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6/27/2026

Los regalos

 

Vi un amanecer. En realidad, dos. Y una salida de la luna. De hecho, creo que vi salir la luna por primera vez en mi vida.

Oí el silencio previo al amanecer. Es un silencio lleno de solemnidad y de promesas. Y también oí el preciso anuncio de un nuevo día: el coro a distintas voces en diferentes tonos de una multitud de aves que no veía.

Vi los tonos rosa-rojo asomarse en el horizonte como serafines que presiden el cortejo del rey. Anunciaban, como con trompetas, que el sol se acercaba. Y, al mismo tiempo, vi a la luna distante, impasible, como una reina, cediendo el terreno al sol; y luego la vi retirarse, sin aspavientos, con la serenidad de una vieja sabia.

Vi al sol reflejarse en la laguna con el esplendor de un joven adolescente. Líneas rectas, precisas, sin esfuerzo. Y una noche vi también los reflejos de una luna en plena madurez; de esas que te dicen que el viaje pudo haber sido rudo -a veces- pero que ha valido cada pena.

Vi la imagen de la serenidad: el agua con apenas movimiento, uno rítmico, pausado, casi sin querer, como quien camina de puntitas para no romper el hechizo.

Vi la imagen de la paz, esa que se siente cuando todo se mueve, pero acompasadamente, como una sonata de tonos dulces. Apenas oleaje. Apenas. Sólo el suficiente para generar arrullo del que susurra “todo está bien”.

Vi viejos mangles en pie que, por sus raíces curvas, parecían extrañas arañas con sombreros verdes. Vi también mangles plantando varas rectas, largas, como quien estrena con toda dignidad su primer bastón. Y vi mangles jóvenes formando islotes en una franca declaración de independencia.

Vi piedras que en realidad son estromatolitos. Y vi arena que en realidad es lodo.

Vi una familia de patos deslizándose como si bailaran una coreografía largamente ensayada. Vi una araña que se creía hormiga; un escarabajo verde con un toque anaranjado digno de la pasarela de Milán; y un grillo verde enorme, como el Pepe Grillo, de Pinocho.

Y todo eso lo vi rodeada de entrañables amistades en “Quinta Mangle”, como hemos llamado al pedazo de paraíso que a lo largo de los años han construido Carmen y Benjamín, y que generosamente comparten con quienes tenemos el privilegio de su amistad.

Me fui extasiada. Llena de imágenes. Algunas me quitaron el aliento, no por desconocidas, sino por perfectas. Me fui con el alma compuesta y el corazón en paz. Y me fui con una sensación de plenitud que fue nueva para mí.

Una tarde que miraba a solas y en silencio la magnificencia que me regalaba ese pedazo de la Laguna de Bacalar, sentí tal gratitud, que pensé: si me muriera en este instante, sólo tendría gratitud en mi corazón.

Estar ahí fue un regalo lleno de regalos. Y me llevo todo, pero en especial la sensación de serenidad, paz y plenitud. Esas las guardo para cuando las necesite en el trecho de mi vida que quede.

6/13/2026

No me gusta el futbol

.- Sin duda es una afirmación temeraria. Que alguien se atreva a decir que no le gusta el futbol provoca varias reacciones, casi nunca gratas; pero en este mes, además, puede provocar sentimientos de fuera de lugar o de expulsión.

 Algunas personas me miran como si proviniera de otro planeta. Otras me otorgan cierta conmiseración, como si padeciera alguna extraña enfermedad terminal y mereciera más pena que nada.

Pero me disgustan más los señalamientos sexistas, esos que suponen que porque soy mujer no me gusta el futbol.

A muchas mujeres les gusta el futbol, del mismo modo en que hay muchos hombres a los que no les gusta.

Que a los hombres les gusta el futbol y a las mujeres la cocina es una de las muchas mentiras que nos han dicho a lo largo de siglos.

En fin, a mí no me gusta el futbol como tampoco me gusta la ópera o el ballet, bordar o tejer, el tenis o el ajedrez.

Y ni vengo de otro planeta, ni me picó ninguna mosca extraña, ni vivo infeliz y desapasionada, ni me siento perdida si los hombres a mi alrededor deciden dedicarle su tiempo y atención a partidos de futbol o a cualquier otra cosa que les guste.

Simplemente ni yo ni miles de mujeres y hombres le encontramos mayor gracia al futbol.

Como sea, mucho me temo que en el siguiente mes me sentiré a menudo fuera de lugar, cuando no, francamente expulsada; porque sólo hay algo peor que decir que no me gusta el futbol: expresar una opinión desfavorable o cierto escepticismo respecto a los probables (y pobres) resultados que pienso que entregará la selección nacional.

Ni le cuento cómo me vieron mis hermanos cuando expresé que estuvo muy mal el triunfo en el partido inaugural México-Sudáfrica, porque, dije, me parecía una absoluta descortesía ganarles siendo un país anfitrión.

Presiento que será un largo mes.

5/16/2026

Madre modelo

 

.-¿Quién se siente una madre modelo? No veo ninguna mano levantada. ¿Quién se ha sentido culpable siendo madre? Veo innumerables manos (incluida la mía). ¿Por qué?

Comencemos por describir el modelo. El “tradicional” tiene las siguientes características:

Entrega total, lo que significa poner las necesidades de la familia, en especial de hijas e hijos por delante y por encima de las nuestras; es decir, se exige el sacrificio personal y se nos recuerda que es por amor. Si eso no te hace feliz… eres una mala madre.

Paciencia infinita, atenta escucha, observación perspicaz, intuición afiladísima para adivinar cualquier cosa que pudiera salir mal. Y si algo sale mal… eres una mala madre.

Responsable única o principalísima de la salud física, afectiva, emocional de nuestras crías y, de paso, de la tranquilidad y armonía en el hogar. Si eso no se cumple… en efecto, eres una mala madre.

¿Cansancio? Sí, pero sin quejarse. Ni siquiera con el pensamiento o… eres una mala madre.

Los tiempos han cambiado mucho, me dirán. Es cierto. Pero, por qué entonces las madres jóvenes también se sienten culpables. Revisemos el modelo “moderno”.

Presencia emocional; es decir, escuchar, observar, interesarse por lo que hace y vive nuestra hija o hijo (se nombra así, en singular). Crear un ambiente donde sientan seguridad física y emocional. Tener paciencia y flexibilidad. Enseñar responsabilidad y respeto. Fomentar su autonomía. Ser un ejemplo personal.

Las palabras suenan modernas, pero bien mirado el modelo no. Lo novedoso es que ahora se habla de que las mamás, además, deben cuidar de sí mismas, de su salud física y emocional (lo que a menudo se traduce en estar delgadas y con cuerpos moldeados por el gimnasio); y de no renunciar a sus sueños sino más bien encontrar equilibrios.

Y veo a una legión de madres jóvenes multiplicarse, dividirse y restarse con trabajos precarios, en la informalidad, o patinando en la formalidad sin acceso a guarderías, con horarios incompatibles con las escuelas; y, en fin, haciendo malabares con “el equilibrio” de ser mamá, trabajar fuera de casa (a menudo para sostener a la familia) y su salud física y emocional.

El modelo no ha cambiado, aumentaron las exigencias.

Preguntémonos: ¿Por qué hay tan pocos padres que se sienten culpables? Y pienso en los que están presentes, porque los que abandonan evidentemente no sienten culpa alguna. ¿Por qué en su mayoría son mujeres las que ocupan los trabajos informales y precarios? ¿Por qué los horarios laborales y escolares no coinciden?

¿Por qué son, en su mayoría, mujeres sin pareja ni hijas o hijos son las que avanzan en la escala profesional? ¿Por qué se observa un declive profesional en las mujeres en función del estado civil y el número de hijas o hijos? ¿Por qué en los hombres no importa el número de hijas/hijos para avanzar en la escala profesional?

El problema no somos nosotras. Es una estructura política, económica, social que a costa nuestra propaga ese modelo como ideal.

Este 10 de mayo pensemos en lo que necesitamos para cambiar las reglas del juego. Y, mientras tanto, celebremos ser una “mala madre”. Eso, al menos, nos resta culpa y nos recuerda que somos madres en un sistema profundamente injusto con nosotras.

4/25/2026

Tarjeta roja

 

.- De futbol sé lo mismo que de astronomía. En ese sentido soy casi una vergüenza familiar, dado que mis tres hermanos sufren, lloran, gritan como cualquier aficionado que se precie de serlo. De futbol no sé casi nada, pero de sexismo sí.

Las mujeres fueron excluidas del futbol desde su creación en la Inglaterra de 1863, como sucedió con estudiar en una universidad, andar en bicicleta o votar.

No obstante, las insumisas inglesas jugaron futbol y en 1895 organizaron el primer partido público para supiritaco de muchos señores.

El futbol femenil cobró auge en la Europa de la Primera Guerra Mundial. De ser relegadas al hogar, las mujeres fueron invitadas a trabajar en las fábricas de armamento y en actividades productivas abandonadas por los hombres que iban al frente de batalla. Si podían construir un avión de combate, jugar futbol era pan comido.

Al término de la guerra el futbol femenil ya era masivo. Pero, de nuevo fueron relegadas al espacio doméstico, el futbol se consideró “inapropiado” para las mujeres y se boicoteó cada intento de hacerlo público.

Un periódico londinense de la época publicó: “No saben y nunca sabrán jugar futbol como hay que jugar” (es decir, no son hombres).

Las mujeres mexicanas comenzaron formalmente a jugar futbol en la década de 1920; y en 1971 participaron en la Copa Mundial que, por segundo año, organizaba la Federación Internacional de Futbol Femenil, sin reconocimiento de la FIFA.

Sin embargo, como sucedió con las inglesas, pronto carecieron de apoyos y su práctica se convirtió en un pasatiempo más o menos aceptado. Apenas en 2017 lograron contratos, clubes, trasmisión televisada; pero no en condiciones de igualdad.

¿Qué impide condiciones iguales? Lo mismo que el siglo XIX: la idea de cuál es “el lugar” de las mujeres por nacer mujeres, y cuál el de los hombres, por nacer hombres. Para muestra los comentarios que recibió la árbitra Katia Itzel García.

Katia será la primera mujer mexicana en arbitrar en el Mundial 2026. En días pasados arbitró el partido Pumas contra Mazatlán y tomó una decisión controvertida, como tantas que toman árbitros todo el tiempo. Resultado: muchas de las críticas infieren o señalan que lo que está mal es que una mujer arbitre un partido de hombres. O que no sea hombre.

El director técnico del Mazatlán, Sergio Bueno, tras ser expulsado por la árbitra, comentó en voz alta: “Ahora resulta que una mujer quiere venir a demostrar que tiene huevos”. Y distintos analistas o aficionados en redes sociales hicieron comentarios que jamás le harían a un hombre. Su capacidad fue cuestionada, por ser mujer, y recibió comentarios sobre su cuerpo e insinuaciones sexuales.

Hace 20 años la árbitra pionera Virginia Tovar vivió lo mismo. Cuauhtémoc Blanco en un partido le dijo que mejor se fuera a lavar trastes.

La diferencia es que ahora hubo analistas que cuestionaron los dichos machistas de otros, que hay un debate público y que se puso en evidencia que lo que se cuestiona es el sexo de quien arbitra; y que lo que molesta es que sea una mujer la que tenga la autoridad para expulsar a un señor de la cancha.

En la antesala del mundial es hora de sacar la tarjeta roja al sexismo.

4/04/2026

Abrazo a María

 

.- Yo no profeso la religión católica. A decir verdad, ninguna religión. Y, sin embargo, la llamada Semana Santa me conmueve. Y me conmueve sobre todo por una de las personas menos mencionadas: María.

María, la madre de Jesús, es figura notable a partir de la concepción del que sería llamado “hijo de Dios”. Y luego, en los relatos pierde relevancia. El foco principal lo va a tener Jesús, ya de joven, porque de su infancia casi nada se sabe; pero, quienes hemos sido madres podemos inferir que muy probablemente María tuvo un papel protagónico.

Durante lo que se relata entre el “Jueves Santo” y “Domingo de Resurrección”, María aparece muy poco. Lo hace en la Crucifixión, al pie de la Cruz. Y, hasta donde averigüé, eso sólo lo relata el Evangelio de Juan, porque los de Mateo, Marcos y Lucas sólo señalan que había mujeres mirando desde lejos. Y, algunos de ellos, nombran a María Magdalena, a “la madre de Santiago y José” y a Salomé. Pero no a María.

Asimismo, se apunta que el Evangelio de Juan es el más religioso y menos histórico. Es decir, probablemente tenga más dosis de verdad histórica el de Marcos, que es el más antiguo, escrito 40 años después de la muerte de Jesús.

Yo no soy historiadora y menos teóloga. Pero madre sí. Así que, puesta a suponer, María debe haber estado ahí, tan cerca como las circunstancias lo permitieran.

Yo despedí a mi hijo un mal día de abril. Y estuve ahí en cada día de su calvario. Murió de cáncer.

Conozco a madres que han acompañado, como yo, a sus hijos o hijas por enfermedades terminales. Un “doloroso privilegio” como lo llama mi amiga María.

Conozco a otras que recibieron la noticia de un accidente y corrieron para, al menos, alcanzar a despedirse. Otras que no alcanzaron, pero igual llegaron tan pronto como pudieron.

Y sé de otras, muchas otras, que en mi país viven su propio calvario buscando, buscando y buscando a sus hijas o hijos desaparecidos. O sus restos. Algunas de ellas incluso han sido asesinadas en el intento.

¿Podemos imaginar, entonces, a María en otra parte que no fuera cerca de su hijo?

Yo puedo imaginarla cerca durante todo el calvario. Aunque no pudiera hacer nada, aunque sufriera más con cada gota de sufrimiento de su hijo.

Y en la ejecución pública intentó estar tan cerca como fuera posible. Y sin duda no estuvo sola, sino con otras mujeres que la acompañaban y la sostenían. Acaso incluso con las madres de los dos ladrones que también ejecutaron ese día.

En la Semana Santa es el duelo de María el que se ignora. Y, sin embargo, es el que debe haber sido más profundo.

Acaso por eso la escultura de La Piedad, de Miguel Ángel, me encanta, me mueve, me duele, me refleja. Y, por eso, también, en estos días a quien abrazo con el corazón es a María, y en ella a todas quienes viven en duelo por la muerte de un hijo o una hija.

1/03/2026

Mi Navidad

 

.- A mí siempre me ha gustado la Navidad. Sin embargo, la vida me enseñaría que Navidad puede ser en cualquier mes del año.

Provengo de una familia que ama la Navidad antes de declararse católicos devotos. Eso quiere decir que, para estas fechas, en mi casa materna no había un solo lugar en el que se posaran los ojos y no hubiera algo que exclamara ¡Es Navidad! Para cuando mi padre y mi madre decidieron abrazar de lleno la religión católica, sólo se sumó un nacimiento más grande al ambiente festivo que cada año se respiraba en mi casa.

Su simbolismo aumentó conforme creció el clan con las familias que formábamos mis hermanos y yo, hasta convertirse en fechas sagradas en las que acudíamos a la casa materna como quien acude a la Villa.

El ritual navideño contenía: fotos familiares, la apertura de regalos -que podía prolongarse un par de horas, porque mi padre y mi madre juntaban pequeños regalitos todo el año y los envolvían uno a uno. Adoraban ver la cara de sus nietas y nietos cada vez que sacaban un paquetito y pronunciaban su nombre- brindis y cena.

El brindis era un ritual en sí mismo. Mi padre comenzaba y luego tomaba la palabra quien quisiera. En general toda la familia sentada a la mesa lo hacía, incluidas las personas más pequeñitas que, en cuanto pudieron hablar entendieron la magia que ahí se creaba. Se reflexionaba en lo que nos había traído el año y en lo que se deseaba para el próximo. Solía ser un momento lleno de amor y gratitud.

Eso no cambió por décadas. Sólo sumó a las novias y novios de la más joven generación.

A la muerte de mi padre comenzaron las sillas vacías, como dice mi madre. Yo dejé de ir, primero porque no fui capaz de repetir los mismos rituales sin mi padre. Y luego, porque la vida me cambió.

La última vez que celebré la Navidad en la fecha estipulada fue en 2016. Miami. Mi pequeña familia toda reunida. Mi Alex con 30 kilos menos tras devastadoras quimioterapias. La invitada de honor fue la esperanza, pero también se sentó a nuestra mesa el amor y la gratitud.

A su muerte, en abril de 2017, me di cuenta de que ese duro año tuve muchas Navidades; porque, en realidad, la esencia se encontraba en sentarse a la mesa y dejar que nos inundaran las risas compartidas, el amor y la gratitud.

Desde entonces cualquier día de cualquier mes puedo sentir que es Navidad.

Aun así, en diciembre visto mi casa de Navidad, aunque no con el detalle y preciosura con que hasta el sol de hoy lo hace mi madre. Y escucho canciones navideñas hasta que cada una de mis células sepa que es Navidad.

Sé que no se repetirá la tradición que tan cuidadosamente forjaron mi padre y mi madre. Pero desde hace tres años mi madre, mi hermano Alberto y mi cuñada Reina viajan para sentarse a la mesa con mi familia el 31. Y esta vez, además, llegará toda la familia de mi hermano Carlos. Así que mi casa se llenará de risas, algarabía, abrazos, amor y gratitud.

 Sigo pensando y sintiendo que cada vez que eso suceda es Navidad. Pero me alegra mucho que este año mi Navidad coincida con la Navidad.

10/25/2025

Cura para el desánimo

 

.- Entre muchas mujeres el desánimo se pasea. Y el lamento se resume en una frase de la periodista Nuria Varela: “La paridad no era esto”.

Y, en efecto, la paridad conseguida hasta hoy no es eso que muchas imaginamos y ayudamos a construir.

Imaginamos, entre otras cosas, que más mujeres en el poder, permitirían que se asentara la idea de que el poder también es un espacio de mujeres, y que serían más factibles las transformaciones necesarias para construir igualdad en todos los ámbitos.

Pero lo que se observa es que las mujeres con poder deben invertir una enorme cantidad de tiempo y energía en sortear ataques machistas y estereotipos sexistas, esos que han dictado lo que debe ser y hacer una mujer sólo por serlo.

Se suele decir que sabremos que hemos conseguido más igualdad cuando una mujer no pague más caro los mismos errores que comete un hombre, o cuando deje de juzgársele por cosas que no se juzga a un hombre.

También se observa que las élites partidistas suelen dejar de apoyar a las mujeres fuertes que han impulsado cambios importantes, es decir, de los hombres esperan lealtad; de las mujeres, sumisión.

De igual modo, la simulación. Distintas autoridades negocian y acuerdan con el señor que le colocaron como segundo a cargo, y la dejan prácticamente sin margen de acción o decisión.

Y eso cuando las mujeres lograron tomar posesión del cargo, porque muchas veces entre ganar y ocupar la silla hay un trecho muy largo.

Para decirlo rápido, las mujeres ocupan cargos de gobierno, pero aún no tienen el poder, y la sinrazón es que no se acaba de aceptar que la mitad del poder es un derecho y que históricamente ha sido una injusticia que los hombres, por nacer hombres, se adjudicaran todos los cargos de toma de decisiones, excluyendo a las mujeres sólo por nacer mujeres.

Así pues, a 11 años de haber conseguido legalmente la Paridad y a seis de la Paridad en Todo, percibo desánimo. Y “se ve” como un líquido espeso que se adhiere a la piel y que impide ver nada que no sea esa funda pegajosa; o como dementores (personajes de la saga Harry Potter), seres fantasmagóricos que a la menor oportunidad se plantan de frente para robarse el aliento.

Y no falta motivo ni razón. Pero yo sostengo que el desánimo se cura mirando al pasado. No sé si en todos los casos, pero en materia de derechos de las mujeres sí.

No era esto la paridad. No. Pero antes no teníamos ni ciudadanía ni derecho al voto.

Los obstáculos son enormes. Sí. Pero con obstáculos más grandes las sufragistas nos consiguieron el derecho al voto y a la educación.

No basta la capacidad, el talento, los conocimientos. No. Pero antes ni siquiera teníamos derecho a tener conocimientos que no estuvieran relacionados con el espacio doméstico.

No es lo que soñamos. No. Pero tenemos más que lo que se tenía hace un par de décadas. Y tenemos mucho más que lo que tenían las sufragistas.

El sueño de paridad no es este. No. Pero eso sólo quiere decir que no hemos llegado a dónde queremos y que el camino es más largo y tortuoso de lo que anticipamos.

Mi cura para el desánimo es mirar el pasado. Y también recordar las palabras de la filósofa Victoria Camps: “Cuando flaquean las certezas tenemos que volver la mirada a las convicciones”.

10/18/2025

Sin embargo

 

.- Estamos a punto de conmemorar el 72 aniversario del voto de las mujeres en México, y las alertas están encendidas. En medio mundo, he de agregar ¿Por qué?

Cabe recordar que las ideas de ciudadanía, democracia, igualdad nacieron con la exclusión deliberada de todas las mujeres.

A partir de entonces, en distintos tiempos y con diferentes intensidades, mujeres de todo el mundo hemos llevado a cabo acciones para ir vindicando nuestro derecho a tener derechos. Uno de los primeros fue el derecho a votar y ser electas.

En México, tras conseguirlo, aceleramos la marcha hasta conseguir, en nuestra Constitución, la paridad en 2014 y la paridad en todo en 2019 (esa historia se la cuento en el libro El deber de la memoria. Del derecho al voto a la paridad en todo, que escribí con Teresa Hevia).

Hoy muchos países del mundo tienen leyes de paridad y hay más mujeres que nunca en cargos de poder. ¿Por qué, entonces, están encendidas las alarmas?

Porque las leyes se cumplen a medias (o no se cumplen); porque con gigantesca frecuencia las mujeres tienen el cargo, pero no tienen el poder; porque se les regatea ad infinitum la autoridad que en automático se le confiere a cualquier señor; porque suelen ser duramente criticadas y hostigadas no por su trabajo, sino por lo que tradicionalmente se espera de una mujer por ser mujer; porque muchos toman las decisiones con el señor que ocupa el segundo cargo en mando; porque…

En síntesis, porque en la mayoría de los partidos políticos no se acaban de creer la igualdad y la cantidad de obstáculos colocados a partir de prejuicios sexistas hace desigualmente desgastante el ejercicio de poder (cuando se tiene).

No es un caso o dos. Hay un patrón, que describe bien Nuria Varela en su libro El síndrome Borgen.

A esto hay que sumar un debilitamiento de las democracias en medio mundo. Y en contextos no democráticos las mujeres pierden o ven debilitados sus derechos.

Sí, las alarmas suenan y el panorama se aprecia con vientos huracanados. Sin embargo…

Tenemos a la generación de mujeres más preparadas de la historia de la humanidad. Y, asimismo, caminamos juntas tres generaciones de mujeres que hemos transformado nuestras vidas con perspectiva feminista o, al menos, emancipatoria. Nunca había sucedido.

A cada paso me topo con mujeres llenas de entusiasmo, arrojo y osadía que quieren cambiar el pedazo de mundo en el que viven, y tienen los conocimientos, capacidades y talentos para hacerlo. Muchas son jóvenes; otras, están en su quinto o sexto piso.

De igual modo hay organizaciones de mujeres que trabajan a todo vapor en fortalecer liderazgos feministas, en capacitar y acompañar a las que quieren dedicarse a la política para transformar positivamente su comunidad, su estado, su país.

Aquí y allá se tejen alianzas entre mujeres. Y se tienden puentes con hombres que asumen la igualdad, conscientes del daño que hace la desigualdad.

Sí, el panorama es adverso y en muchas partes francamente hostil. Sí, las ultraderechas con su discurso autoritario y de odio recorren calles como dementores. Sí, algunos obstáculos de la Edad Media recobran vigencia.

Sin embargo, las feministas resistimos y avanzamos (como siempre), y muchos hombres igualitarios también.

9/06/2025

Tejedoras

 

.- No no sé tejer. Para la pena de un número impreciso de maestras, nunca me gustó. No obstante, ahora me doy cuenta de que soy una tejedora.

Mi abuela Graciela tejía con singular alegría y destreza. Tejía con agujas y con gancho; con estambre, con hilo y con macramé. Tejía suéteres, chalecos, bufandas, carpetitas, botitas rojas para el árbol de Navidad, mantillas. Tejía mientras veía televisión, o mientras conversábamos. Pero yo ni por error.

Eso representó una decepción. No para mi abuela, sino para las monjas de las escuelas en las que cursé primaria y secundaria.

Vaya que pusieron dedicación en convertirme en una mujer hecha y derecha (que en su idioma significaba que yo mostrara infinita devoción por coser, tejer y obedecer). Fracaso absoluto.

Pero ahora me doy cuenta de que a mi modo sí aprendí a tejer. Y me enteré por Irene Vallejo.

Ella es una filóloga española, experta en las culturas griega y romana de la Antigüedad, a quien conocí a través de su maravilloso libro El infinito en un junco.

Este poderoso ensayo, bellamente escrito, tiene un par de capítulos dedicados a contar lo que ha encontrado respecto a las mujeres que escribieron, distintas obras en distintos géneros, aunque la escritura estuviera prohibida para las mujeres.

Le ha resultado apasionante, afirma, seguir las huellas de las mujeres en la historia de las palabras escritas, de los libros, de la literatura.

Así, ha encontrado que el primer autor del mundo que firma un texto con su propio nombre es una mujer: Enheduanna. Esta poeta y sacerdotisa escribió 1 500 años antes que el famoso Homero. Su conjunto de himnos tiene ecos que “resuenan todavía en los Salmos de la Biblia”.

Cuando se recuperaron algunos de sus versos, apenas en el siglo XX, los estudiosos la apodaron “la Shakespeare de la literatura sumeria”.

Sin embargo, el hallazgo de estos textos es excepcional. La mayoría de lo escrito por mujeres de la Antigüedad se ha perdido. Apenas han encontrado fragmentos rotos. Los más completos sobrevivieron porque usaron pseudónimos masculinos. El resto son “el rastro de sus huellas borradas”, escribe Irene, a través del cual “tanteamos un paisaje de sombras donde ya solo es posible conversar con los ecos”.

Sin embargo, que no encontremos huellas no significa que las mujeres no hayan tenido un papel protagónico en la historia de las palabras, la literatura y los libros. Es más, ella cree que es posible que hayan sido mujeres las primeras narradoras.

Me llama la atención, dice, que haya tantos términos en común entre los textos y los textiles: la trama del relato, el nudo del argumento, el hilo de una historia, el desenlace de la narración, devanarse los sesos, bordar un discurso, hilar fino, urdir una intriga.

Y en este “punto” es que me entero de que, para orgullo de mi abuela, en realidad de alguna manera tejo. Porque me identifico con lo que bellamente escribió Irene Vallejo:

“Escribo porque no sé coser ni hacer punto; nunca aprendí a bordar, pero me fascina la delicada urdimbre de las palabras. Me siento heredera de esas mujeres que desde siempre han tejido historias. Escribo para que no se rompa el viejo hilo de voz”.

8/02/2025

Emisarios del pasado

 

.-El futbolista Javier Hernández Balcázar, mejor conocido como chicharito, decidió filosofar en sus redes sociales sobre lo que debemos ser y hacer las mujeres.

“Mujeres están fracasando, dijo. Están erradicando la masculinidad haciendo a la sociedad hipersensible”.

El delantero, convertido en filósofo, sentencia que nuestra misión principal está en construir y apuntalar la masculinidad (en qué estaríamos pensando cuando luchamos por nuestro derecho a estudiar, trabajar, bueno ya el colmo, ¡gobernar!).

Pero que no cunda el pánico, porque nos muestra el camino de la redención:

“Encarnen su energía femenina: cuidando, nutriendo, recibiendo, multiplicando, limpiando, sosteniendo el hogar que es el lugar más preciado para nosotros los hombres”.

Así que la “energía femenina” se relaciona con la escoba, el trapeador, la cocina, los cuidados… ¿Dónde oí eso antes? ¡Ya me acordé! En el siglo XVIII, Juan Jacobo Rosseau dijo:

“La educación de las mujeres siempre debe ser relativa a los hombres. Agradarnos, sernos de utilidad, hacernos amarlas y estimarlas, educarnos cuando somos jóvenes y cuidarnos de adultos, aconsejarnos, consolarnos, hacer nuestras vidas fáciles y agradables; estas son las obligaciones de las mujeres y lo que debe enseñárseles en su infancia”.

Chicharito, ya encarrerado, nos anima como filósofo griego de la Antigüedad:

“No le tengan miedo a ser mujeres (¿miedo?, ¿de qué?), a permitirse ser lideradas por un hombre (¡aaah!), que lo único que quiere es verlas felices (¿y lo de limpiar, nutrir y cuidar? O en eso debe consistir nuestra felicidad).

 Y, a continuación, tiende un anzuelo:

“Muchos estamos aquí con ganas de amarlas, cuidarlas, respetarlas y proveerlas (¿de qué nos tienen que cuidar?, y ¿qué pasa si ya nos proveemos o somos nosotras las proveedoras?).

Pero –continúa en tono de advertencia- ustedes, mujeres, tienen que aprender a recibir y honrar la masculinidad”.

No nos dice qué vamos a entender por “honrar la masculinidad”, pero para eso está Melchor Ocampo, quien escribió una epístola que formó parte de la ley de matrimonio civil en 1859.

“El hombre, cuyas dotes sexuales son, principalmente, el valor y la fuerza, debe dar y dará a la mujer protección, alimento y dirección, tratándola siempre… con la magnanimidad y benevolencia generosa que el fuerte debe al débil… La mujer, cuyas principales dotes son la abnegación, la belleza, la compasión, la perspicacia y ternura, debe dar y dará al marido obediencia, agrado, asistencia, consuelo y consejo, tratándolo siempre con la veneración que se debe dar a la persona que nos apoya y defiende…”.

Chicharito añora los tiempos en que las mujeres no teníamos derechos y sí la obligación de obedecer y venerar. Ruta que, desde luego, apuntaló todas las violencias contra las mujeres.

No es el único, claro. Por eso muchas personas vitorearon. Pero, y eso es lo que quiero rescatar, muchas otras gritaron: ¡Fuera de lugar!

Los emisarios del pasado esta vez quisieron meter un gol. Sin duda veremos en los próximos meses otras voces con fama y miles de seguidores. Muchas de ellas serán mujeres. Es una vieja estrategia. Alistemos, pues, las tarjetas rojas, porque muchas libertades y derechos adquiridos ya están en juego.

6/07/2025

Elena Torres

 

-.-La conocí junto con otras mujeres. Y es que su nombre no iba solo. Suele suceder. En la Historia, esa que se escribe con mayúsculas, el nombre de algún hombre llena páginas enteras. En cambio, los nombres de las mujeres van unidos en hilera, como perlas unidas en un collar; y eso, cuando logramos desenterrarlos.

Y desenterrar es la palabra precisa. Porque la Historia ha sido contada sin nuestras aportaciones; al punto que tenemos verdades a medias y muchas mentiras.

Yo me topé con Elena Torres Cuellar a la vuelta de un párrafo sobre el sufragismo en México. Pero fue gracias a la investigación de Leticia Bonifaz (Mujeres en la diplomacia. Pioneras en México y el mundo, Secretaría de Relaciones Exteriores, 2024) que pude asomarme a la grandeza de esa mujer que vivió entre los siglos XIX y XX, que además de ser una destacada sufragista, fue la creadora del esquema de desayunos escolares en México y de las misiones culturales en zonas rurales (logros atribuido a señores de la época).

Su labor motivó que fuera invitada a formar parte de la comisión internacional fundadora de la UNESCO (1946) entre un grupo de idealistas dispuestos a sostener la esperanza entre los escombros que había dejado la Segunda Guerra Mundial.

Algunas anécdotas dan idea de las adversidades que enfrentó Elena, porque señores cuyos nombres figuran en letras grandes en la Historia -como José Vasconcelos y Jaime Torres Bodet- obstaculizaron su trabajo y casi borraron sus aportaciones.

En una ocasión, un alto funcionario al que enviaron a implementar las misiones culturales rurales, le dijo a Elena: “Vasconcelos me mandó con una parodia de esos circos que usted se inventó”. Y ella contestó: “Ustedes organizan circos, yo estoy trabajando con pocos recursos y muy duramente con los campesinos Zapatistas”.

Los fragmentos de las memorias de Elena Torres, que comparte Leticia Bonifaz, muestran a una mujer sencilla, comprometida con sus ideales y con una ironía tan amable como filosa.

Cuando Julián Huxley, director de la Comisión Preparatoria de la UNESCO llegó a México a buscarla, un funcionario le comentó que en la Secretaría de Educación no la conocían, a lo que ella respondió: “Es natural que no me conozca ese funcionario, porque a Educación nos mandaron, para los puestos altos, a una persona procedente de la Luna y a otra de Marte”.

A Torres Bodet casi le dio el ataque cuando supo que invitaron a Elena a formar parte de la comisión que crearía la UNESCO. Dijo que no era la indicada, que era una mujer vieja que ni los museos de Europa conocía (cosa importantísima en un continente devastado por la guerra).

Por ello, al ser entrevistado, el señor Huxley dijo con sutileza británica: “Cumplí con el propósito que me trajo a México. Consulté con la señorita Elena Torres, quien saldrá en breve para Londres a ayudarnos un poco y a visitar museos”.

Poco después Torres Bodet fue director general de la UNESCO. Y, casualmente, casi no quedó rastro del trabajo de Elena Torres ahí.

Pero ya la hemos recuperado porque, como otras feministas, Leticia Bonifaz se ha empeñado en reconstruir, con paciencia de artesana, nuestras historias en la Historia, para terminar con las medias verdades o las descaradas mentiras.

www.cecilialavalle.com       

@cecilia.lavalle.t

2/15/2025

Las amigas

 

.-.-¿Qué sería de las mujeres sin el aliento y el apoyo de otras mujeres en situaciones de crisis, que son tantas? ¿Qué sería de nosotras sin nuestras amigas? Se pregunta la feminista Marcela Lagarde y de los Ríos en una reflexión sobre la sororidad. Y aunque parezca increíble hubo un tiempo en que la amistad sólo era considerada cosa de hombres.

Actualmente eso parece un disparate, incluso hay investigaciones que muestran que las mujeres sostenemos relaciones más profundas e íntimas con nuestras amigas que las que sostienen los hombres con sus amigos.

No es novedad, por ejemplo, que ante una emergencia, un divorcio, un duelo, son nuestras amigas las que nos sostienen. Ni qué decir en casos de violencia. Son mujeres las que salvan mujeres.

Pero por siglos se creyó que la amistad era un asunto de hombres y que las mujeres no teníamos la capacidad para ello.

En el estupendo libro Entre mujeres. Una historia de la amistad femenina (Paidós 2018), Marilyn Yalom y Theresa Donovan Brown analizan el concepto de amistad en distintas épocas y la aceptación y formación social al respecto en mujeres y hombres.

Ellas encuentran que la mayoría de los documentos sobre la amistad, desde la Antigüedad y hasta 1600 en la historia occidental, sólo se refiere a los hombres. Se alaba la amistad como un asunto masculino por razones de solidaridad cívica y militar.

A las mujeres, dicen las autoras, se les consideraba constitutivamente no aptas para la amistad. Aún en el siglo XIX, el diario británico Saturday Review plantea la pregunta de si las mujeres eran capaces de ser amigas.

Eso no significa que las mujeres del pasado no tuvieran amigas, pero las relaciones que establecían con otras mujeres eran vistas como relaciones filiales (a menudo lo eran) o como algo que no llegaba a la categoría de amistad (reservada para los hombres).

Con excepción de las monjas de la Edad Media, que dejaron en cartas registros claros de su amistad con otras mujeres, no es sino hasta el siglo XV – XVI que hay evidencia de la amistad entre mujeres fuera de los conventos. Y apenas desde el siglo XVIII socialmente se contempla la amistad como una parte amplia y respetada de nuestras vidas.

Los “administradores de la historia” -como bien le llaman las autoras- durante dos mil años ignoraron, despreciaron o abiertamente denigraron la amistad entre las mujeres. Hasta que accedimos a la educación formal y a otros derechos, y fuimos desmintiendo esa historia.

Yalom y Donovan terminan su texto con cuatro elementos en común que encontraron en la amistad entre mujeres a lo largo de la historia: Afecto, definido como un bondadoso sentimiento de apego. Apertura: podemos hablar y esperamos comprensión y apoyo. Contacto físico: nos tocamos, nos abrazamos, nos rascamos la espalda. Interdependencia: nos relacionamos para ayudar a otras y para sobrevivir.

Marcela Lagarde pregunta en su reflexión sobre la sororidad: ¿Qué habría sido de las mujeres en el patriarcado sin el entramado de mujeres alrededor, a un lado, atrás de una, adelante, guiando el camino, aguantando juntas?

Y sabiamente responde: No habríamos sobrevivido a los avatares de la vida sin otras mujeres conocidas y desconocidas, próximas o distantes en el tiempo y en la tierra.

1/13/2024

El ritual

 

.-Varios pendientes se acumulan en mi escritorio y en mi cabeza; pero yo solo tengo a la vista la caja en la que fue envuelta mi agenda 2024, y que me invita a abrirla con la insistencia de una niña que quiere ver sus regalos.

Hace muchos años que le compro mi agenda a la diseñadora Anahí Echeverría, una talentosa joven que siempre mete en la caja sonrisas y abrazos en calcomanías, separadores y notas.

Así que aquí me tiene, mirando el reloj para no sobrepasar la hora límite de entregar este texto, y con la cajita frente a mí haciéndome guiños para que la abra de inmediato.

Pero abrirla no representa cosa de un par de minutos, sino todo un ritual, porque es realmente la señal de que un nuevo año comienza.

Reviso, además, lo anotado en la agenda del año que terminó, no solo para anotar las fechas de cumpleaños de mis afectos cercanos, sino como un modo de hacer balance. Qué hice, qué padecí, qué quedó pendiente.

Ese ritual me detiene en meses específicos. Febrero, por ejemplo, que es cuando cumplo años y también los cumplía mi padre. Se me acumulan las reflexiones y los recuerdos.

Me para en seco en abril, cuando la vida me cambió para siempre. Ese mes de un año lejano se fue mi Alex a buscar oportunidades en Estados Unidos con su esposa. Ese mes, de otro año, consiguió su residencia oficial y un trabajo que le entusiasmaba. Y un abril de 2017 murió de cáncer.

En otros meses me recuerda cosas puntuales. Conmemoraciones por derechos de las mujeres que me obligan a mirar lo avanzado sin perder de vista los retrocesos o los enormes desafíos.

También, trabajo que disfruté mucho, logros, reuniones con amistades, ideas que no se concretaron, trámites que año con año debo anotar para no olvidar.

Diciembre, por su parte, suele ser un mes en el que procuro hacer un balance. Pero esta vez la vida decidió detenerme.

Cerré el año con toda mi atención y mi tiempo centrado en mi hija, a quien le chocaron el coche, pérdida total, fractura del brazo izquierdo (que es el dominante para ella), operación y una recuperación a la que aún le faltan algunas semanas.

Eso quedará marcado en la nueva agenda, porque me recordó la fragilidad de la vida y, por sobre todo me enseñó que está bien sentirse miserable, que acompañar a quien sufre requiere un delicado equilibrio entre la compasión y el optimismo.

Me enseñó que puedo sostener y ofrecer mi fortaleza, pero también debo dar espacio a la frustración, el enojo, la tristeza.

Es decir, aprendí que para acompañar es mejor ser “colchón” que “roca”. Y eso me lo enseñó mi sabia hija Talía. Así que claro que quedará anotado en la Agenda.

Y mire lo que son las cosas. La ilustración de la Agenda de este año (no resistí y abrí la caja) es una sirena acompañada por una mariposa, lo que en este momento representa para mí la idea de fluir ante las situaciones y recordar que todo cambia, se transforma.

Lo mejor es que Anahí complementa la ilustración con un sol que sonríe y una luna en cuarto creciente. Así que iré bien acompañada.

Deseo que nos acompañemos este nuevo año, y que su vida fluya, se transforme para bien y, como en mi caso, alumbren su camino un sol que sonría y una luna en franco crecimiento.

11/25/2023

¿Probamos?

 ,.¿Está preparado México para que lo gobierne una mujer?, me pregunta el reportero. Le cambio la pregunta, contesté, ¿está preparado México para que lo gobierne otro hombre?

Permítame aclarar que de ninguna manera creo que el solo hecho de ser mujer te haga mejor o peor que un hombre. El sexo con el que nacemos no determina si tendremos honestidad, respeto por los derechos humanos, empatía, inteligencia. Nada. No determina nada. Pero muchísimas personas sí lo creen.

No es algo nuevo. En la Antigüedad y en la Edad Media se sostuvo que el sexo con el que se nace viene en paquete con una serie de cualidades y aptitudes. Sin embargo, esas ideas comenzaron a cuestionarse desde el siglo XVII. Leyó bien: siglo diecisiete.

En esa época, se plantea que teníamos inteligencia, Razón (así, en mayúscula), lo cual abrió la puerta a poderosos conceptos como: igualdad, libertad, universalidad, ciudadanía y a la democracia moderna, que terminaba con la creencia de que el gobierno le correspondía a una familia -el rey y su descendencia o parentela masculina- por designio divino.

Y ahí estaban mujeres pariendo también esas ideas. Marie le Jars de Gournay con su texto Sobre la igualdad de hombres y mujeres (1622) critica la jerarquía sexual desarrollada a partir de la falta de formación y conocimientos de las mujeres (recordemos que teníamos prohibido aprender a leer y escribir).

Años más tarde, François Poullain de la Barre, proclama que “la mente no tenía sexo” (1673) y que, salvo diferencias genitales, no había ninguna diferencia sustancial entre los sexos.

Eso abrió un debate que, por increíble que parezca, llega a nuestros días. Y aparece con toda claridad cuando una mujer, la que sea, se postula para gobernar lo mismo un municipio, un estado, un país o una empresa.

Se parte del supuesto que los hombres, solo por nacer hombres, son capaces de gobernar. Y, por el contrario, las mujeres, solo por nacer mujeres, no lo somos.

Por eso, nadie se preguntó si después de Hitler deberíamos dejar un gobierno en manos de un hombre. O después de Mussolini o Stalin o Trump o… piense usted en cualquier apellido de gobernantes mexicanos.

Sin embargo, basta que una mujer tenga posibilidades de llegar al poder para que surja la pregunta.

Y en México ahora surge a menudo, porque obligamos legalmente a la paridad (2014) y ensanchamos el camino con la paridad en todo (2019), que obliga a los partidos políticos a postular por igual mujeres y hombres a gubernaturas.

Lo que hay de fondo en esa pregunta y en muchos cuestionamientos que se hacen a las mujeres que quieren gobernar (o que ya gobiernan), es que no se termina por reconocernos como iguales. Igualmente humanas. Igualmente personas.

Porque, si partiéramos de la idea de que somos igualmente humanas que los humanos, daríamos por supuesto que podemos ser tan buenas o tan malas, tan honestas o tan corruptas, tan capaces o tan incapaces como cualquier señor que aspire a gobernar.

Pero, si se insiste en pensar que el sexo es lo que define la capacidad para gobernar, diría que: a) la evidencia en nuestro país muestra lo contrario, y b) aunque sea para variar, a partir de ahora todos los cargos de poder deben quedar en manos de mujeres, hasta que la evidencia muestre lo contrario ¿Probamos?

10/21/2023

Inventario de la herencia

 

Hoy, 17 de octubre se conmemora el 70 aniversario del derecho al voto de las mujeres en México. Y este año cobra especial relevancia porque estamos ante la probabilidad de que, por primera vez en México una mujer sea presidenta.

Es cierto que hemos tenido seis candidatas previamente: Rosario Ibarra de Piedra, por el Partido Revolucionario de los Trabajadores (1982 y 1988); Marcela Lombardo, por el Partido Popular Socialista (1994); Cecilia Soto, por el Partido del Trabajo (1994); Patricia Mercado, por el Partido Alternativa Socialdemócrata y Campesina (2006); Josefina Vázquez Mota, por el Partido Acción Nacional (2012) y Margarita Zavala Gómez del Campo, como candidata independiente (2018).

Pero, salvo en el caso de Josefina, ninguna tuvo posibilidades reales de llegar, dado que sus partidos no tenían fuerte presencia nacional.

Esta vez, al parecer -porque aún no ha iniciado el registro de candidaturas- tanto el partido en el poder como los partidos de oposición en coalición, postularán a mujeres.

¿Cómo llegamos a este punto?

No fue porque un buen día los líderes partidistas amanecieron inundados de espíritu igualitario y democrático y dijeron: “Sería buena idea postular a una mujer esta vez”.

Así como tampoco fue cosa de encontrar de buen humor a Adolfo Ruiz Cortines y pedirle que fuera tan gentil de enviar un decreto que reconociera el voto de las mujeres en nuestro país.

Hay una larga y fascinante historia de las acciones de las mujeres mexicanas por conseguir primero el voto (acciones que van de 1824 a 1953); luego para obligar a los partidos políticos a que nos postularan a cargos de elección popular mediante cuotas (1993-2008) y después por la paridad (2012-2019).

Y todo ese camino ha sido abierto con alianzas entre mujeres, particularmente feministas. Con organizaciones formales o informales. Estableciendo pactos entre organizaciones feministas y mujeres políticas, en especial legisladoras -feministas o no-.

Abrimos ventanas y luego puertas contra viento y marea, incluso contra viento huracanado. Porque las resistencias de muchos hombres a que las mujeres tengamos poder en pie de igualdad siguen vigentes como en el siglo XVIII.

Y, sin embargo, hoy tenemos más que nunca en nuestra historia, gobernadoras, presidentas municipales, síndicas, regidoras, diputadas federales, senadoras, diputadas locales, consejeras electorales, magistradas en los tribunales.

Es decir, hemos abierto puertas en lo federal, en lo estatal, en lo municipal y en organismos autónomos.

Y no hemos terminado. Porque la paridad no ha echado raíces, porque se aprovecha la menor oportunidad para querer dar marcha atrás. Y eso sin contar con la enorme piedra en el camino que representa la violencia política contra las mujeres en razón de género.

Por eso hoy, más que nunca, se hace necesario recordar y hacer inventario de lo que hicimos con la herencia que nos dejaron las sufragistas.

Y por eso al respecto escribí un libro junto con mi socia Teresa Hevia, que pronto saldrá a la venta en forma digital. ¡Ya le contaré!

Recordar, honrar a las sufragistas, someter la herencia a inventario, nos permite entender el presente, saber cómo llegamos hasta aquí, dónde es “aquí”; pero también nos ayuda a mirar el horizonte, a trazar el futuro.

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12/10/2022

Inventario

  

Si hiciéramos inventario, ¿cuántas posesiones tendríamos? Si contáramos todo aquello al que le anteponemos el pronombre posesivo “mi”, ¿cuánto creeríamos que es nuestro?

Cada que puedo desayuno en mi terraza que mira al jardín. Y suelo quedarme absorta mirando lo que me ofrezca el día. Veo mis flores, en especial las de las musaendas que plantamos hace mucho y que, contra sol y viento ahí siguen, floreciendo para mi alegría.

Veo a un cuarteto de lagartijas que salen de mis plantitas moradas a tomar el sol.

Veo las pequeñas flores que dan esas plantitas moradas, y veo como llegan abejas a chupar el polen. No sé si se dice “chupar”, pero juro que así parece. Y en mi pedazo de mundo eso hacen así sea invierno.

También suelo ver a un pajarito de pecho amarillo que me visita siempre o casi. Igual que mariposas amarillas y una que otra libélula. El pajarito (un bienteveo) grita para avisar que está por aquí. Las otras son más discretas. En cualquier caso, siempre me conmueven, porque dicen que son mensajeros del más allá para hacernos saber que nuestros seres amados mandan saludos.

Así pues, de vez en vez, desayuno en mi terraza y veo pequeños milagros a los que absurdamente llamo “míos”.

No lo había notado, hasta hace unos días que, como si hiciera inventario, me escuché decir: mis flores, mis lagartijas, mis abejas, mi arbolito, mis mariposas, mis libélulas, mi pajarito. Y caí en cuenta que así vamos por la vida haciendo nuestro lo que no nos pertenece en absoluto: mi esposo, mis amigas, mi hija, mi hijo…

Acaso la ilusión del posesivo “mío” es útil para crear una sensación de certezas y de eternidad.

Pero nada lo es. Ni lo material, en realidad. Cuando viajo no dejan de sorprenderme las haciendas, los fuertes, los castillos o cualquier construcción que sin duda debe haber hecho sentir muy poderoso a su propietario y, acaso, pensó que duraría para siempre. Y “siempre” significó lo que duró su riqueza, su poder o su vida. 

Ni la vida es toda nuestra. En general no podemos decidir cuándo ni cómo terminará. Así que para ser una “posesión” es bastante frágil.

Sí, en efecto, puede haber un deseo de certezas y eternidad cuando usamos el posesivo.  

No obstante, acaso hay otro ángulo. No es el objeto o el ser lo que poseemos, sino lo que sentimos por ello. 

Así, evidentemente no poseo a “mis” cuatro lagartijas, pero el gozo que me produce verlas me pertenece. Y por eso las llamo mías.

La alegría o nostalgia o tristeza que evocan en distintos momentos el bienteveo, las mariposas, las libélulas, las flores, el arbolito es tan mía que puedo trasladarla y sentir que son mías.

Y sin duda el amor que siento por cada persona que amo, me permite nombrarla con el posesivo por delante.

La clave, quizás, es saber que nada y todo es mío. Y así el inventario cobra sentido. 

Hoy mi sol salió puntualmente y cobijó un buen rato a mis lagartijas. Ayer vino mi pajarito a disfrutar un rato de la sombra que dan mis musaendas. Hace unos días disfruté mucho una comida con mi esposo, mi hija y mi yerno. El fin de semana fui muy feliz con mis amigas y amigos. Cada quince días comparto mis alegrías, reflexiones y tristezas con mis lectoras y mis lectores.

En momentos de tanta incertidumbre, realmente me siento afortunada. Tengo un gran inventario.

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10/15/2022

El lastre


Escrito por Cecilia Lavalle 


Octubre de 2022.- Lejos se ven los tiempos de las manifestaciones en el Zócalo, en la Cámara de Diputados, en la casa presidencial exigiendo el derecho al voto de las mujeres. Sí, desde la cima de la Paridad, se ven lejos. Y, sin embargo, no hemos tirado suficiente lastre.

¿Cuál lastre?

Hay que recordar que, a lo largo de la historia, los hombres se adueñaron del poder y de todo lo relacionado con el espacio público; y dejaron a las mujeres encargadas de casi todo lo relacionado con el espacio del hogar. Por las buenas o por las malas.

“Por las buenas”, se incluían consignas como “calla, obedece y sirve” (a los hombres que estuvieran a su alrededor), “agrada y sonríe” (a todo mundo).

Por las malas, reformas legales que establecieron la subordinación de las mujeres, y la argumentación de nuestra inferioridad, al punto de considerar que ni siquiera éramos humanas.

No obstante, y bajo esas camisas de fuerza, los movimientos sufragistas consiguieron el voto en casi todos los países de Occidente. En México lo conseguimos un 17 de octubre de 1953.

Conseguir igualdad de condiciones para ser postuladas y ser electas ha sido otra larga historia que, en México, pasa por las cuotas de género (1993-2008), la sentencia 12624 (2011), la Paridad constitucional (2014), jurisprudencias por paridad vertical y horizontal (2015), y Paridad en todo (2019).

Somos, hasta ahora, el único país que en su Constitución garantiza legalmente la Paridad en todos los cargos, por elección y por designación.

Es como haber subido una gran montaña. Llegamos a una cima, y desde aquí se mira otro horizonte. En la Cámara de Diputados, el Senado y en casi todos los Congresos estatales hay paridad. Hay más alcaldesas que nunca. Y, por primera vez en la historia, nueve mujeres gobiernan al mismo tiempo distintas entidades de nuestro país.

No obstante, se construyen abismos a cada paso, y también se ha hecho evidente que hay piedras que se colocan en nuestra mochila. El lastre que cargamos son los prejuicios de lo que deben ser y hacer las mujeres. Mujeres del siglo XXI que deben cumplir con expectativas “modernizadas” del siglo XVIII.

Se espera, por ejemplo, que las gobernadoras luzcan siempre impecables: maquilladas, peinadas y vestidas con elegancia y discreción. Nada de repetir un mismo vestido. Zapatos de tacón alto, por supuesto, aunque cueste más trabajo caminar. Nada de gestos adustos. Sonrisas y amabilidad por delante. Ser sensibles, pero no llorar, eso es signo de debilidad. Las órdenes deben parecer sugerencias. Las exigencias, peticiones. La castidad y fidelidad no son opcionales. Deben trabajar el doble, demostrar que merecen estar ahí. Nada de horarios para estar con la familia, nada de descansar. ¡Ah!, y les corresponde salvar a la patria.

Pensemos: si esas exigencias se colocaran en los señores, ¡hace tiempo que habría gobiernos acéfalos!

Debemos quitar ese lastre en la mochila de las mujeres. Dejar de medirlas con una vara distinta a la que se mide a los señores.

Cuando una mujer gobierne mal y no por ello sea más severamente cuestionada o castigada que un hombre que gobierna mal, entonces, y sólo entonces, sabremos que hemos quitado el lastre de las mochilas de las mujeres. Sabremos que estamos construyendo igualdad.

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9/03/2022

Conciencia social

  

.-“¿No nos hemos equivocado?”, preguntó con sincera preocupación: “Tenemos ahora mejores leyes, pero ¿no deberíamos haber cambiado primero la conciencia social?”.

La reflexión surgió en medio de un curso que impartíamos sobre los avances legales para atender y sancionar la violencia política contra las mujeres en razón de género.

¿Cambiar primero la conciencia social? Le di vuelta varios días al asunto. ¿Qué es la conciencia social? Tras leer algunos documentos que me encontré en línea, entendí que alude a la conciencia que adquiere un ser humano de que vive en un grupo social; es decir, toma conciencia de que hay otros seres en su entorno y se pregunta cómo las condiciones favorecen o perjudican a otras personas. La conciencia social implica entender las necesidades de otras personas y supone una motivación para la acción en apoyo de quienes lo necesitan.

Entonces —pensé—, no nos hemos equivocado en nada porque a lo largo de la historia, en diferentes momentos, han sido mujeres las que, tras adquirir conciencia social, se organizaron para cambiar las condiciones que les perjudicaban por nacer mujeres. Y, sin duda, las leyes han representado enormes avances.

Pensemos, por ejemplo, que sin reformas legales, estaría permitido vender a una mujer, violarla dentro del matrimonio, golpearla fuera o dentro de su hogar. Sin las reformas legales, las mujeres no podríamos votar, postularnos para un cargo de elección popular, divorciarnos, administrar nuestras propiedades; es más, ni siquiera tendríamos derecho a tener propiedades.

Pero una cosa es el cambio legal y otra el cambio real. Y creo que, en parte, a eso aludía la reflexión de la asistente al curso. Las reformas legales solo son una parte de los cambios indispensables que hay que llevar a cabo para que las mujeres gocen de todos sus derechos como humanas; pero es una parte vital: sin los cambios legales, nuestras condiciones serían medievales y no tendríamos posibilidades de exigir nada.

Ahora bien, esto se queda a medias si la reforma legal no se traduce en cambio real. Y para que se traduzca, es cierto que esa conciencia social debe ser generalizada. Es decir, la violación a los derechos de las mujeres debería verse como un agravio social y no —como sucede ahora— como un problema de mujeres.

En mi opinión, ahí está el meollo del asunto: porque no se asume que las mujeres somos tan humanas como los humanos y que, por tanto, tenemos derecho a todos los derechos, sin “peros”. Ni tampoco se asume que lo que les pasa a las mujeres le pasa a la sociedad. Es simple lógica matemática: somos más de la mitad de la población, así que lo que nos afecta de manera generalizada afecta a todo el conjunto social.

¿Nos hemos equivocado por avanzar más en el cambio legal y no en el real? Yo creo que avanzamos donde podemos, tanto como podemos. La toma de conciencia comenzó con nosotras y hemos hecho los cambios que hemos podido, que no son pocos.

Lo que tengo clarísimo es que si las mujeres nos hubiéramos esperado a que cambiara la conciencia social de manera generalizada, seguiríamos como en la Edad Media.

5/28/2022

A mí no me debe nada

Escrito por Cecilia Lavalle 

Debió ver mi cara cuando me enteré que: “Padres demandan a su hijo por no darles un nieto”.
El juicio se lleva a cabo en la India. La nota dice que los padres (infiero que padre y madre) en sus sesenta años (de modo que seniles no están) demandan al hijo, piloto de profesión y con seis años de matrimonio, que hasta ahora no da señales de querer procrear.
La demanda señala que eso les causa “sufrimiento emocional”. Y “sufren” tanto que la demanda es por más de medio millón de dólares.
El abogado explica que “según la cultura india, el nieto es el último amigo del abuelo”, así que las hijas o los hijos tiene “la obligación” de procrear tan pronto contraigan matrimonio.
Cada vez que utilizan el argumento de “la cultura” para justificar algo (por lo general alguna barbaridad) a mí se me sube la bilirrubina. Primero porque pareciera que la cultura es algo inmutable que nos viene del espacio exterior o es dado por los dioses del olimpo. Y segundo, porque ha servido para justificar desde el matrimonio de niñas con señores hasta la ablación; desde la prohibición de votar para las mujeres hasta la burka.
Llamó mi atención también el monto de la demanda. Se trata de un cálculo de lo que se invirtió en la educación del hijo y en su boda. De modo que el hijo, por obra y arte de la cultura, se convierte en una especie de bien inmueble, en el que se invierte esperando obtener beneficios en cierto plazo.
Y el “sufrimiento emocional” se explica porque el abuelo (nada se dice de la abuela) espera al nieto como su “último amigo”.
¿El nieto será obligatoriamente amigo de su abuelo? ¿Y si es nieta? ¿Y si no le da la gana? Digo, porque dada la demanda, el abuelo muy amigable no se ve.
Será muy interesante ver cómo resuelve el juez. Confío en que tome en cuenta que la cultura es obra y arte de sociedades formadas por seres humanos y, por tanto, cambia, se transforma en el tiempo y en el espacio.
Confío también que el juez (¿habrá juezas?) considere que un hijo no es un negocio del que deban esperarse rendimientos, que el abuelo ya está grandecito para buscarse sus propios amigos o, en todo caso, buscar a un terapeuta que alivie su “sufrimiento emocional”.
Y si el juez falla en contra, yo le entro a la coperacha para que el hijo pague el monto que lo liberará de semejante carga.
Por lo pronto dejo por escrito, con ustedes como mis testigas y testigos, que mi hija no me debe nada (como nada me quedó a deber mi hijo).
Traerla al mundo fue una decisión de su padre y mía (de modo que ni la vida me debe). Cada minuto, cada centavo invertido en ella fue una decisión en pleno uso de nuestras facultades, y se utilizó con el único fin de brindarle las mejores alas posibles, para que volara tan alto y tan lejos como quisiera; para que fuera una persona responsable consigo misma, con los seres que ama y con su comunidad. En otras palabras, nos esforzamos para dotarla de herramientas a fin de fuera libre e independiente, y procure felicidad y paz.
Dicho esto, dejo escrito por aquí también, que no compartiré la noticia de la India con algunos amigos que “mueren por un nieto”, ¡y dan una lata! No vaya a ser…

4/16/2022

Siempre viernes

Escrito por Cecilia Lavalle 

CIMACFoto: Lourdes Godínez Leal

Hola. ¿Hay alguien ahí? Cuando hay vacaciones, suelo tener la sensación de que escribo para mí, porque en la otra orilla están en fase de hibernación (en la web escribiría Germán Dehesa), o no están.

Estas vacaciones en particular, las de Semana Santa, se supone que no son días de descanso per se. Que son días de reflexión, contrición, duelo. Al menos para las personas que profesan la religión católica. Que la profesan de verdad, quiero decir, porque una cosa es recibir bautismo y confirmación, y otra muy distinta es seguir las reglas y rituales de esta religión o de cualquier otra que considere realmente Santa a esta semana.

Sin querer entrar en polémica con la jerarquía católica, tengo la impresión de que la mayoría de la población mexicana (que dicen que es mayoritariamente católica), en realidad está en la cósmica web (Dehesa dixit) o vacacionando en algún lugar que poco o nada tiene de santo.

Yo confieso que no profeso religión alguna; así que la Semana Santa es para mí como un largo viernes; es decir, hay oportunidad para el descanso, el ocio; no hay prisa y, sí en cambio, se puede invitar a la alegría a comer y a hacer una larga sobremesa, al fin que es “viernes”.

Ya que estoy en fase de confesiones, confieso también que no son los únicos días que son viernes para mí. Tengo otros que, aún sin marcarse en el calendario católico, escolar o laboral, declaro solemnemente que son viernes. Es decir, camino a otro ritmo, como el caracol que no tiene muy claro a donde va, pero va. O como la tortuga, que también camina despacio y cuando le apetece se mete en su casa y no sale por más que toquen a su puerta.

Algunos de esos “viernes” me gusta unirme al cardumen y navegar con mis amistades, reír a todo pulmón, jugar algún juego de mesa en compañía del vino (que no es sagrado, pero lo tratamos como tal).

También, como mamá gallina, me encantan las reuniones con mi pequeña familia. De hecho, cada reunión es gozosa como si fuera siempre viernes.

Y, en esta ocasión, mi siempre viernes es una reunión con mis tribus, tras largo recogimiento por el arribo de la realeza (algunas personas le llaman simplemente “corona”, aunque sus variantes lleven nombres griegos o combinaciones extrañas de letras y números).

Tengo dos tribus. La de mi esposo, que hice mía hace muchos años. Y aquella de donde vengo yo. Las dos igual de ruidosas, generosas, divertidas y amorosas.

Esas reuniones son un regalo de la vida siempre. Pero esta vez, además, celebramos como el milagro que es, que toda la tribu está viva. En esta larga y penosa pandemia no perdimos a ningún integrante de nuestras tribus; y el tiempo, la distancia y los vaivenes de la vida no han hecho mella ni en el ánimo ni en el amor.

De modo que declaro con la potestad que me he otorgado a mí misma, que allí donde haya mucho amor hay algo de santidad. Que allí donde se celebre la vida, hay milagros. Que allí donde se comparta el pan y el vino, algo sagrado ocurre. Y que allí donde haya alegría, risas compartidas y abrazos amorosos son siempre viernes.

22/CLT/LGL