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Dies Irae / La publicidad que cosifica a las mujeres no sólo reproduce
estereotipos discriminatorios, también puede vulnerar los compromisos
internacionales.-Expertas
de la OEA urgieron a gobiernos, agencias de publicidad y empresas
privadas a eliminar contenidos que normalicen la violencia contra las
mujeres.
El Comité de Expertas del Mecanismo de Seguimiento
de la Convención Interamericana para Prevenir, Sancionar y Erradicar la
Violencia contra la Mujer (MESECVI) alertó que campañas publicitarias difundidas en Jamaica, Belice y
otros países del Caribe anglófono vulneran los principios de la
Convención de Belém do Pará al presentar a las mujeres como objetos
sexuales.
De acuerdo con el organismo especializado de la Organización de los Estados Americanos (OEA), estas campañas fueron
promovidas por una empresa de bebidas alcohólicas y reproducen imágenes
hipersexualizadas que refuerzan estereotipos discriminatorios, además de contribuir a normalizar la violencia contra las mujeres.
La publicidad también puede ser una forma de violencia simbólica
Las
expertas explicaron que este tipo de mensajes no sólo afectan la
representación de las mujeres en el espacio público, sino que
constituyen una manifestación de violencia simbólica al reforzar
patrones culturales que perpetúan la desigualdad y la discriminación.
Ante
ello, hicieron un llamado a los Estados parte de la Convención de Belém
do Pará para fortalecer las políticas destinadas a prevenir y erradicar
la difusión de mensajes e imágenes que reproduzcan estereotipos sexistas y favorezcan la normalización de la violencia de género.
Empresas y medios tienen responsabilidad en la prevención de la violencia
El MESECVI también exhortó a empresas, agencias de publicidad y medios de comunicación a revisar sus contenidos para garantizar que respeten los estándares internacionales de derechos humanos de las mujeres y contribuyan a promover unacultura de igualdad.
El organismo recordó que la Convención de Belém do Pará establece
la obligación de los Estados de modificar progresivamente los patrones
socioculturales que legitiman la violencia contra las mujeres, impulsar
programas de sensibilización y promover directrices para que los medios
de comunicación contribuyan a erradicar este tipo de violencia.
¿Qué establece la Convención de Belém do Pará?
Adoptada en 1994, la Convención de Belém do Pará es el principal tratado interamericano para prevenir, sancionar y erradicar la violencia contra las mujeres.
Reconoce que esta violencia constituye una violación a los derechos
humanos y obliga a los Estados que la han ratificado a desarrollar
leyes, políticas públicas y acciones para prevenirla, sancionarla y
garantizar el acceso de las víctimas a la justicia.
Entre sus
disposiciones, el tratado establece que los Estados deben transformar
los patrones socioculturales que reproducen la discriminación y fomentar
que los medios de comunicación y el sector privado promuevan contenidos libres de estereotipos de género, objetivo que el MESECVI recordó tras denunciar la difusión de campañas publicitarias que cosifican a las mujeres.
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Giuseppe / Los estereotipos sobre la maternidad no solo afectan la
representación de las mujeres, también contribuyen a perpetuar la
desigualdad.-Aunque
las mujeres parecen ocupar nuevos espacios en las series y redes
sociales, la narrativa dominante sigue vinculándolas con el hogar y el
cuidado.
La imagen de las madres que aparece en películas, telenovelas, series y ahora también en redes sociales, como Instagram, Facebook y Tik Tok continúa respondiendo a un modelo que las vincula casi exclusivamente con el cuidado, el trabajo doméstico y la familia.
Aunque las plataformas digitales han transformado la forma de consumir
contenidos, el discurso que sostiene estos estereotipos permanece
vigente.
Así lo afirmó la investigadora del Centro de
Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades (CEIICH)
de la UNAM, Aimée Vega Montiel, en entrevista para UNAM Global Revista. La especialista advirtió que los medios de comunicación siguen siendo uno de los principales espacios donde se reproducen desigualdades de género y violencia simbólica contra las mujeres.
La figura de la madre sigue asociada al cuidado y la domesticidad
De
acuerdo con la especialista en derechos humanos de las mujeres en los
medios y el entorno digital, históricamente la representación femenina
ha estado marcada por estereotipos sexistas que presentan a las mujeres como personas destinadas a cuidar de otras personas y a permanecer en el ámbito privado.
Desde
la investigación feminista en comunicación, estos discursos son
entendidos como parte de un sistema simbólico que limita la
participación de las mujeres en el espacio público y condiciona la forma
en que la sociedad comprende la maternidad.
Vega Montiel retomó el concepto de «madre-esposa», desarrollado por la antropóloga feminista Marcela Lagarde, para explicar cómo la identidad femenina continúa construyéndose alrededor del trabajo doméstico y de cuidados.
Este
modelo convierte a las mujeres en responsables principales de sostener
la vida cotidiana, una labor indispensable que, sin embargo, permanece
invisibilizada y carece de reconocimiento político, económico y social.
Cambia el formato, pero no el discurso sobre la maternidad
La investigadora señaló que, aunque las narrativas audiovisuales parecen mostrar mujeres más independientes o empoderadas, muchas producciones siguen sexualizándolas o situándolas como responsables del hogar y de la vida afectiva.
Para la académica, este fenómeno también puede observarse en tendencias digitales como las llamadas tradwives o esposas tradicionales, que promueven el regreso a roles tradicionales de género bajo una apariencia de libre elección.
Lejos
de representar una ruptura con el pasado, explicó, estas narrativas
constituyen una reconfiguración contemporánea del mismo modelo
patriarcal.
La violencia simbólica también se reproduce en las plataformas digitales
La especialista explicó que la teoría feminista en comunicación ha desarrollado conceptos como la «aniquilación simbólica», que describe la invisibilización de las mujeres como sujetas de derechos en los medios, así como la «mirada masculina», que analiza cómo la industria audiovisual representa a las mujeres desde una perspectiva predominantemente masculina.
Estas
representaciones, dijo, no solo aparecen en televisión o cine, sino
también en redes sociales, plataformas digitales y servicios de
streaming.
Por ello, definió al ecosistema mediático como «el brazo cultural del patriarcado», ya que amplifica representaciones discriminatorias que resultan rentables para las industrias de la comunicación.
La educación mediática, una tarea pendiente en México
Frente
a este panorama, Vega Montiel subrayó la importancia de impulsar
políticas de alfabetización mediática que permitan formar audiencias
críticas capaces de cuestionar los mensajes que consumen diariamente.
Desde la década de 1970, explicó, existen propuestas internacionales para incorporar la educación para los medios desde edades tempranas; sin embargo, en México estas políticas no se han implementado de manera sistemática.
Asimismo,
señaló que la responsabilidad no puede recaer únicamente en las
personas consumidoras de contenidos, sino también en el Estado, que ha
sido omiso en garantizar una educación mediática con perspectiva de derechos humanos y de igualdad de género.
Los compromisos internacionales para eliminar los estereotipos de género
La
erradicación de los estereotipos sobre las mujeres en los medios de
comunicación no solo constituye un desafío cultural, sino también una
obligación en materia de derechos humanos. Instrumentos internacionales
como la Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer (CEDAW), adoptada por la Organización de las Naciones Unidas
(ONU), establecen que los Estados deben adoptar medidas para eliminar
los prejuicios y prácticas basadas en la idea de la inferioridad o
superioridad de cualquiera de los sexos, incluidos aquellos que se
reproducen a través de los medios de comunicación.
En el ámbito regional, la Convención Interamericana para Prevenir, Sancionar y Erradicar la Violencia contra la Mujer, conocida como Convención de Belém do Pará,
reconoce que la violencia contra las mujeres también se sostiene
mediante patrones socioculturales discriminatorios y estereotipos de
género. Por ello, llama a los Estados a impulsar políticas públicas y
acciones que promuevan representaciones igualitarias y contribuyan a
prevenir la violencia simbólica.
Canva.- Ciudad
de México.- En las últimas semanas, mujeres denunciaron en distintas
redes sociales un fenómeno en crecimiento: hombres con quienes apenas
están saliendo se autoinvitan a sus casas bajo la premisa de tener una
cita romántica. No obstante, detrás opera una idea impulsada desde la
machosfera, donde supuestos gurús de relaciones en internet incentivan
estas prácticas como estrategia para «poner a prueba» a las mujeres y
evaluar si cumplen con los valores tradiciones.
Desde la red social X, Sara originaria de Honduras publicó el mensaje «Ojo con decirle a un hombre hoy en día que vives sola, porque te quieren invitar a salir a tu casa y cenar con tu comida».
Esto despertó la alerta de más de mil mujeres no solo de Honduras, sino
de América Latina, quienes de inmediato compartieron sus propias
experiencias creando así un hilo extenso con pruebas y testimonios
confirmando el fenómeno.
Los relatos coincidieron en un punto
central, estos hombres no solo se autoinvitan a las casas una vez que
saben que las mujeres viven solas, sino que lo hacen con la expectativa
explícita de ser atendidos. Esperan que ellas cocinen, pongan el espacio
y asuman el rol de anfitrionas y cuidadoras; mientras ellos aporta
Fotograma Canal del Congreso CDMX.- Ciudad
de México.– En días recientes, el Congreso de la Ciudad de México fue
escenario de una confrontación física entre legisladoras de MORENA y del
PAN, un episodio que acaparó la atención mediática y evidenció que la
sanción social fue más severa por tratarse de mujeres en el ámbito
político, a quienes se les exige un comportamiento acorde con mandatos
de género que no se aplican con la misma intensidad que a los hombres.
Los
golpes, la rudeza, la confrontación e incluso la violencia son mandatos
de género adjudicados a los hombres y esto se espera de ellos, no
obstante, a las mujeres se les crece y desarrolla con mandatos distintos
que incluyen la docilidad, la calma, el silencio y hasta la
resignación, pero la política es un escenario que va más allá de
cabildeos, las negociaciones tienen un tono elevado que ha sido
respaldado por el Tribunal Electoral del Poder Superior de la
Federación, al cual han excluido de la violencia política de género,
pero lo exhibido en el Congreso de la Ciudad de México nos muestra que a
la vara con la que se mide a hombres y mujeres es distinta.
Este
enfrentamiento entre las legisladoras ocurrió durante la sesión
ordinaria del Congreso, mientras se discutía el dictamen que extingue el
Instituto de Transparencia, Acceso a la Información Pública, Protección
de Datos Personales y Rendición de Cuentas de la Ciudad de México
(InfoCDMX) y crea un nuevo órgano de transparencia adscrito a la
Contraloría Jurídica; sin embargo, la conversación social no se centró
en dicha modificación, sino que se trasladó únicamente al acto de
violencia.
Cabe señalar que no es la primera vez que suceden actos
de agresividad entre las y los funcionarios públicos, pero hay que
poner bajo la mira que en su mayoría son protagonizados por hombres.
Prueba de ello, se suscitó hace algunos meses entre Alejandro Moreno y
el presidente de la Mesa Directiva de dicho recinto, Gerardo Fernández
Noroña, de Movimiento de Regeneración Nacional (MORENA).
Este
evento fue abordado mediáticamente desde la burla y la trivialización,
pese a que durante el enfrentamiento se registraron agresiones verbales,
empujones, gritos, imposiciones, manotazos y encaramientos; incluso, la
violencia se trasladó al ámbito digital, donde fue justificada.
Además,
más allá de señalar responsabilidades individuales, es importante no
perder de vista que ambos legisladores involucrados en el encontronazo
cuentan con denuncias previas en su contra por parte de legisladoras,
quienes los han acusado por violencia política de género, pese a ello,
ninguno de los dos ha sido sancionado, ni castigado socialmente.
Castigo diferenciado
¿Por
qué el castigo social frente a actos agresivos resulta desproporcionado
cuando quienes los cometen son mujeres y no hombres?
Este dilema es abordado por el colectivo Criminología Feminista,
quienes señalan que la sociedad patriarcal ha normalizado juzgar con
mayor severidad a las mujeres, a quienes se les exige perfección y
cuidado, mientras que a los hombres se les permite ser imperfectos,
impulsivos o incluso agresivos sin enfrentar el mismo nivel de sanción
social.
En el caso de las legisladoras, el episodio llegó incluso a
medios internacionales y acaparó la agenda informativa, lo que derivó
en un señalamiento y un doble juicio, pues más allá de la indignación de
los actos violentos y agresivos cometidos, fueron juzgadas por ser
mujeres, ya que este tipo de conductas no se ajustan a los mandatos de
género socialmente establecidos.
Criminología Feminista apunta
que, cuando las mujeres cometen errores o toman decisiones que no se
ajustan a las expectativas sociales, suelen ser culpabilizadas y
sometidas a mecanismos de vergüenza, lo que incluso puede llevarlas a
juzgar a otras mujeres que atraviesan situaciones similares. En
contraste, los hombres suelen ser exonerados de culpa y vergüenza, y se
les permite “aprender de sus errores” sin enfrentar las mismas
consecuencias sociales.
Asimismo, aclara que esta postura no
plantea la tolerancia hacia violencias ejercidas por mujeres, sino que
evidencia cómo las equivocaciones y las violencias se encuentran
socialmente normalizadas cuando provienen de varones, a quienes se les
concede mayor permisividad para cometer errores o ejercer violencias sin
enfrentar el mismo nivel de señalamiento mediático.
Señalar la violencia machista en espacios de poder
Tal
como advierte la colectiva feminista, no se trata de justificar ningún
tipo de violencia ejercida por mujeres; sin embargo, es importante poner
sobre la mesa cómo, en los espacios políticos, los hombres han sido
exonerados de distintos actos de agresión, violencia e incluso delitos,
sin que haya ningún tipo de sanción
Evidencia de ello se ha
observado a lo largo de los años, en diversos casos que involucraron a
diputados y servidores públicos. Uno de ellos fue el de Cuauhtémoc
Blanco, exjugador del América y actual diputado federal de Morena, quien
fue señalado por violencia sexual en grado de tentativa contra Nidia
Fabiola N., su media hermana, quien lo denunció dos meses después de los
hechos.
Pese a que se presentó una solicitud de desafuero en la
Cámara de Diputados para permitir su investigación, el proceso fue
bloqueado. Con 291 votos, el pleno negó discutir el retiro del fuero del
legislador, lo que impidió que avanzara la indagatoria en su contra.
Otro
ejemplo es el del senador Félix Salgado Macedonio, acusado en 2021 de
violencia y acoso sexual contra Basilia N., cuando era menor de edad,
así como por otra mujer que trabajó para él cuando dirigía La Jornada de Guerrero.
A pesar de que las denuncias se hicieron públicas hace siete años, el
funcionario continúa en funciones y sigue siendo una figura relevante
dentro de Morena.
Tal como ha ocurrido con estos dos personajes,
que continúan concentrando poder pese a las denuncias por abusos
sexuales, la lista se extiende; sin embargo, han sido librados de
responsabilidad y sanción, e incluso han sido arropados por sus propios
partidos, lo que evidencia una vez más que la respuesta social e
institucional no es la misma para hombres y mujeres.
Ciudad
de México.- Tocar, rascar, frotar, apretar, morder o excavar la piel
puede parecer un gesto cotidiano, pero cuando se vuelve repetitivo y
compulsivo hasta el punto de provocarse laceraciones, se trata de uno de
los signos más claros de la dermatilomanía, un trastorno que,
mayoritariamente, son las mujeres quienes la desarrollan debido a los
constantes mensajes y presión para mejorar su apariencia física.
Además de que son las mujeres quienes desarrollan más ansiedad, en entrevista para Cimacnoticias,
la dermatóloga e investigadora de la Universidad Nacional Autónoma de
México, Ana López, mencionó que ellas encuentran un escape en su piel a
diferencia de los hombres, quienes lo hacen refugiándose en las
adicciones. Esto tiene que ver con que ellas tienen una fijación de su
apariencia desde que son niñas debido a los estereotipos de género y
estándares de belleza impuestos en las sociedades patriarcales; sin
embargo, en esta paradoja dónde sienten que esa costra, grano o pellejo
de la piel “no debería estar ahí” y de esta manera terminan por
lastimarse inconscientemente.
La dermatilomania comienza a
desarrollarse en la infancia, pero es a los veinte años cuando se
dispara el pico en las mujeres porque socialmente comienzan a ponerle
mayor atención a su apariencia provocando que incluso se realicen
operaciones estéticas para modificar partes de su cuerpo y alcanzar el
estándar hegemónico.
No obstante, dentro dicha acción, en algunas
ocasiones las mujeres desarrollan dismorfia corporal, es decir, cuando
existe preocupación excesiva por su apariencia.
De acuerdo con el artículo «Dermatilomanía o trastorno de escoriación. Una revisión.»
de Erik I. Rivera1 y Roberto Arenas, existen algunas cifras que
permiten dimensionar la situación, por ejemplo, se estima que la
prevalencia de este padecimiento es de al menos 1.4% en la población
general, pero del 4.2% al 9% en la población adulta de entre 20 a los 45
años. Asimismo, se prevé que tres cuartas partes de las personas que
padecen esta enfermedad son mujeres, es decir el 75%.
La
dermatóloga e investigadora explicó que, la dermatilomanía es una
enfermedad que no solo se aborda como un tema dermatológico sino
psicológico, pues está catalogada dentro del grupo de la psicosis, es
decir, este grupo de enfermedades donde la parte emocional afecta la
piel. Datos del Observatorio Mexicano de Salud Mental y Adicciones señalan que las mujeres de 30 a 49 años son más propensas a desarrollar episodios psicóticos (45.6%).
Ana
López también apuntó que, las personas que suelen desarrollar
dermatilomanía muestran señales de tener ansiedad, presión o angustia.
Durante 2024, en México atendió a 303 mil 356 personas por distintas
condiciones de salud mental; sin embargo, resulta relevante que 205 mil
336 fueron mujeres y las condiciones con mayor prevalencia en ellas
fueron depresión (78.8%) y ansiedad (73.4%), según el Observatorio
Mexicano de Salud Mental y Adicciones.
Crédito: Observatorio Mexicano de Salud Mental y Adicciones.
Al
generar estos trastornes emocionales, las personas con dermatilomanía
encuentran gratificante el rascarse o pellizcarse la piel porque su
cuerpo genera «sustancia P». De acuerdo con Ana López, se trata de una
molécula química que el sistema nervioso libera para relajar el cuerpo
cuando hay sensaciones de dolor tras una cortada o quemadura, pero
también cuando hay estrés emocional intenso —ya que el cuerpo reacciona
de manera similar al dolor físico— convirtiéndose en un estimulante.
Asimismo,
la dermatilomania también comparte algunas características de la
tricotilomania (arrancarse el cabello), la tricofagia (la ingesta de
cabello) o la onicofagia (comerse las uñas). Es decir, que no solo
rascan partes de la piel sino que las arrancan y las ingieren, ya que
encuentran una sensación de alivio al hacerlo o un beneficio secundario:
“es parte de la sensación de alivio, así como hay personas que comen
por por ansiedad, eso es lo mismo.”, compartió la dermatóloga.
En
consecuencia, las personas con dermatilomania suelen causarse
ulceraciones en la piel y en algunos casos se puede desfigurar la zona
afectada: «Es posible que se originen a partir de una lesión menor
secundaria, a alguna dermatosis, o en piel sana independientemente de
cualquier otra patología.», según determina el artículo de Erik I. Rivera1 y Roberto Arenas.
«Estas
lesiones se encuentran en zonas de fácil acceso a las manos, y en
general afectan la cara, brazos, antebrazos, muslos, piernas y parte la
superior del tronco. Otras alteraciones comúnmente observadas son:
onicofagia (65%), tricotilomanía (10%), queratinofagia (59%), succión
labial de repetición (50%), mordeduras de los carrillos (23%), espasmos
palpebrales (15%) y/o movimiento corporal espontáneo automatizado
(9 por ciento)» -Erik I. Rivera1 y Roberto Arenas
Otros
efectos son el enrojecimiento y erosiones de la piel, cicatrices
evidentes, cicatrización queloide, infecciones que puedan necesitar
antibióticos o procedimiento quirúrgico como colocar algún injerto en la
piel. A su vez, tener estas laceraciones ocasionan vergüenza y culpa
llevando a las mujeres a utilizar formas de camuflaje como maquillaje,
prendas de vestir o vendajes en un intento por esconder su piel.
Crédito: Canva
Las mujeres que buscan un escape en su piel
Desde
la visión del patriarcado, la subordinación de las mujeres se ha
sustentado principalmente en la dominación de los cuerpos femeninos,
según establecen Alda Facio y Lorena Fries en su artículo ‘Feminismo, género y patriarcado’.
Este es ejercido por los hombres y las instituciones que ellos han
creado -como la medicina, el derecho y la religión- con el fin de
controlar su sexualidad y capacidad reproductiva.
Por otro lado,
las autoras mencionan que durante la etapa de socialización de las
mujeres y niñas son obligadas a reprimir su realidad y se les impone
otra, por lo que cuando se convierten en adultas son susceptibles al
dominio y explotación. La realidad impuesta opera a nivel mental y
físico, siendo el cuerpo de las mujeres el que tiene una consecuencia
efectiva que comienza en su seno familiar.
El articulo «La violencia estetica»del
Centro de Promoción de los Derechos Humanos de Niñas, Niños y
Adolescentes en Guajanuato (NIMA) sostiene que este tipo de violencia
implica narrativas, representaciones y prácticas que presionan a las
mujeres a cumplir con los estereotipos de belleza impuestos. Es una
forma de discriminación y exclusión para quienes no cumplen los
estándares e históricamente se ha ejercido sobre las mujeres bajo un
sistema patriarcal y machista.
Asimismo, señalan que se manifiesta
como una forma de control y discriminación hacia las mujeres, quienes
desde niñas enfrentan la presión de cumplir con mandatos de belleza que
idealizan la juventud eterna, el cuerpo delgado y ciertos rasgos
físicos. Se trata de una violencia que atraviesa todas las edades donde
los cuerpos femeninos se conciben como objetos de consumo en una cultura
que normaliza estas exigencias.
Para atender la dermotilomanía,
se necesita de atención multidisciplinaria en el que se conjunte la
atención dermatológica y psicológica, pero para poder realizar el
diagnóstico se necesita hablar del tema para entender la razón social
que atraviesa la paciente.
«Hay
que explicarles que es una enfermedad que no están fingiendo (…) se
tiene que tratar de manera disciplinada, porque si yo no le quito el
acné a la niña, se lo va a seguir haciendo, pero también si no le quito
la ansiedad, pues el acné no se lo voy a quitar en dos días y va a
seguir teniendo acné por mucho tiempo, nada más lo voy a mejorar.» -Ana López, dermatóloga e investigadora de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).
«¿Cómo hablar del tema sin estigmatizar la enfermedad?»
Para la dermatóloga, es necesario hacer conciencia que, debido a las
presiones sociales sobre las mujeres, así como reconocer la ansiedad y
depresión en las niñas y adolescentes, junto con las señales que dan en
esas edades. Por otro lado, se debe proporcionar las herramientas para
que aprendan a relajarse sin juzgarlas.
Cuando ya desarrollan el
trastorno, existen técnicas que pueden ayudar a que sean más conscientes
de lo que hacen como contar, hacer introspección, la técnica de la
liga, aprender a no pensar en situaciones del futuro que no pueden
manejar, meditar, repetir frases, entre otras que entrenan la mente para
no lastimar su piel. No obstante, también se necesita de la acción
dermatológica como encontrar el jabón o shampoo adecuado para su piel, proporcionar medicamentos o hasta enseñarles a tratar sus heridas físicas.
Foto de Becerra Govea Photo.- Ciudad
de México.- Hierberas, blasfemas, herejes, hechiceras, todas mujeres
juzgadas así por el Santo Oficio en la Nueva España. Esta es la historia
de algunas de ellas quienes fueron señaladas y condenadas con castigos
diversos como la exhibición pública o el confinamiento en el edificio
inquisitorio de Santo Domingo, ubicado actualmente en el centro
histórico de la capital del país.
Estas mujeres juzgadas como
hierberas, blasfemas, herejes o hechiceras fueron juzgadas así por su
etnia, por el uso del conocimiento herbolario o simplemente por su
género y así resistieron los embates de la ortodoxia religiosa masculina
y el estricto orden social que mandató silencio y castigo contra ellas.
Es
importante decir que la inquisición mexicana no se pautó propiamente
hasta 1571 cuando el Santo Oficio de la Inquisición llegó a Nueva
España, pero la realidad es que varias décadas antes ya existían
inquisidores y obispos asentados en la -entonces- colonia, como Juan de
Zumárraga quien llegó a México en 1539 y también usó su poder clerical
para condenar a quien consideró oportuno y determinó la pena de muerte
contra un familiar directo de Nezahualcóyotl, es decir, la muerte forma
parte de los castigos.
Esta inquisición mexicana construyó su
propio palacio que hoy funge como el Museo de Medicina de la Universidad
Nacional Autónoma de México. Los miembros de este poderoso órgano
virreinal se mantuvieron activos por un total de 249 años; años en los
que se produjeron atropellos, violencias, injusticias y sentencias
torcidas contra centenares de personas, puntualmente, contra 324 y 50
homicidios, según documenta el historiador Rogelio Álvarez en la
Enciclopedia Mexicana.
Pero dentro de este aparato de juicio
social tenía reglas no obstante su jurisdicción fue ampliándose y fueron
las mujeres uno de sus objetivos, es decir, debían establecer un
estricto orden para ellas, Palmira García Hidalgo en su texto Las mujeres y la Inquisición Novohispana publicado por la Universidad de Sevilla nos indica que
«La
práctica inquisitorial novohispana no tenía jurisdicción para actuar
sobre los indígenas, siendo los españoles, criollos, mestizos y mulatos
objeto de su competencia. De ahí la relevancia de las castas. Con el
tiempo, la expansión lógica del mestizaje incrementó la competencia del
tribunal. Gran importancia tendría, además, su actuación respecto al
sexo femenino, ya que no solo se buscaba mantener la ortodoxia católica;
también se trataba de salvaguardar un determinado orden social, razón
por la cual en los territorios americanos el control de las mujeres fue
considerado más necesario, incluso, que en la Península».
Cuadro
de Castas, Museo Nacional del Virreinato. Fuente: Mediateca Instituto
Nacional de Antropología e Historia, México, CC BY-NC-ND 4.0
(https://mediateca.inah.gob.mx/islandora_74/islandora/object/pintura%3A2123)
Pero la pregunta es ¿cuántas de estas sentencias fueron dictadas contra mujeres?, ¿quiénes eran? Bajo esta premisa, Cimacnoticias consultó
al Archivo General de la Nación para nombrar a aquellas quienes fueron
juzgadas como brujas, hechiceras, hierbas o apóstatas por el Santo
Oficio.
Mulata, india y bruja: la mirada colonial y de casta
Consultando los registros del Archivo General de la Nación (AGN) Cimacnoticias encontró
una serie de coincidencias importantes y es que, la mayoría de las
mujeres que fueron señaladas de brujería eran provenientes de
comunidades indígenas, esclavas o negras. Esto dibuja una clara línea
que conecta el proceso inquisitorio con otros sistemas de opresión,
además del patriarcado, el colonialismo ejerció una cruda violencia y
criminalización en contra de mujeres, particularmente, aquellas
-citando- «mulatas libres» e «indias» que habitaron el sur del país.
En Mujeres afrodescendientes en
la Nueva España del Instituto de Investigaciones Históricas, dan una
lectura sobre las mujeres afrodescendientes desde una perspectiva de
derechos humanos y reconocen su agencia, presencia y aporte a la
sociedad novohispana.
Afirman que estas mujeres participaban en
prácticamente todas las actividades económicas. Por ejemplo, durante el
siglo XVI, al amanecer salían alrededor de 500 mujeres de origen
africano a vender frutas y verduras en la Plaza Mayor de la Ciudad de
México. Algunas otras pertenecían a gremios como hiladoras, tejedoras de
seda, dulceras, fabricantes de tabaco o haciendo bordados.
«Eran
mucho más que mano de obra esclavizada; fueron mujeres que resistieron y
se rebelaron a estos sistemas de opresión. Sus experiencias no fueron
homogéneas, ya que provenían de distintas etnias; con lenguas y
tradiciones distintivas, principalmente del Oeste y Centro del
continente africano. Pertenecían a culturas como la Wolof, Tukulor,
Malinke, Kassanga, Bram, Biafada, Bakongo, Lala y Tio, entre muchas
otras».
La historiadora sevillana, Palmira García Hidalgo escribe
en «Mujeres y la inquisición» que, en Nueva España la violencia se
recrudeció particularmente en contra de mujeres indígenas y de origen
afrodescendiente a causa de sus tradiciones y su conocimiento sobre
hierbas medicinales que poco podían hacer cuando eran señaladas,
especialmente, si quien las acusaba era un hombre.
En aquel
contexto, la palabra de una mujer tenía poca valía, por lo que ser
acusada por un vecino (o peor aún, por el propio esposo) resultaba en un
hecho complejo donde era imposible escapar de la Iglesia. Los
inquisidores tendían a creer en la palabra de los hombres que
denunciaban a sus mujeres, pues eran consideradas de su propiedad y si
algo hacían mal, entonces, debían ser reprendidas.
Una línea que
esboza escenarios violentos considerando los fuertes discursos
patriarcales y raciales de la época que deja en la mesa crudos
cuestionamientos como: ¿Cuántas mujeres fueron señaladas falsamente por
sus esposos?
Andrea
Andrea
(sin apellidos) fue una presunta hechicera que vivió en el pueblo de
Tepeapulco, Hidalgo y que fue detenida en 1695, luego de ser señalada
por su propio esposo, Nicolás de Trejo. El hombre la denunció ante las
autoridades del Santo Oficio luego de que, supuestamente, le presumiera
de sus dotes de bruja y se le adjudicara el asesinato del gobernador del
pueblo.
«Con
sus hechizos y encantos tenía a su marido baldado o imposibilitado de
una pierna para que no la castigara y la dejara. Nicolas [Nicolás] de
Trexo [Trejo], su marido, declaró que lo tenía aturdido, encantado y
enfermo, para que ella pudiese salir de su casa día y noche, además de
que le presumía de que era hechicera», se lee en el oficio religioso
recuperado por el Archivo General de la Nación.
Entre los registros, figuran mujeres de origen indígena y afrodescendientes como por ejemplo: Francisca Baraona, «mulata libre» acusada por su vecino, Luis Ramírez de ser bruja, 1695.
Mariana
de la Candelaria «de casta mulata», mujer casada de más de 50 años,
procesada por los delitos de «maléfica, bruja y hechicera» en 1760.
María de Anton, «mulata de Xalapa», fue acusada por vecinos de hechicera en 1664.
Bernarda
de Baraona «mulata libre», casada con el mestizo Jacinto Escobar,
acusada de hechicera y supersticiosa en agosto de 1695.
Las
negras Lucía Pacheco y Josepha Errera, acusadas de hacerle un hechizo a
don Thomas de Valladolid, gobernador del mencionado presidio. Puestas a
disposición de la Iglesia en enero de 1732.
De origen
guatemalteco, Cecilia de Arriola, mujer casada con don Juan de Fuentes y
de casta mulata, es uno de los casos en los que Cimacnoticias
pudo encontrar la violencia en el castigo que tuvo que vivir, fue
imputada por el Santo Oficio por los delitos de sortílega hechicera,
además, se le acusó de tener pactos implícitos con el demonio y de ser
maestra de malas doctrinas. Fue acusada por su propio esposo y llevada
ante el inquisidor Francisco de Ulloa quien la halló culpable de todas
las acusaciones.
Cecilia fue sentenciada a escuchar la misa mayor
todos los días en el convento de Santo Domingo (Ciudad de México)
sosteniendo siempre una vela encendida y en el rostro, debía colocarse
una máscara demoníaca que la avergonzara de sus presuntos nexos con
entidades oscuras y al cuello, Cecilia debía tener atada una soga.
Además
de esto, la mujer fue obligada a desnudarse y ser exhibida en espacios
públicos pregonando su culpa, fue desterrada y forzada a dedicarse a
atender a los enfermos en el Hospital de los Pobres.
Además de
los fuertes rasgos coloniales y de castas en estos archivos también se
encontró la tendencia importante: Mujeres señaladas de herir o asesinar a
hombres poderosos.
Como se advertía con anterioridad en algunos
de los casos, las muertes de gobernadores o sacerdotes estaban
estrechamente ligadas a las mujeres (especialmente si eran negras o de
origen indígena). Tal es el caso de Catalina Serrano mujer mulata quien
fue llevada ante el Santo Oficio luego de que vecinos de la comunidad
Villa de Sonsonate la acusaran de haber asesinado al sacerdote de la
comunidad, pues, presuntamente, se le había visto mezclando polvos y
hierbas.
Otro de los registros sobre el poder que tenían los
hombres para truncar la vida de las mujeres a través de acusaciones, se
dio en contra de María Gómez y «una mujer india llamada Leonor«,
cuando un señor inquisidor fiscal del Santo Oficio (sin nombre) las
acusó de tener pactos con el demonio y de ser brujas, pues, además,
testificó en su contra diciendo que las había visto volar por las noches
mientras gritaban: «De villa en villa, sin dios y sin María».
«La negra» Catalina Torres fue acusada por decir algunas palabras violentas en Durango en 1563.
Ese
mismo año, una mujer negra también fue acusada de haberle dado una
bebida misteriosa a un hombre quien murió de forma repentina.
Curiosamente, entre las denuncias que se repiten con mayor incidencia están aquellas por «palabras desacatadas«, por
blasfemia y por haber contraído matrimonio más de dos veces -aún en
contra de su voluntad-; las mujeres que osaban a ser ruidosas, realizar
frases vulgares o cuestionaban a la iglesia se convertían en objeto
incómodo para sus esposos y, por supuesto, para la iglesia.
Nombre
Motivo y año
María Álvarez
Hereje y apóstata, 1535
Francisca de la Anunciación, monja profesa
Por haber dicho que una religiosa de su convento que se ahorcó no se había condenado, 1564
Elena de la Cruz, monja profesa del convento de la inmaculada concepción de la ciudad de México
Blasfemia, dijo ciertas palabras en contra de la fe católica, 1568
María de Espinosa, esclavizada
Blasfemia, 1536
Ana Gutiérrez
Proceso criminal por palabras desacatadas, 1560
María Núñez
Blasfemia, 1561
Ventura León
Por haber dicho: «No hay justicia en la tierra, ni dios en el cielo«, 1562
María de Clavijo y Andrea Xacome
Blasfemia, 1562
Luisa González
Por untarse el cabello con un aceite para tener un buen marido, 1651
María de Bustamante
Por decir que su hijo estaba tan virgen como San Juan Bautista y sus hijas tan doncellas como Santa Catarina.
Juana Vázquez
Por palabras malsonantes, Guadalajara 1567
Fuente: Consulta realizada por Cimacnoticias en Repositorio Digital del Archivo General de la Nación, Árbol: Textual / Inquisición
En la ciudad de Querétaro, en los 1600 habitó la bruja Josefa Ramos apodada «la chupa ratones»
quien fue llevada ante la corte eclesiástica en enero de 1629 por una
serie de crímenes cometidos en contra de la iglesia católica.
Josefa
de Ramos fue una bruja mestiza de ascendencia de Valladolid y que,
junto a otras mujeres, formó un presunto culto «obsesionado con el
demonio» en la ciudad de Santiago de Querétaro según el escrito
contenido en el volumen 523 del expediente 1.
“La chupa ratones«, junto a la doncella Ana de la Cruz y una mujer indígena de nombre Francisca Mejía apodada «la mexicana«,
realizaban hechicería con el uso de hierbas y fue un exorcismo lo que
las puso en la mira de la iglesia. Durante ese exorcismo que se llevó a
cabo en casa de «la mexicana» a una mujer le creció el estómago de forma
sobrenatural y las 3 mujeres apuntaban a que se trataba de un demonio
que crecía en el vientre de esa mujer.
Foto de Кристина Гринченко: https://www.pexels.com/es-es/foto/mujer-sujetando-halloween-escalofriante-10211277/
Josefa Ramos fue detenida en la capital queretana, se le embargaron todos sus bienes materiales –que, en realidad, no tenía ninguno-,
fue enviada a prisión en una cárcel desconocida de Nueva España y
sentenciada al destierro de Querétaro por 10 años, asimismo, se le
impuso dedicar 5 años de su vida a servir a las personas enfermas en el
Hospital del Amor de Dios. Sobre sus pares, «la mexicana» y la doncella, no hay mayor información rescatada en el archivo.
Además
de «la chupa ratones», existió otra presunta bruja con quien compartía
nombre; Josefa Salazar, en la Ciudad de México quien fue presentada ante
el comisario del Santo Oficio acusada por el fraile Joseph de Patermina
luego de que un hombre identificado como Pablo Álvarez, capitán y
soldado se acercara a las autoridades clericales para explicarles que
esa misteriosa mujer había realizado brujería en contra de su compañero,
el capitán Manuel de Alarcón.
En una indagatoria, se descubrió
que Josefa Salazar guardaba los cabellos de Manuel de Alarcón, así como
hierbas y polvos que utilizaba para presuntos rituales.
En
añadidura, también era reconocida en la capital por recolectar en un
paño el esperma de los hombres con quienes mantenía relaciones sexuales.
para posteriormente mezclarlo con otros brebajes hasta que se creaba
una bebida parecida al chocolate y finalmente, se la daba a beber a sus
amantes con el objetivo de que crearan dependencia a ella.
A la
misma Ciudad de México arribó la presunta hechicera María de Gallardo,
de origen español, quien fue remitida a la capital luego de hacer
presuntas acciones brujeriles en la ciudad de Aguascalientes. El
principal señalamiento contra María fue su participación para hechizar
al cura don Pedro Rincón.
Según documenta el oficio imputado
contra María de Gallardo, la mujer guardaba a un muñeco hecho de cera
con cabellos del cura y que, supuestamente, utilizaba para lastimar al
sacerdote. Fue detenida en 1667 y se desconoce el castigo que impuso el
Santo Oficio Católico.
Estos son algunos de los archivos documentados por Cimacnoticias
en el Archivo General de la Nación, los cuales permitieron un
acercamiento al tema de mujeres afromexicanas, mulatas e indígenas
severamente castigadas por el Santo Oficio de la iglesia católica
española quienes a través de sus sentencias contra ellas al marcarlas
como brujas, hechiceras, apóstatas y herejes, permitieron reconocer
textos fundacionales que contribuyeron en la construcción de valores y
violencias patriarcales incluidas las simbólicas y tácitas que
trascendieron los siglos las cuales siguen arraigadas en la
idiosincracia mexicana.
Canva. Extracto de la poetada del libro.-Ciudad de México.- «El martillo de las brujas»
es un libro publicado en 1486 el cual fue considerado el tratado más
importante de persecución contra «las brujas», a lo largo de tres siglos
fue un manual utilizado por la Santa Inquisición que daba cuenta en sus
páginas de cómo reconocerlas, castigarlas y torturarlas, fue un génesis
de la caza contras las herejes y cuyo objetivo principal era condenar
mujeres desde el poder institucional y eclesiástico de la misoginia
medieval.
Aunque fue un libro escrito desde la teología, lo cierto
es que fue utilizado como un código penal por toda Europa para que
juzgadores de la inquisición llevaran a cabo ejecuciones y torturas
contras mujeres acusadas de brujas porque según sus letras, eran más
propensas a realizar estas prácticas por su «debilidad moral e
intelectual».
«El martillo de las brujas», nombre traducido de Malleus Maleficarum,
ha trascendido el tiempo y sigue disponible en la actualidad, una
ventaja porque permite leerlo y realizar análisis de contenido desde la
perspectiva de los derechos humanos de las mujeres para entender cómo
los textos fundacionales trascendieron y conformaron sociedad
patriarcales, por ejemplo, la Universidad de Navarra señala en su
artículo Del Malleus Maleficarum a los cuentos de brujas que fueron principalmente mujeres pero en especial curanderas el objetivo de la caza de brujas.
El
Malleus Maleficarum es un texto que permanece actual, a pesar de los
siglos pasados desde su publicación por vez primera. Finalmente,
¿existen razones para mantener invisibles, anónimas, a las brujas que
fueron hostigadas, perseguidas, torturadas, juzgadas y muertas al amparo
del Malleus Maleficarum?, ¿cuántas?, ¿de qué número de mujeres estamos
hablando? Éstas habrán de permanecer por siempre “invisibles”.
Remedievalización del derecho y la política. Introducción crítica al estudio del saber jurídicopolítico
La
obra fue escrita en Alemania por dos sacerdotes: Heinrich Institors y
Jacobus Sprenger. Ambos pertenecían a la Orden Dominicana, una
organización fundada en el siglo XIII que combatiría la herejía. En
algún punto de sus vidas fueron nombrados como inquisidores lo que
influyó en la forma de razonamiento que hay en el libro.
Fue el papa Juan XXII con la bula Super Illius Specula,
un documento que condenaba como brujas a las mujeres comadronas por sus
conocimientos en botánica durante la Edad Media y así se fue
oficializando la brujería como una práctica hereje. Dicho documento
originó otros textos en los que se responsabilizaba a las mujeres de
practicar la hechicería.
En la época, la misoginia contra las mujeres era un proceso naturalizado, tan solo el término fémina era considero la conjunción de las palabras fe y minus,
dando a entender que ellas tenían menos fe que los hombres lo que las
llevaba a caer con facilidad en la práctica de la brujería. El libro
también demeritaba a personajes históricos como Eva, Dalila, Jezabel,
Helena de Troya y Cleopatra. De esta manera, lograron confabular una
guía para la detección, obtención de pruebas y tratamiento punitivo de
las brujas.
Incluso, este manual de cazería contra las mujeres
permitía que las pruebas que sustenban las acusaciones con ellas fueran
rumores, dichos, historias, suposiciones, comentarios, miradas o relatos
y esto bastaba para llevarlas a procesos de tortura.
En «Del Malleus Maleficarum a los feminicidios actuales»,
se detalla que el 90% de las personas condenadas y torturadas por
prácticas de hechicería fueron mujeres. En su mayoría, fueron adultas,
pobres, solteras o viudas. Las conductas comúnmente punibles fueron
acciones que físicamente no podían realizar, por ejemplo eran condenadas
por:
Causar
tormentas y granizadas sobre poblaciones o cultivos, producir sequías,
matar mediante maleficios en animales, ocasionar plagas, enloquecer a
los hombres mediante conjuros, provocar que los hombres se apasionen
sexualmente de prostitutas, robarles riqueza a los hombres, hacer soñar a
sus enemigos con desastres y muertes, desaparecer el pene de los
hombres por embrujos, volver estéril a una mujer, influir en los astros
para que cambien el rumbo, modificar rostros, dar muerta a mujeres
sanas, devolver a la vida a los muertos, lograr que personas nieguen a
Dios, ocasionar enfermedades incurables, entre otras.
Recetario para castigar mujeres
Como un recetario, «El martillo de las brujas»
expone tres vías para iniciar un proceso contra detenidas por brujería.
El texto señala que debían acusarla ante un juez por herejía y poder
probarlo, pero se hacía sin pruebas y sin inmiscuirse en el proceso bajo
la excusa de que quien se negara a denunciar tendría también una pena.
Para
el proceso se necesitaba conseguir testigos y la mejor manera
recomendada era dejar por escrito sus declaraciones para que
posteriormente se pudiera catalogar como una prueba infalible para
convencer al juez. Este también podía convocar a los testigos al estrado
y bajo un juramento eclesiástico.
Luego, para admitir un
testimonio se debía seguir todo un proceso, por ejemplo, no era aceptada
la declaración de personas excomulgadas, los partícipes y compañeros
del crimen, los que son declarados infames y criminales, los siervos
contra sus amos, tampoco los enemigos mortales de las mujeres acusadas;
sin embargo, se podían admitir declaraciones de familiares siempre que
fueron en contra y no en favor de ellas.
Si una mujer acusada de
brujería negaba su participación, el juez debía considerar la mala
reputación de ella, los indicios del hecho y las opiniones de los
testigos. Aunque la mala reputación de las mujeres siempre tenía un
mayor peso. Asimismo, si se sospechaba que esa mujer acusada tenía
intención de huir, la mantenían en prisión con mayor razón.
Después
del arresto se debían seguir dos pasos, proporcionarle un defensor a la
acusada y realizar un examen en la cámara de tortura. La primera solo
se realizaba si había una petición de la acusada y dejarlas sin una
defensa era una práctica común. Cuando sí se proporcionaba una defensa,
no se le compartía el nombre de los testigos, en cambio, el abogado
debía cumplir con tres expectativas: modestia, verdad y que su salario
fuera moderado.
En cuanto a la tortura, se realizaba con la
intención de obtener una confesión propia pensando que sería una forma
para presionarla sin pensar que reconocer dicha acusación también era
una forma de terminar con el proceso violento al que eran sometidas.
Posteriormente, el juez debía estar atento cuanto se emitiera la
sentencia de tortura para analizar su reacción, el que no llorara era
una muestra más de su brujería.
Una vez sentenciadas, eran
desnudadas siempre por otras mujeres consideradas de buena reputación.
Esto era parte de un proceso de seguridad en el que se aseguraban de que
no cargaban con algún maleficio en sus vestimentas. También era
escoltada sin tocarla y portando sal exorcizada o hierbas benditas.
De acuerdo con el artículo, el «El martillo de las brujas» fue una guía para cometer feminicidios: «más que brujas o hechiceras, estas mujeres eran víctimas de este proceso injusto».
No obstante, actualmente es una acción que se sigue practicando donde
las mujeres son criminalizadas no solo por su género, sino por romper
con los estándares y estereotipos de la sociedad patriarcal.
«¡Matar
a la Bruja no es un grito que se ha quedado en el pasado, no! El
femicidio y feminicidio son nuevas manifestaciones de este grito. Ya no
se realiza este grito en el ámbito de lo público, pero está en muchas de
las mentes que se construyeron en este modelo de derecho patriarcal aun
habita este perjuicio»
Pese a que la brujería era considerada como el peor mal en la humanidad, «El martillo de las brujas»
justificó su existencia bajo la permisibilidad de un supuesto dios.
Mientras que, la naturaleza de este personaje no le permitía caer en
prácticas demoniacas, la humanidad tenía el libre albedrío para decidir
entre el camino del bien y el mal. Aunque, refiere que la inferioridad
biológica y espiritual de las mujeres era lo que las llevaba a práctica
brujería, cosa que no ocurría con los hombres.
Por ejemplo, de
acuerdo con el capítulo tres, Institoris y Sprenger determinan que es
imposible la creación de un hombre a través de la relación sexual entre
un demonio y una mujer, ya que la única manera para su creación es a
través de Dios, de lo contrario «la obra del Diablo sería más fuerte que la de Dios»,
lo que alude a la debilidad como algo inherente de las mujeres. Por el
contrario, en el capítulo sexto, no existe posibilidad de que a las
mujeres no se les relacione con la brujería porque es algo que «la
experiencia» ha determinado.
Y así página tras página Malleus Maleficarum
detalla su manual de tortura contra las mujeres que difundió este
tratado de persecución contra «las brujas»como un reflejo del control
eclesiástico medieval responsable de la ejecución de miles de inocentes,
por lo que es una advertencia viva de lo que significa la
institucionalización de la misoginia.
La
lucha contra la exclusión debida al incumplimiento de los estereotipos
patriarcales es agotadora. La adhesión al positivismo del colectivo con
discapacidad como coartada para integrarse en un grupo es comprensible,
pero tal actitud en esas dinámicas afecta negativamente a nuestras
vidas. Rechazar el positivismo puede ser una forma de resistencia. No
siempre es posible o saludable adoptar una actitud positiva ante
situaciones de discriminación o exclusión. A veces, el reconocimiento
del dolor y la lucha es esencial para poder avanzar y encontrar nuestro
camino.
Es importante encontrar espacios donde nos sintamos validadas y
comprendidas. A veces, el apoyo puede venir de comunidades que comparten
experiencias similares.
La lucha contra las normas patriarcales y la discriminación es una
tarea onerosa no exenta de escollos, especialmente cuando se trata de
desbaratar estereotipos arraigados en la sociedad y que se inculcan
desde la cuna.
El positivismo, aunque puede ofrecer un sentido de pertenencia, no
siempre es la respuesta. Aceptar el dolor y la lucha es vital tanto a
nivel individual como también para la formación de un movimiento más
fuerte y consciente de las distintas realidades de sus integrantes.
Descubrir espacios de apoyo que reconozcan y acepten nuestras
experiencias puede suponer nuestra salvación. Ya sea en grupos de
discusión, redes sociales o comunidades activistas, la conexión puede
ser el motor del cambio. La lucha es tanto personal como colectiva.
Claro, el tema de la discapacidad y la forma en que se cruza con el
sexismo, roles sociales y expectativas culturales entraña una gran
complejidad. La sociedad tiende a imponer normas que pueden ser
excluyentes, y muchas veces, quienes nose ajustan a esos moldes
enfrentan discriminación y marginación.
Lo personal es político también en esos casos. Nuestras experiencias y
luchas no son solo individuales, sino que reflejan patrones más amplios
de opresión. Al no seguir los roles patriarcales y no conformarnos con
lo que se espera de una mujer «normativa», desafiamos esas estructuras
de poder.
Dichas dinámicas de poder sitas en la intersección entre discapacidad y sexismo son complejas. Aquí ponemos algunas:
Desigualdad por haber nacido mujeres. Las mujeres con discapacidad
nos enfrentamos a opresión por haber nacido mujeres, pero no solo somos
oprimidas por nuestro sexo , también enfrentamos el estigma de la
discapacidad.
2.Estereotipos patriarcales: Los estereotipos tradicionales sitúan a
las mujeres en una posición de subalternas respecto a los varones. Si
añadimos la discapacidad con su estigma a la ecuación, acabamos siendo
percibidas como eternos objetos de cuidado, colaborando en la
cronificación del rol sexista en lugar de como agentes activas de su
vida .
Acceso a recursos Las mujeres con discapacidad a menudo tenemos un
acceso limitado a recursos como educación, atención médica y empleo.
Esto se agrava por la falta de políticas inclusivas que aborden nuestras
necesidades específicas.
Violencia y abuso: Las mujeres con discapacidad somos más propensas a
ser víctimas de violencia y abuso, tanto físico como emocional. La
intersección entre discapacidad y sexo nos hace más vulnerables y
facilita la violencia al contar con nuestras defensas mermadas, tenemos
más difícil defendernos lo que conlleva que las instituciones den a
menos crédito a nuestras denuncias.
La falta de representación de mujeres con discapacidad en espacios
de toma de decisiones perpetúa nuestra exclusión. Sin una voz en la
creación de políticas y programas, nuestras necesidades y experiencias a
menudo quedan sin ser contempladas.
Estas dinámicas revelan cómo las estructuras de poder están
interrelacionadas y cómo es esencial abordar la discriminación de manera
holística para lograr un La resistencia a los estereotipos y mandatos
sociales es un aspecto clave del activismo, y es cierto que las mujeres
con discapacidad enfrentan desafíos únicos en este contexto. La
deconstrucción de prejuicios como el capacitismo requiere un esfuerzo
colectivo y constante, ya que está profundamente arraigado en la
sociedad. La idea de «normalidad» como un constructo social impuesto es
un punto importante. Poner en cuestión estos estándares y reconocer la
variedad en todas sus formas es vital para avanzar hacia una sociedad
más equitativa donde quepamos todas.
Foto: Canva.- Ciudad
de México.- Detrás de cada adolescente inconforme con su apariencia se
encuentra el deseo por cumplir con un estereotipo de belleza establecido
en sociedades patriarcales y esto lleva a que mujeres busquen someterse
a algún procedimiento que permita alcanzarles esos estándares de
belleza establecidos en edades más tempranas, lo que significaría una
acto de violencia estética.
No olvidemos que las sociedades
patriarcales impulsan mayores exigencias sobre los modelos de belleza
para las mujeres, estos patrones promueven la discriminación racial y
capacitismo que produce rechazo a cualquier persona que no tenga piel
blanca, cabello claro, ojos claros, nariz respingada, estatura adecuada o
delgadez extrema. Para alcanzar estos estándares las cirugías estéticas
se han convertido en herramientas, y por ello, es común que
adolescentes soliciten a sus padres una cirugía como regalos de
cumpleaños.
Esta información trae a cuenta el caso de la
adolescente Paola Nicole quien murió el pasado 25 de septiembre a los 14
años luego de someterse a una cirugía estética para colocarse implantes
mamarios, lo que presuntamente resultó en complicaciones fatales.
Fue
por eso que el pasado 30 de septiembre la senadora Gina Campuzano del
Partido Acción Nacional (PAN) propuso la Ley Nicole, para prohibir
procedimientos estéticos en menores de edad.
“Se
trata de poner límites éticos y sanitarios cuando hay niñas, niños y
adolescentes de por medio. Se trata de que la medicina vuelva a ser
cuidado y no comercio. De que el bisturí nunca se use para tallar
inseguridades infantiles en un quirófano sin garantías”, resaltó.
Para
la psicóloga Aidee Elena Rodríguez Serrano, académica de la Facultad de
Psicología de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), crear
la necesidad en las adolescentes de modificar sus cuerpos a través de
cirugías es una forma de violencia estética que influye en la
autoaceptación causando que constantemente estén inconformes con ellas
mismas. En este escenario, propuso que las madres y padres desarrollaren
un papel de guía y educación para orientarlos en cuestiones de salud
física y mental, pudiendo acompañarlas en su etapa de desarrollo de
forma más sana y libre de violencias.
La
Sociedad Americana de Cirujanos Plásticos indica que madres y padres
deben hacerse tres preguntas esenciales: ¿es realmente la o el
adolescente por sí misma la que desea la cirugía o cambio?, ¿es realista
que la o el adolescente sepa acerca de los beneficios que se puede
obtener con la cirugía estética o el cambio que pretende?, y ¿puede ser
la o el adolescente madura para apreciar los riesgos y desventajas de la
cirugía estética?
Por ello, para poder enseñar a las adolescentes
a tener una mejor relación con sus cuerpos y mejorar su autoestima, la
psicóloga Aidee Elena Rodríguez Serrano recomienda no hacer comentarios
sobre los cuerpos ajenos o alentar a la modificación con operaciones
estéticas, sobre todo de las niñas y adolescentes. Esto se extiende no
solos sobre temas de belleza, sino en sus capacidades, autoaceptación, y
validarlas como personas.
Es importante señalar que el número de
procedimientos estéticos van en aumento, datos de la Sociedad
Internacional de Cirugía Plástica y Estética (ISPAS) señalan que a nivel
mundial se realizaron 17 millones 415 mil 678 procedimientos
quirúrgicos y 20 millones 535 mil 686 procedimientos no quirúrgicos
durante 2024. Sin embargo, lo más preocupante es que el 83% de las
cirugías quirúrgicas y el 84.2% de operaciones no quirúrgicas en el
mundo se hicieron en mujeres.
México ocupa el sexto lugar con la mayor cantidad de operaciones estéticas.
Del
total de 734 mil 82 procedimientos quirúrgicos realizados en México,
292 mil 478 se hicieron en cara y cabeza, 294 mil 071 en cuerpo completo
y extremidades, y 147 mil 533 en mama. Por otro lado, de los 560 mil
865 procedimientos no quirúrgicos, 421 mil 893 se hicieron a través de
inyecciones, 70 mil 83 fueron rejuvenecimientos faciales y 68 mil 889
implicó otro tipo de método.
A
pesar de la lucha de las mujeres por la autonomía de sus cuerpos,
siguen siendo regidas por los estándares de belleza. Carmen Gonzales
Martín, autora del texto ‘La doncella de hierro y la odalisca: metafísica de una imagen femenina’ considera que existen estereotipos encubiertos que crean una falsa sensación de progreso sobre la imagen femenina.
La metáfora de la doncella de hierro en El mito de la belleza de
Naomi Wolf, nos recuerda que, este instrumento de tortura medieval con
púas afiladas, restringe y moldea a quienes lo usan como lo hacen las
cirugías estéticas. Gracias a ellas, las mujeres asumieron el papel de
autoformar sus cuerpos bajo la presión social de alcanzar estándares
estrictos.
De esta manera, Carmen plantea que las mujeres creen
que toman decisiones libres sobre la liberación sexual y la
reapropiación del cuerpo, cuando en realidad cumplen nuevos estándares
de control voluntariamente, lo que continúa con la percepción de que las
mujeres son objetos despojados de su individualismo.
Pese a que,
desde afuera, podría parecer que se trata de una decisión libre, para
la psicóloga Aidee Elena Rodríguez Serrano, académica de la Facultad de
Psicología de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) en
entrevista para Cimacnoticias en la adolescencia las decisiones
son influidas por los factores que les rodean. Por ejemplo, la
publicidad, los medios de comunicación, redes sociales, figuras públicas
o celebridades, y el mercado estético siendo ellas más susceptibles a
recibir constantes mensajes sobre su imagen personal. Aunque una causa
más directa son los comentarios que llegan a recibir desde niñas sobre
su apariencia.
Otra factor es la preocupación por conseguir una
pareja y establecer una relación heterosexual con «valores
tradicionales» donde el hombre rico sea el proveedor, mientras que las
mujeres adoptan el papel de cuidadoras abandonando la independencia
económica. En la dinámica interponen sus cuerpos como un tipo de
enganche o precio a pagar para mantener ese estilo de vida. Dicha
tendencia se ha expandido a través de redes sociales con las llamadas tradwife o las baby sugar.
Desde
una perspectiva médica, el personal médico recomienda que el cuerpo
alcance su completo desarrollo, por lo que, desaconsejan las
intervenciones en menores de 18 años, ya que diversas partes de su
cuerpo aún no están consolidadas. Aunque es común ver que cirugías como
la rinoplastia o cirugía estética de la nariz comienza a practicarse a
los 14 años en mujeres y a los 16 años en hombres, se pide no
normalizarlo.
Por el contrario, el articulo «Adolescentes y cirugía estética: enfoque en el aumento de senos y la liposucción»
señala que las cirugías reconstructivas para corregir una anomalía
(labio leporino o paladar hendido), pueden proporcionar un beneficio a
las niñas y adolescentes.
Para dimensionar las consecuencias de
una cirugía estética, el mismo texto advierte que, cuando se trata de
una operación de senos, la mayoría de las complicaciones están
relacionadas con el prostético. Por ejemplo, existe riesgo de una
contractura capsular, endurecimiento del tejido cicatricial que rodea el
implante, sentir el seno duro y doloroso, ruptura del implante, fugas,
sangrado posoperatorio, hematomas, reacciones a la anestesia, pérdida de
sensibilidad y cicatrices.
Los riesgos médicos por implantes
mamarios aumentan en años posteriores a la cirugía incluso aunque estos
tienen una duración de 10 años aproximadamente.
Con ello, hay
otras consecuencias como lactancia insuficiente y falla en la detección
de tumores mamarios cancerosos aproximadamente en un 55%, lo doble del
promedio en mujeres sin implantes. No obstante, el cuerpo de una
adolescente no es apto para estos cambios, ya que el desarrollo de los
senos puede continuar incluso después de los 18 años donde hay
probabilidades de que aumente de peso.