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1/24/2026

Día de las Mujeres Migrantes: “Nos atraviesa el machismo y el colonialismo”

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Por Jesica Rivero. Tiempo Argentino. Resumen Latinoamericano, 15 de enero de 2026

La militante y migrante Olga Choquetopa Torrez habla sobre cómo se tejen las redes en los barrios. El valor del trabajo colectivo y la solidaridad en tiempos de crisis económica.

Olga Choquetopa Torrez es boliviana pero llegó a la Argentina desde Paraguay. No vino en busca de trabajo, sino por curiosidad. Corría el año 2000 y ella paseaba por la ciudad de Encarnación. Disfrutaba unas vacaciones en ese país cercano a su tierra natal. Una tarde vio a lo lejos edificios grandes que le llamaron la atención. Preguntó qué eran. “Eso es Argentina”, le dijeron. Enseguida se subió a un barco y luego a un micro que la llevó hasta Liniers, en la Ciudad de Buenos Aires.

”Cuando llegué me sorprendió mucho la solidaridad de la gente. Pregunté dónde había gente de Bolivia y me mandaron a Ezpeleta. Así llegué: preguntando” recuerda Olga en diálogo con Tiempo Argentino, en este nuevo Día de las Mujeres Migrantes que se celebra en el país cada 10 de enero en memoria de Marcelina Meneses y su hijo Joshua Torres quienes en 2001 fueron arrojados de un tren en movimiento, luego de ser insultadxs y matratadxs por su condición de migrantes.

Olga se instaló en Ezpeleta, una localidad de Quilmes al sur del conurbano bonaerense. De acuerdo al último Censo Nacional de 2022, en Argentina viven casi 2 millones de personas nacidas en otro país. De ese total, poco más de la mitad son mujeres. En la actualidad la feminización de la población inmigrante es muy notoria, a diferencia de los procesos migratorios de los siglos anteriores. La población femenina migrante pasó del 28,5% en 1869 al 54,9% en 2022.

Paraguay y Bolivia ocupan las dos primeras posiciones respecto del resto de los países de origen, pero en Ezpeleta no es necesario recurrir a la estadística para notar eso. Sus plazas, ferias y negocios están atravesados por los olores, colores y tonos de estas dos comunidades que llegaron, como Olga, con curiosidad y creando lazos solidarios. Las fiestas de las Santas Patronas de sus países de origen se mezclan con las juntadas entre “paisanos” que se ayudan a construir sus hogares y con las costumbres que sostienen en una tierra que cuidan como propia.

Lejos del distrito minero Colquiri, una comunidad de la ciudad de La Paz donde nació, Olga recorrió distintas organizaciones para conocer más sobre la realidad argentina.  Alquiló una pieza y desde ahí fue a charlar con militantes del Partido Obrero. También conoció la Villa 31, motivada por saber más sobre el Padre Mujica.

“Me gustaba visitar organizaciones porque en MAP Internacional, la ONG en la que trabajaba en Bolivia,  mi cargo era asistente social y quería fortalecer mi trabajo. Fue muy lindo conocer tantas experiencias” cuenta. 

Antes de su regreso a Bolivia tuvo un accidente en el tren, como el de Marcelina, justamente un mes después. Sucedió también en lo que en ese entonces se llamaba Línea Roca, el ferrocarril que unía Constitución con La Plata. “Me resbalé del tren. A mí nadie me empujó, me resbalé: ¡el tren era tan viejo!” recuerda. Olga cuenta que el piso del vagón estaba roto y se veían los rieles. Cuando quiso avanzar hacia otro, se resbaló y cayó al vacío. “Por ese accidente me quedé. No planeaba quedarme a vivir. Estuve seis meses internada en el Hospital Fiorito, en Avellaneda. Luego tres años de rehabilitación” dice. Ella tenía otros planes. Le gustaba conocer países. Había viajado a Ecuador, México, Guatemala y  Perú. No pensaba venir a la Argentina, sino que tenía planeado viajar a Kenia y conocer África. Pero la curiosidad la hizo llegar acá. Nunca más se fue. 

Día de las Mujeres Migrantes: “Nos atraviesa el machismo y el colonialismo”

Organizar para subsistir

Junto a otrxs migrantes fundó en 2001 la organización Ayllu Warisata, con la que crearon redes de apoyo con otras organizaciones indígenas y campesinas de Bolivia. Desde entonces Olga participó de múltiples iniciativas. Desde la Contra Cumbre NO al ALCA en Mar del Plata al Primer Congreso Descolonizador de Mujeres Indígenas en la Ex ESMA. Tenía experiencia en la participación política: a fines de los ochenta fue parte del nacimiento de la única federación de mujeres de Cochabamba, llamada Bartolina Sisa. En los 90 fue dirigente campesina, concejala y activista por el derecho de las mujeres. Esa experiencia la ayudó a ver la realidad de las mujeres migrantes. Sobre el tema dice que “el colonialismo machista sigue vigente, lo veo en Argentina entre la comunidad migrante. Muchos migrantes han sufrido, pero especialmente las mujeres. La trata laboral o sexual desde la infancia, también la violencia física, psicológica, económica en algunos trabajos de costura, por ejemplo, donde el mismo empleador también migrante ejerce violencia”

En plena pandemia crearon un comedor comunitario en su propia casa, en el barrio Villa Augusta. Renombraron a su organización. La llamaron “Olla Rebelde Warisata Mia”. El espacio integra una red de Puntos Solidarios que garantizan la alimentación a miles de vecinxs y que reciben asistencia del municipio para sobrellevar esa tarea fundamental y cada vez más necesaria.

El año pasado, la gestión local lanzó el Programa SUMA, a través del que se amplió y mejoró la calidad de la asistencia alimentaria en estos comedores, brindando alimentos frescos para mejorar los menús y también entregando equipamiento para mejorar las condiciones del trabajo comunitario. Olla Rebelde, la organización de Olga, lo integra. Una vez a la semana recibe a cientos de vecinos, en su mayoría migrantes, que buscan un plato de comida ante la desocupación y desmejoramiento de la calidad de vida que se incrementó en el país desde la llegada de Javier Milei. Junto con una docena de compañerxs, en su mayoría mujeres, sostienen esa solidaridad que asombró a Olga al pisar suelo argentino.

“Éramos un grupito de diez paisanos que nos reuníamos para hablar de distintas cosas, nos cocinábamos entre nosotros. Cuando surgió el COVID 19, veíamos a mucha gente caminando por la calle pidiendo azúcar, un poquito de arroz, un poco de fideo. Caminaba la gente pidiendo ayuda” recuerda.

En ese entonces, cuenta,  muchos paisanos quedaron varados en el país por las restricciones de la pandemia. Comenzaron cocinando para veinte personas pero enseguida fueron cincuenta. La comida que juntaban entre todos no alcanzaba. “Decidimos vender nuestros muebles. ¿Viste que en mi casa no tengo cerámica en el piso? Las que teníamos para colocar las vendimos. También chapas, cemento, cosas que encontrábamos” dice. 

Mujer y migrante

Desde que llegó al país, Olga se interesó por el trabajo social pero sobre todo por el trabajo con las mujeres, que era su principal tarea en Bolivia. Para ella, “el machismo está desde la colonia, desde la llegada de Colón a Latinoamérica. El machismo queda, siempre va a estar. Nos ha costado mucho integrar a las mujeres, ha sido una lucha muy difícil pero lo hemos logrado, no en todos los ámbitos pero en diferentes organizaciones se logró que más mujeres participen”.

Sobre la realidad de las mujeres migrantes dice que es un tema muy difícil y poco abordado. “Yo participe de Ni Una Menos, con mi organización fuimos a las marchas y todo pero es muy difícil si no hablamos de las violencias en nuestros idiomas migrantes, si no se habla de la violencia en quechua, en aymara o en guaraní. Nos atraviesa el machismo y el colonialismo. Necesitamos que se puedan hacer debates de esto, donde las mujeres en sus propios idiomas puedan hablar lo que viven”.

Olga tiene 66 años. Tiene tres hijxs, de los cuales detalla sus profesiones con orgullo. Es enfermera y también acompañante terapéutica, pero trabaja muy limitada por las secuelas de aquel accidente de tren. No puede estar parada mucho tiempo, tampoco mucho sentada, pero los días de comedor, a las seis de la mañana ya está levantada picando verduras, carnes y juntando la leña con la que encienden dos de los cuatro fuegos que requieren las ollas que al mediodía quedarán vacías. “La ayuda que yo recibí me demostró que los que  tienen menos son los más solidarios. Vi mucho amor en la gente. Que no se puede perder eso, ¿no?”

Gobernanza Migratoria

Desde 2019 el Municipio de Quilmes cuenta con un Plan Municipal de Gobernanza Migratoria que organiza el trabajo municipal en materia de migración internacional. La ciudad es históricamente receptora de personas migrantes. Según datos del Censo Nacional 2022, en el municipio habitan 43.968 personas migrantes internacionales, en su mayoría mujeres.

El informe preliminar “Migrar y Habitar Quilmes 2025” elaborado por la gestión local, al que accedió Tiempo Argentino en exclusiva, expone que de la población asistida entre 2019 y 2025 por la Dirección de Migración local casi el 60 por ciento fueron mujeres. Entre las principales necesidades se encuentran la regularización migratoria ligada al trámite de radicación y certificados de radicación requeridos para el acceso a jubilaciones y pensiones.  El plan contempla la creación del Observatorio de Migrantes y Refugiados “Reina Torres”, en memoria de la funcionaria a cargo del área fallecida el año pasado. Era cuñada de Marcelina Meneses y tía de su hijo Joshua, a quienes se conmemora cada 10 de enero. 

11/08/2025

Cien millones robados, siglos de expolio: el otro valor de las joyas del Louvre

 ¿Se puede hacer justicia con una radial? El robo de las joyas del Louvre permite dibujar una línea de siglos de colonización europea, por eso, aunque no sea una reparación real, este robo hecho por encargo da cierta sensación de justicia.

El Musée du Louvre visto desde fuera. | Foto: Pixnio.

La mañana del 19 de octubre de 2025 en tan solo siete minutos se abrió con una radial una pequeña grieta en el pasado imperial de Francia, España y Gran Bretaña; esa pequeña grieta en el Musée du Louvre supone, en palabras de Emmanuel Macron, presidente de la República Francesa, un “atentado contra un patrimonio que atesoramos como parte de nuestra historia”. El costo real en euros del robo en el museo parisino es, aproximadamente, de unos cien millones según la Fiscalía de la capital francesa, pero desde el primer minuto se alegó que las joyas tenían un “valor incalculable”. Lo cierto es que las joyas, simbolizan la memoria tangible de los imperios que dominaron la orbe en el siglo XIX, los mismos que delimitaron las fronteras geográficas que permanecen hoy en día. Los mismos responsables del secuestro, esclavización y tráfico de millones de personas en el Atlántico durante varios siglos.

Me llama la atención el lamento por el desmembramiento de las piezas para su venta

La reacción al robo fue muy dispar: entre los memes en los que se lee “ladrón que roba a ladrón tiene 500 años de perdón” (uno de mis favoritos) y lamentos por la “pérdida de piezas que reflejan siglos de elegancia francesa” hay una larga serie de reacciones de indignación, tristeza, burla y sí, cierto sentimiento de justicia. Para escribir este texto he estado viendo y leyendo durante días los comentarios en redes y en periódicos digitales, reels en Instagram y videos en Tiktok, y no deja de llamarme la atención el lamento por el desmembramiento de las piezas para su venta, o la tristeza por la pérdida del patrimonio histórico. Me pregunto si todas las personas que se han dedicado con ahínco a denunciar el robo han estado en el Louvre, uno de los museos europeos con el mayor número de colecciones procedentes del expolio del sur global, o si han hecho una reflexión más profunda sobre qué es el patrimonio histórico (conjunto de bienes materiales e inmateriales) y cuál es su relación con la identidad y memoria colectiva de los territorios.

Como alguien que se dedica al oficio de historiar, me parece que todavía siguen pendientes debates sobre la relación entre el patrimonio histórico y el colonialismo, tanto en los países que fueron colonizados, como en los colonizadores, quienes siguen sin tomarse en serio el debate ético y sobre todo político que implica la restitución de las piezas expoliadas que hoy día continúan expuestas en los museos de las metrópolis europeas.

El Louvre y el imperialismo

El Musée du Louvre alberga, según su página web, 500.000 obras. En la misma página el museo reconoce que algunas de sus colecciones tienen vínculos con épocas coloniales. Sin embargo, no hay una lista pública con todos los fondos expoliados, aunque si miramos detenidamente los departamentos de conservación podemos darnos una idea: el Departamento de Antigüedades Egipcias del Louvre posee adquisiciones del siglo XIX, entre ellas, de lo que se conoce como la campaña napoleónica de Egipto y Siria (1798-1801). El Departamento de Antigüedades Orientales se formó también en el siglo XIX y posee más de 150.000 objetos, que abarcan unos 8.000 años de historia, provenientes de Mesopotamia, Anatolia y Levante (hoy día Turquía, Siria, Irak, Líbano, Palestina, Jordania, Irán y Afganistán). El Departamento de Arte Islámico, que abarca el llamado “mundo islámico” desde España hasta Indonesia, tiene una colección en la que predominan las piezas del Norte de África. De esta colección, 3.000 piezas están expuestas en el Museo.

Las ocho piezas sustraídas del Louvre contienen piedras preciosas obtenidas a través de la explotación de minas coloniales

Las joyas robadas no pertenecen, sin embargo, a ninguna de estas colecciones que son fácilmente identificables como coloniales. Aun así, las ocho piezas sustraídas sí contienen piedras preciosas obtenidas, precisamente, a través de la explotación de minas coloniales. Todas pertenecen a la Colección de las Joyas de la Corona Francesa que abarca del siglo XVI hasta el XIX. Esta colección es una línea temporal que, a través de diamantes, esmeraldas, perlas y zafiros, conforma una narrativa visual y material entre el Antiguo Régimen, el Imperio francés y la República gala, y cuya exposición es un recordatorio de siglos de poder colonial.

Las joyas y sus lugares de procedencia

Si hacemos una breve revisión cronológica de las principales joyas y sus lugares de procedencia podemos rastrear el origen colonial de las piezas:

  1. Conjunto de esmeraldas de María Luisa de Austria (1791-1847) emperatriz de Francia. El conjunto fue un regalo nupcial que le hizo Napoleón en 1810; consta de 32 esmeraldas y 1.138 diamantes, la esmeralda central pesa 13,75 quilates. Las esmeraldas provienen de las minas del municipio Muzo, en el departamento colombiano de Boyacá, país que fue Virreinato del Nuevo Reino de Granada. La explotación de las minas de Muzo comienza en 1558, se trata de una explotación intensiva de trabajo forzado y artesanal, por lo que su producción era muy limitada, lo que aumentaba su valor. Debido al famoso impuesto conocido como “quinto real”, el 20 por ciento de la producción iba a parar directamente a las arcas de la corona. Durante el siglo XVIII las esmeraldas se comercializaban sobre todo en Madrid, enriqueciendo considerablemente al Imperio español.
  2. El collar, la tiara y los pendientes de la parure de zafiros de la reina Hortensia de Beauharnais (1783-1837) fueron adquiridos por el rey Luis Felipe aproximadamente en 1821 y heredados por la reina María Amelia de Borbón-Dos Sicilias (1782-1866). Entre las tres piezas suman 36 zafiros –procedentes de Ceylán, hoy Sri Lanka, que fue colonia británica entre 1815 y 1948– y 1.773 diamantes, posiblemente de minas indias. En el caso de la explotación de zafiros, la Corona británica, además de imponer impuestos (de entre el 5 y el 15 por ciento), estableció oficinas de inspección para controlar que todo el comercio de piedras fuera supervisado por funcionarios británicos. Londres era uno de los principales centros de corte y venta de zafiros que simbolizaban la riqueza del Imperio.
  3. La tiara de perlas y diamantes de la emperatriz Eugenia (1826-1920) también fue un regalo nupcial de Napoleón III a Eugenia de Montijo en 1853. Consta de 212 perlas y casi 2.000 diamantes montados sobre plata bañada en oro. Las perlas posiblemente fueron reutilizadas de otras joyas de la Corona. Según información del propio museo, podrían tratarse de “perlas napoleónicas” (1810-1811). No se conoce con exactitud su procedencia, lo que sí es cierto es que durante el siglo XVIII las perlas naturales que abastecían a las coronas europeas provenían del Golfo Pérsico y del sudeste asiático (Ceilán), En ese momento el Imperio británico controlaba casi completamente el comercio de perlas y el de diamantes.

Este breve repaso muestra hasta qué punto durante los siglos XVIII y XIX existía una red de abastecimiento colonial de gemas y piedras preciosas, así como un mercado consolidado en el que estaban implicadas las grandes casas joyeras europeas, como Cartier, de la que la emperatriz Eugenia era clienta asidua, y cuáles eran los principales imperios que controlaban dicho mercado y que, por ende, se beneficiaron de la explotación de los recursos naturales de las colonias.

Ladrón que roba a ladrón

¿Se puede hacer justicia con una radial? No. La reparación, tanto material como simbólica, de la violencia y el expolio colonial debe venir de los gobiernos europeos responsables de ella.

El Imperio británico fue el más extenso de la historia. A finales del siglo XIX estaba repartido en casi una tercera parte de la masa continental del planeta y en el siglo XX llegó a contar con unos 458 millones de habitantes. Si pensamos tan solo en los recursos expoliados a India y el sudeste asiático (relacionándolo con la procedencia de las joyas), según la economista india Utsa Patnaik, Gran Bretaña tiene una deuda de al menos nueve mil billones de libras en valores actuales.

Hacia el siglo XVIII el Imperio español poseía más de 24 millones de kilómetros cuadrados

El Segundo Imperio colonial francés, que comenzó con la conquista de Argel en 1830, fue uno de los más grandes de la historia. Incluyendo a la Francia metropolitana, la cantidad total de tierra bajo soberanía francesa alcanzó los 24 millones de kilómetros cuadrados y una población de 150 millones de personas hacia el año 1939. A día de hoy hay cientos de islas en las que se sigue usando el franco como moneda y que continúan teniendo relaciones neocoloniales con la antigua metrópoli.

Y, finalmente, el Imperio español, que hacia el siglo XVIII poseía un territorio de más de 24 millones de kilómetros cuadrados (casi la séptima parte de la superficie de las tierras emergidas del planeta). Todas las minas coloniales (realengas), tanto en el Virreinato de la Nueva España, como en el de Nueva Granada y en el Virreinato del Perú, fueron el principal motor económico del Imperio durante más de tres siglos. Por poner solo un ejemplo, de la mina del Potosí se extrajeron más de 40 mil toneladas de plata. No es casual que sea uno de los principales ejemplos de acumulación originaria de capital. Citando al economista André Gunder Frank, “sin la plata americana, no habría capitalismo europeo moderno”. De ahí la expresión, tan castiza, de valer un potosí.

Este robo muestra la debilidad de un gobierno europeo para conservar su capital patrimonial

¿Por qué, entonces, sabiendo que el robo de las joyas del Louvre no solo no es ningún tipo de reparación hacia los territorios expoliados sino que posiblemente sea un robo por encargo, es decir ricos robando a ricos, nos produce cierta sensación placentera de justicia?

Este robo no solo muestra la debilidad de un gobierno europeo para conservar su capital patrimonial –siendo honestas, no se trata solo de patrimonio histórico, muestra de ello es que el resto de joyas se han quitado de exposición y trasladado al Banco de Francia–; la desaparición de esas joyas del espacio público rompe también con la narrativa visual de siglos de colonialismo. Por otro lado, la espectacularidad del robo generó un momento de apertura al discurso anticolonial que comúnmente se encuentra oculto (concepto de James C. Scott) y que en ese momento pudo expresarse sin miedo a ser juzgado, de ahí el meme “ladrón que roba a ladrón”.

Más allá del robo sigue siendo urgente la revisión del pasado colonial en relación a lo que nombramos como patrimonio histórico y la restitución y reparación a los territorios expoliados.

*Para la descripción de las piezas se han consultado las fichas de las Joyas de la Corona del Museo Louvre. 

8/17/2019

El colonialismo se estrella con las mujeres mapuche



Dos décadas atrás Silvia Rivera Cusicanqui planteaba que el patriarcado es parte sustancial del colonialismo interno y que existe un paralelismo entre la dominación étnica y la de género. Siempre vivió su identidad femenina desde el interior histórico y político del colonialismo interno, y desde ese lugar pudo comprender, muy pronto, cómo las tres opresiones, indios, mujeres y clases subalternas*, se entrelazan sustentando al sistema-mundo capitalista.
El alcalde de Temuco (sur de Chile), importante ciudad en la región ancestral del pueblo mapuche, está promoviendo una escalada represiva contra las mujeres vendedoras de hortalizas, que muestra, sin el matiz, la persistencia del colonialismo interno y hasta dónde puede llegar la colonialidad del poder.
En el centro de la ciudad pueden escucharse bocinas que advierten a la población: ¡Cuide su bolsillo! Si es sorprendido comprando al comercio ambulante ilegal dentro de la zona de exclusión, carabineros podrá cursarle una multa que puede costar 140 mil pesos (200 dólares) (https://bit.ly/2OUWslz). Megáfono nazi, lo califica la página mapuexpress.org, uno de los medios más seguidos en la región.
El alcalde Miguel Becker, perteneciente a una familia de colonos que hicieron su fortuna gracias al genocidio del pueblo mapuche en la Pacificación de la Araucanía (1860-1883), declaró la guerra a las vendedoras de hortalizas hace un año. Fracasó porque siguieron vendiendo y los pobladores de Temuco les siguieron comprando, como pude apreciar en diciembre pasado en el entorno del Mercado Pinto, donde se multiplican cientos de puestos de verduras, frutas, carnes, legumbres y artesanías.
Mientras el gobierno de Sebastián Piñera distribuye ayudas a los grandes empresarios agrícolas y les reduce los impuestos, en las regiones mapuche los campesinos son expulsados de los mercados, como destaca un documento de la Comunidad de Historia Mapuche. La historia colonial republicana explica esta brutal asimetría.
La totalidad de ciudades ubicadas en el antiguo territorio mapuche fueron edificadas en la segunda mitad del siglo XIX. En tanto avanzaban las tropas chilenas que despojaron a la sociedad mapuche de su territorio, se iban fundando fuertes militares que posteriormente devinieron en las ciudades principales de la región (https://bit.ly/2YP3rRg). La fundación de Temuco se hizo sobre los cadáveres de 400 mapuches que resistieron, creciendo sobre un río de sangre mapuche.
La tradición de las vendedoras de hortalizas y frutas viene de la voluntad de sobrevivencia del pueblo mapuche, condenado a sobrevivir en pequeñas parcelas donde comenzaron a recuperarse de la invasión militar, hace apenas 140 años. Las ciudades actuales, herederas de los fuertes militares chilenos, pretenden seguir confinando a la población mapuche fuera de los muros, arrinconándolos en su propio territorio, aceptando en su interior sólo a los blancos.
La Comunidad de Historia Mapuche reflexiona lo que está sucediendo ahora: “Pero allí estamos, nos hemos filtrado, como verduleras, hortalizeras, pero también como profesoras, periodistas, obreros, médicos, en fin, hoy los mapuche estamos en Temuco y en otras urbes, y tenemos derecho a la ciudad, tenemos derecho a utilizarlas, e incluso a gobernarlas”.
Creo que este párrafo lo dice todo. Luego de la invasión militar y la ocupación de nuestro territorio, nos hemos recuperado, estamos de pie y ahora miramos más allá, hacia el autogobierno, hacia la reconstrucción de nuestra nación.
Por eso dicen los historiadores: traemos malas noticias para los poderosos, porque a pesar del colonialismo y el despojo, la sociedad mapuche sigue de pie, resistiendo en el cotidiano para sobrevivir y organizándose para proyectar.
Es esa proyección hacia delante, lo que inquieta a la clase dominante blanca que apela, en su intento por contener a todo un pueblo, a los crudos métodos del colonialismo. En esa misma región, a pocos kilómetros de Temuco, fue asesinado Camilo Catrillanca en noviembre de 2018, provocando una maciza reacción mapuche y un inédito apoyo de la población chilena con movilizaciones en 30 ciudades (https://bit.ly/33yzQdA).
Parece importante destacar que la reacción colonial/patriarcal del poder blanco ataca directamente a las mujeres, quizá porque creen que son el sector más débil del movimiento y porque son el sostén de la economía comunitaria. Pero se encontraron con que ellas son el espigón donde se estrellan las oleadas represivas.
Los de abajo debemos entender que el pueblo mapuche no está pidiendo nada, no suplica, ni siquiera levanta demandas. Está en otra etapa, como nos lo enseña el Manifiesto de Temucuicui de diciembre pasado, que reunió a todas las corrientes del movimiento. Su objetivo ahora consiste en fortalecer el ejercicio de recuperación y control territorial (goo.gl/8dN3gg). Territorio y autogobierno.
*Mujeres y estructuras de poder en los Andes, Controversia, La Paz, 1997.

6/30/2018

La condición de la mujer y la "primera opresión de clase"


El viejo topo

a
Nota de edición: El jueves [28 de junio de 2018] nos dejó el filósofo marxista italiano Domenico Losurdo. Comunista militante, crítico radical del liberalismo, el capitalismo y el colonialismo e investigador de cuestiones políticas contemporáneas como el riesgo de un holocausto nuclear.
Domenico Losurdo, la última vez que nos vino a visitar
El género de las luchas de clases emancipadoras incluye una tercera especie, además de las dos que hemos visto. Sí, hay otro grupo social, muy numeroso, tan numeroso que es la mitad o más de la población total, un grupo social que padece la «autocracia» y anhela la «liberación» (Befreiung): se trata de las mujeres, sobre quienes pesa la opresión ejercida por el varón entre las cuatro paredes domésticas (MEW, 21; 158). Estoy citando de un texto (El origen de la familia, la propiedad privada y el estado) que Engels publicó en 1884. Es verdad que Marx había muerto hacía un año, pero ya entre 1845 y 1846, en La ideología alemana, texto al que Engels se remite explícitamente, observa que en la familia patriarcal «la esposa y los hijos son los esclavos del hombre» (MEW, 3; 32). A su vez, el Manifiesto, que no se cansa de reprochar a la burguesía la reducción del proletario a máquina e instrumento de trabajo, señala que «para el burgués su propia mujer es un simple instrumento de producción»; pues bien, «se trata justamente de abolir la posición de las mujeres como meros instrumentos de producción» (MEW, 4; 478-479). La categoría utilizada para definir la condición del obrero en la fábrica capitalista también se utiliza para definir la condición de la mujer en el ámbito de la familia patriarcal.
Visto en conjunto, el sistema capitalista se presenta como una se rie de relaciones más o menos serviles impuestas por un pueblo a otro pueblo a escala internacional, por una clase a otra en el ámbito de un país y por el hombre a la mujer en el ámbito de la misma clase. Se comprende entonces la tesis que formula Engels remitiéndose a François-Marie-Charles Fourier y que también defiende Marx, la tesis de que la emancipación femenina es «la medida de la emancipación universal» (MEW, 20; 242 y 32; 583). Para bien y para mal, la relación hombre/mujer es una suerte de microcosmos que refleja el ordenamiento social: en la Rusia ampliamente premoderna, sometidos a una implacable opresión de sus amos, los campesinos –observa Marx– son capaces, a su vez, de dar «horribles palizas mortales a sus mujeres» (MEW, 32; 437). Veamos ahora la fábrica capitalista: aunque el poder despótico del patrono sojuzga a todos los obreros, lo hace de un modo especialmente humillante con las mujeres: «su fábrica es al mismo tiempo su harén» (MEW, 2; 373).
No es difícil encontrar en la cultura de la época voces que denuncian el carácter opresor de la condición femenina. En 1790 Condorcet (1968, vol. 10, p. 121) dice que la exclusión de la mujer de los derechos políticos es un «acto de tiranía». Al año siguiente la Declaración de los derechos de la mujer y la ciudadana, escrita por Olympia de Gouges, llama la atención en su artículo 4 sobre la «tiranía perpetua » impuesta por el hombre a la mujer. En Inglaterra, más de medio si glo después, J. S. Mill habla de «esclavitud de la mujer», «tiranía do méstica» y «servidumbre real» (actual bondage) sancionada por la ley (1963-1991, pp. 264. 288 y 323 = Mill 1926, pp. 18, 68 y 139).
Pero ¿cuáles son las causas de esta opresión y de la insensibilidad general frente a ella? Condorcet (1968, vol. 10, p. 121) condena «el po der de la costumbre» que ofusca el sentido de la justicia incluso en los «hombres ilustrados». De un modo parecido argumenta Mill (1963-1991, pp. 263-264 = Mill 1926, pp. 15, 17 y 19), quien remite al conjunto de «costumbres», «prejuicios» y «supersticiones» que es preciso superar o neutralizar con «una sana psicología». Aunque se hace referencia a las relaciones sociales, solo se trata de las «relaciones sociales de ambos sexos», que sancionan la esclavitud o sumisión de la mujer a causa de la «inferioridad de su fuerza muscular» y de la vigencia en este ámbito de la «ley del más fuerte».
No se indaga la relación entre la condición de la mujer y las otras formas de opresión. Es más, a ojos de Mill (1963-1991, pp. 264-265 = Mill 1926, p. 19) la relación hombre/mujer es una especie de isla en la que aún se mantiene la lógica del sometimiento, que ya ha quedado muy atrás en otros ámbitos: «Vivimos, o viven por lo menos una o dos de las naciones más avanzadas del mundo, en un estado en que la ley del más fuerte parece totalmente abolida, y se diría que ya no sirve de norma a los asuntos de los hombres». En cambio, desde el punto de vista de Marx y Engels, la relación entre la metrópoli capitalista (las «naciones más avanzadas del mundo») y las colonias es, más que nunca, una relación de dominio y sometimiento; y en la propia metrópoli capitalista la coacción económica (no ya jurídica) sigue presidiendo las relaciones entre capital y trabajo.
Si acaso es Mary Wollstonecraft (2008, p. 30) quien une la denuncia de la «dependencia servil» que se reserva a la mujer con el cuestionamiento del orden social. El dominio machista parece propio del antiguo régimen. Mientras que los campeones de la lucha por la abolición de la esclavitud denuncian la «aristocracia de la epidermis» o la «nobleza de la piel» (Losurdo 2005, cap. 5, § 6), la militante fe – mi nista critica lo que a su juicio se configura como el poder aristocrático de los varones; la denuncia de este poder va unida a la condena de las «riquezas» hereditarias y de los «honores hereditarios», a la condena de las «absurdas distinciones de estamento». En todo caso, «las mujeres no se liberarán» de verdad «hasta que los estamentos no se mezclen» y «no se establezca más igualdad en toda la sociedad » (Wollstonecraft 2008, pp. 109 y 139). Otras veces parece que la feminista y jacobina inglesa cuestiona la propia sociedad capitalista. Sí, las mujeres deberían «tener representantes en vez de ser gobernadas sin ninguna voz en las deliberaciones del gobierno». Pero no hay que perder de vista que en Inglaterra también los obreros están privados de derechos políticos:
Todo el sistema de representación en este país es solo una cómoda ocasión de despotismo, las mujeres no deberían olvidar que están representadas en la misma medida en que lo está la numerosa clase de los obreros, trabajadores esforzados que pagan por el sustento de la familia real, a pesar de que a duras penas consigue saciar con pan la boca de sus hijos (Wollstonecraft 2008, p. 113).
No faltan los puntos de contacto entre condición obrera y condición femenina: lo mismo que para los miembros de la clase obrera, «los pocos trabajos abiertos a las mujeres, lejos de ser liberales, son serviles». Por último, en el ámbito de esta crítica global de las relaciones de dominio que caracterizan el orden social existente, las propias mujeres (sobre todo las de situación más acomodada) deben hacer examen de conciencia, pues a veces dan muestras de «locura» por «el modo en que tratan a los sirvientes en presencia de los niños, con lo que sus hijos creen que aquellos deben servirles y soportar sus destemplanzas» (Wollstonecraft 2008, pp. 115 y 137).
La «jacobina inglesa», que es una excepción genial, parece en cierto modo precursora de Marx y Engels, quienes establecieron un nexo entre división del trabajo en el ámbito de la familia y división del trabajo en el ámbito de la sociedad. El segundo, en particular, formula la tesis de que «la familia nuclear moderna se basa en la esclavitud doméstica, abierta o disimulada, de la mujer»; en todo caso, «el varón es el burgués, mientras que la mujer representa al proletariado » (MEW, 21; 75). 
Entre los contemporáneos de Marx y Engels, quien hace un análi – sis que podría parecerse al suyo no es J. S. Mill sino Nietzsche, aunque con un juicio de valor opuesto. El crítico implacable de la re volución como tal, incluida la revolución feminista, compara la con dición de la mujer con la de los «miserables de los estamentos inferiores», los «esclavos del trabajo (Arbeitssklaven) o los presos» (Genealogía de la moral, III, 18) e indirectamente junta el movimiento feminista con el movimiento obrero y el movimiento abolicionista: los tres buscan afanosamente, para denunciarlas con indignación, las distintas «formas de esclavitud y servidumbre», como si constatarlas no fuese la confirmación de que la esclavitud es «el fundamento de toda civilización superior» (Más allá del bien y del mal, 239).
Evidentemente, el motivo del nexo entre sometimiento de la mujer y opresión social en general está desarrollado de un modo más amplio y orgánico en Engels, remitiéndose siempre a La ideología alemana que escribió con Marx y permaneció inédita mucho tiempo: «la primera opresión de clase coincide con la del sexo femenino por el sexo masculino». Es una larga historia que aún no ha terminado:
La abolición del matriarcado fue la derrota del sexo femenino en el plano histórico universal. El hombre tomó el timón de la casa y la mujer fue envilecida, sometida, convertida en esclava de sus deseos y simple instrumento para hacer hijos (Werkzeug der Kinderzeugung). Este estado de degradación de la mujer […] fue gradualmente adornado y disimulado, a veces tuvo formas más suaves, pero nunca se ha eliminado (MEW, 21; 68 y 61).
Apartado 4 del primer capítulo del libro de D. Losurdo La lucha de clases. Una historia política y filosófica.