Gilberto López y Rivas
Todo el andamiaje de cohesión, control, mediatización, regulación de las contradicciones sociales basadas en las conquistas de la clase trabajadora: contratos, sindicatos, prestaciones, del llamado eufemísticamente, Estado benefactor, se vienen abajo, y la explotación y dominación quedan al desnudo, repercutiendo brutalmente sobre la sobrevivencia de millones de seres humanos. La fuerza de trabajo queda expuesta a la criminalización, persecución y agravamiento de sus condiciones laborales y de vida, a la violación de los derechos humanos elementales, particularmente de los millones de trabajadores migrantes. Se produce la exclusión de trabajadores por la automatización, la edad, el género y los orígenes étnico-nacionales. Se instala la inestabilidad laboral, trabajo precarizado, informal, desempleo masivo y la penetración del narcotráfico y el crimen organizado en los ámbitos urbano y rural.
Nos encontramos en las derivas de lo que los mayas zapatistas han denominado como tormenta que no es ni metafórica ni simbólica y que alude no a una visión apocalíptica o de vocaciones proféticas milenaristas, sino a la posibilidad real y fundada científicamente de una catástrofe de escala mundial, que Carlos Taibo denomina colapso, esto es, el hundimiento general y masivo del sistema dominante, caracterizado por reducciones sustanciales en la producción industrial; el derrumbe simultáneo y combinado de carácter financiero, comercial, político, social, cultural y ecológico, debido a sus propias contradicciones, que están teniendo lugar: el cambio climático, el agotamiento de las materias primas energéticas, la agresión contra la biodiversidad, las condiciones sociales de pobreza, hambre, desplazamientos forzados masivos, incremento exponencial de la mortalidad por enfermedades curables, guerras por materias primas y el agua, genocidios, etnocidios, ecocidios, terrorismos de Estado, proliferación de armas nucleares, derrumbe de las mega urbes y el paso a las necrópolis, extensión de las bandas criminales.
Asimismo, se impone el terrorismo global de Estado para caracterizar la política de violencia perpetrada por aparatos estatales imperialistas en el ámbito mundial, contra pueblos y gobiernos, con el propósito de infundir terror y en violación de las normas del derecho nacional e internacional.
En el estudio y análisis del terrorismo se ha enfatizado el de grupos de todo el espectro político, obviando el papel del imperialismo estadunidense y los estados capitalistas en el establecimiento del terrorismo interno e internacional. El terrorismo global de Estado violenta los marcos de la represión “legal” y apela a métodos extrajudiciales, extensivos e intensivos para aniquilar a la oposición política y la protesta social planetaria. Recordar las 867 bases militares estadunidenses distribuidas por los cinco continentes. Estados Unidos, como poder hegemónico, ha instaurado la barbarie como proceso devastador del género humano y la naturaleza. El terrorismo global de Estado o terrorismo trasnacional cuenta con la complicidad de la ONU, y gobiernos supuestamente democráticos, que establecen, paradójicamente, una democracia despojada de todo contenido participativo y justicia social, con violaciones permanentes a los derechos humanos, lo que viene a demostrar que históricamente capitalismo y democracia son incompatibles.
Para el caso de México, el contexto de esta trágica situación no es otro que el continuismo de la llamada Cuarta Transformación, con la extensión de sus mega proyectos y programas clientelares individualizados, que en múltiples regiones operan en clave contrainsurgente, o como la “ingeniería de conflictos” de la recolonización de los territorios, en el proceso de una visible y creciente militarización del país, la presencia y actividad permanente del crimen organizado, el otro actor armado del capitalismo que va despoblando y desposeyendo, fragmentando los tejidos comunitarios, que desgasta las resistencias, y descabeza los movimientos, recluta juventud por doquier y secuestra su futuro.
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