5/04/2020

De la emergencia a la insurgencia


No hay otra opción.

Tan irresponsable resulta cultivar el miedo como alzarse de hombros. No es la crisis de salud más grave de la historia, ni una simple gripa o una nueva versión del chupacabras, como se dice en Juchitán. Se trata de crisis profundas y catástrofes muy reales que exigen respuestas apropiadas.

Vivimos en la desinformación. Se propagan versiones y propuestas contradictorias, con débil fundamento en la realidad o el saber. Desconocemos la magnitud del fenómeno. Se ha hecho un número muy limitado de pruebas y se sabe que muchas personas infectadas no muestran síntomas, por lo que no se cuentan. Se habla de unos 3 millones de personas infectadas en el mundo. Podemos agregar uno o dos ceros a la cifra; estará más cerca de la realidad.Ni Corea del Sur, con la proporción de pruebas más alta en el mundo, puede saber cuántos infectados ha tenido. Las críticas a las pruebas mismas aumentan la desconfianza por cifras que siguen usándose para aumentar el miedo. El número de muertes atribuibles al virus es aún más incierto. Muchas no se cuentan y otras muchas se incluyen sin razón. Se habla de unos 200 mil casos. Podría ser la mitad… o el doble.

Algunas cosas quedan claras. Fue un grave error, como advirtió Agamben, poner en manos de expertos cuestiones que pertenecen al ámbito de la ética y la política. La política de confinamiento fue una propuesta de expertos médicos derivada de su ignorancia e impotencia: no sabían qué hacer y no midieron las consecuencias de la medida, por ejemplo en la violencia doméstica.Fue claramente imposible mantener el asunto en su esfera. Las contradicciones que surgieron al llevarla a la social y a la económica propiciaron su traslado a las esferas policiaca y militar.

Por el miedo que provocaron, gobiernos que carecían ya de poder político efectivo y de credibilidad fueron sumisamente obedecidos por la gran mayoría de la población, incluso por aquellas personas que poco antes los criticaban abiertamente. A medida que las reacciones de la gente debilitaron ese poder político, a los gobiernos sólo les quedaron sus acólitos y personas en pánico. Se avivaron así sus propensiones autoritarias. En el mundo entero, la ola de autoritarismo se convirtió ya en la principal amenaza. Apenas logra disimularse que queda poco de lo que se llamaba estado-nación democrático, cuando estaba vigente el estado de derecho y el juego libre de fuerzas políticas.

La evidencia abrumadora de los horrores de la sociedad que teníamos propició un despertar que ahora resiste el regreso a la normalidad que los encubría. Quienes se beneficiaban con ella cometerán infinidad de atropellos para restablecerla. Como hasta ellos saben que será imposible, preparan la consolidación del despojo autoritario y cínico, en una sociedad de control. Esa es la amenaza actual.

Un espíritu de insurgencia empieza a surgir entre quienes despertaron ante el horror y, sobre todo, entre los millones de personas para las cuales la emergencia será permanente. Ni el mercado ni el Estado podrán ocuparse de ellas, salvo en forma transitoria y limitada. Su lucha por la supervivencia debería involucrarnos a todas y todos y puede llegar a ser decisiva en la coyuntura.

Da pena ajena la forma en que ha reaccionado el gobierno mexicano. En vez de asumir las consecuencias de sus apuestas equivocadas –el transporte aéreo, el turismo, el petróleo, los megaproyectos, los tratados comerciales– y aprovechar la coyuntura para un viraje acorde con su retórica respecto a los pobres, se ha afirmado en sus creencias fundamentalistas en un desarrollismo obsoleto que agudiza las contradicciones y lo aislará cada vez más. Otorgar en forma casi subrepticia abultados contratos del Tren Maya o el Corredor Transístmico a corporaciones con pésimo historial no lo reconcilia con los empresarios que quieren mucho más y lo enfrenta abiertamente con amplios grupos, predominantemente indígenas. Los tratados comerciales con Norteamérica y Europa recién suscritos profundizarán la subordinación a las corporaciones trasnacionales y la confrontación permanente con las comunidades rurales y los trabajadores.

En la insurgencia que viene se dejarán sentir muy diversas concepciones de la enfermedad y la muerte. Algunas personas seguirán adoptando la mentalidad dominante, para la cual la enfermedad es un problema a resolver y la muerte un enemigo a vencer. Otras muchas mostrarán que en sus culturas son vistas como compañeras de todo ser vivo que pueden acogerse hospitalariamente. No buscan salvar vidas reducidas a la mera existencia física, sino que defienden un modo de vivir en que la interacción amorosa del nosotros, no el aislamiento y la separación de los individuos, da sentido a la existencia.

En la insurgencia que circula a ras de tierra, dentro y fuera de México, se expresa ya la digna rabia que provoca lo hecho hasta ahora ante la plaga y se afirma la decisión de empeñar incluso la vida para defender la dignidad.

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