8/09/2026

Verdad, opinión, creencia, propaganda

Fabrizio Mejía Madrid

"La idea es que se rebaje la verdad al nivel de propaganda, es decir, la construcción de la realidad a favor del miedo". 

Verdad, opinión, creencia, propaganda. Por Fabrizio Mejía Madrid

En la consulta sobre el derecho de las audiencias a contar con defensorías y códigos de ética en tele y radio, verdad, opinión, creencia, y propaganda se confunden interesadamente para hacer pasar una por la otra y alegar censura. Dos debates anzuelo captaron la atención esta semana: que la revista Nexos publique que el genocidio en Gaza no es un genocidio, y que Reforma sostenga, a través de Sarmiento, que quien tiene que demostrar que no es
narcogobierno es la 4T o el INE y no "Alito" Moreno que es quien lo asegura. Ambos anzuelos se desbaratan fácilmente cuando sabemos que una verdad no es una opinión, ni esta es propaganda, no todas son creencias. Esta columna trata de eso. Bienvenidos de vuelta al mundo de la verdad.

Se puede empezar sólo definiendo las cosas: verdad son las evidencias y hechos que se sostienen en la realidad; la opinión es un juicio o un gusto o disgusto personal; la creencia es una fe que te da seguridad; la propaganda son anuncios que pretenden influir en tus acciones. Pongamos un ejemplo de la vida cotidiana. Una verdad es que el planeta Tierra es redondo, achatado en los polos. Una opinión es que yo veo que la Tierra se extiende en línea
recta. La creencia es que la Tierra es plana. La propaganda es que si crees que el planeta es redondo te han manipulado y creciste sin criterio propio. Veamos, ahora, un ejemplo del derecho a la salud. La verdad es que las vacunas producen inmunidad contra ciertas enfermedades. Una opinión es que no te gusta que se las pongan a tus hijos. La creencia es que producen autismo. La propaganda es que te inyectan un robot microscópico que te hará un zombie manipulable. Ahora pongamos un ejemplo político. Una verdad es que los programas sociales llegan a 42 millones de mexicanos. Una opinión es que quienes los reciben deberían de hacer algo para merecerlos. La creencia es que el mercado libre debería de regular todo y que el único papel del Estado debería servir de policía; propaganda es que si la 4T sigue en el gobierno, se va a acabar todo el dinero que pagamos de impuestos, se endeudará al país, y México será Venezuela. Está clara la diferencia entre lo que sucede en la realidad y los juicios y arrebatos que no cambian estas realidades: la Tierra sigue siendo redonda, las vacunas nos ayudan a producir los anti-cuerpos para defendernos mejor de ciertas enfermedades, y que los programas sociales benefician a 42 millones de mexicanos, independientemente de que te guste, no lo creas o te den miedo. El gusto o el asco determinan nuestras opiniones y sesgos para tomar ciertos datos y arreglarlos con respecto a ellos. Nuestras creencias dependen, más bien, de que nos hace sentido y nos da certidumbres. Y la propaganda siempre se basará en el miedo a lo que vaya a ocurrir. La opinión es personal. La creencia es interior. La propaganda es exterior. Sólo la verdad está compuesta de datos, eventos, dichos, y predicciones que todos podemos verificar. En ese sentido es universal y decimos que es colectiva.

En la disputa por las defensorías de las audiencias y los códigos de ética, a los medios de radio y televisión les conviene que no se haga la diferencia entre verdad, opinión, creencia y propaganda porque sólo así podrían hacer pasar todo su revoltijo de conceptos tergiversados, hechos y dichos sin validar, y predicciones fallidas como parte de una supuesta libertad de expresión. Por eso, como dijo célebremente Raymundo Rivapalacio: “La verdad ya es irrelevante”. Sólo así se puede afirmar, como hizo Enrique Krauze, que “a partir de 2024, México será una monarquía”. Se tergiversa el concepto: a pesar de que una monarquía se refiere a la existencia de un rey en el poder, cuya descendencia es la forma de sucesión, digo que México lo será porque me da mi gana. El dicho no se valida con ninguna semejanza entre la democracia en la que votan 36 millones de mexicanos por la izquierda y el dicho del ingeniero Krauze de la monarquía. Y la predicción es fallida porque, en realidad, es propaganda, es decir, se basa en el miedo a lo que va a ocurrir y no en algo que realmente está en marcha en el presente. Es curioso cómo a una conferencia de prensa como La Mañanera se le acuse de propaganda cuando, en realidad, está plagada de datos, hechos, testimonios y hasta denuncias de parte de los reporteros que asisten, los secretariuos de Estado que exponen, y lo que comenta la Presidenta de la República. Y es que decir que La Mañanera es propaganda es una opinión, una creencia, o propaganda, pero no es verdad. Quien así lo sostiene, como Héctor Aguilar Camín, también confesó por escrito jamás haber visto una de esas conferencias a las que calificó de propaganda. No haberla visto sería suficiente como para no poder asegurarlo. Pero no. Por eso quieren confundir opinión, creencia, y propaganda con verdad.

El ataque sobre la verdad ha venido desde muchos flancos. La academia, por ejemplo, tomó aquello de que a una partícula subatómica no se le puede medir, al mismo tiempo, su lugar y su velocidad, y acabó asegurando que nuestra mirada cambia el objeto que se mira. En el caso de los electrones en los átomos esto era tan cierto como falso llevarlo, extrapolarlo, al ámbito humano. Pero, una vez que el principio de incertidumbre de Heisenberg, que era sobre los electrones, se llevó a las ciencias sociales y a las humanidades, ya nuestra mirada era como la luz que se le echaba al electrón y que lo hacía cambiar de rumbo. Como si tuviéramos visión de superhéroe. Esto hacía que ya todo fuera un punto de vista y se perdió la ambición de abarcar la realidad. Esto también le pasó a la literatura que se aburrió de contar historias grandes y las sustituyó por el fragmentismo o la autoficción. Los posmodernos, que fueron los intelectuales del neoliberalismo, criticaron con fuerza lo que llamaban “grandes relatos” por grandes, y los quisieron sustituir por microficciones, que nadie criticó por ser micros. Lo que estuvo detrás de este ataque fue acabar con las explicaciones totales como el marxismo, el psicoanálisis, y la idea del bien y el mal en política. Así la verdad se convirtió en algo personal y sesgado, es decir, en pura opinión. La posmodernidad neoliberal dio origen a algo que llaman posverdad, es decir, el pensamiento débil e incierto, el terror al compromiso político, y a la confusión entre lo real y lo que yo percibo. Ver lo que quiero ver es hedoismo cognitivo. Eso es la posverdad. En breve, fue este tipo de academia muy mediática en Europa y muy apapachada por las universidades en Estados Unidos, la que cimentó una especie de superioridad al hecho de no buscar la verdad, sino a confesar su debilidad, pequeñez, e incertidumbres en favor de mis propios deseos. Buscar la verdad, narrar los hechos para sostener un sentido de lógica y sentido común sociales dejó de perseguirse. Lo que privó fue inventar la realidad para persuadir, sin importar si es real o no. De ahí a tomar como válidas las imágenes o textos de la IA hay sólo un paso. Políticamente, se dejó de tratar de transformar la realidad y todo se enfocó en sustituirla por tus aspiraciones y ascos. La posverdad no sirve para entender y cambiar el presente, sino para que se ajuste a las mentiras que nos contamos. Pero nada tiene que ver con lo real y lo verdadero que, a menos que uno se haya convertido en un electrón de un átomo, siguen existiendo.

Pero el ataque mayor vino de la propia renuncia a buscar la verdad que, como es colectiva, requiere de contar con perspectivas distintas, distintos puntos de vista desde los que también se le busca. Eso nada tiene que ver con confundir muchas opiniones con la búsqueda de la verdad. La verdad no es una suma de gustos y disgustos. Cuando Rivapalacio dice que “la verdad es irrelevante” lo que hace es eliminar las diferencias entre lo que me gusta y lo que existe, es decir, relativizar todo por medio de darle a la falsedad la misma estatura que la verdad. Una cosa es experimentar la razón impura, es decir, aceptar que la búsqueda de la verdad está llena de los puntos de vista que elegimos para construirla y del sentido que le damos a los hechos y eventos y otra muy distinta es renunciar a buscarla porque ya da lo mismo una mentira que una verdad. Al no regular a la tele y la radio con códigos de ética y defensorías de audiencias, obligamos a los ciudadanos a no comprender ya nada y así a renunciar a lo político.

Ahora vayamos a los dos escándalos de la semana. El de Nexos y el de Reforma. La revista de Aguilar Camín publicó un texto de Ezra Shabot donde se justifica el asesinato de niños y niñas en Gaza para evitar que se conviertan en futuros yihadistas que luchen contra el estado de Israel. La idea del texto, amplificado por personajes como Jorge Castañeda, Enrique Krauze, una integrante de Somos Mix, y el propio Aguilar Camín, tiene como propósito sustituir propaganda por una realidad. Su idea es convertir en realidad un acto de propaganda y así trasladar a la verdad hacia un terreno en el que ya sólo es un spot más, un comercial en los anaqueles de las creencias a modo. Pero no funciona así. El genocidio en Gaza ha sido decretado por la ONU, su relatora Francesca Albanese, por y los principales intelectuales del mundo, muchos de ellos judíos. Notablemente Omer Bartov, Raz Segal, Judith Butler, y David Grossman.

Equiparar a un grupo terrorista como Hamas con la totalidad de los palestinos, incluyendo a los niños que serán terroristas en el futuro, es la aceptación misma del genocidio. Es decir, asesinar a un pueblo por pertenecer a ese pueblo es la definición misma de genocidio. Lo son también el atacar hospitales con embriones, destruir los cultivos, la tierra arable y los sistemas de riego, el uso de bombas de fragmentación en zonas pobladas que no son objetivos militares, el asesinato de médicos y la aniquilación de todos los hospitales, y el evacuar a poblaciones enteras para, luego, bombardearlas en su camino. No se trata, pues, de la destrucción de “así son las cosas en una guerra”, sino de la idea de que hasta los propios embriones congelados de una palestina contienen la semilla de un terrorista. Pero la intención de Shabot y de Nexos es rebajar la verdad para que compita con la propaganda sionista, a tal grado, que el texto de la revista Nexos dice que fue genocidio el ataque de Hamas en octubre de 2023. El genocidio de Israel en Gaza es una verdad, no es una opinión.

Y esa es también el propósito del segundo evento, el de Reforma. Resulta que un empleado de TvAzteca, Sergio Sarmiento, reacciona a la prohibición que el INE le hizo a "Alito" Moreno de usar expresiones calumniosas sobre el narco-partido o los narco-políticos en relación a Morena. Frente a esto, Sarmiento en el periódico Reforma argumenta: “la Comisión de Quejas (del INE) no presentó pruebas ni argumentos”. Sabemos que quien tiene que probar un dicho es quien lo asegura, en este caso el PRI. Uno no puede probar que no asesinó a alguien. Lo tiene que hacer quien lo acusa. Imagínese si alguien acusara a Sarmiento de pedófilo, y que él fuera el que tuviera que probar que no tiene relaciones sexuales con niños. ¿Cómo podría probarlo? ¿Poniéndose en un cuarto durante meses con un niño sin ceder a sus inclinaciones delante de una cámara de circuito cerrado? Pues, no ¿verdad? Más bien quién lo acusa tendría que mostrar fotos, testimonios, integrados en una denuncia judicial. Es lo mismo con la etiqueta propagandística de “narco-partido”. 

No hay prueba alguna salvo la etiqueta. Dice Sarmiento que las pruebas están en la urgente orden de un Juez de Nueva York de detener a Rocha Moya después de que se descubrió que la CIA encabezaba operativos híbridos en Chihuahua. Estados Unidos jamás exhibió las pruebas contra Rocha Moya a pesar de que el Gobierno de México se las pidió. Así que una soilicitud de extradición gringa no es una prueba de nada. Se necesitan testimonios, transferencias, inmuebles, como lo fueron las que sentenciaron a Genaro García Luna que sí perteneció a un narco Estado, el de Felipe Calderón. La idea es, otra vez, que se rebaje la verdad al nivel de la propaganda, es decir, la construcción de la realidad y su sentido a favor del miedo al futuro. Eso es lo que está en juego en este momento y es una batalla que no permitiremos que se pierda.

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