9/20/2026

Trump colecciona guerras

 

Mario Campa

"Para los demócratas, la promesa incumplida de Trump de cero guerras nuevas es un valioso activo de campaña".

Trump colecciona guerras. Por Mario Campa

Donald Trump prometió en campaña no abrir nuevos frentes de guerra (“no new wars”). A poco más de un año y medio de haber asumido la presidencia, el republicano traicionó al electorado. La Casa Blanca tiene abiertos varios frentes al interior y al exterior. Ese ánimo belicoso podría motivar un castigo en las elecciones intermedias de noviembre.

En Medio Oriente, Trump libra una guerra de estrangulamiento. Washington gasta de 800 a mil millones de dólares diarios en la campaña militar en Irán. Aunque los ataques son más aéreos y marítimos que terrestres, la sangre derramada supera los miles. La anexión del Estrecho de Ormuz delata una sed de control y reparaciones. Lejos de una capitulación, Irán presenta batalla. El despliegue de personal y portaviones no cesa, ni tampoco amaina el ánimo de venganza de Netanyahu, hoy en hombros de Trump. Como agravante por complicidad, la guerra en Medio Oriente es vista por millones de estadounidenses como apología del horror reinante en Gaza.

En Europa, Estados Unidos disputa una guerra subsidiaria. Mediante financiamiento e inteligencia, y no con botas en territorio ucraniano, Washington opone resistencia a la campaña expansionista de Putin y la malograda defensa de Zelenski. Ciertamente, fue Biden quien aportó más recursos contra los rusos. No obstante, Trump incumplió su promesa de frenar la guerra. Entretanto, las sanciones contra Rusia persisten, la venta de armas a Ucrania fluye y el presupuesto de la OTAN engorda por vía indirecta.

En Asia y allende, la Casa Blanca incuba una guerra fría con China. Fue un Presidente republicano, Richard Nixon, quien abrió el grifo de las inversiones estadounidenses y occidentales a quien hasta entonces era considerado un país apestado, gobernado por comunistas. La condición del acuerdo pragmático entre Nixon y Mao Zedong fue que China cortara lazos con la URSS y que fungiera como contrapeso regional. La realineación fue premiada con capitales que cambiaron una historia que escapó del control de los creadores. Lo que antes hizo Estados Unidos para contener a los soviéticos, hoy lo reactiva para frenar el ascenso de China. En ese fuego cruzado, cualquier guiño a Pekín es hoy visto como traición a Washington.

En Norteamérica, Trump libra una guerra comercial con Canadá. A diferencia de la disputa con China, donde las agresiones incluyen palmos de influencia geoeconómica, listas negras, medición militar y disputa por insumos críticos, las agresiones al aliado norteamericano focalizan el intercambio de bienes. Momentos chuscos como el amague de cambiar el nombre del Lago Ontario a “Lago América” y el afán de reducir a Canadá al estatus de estado 51 desvían la atención de un divorcio traumático por inesperado. Aun si la escalada de amenazas es desmontada con algún acuerdo al límite de la hora, las tarifas a sectores estratégicos como el acero y el aluminio persistirán, como también perdurará la pegajosa incertidumbre del T-MEC. Despechado como el amante que entregó su lealtad sin ser correspondido, Canadá parece indispuesta a quedar de brazos cruzados.

En América Latina, Washington desató una guerra sucia. La caída del consultor Cerimedo desnudó un ejército de bots al servicio de intereses inocultables. Antes, el Hondurasgate había delatado una estrategia diseñada para domesticar naciones díscolas. El llamado de Trump a votar por sus predilectos en Argentina (Milei), Brasil (Bolsonaro) y Colombia (De la Espriella) es otra prueba de injerencia. Por si fuera evidencia insuficiente, el gobierno títere impuesto en Venezuela, el retiro de visas a funcionarios mexicanos y la participación de extremistas regionales en las cumbres de CPAC sólo confirman lo evidente: la Casa Blanca toma bandos y persigue al adversario. Mediante espaldarazos y garantías, las oposiciones afines crecen en la región a costa de la credibilidad democrática.

Al interior de Estados Unidos, la guerra cultural de MAGA atiza lo que algunos republicanos (como Elon Musk) consideran un prolegómeno de guerra civil. Las redadas y asesinatos extrajudiciales del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE) dan fe de un abuso sistemático de poder y de una polarización desbordada de cauces democráticos. Detrás de la aparente legalidad de los inquisidores, la pulsión de castigo a la diversidad crece. La agenda antiwoke, donde descansan las más bajas pasiones y los instintos más conservadores, da cuenta de un neomacartismo que nació en las universidades, enraizó en las burocracias y recorre ya las calles.

La colección de frentes abiertos podría obsequiar a los demócratas el control legislativo para obstaculizar a Trump. Si bien la renovación escalonada del Senado dificulta un giro drástico de correlaciones de fuerza, la aprobación presidencial ensancha la pequeña rendija de posibilidad. De lograrlo, la oposición partidista capturaría sin mayor mérito el descontento que el votante carga como daga clavada de la traición. Basta una desmovilización en estados y distritos indefinidos (swing) para que una ola azul capture en las urnas el sentimiento popular antibélico. Para los demócratas, la promesa incumplida de Trump de cero guerras nuevas es un valioso activo de campaña. Si tienen o no la habilidad de capitalizar los errores del rival es una historia distinta.

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