9/05/2026

Colombia debate la prohibición de los vientres de alquiler mientras el negocio crece

 Por Marina Sardiña 

Fuentes: La Marea

Un nuevo proyecto de ley impulsado por congresistas de todas las corrientes políticas propone abolir la práctica mediante la penalización de la gestación subrogada, creando un tipo de delito específico que persiga a las clínicas, agencias e intermediarios.

«¿Te gustaría ser portadora gestante? Tu decisión puede ayudar a cumplir el sueño de una familia». Este es uno de los cientos de anuncios que se pueden encontrar en Facebook, con decenas de comentarios. Alquilar el vientre está a un clic de distancia para miles de mujeres colombianas. Una investigación de La Marea reveló el entramado de actores implicados en el funcionamiento del negocio de la gestación subrogada en Colombia: clínicas de reproducción asistida, agencias internacionales, bufetes de abogados, fundaciones, sistemas médicos públicos y privados, reclutadoras, entidades estatales y mujeres gestantes. Un mercado que opera amparado por la falta de regulación en el país, un pretendido altruismo y las desigualdades socioeconómicas entre las partes involucradas.

En agosto, después de más de una quincena de proyectos de ley fallidos –y con más de dos décadas de procesos de gestación por subrogación– el Congreso de la República recibió un nuevo texto para reglamentar este multimillonario negocio que ha convertido a Colombia en uno de los principales destinos para el llamado «turismo reproductivo». Congresistas de todo el espectro político, desde la ultraderecha gobernante hasta la izquierda y el centro, se han unido con un objetivo común: prohibir y convertir en delito la «explotación reproductiva mediante maternidad subrogada».

La justificación central del proyecto es que la gestación subrogada puede producir explotación reproductiva de las mujeres, mercantilización de los niños, conflictos de filiación e identidad, riesgos de apatridia y posibles formas de trata o venta de niños. Los firmantes sostienen que estos riesgos no se solucionarían mediante una regulación limitada, sino únicamente mediante una prohibición total.

Congresistas de Colombia, de todos los signos políticos, se unen con el propósito de abolir la gestación subrogada.

Muchos de los congresistas promotores de la norma provienen de los sectores conservadores más radicales, contrarios a otros derechos como la interrupción voluntaria del embarazo o el matrimonio de personas LGBTIQ+. La senadora y feminista Jennifer Pedraza, cuya carrera política viene de los movimientos estudiantiles y las protestas sociales, dice que esa convergencia solo demuestra que la práctica es «tan degradante» que pese a las discrepancias políticas en otros temas «podemos ponernos de acuerdo en la protección de los derechos humanos de las mujeres».

Castigar la intermediación y la promoción

La iniciativa propone prohibir toda forma de gestación subrogada, sin distinción entre la comercial y la altruista; declarar ineficaces los acuerdos celebrados con ese objeto y crear un nuevo delito penal para sancionar a quienes promuevan, faciliten, intermedien o financien la práctica. Uno de sus promotores, el representante a la Cámara por el Partido Conservador, Luis Miguel López, afirma que la prohibición es necesaria porque «los niños no están a la venta ni las mujeres son objeto de contratos y objeto de comercio».

El proyecto de ley plantea la creación de un nuevo delito penal. No busca penalizar a las mujeres que acceden a esta práctica, a quiénes protege como víctimas, sino a los actores más fuertes de este mercado y los intermediarios que la promueven; con penas de entre 9 y 16 años de prisión y multas de hasta 1.500 salarios mínimos, unos 725.000 euros. También se castigaría la publicidad de servicios médicos, jurídicos o turísticos relacionados con la práctica, incluso –apuntan– cuando el procedimiento se realice en otro país; algo similar a lo que sucede en España. «Busca proteger a las mujeres para que no sean engañadas con contratos y con promesas de dinero importantes, cuando realmente no se les habla de los riesgos, de la libertad que se pierde, de no conocer hacia dónde va el niño y de los problemas físicos y psicológicos que puede acarrear el embarazo, no solo para la mujer, sino para el niño», apunta López.

La abogada y académica de la Universidad del Rosario, Natalia Rueda, quien lleva años investigando los contratos de subrogación, aclara que la norma se prevé como irretroactiva, por lo que no afectaría a los niños que ya nacieron por este proceso ni a las mujeres que estén llevando a cabo un embarazo subrogado. «En la medida en que la prohíbe, la ley tutela los derechos de la persona que nace, porque evita que se la trate como un producto o como un objeto de intercambio», explica sobre la protección de los derechos menores nacidos por subrogación, que muchas veces han quedado en riesgo de apatridia debido a los problemas de filiación.

Atacar la intermediación es el objetivo principal del nuevo texto, que está más alineado con las posturas abolicionistas –en debate dentro de los feminismos– de la gestación subrogada y con la Declaración de Casablanca, el principal documento internacional que promueve la abolición de los vientres de alquiler. «La apuesta penalizante está orientada a los intermediarios y a quienes rentan del negocio. No se trata solamente de una relación entre ricos y pobres, sino entre países ricos que buscan países empobrecidos», dice Pedraza. Antes de concluir la legislatura pasada, con Pedraza como una de las principales impulsoras, se sancionó la Ley 2608, una modificación a la ley contra la trata de personas, incluyendo la modalidad de «explotación reproductiva» asociada al delito; pero sin prohibir por sí sola los vientres de alquiler.

Contratos amparados bajo un «falso altruismo»

«Esto es un negocio. Nosotras somos utilizadas, somos una incubadora. Nos utilizan, tienen su recompensa, que es su bebé, y ya», denunciaba una gestante colombiana que brindó su testimonio para la investigación de La Marea «El negocio de alquilar vientres». Un relato que se repite entre las decenas de mujeres gestantes por subrogación entrevistadas por este medio.

Ninguna mujer reconoció haber accedido al procedimiento de forma altruista, pese a que ese es uno de los diez lineamientos que marcó la Corte Constitucional con la sentencia T-968 de 2009, y que, ante el vacío legal, es el manto bajo el que operan tanto las clínicas como sus abogados.

El proyecto declara ineficaces todos los contratos de maternidad subrogada, independientemente de que sean verbales o escritos, gratuitos u onerosos. Establece además que la gestante no tendrá que devolver el dinero, bienes, cuidados o beneficios que haya recibido. Para el representante López, «esta práctica la quieren vender como altruista, pero realmente no tiene nada de altruismo», y las altas sumas de dinero que se mueven lo demuestran.

Los restrictivos contratos firmados por las mujeres y los padres comitentes a los que este medio ha tenido acceso también demuestran que existe una serie de compensaciones no solo por los gastos médicos derivados del embarazo, sino que estas mujeres reciben bonos «por buen comportamiento» o un gran pago final a modo de «regalo» cuando entregan a los bebés a los padres de intención, una vez firmados todos los documentos para la renuncia de la maternidad.

En total, las mujeres pueden llegar a ganar hasta 60 millones de pesos colombianos, unos 16.000 euros; un pequeño porcentaje de lo que cuesta adquirir este servicio para las familias, mínimo 70.000 euros, dependiendo de la clínica y el paquete contratado. Este es otro de los argumentos redactados en el nuevo texto, partiendo de la base, como señala Pedraza, de que en Colombia la pobreza, el desempleo y la informalidad laboral está altamente feminizada, y existe una gran brecha de género tanto en las cargas de cuidados como en el sistema laboral.

Para los detractores del proyecto, como Simón Hernández, presidente de la Asociación Colombiana de Clínicas de Gestación por Sustitución y abogado de Babynova by Novafem, el camino es la regulación, ya que la prohibición «no equivale eliminar» la práctica. «Estamos en un país donde la subrogación es altruista, pero cobija el bienestar de las gestantes, teniendo en cuenta que es una decisión libre y autónoma», apunta. Según el abogado, las clínicas que prestan estos servicios cumplen con los estándares de calidad en todas las fases del proceso, pero reconoce que, si la ley termina siendo aprobada, «no continuarán operando».

Esto lo saben bien las reclutadoras, mujeres que fueron gestantes y que ahora trabajan para las clínicas y agencias reclutando a otras mujeres, en sus barrios o por Internet, para que realicen los procesos de gestación subrogada. Una reclutadora que prefiere no dar su nombre por seguridad se quejaba de que ningún congresista contó con las opiniones de las principales implicadas, las mujeres que, de prohibirse, perderían sus trabajos. «Las clínicas seguirán realizando otros procesos de fertilidad. Solo cortan todo nexo laboral con nosotras. No pierden nada, en realidad: las únicas damnificadas somos nosotras, el eslabón más débil».

Natalia Ramírez, abogada y académica de la Universidad de Los Andes, cuestiona también el prohibicionismo como una «pésima» alternativa regulatoria. «El proyecto parte de la base de que las gestantes sustitutas no pueden ofrecer un consentimiento libre frente a un acuerdo de gestación por sustitución porque necesitan el dinero para sobrevivir», explica. Para Ramírez, esto no reduce las desigualdades. «Mi propuesta es que la gestación por sustitución se reconozca como una modalidad especial de trabajo con el cuerpo y que las gestantes obtengan garantías laborales desde el momento en que empiezan los tratamientos de reproducción asistida con los padres intencionales», dice.

En Colombia, no existen cifras oficiales –ya que las clínicas de fertilidad son reticentes a mostrar sus datos y no hay un organismo estatal que controle el mercado– sobre cuántos bebés nacen por subrogación ni cuáles son los países de procedencia de los padres de intención o comitentes que adquieren estos servicios. La Marea encontró más de 45 clínicas donde se practican procedimientos de subrogación y, según el representante ultracatólico López, al menos 8.000 menores habrían nacido de vientres de alquiler en 2025, teniendo en cuenta que ese fue el número aproximado de impugnaciones a la maternidad que recibieron los juzgados. En los últimos años, debido a la guerra en Ucrania y las prohibiciones en países como Italia, India o Argentina, la industria se movió masivamente hacia el sur global: Colombia, México, África o el Este de Europa, donde los procedimientos además tienen costos más bajos para clínicas, agencias y padres de intención.

Con el proyecto de ley radicado en el Congreso, y pese al largo camino por delante en el legislativo, mientras la práctica se sigue desarrollando en una zona gris, la discusión parece ser más necesaria que nunca. Los críticos del proyecto apuntan a que la prohibición impulsará un mercado negro y clandestino de vientres de alquiler. La académica Rueda niega esto, puesto que el objeto y fin último del contrato es una persona que nace viva, «que tendrá que atravesar fronteras y que tarde o temprano tendrá que relacionarse con un Estado». Para ella, «es paradójico que se diga que habrá un mercado negro en una industria que se presenta como legal y cuyos actores sostienen que actúan dentro de la legalidad».

Fuente: https://www.lamarea.com/2026/08/31/colombia-vientres-de-alquiler-2/

Dinamarca compensará a mujeres inuit de Groenlandia sometidas a anticoncepción forzada

 

El gobierno de Dinamarca anunció una compensación económica para miles de mujeres y niñas inuit de Groenlandia que fueron sometidas a métodos anticonceptivos sin su consentimiento entre 1960 y 1991, como parte de una política que ha sido señalada por sus graves consecuencias físicas y psicológicas.

De acuerdo con información de la agencia Associated Press (AP), retomada por medios como PBS y The Hill, el Ministerio de Salud de Dinamarca informó que las mujeres afectadas podrán solicitar un pago individual de 300 mil coronas danesas, equivalentes a aproximadamente 46 mil dólares.

El mecanismo de compensación comenzará en abril de 2027 y las solicitudes podrán presentarse hasta junio de 2028.

Se estima que alrededor de 4 mil 500 mujeres podrían beneficiarse de esta medida. Las afectadas son mujeres inuit que actualmente viven en Groenlandia, territorio autónomo perteneciente al Reino de Dinamarca.

Mujeres y niñas fueron sometidas a anticoncepción sin consentimiento

Entre 1960 y 1991, autoridades sanitarias danesas colocaron a mujeres y niñas inuit dispositivos intrauterinos (DIU), conocidos también como espirales, o les administraron métodos hormonales anticonceptivos sin que conocieran plenamente el procedimiento o sin haber otorgado su consentimiento.

Entre las afectadas había adolescentes y niñas.

Una investigación independiente sobre el caso documentó testimonios de cientos de mujeres y niñas que denunciaron haber sido sometidas a estos métodos anticonceptivos. Algunas de las víctimas tenían 12 años o menos cuando fueron intervenidas.

Aunque más de 350 mujeres y niñas han reportado directamente haber sido sometidas a estas prácticas, las autoridades y las investigaciones estiman que más de 4 mil mujeres y niñas pudieron haber sido afectadas.

El caso ha sido conocido públicamente como el “caso del DIU” y generó cuestionamientos sobre las políticas implementadas por las autoridades danesas en Groenlandia, particularmente por tratarse de una población indígena.

Dinamarca reconoce el daño causado

La ministra de Salud de Dinamarca, Sophie Løhde, reconoció la gravedad de lo ocurrido y calificó el caso como un capítulo oscuro de la historia compartida entre Dinamarca y Groenlandia.

La funcionaria señaló que las prácticas tuvieron consecuencias tanto físicas como psicológicas para las mujeres groenlandesas afectadas.

“Desafortunadamente, no podemos eliminar el dolor de las mujeres, pero la compensación ayuda a reconocer y disculparse por las experiencias que han atravesado”, afirmó la ministra.

La medida económica representa así un reconocimiento institucional del daño sufrido por las víctimas, aunque no elimina las consecuencias que estas prácticas tuvieron sobre sus cuerpos y sus vidas.

Una investigación que comenzó tras las denuncias de las víctimas

Las mujeres afectadas habían solicitado una investigación independiente para esclarecer lo ocurrido. El proceso comenzó en junio de 2023 y permitió documentar testimonios sobre la colocación de DIU y otros métodos anticonceptivos sin consentimiento.

El caso también puso sobre la mesa la vulneración del derecho de las mujeres a decidir sobre sus propios cuerpos y su reproducción, particularmente en un contexto marcado por la relación colonial entre Dinamarca y Groenlandia.

Para las víctimas, el pago económico no representa el olvido de lo ocurrido, sino un reconocimiento de una práctica que durante décadas afectó su autonomía corporal y reproductiva.

Sáhara Occidental: mujeres en lucha por una igualdad real

 Por Patricia Simón

Fuentes: La Marea

Tras crear un Estado en uno de los lugares más inhóspitos del mundo, las saharauis exiliadas en los campamentos de Tinduf buscan hoy su propia autonomía.

Cinco generaciones de mujeres saharauis han crecido y vivido logrando imposibles. Sobrevivían y cuidaban de niños, niñas y personas ancianas en uno de los lugares más inhóspitos del mundo. Intentaban poner puertas al desierto, barriéndolo fuera de sus haimas con escobones, tapando los resquicios de las tiendas, las puertas, las ventanas, para que la hamada no se les metiera más adentro. Con su inteligencia y sus manos fueron capaces de levantar, de la nada, un Estado en medio del destierro. Mientras tanto, los hombres se encargaban de combatir a las fuerzas ocupantes a cientos de kilómetros.

Esa es la división de las tareas que estableció el pueblo saharaui forzado al exilio hace 50 años, después de que España abandonase el Sáhara Occidental y permitiese que Marruecos ocupase la que sigue siendo la última colonia europea por descolonizar en África. Desde entonces, más de 170.000 personas –una de cada tres de ellas, menores– viven entre arena y piedras, sacudidos a menudo por tormentas que enferman los ojos y las fosas respiratorias, con temperaturas de más de 50 ºC en verano y que rozan los 0 ºC en invierno, en unas condiciones que las enferman, debilitan y empobrecen.

«Desde entonces, hemos conseguido lo que los españoles no consiguieron en cien años. Cuando España nos abandonó, no había ni una sola mujer saharaui universitaria y apenas se les permitió estudiar a unos 30 chicos. No había médicos saharauis y había carreras prohibidas para nosotros, como las Ciencias Políticas. La primera gran manifestación saharaui tuvo lugar entonces y la llevaron a cabo las mujeres pidiendo el derecho a la enseñanza, a la salud, al trabajo», explica Suelma Beiruk, ministra de Asuntos Sociales y Promoción de la Mujer de la República Árabe Saharaui Democrática (RASD), en su despacho en los campamentos de personas refugiadas de Tinduf (Argelia).

Sáhara Occidental: Mujeres en lucha por una igualdad real
Suelma Beiruk, ministra de Asuntos Sociales y Promoción de la Mujer de la República Árabe Saharaui Democrática (RASD), en su despacho. PATRICIA SIMÓN

Avances desiguales

En una construcción de paredes desconchadas y con la arena del desierto abriéndose paso por las estancias, Beiruk defiende el trabajo realizado por el Frente Polisario en las cinco décadas de exilio forzado. Un periodo en el que buena parte de su población ha sido alfabetizada y en el que el acceso a la educación superior de los hombres se equipara al de las mujeres, quienes ocupan, además, un 42,7% del parlamento. Un salto en la igualdad de género sin apenas precedentes en el mundo e inaudita en el contexto de los campos de refugiados. Sin embargo, como en todas las sociedades, los retos en este ámbito siguen siendo importantes.

«En mi película, una niña le dice a su padre que quiere ir a la escuela a estudiar. Y su padre le dice que no, que le va a preparar una boda. Y ella le dice que no quiere porque es muy pequeña», explica Mahouda Ahmed, una joven de 19 años cuyos progenitores, cuando vieron cómo le apasionaba grabar con su móvil, le propusieron estudiar cine en la escuela audiovisual del FiSahara, el festival de cine del Sáhara Occidental. Mahouda tuvo claro desde un principio que quería dedicar su primer corto a esta problemática. «Yo quiero estudiar y hacer muchas cosas. No quiero casarme. Aquí muchas niñas pequeñas no estudian y solo quieren hacer la boda. Da mucha pena», explica, llena de ganas de continuar su formación en España para poder trabajar como cineasta.

Sáhara Occidental: Mujeres en lucha por una igualdad real
Mahouada Ahmed, estudiante de cine en la Escuela del FiSahara y autora de un corto de ficción sobre el matrimonio infantil. PATRICIA SIMÓN

La legislación saharaui establece la edad mínima para casarse en los 16 años, según la ministra Beiruk, aunque sigue habiendo casos de matrimonio infantil. No hay cifras oficiales y Beiruk sostiene no tener constancia de ninguno. «En el caso de que lo hubiese –asegura–, hablaríamos con los padres para solucionar la situación». No existen penas de cárcel o multas, explica, sino que el papel de las autoridades se limita a mediar para que el matrimonio no se celebre.

Desde España, la decena de mujeres en la diáspora que integran el Movimiento Feminista Saharaui sostienen que «no hay datos oficiales que nos permitan saber la realidad actual de casi ninguna de las violencias y limitaciones que sufrimos las mujeres en nuestra sociedad, pero sí sabemos de casos de menores de 18 años que contraen matrimonio y no está mal visto ni se impide de forma legal o desde las instituciones». Las activistas han decidido mantenerse en el anonimato y hablar en nombre del colectivo para poder seguir desarrollando su labor de apoyo a mujeres en los campamentos.

«En los años ochenta y noventa se promovía la educación desde todos los ámbitos. Era una reivindicación política del Estado y del pueblo: que toda la juventud se formara y se cultivara para aportar a la sociedad y con vistas a la independencia del Sáhara Occidental. Pero el paso del tiempo y el estancamiento de la situación política y social, el exilio y el refugio prolongados, han hecho que las nuevas generaciones no le encuentren utilidad. Ven que las mujeres mayores que emigraron, estudiaron y se formaron también han terminado en los campamentos, sin apenas salidas profesionales y relegadas a los cuidados, a la cocina, casándose y criando hijos. Así que muchas chicas piensan: “¿Para qué voy a hacer todo eso si no va a cambiar nada?”. Esto es también lo que busca la ocupación», explica una de sus integrantes por videoconferencia. «Además, nos siguen educando en la idea de que para ser mujeres completas tenemos que casarnos y tener hijos. Y como en la mayoría del mundo, las mujeres, y especialmente las jóvenes, somos las que cuidamos a las criaturas pequeñas y a nuestros mayores, las que cocinamos, limpiamos y llevamos toda la carga del hogar. Cuando tienes 15, 16, 17 años, casarte es la vía más asequible para salir un poco de eso», añade.

Sin datos sobre violencia de género

«Las mujeres son la corona del pueblo saharaui» es una de las coletillas más escuchadas en los campamentos para negar que haya violencia de género cuando se pregunta por ella. También la mencionó la ministra Beiruk, quien dijo haber oído que «empieza a haber violencia verbal, pero si un hombre maltrata a una mujer, el resto de la sociedad lo rechaza. Por eso los hombres maltratadores no se casan».

Abida Mohamed Buzeid, funcionaria en el Ministerio de Asuntos Exteriores, apunta que el Polisario sí ha creado herramientas contra las violencias de género, como el Mecanismo Técnico de Promoción y Protección de las Mujeres. «El problema es que muchas mujeres y niñas no recurren a él porque desconocen su existencia», lamenta Buzeid en su casa, decorada con ilustraciones y tapices que representan a mujeres africanas. «España ha llegado al tema de los derechos de los mujeres tras siglos de lucha de las mujeres y de las feministas. No se puede juzgar a una sociedad como la saharaui, creada hace menos de medio siglo, en condiciones extraordinarias, en un contexto de guerra y en el exilio», analiza esta licenciada en Bioquímica que, tras representar al Frente Polisario en Dinamarca, ha vuelto a trabajar en los campamentos. «Hay que recordar que la colonización española no es de las generosas, como la inglesa o un poco la francesa, donde al menos educaban y cuando se iban dejaban a los pueblos un poco formados para que pudieran levantarse con sus propias capacidades. España siempre ha mantenido al pueblo saharaui marginado, y más aún a sus mujeres. Así que lo que ha logrado la mujer saharaui hasta hoy es un motivo de celebración, a pesar de que seguimos teniendo muchos desafíos».

Sáhara Occidental: Mujeres en lucha por una igualdad real
La bioquímica Abida Mohamed Buzeid representó al Polisario en Dinamarca y ha vuelto a los campamentos para trabajar en el Ministerio de Exteriores. PATRICIA SIMÓN

Una de las críticas a las que se ha tenido que enfrentar el Movimiento Saharaui Feminista es la de que con sus denuncias están perjudicando a la causa de la autodeterminación del Sáhara Occidental. «Lo primero de lo que se nos acusa es de ser promarroquíes porque, dicen, nos estamos metiendo con nuestra cultura, nuestra sociedad y con la causa nacional al criticar las opresiones que sufrimos por ser mujeres en una sociedad patriarcal y machista, como ocurre en el resto del mundo. Cuando las mujeres saharauis protestamos pidiendo el cumplimiento de nuestros derechos básicos, nos dicen que tenemos que esperar a que el Sáhara Occidental sea libre e independiente y, ya una vez en nuestra tierra, será el momento de otras luchas. Para nosotras no es incompatible luchar por la independencia de nuestra patria y por el respeto a nuestros derechos como mujeres», denuncia por videoconferencia la activista.

El Movimiento Feminista Saharaui presta especial atención al problema de la retención por parte de las familias de jóvenes saharauis cuando viajan a los campamentos. Desde que se conformó en 2021, su portavoz afirma que han tenido constancia de unos 10 casos y que se han implicado en cinco. «Son chicas de entre 18 y 30 años, que tenían en España su vida, su trabajo, su carrera. Normalmente, les piden que vayan a los campamentos de vacaciones, porque algún miembro de la familia está enfermo. También ha ocurrido durante una visita ordinaria. Cuando llegan, les quitan los papeles, las incomunican y comienza un proceso de presión y chantaje psicológico, a veces también de maltrato, para corregir lo que la familia percibe como una salida del camino correcto según la cultura saharaui», explica su portavoz.

El único caso que han denunciado públicamente es el de Safía, una joven de 27 años que estuvo retenida por su familia un año antes de conseguir escapar de los campamentos. Para entonces, sostienen desde la plataforma, su familia había conseguido que un fiscal saharaui emitiese una orden que impidiera la salida del territorio argelino de la joven, por lo que no podía volver a España por ninguna vía. Las activistas terminaron por denunciarlo públicamente tras meses trabajando por su liberación de manera confidencial. Consiguieron que el Gobierno de España emitiese varios salvoconductos, pero hasta octubre de 2025 Safía no consiguió viajar. Desde entonces, reside en España.

Violencia estética colonial

Otra de las violencias que sufren las saharauis, y que es común a todas las mujeres del mundo, tiene sus raíces en el colonialismo. «El canon estético de las mujeres africanas sostiene que debemos estar gordas y tener la piel clara. En los tiempos del colonialismo se entendía que si pertenecías a las familias ricas comías mucho y eras blanca. Es decir, lo contrario de lo que somos», explica Aziza Mrabih Abeidu, una de las impulsoras del proyecto Por Nosotras, un centro de estética creado para sensibilizar sobre las consecuencias para la salud de las cremas decolorantes, los corticoides y otros medicamentos cuyo consumo se ha extendido entre parte de las mujeres saharauis para engordar.

La Organización Mundial de la Salud desaconseja el uso de estas cremas porque muchas contienen mercurio, lo que provoca graves daños, especialmente en la salud reproductiva y hormonal. Además, el abuso de algunos corticoides puede perjudicar al equilibrio hormonal, entre otras contraindicaciones.

«Todas trabajamos en ONG internacionales y cuando organizábamos sesiones para explicar estas cuestiones, solo venían las mujeres mayores ya sensibilizadas con estos problemas. Así que decidimos crear un centro de estética donde las mujeres jóvenes vengan a depilarse, a peinarse, a hacerse la henna y mientras les hablamos de cómo cuidarse sin poner en riesgo su salud», continúa explicando su compañera, Enguia Hafdala Sidahmed.

Sáhara Occidental: Mujeres en lucha por una igualdad real
Sesión del proyecto Por Nosotras en su clínica estética. PATRICIA SIMÓN

Tras conseguir el apoyo del Instituto de las Desigualdades del Ayuntamiento de Barcelona, pusieron en marcha una iniciativa que parte de su condición de refugiadas: «Hay que pensar que detrás de la agresión estética que suponen estos productos y que están provocando incluso abortos e infertilidad, hay una herida. En el exilio, si no te casas y no tienes hijos, no tienes quien te cuide cuando seas mayor, así que es importante poder casarse. En consecuencia, les enseñamos a aclararse la piel como hacían las anteriores generaciones, con productos naturales, y a engordar con leche y carne de camello, rica en grasa», explica Fatma-Galia Beiba Saleh. A su lado, Adala Mohamed subraya la clave del éxito de la iniciativa: «Tras tantos años trabajando con ONG sabemos qué necesita nuestra comunidad, cómo formular proyectos y cómo ponerlos en marcha. Por eso está funcionando».

Las integrantes de Por Nosotras son, además, un grupo de amigas que se apoyan en la crianza, se cubren cuando necesitan tiempo para sí mismas y se ríen juntas como si no hubiera un mañana. «Como mujeres, tenemos muchos roles en nuestra sociedad: trabajamos en nuestras casas, en nuestros empleos, tenemos iniciativa. Por eso es crucial que nos apoyemos entre nosotras», concluyen entre bromas y abrazos.

La crisis humanitaria que fuerza a un nuevo exilio

La supresión de las ayudas de la agencia estadounidense USAID y los recortes en las ayudas a la cooperación de Europa han agravado aún más la crisis humanitaria que sufre el pueblo saharaui exiliado desde hace medio siglo. Los presupuestos del Frente Polisario se han reducido al 50% desde 2020, lo que ha impactado gravemente en cuestiones tan básicas como la educación y la sanidad. La falta de recursos para pagar salarios que permitan vivir ha provocado que no haya suficiente profesorado para impartir las clases, por lo que los docentes están siendo sustituidos por estudiantes de bachillerato. En los hospitales y centros de salud falta personal sanitario, por lo que están abriéndose consultorios y hospitales privados. Esta crisis económica está forzando a cientos de jóvenes a jugarse la vida subiéndose a una patera para buscar oportunidades en España.

Mientras, y tras el cambio histórico de postura del Gobierno español respecto al Sáhara Occidental, cuando en 2022 Pedro Sánchez anunció su respaldo al plan de autonomía marroquí –ilegal según la normativa internacional–, la reciente exclusión de los saharauis de la regularización de personas migrantes (un desaire que luego se intentó corregir con una proposición de ley que concederá la nacionalidad española a los saharauis y a sus descendientes) ha sido vivida como una nueva traición a un pueblo con el que España no tiene una deuda histórica, sino que sigue siendo a día de hoy la potencia administradora de iure, como recuerda recurrentemente la ONU, y la principal responsable de su infernal destierro.

La realización de este reportaje ha sido posible gracias a un viaje organizado y financiado por el Festival Internacional de Cine del Sáhara Occidental (FiSahara).

Este reportaje sobre las mujeres saharauis se ha publicado originalmente en La Marea 112. Hazte con un ejemplar aquí.

Fuente: https://www.lamarea.com/2026/08/26/mujeres-saharauis/

Daisy Chain Fields: Olivia Rodrigo une fuerzas por mujeres y niñas

Lo que comenzó como el sueño de Olivia Rodrigo de crear un festival integrado por mujeres y artistas lideradas por mujeres se convirtió este fin de semana en una celebración intergeneracional de la música, la sororidad y la defensa de los derechos de mujeres y niñas.

El pasado 29 de agosto, alrededor de 45 mil personas se reunieron en Great Park, en Irvine, California, para la primera edición de Daisy Chain Fields, un festival creado y encabezado por la cantante estadounidense que reunió en un mismo escenario a algunas de las voces más importantes de distintas generaciones.

Chappell Roan, Doechii, Mitski, Bikini Kill, Garbage, The Breeders, Santigold, Rachel Chinouriri, Die Spitz, Eli, Quiet Light y Not for Radio formaron parte de la programación, junto con Olivia Rodrigo. A ellas se sumaron como invitadas especiales figuras como Stevie Nicks y Sarah McLachlan, además de Alanis Morissette, quien sustituyó a Karen O, integrante de Yeah Yeah Yeahs, que tuvo que cancelar su participación por una emergencia familiar.

Un escenario donde distintas generaciones hicieron comunidad

Uno de los elementos que distinguió al encuentro fue precisamente su apuesta por reunir a mujeres de diferentes generaciones y trayectorias.

En el mismo espacio convivieron artistas jóvenes que actualmente encabezan las listas de popularidad con creadoras que llevan décadas transformando la música y abriendo camino para quienes llegaron después.

La conexión fue especialmente visible durante la presentación de Olivia Rodrigo, quien invitó al escenario a algunas de las mujeres que han sido referentes para generaciones de artistas.

Sarah McLachlan interpretó junto a Rodrigo Building a Mystery y Angel, mientras que Alanis Morissette se sumó para cantar Ironic.

El momento que quizá mejor sintetizó el espíritu del festival llegó cuando Stevie Nicks y Olivia Rodrigo interpretaron juntas Landslide, de Fleetwood Mac.

Nicks, una de las figuras fundamentales del rock, reconoció la conexión entre ambas generaciones. El encuentro se convirtió así en una imagen poderosa de continuidad: una artista que abrió camino décadas atrás compartiendo escenario con una de las voces más reconocidas de las nuevas generaciones.

El festival también rindió homenaje a Dolly Parton, fallecida el 25 de agosto, apenas unos días antes del encuentro. Rodrigo y McLachlan dedicaron a la cantante una interpretación de Angel.

De Lilith Fair a Daisy Chain Fields

La propuesta de Rodrigo tiene un antecedente fundamental: Lilith Fair, el festival creado por Sarah McLachlan en la década de 1990 para demostrar que las mujeres podían ocupar los grandes escenarios de la industria musical.

Lilith Fair se realizó entre 1997 y 1999 y reunió a artistas como Fiona Apple, Tracy Chapman, Sheryl Crow, Liz Phair y Missy Elliott. Además de convertirse en un fenómeno musical, el proyecto destinó recursos a organizaciones que trabajaban por las mujeres.

Daisy Chain Fields recuperó esa idea para una nueva generación.

La propia McLachlan participó en la organización del nuevo festival y formó parte de su cartel. La propuesta de Rodrigo, además, buscó evitar la lógica de competencia entre artistas: las presentaciones fueron organizadas en dos escenarios sin horarios simultáneos, de manera que el público pudiera ver todas las actuaciones. Las artistas también tuvieron el mismo tamaño de letra en el cartel.

El objetivo fue construir un espacio donde las mujeres no tuvieran que competir por el mismo lugar, sino compartirlo.

La música se convirtió en una plataforma para los derechos de las mujeres

La dimensión social fue parte central de Daisy Chain Fields.

El festival destinó 100 por ciento de sus ganancias netas a 10 organizaciones sin fines de lucro que trabajan en distintos ámbitos relacionados con los derechos y el bienestar de mujeres y niñas.

Entre las organizaciones beneficiarias se encuentran Center for Reproductive Rights, Planned Parenthood, Black Mamas Matter Alliance, National Women’s Law Center, National Domestic Workers Alliance, FreeFrom, Jhpiego, Johns Hopkins Center for Indigenous Health, National Institute for Reproductive Health y Baby2Baby.

Sus áreas de trabajo abarcan temas como derechos reproductivos, salud materna, justicia económica y de género, prevención de la violencia, apoyo a familias y comunidades indígenas.

Además de los conciertos, el festival instaló un espacio denominado Daisy Chain Reaction, donde las organizaciones participantes pudieron acercarse directamente al público para explicar su trabajo y ofrecer información sobre las causas que defienden.

La intención fue que las asistentes no solamente escucharan música, sino que pudieran conocer organizaciones, involucrarse y encontrar formas de participar.

20 millones de dólares para mujeres y niñas

Incluso antes de que comenzara el festival, Rodrigo anunció que se habían reunido 10 millones de dólares para las organizaciones participantes.

Antes de iniciar su presentación, la cantante apareció en el escenario junto a la filántropa Melinda French Gates, quien anunció que aportaría otros 10 millones de dólares a través de Pivotal Ventures.

Con ello, el monto total destinado a las organizaciones participantes alcanzó 20 millones de dólares. La aportación será distribuida entre las 10 organizaciones beneficiarias.

La propia Rodrigo explicó que Daisy Chain Fields buscaba demostrar lo que puede ocurrir cuando las personas utilizan colectivamente su influencia y recursos para apoyarse.

El modelo también fue posible porque las artistas participantes renunciaron a recibir honorarios por sus presentaciones, de modo que los recursos generados pudieran dirigirse a las organizaciones.

Una cadena de mujeres que continúa

El nombre del festival tampoco es casual.

Una cadena de margaritas se construye uniendo una flor con otra. La imagen representa la idea que atraviesa el proyecto: distintas mujeres, distintas generaciones y distintas expresiones artísticas conectadas entre sí.

Daisy Chain Fields recupera así una idea que las mujeres de la música llevan décadas construyendo: abrir espacios para otras mujeres no implica competir por el mismo lugar, sino ampliar el escenario.

La presencia simultánea de Stevie Nicks, Sarah McLachlan, Alanis Morissette y Olivia Rodrigo hizo visible algo que con frecuencia se pierde en las narrativas sobre la industria musical: las nuevas generaciones no aparecen de la nada.

Antes de ellas hubo mujeres que desafiaron reglas, ocuparon escenarios donde no eran esperadas y demostraron que el talento de las mujeres no podía seguir siendo considerado una excepción.

Para una niña o adolescente que acudió a Daisy Chain Fields, el escenario pudo convertirse en un mapa de posibilidades: encontrar a una artista de su edad, descubrir a otra que comenzó su carrera décadas atrás y verlas compartir el mismo espacio sin competir entre ellas.

Eso también es representación.

Eso también es construir comunidad.

Al cierre del festival, Olivia Rodrigo confirmó que Daisy Chain Fields regresará en 2027, con la intención de convertir esta primera edición en el inicio de una nueva tradición musical y social.

En su Segundo Informe, Sheinbaum omite la violencia contra mujeres periodistas

 

Las mujeres sí estuvieron presentes en el discurso de la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo durante su Segundo Informe de Gobierno, pero no todas. Mientras la mandataria destacó reformas, programas y acciones para garantizar derechos de las mexicanas, las mujeres periodistas y la violencia que enfrentan para ejercer su trabajo quedaron fuera de su mensaje.

Desde el Patio Central de Palacio Nacional, Sheinbaum afirmó que uno de los motivos de orgullo de su administración es que “las mujeres llegamos a la Constitución de la República, a las leyes y a las decisiones fundamentales”. Entre los avances que mencionó estuvieron la creación de mil un Centros LIBRE en todo el país y la distribución de 27 millones de Cartillas de Derechos de las Mujeres.

También destacó la formación de una Red de 190 mil 375 Mujeres Tejedoras de la Patria y la presentación de una Ley General para prevenir, investigar, sancionar y reparar el daño por el delito de feminicidio.

La presidenta también hizo referencia a los programas sociales dirigidos a las mujeres. De acuerdo con el recuento de su discurso, más de 2 millones de mujeres son beneficiarias del programa Mujeres Bienestar.

Estos anuncios forman parte de una política que el gobierno federal ha presentado como una transformación de las condiciones de vida de las mujeres. La Secretaría de las Mujeres, por ejemplo, reporta que los Centros LIBRE brindan atención jurídica, psicológica y de trabajo social, además de acciones para fortalecer la autonomía económica y atender situaciones de violencia.

Las periodistas quedaron fuera del balance

Pero en ese reconocimiento de derechos hubo una ausencia: las mujeres periodistas.

Un reporte estadístico elaborado por CIMAC registra 530 casos de agresiones y ataques contra mujeres periodistas entre el 1 de octubre de 2024 y el 1 de septiembre de 2026, es decir, durante los primeros 23 meses de la administración de Sheinbaum.

Los casos no se concentran en una sola entidad. La Ciudad de México encabeza el registro, con 103 agresiones, equivalentes al 19.4 por ciento del total; le siguen Coahuila, con 52; Guerrero, con 45; Puebla, con 39; y Baja California y San Luis Potosí, con 28 cada uno.

La violencia tampoco ocurre únicamente en espacios físicos. De los 530 casos documentados por CIMAC, 364 corresponden a ataques contra mujeres que trabajan en medios digitales, lo que representa 68.7 por ciento del total.

Los temas que cubren las periodistas también son un factor de riesgo. La información de CIMAC muestra que 329 de las agresiones estuvieron relacionadas con coberturas políticas; 55 con derechos humanos y 38 con temas de sociedad.

Es decir, las mujeres periodistas están siendo agredidas precisamente mientras realizan una de las tareas centrales de una democracia: investigar, informar y cuestionar al poder.

La violencia contra ellas también tiene género

El registro de CIMAC muestra que estas agresiones no pueden analizarse únicamente como ataques a la libertad de expresión. La violencia de género atraviesa los casos documentados.

De los 530 ataques, 389 fueron identificados como violencia psicológica, 97 como violencia física, 21 como económica, 19 como patrimonial y cuatro como sexual.

Entre las formas de agresión relacionadas con la libertad de expresión aparecen las amenazas, el descrédito y la estigmatización de la labor periodística, la intimidación, el hostigamiento, las agresiones físicas y las campañas de desprestigio.

El descrédito y la estigmatización representan 66 casos; las amenazas, 68; la intimidación, 61; el hostigamiento, 46; las agresiones físicas, 44, y las campañas de desprestigio, 42.

La violencia puede escalar hasta formas extremas. El reporte registra dos feminicidios, un intento de homicidio y un caso de desaparición entre las agresiones documentadas.

Funcionarios, entre los principales agresores

Otro dato que interpela directamente al Estado es el perfil de quienes agreden.

Los funcionarios públicos estatales aparecen como la principal categoría de agresores, con 115 casos, equivalentes a 21.7 por ciento. Después aparecen personas no identificadas, con 66 casos; funcionarios municipales, con 59; y civiles, con 58.

También se documentaron 31 casos en los que el agresor fue identificado como funcionario público federal.

La cifra importa porque muestra que la violencia contra las periodistas no ocurre únicamente en contextos criminales o fuera de las instituciones. Una parte importante de las agresiones proviene de personas que ocupan cargos públicos.

Y, pese a ello, la libertad de expresión y la seguridad de las mujeres periodistas no ocuparon un espacio en el mensaje presidencial.

Una agenda de mujeres que todavía tiene pendientes

El contraste es relevante. En su discurso, Sheinbaum presentó una narrativa de avance: mujeres con mayor presencia en la Constitución, en las leyes y en las decisiones públicas; programas de bienestar; Centros LIBRE; una Cartilla de Derechos; redes comunitarias y nuevas herramientas legales frente al feminicidio.

Sin embargo, hablar de los derechos de las mujeres también implica hablar del derecho de las periodistas a ejercer su profesión sin violencia, particularmente cuando su trabajo consiste en investigar asuntos de interés público y fiscalizar a quienes ejercen el poder.

El propio gobierno ha colocado la libertad de expresión entre los derechos que deben ser conocidos y ejercidos por las mujeres. La Cartilla de Derechos de las Mujeres incluye, entre otros, el derecho a la libre expresión y al libre tránsito.

Pero para las periodistas, ejercer esa libertad puede significar enfrentar amenazas, intimidación, hostigamiento, campañas de desprestigio, violencia física, acoso judicial o bloqueo informativo.

María Luisa Villanueva exige justicia tras pasar 25 años en prisión: busca que Morelos reconozca su inocencia

 

María Luisa Villanueva Márquez recuperó su libertad después de pasar 25 años en prisión, pero para ella la historia no terminó al salir del penal de Atlacholoaya.

La mujer, originaria de Guerrero, continúa exigiendo que las autoridades reconozcan su inocencia y anulen la sentencia de 30 años que le fue impuesta por un secuestro que, desde el inicio, ha sostenido que no cometió.

Este 8 de septiembre, María Luisa y organizaciones que acompañan su caso se movilizarán ante la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) y Palacio Nacional, de las 10:00 a las 12:00 horas, para presionar a las autoridades y al tribunal que revisa su caso.

“Salir de prisión no repara 25 años de una vida arrebatada”, es el reclamo que acompaña esta nueva jornada de exigencia de justicia.

María Luisa Villanueva: una historia marcada por tortura y falta de perspectiva de género

El caso de María Luisa fue documentado por CIMAC desde hace años. En el reportaje “Después de 20 años en prisión, espera probar su inocencia”, publicado como parte de la investigación Justicia Patriarcal, se reconstruyó cómo fue detenida en enero de 1998 y posteriormente acusada de participar en el secuestro de una niña.

Cuando fue detenida tenía 23 años y era madre de dos hijos.

De acuerdo con su testimonio, fue trasladada junto con su entonces pareja por agentes del Grupo Antisecuestros de la Policía Judicial de Morelos. Durante cuatro días permaneció privada de la libertad y denunció haber sido golpeada, amenazada y víctima de violencia sexual y tortura para obligarla a aceptar una acusación de secuestro.

CIMAC documentó también que durante el proceso existieron señalamientos sobre una identificación inducida, irregularidades en las diligencias y posibles pruebas fabricadas. Su defensa sostuvo que el proceso se desarrolló sin perspectiva de género y que las autoridades no tomaron en cuenta las condiciones de vulnerabilidad de María Luisa, quien además enfrentó el juicio prácticamente sola y con una defensa de oficio que, según su relato, no realizó una defensa adecuada.

La investigación publicada por CIMAC también señaló que, pese a que María Luisa denunció haber sido torturada, durante años las autoridades se negaron a investigar de manera efectiva esos hechos. En 2019, una jueza federal determinó que el delito de tortura no había prescrito y ordenó a la entonces Fiscalía General del Estado de Morelos reiniciar la investigación.

Pasó 25 años en prisión y salió sin que se reconociera su inocencia

María Luisa permaneció 25 años en el penal de Atlacholoaya. En febrero de 2023 obtuvo su libertad mediante el beneficio de remisión parcial de la pena, pero la sentencia que la condenó a 30 años no fue anulada.

Es decir, recuperó su libertad, pero no obtuvo el reconocimiento judicial de su inocencia.

Desde hace más de una década, junto con su abogado Eutiquio Damián Santiago, ha buscado que las autoridades revisen las irregularidades de su proceso y reconozcan que fue víctima de violaciones a sus derechos humanos.

La lucha tuvo un nuevo revés el 12 de junio de 2026, cuando un tribunal de alzada del Tribunal Superior de Justicia de Morelos negó su solicitud de reconocimiento de inocencia y tampoco anuló la sentencia en su contra.

María Luisa denunció que durante esa audiencia los magistrados no valoraron de manera integral las pruebas que presentó para acreditar la tortura y las irregularidades de su proceso. Entre ellas se encuentra un Protocolo de Estambul, elaborado para documentar posibles casos de tortura y otros tratos crueles, inhumanos o degradantes.

La tortura que denunció ya tiene una investigación penal

Uno de los avances recientes en el caso ocurrió en agosto pasado.

El 14 de agosto de 2026, la Fiscalía General del Estado de Morelos informó sobre la detención de José Guadalupe “N”, exagente del Grupo Antisecuestros de la entonces Policía Judicial, por su presunta responsabilidad en el delito de tortura cometido contra María Luisa en enero de 1998.

De acuerdo con la Fiscalía, el exagente habría participado en actos de tortura utilizados para obtener una confesión que posteriormente fue empleada durante el proceso penal que terminó con la sentencia de 30 años de prisión.

La detención resulta relevante porque, según la propia Fiscalía, durante los últimos 15 años no se había cumplimentado en Morelos una orden de aprehensión por el delito de tortura.

María Luisa ha señalado que al menos otros tres agentes participaron en los actos de tortura y espera que también sean investigados y, en su caso, detenidos.

Una disculpa pública que no ha significado justicia completa

Otro elemento importante ocurrió en noviembre de 2025, cuando la Fiscalía General del Estado de Morelos ofreció una disculpa pública a María Luisa por las graves violaciones a sus derechos humanos cometidas en enero de 1998 por servidores públicos de la entonces Procuraduría General de Justicia.

La disculpa se emitió en cumplimiento de una recomendación de la Comisión de Derechos Humanos del Estado de Morelos y reconoció violaciones relacionadas con los hechos ocurridos durante su detención y con la dilación en la investigación de la denuncia por tortura.

Sin embargo, para María Luisa el reconocimiento administrativo de las violaciones no sustituye la exigencia central de su lucha: que el Poder Judicial reconozca su inocencia y anule una sentencia que considera injusta.

La justicia que falta

La negativa del Tribunal Superior de Justicia de Morelos no puso fin a la batalla legal.

Tras la resolución de junio, María Luisa anunció que recurriría a la justicia federal mediante un amparo. Su demanda es que las pruebas sean analizadas de manera integral y que las autoridades consideren las violaciones a derechos humanos que, sostiene, marcaron desde el principio su proceso.

La propia historia documentada por CIMAC muestra que la ausencia de perspectiva de género estuvo presente desde las primeras etapas del caso: una mujer joven, madre de dos niñas y niños, en situación de pobreza, detenida junto con su pareja y posteriormente sometida a violencia sexual y tortura, enfrentó un proceso en el que —de acuerdo con su defensa— no fueron consideradas esas condiciones de vulnerabilidad.

A más de 28 años de aquella detención, la exigencia permanece.

Ébola: la epidemia está dejando sin atención a mujeres que sufren violencia en RD Congo

 Por Eva Macías Agüera 

Fuentes: ActionAid

El temor a ser diagnosticadas de ébola o a recibir un trato hostil en el centro de salud, está disuadiendo a las mujeres de acudir incluso cuando han sufrido agresiones.

ActionAid hace un llamamiento a reforzar el apoyo internacional para que la lucha contra el ébola no invisibilice la violencia que sufren las mujeres.

Madrid/Ituri, 26/08/2026.- El brote de ébola en la República Democrática del Congo, que ya suma más de 5.200 casos confirmados y supera los 2.476 fallecidos, se ha convertido en el mayor de la historia del país, y organismos como Africa CDC y la Organización Mundial de la Salud investigan si el virus está mutando ante la velocidad con la que se está propagando.

En medio de este agravamiento de la crisis sanitaria, el brote está teniendo un efecto colateral en miles de mujeres: las supervivientes de violencia de género dejan de buscar atención médica por miedo a la enfermedad, mientras los espacios de apoyo psicosocial para mujeres se reducen y las que ya habían huido de la violencia del conflicto armado se enfrentan ahora a un nuevo frente de miedo e incertidumbre.

Así lo revelan los testimonios recogidos por ActionAid sobre el terreno, en la provincia de Ituri, epicentro del brote desde que fue declarado el 15 de mayo, donde trabajadoras en primera línea alertan de que la epidemia está empujando a un segundo plano una violencia que ya era, de por sí, difícil de visibilizar.

Miedo al hospital, silencio ante la violencia

Hélène Kahambu Tsongo, Agente de Promoción de la Salud en un centro sanitario de la zona, explica que el temor a ser diagnosticadas de ébola o a recibir un trato hostil en el centro de salud, está disuadiendo a las mujeres de acudir incluso cuando han sufrido agresiones. «Hay violencia de género, por ejemplo, una mujer que fue golpeada por su marido (…) tiene miedo de venir al hospital porque piensa: si voy allí con fiebre, dirán que tengo ébola», relata, aunque esa fiebre sea consecuencia de condiciones de debilidad por los golpes recibidos. El resultado, señala, es que muchos casos de violencia sexual y de género se están quedando sin denunciar ni tratar.

Los espacios de escucha para mujeres, cada vez más reducidos

Esther Anchouza, psicóloga clínica de ActionAid, confirma que la epidemia ha alterado también el acompañamiento psicosocial que la organización ofrece a las comunidades. «Antes del ébola, la gente podía reunirse y podíamos organizar sesiones de terapia grupal que permitían a las mujeres hablar abiertamente. Pero hoy esas reuniones están limitadas», explica. A ello se suma un clima de desinformación que complica aún más la respuesta: «algunas personas siguen creyendo que esta enfermedad no es real, y que es una forma de que las organizaciones humanitarias recauden dinero», denuncia Esther, quien subraya que la escasez de equipos de protección deja a las comunidades más expuestas al contagio.

Por eso la ONG está llevando a cabo jornadas de sensibilización entre las personas a las que apoya para frenar la expansión y acudir a los servicios sanitarios cuanto antes. Es el caso de Chance, que tuvo que huir de su localidad en 2018 a causa de la guerra y, desde entonces, ha reconstruido su vida criando a su hija con el apoyo económico y formación para montar un pequeño negocio de venta de harina de maíz.  Sin embargo, la aparición del ébola ha traído consigo un nuevo miedo, alimentado por los rumores: «Llevo un tiempo teniendo mucho miedo al ébola; hay muchas informaciones sobre lo que el ébola puede hacer a los niños, y por eso tengo tanto miedo», cuenta. Como muchas otras mujeres desplazadas por el conflicto, Chance ha tenido que sumar el miedo a la epidemia a una vulnerabilidad que ya arrastraba. «Solo después de la sesión de sensibilización de hoy he llegado a aceptar que el ébola es una enfermedad real».

Una emergencia dentro de la emergencia

ActionAid denuncia que no hay suficientes recursos para una epidemia que golpea un territorio ya marcado por el conflicto, y que “las mujeres están pagando un precio adicional que rara vez se cuantifica en los partes epidemiológicos”. La organización mantiene sobre el terreno espacios de encuentro y sensibilización para mujeres, pero advierte de que el material (geles hidroalcohólicos, mascarillas, productos desinfectantes) sigue siendo insuficiente para sostener esta respuesta a la escala que la crisis exige.

La ONG hace un llamamiento a reforzar el apoyo internacional para que la lucha contra el ébola no invisibilice la violencia que sufren las mujeres en las comunidades más afectadas.

Sobre ActionAid

ActionAid es una organización feminista internacional que trabaja por la justicia social, la igualdad de género y la erradicación de la pobreza en más de 70 países. En la República Democrática del Congo, ActionAid combina la respuesta de emergencia ante el brote de ébola con programas de apoyo a supervivientes de violencia de género y de conflicto armado, y con iniciativas de autonomía económica para mujeres.

Para más información, gestión de entrevistas y acceso a material audiovisual (entrevistas e imágenes) :

Eva Macías Agüera. Comunicación y Redes Sociales ActionAid. Teléfono: (+34) 639785267. eva.macias@actionaid.org  

*Nota: ActionAid dispone de material audiovisual -entrevistas e imágenes- a disposición de los medios que lo soliciten.

“Me quitaron a mi hijo”: madre extranjera enfrenta violencia familiar y abandono institucional

 

Durante meses, Macey buscó ayuda para salir de una relación marcada por la violencia. Hoy, además de enfrentar las consecuencias de esa historia, busca a su hijo de seis años, a quien denuncia que su expareja sustrajo hace más de 100 días.

Su caso, acompañado legalmente por defensoras y activistas, reúne distintas expresiones de violencia: violencia familiar, violencia vicaria, acoso, sustracción de menores y, de acuerdo con su testimonio y el de sus acompañantes, una serie de omisiones y prácticas institucionales que han dificultado su acceso a la justicia.

Macey es ciudadana de Estados Unidos. Su hijo, John nació en México y actualmente tiene seis años. Desde 2024, comenzó a denunciar la violencia que vivió durante su relación con su entonces pareja, Benoit Jean Nicolas Allouche de origen francés.

Pero para ella, denunciar en México significó enfrentarse a una dificultad adicional: no hablar español.

“Ha sido un tiempo increíblemente difícil porque no hablo el idioma”, relató en entrevista.

La violencia que comenzó dentro de casa

Macey cuenta que inicialmente no identificó lo que estaba viviendo como violencia familiar.

Los episodios, explica, comenzaron con agresiones de parte de Benoit Jean como el lanzamiento de objetos y fueron escalando hasta situaciones más graves: vidrios y recipientes arrojados contra ella, golpes, fracturas y presuntos intentos de estrangulamiento.

La violencia, sostiene, tampoco se limitó a ella.

Macey refiere que su hijo también presentó marcas en los brazos y que la violencia ejercida por su expareja alcanzó al menor.

Sin embargo, denuncia que durante el proceso judicial esta dimensión no fue reconocida adecuadamente.

Según su testimonio, una jueza familiar de Morelos habría considerado que la violencia estaba dirigida únicamente contra ella, pese a que también existían señales de violencia hacia el niño.

Es en este punto donde aparece uno de los elementos centrales del caso: la violencia vicaria.

A través de la violencia vicaria, niñas y niños pueden convertirse en un medio para dañar a las madres. La sustracción de hijas e hijos, las amenazas de quitarles la custodia o impedir el contacto son algunas de las formas en que esta violencia puede manifestarse.

Para Macey, la pérdida de contacto con su hijo representa la continuación de una violencia que, asegura, comenzó mucho antes de que el niño fuera sustraído.

Un expediente perdido y una barrera que se convirtió en obstáculo

Macey relata que una de las primeras dificultades que encontró al acudir ante las autoridades fue precisamente el idioma.

Explica que en algunas diligencias no contó con una traducción adecuada de sus derechos y que, en ocasiones, el procedimiento se reducía a preguntarle si estaba de acuerdo con lo asentado en una declaración.

Su representación legal señala que en el estado de Morelos existe un número limitado de personas que realizan traducciones y que, en el caso de Macey, la interpretación no habría garantizado que comprendiera plenamente sus derechos y el contenido de los procedimientos.

A esta barrera se sumó, la pérdida de su expediente en el Centro de Justicia para las Mujeres.

Macey asegura que su expediente permaneció extraviado durante nueve meses.

Ese tiempo, considera, fue aprovechado por su agresor para continuar utilizando el sistema judicial en su contra.

También denuncia que durante ese periodo su expareja habría ingresado por la fuerza a su domicilio y que no recibió orientación suficiente para presentar una nueva denuncia.

Para ella, la falta de información y las dificultades de comunicación terminaron convirtiéndose en herramientas que prolongaron el proceso.

Asegura, además, que su expareja, Benoit Jean presentó denuncias en su contra por violencia familiar, las cuales considera falsas y utilizadas para intimidarla.

Actualmente, su representación legal señala que existen denuncias por sustracción de menores, violencia familiar agravada y violencia vicaria.

Más de 100 días sin su hijo

El tiempo se convirtió en una de las principales preocupaciones.

Macey afirma que su hijo fue sustraído cuando tenía cinco años y que han transcurrido más de 100 días sin que ella pueda recuperarlo.

Su caso se encuentra relacionado con la Fiscalía especializada en niñas, niños y adolescentes de Morelos, así como con el Centro de Justicia para las Mujeres y un juzgado familiar.

La madre también señala una serie de inconsistencias en las acciones destinadas a localizar al niño.

Entre ellas menciona la falta de seguimiento a información sobre posibles lugares donde podría encontrarse, así como dificultades para mantener activas las medidas de protección.

De acuerdo con su relato, algunas medidas deben renovarse cada 30 días y la responsabilidad de solicitar su reactivación recae en ella.

También afirma que las alertas de búsqueda han dejado de aparecer en algunos momentos.

Mientras tanto, la localización de Benoit Jean Nicolas Allouche continúa siendo un obstáculo.

Macey asegura que solicitó una orden de restricción permanente, pero que le informaron que no podía emitirse porque las autoridades no contaban con el domicilio del hombre.

La respuesta, desde su perspectiva, evidencia una paradoja: ella permanece localizada y expuesta, mientras las autoridades no consiguen localizar a quien señala como su agresor.

“Todo en mi vida fue utilizado en mi contra”

La violencia no terminó en los espacios judiciales.

Macey relata que también enfrentó una campaña de desprestigio dentro de la comunidad donde vivía.

El miedo la llevó a aislarse.

Dejó de utilizar Facebook, redujo el contacto con su familia y comenzó a desconfiar incluso de personas de su entorno, incluidas otras madres de la comunidad escolar de su hijo.

“Todo en mi vida fue utilizado en mi contra”, explica al referirse a lo ocurrido.

La situación se agravó por el temor a ser vigilada o localizada por su expareja, a quien describe como una persona que utilizaba constantemente las redes sociales para acosarla.

Para una mujer que además enfrenta un proceso judicial en un país cuyo idioma no domina, el aislamiento significó perder parte de las redes que podían ayudarla.

El caso de Macey también muestra una problemática que organizaciones de mujeres han advertido: las barreras que enfrentan las mujeres extranjeras cuando buscan protección y justicia en México.

Semanas atrás, Wendy Figueroa, integrante de la Red Nacional de Refugios, señaló que las mujeres extranjeras se encuentran entre quienes más solicitan apoyo después del Mundial, una situación que pone sobre la mesa la necesidad de que los servicios de atención consideren las condiciones particulares de quienes no cuentan con redes familiares en el país o enfrentan barreras de idioma y documentación.

En el caso de Macey, esa ausencia de redes se volvió todavía más profunda después de la campaña de desprestigio que, asegura, enfrentó en su comunidad.

Una búsqueda que no puede esperar

Las personas que acompañan legalmente a Macey sostienen que han intentado recurrir a distintas instituciones para conseguir apoyo.

También han buscado acercarse a la Embajada de Estados Unidos. Sin embargo, aseguran que conseguir atención y visibilidad mediática ha sido complicado.

El caso también ha llegado a instancias relacionadas con derechos humanos, después de que, según la denuncia, algunas señales de violencia hacia el niño no fueran atendidas oportunamente.

Macey afirma que incluso llegó a sentir miedo de su propio entorno.

No sabía quién conocía la versión de su expareja, quién podía estar vigilándola o hasta qué punto la información sobre ella podía ser utilizada en su contra.

Por ello, ahora busca hacer visible su historia.

No solamente para recuperar a su hijo, sino para cuestionar un sistema que, desde su perspectiva, no respondió cuando pidió ayuda.

Su representación legal señala que existe una orden de aprehensión contra el presunto agresor y que se les ha pedido mantenerla bajo reserva. Sin embargo, denuncian que, después de alrededor de dos meses, no se ha concretado su localización.

La Secretaría de las Mujeres de Morelos también ha brindado acompañamiento, según reconocen las personas que llevan el caso. Sin embargo, consideran que la dependencia tiene capacidades limitadas frente a instituciones como la Fiscalía y los juzgados.

El caso de Macey permanece abierto. Mientras las autoridades continúan con los procedimientos, una madre espera respuestas sobre el paradero de su hijo.

Más de 100 días después de su sustracción, la pregunta sigue siendo la misma: ¿dónde está John?

Para Macey, cada día que pasa representa no solamente tiempo sin su hijo, sino tiempo en el que las instituciones que debían protegerla no han logrado darle una respuesta.