Mostrando las entradas con la etiqueta Víctor M. Toledo. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Víctor M. Toledo. Mostrar todas las entradas

1/18/2026

Donald Trump: negacionista, suicida, terrorista y dictador

El primer acto irracional, sin sustento alguno, de Donald Trump, es la salida de Estados Unidos del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC), de 66 organizaciones y tratados sobre la crisis climática, de 31 organizaciones de la ONU y de otras 35 de la sociedad civil.

Trump considera que el calentamiento global no existe y que la ciencia climática es un engaño, según lo declarado en la Asamblea General de Naciones Unidas en septiembre de 2025. Por todo ello, podemos considerarlo un verdadero suicida, pues su pensamiento y sus acciones no conducen más que a la extinción de la humanidad.

Donald Trump también ha difundido el terror al amenazar con invadir Groenlandia, según declaró en la OTAN (https://www.youtube.com/watch?v=KP3jtFsTysI), y al haber amenazado con intervenir militarmente o interferir en otros cinco países: Venezuela, Cuba, Colombia, Irán y México. Frente a ello, destaca la declaración conjunta de España, Brasil, Chile, Colombia, México y Uruguay (https://es.euronews.com/2026/01/04/espana-y-5-paises-latinoamericanos-rechazan-el-ataque-de-eeuu-en-venezuela-en-un-comunicad), así como los dignos posicionamientos de los gobiernos de Groenlandia, Venezuela y México en defensa de sus propias soberanías.

La arrogancia, individualismo, soberbia, desprecio por los otros y demás actitudes de Donald Trump, convertido como Hitler en dictador universal, son rasgos aberrantes, resultado de una enorme ignorancia, que contradicen la esencia y la historia natural del ser humano, pues la empatía humana tiene detrás de sí una larga historia evolutiva. Se trata de un individuo sicópata, como puede comprobarse en la entrevista que ofreció al New York Times (https://www.nytimes.com/2026/01/08/world/interview-donald-trump-venezuela-ice.html).

La búsqueda del bien común, cooperar y compartir, es hoy por hoy el gran tema de nuestro tiempo. Con esta idea, el reconocido primatólogo holandés Frans de Waal se dedicó a estudiar durante 10 años los comportamientos altruistas de chimpancés, bonobos, capuchinos, delfines y elefantes. Los títulos de sus libros lo dicen todo: La edad de la empatía, El mono que llevamos dentro, ¿Tenemos suficiente inteligencia para entender la inteligencia de los animales? En sus obras, Frans de Waal demuestra que la conducta humana, su sabiduría, se encuentra también en sus parientes evolutivos más cercanos: los primates. Estamos ante una conducta solidaria de unos 300 mil años, la antigüedad de la especie humana.

Destaca igualmente el discurso que pronunció Jeffrey Sachs, destacado asesor de la ONU, ante el Consejo de Seguridad el 5 de enero de 2026. Sachs calificó al presidente de Estados Unidos como un “matón” que viola el derecho internacional y que “está haciendo añicos la Carta de Naciones Unidas, lo que es extraordinariamente peligroso” porque afecta la estabilidad global (https://www.eldiario.es/internacional/jeffrey-sachs-pide-consejo-seguridad-onu-defender-derecho-internacional-anarquia_1_12890798.html).

La gran paradoja es que Donald Trump es una especie de dictador ficticio, constreñido a hacer declaraciones digitales en las redes y plataformas, o a lo sumo operaciones quirúrgicas como el secuestro de Nicolás Maduro y su esposa, pero que no puede tocar tierra ante los pueblos, comunidades y barrios organizados de los países. Hoy por hoy, detener a Donald Trump, contradiciéndolo y poniéndolo en evidencia, es un acto por la vida.

6/08/2025

¿Qué es hoy del México profundo?

Víctor M. Toledo

Tuvieron que pasar 37 años desde que Guillermo Bonfil-Batalla publicara su obra clave México profundo (1987), para que las ideas contenidas en ese ensayo se hicieran tangibles mediante la investigación empírica y concreta. Se trata del Atlas de la propiedad de la tierra en México 2024, una impresionante obra de 234 páginas publicada en forma conjunta por la Secretaría de Desarrollo Agrario, Territorial y Urbano junto con el Registro Agrario Nacional (RAN) y patrocinado por el Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura (IICA) (https://www.gob.mx/ran/documentos/atlas-de-la-propiedad-social). El Atlas devela por vez primera con todo detalle quiénes se apropian la naturaleza o los recursos naturales del país, un asunto esencial desde el punto de vista ecológico. Para ello el Atlas ofrece información tanto de los ecosistemas como de los sujetos sociales con los que interactúan, es decir, realiza un abordaje socioambiental. Se trata de la primera radiografía detallada que ofrece información sobre uso el suelo y vegetación, cuencas hidrográficas, áreas naturales protegidas y acuíferos, así como sobre regiones indígenas, zonas metropolitanas y marginación social para cada uno de los estados. Lo anterior se logra mediante más de 60 mapas a todo color. El esfuerzo de este análisis es muy reconocible, si se considera que México es un país megadiverso desde el punto de vista biológico, se ubica como el segundo país en el mundo por su riqueza biocultural y posee una historia de al menos 7 mil años revelada por la domesticación del maíz, frijol, calabaza, amaranto, chile y otras 245 especies. El Atlas además da fe de que el panorama presentado proviene de lo establecido en 1917 mediante el artículo 27, es decir, es un producto de la Revolución Mexicana y de la clarividencia de los legisladores encabezados por Andrés Molina Enríquez. El artículo 27 establece que la propiedad de la tierra deja de ser un derecho privado para convertirse en una prerrogativa de la nación. En consecuencia, es la nación la que ordena y regula el aprovechamiento del territorio. El territorio del país tiene una extensión de 196.47 millones de hectáreas continentales e insulares que se reparten en tres modalidades: propiedad social (50.8 por ciento), propiedad privada (42) y propiedad pública de terrenos nacionales (7.2). La población hacia 2020 fue de 126 millones con 79 por ciento urbana y 21 por ciento rural. La propiedad social la conforman 32 mil 251 núcleos agrarios de los cuales 29 mil 827 son ejidos y 2 mil 454 comunidades.

¿Qué es hoy el México profundo? el Atlas ofrece la respuesta. Cada uno de los mapas de los 32 estados muestran a todo color la distribución exacta de ejidos, comunidades, avecindados y posesionarios, así como las cifras de los sujetos agrarios, la distribución por sexo, y señalamientos particulares y notables. Este panorama hace de México un país único en el mundo, donde la equidad agraria es una realidad, a pesar de los diferentes intentos por anularla, como fue el caso de la contrarreforma de Carlos Salinas de Gortari, llevada a cabo a principios de la década de 1990, que significó el fin de la reforma agraria y la apertura del sector rural a la inversión privada, especialmente de capitales extranjeros. Lo mismo puede decirse de los innumerables mecanismos económicos del capital para extraer plusvalía de los productores rurales de materias primas.

Es dentro de este contexto que no se puede omitir el cambio radical de política agraria que significó la llegada de la Cuarta Transformación, que se volcó a apoyar a los pequeños y medianos productores. Lo anterior ha quedado expresado en dos instrumentos: la Ley General de la Alimentación Adecuada y Sostenible (LGAAS) promulgada en abril del 2024, que sienta las bases para impulsar la transformación radical y estructural del sistema alimentario nacional, y el Programa Nacional de Soberanía Alimentaria, que se hizo público en noviembre del 2024, y el cual tiene el objetivo de impulsar la producción en el campo mexicano, así como acercar a las familias mexicanas a la alimentación sustentable y saludable a precios accesibles. Lo que queremos, afirmó la presidenta Claudia Sheinbaum, es fortalecer el apoyo al pequeño y al mediano productor y, como bien ha señalado el secretario de Agricultura, fortalecer las capacidades para producir semillas y fomentar la producción agroecológica. En conclusión: el México profundo sigue presente y está más vivo que nunca.

9/22/2020

La civilización moderna y su gente sin espíritu


“El mundo vive el momento más peligroso de su historia”, ha dicho el principal intelectual estadunidense, Noam Chomsky, y su afirmación no puede ser más temeraria. Hoy a la crisis climática global se deben sumar el peligro de una guerra nuclear, la invalidez de los mecanismos democráticos (a Estados Unidos y a Brasil, habitados por más de 500 millones, los gobiernan dos seres dementes elegidos por sus propios ciudadanos) y el Covid-19. La pandemia no sólo ha puesto patas arriba al mundo; también ha colocado de rodillas a la humanidad por entero. La especie humana se ha arrodillado frente a un fenómeno imparable que casi alcanza un millón de víctimas y que como hemos sostenido, y ha quedado demostrado, ha sido una reacción de la naturaleza ante el conjunto de irracionalidades de los sistemas industriales de producción de alimentos, fuente última de las zoonosis. Al menos hasta que aparezca la vacuna, los seres humanos tendremos que enfrentar el temor a lo desconocido, como les sucedió a nuestros antepasados con el rayo, con las erupciones o con los terremotos. Todo el aparato hipertecnológico del mundo moderno ha quedado rebasado por los impactos de un ser invisible. Las máquinas han sido de nuevo vencidas por un organismo. ¿Hay alguna lección que aprender? Hay muchas, pero una es la central, la madre de todas las lecciones.

La civilización (industrial, tecnocrática, capitalista y patriarcal) que hoy domina buena parte del planeta se ha erigido sobre una base equivocada. Si algún atributo marca la evolución humana, ese es el de la comunalidad, la organización colectiva fincada en la ayuda mutua, en la solidaridad. Este rasgo no sólo permitió la supervivencia de la especie humana durante 296 mil años, sino que se considera una derivación lógica de la línea evolutiva trazada por las especies de animales sociales, un tema minuciosamente analizado por la sociobiología. La comunalidad, definida por P. Kropotkin (1907) como instituciones de ayuda mutua, estuvo presente a lo largo de la organización tribal, la comuna aldeana, los gremios, la ciudad de la Edad Media y hoy se mantiene como un foco de resistencia en las comunidades de las culturas indígenas y en las cooperativas (rurales, urbanas e industriales). La civilización moderna opera, en cambio, bajo una racionalidad que es el extremo opuesto. Se considera a la competencia entre individuos como el dogma mayor, una falacia construida a partir de una interpretación equívoca de la teoría de la evolución de Darwin que permitió justificar el despliegue de la propiedad privada, la concentración de la riqueza y el capitalismo.

Esta dicotomía sobre el significado de la organización social está a su vez íntimamente relacionada con dos concepciones radicalmente opuestas sobre la naturaleza. La comunalidad se finca en una idea sagrada de la naturaleza como entidad viva, como fuente de vida y receptora de los muertos, como la Madre Tierra. El mundo moderno derribó esa imagen y mediante la ciencia construyó una idea de naturaleza como sistema mecánico inanimado; una máquina a ser escudriñada, controlada, dominada y finalmente explotada. “Tanto el pensamiento animista como el mecanicista son metafóricos, afirma R. Sheldrake en su famoso libro El renacimiento de la naturaleza… pero mientras que el pensamiento mítico y animista se basa en metáforas orgánicas tomadas de los procesos de la vida, el pensamiento mecanicista apela a metáforas extraídas de maquinarias fabricadas por el hombre.” La idea de la conquista de la naturaleza es inseparable de la imaginería sexual, como han mostrado los estudios feministas, pero también de dos comportamientos totalmente opuestos.

Mientras los seres humanos aceptaron con humildad la existencia de un ente superior, producto de una intuición colectiva y fruto de una conexión directa con la vida misma, facilitaron el diálogo, la reciprocidad, la compasión y en consecuencia la hermandad que permite lo común. Es decir, espiritualidad (que no religiosidad) y comunalidad son inseparables. Bajo la pretensión de la conquista de la naturaleza en cambio el ser se tornó soberbio, y en su versión actual ( El lobo de Wall Street) individualista, prepotente, materialista y hedonista. En seres hechos para competir y vencer a toda costa, más allá de leyes, reglas, principios y escrúpulos. En maestros en el arte de la simulación y la mentira. Si el mundo está de cabeza y al borde del caos, ello se debe al dominio que estos seres sin espíritu ejercen día con día en todos los campos. Los de la economía, la política, la diplomacia, el ejército, la ciencia, la religión y la creación intelectual. Sólo los seres con conciencia salvarán a la especie. Ya lo están haciendo.

A la memoria de Álvaro Aguilar-Ayón, su conciencia y su espíritu.

9/08/2020

El rescate del espíritu y de la naturaleza




El mundo llegó a su límite. La humanidad no resiste más. ¿Quién se atreve a defender este orden pletórico de injusticias, oprobios, catástrofes, depredaciones? ¿En nombre de quién o qué? ¿Qué ismo puede hoy reivindicar? Sólo queda hurgar la historia natural y la historia humana en busca de la esencia de la especie. Trazar los caminos de la degradación que condujeron a este presente para intentar remontarlo. Dos son los atributos que el proceso civilizatorio buscó desaparecer y que hoy son causa de la crisis terminal que se padece. La negación del espíritu y la destrucción de la naturaleza. Ambos fenómenos yacen en el fondo del malestar de la modernidad.
Todo ser humano, tarde o temprano, se enfrenta al desafío de reconocer su propio espíritu. La espiritualidad no aparece, sino como resultado de su enfrentamiento, no de su fuga, con el mundo. Es la respuesta del ser frente al abismo. Frente al no sentido o significado de la existencia, frente a la inconmensurabilidad del universo.
Este acto intuitivo, al que se lle­ga no por la exploración o la in­ves­ti­ga­ción, sino por la revelación o la iluminación, surge de la idea de la existencia de conexiones misteriosas entre las partes de la naturaleza que forman una unidad dirigida por un proceso inteligente. De aquí nace el reconocimiento de una fuerza vital que todo lo mueve y al que todos los miembros de la especie humana se deben. Esta cosmovisión estuvo presente sin excepción en todas las culturas que conformaron a la humanidad durante sus casi 300 mil años de existencia, y fue la que permitió su supervivencia y la que dio continuidad al impulso ya trazado por otros grupos de organismos en la evolución: corales, medusas, sifonóforos, briozoarios, hormigas, termes, abejas, avispas, vertebrados y primates. Como especie social, el Homo sapiens eligió la cooperación (la ayuda mutua de I. Kropotkin) como el acto supremo, como el atributo superior, para impulsar su propia evolución. Y ello supuso vivir en un mundo encantado, en una envoltura viva, donde cada elemento natural encarnó en una deidad. Lo humano aceptó vivir en equilibrio permanente con ese impulso natural. Espiritualidad, humildad, hermandad, comunalidad, fueron valores en acción y conexión permanentes. Los mismos que aún perviven en los 7 mil pueblos indígenas del mundo distinguidos por la lengua y que, según se ha descubierto recientemente, poseen territorios equivalentes a 25 por ciento del total del planeta en 87 países (Garnett, S.T., Nature Sustainability, 2018).
La espiritualidad de los seres humanos y su consiguiente reconocimiento de esa fuerza natural fueron los dos elementos a destruir durante al menos los últimos 4 mil años de historia. Un proceso que hoy alcanza su máxima expresión en la civilización moderna, industrial, capitalista, tecnocrática y patriarcal, para la cual espíritu y naturaleza son un estorbo. El primer embate fue la conversión de la espiritualidad en religiosidad, en instituciones de poder que usaron al espíritu como pretexto. Las deidades de siempre se transformaron en dioses, luego se pasó del politeísmo al monoteísmo, hasta llegar a dioses masculinos, prepotentes e intolerantes. El politeísmo enamorado de la vida dio paso al monoteísmo fascinado con la muerte (Michel Onfray, Cosmos, 2016: 55). Las grandes masacres y los tremendos genocidios sufridos por la especie humana fueron convalidados o auspiciados por los mayores monoteísmos durante los colonialismos, fascismos, comunismos e imperialismos, y con las recientes guerras santas.
La destrucción de la naturaleza, el desencantamiento del mundo, corrió a manos de la ciencia, la nueva forma de conocer la realidad por medio de la razón, el materialismo, el análisis y la técnica. El dominio de la naturaleza fue glorificado por el científico Francis Bacon en nombre de Dios. La ciencia negó la existencia de la Madre Tierra, venerada y respetada, y en vez introdujo la idea de un sistema mecánico inanimado, la visión de una máquina (eco-sistema) a ser escudriñada, controlada, dominada y finalmente explotada. Convertida en fábrica, recurso natural o capital natural, la naturaleza hoy es permanentemente violada o violentada por las acciones orientadas por la lógica del capital. Un acto patriarcal que según J. M. Naredo lo ejecuta el trabajo, la categoría masculina de la economía neoclásica.
Hoy, el panorama a la vista es la mayor desigualdad social de la historia y el mayor desequilibrio ecológico conocido de escala global (la crisis climática). Rescatar la espiritualidad y su (re)conexión de respeto hacia la naturaleza son las dos tareas centrales de todo individuo consciente. En ello están jugando un rol estratégico tres sectores: los ambientalistas, las mujeres y los pueblos indígenas. En ellos se encuentran las fuentes de inspiración y de subversión para edificar una civilización diferente.

8/25/2020

Agua para la vida

Victor M. Toledo

La Jornada: 
Tras la espesa noche neoliberal de tres décadas, plena de corrupción y de entrega de los bienes de la nación, se hace necesario de manera urgente el rescate y la recuperación de las bases materiales del país: suelos, manantiales, cuencas hidrológicas, bosques, selvas, biodiversidad, semillas, costas, playas, aire de las ciudades, etcétera. Sin esa regeneración de los elementos naturales, la salud de los mexicanos, igualmente afectada, no podrá recuperarse. La salud humana y la salud de la naturaleza son mutuamente dependientes. Esta tarea de restauración doble ya la ha comenzado el gobierno de la 4T para el caso de los alimentos y debe seguir con al menos otros dos elementos: la energía y el agua.
Hoy en México el agua está acaparada, maniatada, mal usada, entubada, embotellada, inflamada, gasificada, congelada, contaminada. La ley que rige su apropiación, manejo, distribución y uso data de 1992 y fue elaborada al calor de las contrarreformas del periodo salinista, notablemente la contrarreforma agraria, y conlleva en su composición una tendencia de rígido control estatal y de favorecimiento a los sectores privados. Hoy, tarde o temprano, este marco legal debe ser revisado y puesto al día por un gobierno que se ha declarado antineoliberal, es decir, que lleva como encomienda dos objetivos: regular la voracidad de las empresas (tanto privadas como públicas) y, al mismo tiempo, ir cediendo y trasladando su propio poder hacia la sociedad, empoderando a los ciudadanos organizados, a las comunidades y los colectivos. Estas son las dos misiones principales de todo verdadero gobierno de izquierda.
Dos preceptos deben orientar esta ­actualización. El primero debe garantizar que el uso del agua se haga de tal manera que afecte lo menos posible el metabolismo hídrico. Esto significa el acoplamiento o adaptación, científica y técnicamente sustentado, de las actividades humanas al ciclo hidrológico. Cuanto del flujo del agua se toma y cuanto se devuelve. Es decir, no se deben traspasar los límites que marca la naturaleza en cada cuenca, región o territorio. La información técnica disponible permite saber de cuánta agua se dispone en cada cuenca y en cada acuífero. Además, el agua que tras su uso humano es devuelta a arroyos, ríos, lagunas y mares debe ser lo más limpia posible.
El segundo precepto es el del uso equitativo o democrático del agua. Una lección magistral es la que nos viene de la historia, de miles de años, de los colectivos de regantes. Ahí los agricultores usan armónicamente el agua que baja por las montañas como resultado del derretimiento cíclico de los glaciares para regar sus parcelas. Estos colectivos acuerdan en largas y civilizadas discusiones los cauces dirigidos del agua, las cantidades y los destinos, de tal manera que el agua es conducida por canales construidos y llega a cada parcela de manera equitativa.
El panorama del agua en México es hoy muy preocupante si no es que trágico. Grupos muy poderosos acaparan el líquido vital: mineras, gaseras, cerveceras, refresqueras, lecheras, ranchos agrícolas y ganaderos, granjas avícolas y porcícolas, etcétera, en detrimento de un uso equitativo, transparente, regulado y ambientalmente racional. Los datos disponibles caen como pesadas rocas: 70 por ciento de las aguas concesionadas están en manos de solo 7 por ciento de los concesionarios y existen mil 11millonarios del agua, propietarios con más de un millón de metros cúbicos. Las grandes agroexportadoras (de alimentos vegetales y animales) hoy reciben enormes volúmenes de agua y de energía subsidiadas. Las mesas directivas de los principales distritos de riego operan con opacidad. Se estima que 60 por ciento de los ríos y lagos están fuertemente contaminados y sus pobladores con problemas severos de salud. Sobre los territorios indígenas, que capta 25 por ciento del agua del país, se han aprobado 77 mil 619 concesiones sin el consentimiento previo de las comunidades. En los sistemas de agua y saneamiento y en la administración de las obras hidráulicas domina una tendencia a la privatización. En todo el país aparecen denuncias por el colapso de los acuíferos por su sobrexplotación y la apertura de pozos ilegales o fraudulentos.
Todo esto conforma el legado hidráulico de 30 años de neoliberalismo, que el nuevo gobierno está obligado a remontar. El reto no es menor. Hoy, como en el resto de las cosas, el dilema del agua adquiere también una bifurcación definitiva: o agua para la vida, justa, digna y plena, o agua para los negocios, la usura y la rapiña, que en términos prácticos la sociedad percibe como un agua paravivir muriendo.
*Titular de la Semarnat

8/11/2020

Más allá del espionaje: la operación glifosato



Los acontecimientos ocurridos en los últimos días, correctamente contextualizados, confirman lo visualizado anteriormente. Los puntos neurálgicos o contradictorios no sólo en México sino en el mundo siempre terminan en un dilema vital planteado desde la ecología política. Toda acción humana, sean decisiones individuales o familiares, políticas públicas o acuerdos internacionales, o se suman a la defensa de la vida (humana y no humana) o atentan contra ella. El gobierno de la 4T no es ajeno a esto. Al contrario. Lo que se haga en términos de energía, transporte, agua, urbanismo, salud, alimentos, cultura, siempre tendrá su equivalente ambiental. El bienestar de los mexicanos está íntimamente ligado a lo ambiental, porque todos aquellos males que el neoliberalismo provocó tuvieron a la par procesos de destrucción ecológica. Hoy el gobierno de la 4T debe remontar este país injusto, desigual, enfermo, corrupto, patriarcal y con un entorno devastado y una naturaleza dilapidada. Esa fue la promesa y esta es la misión.
El gobierno de la 4T no es un gobierno anticapitalista, sino antineoliberal. Reconocer esta distinción es clave. No busca abolir o eliminar las empresas privadas ni busca la estatización total de la economía, sino algo más elemental: la regulación o sujeción del interés privado a los intereses de la sociedad. Y esto se logra por la simple aplicación de las leyes existentes o por legislar. Lo anterior significa recuperar el papel del Estado, que durante la larga noche neoliberal se volvió un cómplice de los intereses mercantiles, un socio para los negocios, un mero facilitador de la acumulación de riqueza. Proteger de verdad selvas, bosques, suelos, biodiversidad, aire limpio, arrecifes, costas y playas; evitar el acaparamiento y mal uso del agua, impulsar ciudades, transporte e industrias limpios, transitar hacia las energías renovables, son algunas de las tareas centrales de la 4T. Nadie, cabal o sensato, se puede oponer a estas nobles acciones.
Y sin embargo, una enorme campaña de difamación y desprestigio se orquestó en los últimos meses contra el gobierno de la 4T porque éste decidió (el Presidente y un amplio sector de su gabinete) enfrentar de lleno un asunto urgente y vital: la salud de los mexicanos y su relación con la alimentación y el ambiente. Este asunto salió a la luz de manera evidente por la pandemia del Covid-19. Si México se encuentra en el top de países con mayor mortalidad por el virus, esto se debe a la pésima alimentación y a los ambientes contaminados: 67 por ciento de los fallecidos tenía padecimientos como diabetes, obesidad, sobrepeso, hipertensión, etcétera y casi 80 por ciento de los fallecidos habitaban en alguna de las seis regiones más contaminadas del país. Resulta obvio que urge modificar el sistema alimentario de México, en la producción, transformación, transporte y consumo. Para ello, encabezados por la Semarnat, la Ssa y el Conacyt, se fue construyendo y madurando una iniciativa novedosa que cristalizó en un programa especial que hoy aglutina ocho secretarías de Estado y otras cinco dependencias, y que el Presidente respaldó e hizo oficial. Este programa va con todo para regular y, en su caso prohibir, toda la batería de elementos que conforman un sistema alimentario perverso: herbicidas, fungicidas, insecticidas, cultivos transgénicos, granjas porcícolas y avícolas, comida chatarra, refrescos y bebidas azucaradas, monopolios de comercialización, campañas publicitarias falsas, etcétera. El programa comenzó con dos acciones: la regulación y prohibición gradual del glifosato y otros 80 plaguicidas, y un etiquetado más riguroso que entrará en vigor en octubre próximo. A lo anterior, el Presidente de México agregó el 27 de julio, un decreto con tres mandatos: a) la prohibición inmediata del uso del glifosato en todas las dependencias del gobierno y su gradual supresión hasta su eliminación total en 2024; b) la prohibición al cultivo del maíz transgénico en todo el territorio nacional, y c) la designación del Conacyt como entidad encargada de documentar alternativas tecnológicas para sustituir al plaguicida.
Esa fue la gota que derramó el va­so y dio lugar a la operación gli­fosato surgida de las entrañas de los gigantes agroalimentarios y de agroquímicos, en combinación con empresas nacionales afectadas, encabezadas por el Consejo Nacional Agropecuario, brazo político de los grandes empresarios agrícolas y ganaderos, y con la complici­dad de tres funcionarios del gabinete. Ello incluyó ataques directos en eventos públicos, difusión de videos, y la filtración ilegal de un audio. Su objetivo: evitar a toda costa ese decreto, subiendo otro apócrifo, y de­sa­tando una campaña de desprestigio con­tra la Semarnat. La gran batalla es hoy ¿soberanía alimentaria mediante sistemas agroindustriales (agronegocios) o por sistemas agroecológicos con producción sana de alimentos sanos? ¿O con la vida o contra ella? Sabemos que los mexicanos están con nosotros.
*Titular de la Semarnat

8/06/2020

Desconoce Semarnat términos de anteproyecto sobre plaguicida glifosato


la Redacción 

Ciudad de México. La Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (Semarnat) emitió un pronunciamiento a la opinión pública en el que desconoce los términos del anteproyecto de decreto presidencial sobre el tema del plaguicida glifosato que envío la Secretaría de Agricultura a la Comisión Nacional de Mejora Regulatoria (Conamer) y le pide una disculpa pública por haber utilizado el nombre de Víctor Toledo, titular de Medio Ambiente, sin su consentimiento.

La Semarnat señaló que “en un acto por demás incomprensible, esta mañana la Secretaría de Agricultura y Desarrollo rural, subió a la plataforma de la Comisión Nacional de Mejora Regulatoria un anteproyecto de decreto presidencial sobre el tema del glifosato, que no sólo no refleja, sino que contradice las instrucciones dadas por el presidente de la República, derivadas de dos reuniones con representantes de varias secretarías de estado incluida la Semarnat”.

La Sader envió a la Conamer un proyecto de decreto en el que se establecen las acciones que deberán realizar instituciones para programas y coordinar estudios técnicos necesarios que permitan determinar la seguridad del químico glifosato y, en su caso, desarrollar la tecnología necesaria que permita tanto su sustitución como el aumento de los niveles productivos con miras a lograr la autosuficiencia alimentaria.

El documento señala que una vez que haya conclusiones de los estudios, se promoverán reformas a ordenamientos jurídicos que establezcan el uso adecuado o prohibición del glifosato como sustancia activa, además de que se promoverán ante agricultores el uso de otras sustancias.

La Semarnat por su parte ha suspendido importaciones de glifosato y ha planteado la eliminación de su uso para 2024.

7/28/2020

Conservación selvática y sacrificio de mariposas



Hoy, el desafío supremo del capitalismo es la crisis ecológica. Debe demostrar que tiene una solución dentro de su racionalidad, léase mercado y tecnología, para continuar existiendo. Su tesis mayor es que la naturaleza sólo logrará conservarse mediante su mercantilización, haciendo que los negocios prosperen bajo el halo glamuroso de la ecología. Para justificar el papel positivo del mercado se han inventado y difundido conceptos: desarrollo sustentable, capitalismo verde y más recientemente servicios ambientales y capital natural, que en su versión original es mero juego de palabras. En México la idea del capital natural la introdujo la Conabio, lo que llevó a su secretario a declarar en plena era neoliberal que las dos mejores cosas que tiene México para vender son la diversidad biológica y la diversidad cultural (J. Sarukhán, La Jornada, 22/5/15).
Hacer negocios para salvar la na­turaleza es hoy la gran tarea global, tendencia que creció en México al amparo de los gobiernos anteriores. Ejemplo significativo es el de las mariposas de la selva Lacandona, que durante 11 años logró combinar magistralmente la explotación del trabajo de la naturaleza (las mariposas), con la explotación humana (labor campesina). Las dos frases mágicas que permitieron justificarlo fueron la conservación de la selva y el desarrollo sustentable. La historia comienza en 1994, en plena insurrección zapatista, cuando Espacios Naturales y Desarrollo Sustentable (Endesu), ONG creada por la entonces titular de la Semarnap y varios de sus colegas, plantea que para conservar la Lacandona hay que dar opciones económicas no deforestadoras a los ejidos, y que la mejor opción es el manejo y la comercialización de las mariposas, ampliamente estudiadas por dos de sus miembros. El proyecto comienza con el inventario de las mariposas, las plantas que las nutren, microambientes donde habitan... Se concluye que en el ejido Boca de Chajul son su­jetas de ser aprovechadas 302 especies de las 563 que habitan la selva. Luego se consiguen apoyos monetarios y permisos de explotación, lo cual se logra por intervención de la Semarnap, en evidente conflicto de intereses. Los apoyos proceden de Conabio, US AID, Conservation International, World Wildlife Fund y otros. Destaca el donativo de 7.5 millones de pesos del PNUD que se transfiere automáticamente de la Semarnap a Endesu. El gobierno federal autoriza la captura mensual de 12 mil ejemplares y la creación de una Unidad de Manejo para la Conservación de la Vida Silvestre. Siguió la apertura de la empresa dedicada a la venta y exportación de ejemplares, para lo cual se enviaron 4 mil 500 cartas a expertos, coleccionistas privados e instituciones de todo el mundo, diseños de artesanías y venta de ejemplares vivos. Siguió la integración de hombres, mujeres y niños campesinos como colectores. En reciprocidad, las familias se comprometen a conservar un número de hectáreas de selva. Se compran los ejemplares a los campesinos entre 0.50 y 10 pesos por unidad para las especies más comunes, y entre 700 y mil 500 pesos las más raras. La empresa coloca en el mercado internacional los ejemplares en precios altos, logrando ganancias de hasta mil por ciento. Venden ejemplares vivos en remesas de hasta 20 mil al Parque Turístico Xcaret.
Se estima entre 59 mil y 440 mil ejemplares capturados por año, con promedio anual de 182 mil y el trabajo de hasta 134 familias campesinas y un máximo de 250 colectores. La superficie conservada fue raquítica: entre 120 y 210 hectáreas. En sus 11 años este proyecto sacrificó entre 1.5 y 2 millones de mariposas en aras de la conservación y el desarrollo sustentable, sin que ninguna autoridad municipal, estatal o federal haya certificado sus impactos biológicos, ecológicos y sociales: captura prohibida de especies endémicas, raras o amenazadas; efectos de la intensidad de captura sobre las poblaciones, o las desproporcionadas utilidades de la empresa. Según el Coneval, las 27 comunidades que rodean a la Reserva de Montes Azules aún presentaban en 2015 alta marginación social. Este proyecto fue el primero de otros que han seguido hasta hoy en la Lacandona: ecoturismo, hoteles, pago por servicios ambientales y una segunda versión de las mariposas iniciada en 2008 ahora por Natura y Ecosistemas Mexicanos. Es hora de evaluarlos. Por su parte, Endesu devino ONG protagónica, que ha realizado desde su fundación 250 proyectos sobre uso sustentable de la biodiversidad en 29 áreas protegidas del país y recibe anualmente apoyos del Fondo Mexicano para la Conservación de la Naturaleza, la Agencia Francesa de Desarrollo y el Banco Mundial. El proyecto de las mariposas es sólo la punta del iceberg de una política de conservación que ha privilegiado el papel de negocios verdes, pletóricos de contradicciones e incongruencias. (La información de este artículo puede consultarse en www.laecologiaespolitica.blogspot.com.)
*Titular de la Semarnat

7/14/2020

Más allá de las élites



El neoliberalismo es, antes que todo, una gigantesca maquinaria dirigida exclusivamente a generar ganancias económicas, orientada a lucrar. Llevado a su extremo, busca convertirlo todo en mercancía, no sólo los bienes y servicios, sino conocimientos científicos, tecnologías, cultura. El país que dejaron tres décadas de neoliberalismo, no sólo fue una sociedad injusta, devastada, fracturada, enferma y con un entorno natural y ambiental deplorable; también heredaron élites de todo tipo dotados de un enorme poder, castas que se fueron creando en todos los ámbitos de la vida social: en los medios de comunicación (prensa, radio y tv), entre gremios de profesionistas, grupos de científicos e intelectuales, y en enclaves religiosos. Las élites acumularon poder en cada campo y se fueron inventando una ideología para justificar sus roles y sobre todo para convalidar sus actitudes clasistas y racistas hacia las mayorías marginadas, explotadas, castigadas, las que el 1º de julio de 2018 salieron a votar masivamente por un proyecto que por lo menos les dotaba de esperanza. Lo que el ahora Presidente levantó como su mayor y principal emblema, el primero los pobres, las élites lo registraron como mera consigna electoral sin mayor significado.
Hoy que se lleva a la práctica les irrita sobremanera, porque su solidaridad con los más necesitados, aunque fuera mínima, está fuera de sus objetivos vitales. Estas son las élites que hoy vociferan desesperadas y hacen campañas de ­desprestigio.
Más allá de las élites se está construyendo, paso a paso, un país diferente. Ello es el resultado de una real reorientación de las acciones del Estado hacia objetivos supremos. Más allá de las élites están los 650 mil millones de pesos invertidos en programas sociales, incluyendo los apoyos a 8 millones de adultos mayores, a los niños con discapacidad (745 mil), las becas a jóvenes y niños de bajos recursos (700 mil), a la reconstrucción de 50 mil escuelas, a la construcción y puesta en marcha de 140 universidades ubicadas en los lugares más necesitados, al rescate de 32 hospitales, a la contratación de 47 mil trabajadores de la salud, los 4 millones de créditos, los 75 mil millones de pesos para las microempresas afectadas por la pandemia, y los apoyos para un millón de Jóvenes Construyendo el Futuro.
Hoy, al menos un estímulo o apoyo llega a 25 millones de hogares, es decir, ¡70 por ciento del total de las familias mexicanas!
De especial importancia es la atención que se está dando a la tríada salud-alimentación-ambiente, dado que como lo ha mostrado el Covid-19, en ello radica la generación de zoonosis convertidas después en temibles pandemias. Hay que cambiar los dañinos sistemas agroindustriales de producción de alimentos a sistemas agroecológicos, y ello supone eliminar los plaguicidas (80 altamente peligrosos), los cultivos transgénicos y el uso abusivo del agua. El programa Sembrando Vida ya triplicó la superficie con agricultura orgánica. Hoy 408 mil productores pertenecientes a 39 pueblos originarios de 20 estados trabajan sistemas agroforestales en un millón de hectáreas, organizados en 17 mil 200 Comunidades de Aprendizaje Campesino que apoyan 4 mil 300 técnicos y 51 mil 600 jóvenes becarios, cada una con un vivero comunitario y una biofábrica. A ello se agrega el programa Producción para el Bienestar de la Secretaría de Agricultura y Desarrollo Rural que apoya a las pequeñas y medianas unidades productivas agropecuarias del país (unas 2.8 millones de las cuales 657 mil pertenecen a productores indígenas) dedicadas a producir maíz, frijol, trigo, arroz, amaranto, chía, azúcar, café y milpa, otra vez mediante prácticas agroecológicas y respetando sus saberes ancestrales. No hay nada similar en la historia reciente del campo en México, y eso sin contar los programas de apoyo a comunidades que hacen la Comisión Nacional Forestal y la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas para preservar bosques, selvas y biodiversidad.
Conectando lo anterior con la salud y los alimentos, se ha creado un programa especial formado por seis secretarías y el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología dedicado a reorientar el sistema alimentario nacional. Sus primeras acciones ya lograron un nuevo etiquetado, detener el uso del glifosato (el plaguicida más peligroso del mundo) y del maíz transgénico, y va por una nueva ley de plaguicidas, un programa educativo para las escuelas primarias, y especialmente una ambiciosa campaña masiva de concientización para una alimentación sana (consumo responsable).
Todo ello, más allá de los gritos desbocados de las élites, de sus caravanas automotrices, de sus desplantes televisivos, radiofónicos y editoriales, y de sus reclamos impregnados de soberbia y de rabia. En suma, más allá de las élites se están sembrando los cimientos de un México nuevo y está naciendo una nueva conciencia que ya llega a millones. La tarea es descomunal y llevará tiempo, pero el camino está trazado y hay que seguirlo caminando.

*Secretario del Medio Ambiente y Recursos Naturales

6/30/2020

México: Coca-Cola en la sangre



Parece que el destino del país está indisolublemente ligado con las aguas negras del imperialismo, como popularmente se le conoce. De ello dejó testimonio el realizador Rubén Gámez, quien en 1965 estrenó la película La fórmula secreta o Coca-Cola en la sangre, un emblemático mediometraje que cimbró por su audacia a mi generación, y que hoy debería ser visto de manera masiva por su evidente actualidad (Alfonso Cuarón presentó de nuevo esta obra maestra en el Festival Internacional de Cine de Morelia en 2017). La Coca-Cola nos colocó de presidente a uno de sus ex gerentes (Vicente Fox), a otro (Enrique Peña-Nieto) lo convirtió en su principal agente publicitario al declarar con entusiasmo que cada día la consumía (https://bit.ly/2NIpaCu), logró que tres conocidos ecólogos lavaran sin recato su imagen, y además extrae cada año 28.8 millones de litros de agua subterránea que embotella gracias a 108 títulos de concesión que explotan 48 acuíferos de 65 municipios (ver libro de Gian Carlo Delgado, 2014, en www.researchgate.net). Por esto último logró, junto con Pepsi Cola, Danone y Nestlé, que los mexicanos nos convirtiéramos en los ¡mayores consumidores per cápita de agua embotellada del mundo! A lo anterior se vino a sumar un hecho poco menos que bochornoso: Femsa (copropietaria de la bebida) tuvo que pagar 8 mil 790 millones de pesos por evasión fiscal, lo que llevó a su propietario a declararse contra el Presidente de la República (https://bit.ly/2CQeY8R).
El hecho más grave, sin embargo, está en relación con la pandemia del Covid-19, pues la Coca-Cola y sus bebidas azucaradas, junto con muchas otras, ha sido un ingrediente casi eterno de la epidemia de sobrepeso, obesidad y diabetes que padecen los mexicanos. El número de muertes por diabetes en el país alcanzó 105 mil 500 en 2016. Esta condición induce el desarrollo de enfermedades crónicas cardiovasculares, hígado graso y cáncer, según El Poder del Consumidor. En el panorama mundial, México presenta uno de los mayores índices de letalidad de Covid-19 (18 por ciento), mayor que el de los dos países más infectados, Estados Unidos (11 por ciento) y Brasil (8 por ciento), y muy por encima del promedio mundial (5 por ciento). Se está de acuerdo en que esta lamentable situación es resultado de los pésimos hábitos alimentarios de los mexicanos.
Frente a este ominoso panorama y con los focos rojos centelleando al máximo, el gobierno de la 4T ha emprendido una ambiciosa batalla para revertirlo, encabezada por el propio Presidente. Para ello se ha creado un programa especial de carácter intersecretarial, en que participan las secretarías de Medio Ambiente, Salud, Agricultura, Economía, Bienestar y el Conacyt, que busca instaurar sistemas alimentarios sanos desde la producción hasta el consumo. Sus primeras tareas han sido implementar una contracampaña de información que oriente a los consumidores, la modificación del etiquetado que, a pesar de la enorme resistencia del sector empresarial, entrará en vigor el próximo octubre, y la eliminación gradual del glifosato y otros 40 plaguicidas junto con la prohibición de los alimentos transgénicos (maíz, soya y algodón).
El mayor reto es el diseñar y poner en práctica una política alimentaria que logre liberar toda la cadena de alimentos hoy en buena parte dominada por grandes compañías, intermediarios y acaparadores de todo tipo. Lo anterior significa la producción, circulación, transformación y consumo de alimentos sanos. En la esfera de la producción se busca transformar los actuales sistemas agroindustriales en agroecológicos, es decir, agricultura, ganadería y pesca ecológicamente adecuados. Para ello se trabaja ya en una estrategia nacional con apoyo de la FAO, que deberá implementarse en los próximos meses. Los alimentos, además, deben circular por medio de mercados justos, orgánicos, solidarios y de corta distancia, multiplicando los tianguis y las ferias de semillas y productos diversos. Finalmente, se deben de crear miles de cooperativas que conecten la producción agroecológica con los amplios sectores de consumidores de las ciudades: edificios, barrios, escuelas, sindicatos, universidades, fábricas, hospitales, etcétera. Sólo así el gobierno de la 4T logrará purificar la sangre de los mexicanos hoy todavía contaminada por refrescos, plaguicidas, hormonas, antibióticos y otros tóxicos, luego de tres décadas de gobiernos neoliberales. Dejo para una próxima entrega la dimensión metafórica del título: la mente contaminada de las élites (económicas, empresariales, intelectuales, científicas, etcétera) por la ideología cocacolera.

*Titular de la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales

6/16/2020

El ambientalismo neoliberal sale del clóset



El neoliberalismo como práctica económica, política e ideológica se puede definir como una abierta complicidad entre el Estado y el capital, que conduce a la sujeción del primero por el segundo. Sus mayores efectos son un incremento brutal de la desigualdad social y un deterioro inmisericorde de la naturaleza. Se está de acuerdo que esta fase se inicia con los regímenes de Margaret Thatcher (1979-90), en Inglaterra, y de Ronald Reagan (1981-89), en EU, y que esta modalidad se fue extendiendo por el resto del mundo no sólo con los gobiernos conservadores, sino con las llamadas socialdemocracias. Curiosamente, lo anterior casi coincidió con la aparición y el despliegue del ambientalismo, lo cual generó una tensión permanente. Al final, el ambientalismo fue cooptado, edulcorado y neutralizado por el despliegue del neoliberalismo. La consagración del discurso ambiental que tomó unas cuatro décadas se fue gradualmente desvaneciendo. Hoy, casi sin excepción, las posiciones de gobiernos, empresas, academias y organismos internacionales giran en torno a que la solución a la crisis ecológica mundial, sólo es posible mediante el mercado, las tecnologías y los arreglos institucionales. Para ello fueron introducidos conceptos aparentemente científicos como desarrollo sustentable, crecimiento y economía verdes, y capital natural, pero que en el fondo buscan ocultar la mercantilización de la naturaleza.
En México esta tensión comienza formalmente con la aparición de la Semarnap (1994), nuevo ministerio que inició con gran vigor y calidad científica, una legislación poderosa y dio lugar a instrumentos administrativos para la regulación ambiental. Sin embargo, al igual que en el resto del mundo, la eficacia de la Semarnap(t) se debilitó por las políticas neoliberales de los siguientes sexenios. Alcanzo a distinguir 12 procesos que en conjunto forman un verdadero Ecocidio en México: La llegada de funcionarios inexpertos y sin escrúpulos a los puestos claves; la entrega de casi la mitad del país a mineras para la extracción de oro, plata, hierro, zinc, cobre, incluyendo mil 900 concesiones en ¡68 por ciento de las áreas naturales protegidas!; la imparable contaminación industrial de los principales ríos del centro y norte del país que han dado lugar a infiernos ambientales por el alto número de enfermos de cáncer y otros males; la total inacción ante el uso de más de 80 plaguicidas tóxicos encabezados por el glifosato; la toma de posición jurídica de la Semarnat del lado de las grandes corporaciones biotecnológicas y agroindustriales (Monsanto, Syngenta, Bayer, Dow, Dupont) en el caso del maíz y la soya transgénicos; la sobrexplotación o el uso ilegal y fraudulento de los mantos acuíferos por grandes productores agropecuarios, las mineras, las cerveceras y las refresqueras; la entrega obscena de playas y costas a los megaproyectos turísticos; la indolencia de la política conservacionista que protegió flora y fauna en 30 millones de hectáreas, pero se olvidó de las 3 mil 697 comunidades que lo hicieron posible, 84 por ciento de las cuales hoy sufren ¡altos grados de marginación!; el sospechoso rezago de trámites y pérdida de documentos en la Profepa; el desdén por solucionar los conflictos ambientales (560 develados por mil 30 registros periodísticos); en fin, la total ausencia de solidaridad con los 157 mexicanos asesinados por defender el ambiente, quienes han sido completamente ignorados.
Coincidiendo con el posicionamiento de ocho gobernadores en contra de la 4T, los exabruptos de los dos mayores intelectuales neoliberales, los llamados a dar un golpe de Estado y la integración de un Bloque Opositor Amplio (BOA), la pasada semana se hizo pública una carta enviada al Presidente firmada por 24 ex funcionarios ambientales, acusando al actual gobierno de minar, provocar el desmantelamiento, la erosión, y el desmoronamiento de las instituciones ambientales. La conjunción de los abajo firmantes es más que extraña: logró unir a cinco ex titulares de la Semarnat, que son políticos de PAN, PRI, PVEM y Nueva Alianza, además de miembros de Ceiba, ONG ambientalista dedicada a desacreditar al actual gobierno. Los firmantes, sin excepción, fueron en algún momento autores principales o secundarios, cómplices o testigos silenciosos del ecocidio que el país ha sufrido. La gran mayoría hoy son encubridores, socios, asesores o lavadores de imagen de empresas y corporaciones como Cemex, Grupo México, Coca-Cola, Bimbo, Monex, Volks­wagen, Telmex, Walmart, Holcim, Ford, Banamex, etcétera, o bien dirigiendo organizaciones empresariales verdes como el Consejo Consultivo del Agua. Su contubernio con los poderes económicos puede corroborarse examinando sus biografías. Finalmente, juntos y revueltos, salieron del clóset.

5/19/2020

Oda al glifosato

Víctor M. Toledo*

Esta oda será cada vez más cantada en el mundo, a pesar de que la mayoría de los lectores jamás en su vida haya oído la palabra glifosato. No será, como veremos, un canto agradable. El glifosato es un agente industrial de muerte que está cada vez más cerca de la vida de todo ser humano, especialmente en estos tiempos de pandemia. El glifosato es el herbicida más utilizado en el mundo en agricultura, silvicultura, jardinería e incluso en actividades domésticas. El glifosato es un invento químico, que se comercializó por primera vez en la década de 1970 por la compañía Monsanto, con el nombre de Roundup.
Desde entonces y hasta 2014 el planeta había sido fumigado por más de 8 mil 600 millones de kilogramos de este plaguicida. Este compuesto penetra en el suelo, se filtra en el agua y sus residuos permanecen en los cultivos. Por tanto, está en lo que comemos, en el agua que bebemos y en nuestros propios cuerpos. Su principal uso es en los cultivos transgénicos de maíz, soya y algodón que hoy existen en millones de hectáreas.
A pesar de ser utilizado durante casi medio siglo, el glifosato fue considerado un plaguicida no peligroso. Esta situación se vio favorecida por una exitosa campaña de propaganda por parte de las compañías productoras y por la ausencia de estudios científicos que lo desmintieran.
Hoy esto ha cambiado radicalmente. En la última década las voces de alarma de las organizaciones civiles defensoras del ambiente, la salud y los derechos humanos impulsaron numerosas investigaciones críticas. Hoy, la quinta edición de la Antología toxicológica del glifosato, de E. Martín Rossi (2020) ofrece una lista de ¡mil 108 artículos científicos que dan fe de los efectos nocivos del plaguicida! Por ello, el glifosato ha sido prohibido o restringido en Austria, Alemania, Francia, Italia, Luxemburgo, Tailandia, Bermudas, Sri Lanka y algunas regiones de España, Argentina y Nueva Zelanda.
Una síntesis de los impactos de este exterminador de las malezas que compiten con los cultivos transgénicos es la siguiente. El glifosato genera encefalopatías, autismo, parkinsonismo, malformaciones y diversos tipos de cáncer, además de afectar los sistemas endocrino, reproductivo, inmunitario, digestivo, hepático, renal, nervioso y cardiovascular de las personas. En este sentido, la Organización Mundial de la Salud (OMS), tras una extensiva revisión de la literatura científica, decidió clasificar al glifosato como probablemente cancerígeno para los humanos. Además, el glifosato resulta tóxico para diferentes especies de crustáceos, moluscos, oligoquetos, algas, hongos, fitoplancton y zooplancton, anfibios, tortugas, arácnidos, aves, mamíferos y, lo más preocupante, a insectos benéficos y polinizadores como abejas, coleópteros y colibríes. Un nuevo reporte del Instituto Ramazzini de Italia (www.glyphosatestudy.org) reveló, además, que el glifosato debilita el sistema inmunitario de los seres humanos por tres vías (por el cáncer NHL, porque destruye una enzima esencial y porque modifica la biota intestinal), y deja desprotegidos a los individuos contra infecciones como el Covid-19.
¿Y en México? En el país la lucha contra el glifosato apenas se inicia. El contubernio de los gobiernos neoliberales con las grandes compañías no sólo biotecnológicas permitió el uso y sobreuso de plaguicidas, de tal suerte que hoy aún están permitidos 140, de los cuales 111 están catalogados como altamente peligrosos en el resto del mundo (ver el libro Los plaguicidas altamente peligrosos en México, coordinado por Fernando Bejarano, 2017). De gran impacto fue el descubrir que hay ¡glifosato en las tortillas! (y otros productos elaborados con maíz importado), según un estudio de las universidades Nacional Autónoma de México y Autónoma Metropolitana de 2017, confirmado un año después por el Health Research Institute en los productos de Maseca. También se ha probado que hay glifosato en los cuerpos de los habitantes de muchas comunidades rurales, incluyendo niños y adolescentes. Ello llevó a la Comisión Nacional de Derechos Humanos a emitir una recomendación a la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales y otras dependencias para hacer un diagnóstico de la contaminación por plaguicidas; revisar y actualizar las normas oficiales mexicanas, y prohibir en forma progresiva los plaguicidas considerados altamente peligrosos.
El primer paso se ha dado. Las autoridades ambientales bloquearon la importación de 67 mil toneladas de glifosato de 15 compañías. Lo anterior ha provocado ya reacciones diversas. Al igual que el petróleo, las carnes, el excusado, los autos, la Coca-Cola y los celulares, el glifosato es ya un icono de esta tragedia planetaria llamada modernidad, la misma que hoy vive un escenario catastrófico. Cantemos sobre el glifosato denunciando sus impactos sobre la salud humana y la salud del planeta. Es necesario y urgente.

*Titular de la Secretaría del Medio Ambiente y Recursos Naturales

4/21/2020

Pandemia, ciencia y política: una defensa de la 4T

Víctor M. Toledo



En tiempos de crisis, el conocimiento racional es el arma más poderosa para salir de ella. Siempre lo ha sido, junto con la cooperación y una visión pertinente de la realidad. Eso fue lo que sucedió con la historia de la humanidad. Los seres humanos somos una de las ocho especies y subespecies que pertenecen al género Homo, cuyos más antiguos registros se remontan a unos ­2 millones de años. Salvo nosotros, el resto de nuestros parientes más cercanos terminaron extinguiéndose. Somos la única y última rama viva de un árbol evolutivo, que no logró mantener a sus especies. Es muy probable que hayan sido el conocimiento racional y la cooperación las que permitieron a nuestra especie continuar existiendo por 300 mil años. 

Hoy ese conocimiento racional se llama ciencia y esta dimensión de la cultura humana se usa para dos cosas: o para mantener el doble sistema de explotación que una minoría de minorías (el 1%) mantiene sobre el trabajo de la naturaleza (depredación) y sobre el trabajo humano (parasitismo), o bien para la liberación de lo anterior y la defensa de la vida humana y no humana. La primera es la ciencia al servicio del poder corporativo, que en último término busca la ganancia y la acumulación y concentración del capital; la segunda es la que persigue el beneficio social y el respeto por la vida, y es la que se practica en buena parte de las instituciones públicas y en las universidades. De acuerdo con la Unesco (2015), existen casi 8 millones de científicos en el mundo. 

Los datos indican además una tendencia reciente a la privatización de la ciencia en numerosos países (Sudcorea, China, Alemania, EU, Turquía, Polonia, etcétera). En EU esta tendencia ha sido especialmente marcada. Mientras la relación entre la ciencia académica financiada por el gobierno y la ciencia corporativa era de 60-40 por ciento en 1965, hacia 2006 ésta se había invertido a 35-65 por ciento y alcanzó 30-70 en 2015.

Un gobierno de izquierda es aquel que impulsa y usa para la toma de decisiones la segunda versión de la ciencia. No todo gobierno que se proclama de izquierda tiene conciencia de ello. Digamos que casi ninguno, todavía embelesados ideológicamente por buena parte de los estilos y objetivos de la primera. En México, con la 4T, llegó al poder una nueva generación de científicos ­críticos comprometidos social y ambientalmen­te, producto de cinco décadas de esclarecimiento político y moral sobre el papel de la ciencia, que hoy trabajan en varias de las oficinas y dependencias en temas tan variados como la salud, el ambiente, el agua, la conservación, la energía renovable, lo forestal, la agricultura ecológica, la cooperación, la gobernanza, la pedagogía.

El papel fundamental e imprescindible de la investigación científica en la dura batalla contra el Covid-19 está fuera de toda duda. Hoy la humanidad entera está en peligro, asediada desde dos frentes: uno microscópico (las zoonosis, enfermedades virales y bacterianas surgidas de especies animales silvestres y domesticados) y otro macroscópico (la crisis global del clima). Y lo único que puede salvarla es la toma de decisiones políticas (colectivas y democráticas) a partir de la ciencia.

El gran aporte del gobierno de la 4T, incluso de trascendencia internacional, ha sido la decisión del Presidente de encarar la emergencia a partir del trabajo de los científicos. Esta situación contrasta con la de países como EU, Brasil y aun España (ver artículo de Perla Wahnón, presidenta de la Confederación de Sociedades Científicas, El País, 17/4), donde la ciencia se niega, se margina o se ignora. Si el país avanza con paso firme en la contención de la pandemia, e incluso logra predicciones a través de sofisticados modelos epidemiológicos de enorme utilidad, se debe al trabajo conjunto de epidemiólogos, virólogos, matemáticos, biomédicos, ingenieros en computación, geógrafos y científicos de datos liderados por el Conacyt y la Secretaría de Salud y con el concurso de institutos nacionales.

Los llamados a desacreditar el plan oficial contra el Covid-19, que realiza la derecha de manera miserable, conciben la pandemia como una oportunidad para derrocar al gobierno. Todos están destinados al fracaso y a ser rápidamente cuestionados por la opinión pública por una sencilla razón: el plan está sustentado científicamente. Ni el artículo de Denise Dresser ( Proceso, 12/4) dirigido a calumniar y a denostar el papel del subsecretario de Salud, ni las declaraciones de gobernadores (Baja California o Michoacán), ni el llamado irresponsable y difamatorio de Tv Azteca, ni la campaña desde la prensa extranjera ( Financial Times, El País) tendrán éxito. Hoy en México la derecha no sólo está moralmente liquidada, vive y sobrevive en un mundo precientífico. Al contrario, la ciencia crítica apuntala a la 4T, y la 4T apoya a la ciencia crítica.


A la memoria de Alejandro Nadal, gigante de la ciencia crítica.

4/07/2020

El último llamado de la naturaleza



James Lovelock es el científico inglés quien junto con la bióloga Lynn Margulis, postularon y demostraron que el planeta Tierra es un organismo vivo, dotado de mecanismos de autocontrol que son tremendamente delicados y frágiles. A toda su demostración, que es científicamente impecable, se le llamó la teoría de Gaia, en honor a la diosa griega de la tierra. Hace 14 años Lovelock publicó La venganza de Gaia (Penguin Books, 2006) en el cual sintetizó las reacciones del ecosistema global ante los impactos de las actividades humanas. Desde cada una de las cosmovisiones de los 7 mil pueblos originarios o indígenas del mundo, existe una visión similar: el castigo de la madre tierra surge porque los humanos no han escuchado su voz y han rebasado los límites marcados por ella. Ya sea desde la ecología científica o desde la ecología sagrada, hoy existe un consenso cada vez más generalizado de que todo daño que se inflige a la naturaleza termina revirtiéndose y que la humanidad debe reconstituirse a partir de su reconciliación con el universo natural, es decir, con la vida misma.
La ecología política todavía va más allá. Postula que no es la especie humana la culpable de las iras de la naturaleza, sino un sistema social, una civilización, en la que una minoría de menos del 1% de la población explota por igual tanto el trabajo de la naturaleza como el trabajo de los seres humanos. Esa clase depredadora y parásita sólo será desterrada mediante un cambio civilizatorio radical. Una transformación que puede ser, que debería ser, gradual y pacífica no súbita y violenta. Hoy existe ya un conjunto de directrices que nos marcan los caminos de una profunda transformación civilizatoria (ver mi libro Los civilizionarios; y obras como las de Helena ­Norberg-Hodge, Local is Our Future, o de Edgardo Lander, Crisis civilizatoria).
Es en este contexto donde debe ubicarse la enorme crisis sanitaria provocada por el coronavirus. Las últimas pandemias han surgido en relación con los sistemas industriales de producción de carne (cerdo, pollo, huevos) como las gripes porcina y aviar, y a la destrucción de los hábitats de especies silvestres de animales portadores de virus y en íntima relación con un sistema alimentario que ofrece productos de baja calidad o perjudiciales por el uso masivo de agroquímicos. La expansión despiadada del coronavirus es el último llamado de la naturaleza. Antes ha habido otros más. En los últimos 25 años la madre naturaleza ha enviado numerosas señales. En 1997-98 los incendios forestales que arrasaron más de 9 millones de hectáreas de selvas y bosques de la Amazonia, Indonesia, Centroamérica, México y Canadá, resultado de uno de los climas más cálidos y secos. Luego en 2003 la canícula europea con temperaturas extremas en Francia, España, Portugal, Alemania, Inglaterra, etcétera, que dejó entre 20 mil y 30 mil muertes, un fenómeno que fue ocultado por los medios masivos de comunicación. Por esos mismos años una secuencia de poderosos huracanes, alcanzó su máximo con Katrina que en 2005 causó los mayores daños a las costas de Estados Unidos, calculados en 108 mil millones de dólares. En la década siguiente tuvo lugar la peor sequía registrada (2011-13) en la historia climática de Estados Unidos (15 estados) y el norte de México, que dejó millones de reses muertas y severos impactos sobre la agricultura. Finalmente, el año pasado de nuevo se concatenaron gigantescos incendios forestales en la Amazonia, Siberia, California y, especialmente, en Australia.
Los daños infligidos a los sistemas vivos, en todas sus escalas y dimensiones, son hoy la mayor amenaza a la especie humana, los cuales están íntimamente ligados a la desigualdad social y a la marginación. Según Oxfam, unos 70 millones de seres humanos poseen una riqueza superior a la de 7 mil millones. El punto clave es entonces cómo cambiar el actual estado de cosas. Algunas transformaciones obligadas son: el paso de una economía de mercado a una economía social y solidaria, de grandes empresas y corporaciones a empresas familiares y cooperativas (fin de los monopolios), de gigantescos bancos a cajas colectivas de ahorro, de energía fósil a energías renovables, de sistemas agroalimentarios industriales a sistemas agroecológicos, de organizaciones centralistas y verticales a organizaciones descentralizadas y horizontales (redes), de una democracia representativa a una democracia participativa. Pero sobre todo construir desde lo local (comunidades, municipios, microrregiones) un poder ciudadano o social capaz de enfrentar y controlar las acciones suicidas del Estado y del capital. En suma, una (eco)política desde, con y para la vida.

*Secretario del Medio Ambiente y Recursos Naturales (Semarnat) 

3/24/2020

¿Cambiará el Covid-19 la visión del mundo?



Un ser diminuto, tan pequeño e insignificante que no podemos verlo, ha cambiado ya la ruta del planeta. Parece una escena de ciencia ficción. Sin embargo, este he­cho inaudito había sido ya anticipado por las nuevas corrientes de la ciencia, como la teoría del caos o las ciencias de la complejidad o de la resiliencia. Todo lo que hemos vivido estas últimas semanas en el escenario planetario, no es sino una simple guerra de especies. La guerra entre un microbio oportunista que ha logrado, con cierto éxito, parasitar al animal más abundante del orbe (un mamífero, un mono desnudo, nosotros), y esa especie que lucha con todos sus medios por defenderse y sobrevivir. Somos de nuevo una especie amenazada. ¿Cuántas veces no les habrá ocurrido a nuestros antepasados de las sociedades simples como las bandas o las aldeas? ¿No estamos experimentando nuevamente vivencias paleolíticas o neolíticas? ¿Una batalla más entre el depredador y su presa? La novedad ya no es biológica, sino cultural, porque este fenómeno se ha dado en la era de la modernidad que, se nos ha inculcado hasta el cansancio, es la más avanzada, segura, confortable y predecible de la historia. La cultura que es una secreción de la naturaleza y no lo contrario, queda de nuevo desnudada e inerme ante un mecanismo de la vida. “Cuando creemos que nos extirpamos de la naturaleza, afirma Michel Onfray en Cosmos (2016, p. 152), la estamos obedeciendo; cuando imaginamos que nos emancipamos, nos estamos sometiendo a ella; cuando suponemos que la hemos dejado atrás, nos estamos plegando a su orden. Nunca comunicamos mejor nuestra subordinación que cuando creemos liberarnos. No somos más que lo que la naturaleza quiere que seamos.”
La modernidad erigida como la cúspide de la civilización, hiper-tecnológica y racional, anti, meta o supra natural, ha sucumbido a un fenómeno biológico común y corriente. Como ha sido ya muy señalado en las redes sociales, el virus ha desencadenado también otro hecho: se están multiplicando pensamientos peligrosos que ponen en duda el andamiaje total de una civilización. Al fin y al cabo, la crisis del coronavirus viene a sumarse a, es parte de, la crisis ecológica global. Hoy la humanidad se encuentra amenazada desde dos frentes: el microcosmos por la pandemia viral (crisis microbiológica) y el macrocosmos por los cambios en la atmósfera (crisis climática). Los pensamientos peligrosos existían antes de la pandemia, y son los que se han impulsado como propuestas alternativas, antisistema, para imaginar y construir una nueva civilización. Buen vivir, descrecimiento, comunalidad, pueblos en transición, futuros locales.
Los efectos del virus inducen a reflexiones peligrosas entre la gente común porque ponen al descubierto verdades que permanecían ocultas bajo los anestésicos (propagandas mercantiles, políticas, religiosas) que se esparcen diariamente entre los ciudadanos del mundo. Esta fumigación de conciencias hoy está seriamente cuestionada. Alcanzo a distinguir al menos siete realidades que surgen de la crisis microbiana. 1) La alta vulnerabilidad de la humanidad; tan lejos de la seguridad tecnológica y tan cerca del azar genético; 2) la de un planeta en que todo está interconectado tanto por los fenómenos físicos, biológicos y ambientales como por los económicos, políticos y sociales. La crisis sanitaria ha causado en pocas semanas una crisis económica, otra financiera, una más energética y hasta una ideológica o moral; 3) só­lo el conocimiento científico surgido de grupos interdisciplinarios e internacionales puede ser eficaz en tiempos de crisis. Todas las creencias, sean religiosas, étnicas, políticas, ideológicas, raciales, re­sultan inocuas e inoportunas; 4) los mecanismos de salvamento y la gobernanza. La modernidad que es básicamente urbana e industrial, con decenas de megalópolis, carece de mecanismos oportunos de rescate social ante emergencias de esta envergadura; 5) ello se debe a que la civilización moderna está erigida sobre el individualismo, la competencia, la rentabilidad económica, el consumismo, el patriarcado y las estructuras verticales o piramidales. Y, ¡oh sorpresa!, lo que salvó a nuestra especie fue exactamente lo contrario: la cooperación, la solidaridad y el apoyo mutuo; 6) los empresarios, los políticos y los diplomáticos hablan por lo común un lenguaje que no es el de la vida; su cosmovisión es pragmática, antinatural y deshumanizada; 7) el último pensamiento lleva irremediablemente a identificar otro virus mortal que existe en nuestra propia especie: el 1% que destruye el delicado equilibrio del planeta, los 500 corporativos, bancos y magnates que lista la revista Fortune. Contra ellos será la próxima guerra. La pregunta que da título a este texto es incontestable. De lo que sí estamos seguros es que hoy más ciudadanos están de nuestro lado. Y que el mundo ya no será el mismo.

3/10/2020

Retorno a la esperanza




El mundo no aguanta más. Esta parece ser la frase que se deriva de los acontecimientos que han tenido lugar en el escenario mundial los últimos días, semanas y meses. Eso indica la sucesión de revueltas ciudadanas (Hong Kong, Francia, Irán, España, Chile, Colombia, Ecuador, etcétera), la rebelión e indignación de las mujeres (la más profunda), la crisis climática que en 2019 se presentó con incendios forestales en Siberia, la Amazonia, California y Australia y las altas temperaturas récord, y en la actualidad la crisis sanitaria representada por la expansión del coronavirus y sus impactos sobre los mercados financieros. La crisis del sistema, es decir, la crisis de la civilización industrial, aumenta su temperatura de ignición. Esta es básicamente una crisis del modelo globalizador que continúa dominado por las grandes corporaciones y bancos, y que no distingue ni respeta fronteras políticas ni soberanías nacionales, regionales y locales.
Sin embargo, a pesar de todo, comienzan a detectarse síntomas esperanzadores. No estamos ante el fin del mundo (una percepción catastrófica que suele infiltrarse sigilosamente), sino en la fase terminal de una época y en el comienzo de otra que debe ser mejor. Y eso depende de nosotros. El reto es descifrar cuáles son los cambios requeridos y aprender a apreciar los avances. El otoño pasado, Greta Thunberg llamó a detener el cambio climático y en pocos días salieron a manifestarse 7 millones de ciudadanos en casi 200 ciudades. En el mismo sentido deben citarse las reacciones de los parlamentos de Inglaterra y Canadá, que han declarado la emergencia climática, o el reconocimiento que hace la FAO a la agroecología, o la multiplicación de pueblos que buscan vivir sin petróleo ( transition towns) o guiados por la meta del buen vivir.
En los medios intelectuales de avanzada también comienzan a vislumbrarse fórmulas esperanzadoras que, sin negar la gravedad de las cosas, no se quedan ya en la inminencia de la catástrofe o el colapso, sino que comienzan a perfilar otras maneras de vivir. Ello es obra de la reflexión y el análisis de un nuevo pensamiento crítico, basado ya en las teorías de la complejidad. Hoy parece haber más elementos para argumentar cómo la sociedad reorganizada podrá remontar el colapso que viene, y cómo las actuales resistencias resultan estratégicas porque habrán de operar como los nodos para la regeneración civilizatoria, como faros de esperanza. Hagamos un recuento de esas señales
El primer punto es el de la des-globalización y la relocalización. El agotamiento de las energías fósiles con el petróleo a la cabeza al parecer será más súbito que su sustitución por energías alternativas. Ello llevará a reducir e incluso a suprimir el transporte de mercancías y de gente, por tierra, mar y aire. No más comercio y turismo globales. No se trata siquiera de retornar a las escalas nacionales, sino a la autosuficiencia regional y local. En cuestión de alimentos y de energía la fórmula correcta son las cadenas cortas y las economías sociales, justas y ecológicas que remplacen a las devastadoras economías de mercado. Esto significa detener la espiral de producción y uso, lo cual ha sido declarado por las teorías del descrecimiento. En ello el paso a energías renovables será crucial, porque éstas ofrecen una generación de tecnologías sencillas, baratas y de manejo local, siempre que no caigan en manos de grandes corporaciones o de empresas del Estado. En ello es necesaria la sustitución de las empresas y corporaciones buscadoras del lucro por las cooperativas y otras formas de organización colectiva, la democracia participativa, los autogobiernos, la agroecología y una filosofía política basada en la cooperación y la solidaridad.
Las resistencias que hoy dejan de serlo y se atreven a ensayar otras formas de vida social, con nuevos valores, se irán convirtiendo conforme la crisis se agudice en los polos de la regeneración civilizatoria. En un mundo en que menos de 1% depreda la naturaleza y explota el trabajo del resto de los seres humanos, el objetivo supremo es empoderar a los ciudadanos organizados, para que éstos gradual pero sólidamente construyan islas de esperanza. Como señaló Daniel Quinn en su libro Beyond Civilization (1999): Sostengo que dado que no lograremos derrocar gobiernos, ni abolir el capitalismo global, ni hacer que esta civilización desaparezca, ni volver a todo el mundo budas que caminan, ni curar todos los males sociales y económicos, no debemos seguir esperando a que todo eso suceda. Si 10 fulanos caminan más allá de la civilización y construyen juntos un nuevo tipo de vida para ellos mismos, entonces estos 10 estarán viviendo desde el primer día dentro de un nuevo y luminoso paradigma. No necesitan pertenecer a ningún partido o movimiento. No necesitan que se promulguen nuevas leyes. No necesitan tramitar ningún permiso, ni una nueva constitución. No necesitarán dejar de pagar impuestos. ¡Para ellos la revolución ya triunfó! (Para más detalles véase mi libro Los Civilizionarios, repensar la modernidad desde la ecología política.)

*Titular de la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales

2/11/2020

Paraísos industriales; infiernos ambientales


Miguel López-Vega, bautizado como el primer preso político de la 4T, fue injustamente detenido (y liberado después) por encabezar junto con otros ciudadanos de Santa María Zacatepec y otras comunidades indígenas un movimiento de defensa del río Ametlapanapa amenazado por las aguas tóxicas del corredor industrial de Huejotzingo, Puebla. Como sucede en las principales cuencas del país (del Lerma, el Atoyac, el Santiago, el Papaloapan, el Sonora, etcétera) los ríos se han convertido en el drenaje de las industrias y estas cloacas, a su vez, afectan la salud de decenas de miles de mexicanos que habitan en sus riberas. Esta falta de justicia social y ambiental fue obra de las políticas corruptas y perversas de los gobiernos neoliberales que ofrecieron todas las facilidades a las industrias y omitieron el cumplimiento de las leyes ambientales, sanitarias y laborales.
El caso del río Ametlapanapa y de la lucha de las comunidades en su defensa ha dejado al descubierto el contubernio existente entre el capital y el estado durante el gobierno de Rafael Moreno Valle. Inaugurada en 2000, la llamada Ciudad Textil es un parque industrial ubicado a un costado del aeropuerto de Puebla que hoy es ocupado por 28 empresas textileras y automotrices, que el gobierno de Puebla ofreció sin cumplir con la normativa ambiental, y en complicidad con las autoridades ambientales federales y estatales, pues ese espacio nunca contó con un plan de manejo de residuos sólidos y de emisión de gases a la atmósfera. Tampoco se sabe si cada empresa ubicada en el parque cuenta con plantas de tratamiento de agua como marca la ley. Lo único que proveyó el gobierno fue una laguna de absorción que cada año se desborda. Frente a esa situación el conjunto de empresas decidió construir un tubo de cuatro kilómetros de largo para arrojar las aguas residuales de todas las industrias, adivinó el lector, al río, el cual atraviesa los poblados de al menos cuatro comunidades rurales. La legítima respuesta de las comunidades en defensa de su salud, los derechos humanos y el río mismo iniciada en agosto de 2019 fue puntualmente reprimida el 30 de octubre por la policía estatal. El tubo para drenar las aguas industriales con un costo de 38 millones, continuó además su construcción, ante lo cual los defensores del río intensificaron su resistencia, deteniendo las maquinarias, bloqueando la carretera federal y finalmente tomando la alcaldía. Esta historia, que repitió por todo el país en las últimas décadas y que en muchos casos se saldó con el encarcelamiento y la muerte de los ambientalistas, hoy toma un cauce diferente porque el contexto ha cambiado. La solidaridad nacional e internacional, la rápida difusión del caso y la atención puesta por el Presidente de la República, ha facilitado que este conflicto sea atendido por las autoridades de los nuevos gobiernos.
El caso del río Ametlapanapa apareció además justo a otros acontecimientos notables como el Toxitour, una caravana de observadores internacionales, parlamentarios, activistas y académicos de Europa, Latinoamérica y Estados Unidos, que recorrieron seis de las regiones de mayor contaminación en el centro y sur del país en diciembre pasado desde el río Santiago, en Jalisco, hasta Coatzacoalcos, Veracruz. En estos infiernos ambientales abundan los casos de cáncer, insuficiencia renal, padecimientos neurológicos, incremento de abortos, efectos genéticos y otros males.
Destacan en estas tragedias los ríos Lerma y Santiago por sus altísimos niveles de contaminación. En el primero se ubican unas 2 mil 500 industrias a lo largo de sus 700 kilómetros. En el segundo existen 500 descargas provenientes de 741 empresas como granjas porcícolas, y fábricas de la industria alimentaria, tequilera, electrónica y química. Afortunadamente en el segundo caso, el gobierno de Jalisco ha iniciado un ambicioso programa denominado Revive el Río Santiago, que por su metodología integral y sus alcances se puede convertir en modelo a imitar en el resto del país.
Lo anterior conduce a una sola conclusión. Un gobierno que tiene como una de sus consignas centrales el rescate de los mexicanos marginados, está obligado a declarar la contaminación de los ríos y otros cuerpos de agua como una emergencia ambiental y sanitaria de alta prioridad. Ello implica iniciar a corto plazo una campaña nacional para salvar los ríos, lagos, esteros y lagunas de la contaminación generada por industrias y polos urbanos. Esto debe marcar una política ambiental y sanitaria de emergencia, pues no hay salud ambiental sin salud humana y viceversa.