Foto: Canva / El estudio “Las Dos Ausencias” identifica la desigualdad: las mujeres con discapacidad enfrentan menores ingresos.-
Solo 47.2% de las mujeres con discapacidad de 15 a 64 años participa en el mercado laboral.
Las mujeres con discapacidad enfrentan una doble barrera en el mercado laboral mexicano: tienen una menor participación económica y, cuando consiguen un empleo, perciben ingresos considerablemente menores que los de hombres sin discapacidad con características comparables.
El análisis revela que 47.2 por ciento de las mujeres con discapacidad de entre 15 y 64 años participa en el mercado laboral, frente a 87.5 por ciento de los hombres sin discapacidad del mismo rango de edad. Es decir, menos de la mitad de las mujeres con discapacidad en edad laboral participa en el mercado de trabajo.
La investigación identifica esta situación como la primera de las dos “ausencias” que dan nombre al estudio: la exclusión o participación desigual de las mujeres con discapacidad en el mercado laboral.
Una brecha que combina género y discapacidad
Entre las mujeres con discapacidad que sí trabajan, el estudio estima una diferencia de alrededor de 53 por ciento menos de ingreso mensual respecto de hombres sin discapacidad de la misma edad, escolaridad, situación conyugal y entidad federativa.
Pero el dato requiere una precisión importante: no significa que una mujer con discapacidad gane 53 por ciento menos que un hombre por realizar exactamente el mismo trabajo.
Se trata de una comparación entre grupos con características sociodemográficas similares. Cuando el análisis incorpora además las horas trabajadas, la diferencia estimada se reduce a 42 por ciento.
El resultado permite observar cómo se acumulan dos dimensiones de desigualdad: el género y la discapacidad.
El estudio fue elaborado a partir de información de cinco fuentes oficiales del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI): la Encuesta Nacional de la Dinámica Demográfica (ENADID) 2023, la Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares (ENIGH) 2024, la Encuesta Nacional para el Sistema de Cuidados (ENASIC) 2022, la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE) de 2026 y el Censo de Población y Vivienda 2020. Éntrale señala que el análisis fue sometido a dos rondas de revisión externa y que se acompañó de código de replicación.
El autoempleo como alternativa de subsistencia
La desigualdad también aparece en la forma en que las mujeres con discapacidad consiguen ingresos.
El estudio encontró que 34.8 por ciento de las mujeres con discapacidad ocupadas trabaja por cuenta propia, frente a 26.2 por ciento de las mujeres sin discapacidad.
Sin embargo, esta alternativa tampoco representa las mismas condiciones económicas.
La mediana del ingreso mensual de las mujeres con discapacidad que trabajan por cuenta propia es de 2 mil 124 pesos, mientras que para las mujeres sin discapacidad llega a 2 mil 782 pesos.
Éntrale denomina a este fenómeno “autoempleo de subsistencia”, al considerar que para una parte de las mujeres el trabajo por cuenta propia puede funcionar como una vía para obtener ingresos ante las barreras existentes para acceder a empleos formales.
La situación muestra que hablar de inclusión laboral no implica únicamente contabilizar cuántas mujeres con discapacidad tienen un empleo. También requiere observar qué tipo de trabajo realizan, cuánto reciben por él y qué posibilidades tienen de permanecer y crecer laboralmente.
La segunda ausencia está en los cuidados
El estudio identifica una segunda desigualdad que suele permanecer fuera de las estadísticas laborales: las mujeres que trabajan y viven con una persona con discapacidad.
De acuerdo con el análisis, 15.6 por ciento de las mujeres ocupadas en México vive con una persona con discapacidad, es decir, aproximadamente una de cada seis.
Estas mujeres no necesariamente abandonan el mercado laboral. Sin embargo, su participación en el trabajo remunerado ocurre junto con una mayor carga de cuidados.
Frente a mujeres con características comparables, quienes viven con una persona con discapacidad realizan casi cuatro horas adicionales de cuidados no remunerados a la semana y registran un ingreso laboral mensual 9.4 por ciento menor.
Cuando la comparación considera también que tengan el mismo número de horas trabajadas, la diferencia de ingreso se ubica en 6.6 por ciento.
El estudio encuentra que, entre los hombres que viven en hogares con una persona con discapacidad, la diferencia es menor: dedican 1.82 horas adicionales de cuidado no remunerado y registran un ingreso 2.8 por ciento menor.
No obstante, Éntrale advierte que estos resultados no prueban que el cuidado sea la causa directa de la diferencia de ingresos. El análisis identifica la convivencia con una persona con discapacidad, pero no permite determinar por sí mismo quién dentro del hogar realiza las tareas de cuidado.
La evidencia del INEGI permite dimensionar la desigual distribución de estas responsabilidades. La ENASIC 2022 reportó que 71.8 por ciento de las personas que cuidan dentro del hogar a una persona con discapacidad son mujeres y que dedican, en promedio, 33.9 horas semanales a esta actividad.
Una brecha que también tiene impacto económico
Éntrale realizó además una estimación sobre la diferencia de ingresos entre las mujeres ocupadas que viven con una persona con discapacidad y mujeres comparables.
Bajo un escenario estático basado en la brecha observada, calculó alrededor de 33 mil millones de pesos anuales de ingresos laborales no percibidos, a precios de 2024. El rango estimado va de 20 mil a 46 mil millones de pesos.
La organización aclara que esta cantidad no representa una pérdida causal atribuible exclusivamente a los cuidados ni debe interpretarse como producto perdido. Se trata de una estimación asociada a la brecha observada y no debe sumarse a otras estimaciones del estudio.
Más que contratar, garantizar condiciones laborales
Para Éntrale, las cifras muestran que la inclusión laboral no puede medirse solamente por el número de personas con discapacidad contratadas.
El estudio plantea que también es necesario revisar las condiciones en las que las personas ingresan, permanecen y pueden desarrollarse en un empleo.
En el caso de las personas cuidadoras que actualmente no trabajan, las condiciones que identifican como importantes para incorporarse al mercado laboral incluyen el trabajo de medio tiempo y la cercanía entre el empleo y el hogar.
La organización anunció un piloto de 12 meses con empresas aliadas para aplicar una guía de inclusión y medir resultados relacionados con retención, ingreso y promoción.
Los datos, sin embargo, colocan una discusión que rebasa al sector empresarial: las desigualdades que enfrentan las mujeres con discapacidad no comienzan cuando llegan a una oficina o solicitan un empleo.
Jessica Mouzo, Brenda Valverde Rubio , Ana Fernández Velasco
La medicina
lleva siglos invisibilizando, cuando no ninguneando, la salud de las
mujeres; encerrando sus males bajo mil candados de prejuicios;
callándolas a base de normalizar o ignorar sus pesares. Y eso ha dejado
gravísimas consecuencias, heridas transgeneracionales que no terminan de
cicatrizar: desde la investigación más básica hasta la consulta cara a
cara, lo que les ocurre a ellas se investiga menos, se banaliza más, se
diagnostica mal y tarde, y se trata peor.
Da igual la disciplina o la enfermedad. El ninguneo es transversal y la historia está repleta de ejemplos. Cuenta la oncóloga Elisabeth Comen en su libro No seas exagerada
que, a mitad del siglo pasado, a una joven con incontinencia y cistitis
crónica —probablemente tenía endometriosis—, le quitaron los dientes
porque pensaban que le estaban dañando los riñones. Y a una chica
catalogada de “ninfómana” le inyectaron cocaína en los genitales para
reparar una supuesta “adherencia del clítoris”. En nombre de la
medicina, también se encerró en manicomios a miles de mujeres, muchas
sanas, con diagnósticos como “locura genital” o “melancolía”; se
pretendieron curar dolores menstruales con un matrimonio temprano y se
trató el vaginismo con sumisión química (se recomendaba drogar a las
pacientes con éter para que no tuviesen dolor con el coito y los maridos
pudiesen satisfacer sus deseos sexuales).
Pasó y sigue pasando.
No hay que irse siglos atrás para retratar la discriminación y la
violencia que sufren las mujeres en materia de salud. Los sesgos de
género se han perpetuado y todavía hoy atraviesan todas las capas del
sistema sanitario. Hay una medicina de talla única alicatada en los
libros y en las consultas: el modelo de hombre blanco sano de mediana
edad es el que manda y todo lo que salga de ahí es “atípico”. Aunque esa
atipicidad implique a la otra mitad del planeta.
A las mujeres nos han puesto muchos adjetivos y han
caricaturizado muchas cosas que nos pasan para invisibilizarnos y
hacernos callar.
Gemma Parramon, psiquiatra
Foto: Massimiliano Minocri
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A continuación, va a explorar el informe médico de una
mujer. De ninguna en particular y de cualquiera. Este es el relato de
una brecha de género en la medicina que ha comprometido la salud, cuando
no la vida, de las mujeres.
informe médico
paciente:
Edad:
01 Exploración
Con las gafas del patriarcado, las mujeres siempre han sido consideradas el sexo débil, inestables, malditas, hasta sacos de microbios.
Y todo se justificaba desde la biología. En realidad, el ser humano es
química y biografía: en la salud y en la enfermedad influyen la genética
y las hormonas, por supuesto, pero también el contexto, el dónde y cómo
vivimos, incluso desde antes de nacer. Las mujeres también quedaron en
ese aspecto relegadas a un rol secundario, de cuidadoras, sumisas,
cualquier cosa sin voz. Y todo eso ha marcado la mirada de la medicina
sobre la salud femenina.
“No me encuentro bien”
Desde la misma puerta de entrada al sistema
sanitario, nada más abrir la boca, las mujeres sufren la mirada hostil
de la medicina. No se les escucha. Ni poco ni bien. Y eso condiciona
todo el recorrido diagnóstico posterior. “Según la pose, lo que dice y
cómo empieza a hablar, se activa un chip en el profesional y ya la
catalogan como paciente psiquiátrica”, conviene la endocrinóloga Carme
Valls.
"Me duele la cabeza”
Cuando una mujer llega al médico con dolor, el
prejuicio de género puede llevar a pensar que lo simula, que lo
ficciona. O que es algo de origen psicológico. No se busca más allá y
eso, además de torpedear un diagnóstico acertado y retrasar el mejor
abordaje terapéutico, genera la impresión en la paciente de que su
malestar se ignora o se minimiza.
"Me duele la regla”
La anestesióloga Elena Casado cuenta que, desde ese
pecado original del “parirás con dolor” que decía la Biblia, la forma en
la que se ha conceptualizado este síntoma ha atravesado la mirada
médica y social. Y de aquellos barros, estos lodos: como la opinión
pública ha asumido la idea de que la regla causa dolor, toca aguantarse.
Así, por la normalización de este síntoma, la endometriosis, que afecta
al 11% de las mujeres en edad reproductiva en el mundo, puede tardar
más de una década en diagnosticarse.
“Tengo vómitos y me noto acelerada”
Quizás el arquetipo de los sesgos de género en salud
son los infartos: a ellas se les diagnostica más tarde y se les trata
peor. Si los síntomas no encajan exactamente con ese clásico dolor
torácico que irradia al brazo, ni se plantea que puedan estar sufriendo
un infarto. De hecho, en la consulta persiste cierta tendencia a
etiquetar el cuadro como ansiedad, sin más exploraciones. La cardióloga
Antonia Sambola dice que “hay que destruir el mito de que hombres y
mujeres tienen síntomas diferentes”. No es del todo cierto. “El dolor
torácico, ese peso en medio del pecho, es el síntoma más frecuente en
ambos sexos. Lo que ocurre es que las mujeres también pueden tener
sudoración, náuseas y que el dolor va más arriba, hacia el cuello”.
A veces, es en la propia consulta donde se acaba abonando la idea de que todo está en sus cabezas. El dolor
es el gran paradigma. Históricamente, se ha creído psicosomático y se
ha silenciado con ansiolíticos y sedantes, cuenta la endocrinóloga Carme
Valls, pero hay un ecosistema de biología y contexto que explica su
origen y frecuencia entre las mujeres. Muchas enfermedades vinculadas a
este síntoma, desde la fibromialgia y la migraña a dolencias reumáticas o autoinmunes, son más frecuentes entre el sexo femenino. Pero también el dolor, dice Valls en su libro Mujeres invisibles para la medicina, “se ha encarnado en el cuerpo” a
través de abusos y agresiones psíquicas, físicas y sexuales desde la
infancia, a través de “condiciones ergonómicas de trabajo que torturan
con la monótona repetición de movimientos”, a través de “una represión
emocional que contrae la musculatura del trapecio hasta producir cambios
en los discos vertebrales”, a través del sesgo de género en
investigación médica, a través de la falta de escucha y del error
diagnóstico y de tratamiento.
Se ha vinculado a la mujer con aguantar. Y si esa
narrativa cultural se integra en la medicina, el dolor de la mujer deja
de ser una señal de alarma. Se le otorga un componente más emocional que
orgánico y eso cambia la atención en la consulta y cómo se diagnostica y
se trata.
Elena Casado, anestesióloga y especialista en dolor
Con el infarto pasa algo parecido. Ellas tienen un 50% más de probabilidades
de ser diagnosticadas erróneamente después de un ataque cardíaco.
También, ante una parada cardíaca en la calle, a ellas se les realiza menos reanimación que
a ellos. Y los motivos son desde la sexualización del cuerpo de la
mujer (temor a que los acusen de tocamientos, por ejemplo), hasta la
sensación de fragilidad del cuerpo femenino y la percepción de poca
gravedad de los síntomas.
El resultado de todos estos sesgos de género puede ser fatal. Según la cardióloga Antonia Sambola, la mortalidad por infarto en mujeres en España es del 14%, el doble que entre hombres.
Las mujeres no tienen conciencia de enfermedad
cardiovascular y minimizan los síntomas, pero no solo es culpa suya. El
profesional sanitario tiene que aprender a interpretar correctamente sus
síntomas y descartar con exploraciones si tiene angina de pecho,
infarto u otra enfermedad.
Antonia Sambola, cardióloga
El desconocimiento no siempre es accidental. En el
siglo XIX, el médico Robert Latou Dickinson creía poder identificar
mujeres “masturbadoras” por la forma de sus genitales. Y no hace tanto, a
principios de los 2000, recuerda la psiquiatra Gemma Parramon, un
ginecólogo le dijo algo parecido cuando ella empezaba su residencia:
“Cuando entran por la puerta de la consulta, yo ya sé si son histéricas o
no”.
La estética de la paciente y cómo refiere los síntomas
todavía condicionan la respuesta médica, explican las expertas
consultadas. En su libro El corazón de las mujeres, Sambola ha
llegado a trazar una guía para mujeres de cómo comunicar los síntomas en
las consultas para que se les preste atención y sean “creíbles”.
02 DIAGNÓSTICO
La invisibilización en la consulta aboca a diagnósticos erróneos o tardíos, y también a silenciar realidades médicas complejas y poco estudiadas. Un estudio danés
señaló que la mayoría de dolencias se diagnostican más tarde en
mujeres: el cáncer, por ejemplo, tarda 2,5 años más en detectarse en su
caso y la diabetes, casi un lustro. Los autores no tenían claro si estas
diferencias en la trayectoria diagnóstica se debían a la genética, al
entorno, a los criterios de detección o una combinación de todos estos
factores.
A veces, ellas mismas, por los roles de género adquiridos, camuflan los síntomas.
Pasa con los trastornos del espectro autista, donde las niñas con casos
más leves aprenden a enmascarar el cuadro clínico —mejorando la
comunicación no verbal, por ejemplo— para encajar socialmente; y
ocurre también con dolencias neurodegenerativas como el alzhéimer: es
1,7 veces más frecuente en mujeres, pero a veces hay retraso diagnóstico
porque las mujeres tienen más capacidad lingüística y memoria verbal,
cuenta la neuróloga Susana Arias.
Ese lastre de los roles de
género también explica que ellas, aunque en general acostumbran a
visitar más los servicios sanitarios, retrasen la búsqueda de atención
médica ante algunos síntomas, como los del infarto.
“Las mujeres pueden retrasar la búsqueda de tratamiento hasta tres
horas o incluso hasta cinco días. A menudo se perciben a sí mismas con
bajo riesgo de enfermedad cardiovascular y priorizan las
responsabilidades familiares o las tareas domésticas”, apunta un estudio.
Las
mujeres viven con síntomas e incertidumbre más tiempo, cuenta Carina
Escobar, presidenta de la Plataforma de Organizaciones de Pacientes:
“Tardamos casi el doble en ser diagnosticadas porque los síntomas son
diferentes, pero también la escucha”. Ella, con enfermedad de Crohn, lo
sabe de buena tinta: “En los ochenta, para el Crohn o las enfermedades
inmunomediadas, te veía el digestivo y el psiquiatra porque se entendía
que era psicosomático”, relata. Conseguir ponerle nombre a lo que
ocurre, la etiqueta diagnóstica y el aval científico, es un alivio
porque favorece la comprensión de los demás, asegura.
0
Esos son los años que las mujeres pasan con mala salud, un 25% más que los hombres.
0%
Es la prevalencia global de absentismo laboral y escolar relacionado con la menstruación.
0
Son los años que puede llegar a tardar en diagnosticarse
la endometriosis. El tiempo medio para detectar esta enfermedad o la
adenomiosis oscila entre 5 y 12 años y puede implicar visitas a ocho
profesionales de la salud diferentes.
0%
Es la prevalencia de dolor crónico entre mujeres; en hombres es del 21,3%.
0%
Las afectadas por fibromialgia son casi en su totalidad mujeres.
0
Las mujeres tienen entre 1,5 y 2 veces más probabilidades que los hombres de experimentar depresión y ansiedad.
Durante mucho tiempo, el útero y las hormonas se creyeron el origen de todos los males
de las mujeres. Histeria deriva de la palabra útero en griego. Y bajo
esa etiqueta se perpetraron algunas de las mayores violencias médicas de
la historia, como el internamiento forzoso en hospitales psiquiátricos.
La
histeria se quiso tratar con hipnosis, con electrochoque y con curas de
reposo, que eran semanas enteras en la cama, alimentación forzosa y
prohibición de leer, escribir o pensar mucho. También se probó con
alcanfor, con extracto de opio y con el matrimonio. Se propuso incluso
golpear los ovarios de las pacientes o que el médico le estimulase los
genitales hasta llegar al orgasmo.
'El baile de las locas'. En el
hospital La Salpêtrière de París, el neurólogo Jean-Martin Charcot llegó
a hacer exhibiciones y ensayos públicos con las internas para mostrar
los síntomas de la histeria, que él decía ser capaz de provocar y frenar
con hipnosis. Cada año se celebraba 'el baile de las locas', un evento
para la élite parisina donde las mujeres ingresadas desfilaban
disfrazadas en una mezcla de espectáculo y demostración médica. Era, en
palabras de la escritora Marisol Donis, un “zoo humano”.
Elizabeth Packard. En 1860, su
marido, un respetado pastor calvinista, decidió ingresarla en un
manicomio. ¿El motivo? “Había empezado a pensar por sí misma”, cuenta la
psiquiatra Gemma Parramon. Resulta que Packard preguntaba, leía y
discrepaba sobre ciertas interpretaciones de la Biblia. En su
internamiento le prohibieron leer y escribir, le pusieron camisas de
fuerza y la trataron con éter y cloroformo. Estuvo internada tres años
hasta que su hijo mayor cumplió 21 años y solicitó su libertad. Nunca
tuvo un diagnóstico médico. A su salida del sanatorio, se convirtió en
una defensora de los derechos humanos de las personas internadas.
Mary, la tifoidea. En realidad se
llamaba Mary Mallon. Esta cocinera irlandesa migrada a Estados Unidos
fue la primera portadora sana conocida de la bacteria que causa la
fiebre tifoidea, aunque quizá ella nunca lo supo exactamente. Se pensaba
que Mary contagiaba la enfermedad por falta de higiene en su trabajo y
la confinaron. Pasó buena parte de su vida en cuarentena, aislada y bajo
una campaña mediática brutal: la acuñaron como Mary, la tifoidea y la
catalogaron como una amenaza pública. “En lugar de involucrarla en sus
cuidados médicos, le dan órdenes y la castigan cuando no obedece”,
cuenta la oncóloga Elisabeth Comen. Mallon no fue un caso excepcional de
portador asintomático de la enfermedad. Hubo más, pero ella sí fue la
única encerrada por ello. “Soy un ser humano inocente. No he comentido
ningún crimen y me tratan como si fuera una paria, una criminal. Es
injusto, indignante e incivilizado”, dijo.
Las voces silenciadas de Conxo. En
el hospital psiquiátrico de Conxo, en Santiago de Compostela,
ingresaron muchas mujeres con un dudoso diagnóstico de locura a finales
del siglo XIX y principios del XX. Una exposición en el Arquivo de
Galicia y el libro 'As tolas que non o eran', de Carmen V. Valiña,
reconstruyen la huella de unas cuantas. Los antecedentes recogidos en
los informes médicos lo dicen todo: una era “terca”, que “no se
humillaba fácilmente”; otra, “histérica y muy aficionada a los hombres”;
una más, “abandonada en las laboras de casa” y “muy callejera”. Padres,
maridos y vecinos construían su relato. “La vida propia contada por
otros”, dice Valiña. A Juana, jornalera de 50 años, la ingresaron por un
supuesto trastorno depresivo persistente, aunque luego se sabrá que
probablemente fuera por desacato a la autoridad. “Su locura fue decir
'no' en un tiempo en el que las mujeres estaban obligadas a asentir”,
reflexiona la autora. FOTO: ROCÍO CIBES
El “todo está en tu cabeza” sigue martilleando a algunas mujeres desde las consultas.
Pasa aún con los síndromes de sensibilización central, como la fibromialgia. Mucho más prevalente en mujeres, esta dolencia, que también tiene un componente de dolor sin causa orgánica aparente, ha sido denostada
por buena parte de la comunidad médica, negándola o reduciéndola
durante mucho tiempo al espectro emocional. Ahora se está empezando a
investigar si hay alteraciones en mecanismos neurobiológicos y
autoinmunes que influyan en la fibromialgia. Pero la ciencia a su
alrededor todavía es muy incipiente.
También los trastornos de la
conducta alimentaria, más prevalentes en mujeres, siguen
“minusvalorados”, arguye la psiquiatra Marina Díaz, y eso hace “que se
deriven más tarde”. Lo mismo pasa con las adicciones: ellas están
“infratratadas”, dice, porque el imaginario colectivo asocia estas
dolencias más con hombres que con mujeres.
Foto: Santi Burgos
Las mujeres convivimos con síntomas e incertidumbre
más tiempo. Cuando no son entendidas, las patologías generan aislamiento
porque te producen culpa.
Carina Escobar, plataforma de organizaciones de pacientes
El legado de la histeria sigue muy presente y todavía hay diagnósticos erróneos
fruto del prejuicio. Parramon señala, por ejemplo, que se etiqueta como
trastorno límite de personalidad los síntomas de mujeres que, en
realidad, tienen un trastorno de estrés postraumático complejo
relacionado con “todas las violencias repetidas que han ido viviendo a
lo largo de su historia”. “¿Por qué casi un 80% de mujeres con trastorno
de personalidad tiene antecedentes de violencia sexual, física y
psicológica? ¿No es importante esto?”, cuestiona.
Junto a los
errores está la invisibilización. La medicina ha situado a las mujeres
en los márgenes y eso tiene un precio: se paga con enfermedades
silenciadas y procesos fisiológicos fundamentales poco estudiados.
El placer, negado
Las mujeres tienen un órgano destinado íntegramente al placer, el clítoris. Sin embargo, la ciencia nodescribió con precisión
su anatomía hasta 1998, anteayer en la escala del tiempo. Este órgano
siempre ha estado en el punto de mira. En un documento del siglo XV lo
describen como “el pezón del diablo” y advertían de que las mujeres que
lo tuviesen eran brujas. El desconocimiento y los prejuicios alrededor
del clítoris llevaron a la medicina a proponer su extirpación quirúrgica
como medida preventiva contra la histeria o la epilepsia, entre otras
dolencias.
Carme Valls sostiene que la mujer solo ha sido visible
“en el proceso del embarazo y del parto”, como un “objeto reproductor” y
estudiado de forma muy superficial. La sexualidad femenina apenas
existía o lo hacía en función de la masculina, abunda la sexóloga
Francisca Molero: “El placer siempre ha estado negado para las mujeres. Y todavía hoy nos cuesta dejarnos llevar porque seguimos con la idea de control, favorecer y agradar”.
Las hormonas, ¿culpables de todo?
Las hormonas juegan un rol fundamental en la salud y, aunque se han empleado históricamente como arma arrojadiza para tratar a las mujeres de inestables y vulnerables, no se entienden sin un contexto.
En el postparto, por ejemplo, hay 22 veces más de posibilidades de
que una mujer acabe ingresada en una unidad de psiquiatría. La
fluctuación hormonal influye, sí, pero también la carga mental y social
de los cuidados, explican las expertas consultadas.
La menopausia
también se ha movido durante muchos años entre el silencio y el miedo a
ser consideradas viejas o incapaces. Desde ese prisma, se ha pasado de
publicitar el tratamiento hormonal sustitutivo como un elixir de la
eterna juventud —“Feminine forever”, se decía— y recomendarlo
para todas sin excepción; a denostarlo y apelar al abanico como una
única solución para tratar los síntomas vasomotores (sofocos y sudores)
que, en algunos casos, son tremendamente invalidantes. En medio de ese recorrido pendular,
marcó un punto de inflexión una investigación en la que se identificó
un aumento de riesgos cardiovasculares y cáncer asociado a estos
medicamentos. Este estudio luego se matizó (el riesgo estaba en mujeres
más mayores y que tomaban un tipo de hormonas concreto), pero el mal ya
estaba hecho y la sombra de la duda no ha abandonado a la terapia hormonal.
El
desconocimiento alrededor del rol de las hormonas en la vida de la
mujer ha provocado que la medicina baile entre dos extremos, señala
Parramon en su libro Será por las hormonas: o bien “banaliza el
sufrimiento ligado a los ciclos hormonales tachándolo de ‘cosas de
mujeres”, o “sobrediagnostica experiencias normales como si fueran
enfermedades”.
Son fenómenos comunes —y no patológicos— tener
cierta irritabilidad antes de la regla, sufrir un leve bajón anímico
tras el parto o experimentar niebla mental en la menopausia. Lo que no
es benigno es, por ejemplo, la depresión posparto; o el trastorno
disfórico premenstrual, una dolencia con un impacto comparable al de
otras depresiones graves, que afecta a entre un 3% y un 6% de las
mujeres, y que solo aparece en la fase lútea del ciclo menstrual y
desaparece con la menstruación. En todo influyen los cambios hormonales,
pero también “la historia personal, la vulnerabilidad biológica y el
entorno vital”, subraya Parramon.
El poso de la violencia obstétrica
Ni
siquiera en el papel de reproductora al que históricamente se relegó a
las mujeres, la mirada androcéntrica de la medicina y del mundo cuidó de
la salud femenina.
Hasta hace pocos años, la mujer no podía
participar de ninguna decisión en su propio parto. “No se entendía que
era un proceso fisiológico”, cuenta la matrona Vanessa Bueno. “No
estaban acompañadas, tenían dolor. No se les dejaba estar con su hijo en
el momento del nacimiento...”.
Hoy, hay planes de parto que, al
menos, recogen las preferencias de la gestante, como si quiere epidural
para mitigar el dolor, y el recién nacido está siempre con la madre.
Pero hay agravios que persisten. La anestesióloga y especialista en
dolor Elena Casado recuerda que la cesárea
es la única cirugía mayor que no tiene baja médica: la mujer solo tiene
permiso de maternidad para cuidar del bebé —como el padre, que no ha
pasado por esa operación—, pero no le dan ningún día para la
recuperación postoperatoria.
Cáncer: más allá del lazo rosa
El cáncer de mama
es el más frecuente entre las mujeres, el más estudiado. Y eso es
positivo porque la supervivencia, de las más altas, no para de crecer.
Pero el peso de este tumor en el imaginario colectivo puede impedir
mirar más allá, como si otros cánceres no fuesen posibles en la mujer.
Un ejemplo paradigmático es el cáncer de vejiga: hay retrasos diagnósticos en hombres y mujeres, pero en ellas más. Un estudio
señala, por ejemplo, que el tiempo medio entre una consulta por sangre
en la orina y el diagnóstico es de 85 días en mujeres y 74 días en
hombres. Además, las mujeres tuvieron 2,3 veces más probabilidades de
ser diagnosticadas inicialmente de infección urinaria.
03 HISTORIA CLÍNICA
En una medicina de talla única,
la brecha alcanza a la investigación más básica. Históricamente, los
estudios científicos se han realizado empleando modelos animales
masculinos y más hombres que mujeres (o solo varones) en los ensayos
clínicos. Las fluctuaciones hormonales de
la mujer eran, para los científicos, un problema y, en lugar de tenerlo
en cuenta, las borraron de la ecuación en los estudios. Eso ha
provocado que los resultados en salud y la evidencia acerca de la
eficacia de los tratamientos esté completamente distorsionada.
La cardióloga Bernadine Healy pone nombre al sesgo de
género en salud: síndrome de Yentl, en referencia a una película del
mismo nombre donde la protagonista se hace pasar por hombre para poder
estudiar. Con este nombre, la médica describe el fenómeno por el que las
mujeres reciben diagnósticos y tratamientos erróneos, a menos que los
síntomas sean similares a los de los hombres.
La Administración de Alimentos y Medicamentos de EE UU
(FDA, por sus siglas en inglés) exige desde esa fecha la paridad de
género en los ensayos clínicos.
La uróloga Helen O’ Connell publica el primer estudio detallado de la anatomía del clítoris.
En ese año se realizó un estudio
que analizó más 16.000 imágenes de 12 manuales de anatomía de
prestigiosas universidades. La investigación reveló que en los libros
predominaban las imágenes de hombres blancos como “modelo universal” del
ser humano.
Se descubre el origen de la hiperémesis gravídica, que
provoca vómitos excesivos (hasta 50 veces al día) durante el embarazo.
Históricamente se pensó que las afectadas lo hacían para abortar, llamar
la atención o por histeria. La causa real es genética.
El sexo y el género imponen diferencias fisiológicas y
neurobiológicas que pueden ser fundamentales en la salud y la
enfermedad. La psiquiatra Gemma Parramon pone un ejemplo a propósito del
dolor: “Las vías del dolor son diferentes para hombres y mujeres, como
también es diferente entre mujeres pre y postmenopáusicas. La cuestión
es que hemos estudiado el dolor en hombres, pero no tenemos ni idea de
cómo es en mujeres en edad fértil”.
La falta de conocimiento
alrededor de las particularidades de la mujer y la construcción de una
ciencia a partir del modelo masculino ha provocado resultados
devastadores en salud femenina, con efectos secundarios inesperados y
eficacia terapéutica limitada.
La farmacocinética, que es el
camino que sigue el fármaco en el organismo, es diferente en hombres y
mujeres, explica María Antonia Mangues, especialista en Farmacia
Hospitalaria. Pero eso no se ha tenido en cuenta hasta hace bien poco.
Se presumía que las mujeres eran “hombres en pequeñito”, dice, y lo que
servía para ellos, para ellas también. “En las mujeres, el medicamento
se absorbe más lento. También cambia cómo el fármaco se distribuye por
el cuerpo, si tienen más apetencia de agua o de grasa, porque las
mujeres tienen más adiposidad que los hombres. Y sobre cómo se elimina
también hay diferencias: el motor que destruye el fármaco es el hígado,
pero las tijeras que van cortando ese medicamento funcionan diferente en hombres y en mujeres”, señala.
Los sesgos de género alcanzan también al proceso formativo.
Se ve en los libros de anatomía, donde históricamente el modelo
masculino se ha asimilado al arquetipo de ser humano. Otro ejemplo: la
mayoría de los maniquíes en los que se enseña reanimación cardiopulmonar
tienen torso masculino, explica Blanca Coll-Vinent en el libro Ets una exagerada.
Y
una muestra más: hay equipos diagnósticos, como los
electrocardiogramas, que miden la conductividad del corazón, que están
calibrados solo para parámetros masculinos, anota Comen. Y pasa lo mismo
con los respiradores, por lo que cuando se conectan a una mujer “es
complicado saber a ciencia cierta si están recibiendo el volumen
adecuado de oxígeno”.
Foto: Albert Garcia
Hay que reescribir la medicina entera. En la puerta
de la consulta, la mujer es más vulnerable porque se interviene más
tarde y peor. Harían falta cinco generaciones para que esto se
normalizara y se hiciera bien.
Maria Antonia Mangues, doctora en Farmacia
El vacío de conocimiento sobre el cuerpo de la mujer
está en el origen de muchos de los males de la medicina. Cuenta
Elisabeth Comen en su libro que mientras los médicos aprenden durante su
formación académica “a reconocer la diversidad de formas y tamaño
considerados normales de otras partes del cuerpo —el pene en
particular—”, no se reconoce igual la diversidad de los genitales
femeninos. Ese desconocimiento ha llevado a patologizar los cuerpos
diversos, aunque sean sanos, y a catalogar partes funcionales del
organismo como deformidades “para legitimar una cirugía”.
“Vulvas civilizadas”
Está creciendo, por ejemplo, la medicina estética genital
femenina. La labioplastia, conocida como “vulva de Barbie”, es un caso
paradigmático de todo esto. Es la solución quirúrgica a algo que, dice
Comen, hasta hace poco tiempo no era un problema: la diversidad de sus
genitales, con labios menores asimétricos o más largos.
Se sigue buscando lo que ella llama la “vulva civilizada”.
Un concepto, señala, impregnado de misoginia y racismo y que, durante
siglos, ha borrado la diversidad corporal hasta el punto de
patologizarla. La autora relata que, no hace tanto, en 1975, el
británico Norman Jeffcoate, antiguo presidente del Real Colegio de
Obstetras y Ginecólogos, comparó los labios menores alargados con orejas
de perro y concluyó —erróneamente— que las mujeres se causaban a sí
mismas ese trastorno masturbándose en exceso.
Las mujeres viven más años, pero con peor calidad de vida. La revista científica The Lancet recordaba hace unos meses que las mujeres pasan nueve años de su vida con mala salud, un 25% más de tiempo que los hombres.
Los
sesgos de género persisten en la asistencia, pero también a la hora de
elegir las prioridades científicas que alumbrarán el conocimiento del
futuro. Un ejemplo: el síndrome premenstrual, que provoca una colección
de síntomas diversos (ansiedad, sensibilidad en los senos, dolor de
cabeza, insomnio, etc) y afecta al 90% de las mujeres. Según recoge
Caroline Criado Pérez en su ensayo La mujer invisible, hay cinco veces más estudios sobre la disfunción eréctil que
sobre el síndrome premenstrual. Y ese desdén científico en investigarlo
se traduce en muchas preguntas sin respuesta y un arsenal terapéutico
muy limitado, tanto que el 40% de las mujeres que lo sufren no responden
a los tratamientos disponibles.
La anestesióloga y especialista en dolor Elena Casado lanza otro ejemplo en su libro Ser mujer es perjudicial para la salud
de esa falta de perspectiva de género en ciencia: “La viagra consiguió
más investigación en una década que la endometriosis en un siglo”.
El historial médico de la mujer sigue repleto de agravios, pero algunos ya se están empezando a resarcir. Una muestra es el cambio de nombre del
llamado síndrome de ovario poliquístico. Ahora se llama síndrome
ovárico metabólico poliendocrino. ¿Por qué es importante esta
transformación semántica? Porque la comunidad científica ha
reinterpretado la dolencia como un cuadro sistémico, con implicaciones
metabólicas, endocrinas, cardiovasculares y de salud mental, no solo
ginecológicas.
La carrera apenas acaba de empezar. Siglos y
siglos de desprecio médico y científico a la mitad del planeta no se
resuelven de la noche a la mañana. Tampoco hay recetas mágicas. ¿Cómo se
combate la brecha de género en salud? La respuesta de las expertas se
sintetiza en las palabras de la anestesióloga Elena Casado: “Hablando,
quejándonos, visibilizando. Hay que hacer notar todo esto y ser
incómodas”.
Créditos
Desarrollo: Alejandro Gallardo
Diseño: Ana Fernández
Formato: Brenda Valverde Rubio
Texto: Jessica Mouzo
Fuentes y bibliografía
Gemma Parramon, psiquiatra del Hospital Vall d’Hebron de Barcelona.
María Antonia Mangues,
doctora en Farmacia, exdirectora del servicio de Farmacia del Hospital
Sant Pau de Barcelona y presidenta de la Sociedad Catalana de Salud con
perspectiva de sexo y género.
Antonia Sambola,
directora Unidad Enfermedad Cardiovascular en la Mujer Clinica Sagrada
Familia y coordinadora del Grupo en Enfermedad Cardiovascular de la
Mujer de la Sociedad Española de Cardiología.
Marina Díaz, presidenta de la Sociedad Española de Psiquiatría.
Vanessa Bueno, matrona en el hospital Vall d’Hebron de Barcelona.
Francisca Molero, directora del Instituto Iberoamericano de Sexología y sexóloga clínica en la Clínica Máxima de Barcelona.
Carme Valls, endocrinóloga y directora del programa ‘Mujer, Salud y Calidad de Vida’ en el Centro de Análisis y Programas Sanitarios (CAPS).
Susana Arias, vocal de la Sociedad Española de Neurología.
Elena Casado, anestesióloga y especialista en dolor.
Carina Escobar, presidente de la plataforma de Organizaciones de Pacientes.
Algunas
agricultoras cosechan hojas de té en una plantación en Nyaruguru, en el
distrito de Kibeho, en Ruanda. El té es uno de los principales
productos agrícolas de exportación del país. Imagen: Jean Baptiste
Nkurunziza / IPS.- Zipporah Musau
NACIONES UNIDAS – Mientras la FAO coordina la puesta en marcha
del Año Internacional de la Mujer Agricultora 2026, el responsable del
equipo de género, Tacko Ndiaye, explica por qué invertir en las mujeres
agricultoras de África es esencial para la seguridad alimentaria, el
crecimiento económico y la creación de sistemas agroalimentarios más
resilientes
¿Qué papel desempeñan las agricultoras a la hora de garantizar la seguridad alimentaria en África?, se la pregunta.
Y Ndiaye responde: «Sabemos que las mujeres son el núcleo de los
sistemas agroalimentarios de África. En todo el continente, las mujeres
desempeñan un papel fundamental en los sistemas agroalimentarios gracias
a su trabajo, sus conocimientos y su dedicación, apoyando a los
hogares, las comunidades y los mercados locales».
Las mujeres constituyen casi la mitad de la mano de obra
agroalimentaria —49 %— y contribuyen en todas las etapas de la cadena de
valor, desde la producción y la transformación hasta la distribución y
el comercio, según el reciente informe de la FAO (Organización de las
Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura) titulado «La
situación de las mujeres en los sistemas agroalimentarios del África
subsahariana».
Además, las mujeres son las guardianas de la cultura y las
depositarias de los conocimientos tradicionales transmitidos de
generación en generación sobre la conservación de semillas y la
protección de la biodiversidad, además de mantener los lazos sociales
que sustentan el sector agroalimentario.
Al mismo tiempo, el África subsahariana sigue enfrentándose a
múltiples retos en materia de inseguridad alimentaria. Por poner un
ejemplo, en 2024, alrededor del 64 % de la población de África
subsahariana sufría inseguridad alimentaria moderada o grave, según
datos de la FAO. También sabemos que más del 30 % de las mujeres de
entre 15 y 49 años padecen anemia en la región.
La autora, Zipporah Musa
Si África quiere hacer frente a sus retos en materia de seguridad
alimentaria, el empoderamiento de las agricultoras debe ser una
prioridad.
¿Cuáles son los retos más acuciantes a los que se enfrentan hoy en día las agricultoras en África?
En África, como sabéis, son las mujeres las que labran la tierra.
Cada vez que veis una publicación sobre agricultura y sistemas
alimentarios en África, es muy probable que encontréis una foto de una
agricultora en la portada.
Sin embargo, a pesar de su papel fundamental, las mujeres siguen
enfrentándose a desigualdades estructurales que limitan su
productividad, su resiliencia y sus oportunidades económicas.
• Una de las barreras más importantes a las que se enfrentan las
mujeres es el acceso y el control desiguales de la tierra. En 28 de los
32 países del África subsahariana que hemos estudiado, los hombres
tienen más probabilidades que las mujeres de poseer o controlar tierras
agrícolas. En más del 40 % de esos países, la brecha de género en la
propiedad o en los derechos seguros sobre las tierras agrícolas es
especialmente pronunciada.
• También sabemos que, incluso cuando existen leyes que protegen los
derechos sobre la tierra, dichas protecciones jurídicas son débiles o
insuficientes. En la mitad de los países que hemos estudiado, la
legislación no protege adecuadamente los derechos de las mujeres sobre
la tierra.
• La propiedad de la tierra también está estrechamente vinculada al
acceso a la financiación, ya que la tierra se utiliza a menudo como
garantía. Sin embargo, solo el 49 % de las mujeres de la región tiene
una cuenta financiera, frente al 61 % de los hombres.
• Las mujeres también se enfrentan a obstáculos a la hora de acceder a
insumos agrícolas, servicios de extensión, mercados y tecnología.
• La exclusión digital es otro reto. Las plataformas digitales se han
convertido en esenciales para comercializar productos, acceder a la
información y adquirir nuevas competencias. Sin embargo, las mujeres
tienen un 29 % menos de probabilidades que los hombres de utilizar
Internet móvil. Se estima que 205 millones de mujeres en África
subsahariana siguen sin tener acceso a herramientas digitales.
• Además, a pesar de sus importantes contribuciones a los sistemas
agroalimentarios, las mujeres suelen trabajar en condiciones peores que
los hombres. Están representadas de manera desproporcionada en empleos
precarios, informales, intensivos en mano de obra, poco cualificados y
mal remunerados. Esto se refleja en el hecho de que casi el 90 % de las
mujeres de la región trabajan en el sector informal.
• Las normas sociales discriminatorias, la violencia de género, las
restricciones al liderazgo y la participación de las mujeres, así como
la pesada carga que supone el trabajo de cuidados no remunerado, limitan
aún más sus oportunidades.
Hay muchos retos que deben abordarse si queremos construir sistemas agroalimentarios más inclusivos, resilientes y eficientes.
Zipporah Musau es escritora de Africa Renewal (Renovación de África), publicación digital de las Naciones Unidas.
El viejo veneno del
racismo sigue vivo y plenamente activo en todas las comunidades, las
sociedades, los países y las regiones del mundo. Perdura en el legado
del colonialismo, la esclavitud y la opresión, que son la causa de
muchos de los problemas a los que nos enfrentamos hoy en día, desde la
desigualdad económica, social y política hasta las políticas y prácticas
discriminatorias, pasando por los conflictos abiertos, y se propaga por
medio de nuevas herramientas y tecnologías digitales que nos inundan
con discursos de odio, perpetuando mentiras y estereotipos dañinos que a
menudo se traducen en violencia y abusos en el mundo real.
El antídoto es la unidad y la acción. Todos los gobiernos, las
instituciones, las empresas y las comunidades deben trabajar de consuno
para combatir el racismo y salvaguardar la dignidad, la justicia, la
igualdad y los derechos humanos de todas las personas. Ello significa la
ratificación universal y la aplicación plena de la Convención
Internacional para la Eliminación de todas las Formas de Discriminación
Racial.
Significa también estar a la altura de la Declaración y el Programa
de Acción de Durban, ahora que se cumple su 25 aniversario, y que
incluye medidas concretas para poner fin al racismo, la discriminación
racial, la xenofobia y las formas conexas de intolerancia.
Hoy y todos los días debemos tomar postura; debemos luchar por la
dignidad, los derechos y la pertenencia de todas las personas del
planeta y borrar la mancha del racismo de nuestro mundo.
Foto de Becerra Govea Photo.- Ciudad
de México.- Hierberas, blasfemas, herejes, hechiceras, todas mujeres
juzgadas así por el Santo Oficio en la Nueva España. Esta es la historia
de algunas de ellas quienes fueron señaladas y condenadas con castigos
diversos como la exhibición pública o el confinamiento en el edificio
inquisitorio de Santo Domingo, ubicado actualmente en el centro
histórico de la capital del país.
Estas mujeres juzgadas como
hierberas, blasfemas, herejes o hechiceras fueron juzgadas así por su
etnia, por el uso del conocimiento herbolario o simplemente por su
género y así resistieron los embates de la ortodoxia religiosa masculina
y el estricto orden social que mandató silencio y castigo contra ellas.
Es
importante decir que la inquisición mexicana no se pautó propiamente
hasta 1571 cuando el Santo Oficio de la Inquisición llegó a Nueva
España, pero la realidad es que varias décadas antes ya existían
inquisidores y obispos asentados en la -entonces- colonia, como Juan de
Zumárraga quien llegó a México en 1539 y también usó su poder clerical
para condenar a quien consideró oportuno y determinó la pena de muerte
contra un familiar directo de Nezahualcóyotl, es decir, la muerte forma
parte de los castigos.
Esta inquisición mexicana construyó su
propio palacio que hoy funge como el Museo de Medicina de la Universidad
Nacional Autónoma de México. Los miembros de este poderoso órgano
virreinal se mantuvieron activos por un total de 249 años; años en los
que se produjeron atropellos, violencias, injusticias y sentencias
torcidas contra centenares de personas, puntualmente, contra 324 y 50
homicidios, según documenta el historiador Rogelio Álvarez en la
Enciclopedia Mexicana.
Pero dentro de este aparato de juicio
social tenía reglas no obstante su jurisdicción fue ampliándose y fueron
las mujeres uno de sus objetivos, es decir, debían establecer un
estricto orden para ellas, Palmira García Hidalgo en su texto Las mujeres y la Inquisición Novohispana publicado por la Universidad de Sevilla nos indica que
«La
práctica inquisitorial novohispana no tenía jurisdicción para actuar
sobre los indígenas, siendo los españoles, criollos, mestizos y mulatos
objeto de su competencia. De ahí la relevancia de las castas. Con el
tiempo, la expansión lógica del mestizaje incrementó la competencia del
tribunal. Gran importancia tendría, además, su actuación respecto al
sexo femenino, ya que no solo se buscaba mantener la ortodoxia católica;
también se trataba de salvaguardar un determinado orden social, razón
por la cual en los territorios americanos el control de las mujeres fue
considerado más necesario, incluso, que en la Península».
Cuadro
de Castas, Museo Nacional del Virreinato. Fuente: Mediateca Instituto
Nacional de Antropología e Historia, México, CC BY-NC-ND 4.0
(https://mediateca.inah.gob.mx/islandora_74/islandora/object/pintura%3A2123)
Pero la pregunta es ¿cuántas de estas sentencias fueron dictadas contra mujeres?, ¿quiénes eran? Bajo esta premisa, Cimacnoticias consultó
al Archivo General de la Nación para nombrar a aquellas quienes fueron
juzgadas como brujas, hechiceras, hierbas o apóstatas por el Santo
Oficio.
Mulata, india y bruja: la mirada colonial y de casta
Consultando los registros del Archivo General de la Nación (AGN) Cimacnoticias encontró
una serie de coincidencias importantes y es que, la mayoría de las
mujeres que fueron señaladas de brujería eran provenientes de
comunidades indígenas, esclavas o negras. Esto dibuja una clara línea
que conecta el proceso inquisitorio con otros sistemas de opresión,
además del patriarcado, el colonialismo ejerció una cruda violencia y
criminalización en contra de mujeres, particularmente, aquellas
-citando- «mulatas libres» e «indias» que habitaron el sur del país.
En Mujeres afrodescendientes en
la Nueva España del Instituto de Investigaciones Históricas, dan una
lectura sobre las mujeres afrodescendientes desde una perspectiva de
derechos humanos y reconocen su agencia, presencia y aporte a la
sociedad novohispana.
Afirman que estas mujeres participaban en
prácticamente todas las actividades económicas. Por ejemplo, durante el
siglo XVI, al amanecer salían alrededor de 500 mujeres de origen
africano a vender frutas y verduras en la Plaza Mayor de la Ciudad de
México. Algunas otras pertenecían a gremios como hiladoras, tejedoras de
seda, dulceras, fabricantes de tabaco o haciendo bordados.
«Eran
mucho más que mano de obra esclavizada; fueron mujeres que resistieron y
se rebelaron a estos sistemas de opresión. Sus experiencias no fueron
homogéneas, ya que provenían de distintas etnias; con lenguas y
tradiciones distintivas, principalmente del Oeste y Centro del
continente africano. Pertenecían a culturas como la Wolof, Tukulor,
Malinke, Kassanga, Bram, Biafada, Bakongo, Lala y Tio, entre muchas
otras».
La historiadora sevillana, Palmira García Hidalgo escribe
en «Mujeres y la inquisición» que, en Nueva España la violencia se
recrudeció particularmente en contra de mujeres indígenas y de origen
afrodescendiente a causa de sus tradiciones y su conocimiento sobre
hierbas medicinales que poco podían hacer cuando eran señaladas,
especialmente, si quien las acusaba era un hombre.
En aquel
contexto, la palabra de una mujer tenía poca valía, por lo que ser
acusada por un vecino (o peor aún, por el propio esposo) resultaba en un
hecho complejo donde era imposible escapar de la Iglesia. Los
inquisidores tendían a creer en la palabra de los hombres que
denunciaban a sus mujeres, pues eran consideradas de su propiedad y si
algo hacían mal, entonces, debían ser reprendidas.
Una línea que
esboza escenarios violentos considerando los fuertes discursos
patriarcales y raciales de la época que deja en la mesa crudos
cuestionamientos como: ¿Cuántas mujeres fueron señaladas falsamente por
sus esposos?
Andrea
Andrea
(sin apellidos) fue una presunta hechicera que vivió en el pueblo de
Tepeapulco, Hidalgo y que fue detenida en 1695, luego de ser señalada
por su propio esposo, Nicolás de Trejo. El hombre la denunció ante las
autoridades del Santo Oficio luego de que, supuestamente, le presumiera
de sus dotes de bruja y se le adjudicara el asesinato del gobernador del
pueblo.
«Con
sus hechizos y encantos tenía a su marido baldado o imposibilitado de
una pierna para que no la castigara y la dejara. Nicolas [Nicolás] de
Trexo [Trejo], su marido, declaró que lo tenía aturdido, encantado y
enfermo, para que ella pudiese salir de su casa día y noche, además de
que le presumía de que era hechicera», se lee en el oficio religioso
recuperado por el Archivo General de la Nación.
Entre los registros, figuran mujeres de origen indígena y afrodescendientes como por ejemplo: Francisca Baraona, «mulata libre» acusada por su vecino, Luis Ramírez de ser bruja, 1695.
Mariana
de la Candelaria «de casta mulata», mujer casada de más de 50 años,
procesada por los delitos de «maléfica, bruja y hechicera» en 1760.
María de Anton, «mulata de Xalapa», fue acusada por vecinos de hechicera en 1664.
Bernarda
de Baraona «mulata libre», casada con el mestizo Jacinto Escobar,
acusada de hechicera y supersticiosa en agosto de 1695.
Las
negras Lucía Pacheco y Josepha Errera, acusadas de hacerle un hechizo a
don Thomas de Valladolid, gobernador del mencionado presidio. Puestas a
disposición de la Iglesia en enero de 1732.
De origen
guatemalteco, Cecilia de Arriola, mujer casada con don Juan de Fuentes y
de casta mulata, es uno de los casos en los que Cimacnoticias
pudo encontrar la violencia en el castigo que tuvo que vivir, fue
imputada por el Santo Oficio por los delitos de sortílega hechicera,
además, se le acusó de tener pactos implícitos con el demonio y de ser
maestra de malas doctrinas. Fue acusada por su propio esposo y llevada
ante el inquisidor Francisco de Ulloa quien la halló culpable de todas
las acusaciones.
Cecilia fue sentenciada a escuchar la misa mayor
todos los días en el convento de Santo Domingo (Ciudad de México)
sosteniendo siempre una vela encendida y en el rostro, debía colocarse
una máscara demoníaca que la avergonzara de sus presuntos nexos con
entidades oscuras y al cuello, Cecilia debía tener atada una soga.
Además
de esto, la mujer fue obligada a desnudarse y ser exhibida en espacios
públicos pregonando su culpa, fue desterrada y forzada a dedicarse a
atender a los enfermos en el Hospital de los Pobres.
Además de
los fuertes rasgos coloniales y de castas en estos archivos también se
encontró la tendencia importante: Mujeres señaladas de herir o asesinar a
hombres poderosos.
Como se advertía con anterioridad en algunos
de los casos, las muertes de gobernadores o sacerdotes estaban
estrechamente ligadas a las mujeres (especialmente si eran negras o de
origen indígena). Tal es el caso de Catalina Serrano mujer mulata quien
fue llevada ante el Santo Oficio luego de que vecinos de la comunidad
Villa de Sonsonate la acusaran de haber asesinado al sacerdote de la
comunidad, pues, presuntamente, se le había visto mezclando polvos y
hierbas.
Otro de los registros sobre el poder que tenían los
hombres para truncar la vida de las mujeres a través de acusaciones, se
dio en contra de María Gómez y «una mujer india llamada Leonor«,
cuando un señor inquisidor fiscal del Santo Oficio (sin nombre) las
acusó de tener pactos con el demonio y de ser brujas, pues, además,
testificó en su contra diciendo que las había visto volar por las noches
mientras gritaban: «De villa en villa, sin dios y sin María».
«La negra» Catalina Torres fue acusada por decir algunas palabras violentas en Durango en 1563.
Ese
mismo año, una mujer negra también fue acusada de haberle dado una
bebida misteriosa a un hombre quien murió de forma repentina.
Curiosamente, entre las denuncias que se repiten con mayor incidencia están aquellas por «palabras desacatadas«, por
blasfemia y por haber contraído matrimonio más de dos veces -aún en
contra de su voluntad-; las mujeres que osaban a ser ruidosas, realizar
frases vulgares o cuestionaban a la iglesia se convertían en objeto
incómodo para sus esposos y, por supuesto, para la iglesia.
Nombre
Motivo y año
María Álvarez
Hereje y apóstata, 1535
Francisca de la Anunciación, monja profesa
Por haber dicho que una religiosa de su convento que se ahorcó no se había condenado, 1564
Elena de la Cruz, monja profesa del convento de la inmaculada concepción de la ciudad de México
Blasfemia, dijo ciertas palabras en contra de la fe católica, 1568
María de Espinosa, esclavizada
Blasfemia, 1536
Ana Gutiérrez
Proceso criminal por palabras desacatadas, 1560
María Núñez
Blasfemia, 1561
Ventura León
Por haber dicho: «No hay justicia en la tierra, ni dios en el cielo«, 1562
María de Clavijo y Andrea Xacome
Blasfemia, 1562
Luisa González
Por untarse el cabello con un aceite para tener un buen marido, 1651
María de Bustamante
Por decir que su hijo estaba tan virgen como San Juan Bautista y sus hijas tan doncellas como Santa Catarina.
Juana Vázquez
Por palabras malsonantes, Guadalajara 1567
Fuente: Consulta realizada por Cimacnoticias en Repositorio Digital del Archivo General de la Nación, Árbol: Textual / Inquisición
En la ciudad de Querétaro, en los 1600 habitó la bruja Josefa Ramos apodada «la chupa ratones»
quien fue llevada ante la corte eclesiástica en enero de 1629 por una
serie de crímenes cometidos en contra de la iglesia católica.
Josefa
de Ramos fue una bruja mestiza de ascendencia de Valladolid y que,
junto a otras mujeres, formó un presunto culto «obsesionado con el
demonio» en la ciudad de Santiago de Querétaro según el escrito
contenido en el volumen 523 del expediente 1.
“La chupa ratones«, junto a la doncella Ana de la Cruz y una mujer indígena de nombre Francisca Mejía apodada «la mexicana«,
realizaban hechicería con el uso de hierbas y fue un exorcismo lo que
las puso en la mira de la iglesia. Durante ese exorcismo que se llevó a
cabo en casa de «la mexicana» a una mujer le creció el estómago de forma
sobrenatural y las 3 mujeres apuntaban a que se trataba de un demonio
que crecía en el vientre de esa mujer.
Foto de Кристина Гринченко: https://www.pexels.com/es-es/foto/mujer-sujetando-halloween-escalofriante-10211277/
Josefa Ramos fue detenida en la capital queretana, se le embargaron todos sus bienes materiales –que, en realidad, no tenía ninguno-,
fue enviada a prisión en una cárcel desconocida de Nueva España y
sentenciada al destierro de Querétaro por 10 años, asimismo, se le
impuso dedicar 5 años de su vida a servir a las personas enfermas en el
Hospital del Amor de Dios. Sobre sus pares, «la mexicana» y la doncella, no hay mayor información rescatada en el archivo.
Además
de «la chupa ratones», existió otra presunta bruja con quien compartía
nombre; Josefa Salazar, en la Ciudad de México quien fue presentada ante
el comisario del Santo Oficio acusada por el fraile Joseph de Patermina
luego de que un hombre identificado como Pablo Álvarez, capitán y
soldado se acercara a las autoridades clericales para explicarles que
esa misteriosa mujer había realizado brujería en contra de su compañero,
el capitán Manuel de Alarcón.
En una indagatoria, se descubrió
que Josefa Salazar guardaba los cabellos de Manuel de Alarcón, así como
hierbas y polvos que utilizaba para presuntos rituales.
En
añadidura, también era reconocida en la capital por recolectar en un
paño el esperma de los hombres con quienes mantenía relaciones sexuales.
para posteriormente mezclarlo con otros brebajes hasta que se creaba
una bebida parecida al chocolate y finalmente, se la daba a beber a sus
amantes con el objetivo de que crearan dependencia a ella.
A la
misma Ciudad de México arribó la presunta hechicera María de Gallardo,
de origen español, quien fue remitida a la capital luego de hacer
presuntas acciones brujeriles en la ciudad de Aguascalientes. El
principal señalamiento contra María fue su participación para hechizar
al cura don Pedro Rincón.
Según documenta el oficio imputado
contra María de Gallardo, la mujer guardaba a un muñeco hecho de cera
con cabellos del cura y que, supuestamente, utilizaba para lastimar al
sacerdote. Fue detenida en 1667 y se desconoce el castigo que impuso el
Santo Oficio Católico.
Estos son algunos de los archivos documentados por Cimacnoticias
en el Archivo General de la Nación, los cuales permitieron un
acercamiento al tema de mujeres afromexicanas, mulatas e indígenas
severamente castigadas por el Santo Oficio de la iglesia católica
española quienes a través de sus sentencias contra ellas al marcarlas
como brujas, hechiceras, apóstatas y herejes, permitieron reconocer
textos fundacionales que contribuyeron en la construcción de valores y
violencias patriarcales incluidas las simbólicas y tácitas que
trascendieron los siglos las cuales siguen arraigadas en la
idiosincracia mexicana.