
Responsable de inquietantes filmes como el thriller noir y drama matrimonial de culpa y redención A White, White day o la minimalista épica mística religiosa y fotográfica de Godland, Pálmason se sumerge ahora en los detalles imperceptibles de la vida doméstica y la crianza de los hijos. Lo curioso es que no lo hace desde el drama bergmaniano o la tragedia irrevocable de la separación, sino que incorpora a su relato elementos de comedia negra, realismo mágico y un tono entre naturalista, experimental, surrealista y fantástico y el resultado es una mirada agridulce, enternecedora y realista no exenta de dolor.
A la belleza del paisaje rural islandés con sus valles, bosques, glaciares y auroras boreales se suma una bella y delicada banda sonora del pianista Harry Hunt en una trama que abarca las cuatro estaciones del año. Anna (Saga Garðarsdóttir) es una artista visual que mantiene una relación distante / cercana con Magnus (Sverrir Gudnason) pescador que suele pasar largas temporadas en altamar durante la pesca del arenque y con quien ha procreado a sus tres hijos que viven con ella. Magnus aparece en la vida familiar de manera intermitente: está y no está, en ocasiones intenta corregir a los niños y todo el tiempo desea intimar con Anna.
Ella, no sólo tiene que lidiar con responsabilidad de los hijos sino con su propia frustración como mujer y como artista: ya sea con el “amigo” acosador y proveedor de materiales o con el superficial galerista sueco que no sólo rechaza su obra: sus grandes lienzos “pintados” con marcas de oxidación, sino que agrede a la naturaleza robándose un huevo de ganso y que da pie a la ácida escena de la aeronave que se estrella.
A través de una puesta en escena sensible, delicada y sin prisas, Pálmason explora un álbum familiar: los pequeños paseos, la elaboración de vino y mermelada casera, la creación artística de su protagonista, los breves instantes de sensualidad y alegría como esa bellísima imagen de las bragas de ella que Magnus observa bajo su falda y que se amplía como un manto protector, los juegos entre los hijos, el padre y el perro. Sin embargo, también accedemos a la descomposición de las cosas como alegoría de la separación de la pareja: la naturaleza que se descompone o el óxido que deja marcas indelebles en los lienzos. Y sobre todo, al crecimiento emocional de los hijos que de a poco van abandonando la infancia (la escena de los reclamos de la adolescente o aquella de los hermanos con el arco).
Momentos delirantes como la del gallo gigantesco que venga su muerte, la del espantapájaros / caballero / dama medieval, la del niño con la flecha incrustada por accidente, la del propio Magnus flotando a la deriva en el mar helado o la referencia a El monstruo de la laguna negra (Jack Arnold, 1954). Es la crónica agridulce de una familia fragmentada que intenta adaptarse a una nueva “normalidad” y del inexorable transcurrir del tiempo. En El amor que permanece, el arte al igual que la vida y el amor a veces resulta efímero y en ocasiones perdurable, pero siempre queda algo y ese remanente jamás se extingue. Una belleza.
El amor que permanece se proyecta en Cineteca Xoco y Chapultepec, La Casa del Cine, Cine Tonalá, salas de la UNAM.
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