"Se piensa que el nacionalismo o patriotismo, da igual, debe limitarse a vestirse de verde blanco y rojo y engullir platillos típicos en septiembre".

Alguna vez George Orwell definió lo que a su juicio era la diferencia entre nacionalismo y patriotismo; donde el segundo destacaba como una forma de amar la tierra y costumbres propias, pero sin tratar de imponerlas a los demás; mientras que el nacionalismo era una justificación para satisfacer el insaciable deseo de poder y era capaz de abusar y tratar de imponerse por las peores vías.
Se agradece la distinción de un escritor tan notable, porque, en efecto, hay que saber distinguir que no todo amor por nuestra tierra significa un odio a las de los demás o una mera xenofobia. Pero la situación es más compleja de lo que patriotismo y nacionalismo pueden significar.
El concepto de Estado-Nación se concreta en la Europa del siglo XIX en un momento de diversas guerras territoriales y expansionistas. Muy pronto, esa construcción sí tuvo derivas xenofóbicas que, en el albor del siglo XX tras la primera Guerra Mundial, mostraron su peor rostro con el ascenso del fascismo en Italia y Alemania, que sigue interpretándose correctamente como la expresión más destructiva e intolerable de un hipernacionalismo exacerbado.
Pero la situación no es tan sencilla. La construcción de los estados-nación no se labró solamente bajo consignas racistas y de odio a los diferentes. Por los efectos de la modernidad, la configuración de los Estados también empezó a gestarse de la siguiente forma: se vio la necesidad de construir un territorio común que estuviera estructurado no sólo en una articulación taxativa a los ciudadanos a cambio de seguridad, como ocurría en los feudos.
Sobre todo, los territorios tenían que organizarse, según esta lógica, a través de rasgos compartidos, como lengua, religión y cultura, que podrían unificar a una variedad de gente en una sola identidad, que, ojo, ya no dependiera solamente de linajes sanguíneos elitistas. Dicho de otro modo, lo que iba a construir el estado-nación no era ya sólo la decisión de una casta real que de eso se beneficiara, sino iba a ser a través de elementos identitarios compartidos por todo tipo de gente.
Es hasta cierto punto esperable que tras la deriva fascista del nacionalismo, este concepto se asociara fundamentalmente a posturas conservadoras, cuando no xenofóbicas. Pero como siempre, la historia, la contextualización y sus cambios nos dan claves para entender que ello no es homogéneo.
Como plantea Daniel Filc, y como se ha estudiado a profundidad en el siglo XX por diversos autores, hay nacionalismos que son progresistas. Y estos suelen estar en países que cuentan con un pasado colonial, donde el nacionalismo no es una cuestión aislacionista que odia fanáticamente a los extranjeros; sino un válido mecanismo defensivo que busca ponerle límites a las acciones imperialistas de alguna potencia.
En un mundo organizado de la forma en que lo está el nuestro, donde pese a procesos independentistas desarrollados desde el siglo XIX sigue habiendo taras imperialistas o colonialistas vigentes, no debería ser difícil entenderlo. Pero la confusión aún existe y se piensa que el nacionalismo o patriotismo, da igual, debe limitarse a vestirse de verde blanco y rojo y engullir platillos típicos en septiembre, porque todo lo demás, como hablar en favor de la soberanía, es algo así como un discurso trasnochado incompatible con el mundo globalizado y moderno.
Esa postura está equivocada. México no ha dejado de ser un país asediado por diversas líneas amenazantes desde su independencia. Sobre todo en una región como América Latina, cuya historia de luchas anticoloniales en el siglo XIX se vio complementada con el control hegemónico de la potencia occidental norteamericana y su crecimiento en la región a costa de los locales en todo el siglo XX.
México fue una excepción a esa regla, y lo fue de manera relativa, matizada y no carente de múltiples retos, tal cual se espera al estar en la vecindad directa con Estados Unidos, el país más poderoso de la tierra y que en esta región, como plantea Lorenzo Meyer, es el único que tiene las herramientas y el poder para realmente ejercer la soberanía, entendida ésta como la autonomía de decisión en el contexto internacional.
La soberanía mexicana no es ninguna antigualla absurda. Fue el mecanismo que, con todo y contraluces y con personajes absolutamente contradictorios, permitió desarrollar un camino propio y relativamente exitoso en la construcción de instituciones de seguridad social y en un Estado sólido que, con gestas como la expropiación petrolera, dio base a un crecimiento económico por treinta años y ciertos parámetros de bienestar social.
La soberanía mexicana no es ninguna antigualla absurda sino la noción que, tanto los conservadores con una visión más o menos sensata del Estado Mexicano, y las izquierdas sobre todo a partir de la década de 1970, es compartida como una necesidad para estar menos inseguros en los vaivenes mundiales en un contexto de mayor interconexión.
La soberanía mexicana no es ninguna antigualla absurda sino la necesidad de que, si bien hay fuerzas incontrolables, como la de Estados Unidos, máxime gobernado por quien ha entronizado sus peores defectos estructurales, como Donald Trump, México tenga el mínimo margen de maniobra para tomar sus propias decisiones en un entorno donde los efectos y consecuencias son compartidos.
México es un país diverso, plural, multinacional y multicultural donde todos cabemos y donde no hay espacio para las segregaciones. Es un país que ha sido históricamente solidario, así sea por razones instrumentales, que su pueblo convierte en genuinas. Es un país que representa a un nacionalismo que ha sido defensivo y sensato en diversos momentos, como la reconstrucción estatal de 1938, y que puede mantener esa ruta.
Es por eso que en un día como hoy, de fechas septembrinas, debemos reivindicar al patriotismo como una fuerza necesaria, defensiva y progresista, que nos ayude a entender que México es un país de excepción, porque como recuerda Fabrizio Mejía Madrid, mientras otros nacionalismos en otros lados implican la segregación y la exclusión del diferente, el nacionalismo mexicano debe significar la invitación a todos a una fiesta.
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