De las pesadas piedras esculpidas, tablillas de arcilla de Mesopotamia o placas de metal que el tiempo oxida, la autora menciona: “El primer libro de la historia nació cuando las palabras, apenas aire escrito, encontraron cobijo en la médula de una planta acuática. Y frente a sus antepasados inertes y rígidos, el libro fue desde el principio un objeto flexible, ligero, preparado para el viaje y la aventura”.
En los juncos que crecen a las orillas del río Nilo, los libros encontraron el soporte para que las culturas del mundo antiguo dejaran testimonio a través de jeroglíficos y pictogramas. Más tarde, con la invención del alfabeto griego, construirían una memoria común que con el tiempo se extendió sobre la faz de la Tierra.
Irene Vallejo también retoma las sabias palabras de Jorge Luis Borges: “De los diversos instrumentos del hombre, el más asombroso es, sin duda, el libro. Los demás son extensiones de su cuerpo. El microscopio y el telescopio son extensiones de su vista; el teléfono es extensión de su voz, luego tenemos el arado y la espada, extensiones de su brazo. Pero el libro es otra cosa: el libro es una extensión de la memoria y de la imaginación”.
En su famosa obra El banquete de Platón, la antropóloga Ikram Antaki, fallecida en 2000, menciona que la antigua ciudad de Alejandría fue el arranque intelectual y comercial del mundo durante más de nueve siglos, y fue ahí donde el “conocimiento” alcanzó su mejor sentido. Ahí estaban también las “semillas” del mundo moderno. La tolerancia, la curiosidad y el amor al conocimiento se extendieron en rollos de papiro. La ciudad portuaria de Alejandría la fundó Alejandro Magno en el año 331 aC, y en ella convivieron culturas muy distintas: macedonios, romanos, sacerdotes egipcios, aristócratas griegos, marineros fenicios, mercaderes judíos, matemáticos de India y visitantes africanos. Una ciudad en la que el Estado financió sin escatimar recursos en la búsqueda del conocimiento y de los saberes. Los gobernantes ptolomeos dedicaron sus riquezas a la adquisición de cualquier libro existente.
Alejandría fue una ciudad con avenidas de 30 metros de ancho, a la que todos querían llegar por tierra o por mar. Fue por mucho tiempo el centro del mundo y “La Meca” del conocimiento. Ptolomeo I Sóter, su primer gobernante, construyó una almenara de casi 137 metros de alto para iluminar el camino de los barcos sobre la isla de Faro, que permaneció en pie durante mil 500 años. Un terremoto la destruyó y hoy el mundo moderno la recuerda como una de las “siete maravillas” de la antigüedad.
Cleopatra también fue una ptolomea que gobernó Egipto desde Alejandría. Plutarco la menciona en su obra Vidas paralelas como una mujer de poca belleza, pero de gran inteligencia y facilidad de palabra. Una extraordinaria políglota que podía hablar con etíopes, hebreos, árabes, sirios, medos y partos, y en la misma Alejandría recibió a los emperadores romanos Julio César y Marco Antonio.
Pocas veces en la historia se logran acontecimientos de gran intelectualidad y saberes. La biblioteca de Alejandría fue el único lugar del planeta que resguardó más de 700 mil rollos de papiro de 30 mil obras escritas a mano. Una proeza que no fue superada sino hasta el siglo XVII de nuestra era; es decir, mucho después de que Gutenberg desarrollara la imprenta en Alemania, en 1450.
La desgracia de la biblioteca de Alejandría se dio en el año 415 dC, tras varios ataques de conquistadores romanos y árabes que la saquearon e incendiaron hasta hacerla cenizas. No quedó nada de aquel primer centro de investigación del mundo que estudió física, literatura, medicina, astronomía, geografía, filosofía, matemáticas, biología y la ingeniería con el saber de Euclides, Arquímedes, Eratóstenes de Cirene, los pitagóricos y cientos de sabios de la antigüedad.
Siglos más tarde sucedería lo mismo en la América conquistada. Los códices de los antiguos mexicanos fueron condenados a la hoguera por el obispo fray Juan de Zumárraga. El conocimiento del mundo prehispánico desapareció entre las llamas que sofocaron pictogramas milenarios hasta apagarlos en un eterno silencio.
A pesar de que el hombre ha sido injusto y cruel con los libros, también durante siglos se dedicó a copiarlos, leerlos, traducirlos, rescatarlos, cuidarlos, conservarlos, amarlos, celebrarlos y bendecirlos. En la Nueva España nació la biblioteca conventual del Colegio de San Pedro y San Pablo en el siglo XVI, con libros de teología y filosofía. Los dominicos, agustinos y franciscanos también tuvieron sus propias bibliotecas hasta fundarse la Real y Pontificia Universidad de México en 1551, que contó con un gran acervo de uso privado.
Sor Juana Inés de la Cruz tuvo una notable biblioteca particular en el convento de San Jerónimo con volúmenes de teología, filosofía, ciencias, literatura y música, al igual que su amigo, el intelectual Carlos de Sigüenza y Góngora, considerada una de las más grandes y eruditas de su tiempo.
Durante un motín popular en la Nueva España en 1692, el propio Sigüenza, arriesgando su vida, rescató del fuego muchos documentos de conocimiento indígena en el Colegio de San Pedro y San Pablo. De estos hechos también dio testimonio el historiador y filósofo Francisco Javier Clavijero en su obra Historia Antigua de México.
La primera biblioteca pública en la Nueva España y en toda la América continental fue la Biblioteca Palafoxiana, fundada en 1646 por el obispo Juan de Palafox y Mendoza, en la ciudad de Puebla, que actualmente posee un acervo de 45 mil ejemplares con incunables del siglo XV.
Para los siglos XVIII y XIX nacieron las bibliotecas Turriana de la Catedral Metropolitana y la Biblioteca Nacional de México en 1867, un recinto moderno, público y laico. También surgieron bibliotecas científicas, en las que se encuentra la del Museo Nacional de Arqueología, Historia y Etnología creada en 1880 bajo el resguardo del Instituto Nacional de Antropología e Historia desde 1964.
En los años posteriores a la Revolución Mexicana, José Vasconcelos impulsó las bibliotecas en México. En 1921, siendo rector de la Universidad Nacional, creó la Dirección de Bibliotecas con una campaña de alfabetización, así como las Misiones Culturales, en las que participaron el pintor Pablo O’Higgins y el grabador Leopoldo Méndez, quienes más tarde fundaron el Taller de Gráfica Popular en 1937. Al poco tiempo, Vasconcelos estableció el Departamento de Bibliotecas como secretario de Educación Pública y fomentó la lectura con su proyecto El libro y el Pueblo.
A petición de Vasconcelos, Juan O’Gorman, arquitecto y pintor, levantó su primer mural en 1926, el cual se conserva en la biblioteca Fray Bartolomé de las Casas, en la alcaldía Azcapotzalco, con el título: Paisaje de Azcapotzalco. En la obra aparece la historia de esta demarcación, una de las más antiguas de la Ciudad de México y hogar del pueblo guerrero de los tepanecas. Cerros, campos de siembra, edificios, hoteles, cantinas e industria petrolera son otros elementos que el autor destacó en homenaje a la historia de Azcapotzalco y al recinto que la resguarda, y da servicio desde hace 100 años.
Una de las bibliotecas públicas más importantes es la México, que se encuentra en la Plaza de la Ciudadela y que inauguró el presidente Manuel Ávila Camacho en 1946. En 2012 se reinauguró como La Ciudad de los Libros y la Imagen, proyecto cultural impulsado por la presidenta del entonces Conaculta, Consuelo Sáizar; ahí se resguardan las bibliotecas de notables escritores mexicanos: Carlos Monsiváis, Antonio Castro Leal, Alí Chumacero, Jaime García Terrés y José Luis Martínez.
El propio poeta Jaime García Terrés la dirigió durante años, así como la Revista de la Universidad y el departamento de Difusión Cultural de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), en el que nos iniciamos Juan García Ponce, Salvador Elizondo, José Emilio Pacheco, Carlos Monsiváis, José de la Colina y varios más.
Juan O’Gorman también proyectó entre 1950 y 1956 la Biblioteca Central de Ciudad Universitaria, que este año cumple siete décadas de fundada. El mural de su fachada: Representación histórica de la cultura alude a un periodo de la historia de México: El pasado prehispánico, la Conquista y la evangelización, el México moderno y la Universidad, y el México del siglo XX. El edificio tiene una superficie de 4 mil metros cuadrados y junto con Ciudad Universitaria es patrimonio cultural de la humanidad por la Organización de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura desde 2007.
En el siglo XXI, la UNAM alberga uno de los sistemas bibliotecarios más importantes de América Latina. Su Fondo Antiguo cuenta con más de 55 mil títulos y 70 mil volúmenes. Las colecciones especiales integran más de 240 mil ejemplares. Las bibliotecas de los Colegios de Ciencias y Humanidades, Preparatorias Nacionales, Facultades, la Biblioteca y Hemeroteca Nacional e Institutos de Investigación son la Alejandría del nuevo milenio para todos los mexicanos y extranjeros que acuden a investigar, revisar o leer gracias a los sistemas de consulta bibliográfica Librunam, Seriunam, Tesiunam y Mapamex en sus plataformas digitales.
De Aristóteles sólo se conocen títulos de sus obras filosóficas. De las 90 que escribió Esquilo, sólo conocemos siete, y de las 123 que publicó Sófocles sobrevivieron siete, al igual que las obras de Eurípides. Lo demás desapareció con la biblioteca de Alejandría hace 24 siglos.
Afortunadamente, en el siglo XXI los libros encuentran mejores hogares y lectores más sensibles. Hermosas bibliotecas modernas, como las públicas de Helsinki-Oodi, en Finlandia; Calgary, Canadá; Birmingham, Reino Unido, y Shenzhen, en China, son prueba arquitectónica, tecnológica, intelectual y de respeto que la humanidad debe a los libros y que lo que ocurrió en Alejandría nunca se repita.

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