Mostrando las entradas con la etiqueta Raúl Zibechi. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Raúl Zibechi. Mostrar todas las entradas

8/09/2026

El poder desnudo y la inestabilidad permanente

Raúl Zibechi

A lo largo de la historia los poderosos siempre legitimaron su dominación amarrándola a dioses, a invasores reales o imaginarios, al combate a enemigos que los presentan como terribles –desde otras religiones hasta el comunismo y el narcotráfico–; pero más recientemente se justifican apelando al desarrollo y el crecimiento de la economía, lo que permitiría superar la pobreza y el atraso. Los argumentos van cambiando según geografías y tiempos, adecuándolos a las creencias y los problemas reales que enfrentan las sociedades. Es el camino para estabilizar regímenes y minimizar las resistencias y rebeldías de los pueblos.

Según el economista y analista geopolítico José Luis Fiori, esto ha cambiado radicalmente en estos momentos de crisis global. Si bien la intervención de Estados Unidos en América Latina resulta evidente bajo el mandato de Trump, no es algo nuevo. Durante la guerra fría promovieron 72 internaciones directas y cambios de régimen en el mundo, y participaron en 18 golpes de Estado en nuestra región entre 1952 y 1973.

Lo realmente nuevo, analiza Fiori, es el apoyo a la extrema derecha “sin proponer u ofrecer ningún tipo de proyecto, estrategia o utopía de desarrollo nacional en caso de victoria de sus candidatos” (aterraeredonda.com.br, 16-07-2026). En contraste, durante el periodo del “combate al comunismo” los gobiernos militares promovieron el desarrollo, como lo atestiguan las obras y el impulso industrial bajo las dictaduras de Brasil y Argentina, entre otras.

Años después, en las décadas de 1980 y 1990, la propuesta de los centros de poder del Norte fue la globalización, las reformas neoliberales y la guerra contra el terrorismo. Ahora, sigue Fiori, “el único proyecto propuesto por la administración de Donald Trump a sus seguidores es el de la caza a los narcotraficantes y a los inmigrantes ilegales y, siempre que sea posible, su confinamiento en campos de concentración al estilo de Nayib Bukele en El Salvador”.

Sostiene que esa ausencia de proyecto, que sólo se sostiene por represión y desmontaje de los estados, sin siquiera contar con ayuda no militar ni policial de Washington, salvo para Argentina, estaría provocando rupturas internas y “convulsión social”. Más aún, los nuevos estados vasallos fueron también penalizados con aranceles y en el caso de Venezuela ni siquiera llegó ayuda humanitaria después del terremoto.

El objetivo parece ser crear pequeños estados irrelevantes en el escenario global y regional, aislados, con economías primario-exportadoras, incapaces de jugar un papel significativo fuera de sus fronteras.

El análisis de Fiori es enteramente cierto. La dominación se presenta ahora desnuda, afincada en el miedo a los fusiles, las desapariciones y torturas, pero sumando que el mal llamado narcotráfico es un mecanismo de control de las sociedades, ya de por sí paralizadas por los más diversos mecanismos de coerción. Sin embargo, creo que hay un punto que es necesario abordar de forma más profunda: ¿Por qué no existen levantamientos populares a la altura de la gravedad de la situación? Sólo vemos resistencias locales, valiosas pero insuficientes, para detener a Milei, Bukele, Noboa, De la Espriella, la camada de dictadores surgidos de las urnas.

Algo muy profundo está sucediendo en nuestras sociedades que va más allá del miedo paralizante. Las sociedades han sido destripadas, destruidas como tales, cuestión que impide reconocer al vecino, al amigo, al familiar incluso, como aliado en la resistencia al modelo que nos imponen. Los datos son tremendos. En un país donde predominaron las clases medias como Argentina, “la mitad de los jóvenes entre 18 y 29 años vive en una vulnerabilidad social que exhibe cabalmente que la educación y el trabajo dejaron de ser los instrumentos históricos de promoción y ascenso social en un país con divisiones dolorosas y tajantes” (Pelota de Trapo, 31-07-2026).

Esos jóvenes son los que acarician la idea del suicidio, además de que “no pudieron terminar el secundario, que no acceden a un empleo digno, que no saben ya cuál es el camino para esa búsqueda”. Son, también, atraídos por el narco, porque nadie les ofrece un futuro mejor.

Mi hipótesis es que sociedades desgarradas y desorientadas no pueden resistir las agresiones que sufren, lo cual pinta un panorama desolador, por lo menos en el corto plazo. Sería demasiado largo detallar cómo llegamos a esto, pero seguramente se trata de una larga lista que incluye desde el consumismo como “mutación antropológica” (Pasolini), hasta las guerras contra las drogas, las masacres y genocidios como modo de disciplinamiento, pasando por las políticas sociales estatales. Y más, mucho más, entre lo que destaca la crisis de la salud, la educación y el empleo.

Por eso se trata de levantar la mirada, otear el horizonte para comprender que estamos apenas en el comienzo de un ciclo tremendo para los pueblos. Nada importante vamos a conseguir si nos ceñimos a los plazos electorales.

 

7/12/2026

Destruir sociedades para consolidar la dominación

Raúl Zibechi

Para imponer el capitalismo fue necesario disciplinar los cuerpos de los campesinos expropiados por los terratenientes para que, al ingresar en los “molinos del diablo”, estuvieran disponibles para ser explotados. Además del hambre y la represión, se utilizó el panóptico para disciplinar cuerpos y mentes, porque para explotar es necesario someter previamente.

Desbordados los panópticos por las resistencias, el control ocupa su lugar para neutralizar multitudes y hacer posible la continuidad de la acumulación de capital en otras escalas y espacios. En estos momentos de declive imperial, de agudo conflicto entre potencias capitalistas, de irrupción de los pueblos originarios y de las mujeres que luchan, las estrategias del sistema han mutado: para apropiarse de los bienes comunes, principal modo de acumulación en este periodo, es necesario destruir sociedades.

Se trata de romper el vínculo social, la relación solidaria entre personas, que es lo que permite enunciar que estamos en una sociedad en la que se existen normas, culturas, tradiciones y objetivos comunes. Las luchas de clases se producen en el interior de una misma sociedad, pero ahora estamos en otro nivel: en el estadio genocida del sistema. La destrucción de las relaciones sociales permite la eliminación sistemática de sectores enteros de una sociedad con total impunidad, con la pasividad de las mayorías.

¿Cómo se destruyen las relaciones sociales? Las clases dominantes se han vuelto expertas en ello, ya que su dominación está en peligro si las sociedades mantienen relaciones de solidaridad entre las personas, porque es lo que permite trabar o impedir el despojo. Una breve e incompleta lista de los modos como el sistema destruye sociedades echa luz sobre los actuales modos de opresión que, para perpetuarse, necesitan demoler las relaciones humanas.

El primero y más contundente es el miedo, la violencia indiscriminada contra cualquier persona, en cualquier momento y lugar. Ya no es necesario asesinar o desaparecer a quienes participan en organizaciones, a los que luchan contra el sistema, como sucedió décadas atrás. Siendo terrible, aquella violencia tenía un sentido: pretendía desorganizar a las personas que luchaban. Ahora va en cualquier dirección, pero siempre de arriba hacia abajo.

La destrucción y desplazamiento de comunidades para controlar los bienes comunes, la llamada Cuarta Guerra Mundial por el EZLN, supone también el uso y abuso de la violencia. La guerra contra pueblos y comunidades indígenas, consideradas un estorbo para la acumulación por despojo, busca destruir la comunión entre las personas, y entre ellas y la naturaleza, de ahí el desplazamiento forzado. Este modo es diferente y complementario del anterior: usa métodos y tiene objetivos similares, pero está focalizado, mientras la guerra en curso coloca al conjunto de la población en la mira.

El estadio superior aparece cuando las personas y las comunidades pierden toda esperanza, la desesperación, como la que sufrían los internados en campos de concentración por los nazis. Este mo-do de aniquilación de pueblos, analizado por el filósofo Giorgio Agamben, ha desbordado el espacio del campo para abarcar porciones enteras de los territorios que el capital desea controlar.

Una cuarta forma de destruir las relaciones humanas son los programas sociales de los gobiernos, que al individualizar las prestaciones, desgarran comunidades, urbanas y rurales, dejando a las personas desnudas ante el sistema financiero que los esclaviza mediante el consumismo y las deudas.

Además de los estados, los grupos paramilitares y el crimen organizado juegan un papel destacado en la tremenda destrucción de las relaciones sociales que padecemos. Todos los actores sistémicos confluyen en la depredación de comunidades y naturaleza, sin distinción de gobiernos progresistas o conservadores.

Los patrones fabriles necesitaban personas en la planta de producción y en la sociedad, como obreros y como consumidores. De ahí que Henry Ford haya elevado en 1914 el salario de sus obreros de dos a cinco dólares diarios y limitó la jornada laboral a ocho horas, cinco días a la semana. De algún modo, aquel patrón explotador “cuidaba” a sus obreros porque dependía de ellos. Ahora las y los de abajo somos completamente prescindibles y, en muchos casos, obstáculos para el capital.

¿Cómo se resiste y se lucha por cambiar el mundo cuando los sujetos de los cambios son desechables? Apenas estamos empezando a vislumbrarlo, de la mano de las múltiples resistencias que atraviesan este continente. Campesinos, obreros, maestros y estudiantes, pueblos originarios y negros, periferias urbanas y territorios del extractivismo, están defendiendo la vida y los bienes comunes, el agua y la tierra, con sus propias manos, como las madres buscadoras.

Solamente apegados a estas resistencias podremos revertir la tremenda crisis de las izquierdas y del pensamiento crítico: caminando junto a los pueblos.

4/19/2026

La superioridad de las universidades chinas

Raúl Zibechi

En ocasiones no conseguimos comprender la magnitud de los cambios en curso. Un buen camino para observarlos puede ser focalizarnos en casos concretos, ejemplares si se quiere. Uno de ellos nos lo ofrecen los nuevos rankings de las universidades en el mundo, que siempre han estado dominados por Occidente.

Hace apenas dos décadas, la clasificación universitaria global basada en la producción científica y en los artículos publicados en revistas especializadas mostraba que siete universidades de Estados Unidos estaban entre las 10 mejores del mundo. Obviamente, la primera era la Universidad de Harvard. En aquellos años había sólo una escuela china, la Universidad de Zhejiang, que logró ubicarse en el top 25 ( The New York Times, 15-1-26).

En un lapso muy breve, apenas un cuarto de siglo, asistimos a un verdadero tsunami, un vuelco por el cual nada quedó en su lugar. Hoy, entre las 10 primeras academias del mundo, ocho son chinas, una canadiense y una de los Estados Unidos. La icónica Harvard ha sido desplazada al tercer lugar, mientras Zhejiang ocupa ahora el primero.

Sin duda, las universidades estadunidenses siguen produciendo gran cantidad de investigaciones, pero el cambio es que ahora las chinas lo hacen a una mayor velocidad. Las seis universidad estadunidenses que estaban entre las más importantes en la década de 2000 (la Universidad de Michigan, la Universidad de California en Los Ángeles, Johns Hopkins, la Universidad de Washington-Seattle, la Universidad de Pensilvania y la Universidad de Stanford) producen más investigaciones que hace dos décadas, pese a lo cual han sido desplazadas por las chinas.

Según todos los analistas, desde el país asiático están llegando una cantidad y calidad excepcional de artículos académicos que consiguen eclipsar la producción de Estados Unidos. Una de las razones más destacadas de este cambio, es que China ha invertido miles de millones de dólares en sus universidades y se esfuerza por hacerlas atractivas para investigadores extranjeros. Por el contrario, el gobierno de Donald Trump viene recortando cifras millonarias en subsidios a la investigación universitaria como forma de reducir el importante déficit del Estado.

Además, la ofensiva contra los migrantes ha llevado a que muchos extranjeros, pero también estadunidenses, abandonen el país, dirigiéndose principalmente a Europa. Este año, la llegada de estudiantes extranjeros a Estados Unidos se redujo 19 por ciento, lo que llevó a algunas casas de estudio a entrar en crisis. Según Bloomberg, la disminución del número de futuros estudiantes llevará a 370 universidades privadas a cerrar o fusionarse con otra institución en la próxima década.

A esto debe sumarse que hay otras 430 instituciones, con 1.2 millones de estudiantes, que enfrentan “amenazas existenciales moderadas”, a las que deben sumarse las 114 universidades privadas sin ánimo de lucro que cerraron entre 2010 y 2020, casi el doble que en la década anterior. Los estudiantes terminan sus carreras endeudados y sus familias deben asistirlos contrayendo deudas. La matrícula, más el alojamiento y la manutención para una universidad privada durante cuatro años ascendieron a una media de 56 mil dólares en el curso escolar 2023-24, mientras en las universidades públicas estatales fue de sólo 24 mil dólares. De todos modos, la clases medias tienen cada vez más dificultades para afrontar sus gastos, cuando en los mercados laborales se registra un importante estancamiento de los salarios.

Esta es una de las razones por las que 26 por ciento de los estudiantes universitarios han considerado seriamente abandonar la universidad o corren el riesgo de hacerlo.

Hemos entrado en una suerte de nuevo orden mundial en la educación. Ahora científicos de alto nivel migran a China, como antes lo hacían hacia Estados Unidos. Hay muchos ejemplos. Jiang Jian-feng, uno de los científicos estrella de sólo 30 años, dejó el célebre Instituto de Tecnología de Massachusetts, y regresó a la Universidad de Pekín para servir como investigador principal y supervisor de doctorado. El genio matemático Wan Daqing, ganador del premio de matemáticas más importante de China, se retiró de la Universidad de California en julio y regresó a China para asumir su nuevo cargo.

Casos como los citados se repiten con mucha asiduidad, pero también entre científicos occidentales que deciden marchase a China o a otros países. Desde 2018, entre 70 y 100 científicos chinos y chino–estadunidenses de renombre abandonan Estados Unidos cada año. En general, el aumento histórico de estadunidenses que se mudan al extranjero se produce por motivos de seguridad, costo de vida, educación y atención médica.

El mundo ha cambiado y estos datos son apenas una muestra. Sin embargo, quienes no creemos que los cambios que necesitamos llegarán desde arriba, desde los Estados no podemos ignorar el tamaño de las transformaciones porque de uno u otro modo nos están afectando.

4/05/2026

Los pueblos y las guerras

Raúl Zibechi

En la tradición de los movimientos revolucionarios se diferenciaban las guerras entre Estados de las guerras contra las clases y pueblos oprimidos. Esa fue la posición de quienes se negaron a apoyar el esfuerzo de guerra que demandaban las burguesías durante la Primera Guerra Mundial (1914-1918) entre las Potencias Centrales (imperios austrohúngaro, alemán y otomano) frente los Aliados (Francia, Rusia, Italia, Reino Unido, Estados Unidos y otras naciones occidentales).

Lenin y Trotsky se quedaron solos junto a un puñado de internacionalistas (se dijo que todos entraban en dos taxis), mientras el grueso del movimiento socialista agrupado en la II Internacional derrapó en el apoyo a los créditos para la guerra. Frente a esta traición, porque esa corriente había asegurado que jamás apoyaría la guerra, el movimiento se fragmentó y se debilitó enormemente. Sólo el activismo de los obreros y campesinos rusos, y luego de otros países, consiguió poner las cosas en su lugar.

Para ello, empero, debieron morir más de 20 millones de personas, amontonadas en pestilentes trincheras bajo el mando de oficiales despiadados y crueles. La rebelión de los trabajadores forzados a ir a la guerra, fue clave tanto en el triunfo de la revolución rusa como en el extenso movimiento que atravesó el continente europeo exigiendo la paz inmediata.

Los bolcheviques fueron el epicentro del rechazo a la guerra desde la defensa del movimiento obrero y campesino. Una vez en el poder, firmaron la paz (Brest-Litovsk), impopular porque Rusia perdía territorios, pero necesaria para poner fin a la masacre y cumplir las promesas de quienes llegaron al Palacio de Invierno con los lemas “Paz, tierra y pan”.

En la segunda guerra desatada en 1939, no se siguieron los mismos patrones ya que desde la revolución rusa la III Internacional promovía la “defensa de la patria soviética” frente a la agresión nazi, o ante cualquier enemigo exterior o interior. La defensa de la URSS fue sinónimo de la defensa de un Estado que asesinó a millones de campesinos y cientos de miles de obreros comunistas. Con los parámetros actuales, deberíamos decir que fue un Estado genocida.

Este profundo viraje tuvo duraderas con encías para los movimientos revolucionarios, hasta el día de hoy. Una de ellas es la dificultad para diferenciar entre pueblos y gobiernos o Estados. La defensa de los pueblos es un principio básico para cualquier persona que crea ser de izquierdas, pero ahora esas categorías están metidas en una suerte de revoltijo que todo lo confunde.

Siempre defendimos al pueblo vietnamita agredido por el imperialismo yanqui, con el mismo énfasis que apoyamos al pueblo cubano o al ucranio agredidos por sendas potencias imperiales. A partir de aquí, las izquierdas y el pensamiento crítico oficialista afinaron argumentos diciendo que no es lo mismo Estados Unidos que Rusia o China, asegurando que éstas no son imperialistas o, por lo menos, no son igualmente enemigas como los yanquis.

Podemos decir que las “revoluciones triunfantes” limaron las aristas más filosas del pensamiento crítico hasta volverlo irreconocible por su afán estatista. Las oleadas de movilización popular se vienen estrellando contra los Estados y gobiernos progresistas, como lo demuestran las impresionantes revueltas en Chile, Ecuador y Colombia desde 2019. La energía colectiva de los pueblos está siendo neutralizada por los gobiernos y los partidos que trabajan para fortalecer a sus Estados-nación.

El daño producido por el viraje del poder soviético hacia la defensa del Estado, es tan profundo y duradero que el imaginario rebelde popular ya no puede imaginar un horizonte más allá de las instituciones que los oprimen. En este punto, las revoluciones posteriores a la rusa no pudieron modificar su actitud hacia el Estado, y cuando triunfaban repetían más o menos los mismos argumentos que los bolcheviques.

Alguien podrá objetar, si no resulta necesario defender gobiernos y Estados que se dicen revolucionarios. Entiendo que se trata de un debate necesario pero casi marginal en la realidad actual. Mi opinión es que no existen ni pueden existir estados revolucionarios, porque son aparatos creados para el control y la opresión de las poblaciones, con sus fuerzas armadas y policiales, su aparato de justicia y sus mecanismos de “educación” de la población.

Ser revolucionario, como ya mencionó el capitán Marcos, es ser un profesional de la captura del poder estatal. “Un revolucionario se plantea fundamentalmente transformar las cosas desde arriba, no desde abajo, al revés del rebelde social”. Duro de aceptar. Pero, acaso, ¿no es la lógica de la rebeldía social la que vienen practicando los pueblos originarios, negros y campesinos en este continente, al organizarse abajo, transformando su mundo sin pensar en la toma del Estado?

Como siempre, no hay nada como aprender con los pueblos, caminando sus pasos y dejando que la vida colectiva haga su trabajo al transmutar el dolor en esperanza.

10/09/2022

La ultraderecha arraigó en nuestras sociedades

Raúl Zibechi

Si alguien tiene la ilusión de que la ultraderecha es un fenómeno pasajero, la primera vuelta de las elecciones brasileñas debe convencernos de lo contrario. Llegó para quedarse, como sucede en Italia, Estados Unidos, Chile, Colombia y cada vez más en países como Argentina y Uruguay, donde no tenía una sólida tradición.

El Partido Liberal (PL), de Jair Bolsonaro, se convirtió en la primera fuerza política al conseguir 99 diputados y aumentar de forma considerable su representación, al igual que en el Senado, donde obtuvo 13 bancas. El PT eligió 68 diputados que con sus aliados (PV y PCdoB) suman 80, y sólo nueve senadores.

El Parlamento es tan derechista como lo fue desde la elección de 2018 que ganó Bolsonaro. Sumando a los partidos aliados, Bolsonaro alcanza 198 diputados, en tanto Lula podría alcanzar 223, si logra acuerdos con algunos partidos de centroderecha. Quedan 92 bancas de un total de 513 que, según el relevamiento de Folha de Sao Paulo, pueden inclinarse hacia quien ofrezca mejores cargos o facilidades para hacer negocios.

Si el Parlamento será un espacio espinoso que hará de Lula, en caso de ser elegido, un presidente centrista, la ultraderecha se hizo con la mayoría de los gobiernos de los estados, que juegan un papel clave en la gobernabilidad, ya que influyen en la cámara federal y en las estatales.

Lo que parece insólito es que tras cuatro años de deterioro de la economía, del pésimo manejo de la pandemia y de actitudes antidemocráticas permanentes, Bolsonaro obtenga más de 50 millones de votos que muestran un país partido en dos mitades, división que va continuar luego de la segunda vuelta el 30 de octubre.

El fuerte arraigo de la ultraderecha, tanto en Brasil como en otros países, debe hacernos reflexionar sobre sus causas profundas, para operar de modo más eficiente e intentar frenar esta oleada.

Lo primero a considerar es la crisis sistémica global que está desarticulando el sistema internacional de estados y las alianzas entre ellos. En cada región y país se generan tendencias a la ingobernabilidad y al caos. La disputa entre la potencia en decadencia, Estados Unidos, y la ascendente, China, es un factor de desestabilización que favorece la generalización de guerras entre naciones.

En este clima, crece la polarización política, social y cultural entre clases, colores de piel, sexos y generaciones. La violencia de arriba abajo es el modo en que las clases dominantes pretenden remodelar las sociedades según sus intereses, abandonando cada vez más toda tendencia a la integración de los sectores populares y pueblos. Se trata de un desafío inédito para las fuerzas antisistémicas que no estamos acertando a debatir y a actuar en consecuencia.

La segunda es la tremenda des­politización existente en las sociedades, la notable expansión del consumismo con su carga de alienación y parálisis ante los desafíos que representa la crisis/tormenta en curso. Las nuevas capacidades de la dominación mediante las tecnologías más avanzadas (desde redes sociales y celulares, hasta inteligencia artificial) no están encontrando respuestas a la altura de las amenazas planteadas a la humanidad.

Es cierto que en este punto las izquierdas tienen su cuota de responsabilidad por haber abandonado toda actitud antisistémica. Pero si afinamos la mirada, encontraremos que en otros periodos las izquierdas reflejaban las resistencias de abajo, pero no las creaban. Nadie enseñó a las clases trabajadoras a neutralizar el fordismo y el taylorismo, del mismo modo que nadie enseñó a los pueblos originarios y negros a enfrentar el colonialismo, ni a las mujeres a encarar el patriarcado.

Aunque deseo estar equivocado, creo que es la propia rebeldía, característica que siempre anidó en la humanidad pobre y violentada, lo que hoy está siendo neutralizado por las clases dominantes. Tal vez sea un fenómeno apenas urbano, donde la exposición a los mecanismos de dominación es considerablemente mayor. Quizá por eso, nuestros periplos en busca de espacios en resistencia sean mayoritariamente hacia áreas rurales, lejos del mundanal ruido mediático.

Por último, creo que nuestros análisis están demasiado escorados hacia las ideologías, como si fueran la clave de bóveda para explicar el creciente arraigo de las ultraderechas. Pero los seres humanos nos movemos por cuestiones más ligadas a la vida real, aunque no necesariamente por una racionalidad instrumental. Las ideologías vienen después de haber tomado posición, como modo de justificar y de dar vuelo a lo ya decidido.

La potente espiritualidad que anida en los pueblos que resisten, no puede ser casualidad. Compartir espacios y tiempos de celebraciones es la argamasa de las comunidades, sin cuya cohesión emocional y mística no sería posible ni resistir, ni soñar con un mundo diferente al que nos oprime. La espiritualidad es lo primario común de la vida; pero al no sentirla, naufragamos en la pura soledad.

9/25/2020

Derribar estatuas


“El riesgo de un destructor de estatuas es convertirse en una”, cita Carlos Monsiváis, al final de su ensayo De monumentos cívicos y sus espectadores, a Jean Cocteau.

Líneas arriba había escrito que uno de los primeros actos de liberación de un pueblo es la destrucción de monumentos a héroes y caudillos, que de ese modo dejaban de serlo.

A raíz de la oleada de derribos de monumentos, multiplicada luego del asesinato de George Floyd por la policía en Estados Unidos, aparecieron críticos de tales derribos, quienes se rasgan las vestiduras porque, dicen, las estatuas son parte del espacio público.

El episodio más reciente sucedió en Popayán, capital del Cauca, en el sur de Colombia. El 16 de septiembre un grupo de misak y nasa derribaron el monumento a Sebastián de Belalcázar, fundador de la ciudad y de Guayaquil, Quito y Cali. Recibió el título real de gobernador vitalicio de Popayán, además de otras condecoraciones.

Su estatua fue colocada en el Morro de Tulcán, un cerro de Popayán donde había una pirámide ceremonial construida por pueblos originarios que fue literalmente, decapitada para instalar la estatua ecuestre del conquistador, como demostró hace medio siglo el antropólogo colombiano Julio César Cubillos (https://bit.ly/3mKFYci).

Ante los lamentos de la oligarquía local, que fue la que en 1940 instaló el monumento sobre el sitio sagrado, el Consejo Regional Indígena del Cauca (CRIC) recordó a la población que en lo que va de este año han sido asesinados 65 integrantes de las comunidades indígenas en el Cauca, algo que no a todos parece importarle. Saluda el acto de valentía del pueblo misak al decolonizar el pensamiento y reconstruir nuestra propia historia (https://bit.ly/3kF7KoL).

Recuerda que Belalcázar es sinónimo de genocidio, racismo, esclavitud y discriminación a los pueblos indígenas y que en vida fue uno de los mayores genocidas de los pueblos originarios de América Latina (https://bit.ly/3kF7KoL).

No tengo tan claro como Monsiváis si el derribo de monumentos anticipa la rebelión o si la acompaña. El año pasado en Chile, más de 30 figuras de militares y conquistadores fueron marcadas con graffities o les arrojaron pintura, desde Arica en el norte, hasta el sur mapuche. Recuerdo cómo los jóvenes se enardecían, en la Plaza de la Dignidad, ante la estatua del general Baquedano (héroe de la guerra del Pacífico contra Perú y Bolivia, según la historiografía de arriba) que fue pintada y tapada parcialmente con banderas mapuches.

A lo largo de Chile, y al calor de la revuelta popular que barrió el país desde octubre, rodaron esculturas de Colón, la estatua del colonizador y militar Francisco de Aguirre (en cuyo lugar colocaron la escultura de una mujer Diaguita) y el busto de Pedro de Valdivia, en Temuco, cuya cabeza fue colgada en la mano del guerrero mapuche Caupolicán.

El 12 de octubre de 1992, los zapatistas realizaron una gran marcha en San Cristóbal de las Casas, Chiapas, y derribaron la estatua de Diego de Mazariegos, frente a la iglesia de Santo Domingo. Si volvieron a levantarla no importa. Nunca podrán levantar de nuevo el miedo a lo que representaba, escribió en mayo de 2015 el subcomandante insurgente Galeano.

Menos de 15 meses después, se encendió el Ya Basta! de la insurrección zapatista. En este caso, la frase de Monsiváis es tan acertada como justa.

Pero quisiera detenerme en la cita de Cocteau, que trae el escritor mexicano. Una de las características más notables de la revolución zapatista es que nunca pretendió sustituir a los villanos derribados por personajes más nobles, en el mismo pedestal. No se trata de derribar a un conquistador genocida para colocar a un hermano libertador en su lugar. La cosa es mucho más profunda.

Las estatuas son una herencia colonial. Como los estados. Representan la cultura de la clase dominante. Los pueblos originarios tienen otra forma de representar sus cosmovisiones en la arquitectu-ra, como las pirámides, que enseñan también modos jerárquicos de ver el mundo. Tampoco se tratade sustituir estatuas coloniales por pirámides sacramentales.

En el lugar de los tiranos, los zapatistas construyen, crean, inventan mundos nuevos y diferentes, clínicas de salud, escuelas, espacios de vida para seguir viviendo. Las juntas de buen gobierno, por ejemplo, pertenecen a ese tipo de creaciones colectivas, donde el jefe es el pueblo, donde las mujeres y los varones que gobiernan obedecen al colectivo. Rotan para no petrificarse en el lugar de mando, porque no tienen vocación de monumentos, sino de servicio.

En estos momentos en que los de arriba están asesinando bases de apoyo zapatistas en el ejido de Tila, tzotziles en Aldama, nasas y misak en el Cauca, y pueblos negros, originarios, campesinos y de periferias urbanas en todo el continente, podemos reflexionar para qué resistimos y damos la vida: no para cambiar de caporales, sino para vivir en un mundo sin mandones.

9/11/2020

Triage social, el nuevo panóptico



Las ciencias deberían ser un servicio a los pueblos, sobre todo los más castigados y que luchan por su sobrevivencia. Sabemos que están al servicio de la acumulación de capital y de poder, por eso debemos congratularnos de un trabajo que echa luz sobre los nuevos mecanismos de dominación.
Me refiero al trabajo La pandemia, el Estado y la normalización de la pesadilla (https://bit.ly/338XwWK), de Tamara San Miguel, estudiante de maestría de sociología jurídica, y Eduardo Almeida, estudiante del doctorado en sociología y antropología. Ambos mexicanos de Puebla.
A mi modo de ver, el aspecto más interesante del trabajo es el que hace referencia al triage social, el mecanismo por el cual el sistema ordena y jerarquiza quiénes deben salvarse y quienes deben morir: si no hay respiradores suficientes, alguien decide quiénes tienen prioridad. Lo mismo respecto a las camas hospitalarias y a todos los servicios saturados.
Ese alguien son los algoritmos, definidos en este trabajo como un sistema al que se ingresa información y del que se obtienen respuestas, en formato de instrucciones que se siguen de manera mecánica para obtener ciertos resultados. También son una nueva ideología científica para enfrentar la incertidumbre, y a la vez reforzar la dominación.
El problema es que los algoritmos se están utilizando para enfrentar problemas y dilemas sociales y éticos, para tomar decisiones a partir de una lógica que implica ordenar, clasificar y en última instancia discriminar lo que sirve de lo que no sirve. Cuando se abordan cuestiones éticas, el algoritmo supone aplicar rutas mecanizadas para tomar decisiones que afectan la vida en todos sus aspectos.
No es ninguna casualidad que el triage surgiera en el seno de las fuerzas armadas, al igual que el panóptico como explicara Jeremías Bentham y desarrollara Michel Foucault. Con tanto éxito que no sólo se aplicó en el diseño de cárceles, sino en las fábricas, hospitales, escuelas y en todos los espacios donde la sociedad capitalista necesitaba disciplinar a la clase trabajadora.
En efecto, el concepto de triage (de la palabra francesa trier, clasificar o separar) fue aplicado por vez primera por el jefe de la Guardia Imperial de Napoleón para evaluar y clasificar la atención de los soldados heridos en batalla. Décadas después fue adaptado por el cirujano de la Armada británica, para la clasificación de aquellos que no recibirían atención por no tener posibilidades de sobrevivir, aún con tratamiento. De ahí se trasladó al plano de lo social y al conjunto de la sociedad.
Ahora que los poderosos decidieron gestionar la escasez, provocada artificialmente como sucede en los hospitales por la privatización o la falta de inversiones en buena parte del sistema sanitario, el triage social que ya se venía aplicando cobra una dimensión nueva.
San Miguel y Almeida sostienen que así como las burocracias gestionaron quiénes eran descartables por irrecuperables durante la guerras napoleónicas, “en el triage social, a los descartables, las burocracias les sacrifican las posibilidades de acceder a los recursos; si continúan viviendo o mueren resulta irrelevante y se vuelve invisible para el ‘bien mayor’”.
Ese bien mayor puede ser, como hemos visto estos meses, considerar ciertas actividades económicas como esenciales, decidir qué sectores favorecer con programas públicos, es decir qué partes de la población aprovecharán mejor los recursos del Estado para favorecer los propósitos del Estado, algo muy similar a la situación pre-pandemia.
Decidir a quiénes se deja morir y qué sectores de la economía se deben sostener, no es ni más ni menos que lo que estamos viendo ante nosotros. La pandemia permitió hacer más visible, o inocultable, este sistema de muerte que determina “quienes tienen la calidad de ciudadanos acreedores de derechos, quienes se convierten en refugiados merecedores de ayuda humanitaria, y quienes quedan como zombies, muertos vivientes, condenados a las formas más precarias de supervivencia o a morir en el olvido”.
El trabajo que comento y cito tiene otras virtudes sobre las que no puedo explayarme, como los derechos humanos durante la crisis en curso, que merecen comentarios más detallados. Por ahora basta con mostrar cómo el triage social conlleva un algoritmo, que permite a los Estados justificar moral y técnicamente las consecuencias de decisiones éticas complejas que hacen a la vida, la muerte y la supervivencia de las poblaciones.
Recomiendo la lectura de un trabajo que nace de la indignación militante, ética y política, y que busca desnudar los nuevos mecanismos de opresión y control de poblaciones y pueblos, parar mejor luchar contra ellos.
En América Latina, la acción paramilitar y el narco, que estos días despliega el terror desde Chiapas hasta el Cauca colombiano, la sostienen algoritmos que, en algún momento, debemos develar. Un trabajo al que Tamara y Eduardo, como otros adherentes de la Sexta, podrán contribuir.

6/05/2020

El movimiento popular resiste al narco




En la delegación Iztapalapa (Ciudad de México) la Comunidad Habitacional Acapatzingo, donde viven 596 familias, viene siendo acosada por personas armadas que se autodefinen como colombianos. Se trata de uno de los movimientos populares que desde hace décadas lucha por la vivienda, con ocho núcleos en la ciudad que pertenecen a la Organización Popular Francisco Villa de Izquierda Independiente (OPFVII).
Las agresiones e intimidaciones comenzaron a mediados de abril, esgrimiendo armas de fuego ante la guardia vecinal que controla el ingreso a la comunidad. “El viernes 22 de mayo –relatan referentes de la comunidad– dos sujetos que bajan de un coche le dicen a la guardia que en los próximos días vendrán a entregar sobres, como primer y último aviso, que contendrán sus demandas e instrucciones y que la comunidad tendría que acatarlas en un plazo máximo de 72 horas”.
Al día siguiente llegaron los sobres, pero la guardia en acuerdo con la comunidad, procedió a destruirlos sin conocer su contenido. La asamblea por la tarde-noche de ese mismo día, decidió hacer frente a las amenazas reforzando las guardias en todos los turnos y tomando otras acciones en caso de que la comunidad fuera atacada, sigue el relato de los miembros del Consejo General de Representantes de la comunidad.
Entre las decisiones de la asamblea general, con más de 500 participantes, figura reforzar las guardias, resguardar incluso las azoteas, realizar rondines permanentes por las calles y andadores, reforzar los dos accesos principales de la comunidad además de aumentar la cantidad de personas que participan en la guardia rotativa y la realización de fogatas en diferentes puntos. Las demás comunidades de la organización se encuentran alertas y preparadas para acudir y actuar en caso necesario, aseguran.
Hasta aquí, un breve resumen de los hechos. Creo que necesitamos debatir, en toda América Latina, los modos de enfrentar al narcotráfico, además de profundizar en su comprensión.
Desde hace varios años sostengo que el negocio de las drogas es una forma más de acumulación por despojo y que las élites económicas del mundo se comportan cada vez más como narcotraficantes (https://bit.ly/2zYR6Pc). Además el narco es uno de los modos utilizados por la clase dominante para controlar y disciplinar a los movimientos populares.
Son los pueblos organizados los que pueden enfrentar y poner límites al narco, algo que los estados ni desean ni pueden hacer, en este periodo debacle y colapso de las instituciones del sistema.
En primer lugar, tenemos antecedentes de cómo una sólida organización popular ha conseguido detener el ingreso de fuerzas depredadoras a los territorios de los pueblos. Las rondas campesinas peruanas impidieron que los ladrones de ganado impusieran su ley a cientos de comunidades para, más adelante, ponerle límites a las multinacionales de la minería, frenando su actividad.
Algo similar puede decirse de la Guardia Indígena nasa del Cauca colombiano, capaz de recuperar comuneros secuestrados por grupos armados; del pueblo organizado de Cherán que expulsó a los talamontes y del EZLN que ha impedido que narcos y paramilitares impongan su ley en los territorios zapatistas.
El caso de las ciudades es, ciertamente, más complejo. Son el eslabón fuerte de la cadena de dominación del capitalismo, donde se asientan los poderes centrales del Estado y resultan el espacio más fácil de controlar para las instituciones armadas, legales o no. Sin embargo, la experiencia de la Comunidad Acapatzingo, conocida como La Polvorilla, puede darnos pistas sobre cómo encarar el desafío de los armados.
Lo decisivo es una sólida organización. En este barrio autoconstruido de unas 4 mil personas, cada familia pertenece a un sector donde funciona una brigada. Existen diversas comisiones, siendo en estos momentos las más importantes la de salud y la de vigilancia, siendo ocho comisiones en total, incluyendo educación y comunicación.
Las decisiones importantes las toma la asamblea general, pero funciona un Consejo General de Representantes con responsables de las 28 brigadas en que se divide el barrio, que se reúne cada semana. Para que la organización sea sólida, no alcanza con una asamblea trimestral o mensual, como suelen hacer las organizaciones populares más activas. Es necesaria una red de espacios que gestionen la vida cotidiana, desde salud y educación hasta deporte, cultura y mantenimiento.
En Acapatzingo han construido dos huertas, espacios de salud y de formación. Hasta los niños y las niñas están organizados y tienen sus propias actividades, incluyendo un boletín informativo. Durante la pandemia instalaron comedores en los ocho espacios habitados y extreman las medidas de protección con amplia participación comunitaria. El autogobierno colectivo es la clave para la formación de vínculos comunitarios, los únicos capaces de defender la autonomía territorial de los de abajo y, de ese modo, enfrentar al narcotráfico.

4/10/2020

Pandemia y colapso civilizatorio



En sus efectos y consecuencias, la pandemia es la gran guerra de nuestros días. Como sucedió con las dos conflagraciones del siglo XX o con la peste negra del siglo XIV, la pandemia es el cierre de un periodo de nuestra historia que, resumiendo, podemos denominar como el de la civilización moderna, occidental y capitalista, que abarca todo el planeta.
La globalización neoliberal ha encarnado el cénit y el comienzo de la decadencia de esta civilización. Las pandemias, como las guerras, no suceden en cualquier periodo, sino en la fase terminal de lo que el profesor de historia económica Stephen Davies (de la Universidad Metropolitana de Manchester) define como una ecúmene, una parte del mundo que tiene una economía integrada y una división del trabajo, unidas y producidas por el comercio y el intercambio (https://bit.ly/2y1spAg).
Las pandemias se verifican, en su análisis, cuando un periodo de creciente integración económica y comercial sobre gran parte de la superficie del planeta llega a su fin. Son posibles por dos fenómenos complementarios: un elevado movimiento humano y un incremento de la urbanización, potenciadas por un modo de vida al que llamamos globalización y por la cría intensiva de ganado.
En rigor, la pandemia acelera tendencias prexistentes. Son básicamente tres: la interrupción de la integración económica; debilitamiento político que provoca crisis de las clases dominantes; y profundas mutaciones sicológicas y culturales. Las tres se están acelerando hasta desembocar en la desarticulación del sistema-mundo capitalista, en el que está anclada nuestra civilización.
La primera se manifiesta en la interrupción de las cadenas de suministro de larga distancia, que conducen a la desglobalización y la multiplicación de emprendimientos locales y regionales.
América Latina está en pésimas condiciones para encarar este desafío, toda vez que sus economías están completamente volcadas hacia el mercado global. Nuestros países compiten entre sí para colocar los mismos productos en los mismos mercados, al revés de lo que sucede en Europa, por ejemplo. La estrechez de los mercados internos juega en contra, mientras el poder del uno por ciento tiende a dificultar la salida de este modelo neoliberal extractivo.
En segundo lugar, las pandemias, dice Davies, suelen debilitar la legitimidad de los estados y de los gobiernos, mientras se multiplican las rebeliones populares. Las pandemias afectan sobre todo a las grandes ciudades, que conforman el núcleo del sistema, como es el caso de Nueva York y Milán. Las clases dominantes habitan las metrópolis y tienen una edad superior a la media, por lo que serán también afectadas por las epidemias, como puede observarse ahora.
Pero las pandemias suelen, también, arrasar con buena parte de la riqueza de las élites. Al igual que las guerras, las grandes catástrofes producen una gran reducción de la desigualdad. Así sucedió con la peste negra y con las guerras del siglo XX.
El tercer punto de Davies, los cambios culturales y sicológicos, son tan evidentes que nadie debería ignorarlos: el activismo de las mujeres y de los pueblos originarios, con la tremenda crisis que han producido en el patriarcado y el colonialismo, son el aspecto central del colapso de nuestra civilización estadocéntrica.
El líder kurdo Abdullah Öcalan, en el segundo volumen de la monumental obra de su defensa ante la Corte Europea de Derechos Humanos, contrapone la civilización estatal con la civilización democrática, y concluye que ambas no pueden coexistir*.
Para Öcalan, el Estado se formó en base a un sistema jerárquico sobre la domesticación de la mujer (p. 451). Con el tiempo, el Estado se convirtió en el núcleo de la civilización estatal, existiendo una estricta relación entre guerra, violencia, civilización, Estado y justicia-Derecho (p. 453).
Por el contrario, la civilización democrática se diferencia de la estatal, en que busca satisfacer al conjunto de la sociedad por medio de la gestión común de los asuntos comunes (p. 455). Su base material y su genealogía deben buscarse en las formas sociales previas al Estado y en aquellas que, luego de su aparición, quedaron al margen del Estado.
Cuando las comunidades alcancen la capacidad de decidir y actuar sobre los asuntos que les conciernen, entonces se podrá hablar de sociedad democrática, escribe Öcalan.
Ese tipo de sociedades ya existen. Conforman los modos de vida en los que podemos inspirarnos para construir las arcas que nos permitan sobrevivir en la tormenta sistémica, que ahora se presenta en forma de pandemia, pero que en el futuro se combinará con caos climático, guerras entre potencias y contra los pueblos.
Conozco algunas sociedades democráticas, sobre todo en nuestro continente. La mayor y más desarrollada cuenta ya con 12 caracoles de resistencia y rebeldía donde construyen mundos nuevos.

* La civilización capitalista. La era de los dioses sin máscara y los reyes desnudos, Caracas, 2017.

3/27/2020

El mundo pos pandemia



“El periodo comprendido entre 1990 y 2025/2050 será muy probablemente un periodo de poca paz, poca estabilidad y poca legitimación”, escribía Immanuel Wallerstein en 1994*. En periodos de turbulencia y confusión, conviene consultar brújulas. Él era una de las más notables y, además, era de los nuestros.
En rigor, los grandes eventos globales como las guerras y las pandemias no crean nuevas tendencias sino que profundizan y aceleran las ya existentes.
Tres tendencias de fondo, que nacieron probablemente a raíz de la revolución de 1968, se están desplegando de modo formidable en estos momentos: la crisis del sistema-mundo, con la consiguiente transición hegemónica Occidente-Oriente; la militarización de las sociedades ante la incapacidad de los Estados-nación de integrar y contener a las clases peligrosas; y las múltiples insurgencias de abajo, que son el aspecto central de este periodo.
Quienes piensan en la centralidad del conflicto entre Estados, en la hegemonía y la geopolítica, pueden confiar en que la tendencia hacia el ascenso de Asia Pacífico, China en particular, y la decadencia de Estados Unidos, se están acelerando durante la pandemia.
El Pentágono y otras agencias harán todo lo posible por enlentecer ese proceso, ya que no pueden revertirlo, con las más diversas medidas, incluyendo una no descartable confrontación nuclear, que creen poder ganar. Ni siquiera algo tan siniestro puede modificar las tendencias de fondo.
Quienes nos empeñamos en la lucha contra el patriarcado, el colonialismo y el capitalismo, no podemos confiar en los Estados que están militarizando rápidamente a nuestras sociedades. Quiero centrarme en cómo nos afecta a los pueblos/sociedades en movimiento la situación actual.
En primer lugar, se acelera la crisis civilizatoria, que se superpone a la crisis del sistema-mundo. No estamos ante una crisis más sino ante el comienzo de un proceso largo (Wallerstein) de caos sistémico, atravesado de guerras y pandemias, que durará varias décadas hasta que se estabilice un nuevo orden.
Este periodo que, insisto, no es una coyuntura ni una crisis tradicional sino algo completamente diferente, puede ser definido como colapso, siempre que no entendamos por ello un evento puntual sino un periodo más o menos prolongado.
Durante este colapso o caos, se produce una fuerte competencia entre estados y capitales, un potente conflicto entre clases y pueblos con esos poderes, en medio de una creciente crisis climática y sanitaria.
Por colapso entiendo (siguiendo a Ramón Fernández y Luis González)**, la disminución drástica de la complejidad política, económica y social de una estructura social. Los sistemas complejos pierden resiliencia a medida que aumentan su complejidad para responder a los desafíos que enfrentan. Las sociedades basadas en la dominación tienden a aumentar su complejidad como respuesta a los desafíos que van encarando (p. 26, t. I).
Por ejemplo: derrochan energía, se vuelven más jerárquicas y rígidas, y no pueden evolucionar. En concreto: la gran ciudad es mucho más vulnerable que una comunidad rural. Ésta es autosuficiente, usa la energía que necesita, no contamina, es poco jerárquica y, por tanto, es más eficiente. Aquella no tiene salida, salvo el colapso.
En segundo lugar, durante este largo proceso de colapso, más parecido a una piedra rodando por una pendiente que cayendo a un precipicio, habrá enorme destrucción material y, lamentablemente, de vidas humanas y no humanas. Es la condición para pasar de lo complejo, grande, rápido y centralizado, a lo sencillo, lento, pequeño y descentralizado (p. 337, t. II).
Lo que nos atañe como pueblos y clases es un proceso de barbarie que implica la canibalización de las relaciones sociales y con la naturaleza. Sobrevivir como pueblos será tan arduo como lo fue para los originarios la invasión colonial española. Un cataclismo al que llamaron “ pachakutik”.
La tercera cuestión es cómo actuar como movimientos antisistémicos. Lo básico es comprender que vivimos en el interior de un campo de concentración, algo evidente en estos días de confinamiento obligatorio. ¿Cómo se resiste y se cambia el mundo dentro de un campo?
Organizarnos es lo primero. Luego, hacerlo con discreción, que no se enteren los guardias (de derecha o de izquierda) porque es condición de sobrevivencia.
Lo que sigue: trabajar en colectivo (minga/tequio), comunitariamente, para garantizar la autonomía de alimentos, agua, salud; en una palabra: reproducción de la vida. Decidir en colectivo, en asamblea.
Podemos hacerlo. Lo hacen a diario los pueblos originarios en movimiento: zapatistas, mapuche, nasa/misak, entre otros. Lo hacen incluso los compas de la Comunidad Acapantizingo en Iztapalapa (Cdmx), en la panza del monstruo.
Podemos construir arcas. Ejemplos no nos faltan.

* Paz, estabilidad y legitimación, en Capitalismo histórico y movimientos anti-sistémicos, Akal, 2004.
** En la espiral de la energía, Libros en Acción/Baladre, 2014.

3/13/2020

Epidemia de neoliberalismo




Hace siglos pudimos aprender la importancia de los entornos sociales y naturales donde los virus se arraigan y multiplican, porque convivimos con ellos y no siempre nos amenazan. La peste negra debió enseñarnos que virus prexistentes se multiplican y dispersan cuando se crean las condiciones apropiadas. En nuestro caso, esas condiciones las creó el neoliberalismo.
En Plagas y pueblos, William McNeill destaca algunas cuestiones de actualidad, cuando analiza la peste negra que barrió Europa desde 1347. Los cristianos, a diferencia de los paganos, cuidaban a los enfermos, se ayudaban entre sí en épocas de pestilencia y de ese modo contenían los efectos de la peste (Siglo XXI, p. 122). La saturación de seres humanos, sobrepoblación, fue clave en la expansión de la peste (p. 163).
La pobreza, una dieta poco variada y la no observación de las supersticiones, costumbres locales de los pueblos, por la llegada de nuevos habitantes, convirtieron las pestes en desastres (p. 155).
Braudel agrega que la peste, o hidra de mil cabezas, constituye una constante, una estructura de la vida de los hombres ( Las estructuras de lo cotidiano, p. 54). Sin embargo, qué poco hemos aprendido.
La peste negra destruyó la sociedad feudal, por la aguda escasez de mano de obra a raíz de la muerte, en pocos años, de la mitad de la población europea y, también, por la pérdida de credibilidad de las instituciones. Este es el temor que ahora lleva a los estados a encerrar a millones.
La epidemia de coronavirus en curso, tiene algunas particularidades. Me voy a centrar en las sociales, porque ignoro cuestiones científicas elementales.
La epidemia actual no tendría el impacto que tiene, si no fuera por tres largas décadas de neoliberalismo, que ha causado daños ambientales, sanitarios y sociales probablemente irreparables.
Naciones Unidas por medio del Pnuma, reconoce que la epidemia es reflejo de la degradación ambiental (https://bit.ly/2TS42fL). El reporte señala que las dolencias transmitidas de animales a seres humanos están creciendo y empeoran a medida que los hábitats salvajes son destruidos por la actividad humana, porque los patógenos se difunden más rápido hacia rebaños y seres humanos.
Para prevenir y acotar las zoonosis, es necesario atajar las múltiples amenazas a los ecosistemas y la vida salvaje, entre ellas, la reducción y fragmentación de hábitats, el comercio ilegal, la contaminación y proliferación de especies invasoras y, cada vez más, el cambio climático.
Las temperaturas a comienzos de marzo (invierno) en algunas regiones de España están hasta 10 grados por encima de lo normal (https://bit.ly/3aFvynq). Además, la evidencia científica vincula la explosión de las enfermedades virales y la deforestación (https://bit.ly/2IDBbGO).
La segunda cuestión que multiplica la epidemia son los fuertes recortes del sistema sanitario. En Italia, en los pasados 10 años se perdieron 70 mil camas hospitalarias, se cerraron 359 departamentos y numerosos hospitales pequeños fueron abandonados (https://bit.ly/39BjkMC). Entre 2009 y 2018 el gasto en salud creció 10 por ciento, frente a 37 por ciento de la OCDE. En Italia hay 3.2 camas por cada mil habitantes. En Francia 6 y en Alemania 8.
Entre enero y febrero el sector sanitario español perdió 18 mil 320 trabajadores, en plena expansión del coronavirus (https://bit.ly/2wJIR7W). Los sindicatos del sector denuncian abuso de la contratación de interinos y la precariedad en el empleo, mientras las condiciones de trabajo son cada vez más duras. Esta política neoliberal hacia el sistema sanitario, es una de las causas por las que Italia ha puesto en cuarentena a todo el país y España puede seguir el mismo camino.
El tercer asunto es la epidemia de individualismo y de desigualdad, cultivadas por los grandes medios que se dedican a meter miedo, informando de forma sesgada. Durante más de un siglo, sufrimos una potente ofensiva del capital y de los estados contra los espacios populares de socialización, mientras se bendicen las catedrales del consumo, como los shoppings.
El consumismo despolitiza, desidentifica e implica una mutación antropológica (como alertó Passolini). Hoy hay más personas que desean tener mascotas que hijos (https://bit.ly/2W8J5Qm). Este es el mundo que hemos creado y del que somos responsables.
Las medidas que se toman, a largo plazo, pueden agravar las epidemias. El Estado suspende la sociedad al aislar y confinar a la población en sus casas, prohibiendo incluso el contacto físico.
La desigualdad es igual que en la edad media (hacia el 1500), cuando los ricos corrían a sus casas de campo cuando se anunciaba la peste, en tanto los pobres se quedaban solos, prisioneros de la ciudad contaminada, donde el Estado los alimentaba, los aislaba, los bloqueaba, los vigilaba (Braudel p. 59).
El modelo del panóptico carcelario digitalizado, que suspende las relaciones humanas, parece ser el objetivo estratégico del capital para no perder el control en la actual transición sistémica.

2/28/2020

Coronavirus: la militarización de las crisis



Hay que remontarse a los periodos del nazismo y del estalinismo, casi un siglo atrás, para encontrar ejemplos de control de población tan extenso e intenso como los que suceden en estos días en China con la excusa del coronavirus. Un gigantesco panóptico militar y sanitario, que confina a la población a vivir encerrada y bajo permanente vigilancia.
Las imágenes que nos llegan sobre la vida cotidiana en amplias zonas de China, no sólo en la ciudad de Wuhan y la provincia de Hubei, donde viven 60 millones, dan la impresión de un enorme campo de concentración a cielo abierto por la imposición de cuarentena a todos sus habitantes.
Ciudades desiertas donde sólo transita el personal de seguridad y de salud (https://bit.ly/2P2rlls). Se toma la temperatura a todas las personas a la entrada a los supermercados, centros comerciales y conjuntos residenciales. Si hay miembros de la familia en cuarentena, un sólo miembro tiene derecho a salir cada dos días para comprar víveres (https://bit.ly/2wCDnM7).
En algunas ciudades quienes no usen máscaras pueden terminar en la cárcel. Se alienta la utilización de guantes desechables y lápices para presionar los botones del ascensor. Las ciudades de China parecen lugares fantasmas, al punto que en Wuhan casi no encuentras personas en las calles (https://bbc.in/37KPKT3).
Es necesario insistir en que el miedo está circulando a mayor velocidad que el coronavirus y que en contra de lo que se hace creer, el principal asesino en la historia de la humanidad fue y es la desnutrición, como destaca una imprescindible entrevista en el portal Comune-info (https://bit.ly/2SNMnqq).
Lo habitual en la historia ha sido poner en cuarentena a personas infectadas, pero nunca se ha aislado de este modo a millones de personas sanas. El médico y académico del Instituto de Salud Global de la University College London, Vageesh Jain, se pregunta: ¿Se justifica una respuesta tan drástica? ¿Qué pasa con los derechos de las personas sanas? (https://bit.ly/2wCDnM7).
Según la OMS, cada infectado de coronavirus puede contagiar a dos más, mientras el enfermo de sarampión contagia de 12 a 18 personas. Por eso Jain asegura que más de 99.9 por ciento de los habitantes de la provincia de Hubei no están contagiados y que la gran mayoría de la población atrapada en la región no se encuentra mal y es poco probable que se infecte.
El boletín 142 del Laboratorio Europeo de Anticipación Política (LEAP) reflexiona: China desencadenó un plan de acción de emergencia de magnitud sin precedentes después de sólo 40 muertes en una población de 1.2 mil millones de personas, sabiendo que la gripe mata a 3 mil personas en Francia cada año. En 2019 la gripe mató a 40 mil personas en Estados Unidos (https://bit.ly/3bYb9eX). El sarampión mata 100 mil personas cada año y la influenza (gripe) medio millón en el mundo.
El LEAP sostiene que estamos ante un nuevo modelo social de gestión de crisis, que cuenta con el visto bueno de Occidente. Italia siguió ese camino al aislar 10 pueblos con 50 mil habitantes, cuando había sólo 16 personas con coronavirus (https://bit.ly/32fmyCE).
China ejerce un sofisticado control de la población, desde la video-vigilancia con 400 millones de cámaras en las calles hasta el sistema de puntos de crédito social que regula el comportamiento de los ciudadanos. Ahora el control se multiplica, incluyendo la vigilancia territorial con brigadas de vecinos voluntarios en cada barrio.
Quisiera entrar en varias consideraciones, no desde el punto de vista sanitario sino del que deja el manejo de esta epidemia a los movimientos antisistémicos.
La primera, es que siendo China el futuro hegemón global, las prácticas del Estado hacia la población revelan el tipo de sociedad que las élites desean construir y proponen al mundo. Las formas de control que ejerce China son sumamente útiles a las clases dominantes de todo el planeta para mantener a raya a los debajo, en periodos como de hondas convulsiones económicas, sociales y políticas, de crisis terminal del capitalismo.
La segunda, es que las élites están usando la epidemia como laboratorio de ingeniería social, con la finalidad de estrechar el cerco sobre la población con una doble malla, a escala macro y micro, combinando un control minucioso a escala local con otro general y extenso como la censura en Internet y la video-vigilancia.
Considero que estamos ante un ensayo que se aplicará en situaciones críticas, como desastres naturales, tsunamis y terremotos; pero sobre todo ante las grandes convulsiones sociales capaces de provocar crisis políticas devastadoras para los de arriba. En suma, ellos se preparan frente a eventuales desafíos a su dominación.
La tercera, es que los pueblos aún no sabemos cómo vamos a enfrentar estos potentes mecanismos de control de grandes poblaciones, que se combinan con la militarización de las sociedades ante revueltas y levantamientos, como está sucediendo en Ecuador (https://bit.ly/2v56pmE).

1/31/2020

Territorio y poder


Raúl Zibechi

Los movimientos antisistémicos y las relaciones sociales no capitalistas, cobran fuerza y se potencian cuando echan raíces en territorios recuperados y bajo control de sujetos colectivos. Una de las claves de esta potenciación de los movimientos consiste en que los territorios nos brindan la posibilidad de construir poderes propios, fuera del control de las instituciones estatales.

Si las mujeres zapatistas pueden decir que en el año pasado no hubo feminicidios en sus tierras, es porque se han hecho fuertes ("empoderadas", diría la academia), capaces de defenderse, activando las nuevas relaciones sociales que están construyendo. Algo similar puede decirse de otros pueblos en movimiento, en particular en América Latina.

De algún modo, podemos calibrar la fuerza de un movimiento por su grado de territorialización; ya que los otros modos de evaluar las potencias colectivas, como la cantidad de personas que se movilizan, siendo barómetro, no resulta suficiente para construir algo nuevo, diferente y duradero. El territorio puede ser la casa común donde nacen y crecen otros mundos.

Las asambleas territoriales que se han creado en Chile al calor de la rebelión popular que estalló el 18 de octubre, son la creación más importante del pueblo chileno, porque encarnan la autoorganización colectiva para resistir y crear nuevas relaciones, por fuera del mercado y el Estado. En noviembre pasado, en Santiago había 120 asambleas territoriales enlazadas en dos coordinadoras, según la zona de la ciudad, con fuerte arraigo entre los vecinos movilizados (https://bit.ly/2RwOzSu).

El 18 de enero en el encuentro de la Coordinadora de Asambleas Territoriales eran casi 200 (se registraron 164, siendo 24 asambleas de fuera de Santiago). Al encuentro asistieron más de mil delegados, que se organizaron en 20 grupos de trabajo para debatir sobre cuatro temas: la coyuntura constituyente, el pliego de demandas (salud, educación, seguridad social, vivienda, etcétera), derechos humanos y construcción de poder territorial.

El colectivo de educación popular Caracol fue el encargado de promover dinámicas para que circulara la palabra y no quedara monopolizada por los varones militantes. En su análisis, las asambleas territoriales son el aspecto organizativo "más relevante" de la revuelta en curso, que generó "un clima de ingobernabilidad nunca visto en la posdictadura", sólo comparable con las jornadas de protesta contra Pinochet entre 1983 y 1986 (https://bit.ly/37OfIGp).

Define a las asambleas como "poder popular local" en las ciudades, ya que resuelven sus problemas más urgentes "por mano propia y colectiva", sin perder el horizonte nacional. El colectivo Caracol nos recuerda que la asamblea y la educación popular son las formas organizativas legitimadas por el Chile de abajo, formas de democracia directa que están en la base de los movimientos estudiantil, feminista, medioambiental y en las protestas territoriales. Por eso actualizan las viejas consignas de "todo el poder a las asambleas" y “levantar dos, tres… mil asambleas territoriales”.

En la apertura del encuentro, realizado en la Escuela de Artes y Oficios de la Universidad de Santiago, se leyó un comunicado de la Coordinadora de Asambleas Territoriales (CAT) que rechaza la convocatoria desde arriba de la asamblea constituyente, mientras defiende un proceso para una nueva Constitución desde las asambleas, los cabildos y los movimientos populares (https://bit.ly/315VNAb).

Apuesta a fortalecer el sujeto popular con base en el trabajo solidario y colectivo en los barrios, la autoeducación y autoformación popular, y defiende "una democracia directa sin jerarquías". Llama a destituir a la clase política, al poder y a las militancias tradicionales, mientras defiende la idea de vivir en comunidad y tejer lazos de confianza en los territorios.

Este es el núcleo de la rebelión y la herencia político-cultural más importante para las próximas generaciones de rebeldes. Así como el levantamiento ecuatoriano parió un Parlamento Indígena y Popular donde se coordinan ya 200 movimientos, el estallido chileno se condensa y adquiere densidad política en la red de asambleas territoriales.

La experiencia nos enseña que la acción multitudinaria intensa, que suele denominarse "ciclo de protesta", se desgrana con el paso del tiempo. Para que las prácticas colectivas no se diluyan, para que "la dignidad se haga costumbre", como señala la Coordinadora, lo vivido por miles de personas debe cristalizarse en estas organizaciones territoriales, que seguirán horadando el sistema, en silencio, cuando los focos mediáticos se apaguen.

Hay mucho para debatir y para seguir aprendiendo. Como crear nuestra propia agenda y no depender de la agenda de arriba; como rehuir la lógica de llevar a las instituciones o al escenario macro, lo que vamos construyendo abajo y a la izquierda. Estas asambleas son el mundo nuevo posible, que debemos cuidar para que otros y otras lo multipliquen, cuando puedan y quieran.

11/23/2019

Feministas y pueblos originarios orientan nuestros pasos


Las calles de Santiago siguen ocupadas por miles de personas que no las abandonan, pese a la represión y tampoco por el pacto firmado entre el gobierno y la oposición para desmovilizar las protestas. Se trata del Acuerdo por la paz y la nueva Constitución, que no garantiza ni la una ni la otra y es una muestra de que los políticos siguen dando la espalda a la población.
El 14 de noviembre todos los partidos, de izquierda y derecha, con excepción del Partido Comunista, rubricaron un acuerdo que prevé que en abril de 2020 se realice un plebiscito donde la población decidirá si quiere una nueva Constitución y si los convencionales serán mitad parlamentarios y mitad electos o si todos deberán ser elegidos. Además exige que haya dos tercios para aprobar los acuerdos.
Por la izquierda, lo firmaron el Partido Socialista, el Partido por la Democracia, Revolución Democrática y el Frente Amplio, del cual se fugaron decenas de dirigentes que consideraron que es contrario en esencia a las demandas que las diferentes y diversas manifestaciones han enunciado en las calles de Chile (https://bit.ly/2KBPmgV).
Como está sucediendo en los principales conflictos en toda América Latina, han sido las feministas y los pueblos originarios los que han nombrado los hechos de forma más clara y contundente.
Un comunicado de la Coordinadora Feminista 8M rechaza la impunidad y asegura: este acuerdo salva de su propia crisis a un gobierno criminal que ha gobernado con las manos manchadas de sangre. Achaca al presidente Sebastián Piñera muertes, mutilaciones, violencia política sexual, torturas, secuestros y desapariciones.
Aseguran las feministas que la convocatoria de una constituyente en estas condiciones es un nuevo Congreso a la medida de los partidos, a la medida de quienes causaron esta crisis y que han administrado la precarización de nuestras vidas (https://bit.ly/35o0vu1). Sostienen que el objetivo final del acuerdo es retirarlas de las calles para convertirnos en espectadores una vez más.
El mundo mapuche se expresó a través de tres organizaciones, por lo menos: la Alianza Territorial Mapuche, el parlamento de Koz Koz y el colectivo informativo Mapuexpress.
Este colectivo hace un recuento de daños provocados por la represión, destacando la violencia sexual y las torturas. Por eso destaca que el acuerdo por la paz fue firmado en el contexto de terrorismo de Estado, mediante la aplicación de la Ley de Seguridad Interior de la dictadura de Pinochet. El riesgo mayor es que las fuerzas político-empresariales que apoyaron la dictadura y se hicieron con la mayoría del Parlamento en democracia terminen siendo las que redacten la nueva Constitución.
El Parlamento Mapuche Koz Koz, conmemora con ese nombre el histórico encuentro que las comunidades mapuche sostuvieron en la zona de Panguipulli (provincia de Valdivia) poco después de finalizar la guerra de ocupación militar chilena del territorio. Su comunicado asegura que el acuerdo apuesta a la desmovilización y aleja la posibilidad de cambios reales (https://bit.ly/2qt4zKv).
Valora que se trataría de confundir al movimiento social, ya que sólo busca crear una base para seguir usurpando el poder. La Alianza Territorial, por su parte, llama a construir una asamblea de naciones y movimientos, que puede ser similar al parlamento indígena y popular del Ecuador, ya que se propone como un espacio de articulación permanente entre organizaciones sociales (https://bit.ly/2ramG7S).
A mi modo de ver, la irrupción de pueblos originarios y feministas está modificando la vieja cultura política con mayor profundidad que cualquier debate ideológico. El impacto es altísimo y no es fácil de medir. Una pista nos la ofrece que la bandera mapuche sea la más ondeada en las manifestaciones y que ya nadie acepte depender de estructuras organizativas jerárquicas, ni se doblegue ante caudillos.
Las mujeres antipatriarcales y los pueblos indígenas nos enseñan el valor de los liderazgos colectivos, rechazando a los caciques de izquierda, a los partidos y al vanguardismo.
La prioridad para las personas organizadas y movilizadas es la construcción de espacios propios y seguros, con relaciones cara a cara, de confianza mutua, lo que resulta de mayor importancia que programas abstractos que tienen poca utilidad, ya que cuando llega el momento de ponerlos en acción, esos mismos caudillos que los redactaron los hacen a un lado. Los cabildos abiertos van en esa dirección.
Como lo enseñan las intervenciones de Silvia Rivera Cusicanqui, Rita Segato, María Galindo y Mujeres Creando, así como sectores de la Conaie y de las mujeres ecuatorianas, aparece un rechazo explícito a la cultura macho-vanguardista de colocar todas las fuerzas para aniquilar al enemigo.
Desde el alzamiento zapatista debatimos si para cambiar el mundo hay que ocupar el Estado. Ellas corrieron el debate. Está naciendo un modo antipatriarcal y anticolonial de hacer política.

9/27/2019

Las vueltas del neoliberalismo



La crisis del pensamiento crítico, o sea nuestra forma de comprender el mundo para poder actuar transformándolo, ha llevado a los analistas a multiplicar conceptos poco precisos que suelen ser más descriptivos que analíticos, por lo que inducen a confusión. Neoliberalismo es uno de los conceptos que están siendo utilizados de manera menos rigurosa.
Entre muchos profesionales de la política y del pensamiento se ha difundido una idea que asocia el neoliberalismo a un tipo de gobierno fundamentalista del mercado, cuando su acepción debería apuntar en una dirección estructural: es el capitalismo en el periodo en el que la acumulación por desposesión se ha convertido en hegemónica.
El geógrafo marxista David Harvey, quien acuñó el concepto de acumulación por desposesión/robo, asocia esta modalidad del capital a las políticas neoliberales promovidas por el Consenso de Washington: las privatizaciones, la dominación del capital financiero, la distribución regresiva de la renta y la generación de crisis para acelerar los tres procesos anteriores.
En América Latina el neoliberalismo tuvo un primer periodo privatizador, en el cual fueron desguazadas buena parte de las empresas estatales, traspasadas a precios muy bajos a multinacionales del norte. Las privatizaciones fueron enfrentadas por una amplia alianza de los sectores populares y las clases medias, generando una oleada de movilizaciones que se tradujo en la caída de una docena de gobiernos derechistas, desde el Caracazo de 1989 hasta la segunda guerra del gas en Bolivia en 2005.
Deslegitimadas las privatizaciones y las dirigencias políticas que las promovieron, el neoliberalismo trasladó el núcleo de la acumulación por despojo a otros terrenos que ahora llamamos extractivismo: agronegocio, minería a cielo abierto, obras de infraestructura y especulación inmobiliaria urbana. Estamos ante lo que la socióloga Maristella Svampa denominó “consenso de las commodities”, aunque suelo optar por una definición desde abajo que la nombra como cuarta guerra mundial.
El problema que observo, es que muchos analistas sostienen una definición mucho más restringida de neoliberalismo, que asocian a la mayor o menor participación del Estado en la economía y en la sociedad. De ese modo, se suele sostener que cuando asume un gobierno estatista, real o discursivo, ya entraríamos en un periodo posneoliberal.
Definir las cosas de este modo, creo que induce a confusiones. Los cambios de gobierno no afectan al modelo neoliberal, sino tocan apenas aspectos laterales del mismo. Por ejemplo, se suele mentar que las políticas sociales compensatorias son parte del nuevo periodo posneoliberal. Sin embargo se ignoran dos hechos centrales.
Uno: esas políticas no las inventaron los gobiernos progresistas o posneoliberales, sino el Banco Mundial para desarticular los movimientos antisistémicos. Dos: las políticas sociales benefician al sector financiero, al promover la bancarización de los beneficiarios. En ambos casos, refuerzan el neoliberalismo: debilitan a quienes pueden enfrentarlo y fortalecen al capital financiero.
Pero lo más importante es que el neoliberalismo, siendo la fase actual del capitalismo, no puede ser derrotado votando, eligiendo nuevos gobernantes, sino desarticulando las bases sobre las que se asienta: el poder concentrado del capital financiero que utiliza el aparato estatal como escudo y espada, más allá de los gobernantes de turno.
Sostengo que salir del neoliberalismo implica una crisis fenomenal, porque el poder construido por el capital es tan sólido que sólo puede ser derrotado en un largo periodo de autorganización de los pueblos, recuperando los mediosde producción e instituyendo formas devida no capitalistas, con poderes no estatales que las defiendan.
Una de las consecuencias más nefastas del neoliberalismo es que ha consolidado el poder de uno por ciento. Este poder amurallado en las instituciones estatales como las fuerzas armadas, que ha sometido a sus intereses al narcotráfico y otras formas de la acumulación por despojo, no puede ser desarticulado sin un cambio radical en la relación de fuerzas. Algo que nunca se consiguió votando, ni en plazos cortos.
El capital en el periodo neoliberal se ha blindado, aprendiendo las lecciones de las revoluciones triunfantes. Por eso no será nada sencillo desalojarlos del poder, tarea en la que han fracasado tanto las opciones electorales como las armadas. ¿Acaso China y Vietnam no son neoliberales?
Un problema adicional es el que denuncia Darío Aranda en una brillante nota (https://bit.ly/2mDPbbU). El extractivismo, el neoliberalisomo, son política de Estado. Los gobiernos conservadores pactan con las empresas multinacionales la entrega de los bienes comunes. Los progresistas hacen lo mismo.
El modelo extractivo primario exportador, es la continuidad entre unos y otros. Aunque los progresistas aseguren que al llegar ellos al gobierno ya no hay neoliberalismo. Que le pregunten a los pueblos.