasta que el pensamiento crítico nos alienta a descubrir que los discursos tipo “que se prostituya solo la que quiera”, “que deje el trabajo asalariado para cuidar solo la que quiera” son equivalentes a “que trabaje de forma precaria solo el que quiera”. Por no citar a Spinoza y su planteamiento de la cuestión: podemos saber lo que queremos, pero ¿sabemos las causas de por qué lo queremos?  

El problema que revela el mito de la libre elección es que el ser para los otros de las mujeres ya no puede legitimarse en la naturaleza o en la tradición. Tiene que hacerlo apelando a su libertad. Negando las condiciones sociales de la vida humana y responsabilizando – más bien culpando- a cada persona de no ser la emprendedora y la triunfadora, la mujer 10 que con toda libertad puede elegir ser. 


Fuente: https://desdelosmargenes.com/articulo/el-mito-de-la-libre-eleccion/

Notas-

1 Diferencia acuñada por Alicia Puleo en su texto “Patriarcado” en Celia Amorós (dir.) Diez palabras clave sobre mujer, Pamplona, Verbo Divino, 1995.  
2 Servidumbre voluntaria es un concepto de la filosofía política que ha recuperado con fuerza los enfoques neorepublicanos de la libertad. 

Sobre la autora

Profesora Titular de Filosofía Moral en la UNED. Ha sido miembro del Seminario Feminismo e Ilustración fundado por Celia Amorós en la Universidad Complutense de Madrid y dirige en la actualidad el ya clásico curso Historia de la Teoría feminista fundado en 1991. Entre sus publicaciones destaca Neoliberalismo Sexual. El mito de la libre elección (2015, 20 ediciones) y Ética para Celia. Contra la doble verdad (2021).

Mujeres afganas deportadas por la fuerza regresan a una vida de miedo y ansiedad

 La autora es una periodista afgana, formada con apoyo finlandés antes de la toma del poder por los talibanes. IPS mantiene su identidad anónima por razones de seguridad.

Roya comparte su historia con nuestra periodista en la provincia de Parwan y describe el miedo y la incertidumbre que enfrenta tras haber sido deportada desde Irán. Imagen: Learning Together  Periodista de IPS

PARWAN, Afganistán – Cuando Roya, una exagente de policía bajo el gobierno de la República de Afganistán, dejó el país con su familia, sintió un gran alivio al escapar del horror del régimen talibán. Nunca imaginó que menos de tres años después sería obligada a regresar a las mismas condiciones, solo que peores.

Ahora pasa noches sin dormir, aterrorizada ante la posibilidad de ser identificada como exagente policial, un rótulo que conlleva consecuencias graves.

Roya, de 52 años, es madre de cuatro hijos. Durante los años de la República trabajó en la unidad de registro y cacheo de mujeres de la provincia de Parwan y ganaba lo suficiente para mantener a su familia.

Cuando el gobierno colapsó y los talibanes recuperaron el poder en 2021, ella, como cientos de otras mujeres uniformadas, se convirtió en blanco de amenazas directas e indirectas. El miedo por su vida y su dignidad la empujó a migrar. Huyó a Irán, donde ella y su familia, de seis integrantes en total, pasaron unos años en relativa seguridad.

“En Irán trabajé en una fábrica de pasta de tomate”, recuerda. “Teníamos una casa, comíamos bien y, sobre todo, tenía tranquilidad porque vivíamos con una seguridad relativa”, dice Roya.

Vida callejera en la provincia de Parwan, Afganistán. Imagen: Learning Together

Sus hijas también encontraron empleo. “Zakia, de 23 años, que había completado su primer año en la Universidad de Kabul antes de que nos fuéramos, consiguió trabajo en una tienda grande de electrodomésticos, como vendedora y operadora informática. Setayesh, que cumplió 21 este año, se lanzó con entusiasmo a un empleo en un salón de belleza, especializándose en trenzas. Todos tenían algo que hacer y ganaban un ingreso”.

Pero esa estabilidad no duró. El aumento de las tensiones políticas entre Irán e Israel desencadenó fuertes redadas contra migrantes afganos en territorio iraní.

“A las dos de la tarde, funcionarios iraníes entraron en nuestra casa sin previo aviso”, relata Roya. “No tuvimos tiempo de reunir nuestras pertenencias, y mucho menos de recuperar el contrato de alquiler de la casa en la que vivíamos”, añade.

Ella y sus hijas fueron deportadas por la fuerza de regreso a Afganistán, mientras los hombres de la familia estaban trabajando. Una semana después, uno de sus hijos llamó desde la frontera de Islam Qala y la familia finalmente se reunió.

Ahora, Roya vive en Afganistán en condiciones extremadamente difíciles. No tiene trabajo, no recibe apoyo y vive con el miedo constante de que su pasado como policía pueda ponerla a ella y a su familia en peligro.

“Todas las noches me voy a dormir con miedo, preocupada de que mi identidad pueda quedar expuesta. No sé qué sucederá si descubren que trabajé anteriormente en la policía”.

Un mercado en la provincia de Parwan, donde las mujeres se mueven en espacios públicos restringidos bajo el régimen talibán. Imagen: Learning Together

Es una de varios cientos de mujeres expulsadas por la fuerza desde Irán hacia un país donde quienes trabajaron en las fuerzas de seguridad bajo el gobierno anterior son tratadas como criminales, y donde el recuerdo de su uniforme se convirtió en una pesadilla de posible encarcelamiento.

Bajo el régimen talibán, las mujeres que fueron parte del personal militar o civil se ven obligadas a ocultar su identidad. Algunas incluso quemaron sus documentos laborales. Otras, como Roya, permanecen dentro de sus casas, evitan el contacto social y pasan las noches atormentadas por el miedo a ser reconocidas.

“Decidimos escapar a Irán para librarnos de las estrictas leyes de los talibanes. Pero ahora estamos atrapadas en las mismas restricciones otra vez, solo que con las manos vacías y el espíritu aún más agotado”, dice Roya.

Roya y su familia viven ahora temporalmente en la casa de un pariente en la provincia de Parwan, enfrentando un futuro incierto.

La deportación masiva de migrantes afganos desde Irán afecta especialmente a las mujeres, cuya situación se ha deteriorado progresivamente bajo el régimen talibán. Con cada día que pasa, disminuyen las oportunidades de empleo y la participación en la vida pública.

Los talibanes han despojado a las mujeres del derecho al trabajo, la educación, los viajes e incluso la simple libertad de visitar parques. Las mujeres que alguna vez sirvieron a su gobierno ahora son tratadas como ciudadanas de segunda categoría en sus propios hogares.

La historia de Roya refleja la experiencia de vida de cientos de mujeres: una consecuencia combinada de políticas regionales disfuncionales y de un gobierno nacional extremista e intolerante con los derechos de las mujeres.

Roya también relata la historia de su vecino, Mohammad Yousuf, un trabajador de la construcción de 34 años, que fue golpeado violentamente por funcionarios iraníes. Fue arrojado a un vehículo sin recibir los salarios adeudados durante varios meses ni permitirle recoger sus pertenencias de la pequeña habitación donde vivía.

Mientras tanto, el ritmo de deportaciones de migrantes afganos desde Irán se aceleró drásticamente en 2025, según varios medios nacionales e internacionales, incluidos Iran Time, Afghanistan International e Iran International, así como organizaciones internacionales.

La Organización Internacional para las Migraciones informó que, desde principios de mayo de 2025, se produjo una oleada de deportaciones masivas forzadas, que afectaron principalmente a familias, a diferencia de tendencias previas que involucraban sobre todo a hombres solos.

En los primeros cinco meses de 2025, más de 457 100 personas regresaron desde Irán. De ellas, aproximadamente 72% fueron deportadas por la fuerza, mientras que el resto volvió de manera voluntaria.

En un año, más de 1,2 millones de personas fueron deportadas desde la frontera de Islam Qala hacia Afganistán.

El punto máximo de la campaña de deportaciones coincidió con el aumento de tensiones entre Irán e Israel en junio de este año. Más de 500 000 personas fueron expulsadas en solo 16 días, entre el 24 de junio y el 9 de julio. En total, para comienzos de julio de 2025, más de 1,1 millones de personas habían sido devueltas por la fuerza. Se reportaron tasas diarias de deportación de hasta 30 000 personas.

Irán ha utilizado métodos duros y a menudo violentos para expulsar a los migrantes afganos. Estas medidas incluyen inspecciones en los lugares de trabajo, arrestos nocturnos, redadas domiciliarias y destrucción de documentos legales, incluidos pasaportes y visas válidas. Numerosos casos de violencia, maltrato y privación de servicios básicos como atención médica y alimentos han sido reportados.

Organizaciones humanitarias y de derechos humanos internacionales han calificado estas acciones como violaciones del principio de no devolución y una grave amenaza para los refugiados, y han exigido que las deportaciones forzadas se detengan de inmediato y se respeten los derechos legales.

Informes de Naciones Unidas y de organizaciones de derechos humanos indican que los retornados afganos, especialmente mujeres, minorías y personas que trabajaron con el gobierno anterior, enfrentan un alto riesgo de detención arbitraria y tortura.

Irán ha declarado que pretende deportar a un total de 4 millones de migrantes afganos, de los cuales alrededor de 1,2 millones ya fueron enviados de regreso.

Funcionarios iraníes afirmaron que las deportaciones serían “dignas y graduales”, pero la evidencia muestra que las presiones, amenazas y arrestos sin consentimiento han sido generalizados.

Las consecuencias sanitarias, sociales y de seguridad de estos retornos imponen una pesada carga sobre Afganistán, saturando los cruces fronterizos y los centros de recepción. Muchas personas soportan calor extremo de hasta 50°C sin acceso a agua ni refugio.

Según un informe de Naciones Unidas publicado en julio, 1,35 millones de refugiados afganos se vieron obligados a abandonar Irán en los últimos meses. Muchos fueron arrestados y deportados, mientras que otros regresaron voluntariamente por temor a detenciones arbitrarias.

11/01/2025

Opus Dei y más grupos de ultraderecha que toman fuerza en América Latina

De acuerdo con el informe «De España al mundo: la proyección global de la ultraderecha española contra los derechos sexuales y reproductivos» son cinco grupos los que operan desde España. La lista está conformada desde la institución religiosa del Opus Dei, plataformas de movilización y agitación cultural como Hazte Oír y CitizenGO, la red trasnacional Political Network for Values (PNfV), así como el partido político Vox. Todas ellas, emplean la «ideología de género» como una etiqueta para desacreditar varios movimientos sociales, uno de ellos fue el feminista.

Sus agendas no solo impactaron al interno del país, sino también las agendas públicas, legislativas y culturales de varios países de América Latina con ayuda de proyectos políticos, religiosos, ideológicos y económicos coordinados globalmente como refiere el informe. Entre las estrategias se incluyó discursos antigénero ayudando al crecimiento de la extrema derecha y creando campañas contra derechos y libertades.

Hay que decir que esta ideología de ultraderecha defiende una visión conservadora la cual promueve políticas que limitan derechos individuales en favor de un orden tradicional basado en la identidad nacional, la religión y la autoridad de Estado.

En Argentina, Javier Milei asumió la presidencia el 10 de diciembre de 2023 con apoyo público de figuras de ultraderecha como Viktor Orbán, Santiago Abascal, Jair Bolsonaro y José Antonio Kast. Sin embargo, trece años antes grupos como Hazte Oír se infiltraron en marchas y movilizaciones que debatían el matrimonio igualitario. Tres años después, CitizenGO conectó con grupos como Argentinos Alerta centrándose en trabajar contra el aborto, educación sexual y el derecho a morir dignamente.

En el país nació la campaña «Con mis hijos no te metas» como una iniciativa contra la educación sexual desde 2006. Entre 2018 y 2020, cuando se estaba debatiendo el aborto, emergieron campañas masivas de la derecha donde recogieron firmas para hacer presión mediática y legislativa. Al mismo tiempo, se tejieron alianzas políticas como la del político argentino Agustín Laje con el partido Vox y gobiernos locales con Opus Dei.

En 2019, nació la coalición política Frente NOS que integró al Partido Conservador Popular, Fuerza Republicana, Nueva Unión Ciudadana, Acción Chaqueña para competir por la presidencia a través de discursos nacionalista, conservador y en defensa de los valores cristianos; sin embargo, no ganaron las elecciones, aunque sí impusieron la narrativa contra la ideología de género lo que causó en que 2023, Milei y su gobierno de extrema derecha ascendieran.

Radiografía de la derecha conservadora en el mundo. En Alemania avanzó – cimacnoticias.com.mx

Es de mencionar que el panismo en México ya tuvo un enlace con el dirigente de Vox, Santiago Abascal, pues el 2 de septiembre del 2021, el entonces recién nombrado coordinador de la bancada del PAN en el Senado, Julen Rementería del Puerto, organizó una reunión con el ultraderechista, con quien además firmó la Carta de Madrid, que establecía «la lucha contra el comunismo», situación que desató polémica.

Ante el escándalo que generó esa visita al Senado, el PAN intentó corregir y lanzó un comunicado, donde señaló que en la reunión sí estuvieron algunos senadores, pero su participación fue a “título personal” con uso de su libertad.

También ofrecieron una disculpa por las interpretaciones que se dieron, ya que no se suscribió ningún acto político y que en la Carta de Madrid “se manifestaba la disposición individual de trabajar en la defensa del Estado de derecho”.

Desde Chile, Jaime Guzmán, fundador de la Unión Democrática Independiente (UDI) articuló un conservadurismo alineado con el Opus Dei formando a líderes como José Antonio Kast y Joaquín Lavín. Gracias al legado pinochetista (1973-1990) la Iglesia adquirió gran poder que fue perdiendo ante casos de abuso permitiendo avances legislativos progresistas como la despenalización del aborto bajo tres causales y leyes contra la violencia de género.

En respuesta, a partir de 2017, la ultraderecha conservadora comenzó a movilizarse contra reformas educativas y sociales. Para 2019, el impulso del feminismo sobre otros derechos impulsó un proceso constituyente con paridad de género que fue rechazado en un plebiscito en 2022 con 62% de los votos y Axel Kaiser creó el Partido Nacional Libertario con la que se volvió a instaurar la ideología de extrema derecha que reinterpreta a Augusto Pinochet (militar y ex presidente chileno que instauró una dictadura) y retomó discursos de la agenda de España.

De acuerdo con L’Associació de Drets Sexuals i Reproductius, Guatemala se convirtió en un país laboratorio de políticas antigénero en el que actores internacionales probaron estrategias que, posteriormente, exportaron a otros países. Los grupos de extrema derecha conectaron con élites locales relacionadas con corrupción, logrando transformar ideologías en políticas públicas y proyectos de Estado.

Comenzando con la influencia de la familia Arzú, las principales redes familiares en Guatemala con un papel significativo en la política del país que datan de 1770. En varias ocasiones han sido señaladas de mantener vínculos con el Opus Dei controlando cargos a través del Partido Unionista cuyo eslogan es «Dios, Patria y Libertad». No obstante, fue el gobierno de Jimmy Morales (2016-2020) el que terminó de impulsar la extrema derecha cuando defendió los valores tradicionales y promovió la iniciativa 5273 y el Frente Parlamentario por la Vida y la Familia para institucionalizar la agenda antigénero.

«Libertad, Patria y Familia», el guiño del PAN a la ultraderecha mundial – cimacnoticias.com.mx

Durante la presidencia de Alejandro Giammattei (2020-2024), se promovieron políticas antigénero como parte del proyecto autoritario que coincidieron con el ascenso de Bolsonaro y Bukele en América Latina, Viktor Orbán en Europa y la Fundación Disenso y el Foro Madrid en España, lo que consolidó conexiones globales de la derecha extrema. En consecuencia, se implementaron la Política Pública de Protección de la Vida y la Familia (2021-2023) y la Ley para la Protección de la Vida y la Familia que creó una simbología institucional.

En El Salvador, históricamente la Iglesia católica controló la sexualidad y la reproducción a través de posturas antigénero y antiaborto con el apoyo de actores políticos como la Alianza Republicana Nacionalista (ARENA) y el Opus Dei. Las iglesias evangélicas crecieron al 37% en 2025 cuando el 1998 su representación fue del 20%, esto ocasionó la articulación de redes internacionales ultraconservadoras como el Congreso Iberoamericano por la Vida y la Familia, la Organización de los Estados Americanos (OEA) que reforzaron narrativas contra el género y los derechos sexuales y reproductivos.

Desde 1997 el aborto está prohibido en el país obligando a la sociedad civil y organizaciones como la Agrupación Ciudadana por la Despenalización del Aborto a buscar apoyo de vías internacionales como la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CoIDH). Uno de los casos más emblemáticos es el de Beatriz, una mujer con lupus y embarazo inviable a quien se le negó el aborto en 2013.

Corte Interamericana falla contra El Salvador por negar derecho al aborto a Beatriz – cimacnoticias.com.mx

Con Nayib Bukele en el poder —quien inicialmente comenzó siendo un joven liberal cercano a movimientos LGBT y pasó a convertirse en un líder ultraconservador y antigénero— se eliminaron instituciones de derechos humanos y programas sociales como Ciudad Mujer, se calificaron los abortos como genocidios y se eliminaron reformas sobre derechos sexuales o eutanasia. A esta lista se suma el régimen de excepción y el encarcelamiento de más de 85 mil personas para controlar el discurso público sobre sus acciones.


10/25/2025

Mentira patriarcal sobre mentira patriarcal

 Bulos, extrema derecha y falso síndrome post-aborto

Fuentes: https://tribunafeminista.org

Sobre los bulos de la extrema derecha con relación al aborto


Bueno, pues desde la misma distribuidora de embustes que en España se presenta bajo las siglas de la formación política Vox, que niega la violencia machista y en paralelo alude a un inexistente “síndrome de alienación parental”, activo exclusivamente en mujeres que son madres y están en trámites de separación, ahora nos llega otro embuste, el inexistente “síndrome post aborto”, que al parecer estaría activo en mujeres tras ejercer su derecho sanitario de Interrupción Voluntaria de su Embarazo (IVE).

Pero en una sociedad como la española en la que el apoyo social a la legalización de la Interrupción Voluntaria del Embarazo (IVE) es mayoritario, situándose en torno al 70%-83% de la población, esta vez el intento de socavar los derechos humanos específicos de las mujeres en función de su sexo, que es una ciénaga patriarcal en la que chapatea con entusiasmo el fanatismo de Vox, no ha fructificado.

Aunque siempre hay que estar atentas/os al certero refrán “Miente, miente, que algo queda”, porque es el objetivo que siempre han buscado los que llegan al poder para imponer los intereses particulares de un reducido segmento poblacional hermanado por la desvinculación ideológica de la preservación del modelo democrático, y que por tanto consideran un obstáculo para su ansia totalitaria y mentalidad supremacista el mecanismo de salvaguarda ciudadana que constituyen los derechos humanos universales.

Por eso creo que hay que aportar datos y argumentos más detallados sobre la brutalidad ignorante, y marca de la casa, que hay tras la vergonzante invención del inexistente “síndrome post aborto”, y como además de psicóloga sanitaria mi ideología es Feminista, tres frases célebres de una de las fundadoras iniciales del pensamiento Feminista,  Mary Wollstonecraft, me parecen muy pertinentes en estos momentos:

__”La verdadera grandeza de una nación se ve en cómo trata a sus mujeres.”

__”La razón es la única base de la libertad.”

__”La opresión de las mujeres es una lacra que debe ser erradicada.”

Lo primero que hay que tener en cuenta es que no se pueden mezclar y confundir 2 tipos muy diferentes de situaciones sanitarias.

Por un lado están las mujeres a las que les sobreviene un aborto espontáneo, o a las que hay que practicarles un aborto inducido porque su vida corre peligro, o porque se ha comprobado que el feto no tiene un desarrollo compatible con la vida.

Estas mujeres deseaban un embarazo, y querían que ese embarazo concluyera en un parto y en una maternidad que esperaban con ilusión, pero que de forma inesperada se ve frustrada.

Y esa pérdida es la que podría necesitar en un reducido número de casos una atención sanitaria.

Pero una situación sanitaria muy diferente es la que supone la decisión de Interrumpir Voluntariamente el Embarazo (IVE), cuando ese embarazo no estaba previsto ni es deseado, y no genera ninguna ilusión, sino, muy al contrario, una enorme angustia y sufrimiento por el brutal impacto y el consiguiente deterioro que en la vida de una mujer tiene una maternidad no deseada.

Porque traer a un ser humano a este mundo con las cifras de feminización de la pobreza que cada año son más elevadas, al igual que el número de menores en situación de pobreza severa, es un acto de enorme responsabilidad que requiere previsión y planificación, y que no puede imponerse bajo ningún concepto en un modelo democrático.

Y es que la estima por la adquisición de conocimiento y la responsabilidad en la toma de decisiones respecto a él es un deber ciudadano, pero no parece que en quienes dirigen la distribuidora de embustes exista esa estima, y mucho menos que algo similar al rigor forme parte de sus esperpénticas denuncias sobre “falta de información ante un IVE”.

Y a los hechos me remito, porque ni un solo dato de los que detallo y que proceden de investigaciones rigurosas y a las que es fácil tener acceso, al parecer puede penetrar su capa de intolerancia ignorante respecto a la juiciosa sensatez en la toma de decisión de la IVE:

__”Aumenta la natalidad y la precariedad en madres adolescentes que dejan de estudiar.”   

__”El desempleo afecta con mayor intensidad a las mujeres al frente de una familia monoparental ya que, si el 22% de las mujeres se encuentra desempleada, la cifra se eleva hasta el 53% en el caso de las que encabezan una familia monoparental, según se desprende del V Informe #MonoMarentalidad y Empleo elaborado por Fundación Adecco.”

__”Un 65% de las encuestadas encuentra dificultades para compaginar su faceta profesional con el cuidado de los suyos.”

__”Muchas de ellas necesitan trabajar a tiempo parcial para poder compatibilizar su empleo con la maternidad, y el pago de guarderías/cuidadores no queda cubierto con el salario que reciben.”

__”Las que buscan trabajar a tiempo completo pues cuentan con apoyo familiar para el cuidado de sus hijos, tienen muchas dificultades para encontrar un contrato a tiempo completo que no sea temporal.”

__”Según este informe los hijos de familias monoparentales encabezados por una mujer corren un riesgo mucho mayor de sufrir pobreza que sus coetáneos, con lo que básicos como la educación o su salud se ven seriamente comprometidos. Ello puede conducirles, a su vez, a una futura exclusión laboral».

__”El 53,3% de las familias monoparentales se encuentra en riesgo de exclusión o pobreza, frente al 27,9% general. En esas familias monoparentales el 83% están encabezadas por una mujer.”

__”Las dificultades de acceso al empleo se convierten en el mayor desencadenante de pobreza: un 43% de estas mujeres no tiene trabajo, mientras que un 17% afirma tener algún tipo de ocupación, pero sin contrato: el 11% figura en los registros de desempleo, mientras que el 6% restante no ha acudido a los mismos por desmoralización o situación de irregularidad.”

__”7 de cada 10 lleva más de un año sin empleo: un 48% supera los 24 meses y un 22% lleva entre 1 y 2 años desempleada.”

__”La cronificación del desempleo afecta especialmente a mujeres mayores de 55 años, a aquellas con discapacidad, víctimas de violencia de género o que están al frente de una familia monomarental.”

__”Según los últimos datos, un total de 1.400 niños adoptados han sido devueltos en España en los últimos 20 años.”

__”El perfil principal de los niños y niñas adoptados en España son niños entre 0 y 3 años. Cuanto más mayores son más dificultades tienen para ser adoptados. La mayoría de estos niños están en centros residenciales aunque la ley señala que ningún menor de 6 años debería estar ahí, sino con familias de acogida». «Las administraciones están intentando cumplir esto, aunque les cuesta, no hay suficientes familias dispuestas a acoger para que estén con ellos”.

__”Todos los menores que están esperando a una familia tienen algún tipo de daño, aunque solo sea a nivel emocional por las experiencias que han vivido».

__”Cuando hablamos de salud mental, debemos tener muy presente que no existen verdades absolutas, y esta idea es especialmente cierta en el caso de las personas adoptadas. Algunas se sentirán abandonadas, otras se sentirán profundamente agradecidas por su familia adoptiva.. (…) A nivel psicológico, el apego con nuestros padres biológicos tiene una gran importancia para nuestra estabilidad mental y emocional. (…) El sentimiento de abandono, la sensación de culpa o la incapacidad para establecer vínculos son problemas habituales entre los menores adoptados.”

Las mujeres no toman a la ligera la decisión de Interrumpir Voluntariamente un Embarazo no previsto, ni planificado, ni querido, porque es muchísimo lo que se juegan en esas circunstancias , y lo que merecen por ello es el máximo respeto.

Y la actitud que ante ellas sistemáticamente tiene Vox, y cualquier partido político que se alinee con su estulticia fanática, es rastrera, ruin y miserable.

Aunque si hay algo rescatable de esta ignominiosa actuación política de Vox, es que una vez más nos ponen en bandeja señalar que de su mano se produciría un peligrosísimo quebrantamiento de los valores democráticos y del aún endeble camino hacia la convivencia igualitaria entre los sexos.

Por eso es una enorme satisfacción comprobar que las mujeres con ideología Feministas somos Kriptonita para Vox. Nos encanta saber que lo estamos haciendo muy bien.


Fuente: https://tribunafeminista.org/2025/10/mentira-patriarcal-sobre-mentira-patriarcal/