Subir una escalera es un acto mecánico, solitario y conciso, como lo describe Julio Cortázar en Instrucciones para subir una escalera, salvo que, como sucede en El Aleph de Borges, en el peldaño 19 te encontrarás con el universo entero. Distinto es caminar porque el errante es tanto del error como de la errancia. La incertidumbre y el azar te acompañan en el trayecto. Hay vericuetos, cruces, encuentros, peligros. Y, como dice Robert Frost en su célebre poema, cuando ya hayas llegado te dirás y contarás que elegiste viajar por el menos transitado, aunque, la verdad, a la hora de decidir, ambos te parecieron iguales. La memoria nos exculpa.
En la escalera hay que ver al peldaño siguiente mientras pisas el actual y sólo sabes que has llegado cuando pones el talón en el final. En el camino, la llegada no es necesaria y el andar se convirtió en la forma en que los hombres experimentaban la modernidad de la ciudad: mirar a los transeúntes. Las mujeres, en cambio, estaban en busca de una habitación propia. Balzac, en su pequeño tratado sobre el andar, colecciona todas las reticencias que se solidificarán, con el tiempo, en los estereotipos de la misoginia, la aporofobia y la discriminación por el aspecto, cuando instruye a las mujeres cómo comportarse en la calle y qué vestir, huye de esos pobretones que andan de prisa porque no se pueden comprar su propio ocio, y condena el caminar de los gordos como no estético. Pero nada en el texto de Balzac nos lleva a deambular. Más bien él se está refiriendo a las calles como escenarios y al andar de los burgueses como coreografías. Una vez que el flâneur llega a su fin, Walter Benjamin ve sus vestigios en el deambulador nocturno y en el convalesciente que sale de la cuarentena, y que pueden ser ese “hombre de la multitud” que tanto miedo le daba a Edgar Allan Poe. El deambular se ha detenido para siempre y jamás fue un recurso para las mujeres.
La escalera, por su parte, termina en una metáfora social: la meritocracia. La escalera se sube solo, es lineal, jerárquica y competitiva. No se puede ascender sin dejar a otros atrás. Supone que todos arrancan del mismo peldaño, aunque haya gente que parte del subsuelo y otros –los que ganarán– que salen desde escalones que están mucho más arriba: los blancos, herederos, varones y urbanos. Al decir que los ganadores lo son por su esfuerzo, trabajo o superioridad intelectual, se legitiman las desigualdades y se destruye a la comunidad porque, en la escalera, pertenecer a la clase trabajadora tiene una sola motivación: huir de ella.
Arriba, el plutócrata se presenta como alguien igual a los demás que trabajan y se esfuerzan, se autopropone como salvador y benefactor de una sociedad víctima del Estado, y exhibe sus riquezas como comprobantes de su astucia y para servir de ejemplo a los que todavía no se esfuerzan. Abajo, el resto es conducido al aislamiento, el quiebre de las redes de apoyo, al “síndrome del impostor” y a una utopía de holgura material que jamás está al alcance. Pero la escalera como metáfora social llevó, sobre todo, a la humillación, el desprecio, y la vergüenza de miles de millones por no ser aptos ni suficientes. Su forma de difusión más acabada fue el reality show en la televisión que mutó en la historia de Instagram. Acumular mercancías fue, a un mismo tiempo, señal de mérito y recompensa por subir la escalera. Las mujeres a las que no se les ofreció ni siquiera una habitación propia fueron convencidas de que el feminismo habría logrado sus metas, y que ya era hora de “empoderarse”. Eso quiso decir hacer las mismas dobles jornadas y, además, vender mercancías en la informalidad llamada “emprendimientos”. Hoy las mercancías son ellas mismas en las redes tipo Only Fans. El trabajo se conectó no a la necesidad, sino a la aspiración de ser como el plutócrata. Si no tienes esa aspiración, también tienes una falla moral. La escalera invirtió los papeles en que nos veníamos leyendo desde el siglo XIX: la clase ociosa ahora ya no son los herederos plutócratas, sino los propios trabajadores y los potentados son los que trabajaban más duro que nadie y, para muestra, nos exhiben sus yates.
El caminar termina en otros dos mapas mentales: el nomadismo de los milmillonarios en sus aviones, yates y helicópteros conectado a sus mercados financieros, y la migración de los que dejan todo para seguir existiendo, desconectados de sus muertos. “Los hombres no tenemos raíces, tenemos pies”, decía la consigna que los globalistas le extrajeron al etnólogo André Leroi-Gourhan. El detalle es que él se refería a que acabaríamos desdentados y sólo con la fuerza suficiente para apretar botones si la tecnología seguía por la ruta que nosotros ya vivimos. El etnólogo murió en 1986, antes de echarle un vistazo a nuestra cultura del teléfono inteligente. Pero los globalistas que necesitaron, en un inicio, que la fuerza de trabajo se desplazara por su propios medios –los pies–, lo sacaron de contexto para alentar una metáfora que hizo de la supervivencia una aventura del espíritu emprendedor. Hasta que las fronteras se volvieron a cerrar y ya los caminantes no pudieron pasar, y fueron perseguidos y encarcelados como delincuentes.
Junto con el globalismo y la pluralidad sin derechas ni izquierdas, Deleuze y Guattari criticaron al árbol como símbolo de jerarquía, autoritarismo y centralización. Como alternativa propusieron la metáfora del “rizoma”, que era muy parecida a las redes digitales donde todo tiene el mismo peso relativo y cuyas conexiones funcionan como intercambios tipo oferta y demanda o izquierda derecha o, incluso, “me gusta/no me gusta”. Pero todavía no recibían noticias de que los árboles se comunican y avisan de peligros de plagas por medio de sus raíces, usando a los hongos como mensajeros. Tampoco se enteraron de que los árboles-madre, los más viejos, socorren a los más jóvenes por medio de esta red subterránea dándoles nutrientes que, por su corta estatura, no alcanzan a sintetizar. Los árboles que ellos veían tan “estatales” son parte de una comunidad llamada bosque o selva o desierto. Están de pie sobre unas raíces que los intersectan. Llevan en sus troncos y ramas no una jerarquía autoritaria, sino todas sus derrotas, fracasos, accidentes, huellas del paso de vientos, inundaciones, sequías e incendios. Son la metáfora social para tiempos venideros: ayudar a crecer a los demás.
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