L Global Sumud Flotilla ha
vuelto a salir hacia Gaza para romper el cerco militar que la guerra de
Netanyahu sigue manteniendo con Palestina y el sur de Líbano. Cerca de
80 embarcaciones con aproximadamente mil activistas de 70 países dejaron
hoy el puerto de Barcelona con ayuda humanitaria, incluidas mochilas
con útiles escolares donadas por familias catalanas.
En esta ocasión los pequeños barcos que se han conseguido con apoyo solidario irán escoltados por el buque Bilbao de Open Arms y el Artic Sunrise de
Greenpeace. Impresionan estas dos naves frente a la multitud de
modestos barcos donde los tripulantes se agrupan extendiendo sus
pertenencias sobre las cubiertas. Objetos que seguramente serán
arrojados al mar cuando las fuerzas armadas israelíes intenten detener
la flotilla. Para ello, las tripulaciones llevan algunos días
entrenándose, leyendo sobre la historia palestina y tomando conciencia
de lo que vendrá.
Abril es parte de la delegación mexicana, viajará en el barco que tiene el sugestivo nombre de Romántica.
Es fotógrafa y lleva consigo una Nikon, señala que es una gran cámara,
pero que es consciente de que tendrá que arrojarla por la borda junto a
mochilas y laptops. Es el protocolo. Violeta Núñez comenta sobre las
prácticas y ensayos de preparación tanto para la convivencia en alta
mar, como para protegerse cuando sean interceptadas. Esto incluye cómo
lidiar con las vejaciones y agresiones sexuales que sufrieron algunas de
las tripulantes del viaje de la anterior flotilla en agosto.
Abril y Violeta son parte de la delegación mexicana. Junto a ellas
van Paulina, Al y Sol. Llegaron en un vuelo a Madrid y de ahí a
Barcelona, donde la comunidad mexicana las recibió en la Estación de
Sants. Se nota la emoción y el nervio. Sol González repite el viaje,
quisiera no hacerlo, pero sabe que es necesaria la presencia de gente
con experiencia. Sicóloga y con larga trayectoria internacional en la
defensa de los derechos humanos, Sol, que viajará en el Venus,
apoya y conforta a sus compañeras en la preparación de una travesía que
enfrenta varias incertezas. La más importante de momento es el clima. La
amenaza de lluvias retrasará la llegada a aguas internacionales.
Violeta es economista y periodista, conversamos sobre los amigos en
común y reflexionamos sobre esos caminos que la han llevado desde
Chiapas hasta Palestina, pasando por la montaña de Guerrero. Tendrá la
importante labor de reportear desde su barco, el Baruna, el día
a día de la flotilla. Habla con la madre de uno de los capitanes
catalanes de la flotilla. La mujer está de los nervios por la
participación de su hijo: “¿Y si le cae una bomba?”. No hay palabras
para contestarle a una madre que ve cómo su hijo se sube a una cáscara
de nuez con vela que surcará el Mediterráneo entre tormentas. Violeta es
madre, empatiza inmediatamente con ella, pero también con las madres
palestinas que sufren el genocidio. Toca arriesgar porque no hay de
otra, el sistema internacional que debería frenar a Israel esta en coma.
Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, es experta en
mostrar solidaridad con el gobierno israelí. En Alemania y Reino Unido
todavía permanecen encarcelados activistas pro palestinos.
La flotilla existe porque su existencia denuncia la inacción
de los Estados, de la Unión Europea y de las instituciones
internacionales. Su acción se basa en la no violencia, la solidaridad
anticolonial y la resistencia colectiva. Aunque han existido otras
flotillas, este nuevo ciclo de movilizaciones fecha su inicio en la
Marcha Global hacia Gaza en abril de 2025 como una iniciativa civil
internacional que se movilizó desde Arish, Egipto, hasta el paso
fronterizo de Rafah con la franja de Gaza. En esa ocasión fueron más de 4
mil participantes de 50 países. Su intención fue la de establecer un
campamento de protesta, pero fue arrasado por las fuerzas egipcias
látigo en mano.
En agosto de 2025 la Marcha se convirtió en la Acción Global Sumud
Flotilla que consiguió enviar más de 40 barcos a Gaza desde Barcelona,
la cual fue interceptada por Israel en octubre de ese año. Las
tripulaciones fueron detenidas con lujo de violencia y maltrato,
encarceladas en jaulas para perros y vejadas en diversas ocasiones. En
contraste, a la vuelta a casa todos los participantes fueron recibidos
como auténticos representantes de la reserva de dignidad humana que aún
existe en el mundo.
No sabemos qué podrá pasar con la flotilla en esta ocasión. El
contexto en la región es mucho más complejo y los focos mediáticos no
están precisamente en Palestina. Las bombas sobre Irán y Líbano no dejan
de caer. El acuerdo de paz en Gaza es papel mojado. Pese a ello,
Netanyahu parece más perdido que en el comienzo del genocidio que viene
orquestando. Una bestia desesperada que tendrá otro frente que se le
encara con el peso de la justicia global. Pero para que la flotilla
logre romper el cerco, es importante que hablemos de Gaza, que es lo
importante, y del paso de la flotilla. Nuestra valiente delegación
mexicana pone el cuerpo, pero en esa nueva flotilla volvemos a viajar
todos.
Fuentes: El Diario [Foto: Maha Hussaini, periodista gazatí, trabajando en la Franja (Cedida)]
Doctoras, trabajadoras humanitarias o periodistas de la
Franja de Gaza describen los retos que enfrentaron en 15 meses de
guerra: lidiar con jornadas extenuantes de trabajo y la supervivencia de
sus familias, la falta de agua y saneamiento, la proliferación de
enfermedades o la amenaza constante de la muerte.
La voz grave, a veces rota, de Ruba Alkurd, una doctora de
34 años de la organización Médicos sin Fronteras (MSF), bien podría ser
la de una mujer mucho mayor que ella. Su imagen muestra a una
profesional joven, también madre, pero el sufrimiento que desprenden
sus palabras, recogidas en audios enviados durante meses desde la
Franja de Gaza, encajaría más con alguien que le dobla la edad, que ha
visto demasiado y, con frecuencia, para mal. “Escucho esos audios y me
devuelven al infierno”, relata desde el apartamento en las afueras de
El Cairo donde hoy reside junto a sus tres hijos: Amín, de nueve años,
Jannah, de siete, y Reem, de cuatro.
A la ciudad llegó de urgencia el pasado mayo desde el paso
fronterizo de Rafah (entre Gaza y Egipto) donde, después de dos meses de
alto el fuego, vuelven a verse tanques israelíes tras la ruptura en la
madrugada del 11 de marzo de la última tregua acordada entre Israel y
Hamás (en 72 horas de ofensiva israelí al menos 506 palestinos murieron
en los bombardeos —más de 130 de ellos eran niños, según UNICEF— y otros
909 resultaron heridos).
El ejército hebreo también había clausurado pocas horas antes el
lado palestino del cruce al iniciar su ofensiva sobre el que entonces
era el único rincón de la Franja donde sus tropas aún no habían entrado
por tierra. Allí, entre 1,5 millones de personas desplazadas —más de la
mitad de la población de Gaza—, hacinadas en condiciones infrahumanas en
tiendas, refugios o edificios destruidos, los militares israelíes
pensaban encontrar al centenar de rehenes que en ese momento seguían en
la Franja (hoy son 59, 24 de los cuales se cree que siguen vivos).
Como el resto, Ruba y su familia también malvivían, pero a ellos
no les quedaba tiempo. Semanas antes, un colega oftalmólogo le dijo que
si no operaban pronto el ojo izquierdo de Amín, el hijo mayor, afectado
por una lesión anterior, perdería la visión por completo. “La última
cirugía se complicó con un glaucoma, le aumentó la presión del ojo y con
ocho años le salieron cataratas”, apunta. “Pasé días buscando unas
gotas que debía echarle y a un cirujano que pudiera volver a
intervenirle, pero no los encontré. El dolor aumentaba y yo no tenía
nada que darle a mi hijo. A veces, ni agua”, prosigue la doctora.
Sin apenas comida, agua, ni productos de higiene
Según datos de enero de la Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios de Naciones Unidas (OCHA),
casi la mitad de los gazatíes (y cerca de la totalidad en los 11 meses
posteriores al 7 de octubre) disponen hoy de menos de 15 litros de agua
diarios, la cantidad mínima recomendada por la ONU por persona y día
para beber, cocinar y mantener la higiene personal. “Cuando olía a la
gente me sentía devastada”, explica Alkurd. “Sabía que no era por
voluntad propia, sino porque no había con qué lavarse, ni jabón, ni ropa
limpia que ponerse”, añade.
La falta de productos de higiene y la proliferación de piojos, sarna y otras infecciones bacterianas —propiciada por la destrucción total o parcial del 80% de la infraestructura de agua y saneamiento de Gaza,
incluidas las seis principales plantas de tratamiento de aguas
residuales— llevaron a la doctora y a muchas de sus colegas médicas a
adoptar medidas para no enfermar. “Nos cortamos el pelo casi al cero. No
había agua para mantenerlo limpio, ni hidratado. Se nos caía a diario,
como a tanta gente desnutrida. La comida no era la adecuada y no había
ni vitaminas, ni minerales”, explica. De acuerdo con los últimos datos
de la OCHA, casi el 100% de las mujeres embarazadas y lactantes de Gaza
no tienen satisfechas sus necesidades alimenticias y entre el 10% y el
20% están desnutridas. El 86% de la población (1,84 millones de
personas) tampoco, incluidos los 4.646 niños (672 de ellos con
desnutrición aguda grave) que fueron inscritos en programas de
tratamiento de la desnutrición desde que entró en vigor el alto el fuego
—el 19 de enero— hasta el 15 de marzo.
La doctora Ruba y su hijo Amín en su
consulta de una de las clínicas de MSF en Gaza. Ruba Alkurd
En este contexto, Ruba y Mohamed, su marido, médico de 37 años y
uno de los pocos cirujanos vasculares que quedan en Gaza, tomaron la
decisión más difícil: cuando fuera posible, ella y sus hijos saldrían de
Gaza para operar a Amín, aunque eso implicase que él no pudiera
acompañarles. Comenzada la guerra, Israel no permitió salir a los
hombres si no portaban otra nacionalidad. La única forma de intentarlo
era por la frontera con Egipto, pagando a las mafias 5.000 dólares
y lo peor, esperar un mes. “Imagínese la decisión”, afirma Ruba. “Como
mujer sentía que abandonaba a mi marido, como médico, a mi gente, pero
como madre debía pensar en mis hijos. No tuvimos otra opción”, alega.
Hoy, desde El Cairo, donde Amín pudo ser finalmente operado
(recuperó el 80% de la visión del ojo), Ruba reza para que termine la
guerra, reabran el paso de Rafah y pueda reunirse con su marido. Al ser
palestinos de Gaza tampoco pueden registrarse en Egipto, por lo que ni a
ella se le permite trabajar, ni a sus dos hijos en edad escolar (Amín y
Jannah) inscribirse en un colegio. “Les enseño yo desde casa”, comenta.
“Nos conectamos a diario con una plataforma de clases online que lanzó
el ministerio de Educación [de la Autoridad Nacional Palestina] para
niños gazatíes. Al menos podrán tener sus certificados escolares”,
indica.
Por el momento, viven con lo justo. Desde que Ruba abandonase
Gaza, la organización para la que trabaja, MSF, instó a los empleados
locales que salieron de la Franja a coger un permiso retribuido de seis
meses, seguido de otro no remunerado por la misma duración. “Ahora
dependemos de lo que nos envía Mohamed. Si no vuelvo antes de julio,
incluso aunque no abran la frontera, perderé mi contrato con la
organización”, lamenta.
A pesar de todo, la gazatí es consciente de su suerte. Primero,
porque en El Cairo disponen de agua, comida, electricidad “y hasta de
una lavadora”, destaca. “Ahora sé que tener una es un lujo cuando
durante meses y tras jornadas maratonianas de trabajo tenía que lavar a
mano y con agua fría toda nuestra ropa. Me salieron ampollas muy
dolorosas. Me daba alergia el único detergente que había”, añade.
Por otro lado, en su casa cairota ella y los suyos, por fin,
duermen por la noche. Ya no están aterrorizados por el zumbido
permanente de los drones israelíes o el estruendo de los constantes
bombardeos. Tampoco escuchan a las ratas. “De madrugada, en la
habitación donde vivíamos, se podía oír ese gras, gras que
hacían cuando rondaban nuestras bolsas. No podía dejar nada fuera. A
veces pensaba que si me dormía vendrían y nos comerían vivos. Pensará
que suena a broma, pero no lo es”, cuenta.
La palestina opina que la proliferación de estos roedores no
solo se debe al descomunal volumen de basura acumulada en Gaza o a la
destrucción de sus sistemas de saneamiento y depuración, sino también a
los miles de cadáveres (más de 9.000, según la ONU) que aún permanecen
bajo los 40 millones de toneladas de escombros que se amontonan en la
Franja, según estimaciones de Naciones Unidas. Retirarlos, dicen sus expertos, llevará más de una década.
Salir del trabajo y encontrarte sin casa
“En mis 25 años de servicio en Gaza y después de una Intifada y
tres guerras (2008-2009, 2012 y 2014) nunca vi tanta muerte y
destrucción”, afirma Maha Mahmoud Wafi, técnica de emergencias médicas,
de 44 años, desde el Centro de Ambulancias que la Media Luna Roja
Palestina (PRCS, por sus siglas en inglés) tiene en la ciudad de Jan
Yunis, en el sur de Gaza. Tampoco antes, dice esta sanitaria y madre de
seis hijos, había tenido que evacuar su casa, “el único remanso de
tranquilidad que conocía”, ni verla totalmente destruida.
Ese fue “el primero de los dos peores días” de la vida de Wafi.
Una mañana, mientras trasladaba heridos al Hospital Nasser (el más
importante de Jan Yunis) uno de sus hijos la llamó para decirle que los
israelíes acababan de avisarles que evacuaran de inmediato la vivienda
familiar porque iban a bombardear la zona. “La impotencia fue horrible”,
cuenta. “Yo en el trabajo y sin poder comunicarme en condiciones con
mis hijos (por el bloqueo intermitente impuesto entonces por Israel) y
sin saber si estaban bien”. El segundo peor día, continúa Maha, también
la encontró trabajando en una de las ambulancias. Su hermano contactó
con la central y pidió que le comunicaran que soldados israelíes
acababan de llevarse detenido a su marido. “La angustia de no saber
dónde estaba ni por cuántos días o si estaba bien o mal fue terrible”,
asevera.
“Gracias a Dios hoy todos estamos bien”, continúa. Durante unos
segundos, Maha esboza una tímida sonrisa en su rostro agotado. La
realidad, sin embargo, no da tregua. Hoy, una vez termine su jornada
laboral, ya no podrá descansar en su casa de Jan Yunis, su “pequeño
paraíso” ahora en ruinas (como el 92% de las viviendas de Gaza, según
datos de la OCHA). Esta vez, al salir, regresará al oeste de la ciudad,
pero a una tienda de campaña en una zona gris y devastada, cubierta por
enormes nubes de polvo y rodeada de lagos pestilentes de aguas
residuales que no pueden ser tratadas porque ni funcionan las estaciones
de bombeo, ni las plantas de tratamiento.
La suspensión israelí de toda la ayuda humanitaria y comercial
desde el 2 de marzo y el cierre de los cruces de mercancías ha empeorado
aún más la grave crisis energética de Gaza, con un aumento de los
precios del diésel de hasta un 105% y del gas de cocina de hasta un
200%, en comparación con febrero, lo que limita significativamente el
acceso a combustible esencial en medio de un continuo apagón eléctrico.
Maha Mahmoud Wafi, técnica de emergencias
médicas, en el Centro de Ambulancias de la Media Luna Roja Palestina en
Jan Yunis. Media Luna Roja Palestina
A este respecto, y antes de finalizar la entrevista, la
palestina subraya el valor “extraordinario” de sus compañeros de
trabajo, en especial de sus colegas mujeres. “Todas, sin excepción,
merecen el mayor de los respetos”, afirma. “A pesar de las enormes
dificultades que enfrentan (el riesgo diario durante los traslados;
jornadas extenuantes de trabajo o salir de casa sin saber si los hijos
estarán a salvo) siguen luchando y con el compromiso que siempre nos
guía: brindar ayuda humanitaria y servir a los demás”, alaba.
Informar, a pesar de todo
Guiadas por esa vocación de servicio, Maha Hussaini, de 33 años y
Haula al-Jalidi, de 35, decidieron, a muy temprana edad, que querían
ser periodistas. “Si creces en una Gaza bajo bloqueo —impuesto por
Israel y Egipto en el año 2007— y sufres los estragos de tres guerras,
informar ya no es solo una vocación. Para mí es un deber para con mi
gente, sobre todo si no hay nadie más (desde octubre de 2023, Israel y
Egipto prohíben la entrada de prensa extranjera a Gaza) que lo cuente”,
dice taxativa Hussaini, colaboradora de los medios digitales Middle East Eye y The New Humanitarian
o de plataformas como la Red Marie Colvin de Mujeres Periodistas. Un
trabajo informativo enfocado en Derechos Humanos por el que el año
pasado fue galardonada con el Premio al Coraje en Periodismo, otorgado
por la Fundación Internacional para las Mujeres en los Medios (IWMF),
con sede en Washington.
“Mi caso, quizá, es más naíf”, cuenta Haula al-Jalidi. “Siendo
pequeña ya soñaba con ser periodista para hablar de la belleza y la
historia de Palestina, pero lamentablemente de lo único que hablo ahora
es de su destrucción y muerte”, ironiza la reportera, que charla con
elDiario.es desde El Cairo, donde trabaja como corresponsal para las
cadenas de televisión Al Arabiya y Al Hadath.
Al igual que hiciera la doctora Ruba, ella y su marido, Baher,
fiscal de carrera ahora desempleado, decidieron abandonar Gaza cuando
Israel anunció el comienzo de su ofensiva sobre Rafah, la ciudad donde
ellos también habían sido desplazados junto a sus cuatro hijos (el
mayor, de 13 años y el menor, de seis) y donde pudieron ser acogidos por
los abuelos paternos.
Previamente Haula y Baher, huyendo de los bombardeos, se habían
visto obligados a trasladarles dos veces más, la primera en la ciudad de
Gaza y a la semana de empezar la guerra. “Yo hacía la última conexión
telefónica del día cuando Baher, nervioso, me empezó a hacer señales”,
cuenta. “Había recibido un mensaje diciendo que iban a atacar el barrio y
que teníamos que evacuar”. Aturdida, despidió el directo y como
pudieron reunieron “la vida que una familia puede empaquetar en 20
minutos”. Tras esa noche, ni ella ni su marido volvieron a ver más el
hogar que durante una década construyeron con tanto mimo. “Lloré mucho
un día y después otro, pero después pensé en cuánta gente estaba igual o
peor y decidí seguir adelante”, relata.
Haula al-Jalidi, en la puerta del hospital Al Aqsa, en el centro de Gaza.
Cedida
Apoyada por Baher, su “columna vertebral”, Haula trabajó a
destajo los meses posteriores. Mientras, sus hijos, que fueron
trasladados un total de cuatro veces dependiendo de lo cerca que estaban
del lugar donde caían las bombas, quedaron al cuidado de varios
familiares. “No había otra opción. Yo podía hacer hasta 18 directos al
día, entre las 8:00 y las 16:00 horas, y después continuar en casa con
conexiones telefónicas hasta las 22:00”, cuenta la palestina.
Su base de operaciones o “segundo hogar”, al igual que para
decenas de periodistas gazatíes, era el complejo del hospital Al-Aqsa,
en Deir el Balah, uno de los pocos lugares de la Franja donde había
electricidad, funcionaba Internet y reporteros como ella podían realizar
conexiones o cargar teléfonos, portátiles y demás aparatos
electrónicos. Allí, entre colegas, personas desplazadas y la llegada
constante de heridos, Haula y Baher pasaban la mayor parte del tiempo.
También lo hacía Maha Hussaini, quien solía trasladarse hasta
allí desde uno de los abarrotados refugios de Deir el Balah donde
residía junto a su familia, a la vez varias veces desplazada, hasta el
inicio de la efímera tregua. “A pesar de las enormes dificultades, todos
hemos trabajado desde el primer día”, asegura la informadora. “Incluso
cuando Israel cortó el suministro de electricidad y combustible o
destruyó casi todas telecomunicaciones, los periodistas de Gaza nos las
arreglamos para contar lo que las voces silenciadas de nuestros colegas
no podían narrar”.
Vivir con la muerte cerca
Hussaini se refiere a los 166 periodistas y trabajadores de medios que, según el Comité para la Protección de los Periodistas
(CPJ, en sus siglas en inglés) han sido asesinados en Gaza desde el 7
de octubre de 2023. Desde entonces, el total de muertos palestinos
supera los 49.600 (más de la mitad son mujeres y niños) y el de heridos
se acerca a los 112.000; en Israel, los fallecidos son 1.200 (de los que
alrededor 800 eran civiles) y los heridos son más de 14.900.
“Muchos de los reporteros asesinados eran buenos colegas con los
que trabajé”, dice Maha. “Por eso su ausencia me motiva a seguir, para
contar lo que ellos no pueden”, añade. Según Hussaini, los informadores
han sido uno de los objetivos de Israel durante esta guerra. Hoy asegura
despertarse cada mañana tratando de aceptar la idea de que “quizá este
día pueda ser el último” o pueda ser “el siguiente blanco de Israel”.
Un temor con el que Maha, sin hijos a su cargo o compromisos
familiares, estaba dispuesta a lidiar, pero que motivó la salida de
Haula y su familia de la Franja. “La situación era extremadamente
peligrosa para todos”, explica. “También conocía a muchos de los
compañeros asesinados. De verdad sentías que la muerte estaba cerca,
pero a mí lo que más miedo me daba era que alguno de mis hijos pudiera
enfermar y no disponer de hospitales con medios donde poderle curar”,
apunta.
A la capital de Egipto llegaron ella y su familia el año
pasado gracias a las gestiones y la cobertura económica del grupo Al
Arabiya, para el que sigue trabajando como corresponsal, lo que le
permite seguir sosteniendo a su familia. A Gaza, por ahora, no sabe si
volverán, pero lo que sí tiene claro es la noticia que, en directo y
llegado el momento, le gustaría dar: “Hoy, Palestina, ha dejado de
estar ocupada. Todos aquellos que se marcharon ya pueden volver y
reconstruir sus casas. Pueden regresar”.
Miles de palestinos han salido a las calles de las principales
ciudades cisjordanas para demandar que se enjuicie a los líderes
israelíes en las cortes internacionales por los crímenes que han
cometido contra la nación palestina.
Las concentraciones de este viernes se celebra un día después de que
la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas (ONU)
haya aprobado la solicitud que reconoce a Palestina como “Estado
observador no miembro” del organismo.
Los manifestantes han ondeado banderas rojas, negras y verdes
palestinas en Ramalá, Nablus, Al-Jalil (Hebrón), Beitolahm (Belén) y
Yenin y han gritado consignas para exigir tanto el cese de los
asentamientos israelíes en los territorios palestinos como el fin de la
escalada de atrocidades y opresiones del régimen de Tel Aviv.
Han expresado también su firme apoyo a la creación de un Estado
independiente palestino y han instado a los grupos políticos palestinos
a poner fin a las actuales discrepancias y mantenerse unidos en aras de
alcanzar la soberanía de Palestina.
Por 138 votos a favor, nueve en contra y 41 abstenciones, provocadas
en su totalidad por las presiones de EE.UU. y el régimen de Israel, la
Asamblea General aprobó el jueves la solicitud que otorga a Palestina
el estatus de un “Estado” observador no miembro en el organismo.
Para
justificarse, el terrorismo de Estado fabrica terroristas: siembra odio
y cosecha coartadas. Todo indica que esta carnicería de Gaza, que según
sus autores quiere acabar con los terroristas, logrará multiplicarlos.
Desde 1948, los palestinos viven condenados a humillación perpetua.
No pueden ni respirar sin permiso. Han perdido su patria, sus tierras,
su agua, su libertad, su todo. Ni siquiera tienen derecho a elegir sus
gobernantes. Cuando votan a quien no deben votar, son castigados. Gaza
está siendo castigada. Se convirtió en una ratonera sin salida, desde
que Hamas ganó limpiamente las elecciones en el año 2006. Algo parecido
había ocurrido en 1932, cuando el Partido Comunista triunfó en las
elecciones de El Salvador. Bañados en sangre, los salvadoreños expiaron
su mala conducta y desde entonces vivieron sometidos a dictaduras
militares. La democracia es un lujo que no todos merecen.
Son hijos de la impotencia los cohetes caseros que los militantes de
Hamas, acorralados en Gaza, disparan con chambona puntería sobre las
tierras que habían sido palestinas y que la ocupación israelí usurpó. Y
la desesperación, a la orilla de la locura suicida, es la madre de las
bravatas que niegan el derecho a la existencia de Israel, gritos sin
ninguna eficacia, mientras la muy eficaz guerra de exterminio está
negando, desde hace años, el derecho a la existencia de Palestina. Ya
poca Palestina queda. Paso a paso, Israel la está borrando del mapa.
Los colonos invaden, y tras ellos los soldados van corrigiendo la
frontera. Las balas sacralizan el despojo, en legítima defensa. No hay
guerra agresiva que no diga ser guerra defensiva. Hitler invadió
Polonia para evitar que Polonia invadiera Alemania. Bush invadió Irak
para evitar que Irak invadiera el mundo. En cada una de sus guerras
defensivas, Israel se ha tragado otro pedazo de Palestina, y los
almuerzos siguen. La devoración se justifica por los títulos de
propiedad que la Biblia otorgó, por los dos mil años de persecución que
el pueblo judío sufrió, y por el pánico que generan los palestinos al
acecho.
Israel es el país que jamás cumple las recomendaciones ni las
resoluciones de las Naciones Unidas, el que nunca acata las sentencias
de los tribunales internacionales, el que se burla de las leyes
internacionales, y es también el único país que ha legalizado la
tortura de prisioneros. ¿Quién le regaló el derecho de negar todos los
derechos? ¿De dónde viene la impunidad con que Israel está ejecutando
la matanza de Gaza? El gobierno español no hubiera podido bombardear
impunemente al País Vasco para acabar con ETA, ni el gobierno británico
hubiera podido arrasar Irlanda para liquidar a IRA. ¿Acaso la tragedia
del Holocausto implica una póliza de eterna impunidad? ¿O esa luz verde
proviene de la potencia mandamás que tiene en Israel al más
incondicional de sus vasallos?
El
ejército israelí, el más moderno y sofisticado del mundo, sabe a quién
mata. No mata por error. Mata por horror. Las víctimas civiles se
llaman daños colaterales, según el diccionario de otras guerras
imperiales. En Gaza, de cada diez daños colaterales, tres son niños. Y
suman miles los mutilados, víctimas de la tecnología del
descuartizamiento humano, que la industria militar está ensayando
exitosamente en esta operación de limpieza étnica.
Y como siempre, siempre lo mismo: en Gaza, cien a uno. Por cada cien palestinos muertos, un israelí.
Gente peligrosa, advierte el otro bombardeo, a cargo de los medios
masivos de manipulación, que nos invitan a creer que una vida israelí
vale tanto como cien vidas palestinas. Y esos medios también nos
invitan a creer que son humanitarias las doscientas bombas atómicas de
Israel, y que una potencia nuclear llamada Irán fue la que aniquiló
Hiroshima y Nagasaki.
La llamada comunidad internacional, ¿existe?
¿Es algo más que un club de mercaderes, banqueros y guerreros? ¿Es
algo más que el nombre artístico que los Estados Unidos se ponen cuando
hacen teatro?
Ante la tragedia de Gaza, la hipocresía mundial se luce una vez más.
Como siempre, la indiferencia, los discursos vacíos, las declaraciones
huecas, las declamaciones altisonantes, las posturas ambiguas, rinde n
tributo a la sagrada impunidad.Ante la tragedia de Gaza, los países árabes se lavan las manos. Como
siempre. Y como siempre, los países europeos se frotan las manos.
La vieja Europa, tan capaz de belleza y de perversidad, derrama
alguna que otra lágrima mientras secretamente celebra esta jugada
maestra. Porque la cacería de judíos fue siempre una costumbre europea,
pero desde hace medio siglo esa deuda histórica está siendo cobrada a
los palestinos, que también son semitas y que nunca fueron, ni son,
antisemitas. Ellos están pagando, en sangre contante y sonante, una
cuenta ajena.
6/10/2010
La verdadera amenaza a la flotilla de la libertad
Noam Chomsky*
Olfat Qarawi, cuya casa fue destruida durante la ofensiva israelí en Gaza, prepara café en la improvisada vivienda que habita con su familia en un campo para refugiados Foto Reuters
El violento ataque de Israel contra la Freedom Flotilla (flotilla de la libertad) que transportaba asistencia humanitaria a Gaza escandalizó al mundo. Secuestrar embarcaciones en aguas internacionales y asesinar pasajeros es, por supuesto, un crimen grave.
Pero el crimen no es algo nuevo. Durante décadas, Israel ha estado secuestrando embarcaciones entre Chipre y Líbano y matando y secuestrando pasajeros, a veces reteniéndolos como rehénes en prisiones israelíes.
Israel da por sentado que puede cometer impunemente estos crímenes porque Estados Unidos los tolera y Europa generalmente sigue el ejemplo de Washington.
Como observaron correctamente los editores de The Guardian el 1 de junio: Si un grupo armado de piratas somalíes hubiera abordado ayer seis embarcaciones en altamar, asesinado a cuando menos 10 pasajeros y lesionado a muchos más, una fuerza de trabajo de la OTAN ya estaría encaminada hoy a la costa somalí.
En este caso, el tratado de la OTAN obliga a sus miembros a acudir a la ayuda de un país miembro de la OTAN –Turquía– atacado en alta mar.
El pretexto de Israel para el ataque fue que la flotilla de la libertad estaba llevando materiales que Hamas podría utilizar para disparar cohetes contra Israel.
El pretexto no es creíble. Una razón suficiente es que Israel puede poner a la amenaza de los cohetes por medios pacíficos.
Los antecedentes son importantes. Hamas fue identificado como una importante amenaza terrorista cuando triunfó en elecciones libres celebradas en febrero de 2006. Estados Unidos e Israel escalaron bruscamente su castigo contra los palestinos, ahora por el crimen de votar en forma equivocada.
El sitio de Gaza, incluyendo un bloqueo naval, fue un resultado. El sitio de Gaza se intensificó marcadamente en 2007, después de que una pequeña guerra civil dejó a Hamas en control total de ese territorio.
Lo que comúnmente ha sido descrito como un golpe militar fue, de hecho, incitado por Estados Unidos e Israel, en un crudo intento de anular las elecciones que llevaron a Hamas al poder.
Esto ha sido del dominio público desde cuando menos abril de 2008, cuando David Rose reportó en Vanity Fair que George W. Bush, la asesora de Seguridad Nacional Condoleezza Rice y su segundo, Elliott Abrams, apoyaron a una fuerza armada bajo las órdenes del hombre fuerte de Fatah, Muhammad Dahlan, encendiendo un cruenta guerra civil en Gaza y dejando a Hamas más fuerte que nunca.
El terrorismo de Hamas incluyó el lanzamiento de cohetes contra los pueblos israelíes cercanos –algo criminal, sin duda, pero sólo una diminuta fracción de los hímenes rutinarios de Estados Unidos e Israel en Gaza.
En junio de 2008, Israel y Hamas llegaron a un acuerdo de cese el fuego. El gobierno israelí oficialmente reconoce que hasta que Israel violó el acuerdo el 4 de noviembre de ese año al invadir Gaza y matar a media docena de activistas de Hamas, Hamas no disparó un solo cohete.
Hamas ofreció reanudar el cese el fuego. El gabinete israelí analizó la oferta y la rechazó, prefiriendo lanzar su asesina invasión de Gaza el 27 de diciembre.
Como otros estados, Israel tiene el derecho de defenderse. ¿Pero tenía Israel el derecho de emplear la fuerza en Gaza en nombre de la autodefensa?
La ley internacional, incluyendo la Carta de la ONU, es inequivoca: una nación tiene tal derecho sólo si han agotado los medios pacíficos. En este caso, tales medios no fueron siquiera intentados, aunque –o quizá porque– había todas las razones posibles para que tuvieran éxito.
Así, la invasión fue pura agresión criminal, y lo mismo puede decirse de que los israelíes hayan recurrido a la fuerza contra la Flotilla de la Libertad.
El sitio es salvaje, diseñado para mantener apenas vivos a los animales enjaulados, de forma que se reduzcan las protestas internacionales, pero difícilmente más que eso. Es la última etapa de planes israelíes trazados hace tiempo y apoyados por Estados Unidos, para separar a Gaza de la Ribera Occidental (Cisjordania).
La periodista israelí Amira Hass, una destacada especialista sobre Gaza, describe la historia del proceso de separación. “Las restricciones sobre el movimiento palestino que Israel introdujo en enero de 1991 revirtieron un proceso iniciado en junio de 1967.
“En ese entonces, y por vez primera desde 1948, una gran parte del pueblo palestino vivió nuevamente en el territorio abierto de un solo país –uno, por cierto, que estaba ocupado, pero era sin embargo entero...”
Hass concluye: La separación total de la franja de Gaza de Cisjordania es uno de los logros más grandes de la política israelí, cuyo objetivo mayor es impedir una solución basada en decisiones y acuerdos internacionales, y en lugar de eso dictar un acuerdo basado en la superioridad militar de Israel...
La flotilla de la libertad desafió esa política y por tanto debe ser destruida.
Un marco para solucionar el conflicto árabe-israelí ha existido desde 1976, cuando los estados árabes introdujeron una resolución del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas que planteaba un tratado basado en dos estados en la frontera internacional, incluyendo todas las garantías de seguridad de la resolución 242 de la ONU, adoptada después de la guerra de junio en 1967.
Los principios esenciales cuentan con el apoyo prácticamente de todo el mundo, incluyendo la Liga Árabe, la Organización de Estados Islámicos (incluyendo a Irán) y protagonistas no relevantes, incluso Hamas.
Pero Estados Unidos e Israel han encabezado el rechazo a tal acuerdo durante tres décadas, con una excepción crucial y altamente informativa. En el último mes del presidente Bill Clinton en el cargo, enero de 2001, el mandatario inició negociaciones en Taba, Egipto, que casi alcanzaron un acuerdo, anunciaron los participantes, antes de que Israel pusiera fin a las negociaciones.
Hoy, el cruel legado de una paz fallida persiste.
La ley internacional no puede ser aplicada contra estados poderosos, salvo por sus propios ciudadanos. Eso siempre es tarea difícil, particularmente cuando opiniones bien expresadas declaran que el crimen es legítimo, sea explícitamente o por la adopción tácita de un marco criminal –lo cual es más insidioso, porque hace invisible el crimen.
* El nuevo libro de Noam Chomsky, recientemente publicado, es Hopes and Prospects. Chomsky es profesor emérito de Lingüística y Filosofía en el Instituto de Tecnología de Massachusetts, en Cambridge.