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12/17/2018

De la llamada “comentocracia” y sus afanes


Epigmenio Ibarra
Les quitaron el bozal y la correa. Dejaron de darles línea. No saben qué hacer, no saben para qué sirve la libertad de expresión de la que ahora gozan, porque siempre han escrito y hablado ante el micrófono o la cámara por consigna, vendiéndose al mejor postor. Eran servidores del poder y se sentían parte de él. Entre los poderosos, a los que veían como iguales, se sentían a sus anchas. A su amparo hacían negocios, colocaban a sus parientes y socios, ganaban influencia, amasaban grandes fortunas; se volvían, más que líderes de opinión, estrellas; eran conductores carismáticos de masas que podían –si el monto era el correcto- elevar hasta las alturas a un político o defenestrarlo según conviniera a los intereses de su patrocinador en turno.
Sus grandes “éxitos” periodísticos se debían generalmente a filtraciones. Eran sólo servicios prestados al gobierno en turno o a los que aspiraban a sucederlo; golpes con dedicatoria para un adversario interno; encargos del concesionario para el que trabajaban, o provocaciones para vender más caros sus servicios. Nunca investigaban, sus fuentes estaban siempre en los pasillos del palacio o en los sótanos del poder. Sus grandes revelaciones eran resultado de los planes de la inteligencia política o militar.
Sin pisar jamás la calle pontificaban sobre los movimientos sociales, justificaban las masacres asumiendo como propia la verdad oficial en todos los casos. En un país de reporteros pobres que se juegan la vida a cada paso, estos columnistas y presentadores de medios electrónicos se disfrazaban a veces de intrépidos corresponsales de guerra y se prestaban a los montajes organizados por jefes policiacos y militares. Jamás corrieron riesgo alguno, jamás se atrevieron a incursionar en las zonas conflictivas del país y menos todavía se les vio participar en ninguna de las muchas marchas que se hicieron para denunciar el asesinato de una reportera o un reportero.
Sin salir de sus oficinas o de los estudios de radio y TV, sin jugarse el pellejo como aquellas y aquellos que intentan contar lo que realmente sucede en este país, su santa indignación ante los hechos de violencia era y sigue siendo solo una mascarada. Nunca les ha silbado un tiro cerca. No comprenden a las víctimas, su dolor, su indignación, su reclamo de verdad y justicia, y se dan el lujo de descalificar su lucha, de emprender incluso campañas de desprestigio en su contra. No han estado con ellas cuando hurgan la tierra en busca de sus seres queridos ni las han acompañado cuando se plantan frente al poder.
Hoy ven su bolsillo y sus pretensiones afectadas. Ya no rondan el palacio ni los buscan, zalameros, los gobernantes. No son ya como ellos, no comen en los mismos restaurantes, no viajan en el mismo avión privado o en la misma clase. Tampoco reciben la llamada de amenaza o la oferta para que contengan sus críticas. Han dejado de vender sus entrevistas, sus reportajes a modo. No son ya el oído atento, la pluma servil, el espejo para el gobernante en turno. Ya no cobran al Gobierno de la República, ni por hablar ni por callar. Están desesperados. Están rabiosos.
Durante los últimos 12 años se deshicieron en elogios para tres de los presidentes más infames de la historia reciente de México. Callaron ante la traición y la corrupción de Vicente Fox Quezada; se sumaron gozosos a la exaltación de la pareja presidencial. Justificaron el robo de la Presidencia perpetrado por Felipe Calderón y, presentándolo como el gran pacificador, hicieron suya la sangrienta e inútil cruzada desatada por el michoacano para hacerse de una legitimidad de la que de origen carecía. A Enrique Peña Nieto, al fin y al cabo un producto mediático, lo cubrieron de alabanzas por sus reformas y cerraron los ojos y la boca ante la escandalosa corrupción de su gobierno y las masacres y desapariciones masivas ocurridas en su sexenio.
En tres elecciones jugaron a ser juez y parte; sin ningún recato, fueron el instrumento de la guerra sucia contra Andrés Manuel López Obrador. Una guerra que costó mucha sangre al pueblo de México y gracias a la cual se embolsaron centenares de millones de pesos. Estos periodistas y presentadores sembraron el odio, fomentaron el miedo, polarizaron irresponsablemente a la sociedad. Llamaron “mesías tropical”, y con mil epítetos más, al hoy Presidente de México; calificaron de “fanáticos” a los que lo seguimos, “ignorantes” a los que lo llevaron con su voto a Palacio Nacional. Sirvieron –y lo siguen haciendo- como caja de resonancia de las mentiras y calumnias tejidas para destruirlo; promovieron y promueven el desprecio en su contra.
Los integrantes de la hoy llamada comentocracia, de esa elite periodística que ha servido al poder las últimas dos décadas y que ha mantenido el monopolio de las grandes audiencias controlando los espacios más importantes en canales de TV, estaciones de radio, diarios y revistas, son corresponsables –por acción u omisión- del fraude electoral del 2006 y de la compra de la presidencia en el 2012 y, por tanto, cómplices de un crimen de lesa democracia.
Son también corresponsables del crecimiento exponencial de la violencia pues avalaron con sus alabanzas la guerra de Felipe Calderón y luego guardaron ominoso silencio ante la continuación y profundización de la misma con Enrique Peña Nieto. Al inicio de su gobierno pactaron con él para callar ante el escalamiento de la violencia, para presentarlo como el gran reformador. Luego, para exonerarlo de cualquier responsabilidad en Ayotzinapa, compraron, divulgaron y justificaron su verdad histórica.
Miles de millones de pesos pasaron del erario a las arcas de los medios y a los bolsillos de los miembros de la comentocracia. Al obsceno, innecesario, criminal gasto en la imagen de Fox, Calderón y Peña se sumaron centenares de millones de pesos gastados por otros funcionarios de manera subrepticia. Del saqueo de la nación, de la corrupción y la impunidad, son también corresponsables quienes cobraron por su voz y su silencio y se enriquecieron contando verdades a medias, deformando la realidad.
Si durante los últimos 20 años los miembros de esta elite se dedicaron a presentar al régimen autoritario como un régimen democrático hoy están empeñados en presentar al gobierno democrático de López Obrador como una tiranía. No es que sean cínicos, menos todavía que sean críticos valientes que alzan la voz contra los excesos del nuevo Presidente. ¡Qué va! Están trabajando de nuevo a sueldo del antiguo régimen, un régimen que se resiste a morir y que tiene control de los medios de comunicación, el apoyo de muchas de las grandes fortunas y que ha penetrado casi todas las esferas de la vida pública.
Basta analizar sus comentarios en la radio y la TV, sus escritos en la prensa ver la organicidad de sus opiniones, cómo éstas se sincronizan, se acompasan, cómo van adquiriendo la cadencia de un coro que repite, una y otra vez, los mismos argumentos de la guerra sucia y apela a despertar los más primitivos instintos de una sociedad golpeada por la violencia y la desigualdad. Y no se trata sólo de lo que dicen, también sus ademanes, sus silencios, sus puyas -cuyo peso editorial es innegable- van en el mismo sentido. Manipulan, deforman, fomentan, exacerban la incertidumbre. Dicen hacer un llamado al orden y a la cordura cuando, en realidad, lo que buscan es la debacle nacional.
Conviene tomar conciencia de que la comentocracia, como ha sucedido en otros países del mundo, está empeñada hoy en un esfuerzo masivo, consistente y orquestado para descarrilar no sólo al gobierno de López Obrador sino para impedir que la democracia se asiente sobre bases firmes en nuestro país. Les va en ello más que la vida –que nunca arriesgan-, les va la posición privilegiada que han tenido hasta ahora. El régimen autoritario actúa ya, de manera simultánea, en distintos frentes. Sus acciones desestabilizadoras exigen que la elite periodística, que durante décadas estuvo a su servicio, prepare el clima para esas acciones y, una vez que estén en marcha, les sirva de caja de resonancia.
En la democracia, la llamada “comentocracia” no tiene cabida; columnistas, presentadores de radio y TV que han vivido del erario lo saben. De ahí su afán de frustrar la voluntad de transformación que 30 millones de mexicanas y mexicanas expresamos en las urnas el 1 de julio de este año que termina. La democracia real exige algo que ellos nunca han sido capaces de hacer: una prensa digna e independiente que se plante frente al poder y que, como dice Carlos Payán, sólo se incline ante una dictadura: la de los hechos.
TW: @epigmenioibarra
Por Epigmenio Ibarra

12/02/2018

Ya tengo Presidente

Epigmenio Ibarra 
AMLO. Foto: Cuartoscuro.

A las 8:00 de la mañana del 19 de septiembre de 2107, cruzamos la plancha del Zócalo mi compañera Verónica Velasco y yo –que llevaba mi cámara al hombro- siguiendo los pasos de Andrés Manuel López Obrador. Al llegar frente a Palacio Nacional, volteó a vernos y dijo, mirando directamente al lente: “Esta vez será a La Chingada en Palenque, Chiapas, o a Palacio”. Acto seguido tomo aire, sonrió y luego de una de sus proverbiales pausas recapituló: “pero yo estoy seguro de que será a Palacio, porque así lo quiere la gente y ahí estaré –dijo señalando el edificio- a partir del 1 de diciembre, para servir al pueblo de México”. No se equivocó. Ahí estará a partir del mediodía de este sábado y yo, por primera vez en mis 67 años de vida, podré decir: ya tengo Presidente.
Y tengo un Presidente perseverante, terco, infatigable; que se ganó a pulso el respeto, el amor y el respaldo de la gente; que supo convertir las derrotas en victorias, estructurar un discurso de izquierda heterodoxo e incluyente, y así hizo sentir a las y los mexicanos que aquí basta con ser decente para ser revolucionario y que quien se alza contra la corrupción tiene un papel protagónico en la construcción de una nueva patria. Supo López Obrador romper lanzas, tender puentes, construir un partido, celebrar alianzas, negociar (incluso con sus adversarios) sin claudicar jamás, y pavimentó así el camino de la victoria. De una victoria que es tan suya como nuestra, de todas y todos los mexicanos y no sólo de aquellos que votamos por él.
Jamás en la historia, un político mexicano –lo decía Carlos Monsiváis- había sido objeto de ataques tan feroces, masivos y continuos como lo ha sido desde hace casi dos décadas López Obrador. Cualquier otro se habría amilanado ante la andanada de insultos, mentiras y descalificaciones. Cualquier otro se habría rendido. El no. De todas las campañas en su contra salió fortalecido. Sus fracasos no lo desviaron ni un ápice de su camino, sólo le hicieron ajustar la ruta. Hoy está ya en Palacio. Le esperan tiempos difíciles, lo acecha un régimen que no se resigna a morir y que hará todo para destruirlo. Antes de tomar posesión, asestó duros golpes a los poderes fácticos y es previsible que estos reaccionen con virulencia. Lo que sus enemigos aún no comprenden es que se crece ante la adversidad y que no está solo. Que millones comparten, compartimos, sus ideales y queremos liberar a este país de criminales y corruptos.
He tenido el privilegio de registrar lo que sucede a su alrededor, cuando, como peje en el agua, se pierde –literalmente- entre las multitudes o de acercarme a la intimidad de su hogar, cuyas puertas abrió generosamente para que Verónica, el equipo de filmación y yo irrumpiéramos en él. He escrutado, a través del lente, su rostro en las horas más oscuras y en las más luminosas de su historia reciente, que son, también, las más oscuras y las más luminosas de la historia reciente de este país herido. He retratado los rostros de quienes lo escuchan. He visto en sus miradas la emoción que provoca su llamado a transformar este país, a construir la paz, a conquistar la verdad y la justicia que nos han negado. He visto cómo se le acercan, lo abrazan, lo apapachan, lo apachurran, lo cuidan. Jamás, en mis años con la cámara al hombro había visto a un dirigente político moverse así entre la gente, con tal desenfado, con tal confianza, sin el escudo de un aparato de seguridad.
He tenido también la oportunidad de compartir sus momentos de reflexión sobre lo vivido en esas plazas abarrotadas de gente, de sondear su pensamiento y encontrar ciertas claves del mismo. Soy apenas dos años mayor que él y en cierta medida abrevamos de las mismas fuentes, nos marcaron las mismas derrotas, resonaron en nosotros tanto las palabras de Monseñor Óscar Arnulfo Romero como las tesis sobre Feuerbach de Marx, sin convertirlas en dogma sino en herramienta de análisis y transformación; y del Che tomamos lo más científico: su ejemplo.
Esta última campaña lo seguí por 19 estados. Ni en las zonas más conflictivas del país lo vi utilizar vehículos blindados. Sólo una camioneta sin escolta, recorriendo 600 kilómetros al día, comiendo al paso o en el mismo vehículo; un mitin tras otro y luego otro y otro; un discurso unívoco. Esos fueron sus días. Para verlo y escucharlo, la gente reconquistaba el espacio público que el crimen organizado le había arrebatado, se reconocía en los otros que se atrevían a salir y al ver a López Obrador entre ellos, sin seguridad, todas y todos se reconocían en él. Un sentido hasta ahora inexistente de comunidad, una recomposición del tejido social, se fue generando. Ese es el origen de su fuerza, la razón de su victoria: es uno más entre nosotros, se la juega como nos la jugamos los ciudadanos de a pie. No ve el país desde la ventanilla de un avión o un helicóptero, no lo recorre rodeado por una guardia pretoriana. El gran reto de su gestión será conservar, a pesar del peso y las implicaciones del poder, esta cercanía.
Para mí, que vengo de la guerra y se de la facilidad con la que esta se desata y de sus terribles consecuencias, del dolor que provoca a los pueblos, lo que más me sorprende de Andrés Manuel, lo que más admiro en él, lo que más le agradezco, es la forma en que asimila los golpes sin responder jamás de la misma manera y su voluntad indeclinable de buscar el cambio por la vía pacífica. Cualquier otro hubiera incendiado al país luego del fraude electoral que abrió a Felipe Calderón la puerta de Los Pinos y convirtió a México en una enorme fosa clandestina. Cualquier otro, ante esa multitud indignada y expectante que llenaba el Zócalo en esos días oscuros de 2006, hubiera caído en la tentación de llamar a la gente a la insurrección. López Obrador, en cambio, la llamo a plantarse en el Paseo de la Reforma. Contuvo así la inminente posibilidad de un estallido social y asumió el enorme costo político de esa acción. La derecha lo crucificó por subversivo, la izquierda lo tacho de tibio.
Hoy sucede lo mismo. Le exigen, le exigimos muchos, por ejemplo, castigo a los corruptos. Él repite una y otra vez que no desatará una cacería de brujas, que no habrá de perderse en el pasado; que habrá de concentrarse en construir un futuro distinto, que mirará hacia adelante. No le falta razón. Sería rentable políticamente lanzarse a una cruzada pero el régimen está vivo, conserva un enorme poder y él no necesita ganar legitimidad con golpes mediáticos. Tiene que andarse con cautela y mucha serenidad. El compromiso adquirido con quienes con su voto le dieron su confianza no es el de que, uno o dos corruptos, den con sus huesos en la cárcel. De lo que se trata es de construir la paz con justicia, de generar bienestar de forma equitativa, de dar a los jóvenes futuro y a los mayores una vejez digna. De lo que se trata es de erradicar la corrupción y la impunidad, los dos componentes genéticos de ese régimen al que hemos decidido sepultar.
Yo -permítaseme decirlo- estoy emocionado, contento, orgulloso, esperanzado. También estoy decidido, en compañía de la mujer que amo, por nuestras hijas e hijos, por nuestros nietos, a participar en la transformación del país como un ciudadano más; así de simple, así de honroso: como uno más. No aspiro a tener cargo alguno, ni quiero hacer negocios a la sombra del poder o recibir, así fuera por medio lícitos, ni un solo peso del erario. Mi independencia, mi libertad me sirven una vez más para tomar partido. No soy neutral, pero soy objetivo: este país no aguanta más, o lo transformamos o se nos deshace entre las manos. Yo celebro que aquella mañana en el Zócalo Andrés Manuel López Obrador haya tenido razón, haya luchado por tenerla y que no fuera su finca La Chingada, en Palenque, su destino sino Palacio Nacional, hoy por fin -y como lo fuera en 1936- sede de un poder digno y soberano que sólo ante la voluntad del pueblo se somete.
TW: @epigmenioibarra
Por Epigmenio Ibarra
Periodista y productor de Cine y TV en ARGOS. Ex corresponsal de Guerra en El Salvador, Nicaragua, Colombia, Guatemala, Haití, El Golfo Pérsico, Los Balcanes. Ha registrado, con la cámara al hombro, más de 40 años de movimientos sociales en México y otros países.

11/11/2018

Ni aislado ni camino al fracaso


Epigmenio Ibarra
Andrés Manuel. Foto: Cuartoscuro.
“Aquí vive el presidente; el que manda vive enfrente”
Dicho popular en el Maximato
Ningún presidente electo había actuado jamás -antes de asumir el poder- de manera tan contundente y radical como lo ha hecho Andrés Manuel López Obrador. En esta larguísima y peligrosa transición el que, dentro de 3 semanas, habrá de ceñirse la banda presidencial ha dado ya 4 golpes de timón decisivos. Para cuando preste juramento López Obrador se habrá liberado de los poderes que, hasta ahora, habían sometido a su arbitrio y de manera ominosa a Vicente Fox, Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto determinando no solamente el errático rumbo de sus mandatos sino el del país entero.
Libre de lastres y compromisos, como ningún otro presidente en la historia reciente de México, entrará el tabasqueño el 1 de diciembre a Palacio Nacional. Ningún otro presidente se ha hecho tampoco como él, y antes de su toma de posesión, de tan grandes y poderosos enemigos. Lo acompaña, ciertamente, la esperanza de millones de mexicanas y mexicanos a los que ha prometido obediencia. Sobre él se cierne el peligro generado por sus acciones, que han afectado los intereses de grupos de poder acostumbrados a imponer su voluntad al presidente.
El primer golpe de timón determina en gran medida la virulencia con que se le ha atacado por las otras acciones. Decidió López Obrador reducir, en un 50%, el gasto en publicidad oficial. Dispuso también eliminar las oficinas de prensa de las distintas dependencias gubernamentales. Cierra así, en los hechos, la llave de los recursos públicos a los medios de comunicación y a muchos de sus más importantes comunicadores.
Miles de millones de pesos del gobierno federal dejarán de entrar a las arcas de periódicos, revistas, medios electrónicos y a los bolsillos de columnistas y presentadores de radio y TV. Los que no sean capaces de generar ingresos de manera legítima y por cuenta propia habrán de desaparecer. Los otros, de todas maneras, verán mermados en forma significativa sus ingresos y deberán empeñarse en mejorar sus servicios y ampliar sus audiencias para fortalecerse. Perderán unos cuantos, pero ganará México.
El perverso amasiato entre prensa, radio, TV y el poder político nos ha costado muy caro. Este gasto obsceno, criminal, irracional en la imagen pública del presidente y su gobierno es sin duda uno de los lastres más pesados para la vida democrática de México. Fox y Calderón se arrodillaron frente a los medios. Peña fue una invención de la TV. Todos ellos hicieron de las primeras planas de los diarios y de la pantalla de TV sólo un espejo en el cual mirarse y gracias al cual terminaron de enloquecer.
López Obrador llega al poder libre de estas ataduras y sin esa perniciosa adicción mediática. Paga esta libertad, que a todas y todos nos beneficia y que abre paso a la democratización de México, recibiendo un bombardeo implacable de los que ven amenazados su principal fuente de ingresos. En un país de reporteros pobres que se juegan la vida a cada paso y columnistas multimillonarios que están acostumbrados a deambular por los pasillos de Palacio, habituados a hablarse de tú con los poderosos y a cobrar por sus servicios editoriales, es de esperarse que la virulencia de los ataques no haga más que crecer.
Al decidir la cancelación del NAICM en Texcoco, proyecto emblemático de la administración saliente y buque insignia del poder económico, López Obrador –en su segundo golpe de timón- se libera, libera a su administración y también al país, de los designios hasta ahora inapelables y crecientes de los barones del dinero. Decide así que no habrá de ser ni Tlatoani (como Díaz Ordaz o Echeverría) ni cómplice o gerente al servicio del poder económico (como lo han sido los inquilinos de Los Pinos de Salinas de Gortari a Peña Nieto). La consulta, que el poder económico ni quiso ni pudo ver como oportunidad para defender sus intereses, refrenda la voluntad de López Obrador “de ser fiel –cito su discurso del 1 de julio- en todos mis actos, al interés, la voluntad y el bienestar del único que manda en este país: el pueblo de México”.
Los enfrentamientos entre el poder económico, fundamentalmente las agrupaciones empresariales que jugaron un papel determinante en la guerra sucia electoral, y López Obrador, aunque fueron una constante en sus campañas políticas menguaron significativamente cuando se hizo cargo de la jefatura de gobierno de la Ciudad de México. De la misma manera, la conciliación con los contratistas a cargo del NAICM –pese a las predicciones apocalípticas de muchos- y el manejo que hizo de la crisis derivada de la suspensión de la obra, habla de su voluntad y de su capacidad de entendimiento con este sector estratégico. Así como el presidente electo ha re definido la soberanía del Poder Ejecutivo y se prepara a desempeñar con dignidad y autonomía un nuevo papel, toca a los empresarios redefinir el suyo propio; les corresponde –y su aportación es fundamental- generar riqueza, contribuir al desarrollo del país pero no gobernarlo, mucho menos pretender mandar sobre aquél que sí fue electo para hacerlo.
Como no deben tampoco pretender seguir al mando ni Salinas de Gortari, ni Fox, ni Calderón Hinojosa. Ya hicieron suficiente daño al país dejándolo como lo dejaron: ensangrentado y empobrecido. Por el bien de México deben dejar de lanzar amenazas, de sembrar el miedo entre la población, de promover el odio y de alentar intentonas golpistas; juegan con fuego, ponen en riesgo la paz y la estabilidad de la nación. Si a la violencia generada por la guerra contra el narco se suma la violencia política que puede provocar el que estos hombres persistan en su campaña contra López Obrador sera este, más que un acto irresponsable, un crimen de lesa democracia intolerable e imperdonable.
El general Lázaro Cárdenas puso fin al Maximato enviando al exilio a Plutarco Elías Calles. Ahora, en un tercer golpe de timón, López Obrador sólo cumplió con lo prometido en sus recorridos a lo largo y ancho del territorio nacional: les cortó la millonaria pensión a los ex presidentes. Este acto de justicia elemental tiene muy saludables efectos secundarios para la democracia en México: deja, al menos a Fox, a Calderón y a Peña –a Salinas de Gortari la partida secreta lo dejó en posesión de una cuantiosísima fortuna que supera con mucho a la fortuna también mal habida de los otros 3-, sin los recursos, el aparato político, militar y administrativo que, pagado con nuestros impuestos, tenían a su servicio y que les permitía seguir teniendo una cuota aún muy importante de poder e influencia y una capacidad de desestabilización considerable.
El cuarto golpe de timón, quizás el más complejo y peligroso, ha generado muchas reacciones en los medios, pero poco sabemos en realidad de sus verdaderos efectos al interior de la institución cuyo papel en la vida pública de México está re definiendo López Obrador. Al cambiar la prioridad de la defensa nacional a la seguridad de la población, al ordenar un cambio sustantivo en la doctrina que rige el combate al crimen organizado y establecer que al fuego no se le apaga con gasolina y dejar atrás la guerra sin olvidar ni perdonar las violaciones graves a los derechos humanos perpetrados por miembros de las Fuerzas Armadas, el presidente electo no solo cambia su relación con los militares, cambia de hecho el rumbo del país y lo enfila hacia la paz y la justicia que nos han sido negadas.
Conocemos hasta ahora únicamente los fundamentos doctrinarios en materia de seguridad y su necesaria e ineludible vinculación con el respeto irrestricto a los derechos humanos. Sabemos de su voluntad expresa y su compromiso de no emplear nunca más a soldados y marinos para reprimir al pueblo. De su disposición de poner un alto al excesivo e innecesario gasto en armamento y medios para el Ejército y la Marina. Falta aún conocer a detalle la nueva estrategia de seguridad y el papel que habrá de tener el mando civil sobre la institución armada, así como la conformación y características de la Guardia Nacional de la que, desde la campaña, hablaba ya López Obrador.
El cambio de rumbo en esta delicada materia ya comenzó. López Obrador designó a los próximos secretarios de Marina y de la Defensa Nacional sin tomar en consideración la terna propuesta por los secretarios todavía en funciones. Y si esta decisión lo libera de la sumisión tradicional del presidente al alto mando militar, la desaparición del Estado Mayor le permite vivir la realidad del país como, desde hace décadas, no la ha vivido ningún presidente de México. Y es que el Estado Mayor Presidencial no sólo protegía al presidente, de alguna manera también lo secuestraba. Lo mantenía en una burbuja que le impedía establecer contacto real con el pueblo que gobernaba, se convertía en un filtro indeseable y omnipresente que administraba a su antojo la información y lo aislaba.
Medios, poder económico, ex presidentes, Ejército y Marina. Los hasta ahora actores dominantes en la escena nacional deberán asumir el papel que en realidad les corresponde. No veo a un Andrés Manuel López Obrador, en ningún sentido, aislado y menos todavía camino al fracaso. Ha tomado las decisiones difíciles pero firmes y valientes por las que 30 millones votamos por él. Ha tenido el coraje y la inteligencia de comenzar a mandar sin ceñirse aún la banda presidencial. Ha dado ya, como el general Lázaro Cárdenas lo dio en su momento con la expropiación petrolera, golpes decisivos de timón al rumbo de este país al reconquistar la soberanía de la institución presidencial y, al mismo tiempo, someterse a la voluntad del pueblo de México. Como el general Cárdenas, enfrenta ya a grandes enemigos, pero como él, estoy seguro, no habrá de estar solo en la tarea de transformar a México.
TW: @epigmenioibarra

11/06/2018

López Obrador y los poderes fácticos


Epigmenio Ibarra
Andrés Manuel. Foto: Especial.

En esta hora en la que el encono y la confrontación se apoderan de los medios, las redes y las calles; cuando parece haberse diluido, por la cancelación de las obras del NAICM en Texcoco, la posibilidad de una transición tersa; a solo un mes de la toma de posesión de Andrés Manuel López Obrador, conviene tomar conciencia de la necesidad urgente de poner a México por encima de los intereses particulares y luchar unidos contra los grandes males que nos aquejan. El país -ya lo he dicho en este espacio- se nos deshace entre las manos, enfrentamos una crisis humanitaria por la espiral de violencia incontenible, y vivimos lo que puede definirse como una verdadera catástrofe ética. El 1 de julio pasado las y los mexicanos, urgidos de poner fin a esto, no nos pronunciamos sólo por un cambio de Presidente. Salimos a votar con un propósito: cambiar de régimen, y con nuestros votos dimos órdenes precisas a López Obrador: cumple con esa tarea, haz lo que prometiste, cueste lo que cueste.

Epigmenio IbarraUno de estos grandes males que aquejan a la nación –quizás el mayor de ellos- es la corrupción, que se ha agudizado en los últimos 30 años debido fundamentalmente a lo que fue primero un amasiato perverso entre los poderes fácticos y la Presidencia de la República y después una franca subordinación del poder político al poder económico. Nada más dañino para un país que el hecho de que el gobierno se conciba sólo como una oportunidad de hacer negocios, el erario como una bolsa abierta destinada a repartirse entre unos pocos y la obra pública como el botín que toca repartirse sexenalmente.
De Vicente Fox a nuestros días, la Presidencia de la República vino a convertirse en una especie de vicepresidencia ejecutiva a cargo de la nación que reportaba y servía a los grandes capitales. Hubo en la práctica una pérdida de soberanía del poder político y un deterioro profundo de la institución presidencial. El Presidente pasó de Tlatoani todo poderoso a simple gerente. Vicente Fox abdicó en los hechos frente a la televisión. Si durante los gobiernos priístas que le antecedieron, los inquilinos de Los Pinos mandaban facturas a la única cadena de TV, con el guanajuatense se produjo una aún más perniciosa inversión de papeles: de las televisoras comenzaron a llegar las facturas a Los Pinos. Dejaron los concesionarios de TV de ser soldados del PRI y comenzaron a mandar sobre el Presidente y a mandar en el país.
Pero no bastó a Fox -que se moría por unos minutos en pantalla y que vivía obsesionado con la idea de la “pareja presidencial”, un invento televisivo, por cierto- sólo con arrodillarse frente a la TV. Necesitaba imponer a Felipe Calderón y cerrar a cualquier costo el paso a López Obrador a quien, luego de su intento de golpe de Estado constitucional mediante el desafuero, sólo había logrado convertir en el candidato con más posibilidad de ganar la elección presidencial del 2006. Pactaron pues, Fox y Calderón, con empresarios muy poderosos y éstos descubrieron, al desatar la guerra sucia y convertirse en caja de resonancia de la campaña “un peligro para México”, que podían hacer algo más que cobrarle los servicios de imagen al Presidente: podían ayudar a imponer a uno, podían ayudarlo a robarse la Presidencia de la República y luego obligarle a pagar sus servicios.
Parte de ese pago llegó, con intereses, en el 2012. Ya no se trataba únicamente de ayudar al mandatario saliente a imponer un sucesor a modo. Se trataba de inventar a un Presidente, de elaborar un producto mediático que más que convencer a votantes sedujera al público. Si esto no bastaba podían comprarse votos. Y como lo que buscaban era una figura de pantalla y no a un estadista, no repararon más que en la facha del escogido y no en sus malas mañas, en su banalidad, en su historial de oscuras relaciones con pocos y muy poderosos grupos económicos que habían actuado, durante todo el sexenio, como parte de la corte del gobernador Peña Nieto y se prepararon para ser sus contratistas de cabecera una vez que llegara a la Presidencia.
Estos últimos 18 años, la corrupción ha crecido exponencialmente y ha generado una espiral de violencia que nos ha hecho perder, entre muertos, desaparecidos y desplazados, prácticamente a una generación completa. Aunque corrupción y violencia se ceban fundamentalmente en los desposeídos, no dejan de afectar también y muy profundamente a los empresarios honestos y patriotas que buscan generar riqueza de manera legítima y no han pretendido nunca mandar al Presidente. Muchos de ellos votaron también por López Obrador y otros aunque no lo hicieron no movieron un dedo para tratar de imponer por las malas a su candidato e intervenir, como lo hicieron otros, en el curso de unas elecciones que, como marca la Constitución, han de ser libres y auténticas.
Decenas de veces, mientras seguía a López Obrador con la cámara al hombro, le escuché contar a la multitud cómo un viejo campesino oaxaqueño se le había acercado en el Valle de San Quintín, a donde había emigrado, para pedirle que, así como Benito Juárez había logrado la separación entre la iglesia y el Estado, así a él, por el bien de la nación, le tocaba separar al poder económico del poder político. En muchas plazas, foros y entrevistas, en reuniones con las agrupaciones patronales, dijo López Obrador que esta separación sería uno de sus objetivos y que de llegar al poder serviría, obedecería, única y exclusivamente, al pueblo de México.
En el curso de la campaña y en estos meses de larga y peligrosa transición, López Obrador ha mostrado su decisión indeclinable de lograr esa separación. No hizo descansar nunca su estrategia propagandística en la exposición televisiva, no estableció por tanto la relación de dependencia de Fox, Calderón o Peña Nieto con los grandes concesionarios. Más que valerse de las cadenas de radio y TV, se valió de las redes. Sus videos en Facebook fueron en campaña y son ahora su principal instrumento de comunicación. Anunció ya una reducción sustantiva del presupuesto publicitario gubernamental, lo que lo expone al encono de los medios que consideran parte sustancial de sus ingresos el dinero público. Ha tomado ahora una decisión que lo enfrenta con algunos de los capitales más poderosos del país y ante la cual organismos empresariales, columnistas y medios se han pronunciado juzgándolo con extrema dureza, lanzado predicciones apocalípticas y reeditando los argumentos más virulentos de la guerra sucia electoral.
Cambiar de régimen no es un proceso exento de confrontaciones y peligros. Más todavía cuando el régimen, al que las y los mexicanos condenamos a desaparecer, se resiste a morir. Vendrán decisiones aun más polémicas que la del aeropuerto. Tendremos que encontrar la manera, como la han encontrado otras democracias, de enfrentar esos momentos con más serenidad, respetando las reglas del juego democrático y sin caer en las viejas costumbres golpistas de la derecha latinoamericana. En una democracia el pueblo manda y el Presidente obedece. Si éste se equivoca, el pueblo se lo cobra en las urnas. A eso se expone, de manera consciente, López Obrador, y tanto que habrá de someterse a un proceso de revocación de mandato justo a la mitad de su sexenio. Debemos recordar que las banderas ideológicas se destiñen con la sangre y no intentar que a la violencia criminal incontenible se sume ahora la violencia política. Debemos preservar la paz, pensar en México, respetar los principios democráticos, aceptar que ya no mandan unos pocos sobre el Presidente, que somos muchos los que le ordenamos que cumpla su tarea.
TW: @epigmenioibarra
Por Epigmenio Ibarra
Periodista y productor de Cine y TV en ARGOS. Ex corresponsal de Guerra en El Salvador, Nicaragua, Colombia, Guatemala, Haití, El Golfo Pérsico, Los Balcanes. Ha registrado, con la cámara al hombro, más de 40 años de movimientos sociales en México y otros países.

10/28/2018

La esencia de la democracia: #LaConsultaVa

Epigmenio Ibarra 

No es la primera vez que el régimen y quienes lo sirven usan el miedo para cerrar el paso a la democratización. Foto: Cuartoscuro. 

“Las decisiones referentes a los asuntos comunes 

deben ser tomadas por la comunidad” Cornelius Castoriadis 

El coro de opositores a la consulta promovida por Andrés Manuel López Obrador repite, en los medios y en las redes, una y otra vez, la misma cantaleta: ¿Por qué van a decidir la ubicación del nuevo aeropuerto esos que nunca han tomado un avión? ¿Por qué ha de consultarse a quienes nada saben de aeronáutica? ¿Por qué no dejar que quienes nos gobiernan decidan sobre estos asuntos estratégicos? La respuesta es sencilla y contundente: porque los dineros que han de emplearse en la construcción de esa obra no pertenecen al gobierno. 

Porque ese dinero es de las y los mexicanos, de todas y todos los que pagan sus impuestos, aunque jamás hayan tomado o vayan a tomar un avión en su vida. Porque los miles de millones de pesos que en esa obra se gasten pesarán sobre las espaldas de quienes menos tienen. Porque los lujos de unos cuantos, las exorbitantes ganancias de las grandes empresas, la corrupción en torno a la obra faraónica de Texcoco dejarán sin hospitales, sin escuelas, sin servicios básicos a millones de ciudadanos. 

Hay un tufo clasista evidente en el arsenal de argumentos de quienes se oponen a la consulta. El populacho, piensan -aunque no tienen el valor de decirlo con todas sus letras porque pretenden ser políticamente correctos-, no tiene por qué intervenir en asuntos que sólo le competen al gobierno, a los ilustrados. Al populacho, creen, sólo le toca callar y obedecer. Ya eligió presidente. Que no joda. No le toca decidir. Muy pocos entre los detractores de la consulta (aunque es lo que realmente piensan) tienen el descaro de decir como Vicente Fox Quezada que esos que no viajan en avión son, además, una punta de ignorantes. 

Clasismo, racismo, discriminación son también los ingredientes de la democracia simulada que hace décadas vivimos en este país. La supervivencia del régimen corrupto y autoritario dependía tanto de su capacidad de manipular a las masas como de su habilidad para desalentar e inhibir los intentos de participación ciudadana en la vida pública. Sobre una población sumisa y apática era fácil imponerse. La gente idiotizada frente a la TV, indiferente ante lo que en el país sucedía, resignada a que la corrupción fuera destino y la impunidad ley, les dejaba hacer y deshacer con Mexico lo que les daba la gana. El voto era sólo un ritual inocuo; la democracia, como ya lo he escrito en repetidas ocasiones en este espacio, sólo la coartada para una partida de ladrones que se pasaban, cada seis años, la banda presidencial. 

Entre 2013 y 2018 Enrique Peña Nieto gastó más de 52 mil 860 millones en su imagen pública y la de su gobierno. Muchos de esos millones, de este gasto criminal, obsceno e innecesario, fueron a dar a las arcas de los medios que hoy están empeñados en la campaña contra la consulta. Una cantidad significativa de estos mismos recursos fue empleada por Peña (que sigue aceitando a medios y redes con dinero público) para vender a la opinión pública las bondades de la obra en Texcoco, una especie de legado personal, de herencia faraónica, de este presidente al que el descrédito y la infamia marcarán por siempre. 

Unos cuantos millones de pesos más, de ese dinero proveniente de nuestros impuestos, fueron a dar a los bolsillos de columnistas y líderes de opinión que hoy desgarran sus vestiduras porque López Obrador se atreve a preguntar al pueblo algo de lo que el pueblo, según ellos, nada sabe y tratan por todos los medios, incluso manipulando la información o sembrando el miedo y la incertidumbre (como Carlos Loret de Mola), de desprestigiar este inédito ejercicio de participación ciudadana. 

No es la primera vez que el régimen y quienes lo sirven usan el miedo para cerrar el paso a la democratización de México. El hecho de someter a consulta la decisión del lugar donde ha de construirse el nuevo aeropuerto ha servido para que Loret y otros columnistas hagan una reedición de la campaña panista del “peligro para México”. Otra vez se habla de la incertidumbre en los mercados, de la presión sobre el peso, de la inminente caída de la bolsa. La única manera de evitar estos males apocalípticos, dicen, es la continuación de la obra en Texcoco. Si esto no sucede, si los resultados de la consulta llevan a la cancelación de la misma, México, pregonan, habrá de pagar las consecuencias. 

La esencia de la democracia (de la auténtica) es la participación ciudadana. Si no se escucha la voz de quienes pagan sus impuestos y esperan a cambio de ello bienestar, servicios, oportunidades, no debe disponerse de los mismos. La consulta, el referéndum, el sometimiento de los planes de gobierno a toda la población, procedimientos normales en toda democracia que se respete, deben ser, en estos nuevos tiempos, la norma. Toca ya a los ciudadanos mandar y a los gobernantes obedecer. Toca a los ciudadanos alzar la voz y a López Obrador escucharla y actuar en consecuencia. Así lo entendieron los 30 millones de votantes que el 1 de julio dijeron al emitir sus votos: ¡Ya basta!, y aceptaron la tarea de convertirse en impulsores, en protagonistas de la transformación de México. 

Yo soy uno de esos que quiere que su voz se escuche, que exige ser tomado en cuenta. Viajo mucho en avión, pero no sé nada de aeronáutica. De lo que sí sé es que el silencio, el miedo, la resignación, la apatía han servido sólo para someter, ensangrentar y saquear a este país. Yo voy a participar en la consulta y a promover la participación en este primer ejercicio, y en los que deban ser organizados en adelante para, juntos, ir haciendo de este un país más justo, más equitativo, más próspero, más democrático. 

TW: @epigmenioibarra 

10/23/2018

#DejenlosPasar


Epigmenio Ibarra
Yo conozco Centro América como la palma de mi mano. Amo y respeto a su gente. 
Foto: Cuartoscuro.

“Siempre he creído que es falso el nombre
que nos dan: emigrantes. Eso esta bien para
los que dejan su país. Pero nosotros no lo
abandonamos para escoger otras tierras…
Simplemente huimos, nos echaron, nos
desterraron”
Bertold Brecht

El mundo entero presta atención, conmovido y horrorizado, a la tragedia de los migrantes que se ahogan en el Mediterráneo. Las imágenes de los barcos yéndose a pique, de los cadáveres llegando a las playas de Europa ocupan las primeras planas de los diarios y los espacios informativos más importantes de la TV mundial. Poco o nada se dice en cambio de las decenas de miles de migrantes centroamericanos que, en su travesía por México, son devorados por el mar embravecido de la violencia y la corrupción en nuestro país.
Esta crisis humanitaria, esta catástrofe de proporciones bíblicas se produce, paradójicamente, en un país en el que el 25% de su población (34.6 millones de personas, según el último censo), expulsada por la pobreza, la falta de oportunidades y la violencia, ha emigrado a los Estados Unidos o ha nacido ahí de padres indocumentados. Esta tragedia de los migrantes centroamericanos no ha ocasionado reacciones ciudadanas masivas, no ha despertado la solidaridad y la indignación colectivas, no ocupa la atención de los medios de comunicación y menos todavía la de régimen.
Sólo ante una masacre como la de San Fernando en Tamaulipas, donde fueron asesinados 72 migrantes, es que el horror y la indignación invaden por unos cuantos días a la sociedad mexicana. Pueden más la indiferencia y la innegable, aunque soterrada, xenofobia colectivas. Todo se olvida muy pronto. Nadie, por ejemplo, alzó la voz para denunciar la infamia del gobierno de Felipe Calderón que permitió el traslado de los cuerpos de los migrantes masacrados, desde Tamaulipas a la Ciudad de México, en un camión de carga sin refrigeración, sin escolta alguna y que chocó antes de llegar al servicio médico forense. Nadie sabe los nombres de los asesinados, ni si los procesos de reparación del daño se han cumplido. A nadie preocupa que no existan hoy, 8 años después, las mínimas garantías para la no repetición de los hechos.
Washington nos impuso, a México y a toda América Latina, tiranías y guerras en defensa de su seguridad nacional; nos ha impuesto la guerra contra las drogas y ahora pretende que hagamos nuestra la guerra contra la migración y nos encarguemos de alzar un muro, tan oprobioso e irracional como el de Trump, en nuestra frontera sur. Calderón y Enrique Peña Nieto no dudaron en cumplir con esa tarea. Sometidos a los designios del gobierno norteamericano se convirtieron en gendarmes migratorios y se encargaron de hacer a nuestros hermanos migrantes centroamericanos lo que, cruzando el río Bravo, le hacen los estadounidenses a nuestros compatriotas.
Quienes desde Honduras, El Salvador y Guatemala intentan llegar a los Estados Unidos a través de México son –lo han sido desde hace décadas- las víctimas invisibles de una amplia y creciente gama de crímenes desde el momento mismo en que cruzan el río Suchiate. Las autoridades migratorias los vejan y extorsionan, los cuerpos policiacos los roban, las unidades militares los torturan y abandonan a su suerte, los traficantes de personas los esclavizan, los narcos los usan, los desaparecen y los matan. Los medios los ignoran y muchas mexicanas y mexicanos, que tienen incluso parientes que cruzaron la frontera norte sin papeles, en busca de una vida mejor, los discriminan o se mantienen por completo indiferentes a su tragedia.
En Honduras, desde donde se aproxima a nuestra frontera una caravana con más de 3 mil integrantes que pretende llegar a los Estados Unidos, el impacto corrosivo de la política exterior de Washington ha sido brutal. En los inicios del siglo XX, la United Fruit Company arrebató sus tierras a millones de campesinos y los condenó a la miseria; entre1980 y 1989, la CIA y el ejército norteamericano usaron al país como plataforma para la contrarrevolución nicaragüense y -para financiar esa operación- abrieron las puertas de Honduras al narcotráfico. A mediados de la década de 1990, desde los Estados Unidos, donde se conformó siguiendo el ejemplo de las pandillas, llegó, la exportaron los norteamericanos al deportar a sus lideres que habían sido encarcelados y para sentar sus reales en Centro America la mara salvatrucha. Las familias que forman parte de la Caravana Migrante huyen pues de una pobreza, de una violencia, que les ha sido impuesta. El gobierno norteamericano está en deuda con todos ellos.
Yo conozco Centro América como la palma de mi mano. Amo y respeto a su gente y me siento, como mexicano, avergonzado y en deuda con ellos por la forma en que los hemos tratado. En esas tierras, a las que debo lo que soy, en esas guerras, conocí lo mejor y lo peor de los hombres; la más abyecta de las villanías, el más excelso heroísmo.  Ahí se produjeron, entre 1979 y 1992, hechos que cambiaron para bien la historia de América y del mundo a costa de un enorme sacrificio de las y los centroamericanos que son, en su inmensa mayoría, trabajadores infatigables que ni se resignan ni se arredran ante las dificultades extremas. Su contribución al desarrollo de los Estados Unidos es tan importante como la que han hecho a ese país nuestros compatriotas que se vieron obligados a cruzar la frontera. Como nuestros paisanos, sólo buscan el bienestar y las oportunidades que su tierra les ha negado. Como cualquier ser humano tienen derecho a una vida mejor.  
Ni con el muro de Trump en la frontera norte ni con gendarmes que le hagan el trabajo sucio en el sur se va a detener el fenómeno migratorio. Al ser humano no lo detienen, cuando quiere sobrevivir, unas líneas punteadas en un mapa. Según un estudio del Banco Mundial, la migración crece sin parar. En 1960 fueron 71.8 millones de migrantes; en 1970, 78.3; en 1990, 152.2; en el 2000, 172.2 y en 210, 221.2 millones. Donald Trump esta empeñado en una cruzada contra los migrantes, en una guerra santa que está condenado a perder y en la que nosotros, las y los mexicanos, no debemos involucrarnos. Hacerlo sería tanto un crimen de lesa humanidad como un suicidio. ¿Con qué derecho, con qué cara podemos alzar la voz en defensa de nuestros compatriotas víctimas de la discriminación, la intolerancia y la xenofobia si a otros, en la misma situación que ellas y ellos, les cerramos las puertas o los abandonamos a su suerte mientras cruzan nuestro país?
Viene la Caravana desde Honduras. Enrique Peña Nieto, el mismo que ayudó a Donald Trump a llegar a la presidencia de los Estados Unidos, al recibirlo con honores de jefe de Estado cuando apenas era candidato, está listo para cometer una nueva traición y cerrarle la puerta a quienes huyen de la pobreza y la violencia. Inútil exigirle que actué con dignidad, con humanidad, con la generosidad que debe caracterizarnos siendo como somos un país de migrantes. Ya se va EPN y así comienza la demolición de un régimen del que también han sido víctimas los migrantes centroamericanos. Soplan en México vientos de libertad y a Andrés Manuel López Obrador y su gobierno, parafraseando a Monseñor Oscar Arnulfo Romero, nos toca pedirle, exigirle, ordenarle: déjenlos pasar.
TW: @epigmenioibarra  

10/19/2018

#DejenlosPasar


Epigmenio Ibarra
Yo conozco Centro América como la palma de mi mano. Amo y respeto a su gente. Foto: Cuartoscuro.
“Siempre he creído que es falso el nombre
que nos dan: emigrantes. Eso esta bien para
los que dejan su país. Pero nosotros no lo
abandonamos para escoger otras tierras…
Simplemente huimos, nos echaron, nos
desterraron”
Bertold Brecht
El mundo entero presta atención, conmovido y horrorizado, a la tragedia de los migrantes que se ahogan en el Mediterráneo. Las imágenes de los barcos yéndose a pique, de los cadáveres llegando a las playas de Europa ocupan las primeras planas de los diarios y los espacios informativos más importantes de la TV mundial. Poco o nada se dice en cambio de las decenas de miles de migrantes centroamericanos que, en su travesía por México, son devorados por el mar embravecido de la violencia y la corrupción en nuestro país.
Esta crisis humanitaria, esta catástrofe de proporciones bíblicas se produce, paradójicamente, en un país en el que el 25% de su población (34.6 millones de personas, según el último censo), expulsada por la pobreza, la falta de oportunidades y la violencia, ha emigrado a los Estados Unidos o ha nacido ahí de padres indocumentados. Esta tragedia de los migrantes centroamericanos no ha ocasionado reacciones ciudadanas masivas, no ha despertado la solidaridad y la indignación colectivas, no ocupa la atención de los medios de comunicación y menos todavía la de régimen.
Sólo ante una masacre como la de San Fernando en Tamaulipas, donde fueron asesinados 72 migrantes, es que el horror y la indignación invaden por unos cuantos días a la sociedad mexicana. Pueden más la indiferencia y la innegable, aunque soterrada, xenofobia colectivas. Todo se olvida muy pronto. Nadie, por ejemplo, alzó la voz para denunciar la infamia del gobierno de Felipe Calderón que permitió el traslado de los cuerpos de los migrantes masacrados, desde Tamaulipas a la Ciudad de México, en un camión de carga sin refrigeración, sin escolta alguna y que chocó antes de llegar al servicio médico forense. Nadie sabe los nombres de los asesinados, ni si los procesos de reparación del daño se han cumplido. A nadie preocupa que no existan hoy, 8 años después, las mínimas garantías para la no repetición de los hechos.
Washington nos impuso, a México y a toda América Latina, tiranías y guerras en defensa de su seguridad nacional; nos ha impuesto la guerra contra las drogas y ahora pretende que hagamos nuestra la guerra contra la migración y nos encarguemos de alzar un muro, tan oprobioso e irracional como el de Trump, en nuestra frontera sur. Calderón y Enrique Peña Nieto no dudaron en cumplir con esa tarea. Sometidos a los designios del gobierno norteamericano se convirtieron en gendarmes migratorios y se encargaron de hacer a nuestros hermanos migrantes centroamericanos lo que, cruzando el río Bravo, le hacen los estadounidenses a nuestros compatriotas.
Quienes desde Honduras, El Salvador y Guatemala intentan llegar a los Estados Unidos a través de México son –lo han sido desde hace décadas- las víctimas invisibles de una amplia y creciente gama de crímenes desde el momento mismo en que cruzan el río Suchiate. Las autoridades migratorias los vejan y extorsionan, los cuerpos policiacos los roban, las unidades militares los torturan y abandonan a su suerte, los traficantes de personas los esclavizan, los narcos los usan, los desaparecen y los matan. Los medios los ignoran y muchas mexicanas y mexicanos, que tienen incluso parientes que cruzaron la frontera norte sin papeles, en busca de una vida mejor, los discriminan o se mantienen por completo indiferentes a su tragedia.
En Honduras, desde donde se aproxima a nuestra frontera una caravana con más de 3 mil integrantes que pretende llegar a los Estados Unidos, el impacto corrosivo de la política exterior de Washington ha sido brutal. En los inicios del siglo XX, la United Fruit Company arrebató sus tierras a millones de campesinos y los condenó a la miseria; entre1980 y 1989, la CIA y el ejército norteamericano usaron al país como plataforma para la contrarrevolución nicaragüense y -para financiar esa operación- abrieron las puertas de Honduras al narcotráfico. A mediados de la década de 1990, desde los Estados Unidos, donde se conformó siguiendo el ejemplo de las pandillas, llegó, la exportaron los norteamericanos al deportar a sus lideres que habían sido encarcelados y para sentar sus reales en Centro America la mara salvatrucha. Las familias que forman parte de la Caravana Migrante huyen pues de una pobreza, de una violencia, que les ha sido impuesta. El gobierno norteamericano está en deuda con todos ellos.
Yo conozco Centro América como la palma de mi mano. Amo y respeto a su gente y me siento, como mexicano, avergonzado y en deuda con ellos por la forma en que los hemos tratado. En esas tierras, a las que debo lo que soy, en esas guerras, conocí lo mejor y lo peor de los hombres; la más abyecta de las villanías, el más excelso heroísmo.  Ahí se produjeron, entre 1979 y 1992, hechos que cambiaron para bien la historia de América y del mundo a costa de un enorme sacrificio de las y los centroamericanos que son, en su inmensa mayoría, trabajadores infatigables que ni se resignan ni se arredran ante las dificultades extremas. Su contribución al desarrollo de los Estados Unidos es tan importante como la que han hecho a ese país nuestros compatriotas que se vieron obligados a cruzar la frontera. Como nuestros paisanos, sólo buscan el bienestar y las oportunidades que su tierra les ha negado. Como cualquier ser humano tienen derecho a una vida mejor.  
Ni con el muro de Trump en la frontera norte ni con gendarmes que le hagan el trabajo sucio en el sur se va a detener el fenómeno migratorio. Al ser humano no lo detienen, cuando quiere sobrevivir, unas líneas punteadas en un mapa. Según un estudio del Banco Mundial, la migración crece sin parar. En 1960 fueron 71.8 millones de migrantes; en 1970, 78.3; en 1990, 152.2; en el 2000, 172.2 y en 210, 221.2 millones. Donald Trump esta empeñado en una cruzada contra los migrantes, en una guerra santa que está condenado a perder y en la que nosotros, las y los mexicanos, no debemos involucrarnos. Hacerlo sería tanto un crimen de lesa humanidad como un suicidio. ¿Con qué derecho, con qué cara podemos alzar la voz en defensa de nuestros compatriotas víctimas de la discriminación, la intolerancia y la xenofobia si a otros, en la misma situación que ellas y ellos, les cerramos las puertas o los abandonamos a su suerte mientras cruzan nuestro país?
Viene la Caravana desde Honduras. Enrique Peña Nieto, el mismo que ayudó a Donald Trump a llegar a la presidencia de los Estados Unidos, al recibirlo con honores de jefe de Estado cuando apenas era candidato, está listo para cometer una nueva traición y cerrarle la puerta a quienes huyen de la pobreza y la violencia. Inútil exigirle que actué con dignidad, con humanidad, con la generosidad que debe caracterizarnos siendo como somos un país de migrantes. Ya se va EPN y así comienza la demolición de un régimen del que también han sido víctimas los migrantes centroamericanos. Soplan en México vientos de libertad y a Andrés Manuel López Obrador y su gobierno, parafraseando a Monseñor Oscar Arnulfo Romero, nos toca pedirle, exigirle, ordenarle: déjenlos pasar.
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9/23/2018

El dinosaurio sigue aquí


Epigmenio Ibarra
No quiero terminar mi vida sin ver cómo se extingue. Foto: Cuartoscuro.
Como una fiera herida, pero todavía con enorme fuerza, el régimen corrupto sigue dando coletazos. Se resiste a asumir la suerte que 30 millones de mexicanas y mexicanos le escrituramos en las urnas. PAN y PRI, aunque tocados por la derrota, mantienen la capacidad ofensiva y tienen de su lado a la mayoría de los medios masivos de comunicación, a presentadores de noticias de radio y TV, y a una amplia gama de los llamados líderes de opinión.
En defensa de este régimen, del que obtuvieron riquezas, poder e influencia se movilizan también grandes empresarios y altos jefes militares. No solo se trata de la presión política y mediática que puede ejercerse contra el nuevo gobierno sino de aplicarle a éste todo el peso del dinero y de la fuerza. El propósito es anularlo aun antes de que tome posesión para propiciar, en las elecciones intermedias dentro de tres años, la restauración.
A la presión política, el descrédito mediático y la coerción económica, que ya están operando contra López Obrador, sumarán la presión militar; lo harán propiciando conflictos y alentando la acción de bandas criminales para presentarse como la única opción posible de contención de la violencia. Cuentan con centenares de millones pesos, mantienen posiciones clave en la política, el aparato gubernamental, la milicia y la banca y creen que la suma de todas sus acciones provocará la derrota temprana del nuevo gobierno.
El mantenimiento de la “normalidad democrática” ha impedido a estas fuerzas, que son legión, desbocarse. Víctimas de la ficción que ellos mismos ayudaron a construir, de la coartada que establecieron para poder delinquir impunemente, de la versión (pura ficción) de que en México existe de verdad una democracia, han debido contener sus llamados y sus iniciativas francamente golpistas y por el momento se concretan a mirar la paja en el ojo de López Obrador después de haber ignorado durante décadas la viga en sus propios ojos.
Es preciso tomar conciencia de que: para el régimen, la democracia era y sigue siendo sólo una coartada; las instituciones de la República, pura fachada; el poder Judicial y el Legislativo, simples peones del Ejecutivo; y los medios, sólo un espejo en el que se miraba el presidente en turno. La abrumadora derrota electoral les ha atado las manos por el momento, pero la inminencia de una derrota definitiva está haciéndoles pensar en que es preciso comenzar a actuar con más descaro y con más eficacia.
Pese a que muchos no alcanzan a verlo aún con claridad porque se compran el espejismo de esa “normalidad democrática”, se ha producido aquí la debacle de un sistema autoritario. No fue esta una elección más, el cambio de un presidente por otro, de unos senadores y diputados por otros, cayó un régimen. Ha llegado a la Presidencia, aunque aún no se ciñe la banda presidencial y faltan para eso todavía 71 largos y peligrosos días, un hombre que ha declarado que aquí el que manda, el único soberano, es el pueblo de México y que sólo ante el habrá de doblegarse.
Este simple dicho de López Obrador resulta para el régimen intolerable. Más intolerables aún las acciones que ha comenzado a tomar y que afectan directamente los bolsillos, los cotos de poder, las influencias de la clase política tradicional y sus aliados en los medios, las empresas y el ejército. Los prejuicios, las banderas ideológicas o la ingenuidad ciegan a muchos que hablan de la muerte prematura de la cuarta transformación. No se dan cuenta de que operan como “tontos útiles” del sistema del que siempre se han dicho opositores.
Hemos sido, las mexicanas y los mexicanos, testigos, protagonistas y corresponsables del derrumbamiento de uno de los regímenes más antiguos, más corruptos, más violentos y más resistentes del mundo. Un régimen que supo transformarse para prevalecer y que tendió lazos de unión tanto con la derecha como con una parte de la izquierda, dejándoles a cambio una parte del botín. Compró el PRI a mujeres, hombres y partidos con nuestros impuestos; los hizo cómplices, los utilizó de coartada. Ha caído un régimen (una dictadura de nuevo tipo, pero sanguinaria y feroz como las otras) que, pese a su descrédito, supo vender, a propios y extraños, la idea de que en este país había una democracia. Y como la democracia, parafraseando a Goya, también engendra monstruos, el régimen puede valerse de ésta para ponerse en pie de nuevo en las elecciones intermedias.
No asaltó el pueblo el palacio de invierno, ni se alzó en armas para derrocar a un tirano; simplemente se organizó y votó por aquél que dijo que acabaría de raíz con la corrupción y transformaría a México. Cuauhtémoc Cárdenas y López Obrador hicieron grandes y aun no reconocidas aportaciones a la paz social en México: el primero al decidirse, tras el golpe de 1988, a fundar un partido y construir una vía democrática; el segundo, por no caer en la tentación insurreccional en 2006 y sobre todo por su terca decisión de cambiar este país llamando a votar masivamente. El dinosaurio no se extinguió como resultado de un golpe asestado con las armas; fue herido de muerte en las urnas, pero sigue aquí, entre nosotros, preparándose para volver.
He conversado con Verónica y con otros compañeros sobre cuál ha de ser el tono de mi voz en esta nueva circunstancia. En las redes me preguntan si he de ser tan crítico con el nuevo gobierno como lo fui en el pasado con los de Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto.
Yo no soy de esos que callaron cobardemente ante los crímenes de esos dos hombres infames y hoy se presentan como valientes críticos y opositores de López Obrador. Menos soy todavía de aquellos que piensan que todos los políticos son iguales. No votamos este 1 de julio sólo para cambiar de presidente, sino para cambiar de régimen, y ese cambio de régimen es un largo y afanoso proceso al que debemos sumarnos con López Obrador muchos millones de ciudadanos para hacerlo efectivo e irreversible.
Viví con la vergüenza de tener a mis espaldas la pesada lápida del régimen autoritario. No quiero terminar mi vida sin ver cómo se extingue, por más coletazos que dé, ese monstruo que se ha alimentado durante décadas de sangre inocente y que ha dejado al país hecho pedazos. No puedo olvidar a sus víctimas, no debo callar ante sus crímenes. La verdad, la justicia traerán a México la paz y el fin de la impunidad y la corrupción; traerán la prosperidad. Estoy por la cuarta transformación de la vida pública, pero no la tomo como un dogma de fe ni soy su cruzado, la asumo como una causa justa por la que hay que pelear. Al servicio de estos ideales es que he de poner mi voz. No soy imparcial, nunca lo he sido. Ser neutral no es lo mío.
TW: @epigmenioibarra

9/09/2018

Tres meses que viviremos en peligro


No nos engañemos, no fue esta una elección más. 
Foto: Cuartoscuro.
Epigmenio Ibarra

“Bienvenida sea la revolución; esa señal de vida, de vigor, de un pueblo que está al borde del sepulcro”. Ricardo Flores Magón

Obtuvo Andrés Manuel López Obrador, el pasado 1 de julio, un histórico y arrollador triunfo electoral pero aún no se pone la banda presidencial, aun no asume el cargo de Presidente Constitucional y toma el mando; faltan para que eso ocurra tres largos y peligrosos meses en los que cualquier cosa puede suceder. La pradera está seca, sopla el viento y una chispa puede desatar el infierno. La activación de los grupos de porros en la UNAM y su agresión a los estudiantes del CCH Azcapotzalco es sólo la muestra de que hay quienes están listos para comenzar el incendio.

No nos engañemos, no fue esta una elección más. No es esta otra transición de mando, porque la nuestra no es, no ha sido nunca, una verdadera democracia. No asumamos una “normalidad democrática” que, en realidad, no ha existido jamás; ni hablemos de lo que está sucediendo como si el país no se nos estuviera deshaciendo entre las manos. Vivimos un momento inédito en nuestra historia: más que un parteaguas es un resquebrajamiento. Se trata de dar por concluida toda una época, y en el momento más violento y oscuro de la misma; de sepultar al régimen corrupto y autoritario que por décadas se mantuvo en el poder y de hacerlo, además, pacíficamente pero de manera radical, para así evitar su sobrevivencia encubierta o, peor todavía, su restauración.

Que por las buenas se salgan de Palacio Nacional respetando el mandato expresado en las urnas quienes han prevalecido gracias a su capacidad para burlar sistemáticamente -a sangre y fuego cuando ha sido necesario; con fraudes, trampas y comprando votos casi siempre- las reglas del juego democrático, se antoja, por momentos, algo imposible de lograr. El monstruo, que López Obrador conoce bien porque vivió en sus entrañas, no cederá graciosamente el poder; habrá que arrebatárselo y hacerlo con una mezcla exacta de suavidad, firmeza y astucia para evitar la explosión.

Se ganó la elección queda pendiente la tarea de conquistar el poder, mantenerlo y utilizarlo para servir a la gente, no para servirse de la gente como ha sido la costumbre. Las tareas en defensa del voto, de nuestros 30 millones de votos, aún no han concluido. El régimen, al que 30 millones de votantes condenamos a muerte, se resiste a aceptar la sentencia y está todavía en el poder; ahí estará hasta el 1 de diciembre. Sus coletazos apenas comienzan a sentirse. Ante esto nos toca, a quienes votamos por López Obrador, dar muestras de vida más allá de la euforia electoral y de ese vigor al que se refiere Ricardo Flores Magón.

Los estudiantes que marcharon en CU contra la presencia de los grupos paramilitares, porque eso y no otra cosa son los porros que constituyen la última línea de defensa del régimen dentro de la UNAM, están dando ya el ejemplo de la vida y el vigor que este país necesita. La situación que enfrentan y contra la que se alzan es el resultado de la inseguridad, la corrupción y la falta de democracia que ha caracterizado la vida pública en México durante décadas. Su pliego petitorio debería ser asumido y defendido por los más amplios sectores de la sociedad. Los estudiantes son, por lo que exigen, por lo que representan, un peligro para el régimen que los ha puesto ya en el punto de mira.

Un peligro tan grande como el que representa la 4a transformación de la vida pública, a la que los “puros y duros” instalados en esa inexistente “normalidad democrática”, dan por muerta aun antes de que inicie. Y la dan por muerta sin considerar ni la extremadamente volátil situación que debe sortear el presidente electo antes de convertirse en Presidente Constitucional ni su proverbial terquedad.

El régimen está vivo y es preciso para Andrés Manuel López Obrador y los miembros de su equipo convivir con él, ir recibiendo de sus representantes poco a poco el mando, ir desmontando los focos de resistencia que pretendan sembrar dentro de las instituciones. Es preciso ampliar (con más astucia que fuerza pero sin convertir, como el mismo AMLO dice, “al Congreso en un antro”) las zonas de influencia, crear las plataformas legislativas de lanzamiento de la 4a transformación y evitar que el régimen y quienes lo sirven, siguiendo el ejemplo del dictador Francisco Franco, dejen “atado y bien atado” el futuro de México.

En la guerra en El Salvador la victoria se obtuvo cuando la izquierda estuvo dispuesta a perder parte de sus sueños y obligó a la derecha, con la presión de las armas y la habilidad en la mesa de negociación, a aceptar que perdería su realidad y no tendría ya nunca más el control total del país. Aquí, donde afortunadamente no ha sido preciso combatir con las armas en la mano (y para que esto no sea necesario), toca poner parte de los sueños a buen recaudo y conseguir que Peña Nieto se quite la banda presidencial y la entregue de buena manera. Consumado ese acto protocolario el régimen comenzará, ahora sí, a perder su realidad.

Vicente Fox dijo que sacaría a patadas al PRI de Los Pinos. Mintió. Sus bravatas eran solo el truco electoral de un charlatán que logró engañar a muchos ingenuos. El “voto útil” que lo llevó al poder sirvió para perpetuar al régimen, que consciente de la necesidad de un cambio cosmético, abrió las puertas al bipartidismo. Los 17 millones que por él votaron simplemente lo dejaron hacer. El PRI volvió por la puerta de atrás y comenzó a repartirse el botín con los panistas.

Más allá de la propaganda, lo cierto es que el PAN y el PRI representan y defienden los mismos intereses; son los dos pilares sobre los que descansa el régimen autoritario. No fue Felipe Calderón un peligro para el sistema; al contrario, fue su más radical defensor. Tampoco Ricardo Anaya le representaba una amenaza, una posibilidad real de cambio. Mientras más encendida era su retórica contra el PRI, más falsa resultaba. Por eso un grupo del primer círculo de Peña Nieto impulsó, sin éxito, la idea de la declinación de Meade a favor de Anaya.

Hoy las cosas son distintas. No estamos frente a un cambio gatopardiano. López Obrador no ha dicho nada de sacar a patadas al PRI de Palacio, pero él, a diferencia de Fox, Calderón o Anaya, sí lo va a hacer, tiene que hacerlo. Ese es el mandato que recibió en las urnas y o lo cumple o se va en el 2021. Pero primero tiene que ceñirse la banda presidencial y para lograrlo debe irse con mucho tiento estos tres largos y peligrosos meses. Lo dijo en Palacio Nacional frente a Peña Nieto cuando la prensa le exigía un pronunciamiento sobre la corrupción en este sexenio que termina: Ya no está en campaña, no necesita hacerse propaganda. Lo que necesita es tomar el poder y comenzar a mandar, comenzar a actuar.

 TW: @epigmenioibarra 


4/04/2014

La punta del iceberg



En este país de machos han sabido los poderosos explotar nuestras miserias. Usan a la mujer a su antojo; como adorno, como objeto para ganar posiciones o provocar envidias, como moneda de cambio, como satisfactor personal, como instrumento para sobornar o extorsionar.


Epigmenio Ibarra 

Al equipo de investigaciones especiales
de Carmen Aristegui por poner, otra vez,el dedo en la llaga.

Usted y yo sabemos que, lamentablemente, siempre ha sido así.

El caso de Cuauhtémoc Gutiérrez de la Torre y su red de prostitución en el seno del PRI capitalino no es, me temo, la excepción, sino la regla, la punta del iceberg; sí, del mismo iceberg contra el que ya antes hemos chocado y por el que hoy, de nuevo, nos vamos a pique.

Caso omiso hicimos de las advertencias, de nuestra propia experiencia, cancelando nuestra memoria seguimos adelante; ahí estaba, aquí está, la gigantesca mole y contra ella, a toda velocidad, nos dirigimos. Hoy en pleno naufragio rasgamos nuestras vestiduras por el nuevo escándalo sin ir más allá, sin entender que es éste el modus operandi del régimen.

Usted y yo sabemos que presidentes, secretarios de Estado, gobernadores, alcaldes, líderes sindicales han operado impunemente, durante décadas, de la misma manera. Sobran historias parecidas a la del oscuro presidente del PRI en el DF. Historias que se han vivido en Los Pinos y las casas de gobierno de los estados de la República. Jamás debimos haberlas olvidado.

Jamás debimos haber olvidado cómo el régimen, en esta patria herida, trafica con vidas, con personas, con bienes públicos. Convierte en botín todo lo que toca. Inmoral ha sido y es su proceder. Enfrentarse a este régimen ya no es, insisto, una cuestión ideológica. Se trata solo de ser decentes, de ponerse de pie.

No nos engañemos; no solo pagamos los contribuyentes la red de prostitución del tal Gutiérrez de la Torre. No solo en esta ocasión fuimos estafados. Nuestros impuestos, el patrimonio de la nación se ha dilapidado, durante décadas, costeando los vicios y excesos de todo tipo de personas que nos gobiernan.

Botín ha hecho el régimen de la mujer siempre. En este país de machos han sabido los poderosos explotar nuestras miserias. Usan a la mujer a su antojo; como adorno, como objeto para ganar posiciones o provocar envidias, como moneda de cambio, como satisfactor personal, como instrumento para sobornar o extorsionar.

¿Y por qué no habrían de usarla si no le tienen respeto alguno, como no le tienen respeto a la vida humana, al patrimonio de la nación y de sus ciudadanos, a los valores de la democracia, la justicia, la equidad de género?

¿Y cómo no habrían de usar a la mujer los que se han quedado con los brazos cruzados frente a los feminicidios en Ciudad Juárez, en Naucalpan, en Chiapas? ¿Los que son tan laxos frente a las violaciones que por todo el país son tan numerosas? ¿Esos que han permitido que, en los tribunales y gracias a leyes vigentes, se castigue con más dureza a las mujeres que a los hombres? ¿Los mismos que han promovido la contrarreforma para criminalizar el derecho a decidir?

Mientras más machos se muestran más atractivos resultan, para sus publicistas y para el público, quienes nos gobiernan. Respetan la norma de aparecer en la foto junto a la esposa, pero sacan raja de su fama de garañones. Usan a sus conquistas, a sus amantes como condecoraciones.

Al poder, por otro lado, el escándalo no lo intimida; sabe de la fragilidad de la memoria colectiva, de lo volátil que termina siendo la indignación pública y de lo fácil que resulta sacar provecho del mismo escándalo.

Hoy es Cuauhtémoc Gutiérrez el personaje en cuestión y habrá de ser convenientemente sacrificado como si así se borrara todo lo que él encarna y representa. Como si sus jefes y correligionarios nunca hubieran sabido quién era, cómo operaba en su cuartel general esa red de prostitución.

Y es que ha desarrollado el régimen instrumentos muy eficientes de control, consigue siempre, salvo honrosas excepciones, hacer todo y a todos a su imagen y semejanza. Instaura entre nosotros el imperio de la simulación y la transa. Nos ha convencido, por otra parte y para apartarnos de la misma, de que la política es un oficio vil siendo que la vileza es la otra cara de la corrupción que lo caracteriza.

El régimen, capaz de digerirlo todo, aprovechará para deshacerse de una figura impresentable. Nos toca a nosotros, a las mujeres y hombres decentes de este país, organizarnos para deshacernos de este régimen corrupto, para que pague el tal Gutiérrez de la Torre sus crímenes y paguen también los que ahí lo pusieron, los que lo utilizaron, sus pares, sus cómplices.

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