3/09/2019

Amandine Fulchirone: “Hablar de violencia sexual es fundamental, pero ¿qué hacemos con tanto dolor?”

Sanar heridas simbólicas de los cuerpos


Posguerra en Guatemala. Amandine Fulchirone dice que entonces se oía el silencio. Era un secreto estridente que la tortura sexual había sido parte de la estrategia genocida que implementó el ejército, pero los relatos de las mujeres no parecían ser escuchados a pesar de las evidencias.


Ahora, más de una década después, se escucha la rabia. De la mano, primero de Yolanda Aguilar y después, acompañadas por un porrón de mujeres más (Liduina, Virginia, Elsa, Josefa, Chave, Andrea, Elsa, Malcom y Brenda) fundan el colectivo “Actoras del cambio”. Me pide que nombre a todas sus compañeras porque, dice, es tan importante saber con quién se empieza el camino, que reconocer las huellas que dejan quienes nos acompañan hoy.  En esta entrevista, Fulchirone no sólo aporta claves imprescindibles para sanar la violencia sexual en contextos de guerra sino que señala los mecanismos violentos que se dan entre feministas, habla de su apuesta por lograr una justicia más allá de los Estados y de las heridas simbólicas que guardan los cuerpos de las mujeres.

- Andrea Momoitio (AM): ¿Cómo surge el colectivo?

- Amandine Fulchirone (AF): Cuando llegué a Guatemala se oía el silencio y aquello era una cosa tremenda. Decidimos hacer algo para ayudar a sanar, a reconstruir la vida, desarticular la culpa, la vergüenza, el terror en la piel.

- AM: ¿Cómo han sido esos procesos de sanación que habéis acompañado?

- AF: Eran momentos muy complejos. No se hablaba de la violencia sexual y los comisionados militares estaban en las comunidades controlándolo todo. Decidimos trabajar en la clandestinidad para hacerlo más tranquilas, pero tres o cuatro años después las mujeres quisieron hacerlo públicamente. Tuvimos que reflexionar sobre qué quería decir eso: ¿Qué queréis que se sepa? ¿En qué condiciones? ¿Con qué voces? Al principio quisieron que hablásemos en su nombre, pero la historia no tendría el mismo peso si no era contada por ellas. Sus voces, además, iban a permitir que sus hijas, sus nietas y nietos pudieran aprender de los errores. Empezamos a organizar los “Festivales por la memoria”. Queríamos contar lo que había pasado, pero no desde el dolor, sino todo lo contrario: con mucha claridad política. Necesitábamos señalar responsables y crear conciencia porque la violación sexual es un crimen, que no se iba a permitir otra vez. Estas mujeres, que habían sido estigmatizadas, rechazadas, consideradas parias por haber sido violadas, acabaron por convertirse en referentes.

- AM: ¿Son procesos únicamente terapéuticos?

- AF: Es un proceso terapéutico que se vincula a un proceso de organización política. El trabajo de sanación implica un trabajo que lo integra todo: el pensar, el sentir y el hacer. Trabajamos las creencias que nos han inculcado a partir de la reflexión sobre la experiencia propia. ¿Por ejemplo? En torno a la sexualidad. Ellas retomaron el poder sobre sí mismas cuando pudieron decir que “no” a sus parejas en las relaciones íntimas. Te encontrabas con mujeres que hablaban públicamente de los crímenes sexuales cometidos por el ejército, pero que tenían normalizadísimas las violaciones sexuales que se daban los ámbitos íntimos.

- AM: Dices que “siempre que se da un genocidio se da un feminicidio”.

- AF: Sí.

- AM: Explícamelo, por favor ¿por qué en todo genocidio se asesina también a las mujeres?

- AF: Porque para matar al pueblo, o a un pueblo en concreto, van a atacar de forma específica a las mujeres a través de la violación sexual. El feminicidio se da a través de la violación sexual. Antes de las masacres siempre hay una tortura específica: la tortura sexual, que tiene efectos de destrucción del tejido social, de aislamiento, de éxodo. Acaba cortando la posibilidad de tejer fuerza comunitaria. Por eso, antes de un genocidio, que es la destrucción de un pueblo, se necesita pasar por el cuerpo de las mujeres para demostrar su poder sobre otros hombres.

- AM: Antes y después.

- AF: Antes y después.

- AM: Pero no todos los feminicidios van de la mano de genocidios.

- AF: No. No. Pero cada genocidio sí ha necesitado de un feminicidio
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- AM: Desde Bosnia a Guatemala o de Guatemala a Colombia, ¿se nota algún cambio?

- AF: Bueno, desde Bosnia a Guatemala se nota mucho; de Guate a Colombia también. Creo que las colombianas han aprendido mucho de las experiencias previas. Muchas de las estrategias del movimiento de mujeres feministas se centran en la búsqueda del reconocimiento de la memoria, la justicia, la verdad, pero parece que estamos esperando a que sea el Estado el que nos reconozca.

Nuestra apuesta no es esa. Buscamos que seamos nosotras mismas quienes reconozcamos la historia y, a partir de ahí, la podamos afirmar, sin esperar la validación masculina, la validación del Estado, ni de ningún Tribunal. Es un reconocimiento social que parte de nosotras mismas. Creo que en Colombia todavía está muy puesta en el Estado la necesidad de reconocimiento. Lo entiendo porque es el referente simbólico de poder más importante y tendría sentido si tuviéramos unos Estados que funcionasen, pero esos no existen. El Estado ha utilizado el ejército y a los paramilitares para despojar a los pueblos de sus tierras, para masacrarlos. Es como pedir el reconocimiento a tu propio agresor.

- AM: ¿Y por qué tanto empeño del movimiento feminista en hacer peticiones a un Estado que sabemos que es patriarcal?

Y sabemos también que no hay condiciones para que esto sea de otra forma.

Si entendemos que la responsabilidad es de los Estados, que la violencia es estructural, ¿por qué señalar a los agresores en particular y no a las instituciones por su inacción?

- AF: Creo que se necesitan las dos cosas. Nombrar a los agresores es muy importante.

- AM: ¿Señalar a los agresores, uno a uno?

- AF: Sí. Es muy importante porque se necesita revertir el mecanismo social que hace recargar la culpa, la vergüenza y el terror sobre nosotras, sobre las que lo denuncian. Es muy útil que el que comete el crimen asuma socialmente las responsabilidades y la vergüenza porque ayuda a sanar. Pero ¿cómo hacemos ese tipo de sanción? ¿Desde lo legal? ¿Desde lo comunitario? ¿Desde lo colectivo? ¿Desde dónde? En cualquier caso señalar sólo al agresor no es suficiente. Si individualizamos la responsabilidad, que es la lógica que se sigue con la cárcel, obviamos lo que implica en términos sociales. ¿Y las sentencias supuestamente paradigmáticas? ¿Qué eficacia tienen? ¿Tienen un impacto político suficiente para transformar las relaciones de poder? Las relaciones de poder cambian cuando construimos nuestro propio poder, individual y colectivo como mujeres, cuando somos capaces de afirmar nuestra verdad y poner límites a los agresores. Eso implica un trabajo de organización política muy grande, que va mucho más allá que la denuncia, de las leyes o de la vía penal.

En Guatemala estamos hablando de comunidades que están acostumbradas a trabajar colectivamente. En un espacio más urbano, más individualizado, es más complejo, pero creo que por eso es  mucho más importante todavía. Necesitamos el vecina a vecina, esa red de protección que permita poner un cuerpo colectivo de mujeres para protegernos a todas.

- AM: ¿Es posible una comunidad así en el Ciudad de México, por ejemplo?

- AF: Creo que sí. Tenemos que lograr que la seguridad seamos nosotras mismas.

“El miedo va a cambiar de bando” es un lema  cada vez más coreado.

Devolver la vergüenza y el miedo es imprescindible. Los agresores, para que dejen de violar, necesitan encontrarse con el límite. ¿Quién pone ese límite? Lo ideal es que se lo pongamos las mujeres. En comunidad es más fácil porque rápidamente ubicas quiénes te pueden apoyar, qué casas te pueden acoger, quién puede actuar contigo. Hemos vivido varias experiencias así, pero las represalias son muy fuertes. Es el poder simbólico puesto en escena. ¿Hasta dónde somos capaces de contrarrestar con otra voz, con nuestra voz, el poder simbólico patriarcal? Las represalias no fueron físicas, pero había mucha tensión, era muy gruesa la violencia verbal. Frente a la violencia verbal y la violencia simbólica, ¿qué hacemos? Hay muchas posibilidades, pero si no estamos muy fuerte colectivamente, nos devastarán. El miedo rompe cualquier proceso colectivo.

- AM: ¿Cómo valoras movimientos ‘virtuales’ como el #MeToo? ¿Cómo damos el salto de la catarsis a la acción?

- AF: El mundo virtual es tremendo. Creo que para cambiar, especialmente el hecho de que el cuerpo de las mujeres siga siendo un campo de batalla, necesitamos ponerle cuerpo a nuestras luchas y a nuestras estrategias. La lucha requiere cuerpo material.

- AM: Pero el cuerpo ya lo hemos puesto y lo han dañado mucho.

- AF: No. No lo hemos puesto en el sentido de construir colectivamente, de acuerparnos juntas. Lo hemos puesto, pero porque ellos nos lo agarraron. Hablar de violencia sexual es fundamental, pero, ¿qué haces con tanto dolor? ¿Qué hacemos con tanta rabia? ¿Cómo construimos a partir de ahí?  Necesitamos volver a encontrarnos en comunidad para elaborar lo que tengamos que elaborar, politizar lo que tengamos que politizar. Nombrar es una cosa, sí, pero luego tenemos que trabajar nuestra memoria de violación sexual: ¿Qué ha dejado en nuestra vida? ¿Qué creencias nos ha instalado? ¿Cómo nos relacionamos desde entonces? ¿Cómo volvemos a estar bien con nosotras mismas? ¿Cómo volvemos a confiar? ¿Cómo volvemos reconstruir el poder sobre nosotras?

Poder que tampoco sé si un día tuvimos. Cuando digo que “tenemos que volver a poner cuerpo” no me refiero a exponernos, sino a trabajar en términos de memoria corporal. Si no trabajamos las heridas que nos deja la violación sexual no hacemos nada más que vomitar…,  y nadie quiere escuchar vómitos. Nadie. Tenemos razones para odiar y necesitamos espacios para elaborarlo, para sacarlo, pero hay que reconocer también que nos estamos relacionando desde el odio, desde el resentimiento, desde el asco que nos da este mundo.

- AM: Crecemos, no sé si en todos lados es igual, creyendo que si te violan no podrás curarte de ello jamás. ¿Cómo podemos hacer frente a esa idea sin restarle gravedad? Los planteamientos de Virginie Despentes, por ejemplo, van en esa línea y han sido muy criticados.

- AF: Es complicado. Virginie a mí me cuestiona mucho. Me gustaría platicar mucho con ella. Nunca hemos tenido la posibilidad, pero me gustaría mucho. La violación es grave y te deja huellas, pero esas huellas las podemos atravesar. No somos esas que jamás vamos a poder levantar cabeza porque han sido violadas. El objetivo de la violación sexual es aniquilarte, quitarte el poder, que vivas humillada toda la vida, que vivas a escondidas o gritando mucho, pero no transformando nada. Hay un cuento maya muy bonito que habla de la libertad. Hemos sido educadas para ser camellos, cuenta, para seguir y someternos. Un día, un camello se despierta y se ha convertido en una pantera. Está a la defensiva, grita. Es lógico, hay que pasar por ahí, es la pura rabia. No lo entiende. Y la rabia te da fuerza. Pero luego hay un paso más, que, en mi opinión, tenemos que dar todavía en el movimiento feminista: la libertad. La libertad pasa por saber que tú puedes usar la pantera cuando lo necesitas porque tienes todas las opciones. No solo dos. La libertad es también el águila, es abrir las alas y no estar permanentemente pendiente de lo que pasó.

-  AM: ¿Cómo nos curamos de la violencia sexual que no hemos sufrido en nuestros cuerpos directamente? La violencia simbólica, ¿tiene cura esa?

- AF: Sí, a partir de los propios procesos de sanación aunque no lo hayas vivido directamente.

- AM: Pero has vivido con el miedo.

- AF: Exacto. Hay que trabajarse la culpa de muchas cosas, incluso la culpa de no haber vivido algo. Yo creo que es esa la postura con la que vamos a construir futuro o, al menos, nuevas condiciones de vida para nosotras. No lo vamos a construir sobre el hecho de que todas somos violadas. La construcción de otra vida pasa también por inspirarse de la posibilidad de la libertad, de la posibilidad de vivir bien. Yo siento que muchas veces, en el feminismo, o en algunos feminismos, estamos muy atrapadas en darle mucha fuerza y mucho poder a la víctima. ¡Y claro que es importante reconocer el daño! No digo que no sea importante, pero no podemos hacer política solamente desde ahí. Necesitamos una política que nos llame a crear nuevas cosas, a generar cambios de verdad. No hablar de libertad, practicar la libertad. No hablar de cura, sino curarnos. No hablar de paz, sino relacionarnos desde ahí.

- AM: Cuando hablamos de violencia sexual, generalmente, o al menos en el imaginario social más extendido, estamos hablando de violencia sexual en un entorno heterosexual. ¿Qué pasa con las lesbianas, por ejemplo?

- AF: El patriarcado se ha materializado en los cuerpos de hombres, pero también se ha materializado en algunos cuerpos de mujeres aunque, efectivamente, estés menos expuesta a la violencia sexual si no te acuestas con hombres. Las lesbianas somos objetos de castigo, sí. El objetivo último del patriarcado es apropiarse de nuestros cuerpos para poder decidir sobre nosotras y demostrarnos quiénes mandan en este mundo. Lo que serían distintos, quizás, son los ejercicios de violencia entre lesbianas. Para poder pactar entre nosotras necesitamos trabajar esas violencias porque nos estigmatizamos mucho. No sé si sí es igual en otros territorios, pero en América Latina, en Ciudad de México, nos damos como si fuéramos enemigas. Nos estamos haciendo mucho daño. 

Esa es la herramienta más eficaz del patriarcado. Tenemos que entender por qué estamos juntas, sanar lo que tengamos que sanar, aprender a dialogar, romper los silencios, preguntarnos: ¿Por qué me enojas? ¿Qué hay detrás del enojo? ¿Por qué no la soporto? Trabajar las dinámicas emocionales que hay también en nuestros espacios aunque no lo queramos reconocer. Hay que reflexionar porque, colectivo tras colectivo, nos rompemos alrededor de las mismas heridas: “No me escuchas”; “No me reconoces”; “No me quieres”; “Me has levantado la voz y eso quiere decir que no me quieres”…

Tenemos que nombrar, conocer y trabajar esas dinámicas. La apuesta de “Actoras”, seguramente de muchas otras colectivas, es aprender a volver a mirarnos a los ojos, para poder construir un poder colectivo, real, que no se tumbe por represalias, amenazas, pero tampoco por diferencias entre nosotras. A eso lo llamamos política de reconocimiento, amor y sanación entre nosotras.

* Este artículo fue retomado del portal Pikara Magazine
Helena Bayona, retomada de Pikaramagazine
Por: Andrea Momoitio
Cimacnoticias | Bilbao, Esp.

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