5/17/2012

Carta a un candidato

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Pedro Miguel
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El pasado viernes 11 de mayo usted, señor Enrique Peña Nieto, asumió, ante alumnos de la Universidad Iberoamericana, la responsabilidad por la actuación de policías estatales y federales contra una multitud de civiles inermes, seis años atrás, en los incidentes de Texcoco-Atenco. Fue una acción determinada personalmente, que asumo personalmente, para restablecer el orden y la paz en el legítimo derecho que tiene el Estado mexicano de hacer uso de la fuerza pública como además, debo decirlo, fue validado por la Suprema Corte de Justicia de la Nación, dijo usted.

En ese y en otros temas, usted mintió a los muchachos.

Porque si bien es cierto que el 12 de febrero de 2009 el pleno de la Suprema Corte (SCJN) resolvió, por vergonzosa mayoría, exonerar a los altos mandos federales y estatales que planificaron la represión –entre quienes se encontraban, además de usted, Eduardo Medina Mora, Miguel Ángel Yunes, Humberto Benítez Treviño, Wilfrido Robledo Madrid, y otros–, jamás validó ni convalidó la actuación de las fuerzas públicas en mayo de 2006 en Texcoco y Atenco. Por el contrario, asentó que ocurrieron allí violaciones graves a las garantías individuales.

Más aún: el dictamen elaborado por el ministro José de Jesús Gudiño Pelayo sobre el expediente de Atenco, publicado en el DOF el 21 de septiembre de 2009, si bien se abstiene de mencionar explícitamente la responsabilidad de usted, sí señala, en forma exhaustiva e inequívoca, que en la represión de los comuneros “el Estado –a través de agentes de diversas corporaciones policiales y otros servidores públicos– ejerció su facultad de fuerza pública de una manera gravemente violatoria de garantías individuales”. Las autoridades violaron, entre otros, los derechos a la vida, a la integridad personal, a las libertades de expresión y de trabajo, a la libertad personal, a la inviolabilidad del domicilio, a la justicia, al trato digno a detenidos, y a la propiedad privada.

La fuerza pública se utilizó en forma ilegítima, por innecesaria y desproporcionada en razón a la manera en que se condujeron los policías, ineficiente, improfesional e irrespetuosa de la dignidad humana de los detenidos; la ilicitud no sólo deviene de los pocos o muchos policías que actuaron violentamente, sino que también se arraiga y materializa en la de aquellos, homólogos o superiores que, con su imprevisión, indiferencia, consecuentando, tolerando o por omisión, permitieron que ocurrieran y continuaran esas vejaciones; y, por si quedara duda: Atenco ha sido un caso superlativo y paradigmático de las deficiencias que, en general acarrea en México la policía y el uso de la fuerza.

Tal vez usted ignore el significado del verbo validar. Acaso usted, que ha dado fehacientes muestras de aversión a la lectura, desconozca el dictamen referido de la SCJN, pese a que le fue oportunamente remitido para que actuara legalmente –cosa que nunca hizo– contra los responsables de las atrocidades bajo jurisdicción del ejecutivo mexiquense. O bien usted mintió deliberadamente, como lo ha venido haciendo en tantos otros asuntos: el de los feminicidios en el Edomex, el de sus incumplidos compromisos cumplidos, el de su vocación democrática, el de su voluntad de cambio.

Tal vez haya tomado usted a los chicos de la Ibero por fresas y pirrurros que ignorarían las luchas y las tragedias de la prole. Si así fue, no tomó en cuenta que ciertas canalladas son inadmisibles para cualquier persona de buena voluntad, al margen de su ideología, de su clase social o de su fortuna. Y los chavos de la UIA que lo repudiaron, señor Peña Nieto, son personas buenas, sensibles y cívicas.

Por lo demás, a la gente en general no le gusta que le tomen el pelo, como pretendió usted tomárselo a los estudiantes en la Ibero. Ellos, como todos los de su generación, han nacido y crecido en un país dominado por la mentira sistemática. Desde que Salinas, promotor de usted, se encaramó a la Presidencia mediante un fraude, y hasta la fecha, en la administración de un usurpador que llegó al cargo con la complicidad priísta, el discurso oficial ha estado modulado por la falsedad. Salinas nos dijo que habíamos llegado al Primer Mundo. Zedillo aseguraba que él sabía cómo hacerlo, Fox se presentaba como promotor del cambio y Calderón prometió ser el presidente del empleo . Usted los sintetiza a todos en una perspectiva de continuidad. La candidatura de usted simboliza la perpetuación de la mentira, de la violencia represiva, de la corrupción, de la frivolidad y del uso patrimonialista y mafioso del poder público.

Su joven auditorio le expresó indignación porque usted quiso disfrazar esa atávica y sórdida carga como la gran esperanza de un cambio. Los chavos estaban en pleno derecho de repudiar la impostura. En respuesta, usted se escabulló, Pedro Joaquín Coldwell, jefe de su partido, pidió que se investigara a los estudiantes inconformes, y el enjambre habitual de plumíferos a sueldo halló, en las muestras de inconformidad, una conjura lopezobradorista. Al día siguiente, presuntos personeros de usted (vale asumir que lo son, en tanto usted no se deslinde), como ese Jorge Yazberth, quien se dice en Twitter presidente del organismo Nacional de Jóvenes Priístas difundían amenazas de muerte contra los chavos de la Ibero que tuvieron el valor de identificarse públicamente para desmentir que la protesta hubiese sido orquestada o realizada por infiltrados o acarreados, como lo había sugerido Coldwell.

Días antes del encuentro en la UIA, el gobernador michoacano, correligionario de usted, lanzó a la policía, con una brutalidad innecesaria evocadora de Atenco, contra estudiantes inconformes. Días después, en Saltillo, unos esbirros del PRI la emprendieron a golpes contra ciudadanos que manifestaban pacífica y legalmente su repudio contra lo que usted representa, bajo la mirada pasiva y cómplice de efectivos policiales. El martes, en Córdoba, Veracruz –entidad también desgobernada por el PRI–, se repitió la escena: tipos con corte capilar tipo casquete corto, luego secundados por uniformados, tundieron a manifestantes que lo repudiaban a usted y hasta agredieron brutalmente a una mujer que tomaba fotos de los hechos.

Termino. De usted dijo Carlos Fuentes, a quien perdimos esta semana, que no tiene derecho a ser presidente de México a partir de la ignorancia. No sabía el gran novelista que usted no sólo habría de exhibirse como un candidato ignorante, sino también como un candidato represor. Aunque le parezca raro, señor Peña Nieto, se lo agradezco. Gracias por recordarnos, por si lo hubiéramos olvidado, el peor rostro de su partido: el PRI del 2 de octubre de 1968 y del 10 de junio de 1971; el de la guerra sucia, con su saldo de desaparecidos, asesinados y torturados; el partido autista y fraudulento de De la Madrid; el sórdido y entreguista de Salinas; el de Aguas Blancas y de Acteal; el de las privatizaciones corruptas; el de las concertacesiones impresentables; el del Fobaproa y del Pemexgate; el de su tío Arturo Montiel –los derechos humanos no son para las ratas, solía decir–; el de Atenco y el de usted, Enrique Peña Nieto. Gracias. Por el bien de México, por la memoria de tantas víctimas del priísmo, por el presente de una ciudadanía exasperada y por el futuro de una juventud ejemplar y rebelde, le deseo una contundente derrota el próximo 1º de julio.

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