Hace
11 años escuchaba esa canción de Atahualpa Yupanqui, una voz triste
cantaba los versos del argentino, la conocí en esa versión como herencia
de una amiga muy querida, y hace unos días la canción apareció en mi
recuerdo, con ella vino una oleada de pensamientos y recuerdos,
añoranzas que vivas se agigantan en el corazón, en la piel y en la
memoria. La memoria de una que alguna vez fui.
La frase que
retumba con más fuerza “los cerros que tanto quieres, allá te están
esperando”, me devolvió con mucha fuerza la añoranza de mi tierra, allá
en la Península, en el corazón de una ciudad puerto fantasma.
Así
me da sentido esa frase que dice que las mujeres tenemos una relación
profunda con la tierra, también con los ríos y con el mar, con la
sierra, la montaña o esos pequeños cerros que rodeaban mi casa, la casa
de mi pasado, de mi infancia. Y así se afianza esa idea con cada día,
cada tarde y noche en la que me hago la pregunta que ahora parece estar
de moda ¿y a ti quién te espera?
Cuando la gente se aferra a vivir donde nada crece, en medio del desierto, es porque el desierto le habla, le significa.
Cuando
la gente quiere volver a ese pedazo de tierra donde crecen yerbajos y
las paredes se llenan de salitre, todo lo herrumbra la brisa de ese
árido mar es porque ve los caminos y las brechas que solo transitan los
ojos de quienes saben andar sobre las olas, en esos caminos de mar.
Y
pareciera no tener sentido esa frase “Caminos de mar”, aunque son esas
sendas que solo conocen los pescadores que salen día a día y recorren
una y otra vez una tierra cubierta de agua, pero de la que ellos se
aprenden sus hondonadas y sus brechas, esos hombres y mujeres de mar que
empujan el alijo por esos caminos para llegar a aguas más profundas y
navegar, hacerse al mar.
Son palabras y caminos que solo existen
para quienes han vivido junto al mar, del mar, que crecieron oyendo
historias de hombres que se los tragaba el mar, de madres que lloraban a
sus hijos entregados en ofrenda a ese horizonte azul que lo daba todo y
al mismo tiempo lo quitaba también.
Algunas mujeres saben a mar, y
otras a río dicen por ahí, pero lo cierto es que, con los años, al
cumplir cincuenta años una mujer puede volver hacia atrás y darse cuenta
de que no solo menstruamos con la luna y la marea, que nuestros cuerpos
de mujeres también saben a agua salada y que en cada gota de sangre se
guarda la memoria de una vida junto al mar.
Somos recuerdo y
anhelo de volver a vivir en la tierra que nos vio crecer, que al final
de cuentas eso es lo que define la relación de nuestras madres, nuestras
abuelas, con la selva, con la montaña, con el mar, que no es casual que
migramos buscando futuro, pero en ese andar perdemos el pasado hasta
sentir que nos perdemos a nosotras mismas.
Hoy vuelvo a escribir
para encontrarme, vuelvo a recordar ese viejo amor que me recuerda que
las letras las tenemos y las debemos, que si no escribimos nos borramos a
nosotras mismas para que alguien más llene los blancos.
Hoy vuelvo a navegar, desde estos caminos de mar, para empezar otra historia ahora que soy una mujer de 50.
Las
guardianas del patriarcado son en extremo peligrosas para las mujeres,
su violencia puede ser grave, dirigida en particular contra las que son
una amenaza para la permanencia y sobrevivencia del patriarcado como
sistema social de explotación contra las mujeres; justifican que se
cometan actos de violencia física contra las mujeres que “merecen ser
castigadas” por transgredir y romper con su “obediencia” al patriarcado,
que lo mismo puede estar encarnado en hombres que en mujeres que
defienden todo lo que oprime a las mujeres, las violenta, las
invisibiliza o las devalúa.
Una de las figuras más interesantes
que encontré en la teoría de la violencia contra las mujeres, es esa,
«las guardianas del patriarcado», esas mujeres que no solo se alían,
sino que defienden la violencia contra otras mujeres y operan y actúan
como brazos ejecutores de algunas de esas violencias.
En el
pasado ese papel lo ejercieron las «suegras» que violentaban a las
nueras mediante la imposición de un control al cuerpo de las mujeres y
la imposición de una moral a modo. Uno de los mejores ejemplos de esa
violencia se documentó en uno de los capítulos de la serie Mujeres
asesinas, pero ha estado presente en narrativas como en Doña Bárbara, y
en muchas otras expresiones del arte.
Lo peor, es que muchas
veces las mujeres no saben cuándo o cómo operan como «defensoras» o
«guardianas» del patriarcado y cuándo se están aliando con él, pero eso
nos da pauta para reflexionar de qué lado estamos eligiendo estar en
esta lucha por la sobrevivencia de las niñas y las mujeres.
Algunas
de las preguntas que nos sirven para identificar si estamos jugando
como “guardianas” del patriarcado ya han sido identificadas a través del
tiempo por otras feministas e incluye aspectos que van desde la defensa
de los estereotipos que sostienen el género, es decir, la asignación e
imposición de roles, palabras y lugares a las mujeres para devaluarlas,
cosificarlas e invisibilizarlas hasta la caricaturización patriarcal
sobre el ser mujer, reduciéndola a orificios, pechos y nalgas
hipersexualizadas.
Incluso se enmascaran de aparentes discursos
transgresores que solo imponen la preservación de los roles que
históricamente han desempeñado las mujeres al servicio del patriarcado y
que el feminismo ha cuestionado, como la disponibilidad de los cuerpos
de las mujeres para el disfrute/explotación al servicio de los hombres.
Y
no es que una mujer no pueda elegir tener todas las transgresiones que
elija, lo complejo radica en que se construyan transgresiones que
escapen al beneficio histórico que ha obtenido el sistema patriarcal de
los cuerpos de las mujeres.
No hay una prueba, pero sin duda,
pensarnos y repensarnos en qué momento y cómo podemos convertirnos en
“guardianas del patriarcado” debería pasar por el principio simple y más
añejo que a Olimpia de Gouges le costó la vida hace más de 200 años, y
que parece seguir costándole la seguridad, la integridad y la vida a
muchas mujeres hoy día, atreverse a confrontar al patriarcado y colocar
en el centro de todas las reflexiones a las mujeres. Considerarlas
ciudadanas.
Las guardianas del patriarcado, encontraremos que esta
figura corresponde no solo a mujeres, sino esencialmente a hombres
guardianes, pero es posible que también la desempeñen las mujeres. La
forma más fácil de encontrarlas es pensando que son “mujeres machistas” o
que “defienden a los hombres”. Es mucho más fácil identificarles cuando
son hombres al frente de la toma de decisiones en la justicia, en la
política pública y en las propias organizaciones. Lo complejo es cuando
una práctica de defensa del patriarcado se enmascara y engaña detrás de
una mujer.
Pues a la par que, conforme ha pasado el tiempo, la
violencia contra las mujeres se ha hecho mucho más racional, más
sofisticada y compleja, también lo ha hecho la figura de las “guardianas
del patriarcado” aunque a final de cuentas se reduce a defender a lo
masculino, lo falocéntrico, para quienes es impensable colocar a las
mujeres en el centro.
No solo se trata de la violencia sino las
formas de discriminación, la vuelta a la invisibilización bajo los
discursos “humanistas” de épocas pasadas que se maquillan y enmascaran
de “modernos” para convencer que no es necesario hablar de las mujeres y
las ciudadanas, igual que hace 200 años.
Y eso, por supuesto,
incluye que ser “guardiana” o “guardián” del patriarcado tenga
implicaciones mucho más sofisticadas. Aunque en algunos casos, basta
pasarles el “tamiz” básico para mirar que sus violencias buscan mantener
el mundo igual que hace 200 años, un planeta en el que las mujeres no
existían en el papel, no eran reconocidas en las leyes como sujetas
jurídicas, y buscan sostener los estereotipos más comunes y obvios de
que los cuerpos de las mujeres son para el disfrute y explotación del
sistema patriarcal, y realmente creen que las mujeres deben sacrificarse
y abnegarse por y para el otro masculino, negarse y solo así son
aprobadas (solo así nos perdonan la existencia) sosteniendo la búsqueda
de la aprobación masculina.
Es decirnos que en el mundo solo hay
lugar para nosotras, solo si renunciamos a todo por los hombres, y miren
que crecí oyendo esos discursos, así nos intentaron educar las abuelas,
las madres, a darles la comida, la voz, a callar, a ser silenciadas si
un hombre hablaba, a aplaudirles, a aceptar que ellos nos definieran y
dijeran cómo debíamos ser… y aún así, resistimos, sobrevivimos.
Lo
que las guardianas y los guardianes del patriarcado siempre les han
pedido a las mujeres es eso, negarse, abdicar, renunciar, colocarse
segunda, anteponer al otro, ¿cómo va a la mujer capaz de ser egoísta y
no colocar a otro antes que a ella? No hay nada más convencional en la
forma histórica de la discriminación y la violencia contra las mujeres
que demandarnos la abnegación, ceder nuestro lugar en el mundo, la
comida, el nombre, la palabra, la voz.
Ya lo pensó y escribió
hace más de 100 años, Victoria Ocampo cuando observó que no existía un
diálogo entre las mujeres y los hombres, sino que ellos más bien
imponían su voz porque no nos reconocían como sus iguales, como seres
humanos, por eso solo había un diálogo posible “no me interrumpas”, no
blasfemes, no niegues que soy yo el que manda -dirían los guardianes-,
es él el que manda y nos define a nosotras las mujeres -dirían las
guardianas-. Qué suerte que a Victoria no le tocó vivir en la época en
la que a Olimpia le costó la cabeza atreverse a exigir ser nombrada.
En memoria de Ivonne, de Luz y de muchas otras en el anonimato.
Toda violencia que podamos vivir o a la que nos encontremos expuestas nos causa temor y preocupación, pero nos aterra aquella que vemos venir en contra de las mujeres causada por la misoginia feminicida que impera en este país, aliada de la indiferencia; esa impunidad social y del Estado que son cómplices y toleran agresiones en el espacio público y privado para causar daño, sufrimiento y dolor extremo contra los cuerpos de las mujeres, mediante la saña y violencia extrema que caracterizan los ataques para quemar los cuerpos con fuego o ácido.
Hace más de 27 años en Campeche, Campeche, ejercía como reportera incipiente en un diario local y un día de “guardia” llegó a la redacción el aviso de que una joven estudiante había sufrido un ataque en el transporte público. Llamé para conseguir información y me trasladé al hospital del IMSS de la ciudad para tratar de hablar con algún familiar. Al llegar me encontré a un hombre que se identificó como hermano de la víctima. En ese tiempo yo tendría 19 años y lo que supe de ese evento cambiaría mi vida para siempre.
Se trataba de una estudiante de 22 años (si la memoria no me falla) llamada Ivonne. Había empezado a estudiar Derecho con el apoyo de sus hermanos luego de ser madre a muy temprana edad. Ese día salió un poco tarde de sus clases, abordó el autobús que la llevaría de la Universidad Autónoma de Campeche a su domicilio sin saber que, en el camino, dos elementos de la Naval que habían estado bebiendo toda la tarde subirían al mismo autobús en el que ella viajaba. Los dos sujetos se quedaron sin gasolina y fueron con un “bidón” a comprar combustible.
El resto es una historia de horror. Los dos hombres tomaron la decisión de utilizar la gasolina para rociar a Ivonne con el combustible y prenderle fuego, el hecho fue tan rápido que el conductor de la unidad nada pudo hacer.
No sé si ambos sujetos ya están en libertad, no sé qué sucedió con el conductor. Lo que sí sé es que Ivonne, con quien me familiaricé en esos ocho días de seguir día a día su estado de salud, vivió un verdadero calvario, con quemaduras de tercer grado en el 95 por ciento de su cuerpo, hasta que falleció.
Nunca más mi vida sería igual, nunca más podría volver a mirar la violencia contra las mujeres de la misma forma. Me aboqué a trabajar el tema luego de darle mil vueltas acerca de qué pasaba por la cabeza de esos dos hombres que creyeron que podían cometer tal acto. Había muchísimas preguntas, pero ninguna respuesta, como tampoco la hay hasta el día de hoy.
Estas emociones las reviví con Luz Raquel. Supe de su situación por un WhatsApp en un grupo feminista en el que nos pedían firmas para exigir justicia; después de leer los detalles, firmé y convoqué a más firmas. Al día siguiente, muy temprano, recibí un mensaje —fue lo primero que leí en el día— de otra compañera feminista: comunicaba la indignación por la muerte de Luz como resultado de las quemaduras sufridas en el ataque.
Alguien decidió prenderle fuego rociándola de alcohol, en lo que se cree fue “una forma de castigarla por transgredir varios mandatos hacia las mujeres”. Y lo escribo así, entrecomillado, porque no es una justificación, sino una forma de conceptualizar lo que sucedió.
Mucha de la violencia contra las mujeres tiene origen en la misoginia feminicida que predomina en la sociedad y que se traduce en los ataques contra las mujeres; la indiferencia frente a la violencia; priorizar otros temas, otras agendas; responsabilizarlas de la violencia que viven y justificar que “ellas se lo buscaron”, “ellas no hicieron nada por evitarlo”, “ellas se quedaron ahí”, “ellas…”. Una larga lista de argumentos que esgrimen personas que, tan solo con hacerlo, nos dan muestra de esa sociedad misógina y violenta contra las mujeres que sigue justificando la violencia feminicida.
Lo mismo sucedió con el caso de María Elena, quien fue atacada con ácido. No faltó quien argumentara mil cosas. No entiendo, de verdad, no entiendo tanto desprecio por la vida y dignidad de las niñas y mujeres.
Pero este es el país donde me tocó vivir. Esto es lo que sé, conozco y leo todos los días, a pesar del horror cotidiano. Esto es de lo que elegí tener conciencia y sumarme a muchísimas mujeres que me antecedieron y con las que, hoy día, me acompaño en la labor de defensa de los derechos humanos de las niñas y mujeres, porque sin importar de qué ámbito se hable, siempre es lo mismo: desprecio por la vida y dignidad.
Nos quieren calladas, nos quieren borradas, nos quieren invisibles, nos quieren muertas, pero también nos quieren “sufriendo”: quieren que aprendamos con ese terrorismo sexista, con esa violencia patriarcal aleccionadora. Pero elegimos honrar la vida de Luz, de Ivonne, no olvidarlas y nombrarlas, y exigir que ninguna mujer tenga que vivir estos horrores. A las feministas no nos gusta la guerra ni el lenguaje de guerra, pero es claro que afrontamos una lucha por la supervivencia, para vivir en libertad y dignidad.
En
2012, el Comité de Expertas de la Convención sobre la Eliminación de
Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer (CEDAW) presentó en
sus observaciones al Informe del Estado Mexicano sus preocupaciones por
el “número cada vez mayor de desapariciones forzosas de mujeres y
muchachas en entidades como Chihuahua, Nuevo León y Veracruz”, y la
falta de registro sistemático de las desapariciones, así como la lenta
respuesta del Estado para buscarlas. Diez años después la sociedad
mexicana se dio cuenta que no tomar medidas a tiempo derivó en una
feminización de la desaparición.
Hace una semana escribíamos
acerca de la condición y diferencia de nacer como mujer en México y sus
implicaciones, y los sucesos que ocurrieron en estos días confirman la
gravedad de la realidad de las niñas y mujeres jóvenes en este país que
se niega a conciliar y anteponer la construcción de soluciones antes que
los intereses particulares y confrontaciones de siempre. Hablar de esto
no es secundar a quienes lucran partidistamente con la violencia que
siempre ha estado ahí en contra de las niñas y las mujeres, en cambio sí
es urgir a respuestas que consideren seriamente el origen de este grave
problema.
Lo que se concluye de la semana pasada para acá, es que
efectivamente nacer en cuerpo de mujer en México está directamente
relacionado con las oportunidades de vida, la esperanza de vida y las
condiciones para sobrevivir a la violencia feminicida en los primeros
años de vida. Si una niña logra llegar a los 15 años después de afrontar
condiciones de violencia histórica por esa devaluación de la que aquí
escribíamos, afrontará un contexto de riesgo feminicida que se
incrementó paulatinamente junto a la presencia del crimen organizado en
México.
Hace 10 años, el séptimo Informe del Comité de Expertas
señalaba sus preocupaciones en el párrafo 18. Al Comité le preocupan…
“El número cada vez mayor de desapariciones forzosas de mujeres y
muchachas, el hecho de que las desapariciones forzosas no constituyan un
delito en varios códigos penales locales, la falta de un registro
oficial sistemático de las desapariciones y la lenta o nula activación
de los protocolos de búsqueda en vigor, como el protocolo Alba y la
alerta AMBER, por las autoridades”.
En numerosas ocasiones, en
textos que he redactado o en intervenciones, he señalado este párrafo,
acompañado del comentario de que el Estado Mexicano recibió esta
observación y “no hizo nada al respecto”, pese al evidente sesgo de la
feminización de la desaparición en México, y si algo hay que reiterar y
poner sobre la mesa es que las niñas y las mujeres son las víctimas de
ese ciclo de desaparición-trata-feminicidio, en un contexto cada vez más
alentado hacia la permisividad de la explotación sexual de las niñas y
las mujeres en México a través de la “prostitución”.
No es algo
nuevo y conviene analizar el problema en su contexto y como parte de una
característica de la desaparición en nuestro país que ha pasado por
distintas etapas desde finales de los 60 hasta la actualidad.
Antes,
desde 2009, la Sentencia de “Campo Algodonero” ya había hecho énfasis
en la urgencia de tomar medidas, adoptar acciones, cambios culturales,
adopción de medidas institucionales y dejar de criminalizar a las
niñas/mujeres jóvenes en su búsqueda cuando desaparecían, emprender
búsquedas inmediatas. Fue hasta 2017 que se adoptó de manera oficial en
las leyes que no era cierto -nunca lo fue- lo de dejar pasar 72 horas
para emprender la búsqueda.
En aquellos casos y en los de 2012 se
identificaba una serie de factores que favorecían el contexto para la
desaparición de niñas y mujeres jóvenes, como son el incremento de la
presencia de actividades del crimen organizado, el aumento de las
fuerzas armadas en las calles, el aumento en la disponibilidad de armas
de fuego, en el consumo y distribución de drogas, así como la
normalización del consumo violento de los cuerpos de las niñas y las
mujeres a través de prostíbulos que funcionan en complicidad con las
redes de trata para siempre tener cuerpos disponibles.
En el
análisis de las condiciones para que se acreditara el feminicidio se
encontró que las razones de género aludían a ese contexto de violencia
social, especialmente a lo que la Ley General de Acceso de las Mujeres a
una Vida Libre de Violencia denomina como violencia feminicida con la
impunidad social y del Estado, es decir, esa permisividad en el ánimo
colectivo hacia el ejercicio de violencia en los cuerpos de las niñas y
las mujeres como un daño colateral de la presencia del crimen organizado
y las acciones para “combatirlo”.
En ese mismo Informe, la CEDAW identificó dos contextos en torno a la desaparición de las niñas y mujeres jóvenes en México:
“Que
las mujeres y las muchachas se vean sometidas a unos niveles cada vez
mayores y a diferentes tipos de violencia por motivos de género como (…)
desapariciones forzosas, torturas y asesinatos, en particular el
feminicidio, por agentes estatales, incluidos funcionarios encargados de
hacer cumplir la ley y fuerzas de seguridad, así como por agentes no
estatales como grupos de delincuentes organizados, y”
El
Comité expresa su preocupación por la información recibida en que se
indica una conexión entre el aumento de los números de desapariciones de
mujeres, en particular muchachas, en todo el país y el fenómeno de la
trata de personas.
Esta información vino acompañada de la
recomendación de elaborar un diagnóstico del fenómeno de la trata de
mujeres y “muchachas”, incluidos su alcance, causas, consecuencias y
objetivos, así como sus posibles vínculos con las desapariciones de
mujeres y “muchachas” y las nuevas formas de explotación.
Lamentablemente
cuando se analiza la información en su contexto y desde una perspectiva
de Derechos Humanos de las mujeres y las niñas es sencillo identificar
las causas de la violencia contra ellas, pero parece ser hoy un tema
desplazado, porque a muchas personas les parece que ya fue suficiente de
colocarlas en el centro y que ya no son prioridad. El problema es que
no han entendido que comprender la violencia contra las niñas y las
mujeres es la clave para entender las problemáticas sociales más graves
que aquejan a este país, es el tamiz necesario para buscar y encontrar
soluciones desde enfoques integrales que reconozcan la causa-efecto.
Muchas
teorías y sentencias (incluyendo la sentencia de la Corte Penal
Internacional por las violaciones y asesinatos de mujeres en Yugoslavia y
Ruanda) se han escrito sobre el fenómeno de la violencia expresada en
los cuerpos de las mujeres, sus características, motivaciones y
contextos, pero es claro que la condición de nacer mujer y sobrevivir a
todas las violencias identificadas que acaban con la vida de las niñas,
habla casi en una eugenesia selectiva por el sexo, y tiene imbricaciones
políticas y con el crimen global.
Que las sobrevivientes que
pasan los 15 años afronten contextos graves como el que hoy observamos
en México en donde la desaparición de jóvenes menores de 20 años nos
muestra que muchas de ellas aparecerán como víctimas de feminicidio del
crimen organizado vinculado con la trata, la prostitución y el consumo y
distribución de drogas duras.
Si una niña supera el pronóstico de
violencia y vive más allá de los 15 años, antes de los 20 habrá
enfrentado altas probabilidades de desaparecer por ser mujer. Hay una
relación directa entre el incremento en la disponibilidad de armas de
fuego con el aumento de feminicidio con armas de fuego, hay una relación
directa entre el aumento en la presencia del crimen organizado con la
violencia en el ámbito familiar y de pareja que alentado por la
impunidad estima que existen condiciones para la comisión del delito de
feminicidio “sin consecuencias”, véase el ejemplo de las estadísticas de
Quintana Roo.
Hay una relación entre el crimen organizado y las
redes de trata para la explotación sexual, la explotación laboral y la
esclavitud en las entidades en donde desde hace más de 20 años se
consolidó un escenario de violencia y explotación de los cuerpos de las
niñas y las mujeres.
La migración de las mujeres está relacionada con la violencia sexual, el feminicidio, la trata y la explotación sexual.
No
puede verse la explosión estadística de la violencia contra las
mujeres, el feminicidio y las desapariciones como fenómenos aislados sin
atravesarlo por la relación bi-fronteriza, el incremento en la
disponibilidad de armas y drogas en territorio nacional, la situación de
las fuerzas policiales en México, la prostitución como causa de la
trata, los cambios socioculturales de las redes de apoyo y los trazos y
diseños urbanos, y todo esto atravesado por el crimen organizado para
entender y ver la problemática en su justa dimensión y tratar de manera
integral encontrar cómo empezar a resolver esta grave situación.
Lamentablemente
todo se sabe y se recuerda con cada asesinada, pero se diluye en
discusiones partidistas y ahora hasta en otras agendas por encima de la
violencia feminicida que persiste contra las niñas y las mujeres en
México.
En
México la grave desigualdad en la que nacen y viven las niñas no ha
cambiado casi nada en los últimos 20 años. A pesar de las acciones para
revertir la discriminación de la violencia estructural, los avances son
lentos, y aún hoy el nacimiento de las niñas es motivo de preocupación
para sus madres por el futuro que les espera.
Kimberlé Crenshaw
feminista afroamericana nos ayudó a entender a través de la
interseccionalidad, cómo un mismo hecho o condición afecta de manera
diferenciada a las mujeres y a los hombres, y específicamente a las
mujeres mismas según sus múltiples identidades. El ejemplo más reciente
de las mujeres afroamericanas asesinadas por la violencia policial
invisibilizadas en medio del movimiento de protestas por las agresiones
contra hombres afroamericanos. Los nombres de ellas eran desconocidos,
invisibles.
Es claro, la diferencia persiste a pesar de las décadas de lucha feminista.
En
algún momento el organismo internacional ONU Mujeres afirmó que
faltaban 50 años para alcanzar la igualdad salarial entre las mujeres y
los hombres en el mundo. Países muy avanzados en el tema como Islandia,
Noruega, Finlandia y Suiza, que aventajaron a los demás países por casi
100 años en el reconocimiento del voto femenino, apenas están logrando
la igualdad salarial en algunos ámbitos.
En muchas regiones del
mundo el matrimonio infantil forzado, el matrimonio servil, no son las
únicas formas de violencias que distinguen con muchísima claridad a las
niñas, ubicándolas en contextos de desigualdad desde antes de nacer.
Aquella vieja frase para explicar la desigualdad histórica que viven las
mujeres sigue estando vigente: las niñas nacen devaluadas, en algunos
países como India y China, aún hoy día se “estimula” el nacimiento de
las niñas, en México se implementaron hace algunos años las becas más
altas para -de alguna forma- garantizar que las niñas permanecieran en
las aulas.
Nacer devaluadas para las niñas en México es la
realidad más antigua y vigente que agudizará ese contexto de violencia
estructural que antecede una vida de desigualdad, invisibilización,
violencias económicas y tristemente, la violencia sexual mediante el
abuso, la explotación, los matrimonios tempranos, el embarazo infantil
que constituye violencia sexual, la trata, la explotación sexual,
matrimonios y embarazos tempranos, todo para llegar a una edad adulta
con salud deteriorada, sin recursos ni redes y sin preparación para la
autonomía económica.
Las niñas en México y en muchas partes del
mundo nacen devaluadas, pero esa “devaluación” se perpetúa mediante la
explotación del trabajo no remunerado, sin el apoyo de la familia en
embarazos tempranos, con la sexualización infantil, con escenarios de
abuso sexual normalizado al grado de que a nadie le asusta ni le
sorprende que una niña sea “la mujer” de un hombre 20 años mayor.
Lo
he dicho y escrito e insistiré en el punto: nos debería llenar de
vergüenza como sociedad que se piense que las niñas o las adolescentes
son prostitutas, y creer que pueden consentir libremente en el abuso y
la explotación que beneficia a otros.
A finales de los 90 las
políticas públicas en México impulsaron programas de becas para promover
que las niñas y los niños asistieran a las escuelas, pero se hizo
énfasis en la necesidad de garantizar mediante acciones afirmativas que
las niñas se mantuvieran en la escuela, si era necesario dotar de unos
pesos más a las becas para hacer desistir a las familias de que fueran
ellas las sacadas de las aulas.
Veinte años después tenemos un
importante incremento de las niñas en las aulas, más mujeres jóvenes
egresando y estudiando el nivel de licenciatura; parece haber quedado
atrás la desigualdad que hacía que menos mujeres se graduaran. Y digo
parece, porque este cambio se refleja en algunos ámbitos, pero en la
zona rural y entre algunas comunidades semiurbanas o de las periferias
urbanas, las niñas afrontan graves dificultades para tener acceso a una
alimentación adecuada, servicios de salud, y eso si sobreviven a la
violencia de las calles y a la del ámbito familiar, violencia feminicida
y sexual.
Basta voltear fuera de las grandes ciudades para darse
cuenta de que la realidad de las niñas en México afronta la desigualdad
por “nacer devaluadas”, víctimas de incesto, abuso sexual en las aulas,
en las carreteras, en los caminos, precarizadas, mal alimentadas,
cumpliendo con tareas escolares y trabajo de cuidado en las casas sin
ninguna remuneración, afrontando el embarazo adolescente e infantil,
nulo interés por la investigación de los abusos que denuncian cuando se
atreven.
Nacer niña en este país es llegar con menores
posibilidades para afrontar la vida en igualdad, es ubicarse en ese
“cruce” en el que además de ser mujer, está el haber crecido sin
oportunidades de estudio, con una vida de trabajo sin llegar a tener
propiedades, afrontar la violencia patriarcal incluso con violaciones
correctivas, siendo invisibles o “anómalas” si salen de la feminidad
hegemónica impuesta es ser mujer, menos las mujeres; violentadas porque
no entran en lo que se define como “mujer” en el imaginario colectivo,
en un mundo en el que las niñas luchan por ser visibles, nombrarse y
existir a pesar de nacer devaluadas.
segunda parte
CIMACFoto: Sonja Gerth
En
una ocasión escuché a una mujer embarazada decir a otra que ya le
faltaba poco y que estaba muy contenta porque pronto daría a luz, la
acompañante le preguntó si era niña o niño y ella muy emocionada y feliz
le respondió que era “niño”, y justificó su alegría diciendo: “mejor,
ya ves que las niñas sufren demasiado”; una mujer que tenía muy claro
por experiencia propia lo que significaba las diferencias de
oportunidades desde antes de nacer para las niñas y los niños.
Esta
anécdota no es una invención, es real y la recuerdo constantemente, ni
siquiera tiene muchísimo tiempo, quizá hace tres años que la oí en la
Ciudad de México. El mundo lo tiene clarísimo, en varios países se
continúa restringiendo el acceso a la educación de las niñas desde la
etapa preescolar y el pronóstico sobre su presente y futuro está
directamente relacionado con la expectativa, la carga de los
estereotipos que pesan sobre el nacimiento de las niñas que afecta sus
oportunidades de salud, alimentación, educación y en consecuencia
esperanza de vida.
Aunque poco se ha avanzado en romper los
estereotipos o modelos a seguir para las niñas, cada vez son más mujeres
que rompen estereotipos y demuestran lo que siempre supimos, que las
niñas igual pueden ser futbolistas, deportistas, abogadas, ingenieras,
boxeadoras y arquitectas, pero para tener esas oportunidades aún
necesitamos transformar el mundo en un mejor lugar para ellas.
Hace
varios años a nivel global se emprendió una campaña denominada “Efecto
niña”, un poco después se impulsó la campaña mundial “Niñas, no
esposas”, luego se empezó a hablar de las acciones “Niñas, no madres”, y
no es de sorprenderse que aún hoy todavía en muchas partes del mundo es
muy común que las niñas son entregadas como “esposas” para que la
familia se quite el peso que significa tener una boca más que alimentar,
consideradas débiles de fuerza y por ende de escaso aporte de fuerza de
trabajo, a las niñas se les restringía la expectativa de ejercer
cualquier profesión que transgrediera la idea de la femineidad
hegemónica hoy tan ensalzada y caricaturizada.
Malena, Candy,
Brígida, Fátima, Verónica y muchísimos nombres más tienen algo en común,
son las niñas de las que tengo memoria reciente y lejana cuyas vidas
fueron cegadas desde la infancia por la violencia feminicida cuando aún
no existía el término o cuando eran estadísticas de muertes accidentales
y/o vulneradas sexualmente.
Quizá la dimensión de esa realidad la
pueden dar las que hoy son mujeres adultas que, pese a los pronósticos,
superaron la adversidad y se sobrepusieron a todas esas condicionantes
que se presentan en la vida de las niñas para permitirles llegar a ser
adultas, mujeres atravesadas por múltiples condiciones de violencia
sobre sus vidas, venir de las periferias, ser pobres, niñas que son
sobrevivientes de violencias y que saben lo que es vivir con el estigma
de ser víctima de un abuso sexual en lugares en donde se criminaliza más
a las víctimas que a los agresores.
Vivir en un país en el que
las discusiones se centran en lo que desde el centro se considera
importante, menos en la realidad que les ha tocado vivir a ellas, las
niñas olvidadas de una sociedad que de tan progresista ya se olvidó de
que la desigualdad empieza desde antes de nacer para muchas, que no es
lo mismo ser mujer en una ciudad en la que tienes acceso a los
alimentos, a la educación, a los cuidados que ser niña en las
periferias.
Que incluso para muchas niñas el acceso a toallas
sanitarias e insumos de gestión de su menstruación es un lujo que no
pueden darse y atienden estas necesidades con telas, además de las
anemias a las que deberá sobreponerse por dismenorrea, por sangrados
dolorosos y abundantes que la avergonzarán y marcarán sus primeros años
escolares, en espacios públicos en los que vivirá el acoso y la
violencia sexual apenas empiece a mostrar el crecimiento de sus pechos,
en una sociedad que sexualiza a las niñas y rivaliza con ellas.
En
una familia en la que sus propias madres son educadas para tratar de
expulsar desde temprana edad a sus hijas porque las miran como
competencia sexual, o porque ellas creen que buscándoles un “marido” a
temprana edad, les están resolviendo la vida que de “todas formas
terminaría con un abuso”, víctimas de incestos familiares y abusos de
conocidos.
En promedio en México las víctimas de trata son en 70
por ciento mujeres, y más del 30 por ciento son menores de edad, algunas
estadísticas globales destacan que en México el particular problema es
la venta de niñas como “esposas”, matrimonio servil, esclavitud y trata,
hablamos de al menos cinco entidades de la República en los que los
embarazos infantiles están relacionados con esos “acuerdos” en los que
el producto de venta o intercambio por un cartón de cervezas[1] es una niña.
No,
no estamos ni tantito cerca de la igualdad anhelada, urge visibilizar
todas estas desigualdades históricas que no son discurso, son realidad
en la vida de miles de niñas que deberían ser la única urgencia y
prioridad en las acciones a favor de las mujeres en México.
No
podemos para nada hablar de las más discriminadas entre las
discriminadas si no ponemos en primer lugar a las niñas de México,
cientos y miles de niñas desaparecidas, raptadas, secuestradas,
explotadas, abusadas, asesinadas, cuyos nombres están en el silencio
absoluto porque a mucha gente le parece que no son “moda”, pero para
algunas defensoras las prioridades son ellas y solo ellas, las niñas que
desde el nacer llegan a este mundo más que devaluadas.
Es justo
que otras personas desde sus propias condiciones coloquen en sus agendas
otras prioridades, pero también tenemos el derecho a exigir justicia
para las niñas en México antes, mucho antes que pensar en otras agendas
de derechos humanos de los que ya se ocupan otras personas. Déjennos
seguir hablando y colocando en primer lugar a las niñas a quienes
elegimos defender su derecho a una vida con dignidad, el derecho a vivir
en un país en el que las discusiones y los debates se van por otro
lado, una vez más invisibilizando a las más invisibles.
La consigna de la calle, la de barrio, la de a pie, dice “y la
maldad, y la maldad y la maldad feminista”, seguida de aplausos, gritos y
relajo. El significado es mucho más profundo de lo que se cree, tiene
que ver con la capacidad de las mujeres de aceptar que seremos tildadas
de locas, de malas y egoístas siempre que renunciemos a la abnegación y a
la explotación amorosa de la que históricamente se valió el patriarcado
para hacernos trabajar por ellos, para defender los intereses de ellos,
para ser sus voceras y sacrifinar nuestros intereses por los de ellos.
Esta
semana un artículo sobre literatura y mujeres que retoma algunas
reflexiones de escritoras recuerda que las mujeres son retratadas por
los escritores como personajes arquetípicos, basados en cliches
facilones y sosos, como sus descripciones en las novelas escritas por
hombres con personajes femeninos. Ya lo sabíamos, hemos hablado y
escrito de esto -algunas- desde hace algún tiempo.
Y es como nos
“definen”, es el “concepto que nos han construido para decirmos cómo es
ser mujer”, y ya lo decíamos aquí mismo en esta columna. Ahora nos dicen
hasta quién es y quién no es “mujer”.
Ahora son cada vez más las
mujeres que asumen que ser “empáticas” supone ponerse de su lado alguna
vez, que si ellos están hay que meterlos a nuestras democracias, a
nuestros espacios, etc. Es decir, algunas mujeres se terminaron
convirtiendo en las voceras de sus intereses, de los que se enmascaran
de “feministos”, “hombres progres”, “hombres solidarios”, los “compas”.
A
las mujeres nos cuesta aceptar que somos sujetas muchas veces de la
abnegación como un complejo aprendido en el que ponderamos las
necesidades de los hombres, antes que la propia o la de otras, la
explotación amorosa; nosotras terminamos siendo sus voceras, sus
defensoras y pidiendo la inclusión para ellos.
En esa dinámica,
las que estamos mal somos las que nos atrevemos a pensar diferente, a
proponer que es necesario ponernos a nosotras en el centro, a
privilegiar como hace unos años que los espacios de diálogo y discusión
sean para las mujeres que apenas están aprendiendo a escucharse a sí
mismas.
¿Se han dado cuenta que cuando un hombre participa en una
reunión de mujeres tiene la virtud de recibir los aplausos, el
reconocimiento y la defensa por encima de desplazar espacios para otras
mujeres en aras de dárselos a ellos?
Hace más de seis ó siete años
cuando empezamos a hacer las escuelitas feministas en la Península,
cada vez que hacíamos una sesión, teníamos que destinar tiempo a
explicarles a nuevas compañeras por qué no admitíamos hombres en el
espacio, teníamos que explicarle a la compañera que insistía en ir
acompañada por su novio, por su amigo, por su empático y solidario
compañero de causa…
Ningún movimiento por radical que haya sido ha
logrado revertir la condición de desigualdad de las mujeres, por eso
tenemos la reflexión de “la revolución será feminista o no será”.
Ese
tema sobre el que he escrito antes me ha puesto a reflexionar de nuevo
sobre las locas, malas y egoístas mujeres, en que necesitamos
convertirnos para dejar atrás esos complejos invisibles de abnegación y
sacrificio, anteponiendo sus necesidades a las nuestras, poniéndolas por
encima de las nuestras y de otras mujeres.
No es fácil, nada
fácil asumir y vivir con la conciencia de asumirse egoísta y decir clara
y directamente que nosotras no necesitamos su aprobación ni
complicidad, que no tenemos porqué sentirnos malas o egoístas porque
preferimos en un acto sororal a otras mujeres; bastaría explicarlo
recordando que por siglos los hombres se guiaron bajo la fraternidad y
no tuvieron ningún problema en tener un Senado, una Cámara de diputados,
comités, mesas directivas, gabinetes total y absolutamente con hombres,
que las mujeres que ocuparon espacios lo hicieron remontando
adversidades como todavía lo hacen.
No, no está mal ni tenemos
porqué sentirnos mal o que nos vean mal si fijamos clara y
contundentemente una posición de reconocer que las mujeres aún hoy día
habitamos las periferias y que todavía las mujeres empezamos a construir
nuestra propia voz y nuestros propios espacios.
Las escritoras
han empezado a reflexionar sobre esto, hace ya bastante que Mary Louis
Pratt lo dijo y reflexionó: estamos fuera del canon, lo estuvieron las
escritoras. Ahora sabemos que son escritores hombres los que siguen
construyendo arquetipicos personajes femeninos convertidos en objetos
sexuales, que si tienen que pasar por ponerse “nombre de mujer” y
ponerse un seudónimo de mujer lo hacen, usurpan el lugar de otras
mujeres, se reúnen tres y construyen un personaje femenino como lo
señalan en el artículo que recomiendo y dejo aquí.
Margaret
Atwood decía que las mujeres debían enmascarar su nombre en el de un
hombre para ser publicadas por siglos, ahora los hombres desplazan a las
mujeres y los espacios de las escritoras, pero esto también sucede en
otros espacios en los que prevalece ese sentimiento de abnegación frente
a las necesidades de ellos, los feministos de hoy.
La abnegación, el sacrificio y la resignación, son los sentimientos que distinguen el ideal de una mujer buena -entre otras características-, modelo construido desde el patriarcado; pero son también las causas de los problemas que las mujeres afrontan y el origen en muchas ocasiones de la explotación amorosa que hombres, familiares, amigos, amantes o conocidos, ejercen en sus vidas.
Sobran ejemplos de en qué problemas y situaciones graves llegan a estar las mujeres por el sacrificio del amor, por la abnegación de dar todo lo que tienen y quedarse sin nada para ellas mismas hasta perder sus propias pertenencias, mujeres que se resignan y aceptan que no pueden cambiar su situación, ese aprendizaje del sistema social para domesticar los espíritus de las mujeres y que parece basado en las creencias de fe, sigue vigente en la vida de muchas mujeres creyentes o no.
Aunque parecen distintos, en realidad todos esos “sentimientos” en los que las niñas somos educadas, a compartir con el hermano, resignarnos sobre el lugar social que ocupamos, y me atrevería a describir la abnegación como ese sentimiento de anteponer la necesidad del otro a la propia, a justificar la necesidad del otro para desplazar a otras. Como la mujer que deja sin comida buena a las niñas para dárselo a los hijos varones.
Tenemos qué revisar cuándo transitamos de un feminismo que tenía claridad sobre los espacios para las mujeres, por las mujeres, de las asambleas feministas en las que teníamos certeza de que era y son espacios para mujeres y que las demás expresiones tenían la libertad de construir sus propios espacios y reflexionar sobre ellos, siempre hubo espacios de izquierdistas, derechistas, de sindicalistas, de abogados, contadores, médicos… hombres.
No significaba dejar afuera a nadie, ellos tienen y tuvieron sus espacios siempre, simplemente teníamos conciencia de que necesitábamos inventarnos espacios para estar a solas nosotras con nosotras, como lo fue por mucho tiempo el espacio de la cocina para las mujeres en casa, ahí donde se conversaba y se hablaba de los problemas de las mujeres en la familia, se resolvían las situaciones por las que se estaba atravesando y se atrevían las mujeres a contar lo que pasaba entre las cuatro paredes de sus casas a otras mujeres.
Sabemos y estamos conscientes de que muchas veces las mujeres dejamos de hablar si hay hombres presentes, y que no sólo pasa eso, sino que también ellos desplazan la voz, ellos ocupan el tiempo para oírse a sí mismos. Quizá tengo claridad de esto último porque hace una década empecé a estudiar el fenómeno a partir de la reflexión que Victoria Ocampo en su publicación “La mujer y su expresión” (1936), hizo hace más de 100 años con su famosa reflexión de “no me interrumpas”.
Hoy pareciera que no es el hombre diciéndole a la mujer “no me interrumpas”, sino es otra mujer diciéndole a las mujeres “silencio, no lo interrumpas”, o incluso pidiendo el turno para darle la voz a ellos, porque “no estamos bien, no estamos completas si no los escuchamos a ellos”.
Y es esa parte la que necesitamos revisarnos, cuando pensamos que “no estamos completas” si ellos.
Quizá necesitamos abrir más espacios de reflexión y conversa en los que revisemos los textos básicos feministas para saber y tener presente cómo y porqué se vuelve necesario empezar a visibilizar y a hablar de las mujeres, a que nosotras nos cuestionemos ese papel heredado de abnegadas, sumidas, sacrificadas y resignadas frente a lo inevitable y elijamos ese camino de ser llamadas locas, malas y egoístas porque no queremos compartir nuestros espacios.
Hace poco leí una frase que dice: “si el feminismo no es radical, son relaciones públicas”, y está bien -para ellas- para las que consideran que de eso se trata su posición política, pero no podemos perder de vista que nombrarnos feministas implica cuestionarnos cada día si estamos tomando decisiones o acciones que nos colocan justo donde el patriarcado ha querido colocarnos.
Esto es, como promotoras, defensoras y abogadas de las causas de ellos, sacrificando las causas de las mujeres, desplazando a otras mujeres, otorgándoles los espacios a ellos, ser extremadamente duras y críticas con otras mujeres que tienen que probar que son buenas todo el tiempo, porque eso significa que no hemos sabido construir un mundo para nosotras.
Pese a ser un año complejo por el aislamiento y la distancia social,
en los últimos meses del 2020 la movilización feminista se consolidó en
la defensa de los derechos sexuales y reproductivos poniendo en la
agenda pública y mediática el imperativo de legislar a favor de la
despenalización del aborto, un derecho que se reclama a los gobiernos
locales lo mismo que al federal poniéndolo en el medio de las
confrontaciones político-partidistas.
Es necesario reflexionar sobre lo que está en juego y lo que se mueve
a la par con este tema prioritario, urgente y justo de la agenda
feminista: por un lado el movimiento feminista y las acompañantes del
derecho al aborto, una demanda que es permanente y de las más antiguas y
sentidas, que convoca y que mueve a la movilización por la urgencia de
saber que a diario en todo el país miles de mujeres ponen en riesgo sus
vidas en abortos inseguros.
Por otro lado, es innegable que políticos y partidos han visto en el
movimiento feminista un botín que creen puesto sobre la mesa para servir
a sus intereses, lo mismo crearon grupos anti derechos que
organizaciones de mujeres que simpatizaban con ellos que cuando vieron
la “moda del feminismo” salieron a llamarse “feministas” aunque
estuvieran ligados con posiciones encontradas con las agendas del
aborto, la violencia sexual y familiar, y por supuesto que jamás
asumieron un papel firme en la demanda de cese a feminicidio.
En el medio, poniendo el cuerpo están las acompañantes del derecho a
abortar, perseguidas por esos grupos anti derechos, amenazadas,
hostigadas; incluso perseguidas en sus cuentas de redes sociales,
recibiendo mensajes violentos, además de que las organizaciones que
acompañan ese derecho tienen que hacerlo de la forma más discreta
posible para evitar agresiones que pongan en riesgo la integridad de los
equipos.
En noviembre pasado en Chetumal, una defensora del derecho al aborto
fue objeto de agresiones promovidas por grupos ligados a poderes
fácticos, esto ola de agresiones persiste en varios puntos de la
Península maya donde la paz y la calma aparente hace pensar que no hay
amenazas ni riesgos, pero hay una invisible campaña contra las
acompañantes del derecho a abortar.
Aunado a eso y otras condiciones de riesgo para el movimiento
feminista en torno al derecho al aborto nos ponen a pensar sobre la
oportunidad del debate en los Congresos locales, sobre la urgente
necesidad de despenalizarlo pero los férreos intereses de quien han
hecho del aborto un negocio en el que solo las que pueden pagar una
clínica privada tienen acceso.
Es necesario abrir diálogos con los congresos, puede ser una vía que
hemos explorado históricamente en busca de la despenalización en varias
entidades, pero su aprobación responde no necesariamente a la dimensión
del trabajo hecho sino al momento político que puede alentar o permitir
que se logre en la medida en la que la persona gobernante decide asumir
que es efectivamente un derecho.
Un avance para consolidar el trabajo de incidencia y negociación
política con los congresos locales será la despenalización en el ámbito
federal, pero habrá que sumar y persistir en la agenda de manera muy
puntual y sumar la movilización feminista en las calles, se requiere de
todas las formas posibles y de todos los apoyos en todos los ámbitos,
porque todos son necesarios.
Acompañar el aborto ha significado insultos, amenazas, agresiones,
temores fundados a ser señalada y a vivir el ostracismo social en
comunidades pequeñas para las mujeres acompañantes que lo hemos hecho
desde siempre con o sin recursos, con o sin organizaciones, en mejores
condiciones cuando se cuenta con una red de apoyo pero la violencia
siempre ha estado ahí para desacreditar e incluso para poner en riesgo
la integridad de las acompañantes.
No hay cabida para un escenario de confrontación entre grupos
feministas por esta o cualquier otra agenda, es impensable; cualquier
descalificación con feministómetro, o no, es solo abonar al riesgo y a
la violencia contra las feministas que acompañan, defienden, hacen
incidencia legislativa.
Cualquier situación de esa naturaleza solo pone en mayor riesgo a la
movilización, la agenda y por supuesto abona a aumentar la violencia que
ya de por sí viven a diario las acompañantes y las mujeres que
necesitan ese apoyo.
El gobierno federal que encabeza el presidente Andrés Manuel López
Obrador y toda la administración pública federal cometen un grave error
al reducir sin un análisis serio y objetivo, porque evidentemente no lo
hay, de los recursos destinados a atender la emergencia de la violencia
contra las mujeres, una emergencia previa al COVID-19.
Convencida de que no puede haber defensa férrea a un presupuesto si
no es con el mismo interés por su uso racional, transparente, eficaz y
eficiente, no haré una defensa a ciegas ni por otorgar un “cheque en
blanco” como he sostenido en diversas intervenciones y espacios de
opinión con actores y actoras de la agenda de Derechos Humanos de las
mujeres, lo hago desde la exigencia de que se acabe también la
simulación de la inversión, que realmente ha tenido un uso clientelar y
proselitista, en muchas ocasiones.
La respuesta no es cancelar los fondos destinados a atender las
Alertas de Violencia de Género en las entidades, o destinar fondos al
Inmujeres, o seguir recortando a los fondos de Proequidad y
Transversalidad, o los que en género se destinaban a través de Indesol,
que son una obligación del Estado a partir del artículo 2 y 39 de la Ley
General de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia y que
forman parte de las obligaciones de la Convención de Belem do Pará, como
señala el Mecanismo de Seguimiento a través de su Sistema de
Indicadores y da oportunidad a cumplir con las recomendaciones del
Comité de Expertas de la CEDAW.
Quienes trabajamos y conocemos y estuvimos en la defensa de los
fondos desde muchos años atrás, y sabemos lo que costó que se
destinaran; no vengan a decirnos que les nació darlos, fueron resultado
del trabajo y exigencia de muchas mujeres que nos antecedieron desde la
sociedad civil organizada y destacadas y comprometidas feministas que
pelearon a principios de la década del 2000 para que la Cámara de
Diputados sostuviera los presupuestos con perspectiva de género. Aquí es
claro nunca hubo ni habrá concesiones.
Hay que admitir que hubo errores. Pero para nada justifican que se
reduzca hasta casi la extinción de esos fondos. Por el contrario,
necesitamos todas, feministas y mujeres en los partidos políticos, hacer
una revisión objetiva y mediada exclusivamente por el interés de la
vida y la dignidad de las mujeres y las niñas, partir de reconocer que
si algo ha faltado son resultados, uso eficiente y eficaz de los fondos,
no es posible justificar tanto dinero y por el contrario la violencia
siguió creciendo y aumentando en forma sostenida. Es claro que falta un
análisis congruente e integral acerca de cómo lograr resultados de
impacto y no solo cuantificar números de acciones y presupuestos
ejercidos.
No, no podemos ser cómplices ni complacientes en ningún sentido y con
ninguna otra causa que no sea la vida y la dignidad de las mujeres, no
con los contratos ni las licitaciones, ni las figuras de consultoras y
asociaciones creadas ex profeso en algunas entidades y ligadas a
funcionarios, para obtener contratos de los fondos destinados a la
prevención de la violencia sin ninguna experiencia ni con el ácido
rechazo a todo lo que tenga el sello de género, ni con la pasión y el
furor de las convicciones institucionales.
No, solo con la vida y la dignidad de las niñas y las mujeres
mexicanas que fueron y son asesinadas diariamente producto de la
indiferencia y la complicidad asesina que alentó con la violencia
estructural y sistémica, la violencia feminicida.
Urge, es vital y solo podemos partir del diálogo y el acuerdo a
partir de mantener y sostener la inversión pública -obligada al Estado
mexicano- para la prevención y atención de la violencia pero también es
que se haga una inversión real en el gobierno federal y las entidades
federativas y los municipios.
No hay vuelta de hoja, no hay diálogo posible, ni acuerdo ni podemos
sentarnos a hablar si no es partiendo de que los montos destinados a la
prevención, sanción y erradicación de la violencia contra las mujeres es
una emergencia anterior al COVID y en consecuencia debe mantenerse en
paralelo a esta condición extraordinaria.
Puede y debe recortarse de todos lados posibles menos de la violencia
contra las mujeres y la búsqueda de la igualdad para revertir la
desigualdad histórica.
Y también es necesario partir de que, si vamos a luchar porque se
mantengan los fondos, es igual urgente e innegociable que se comprometa
el uso eficiente, racional y sin desvíos ni usos clientelares de los
recursos de prevención y atención de la violencia en las entidades
federativas. En contra de los recortes, a favor de la verdadera
inversión.
Para construir una agenda feminista es necesario una postura
autocrítica de las feministas que militan en partidos políticos para
reconocer que hasta ahora no hay ningún gobierno ni plataforma política
que se sostenga en una epistemología y práctica política feminista, y a
las feministas sin militancias ofrece el reto de construir esa propuesta
para hacer una propuesta congruente con los feminismos éticos.
No se trata de hacernos un “feministómetro político”, sino de plasmar
con claridad los innegociables feministas como son los derechos de las
mujeres, su práctica y el ejercicio pleno de la ciudadanía de las
mujeres como el acceso a la educación, el derecho a decidir, el rechazo a
todas las formas de explotación del cuerpo y el cambio de paradigma del
modelo económico y social a un modelo de bienestar colectivo para hacer
posible una sociedad en la que estemos en posibilidad y oportunidad de
aportar en igualdad de condiciones y desde la perspectiva feminista.
Si revisamos lo que Catarine Mackinnon plasma en su libro “Hacia una
Teoría Feminista”, el feminismo al igual que el marxismo, tienen caminos
paralelos e importantes coincidencias, incluyendo que el riesgo ante la
oportunidad de hoy para el marximo frente al capitalismo frente a la
debacle de este último, y en el feminismo frente al patriarcado de que
se diluyan las fuerzas y las causas por posturas particulares o
afinidades partidistas de feministas con militancias.
Habrá que inventarnos la manera de entender el feminismo sin el sesgo
de las militancias partidistas y movidos por los intereses personales
que se contraponen con otras mujeres y apostar por construir agendas
plurales que reflejen los intereses de todas desde sus intersecciones,
habrá que empezar a construir agenda feminista bajo la posibilidad de
construir una filosofía basada en la política de los comunes
reconociendo que sí, el gran daño al mundo se lo ha hecho un sistema
económico neoliberal y capitalista.
Para avanzar en ese sentido, debemos partir de que todas las
instituciones están “permeadas” por un sesgo patriarcal, fueron
concebidas dentro de un modelo y sistema político que excluye a las
mujeres, entonces esperar que el gobierno o los partidos políticos
actuales sean afines a los intereses de las mujeres es idealista, el
feminismo es la única postura afín a los Derechos Humanos de las
mujeres, es el feminismo el que concibió la idea de que las mujeres son
personas y que tienen derechos.
Basta recordar que la democracia es una institución patriarcal,
emanada de un sistema social patriarcal en la que las mujeres estábamos
lejos de poder participar en esos procesos en condiciones de igualdad
porque surge de un modelo en el que se piensa en “ciudadanos” ejerciendo
un poder de decisión para elegir su futuro y su presente, pero las
mujeres pertenecemos a un grupo de personas que estamos construyendo
ciudadanía, apropiándonos del espacio público, saliendo en muchos casos
de las condiciones de vulnerabilidad por desigualdad histórica como es
en el caso de las mujeres indígenas, mujeres con discapacidad, mujeres
obreras invisibilizadas, mujeres de la periferia fuera de la centralidad
discursiva que elige a las que en complacencia de los sistemas
patriarcales se ajustan para ser “mujeres visibles”.
Es en ese sentido que el feminismo apuesta desde las periferias a
considerar que hay otras formas de organización, otras formas de
participación política no constreñida a los partidos y las
instituciones, pero que necesitamos hacer visibles para que se sepa que
existen y que es desde la organización y la participación social como
podemos ir construyendo nuevas instituciones y nuevos formas de hacer
co-gobierno.
Frente a las militancias feministas en algunos partidos, a quienes
nos pronunciamos por la despartidización urgente, nos queda reconocer
que las feministas pueden hallar simpatías en personas y en consecuencia
en partidos, pero al revisar las plataformas políticas de estos
partidos encontramos instituciones patriarcales que no han sido
permeadas por los intereses de las mujeres, y que no colocan en el
centro de las discusiones a las mujeres.
Tener epistemologías feministas, así como una ética feminista, nos
ayudan a reflexionar sobre cómo podemos ir abonando a esa propuesta que
para nada es ni se parece a lo que hoy tenemos.
Quizá nos toque preguntarnos cómo lo están haciendo los países cuyas
presidentas o ministras se enuncian feministas, cómo se piensa en una
praxis política para las mujeres no desde sesgos patriarcales. Al final,
construir un discurso que no esté permeado por los contextos es
difícil, pensar en el bienestar para todas supone pensarnos mujeres
nacidas en la opresión y sin voz, aprendiendo a hilvanar nuestras
propias voces.
Cuando hablamos de eliminar los
prejuicios y las prácticas consuetudinarias que perpetúan la violencia y la
discriminación hacia las mujeres, habríamos de empezar por eliminar la palabra
“cultura patriarcal”, no es posible que una palabra con tanta fuerza y belleza
en la historia de la humanidad se destine para un uso tan burdo.
En su artículo quinto, la
Convención para la Eliminación de todas las formas de Discriminación contra la
Mujer (CEDAW) habla de la responsabilidad que tienen los Estados parte, de
modificar y eliminar todas las conductas y patrones socioculturales que
contribuyan a eliminar los prejuicios y prácticas consuetudinarias que estén
basados en la idea de la inferioridad de las mujeres, ahí se establece la
obligación de eliminar todas las prácticas patriarcales.
Mucho se ha insistido en eliminar
el uso coloquial de la palabra “cultura” seguido de un adjetivo nefasto para
explicar fácilmente lo que no se puede argumentar de otra forma, pero
trivializar, banalizar y diluir el significado de lo que verdaderamente es la
cultura de la violencia, la cultura patriarcal, y otras muchas construcciones
facilonas que lo único que hacen es continuar con la corrosión de la palabra
cultura y que no se ahonde ni se analice el verdadero sentido de lo que se
intenta decir.
El primer paso es eliminar la idea
de que se trata de una tan repetida “cultura patriarcal”, porque lo que se
evidencia es una disociación entre el significado y la intención de lo que se
pretende explicar.
La fuerza de las palabras nos
obliga a repensar muy bien en el sentido y significado del uso de la palabra
cultura, cuando se refieren tan constantemente a la “cultura patriarcal”, pues
es necesario recuperar su verdadera dimensión. No se trata de una forma de
cultura sino de prácticas patriarcales que reducen el ejercicio de los derechos.
No puede ser “cultural” lo que atenta contra la humanidad, lo que transgrede el
avance del estado primitivo hacia el cultivo de una nueva expresión humana. Una
civilización que considere a mujeres y a hombres iguales
Los Estados Parte tomarán todas las
medidas apropiadas para “modificar los patrones socioculturales de conducta de
hombres y mujeres, con miras a alcanzar la eliminación de los prejuicios y las
prácticas consuetudinarias y de cualquier otra índole que estén basados en la
idea de la inferioridad o superioridad de cualquiera de los sexos o en
funciones estereotipadas de hombres y mujeres.
Así como garantizar que la
educación familiar incluya una comprensión adecuada de la maternidad como
función social y el reconocimiento de la responsabilidad común de hombres y
mujeres en cuanto a la educación y al desarrollo de sus hijos, en la
inteligencia de que el interés de los hijos constituirá la consideración
primordial en todos los casos”.
Es necesario pues desnaturalizar el
uso de la palabra patriarcado y violencia, asociado a la cultura, porque es lo
contrario, la violencia es la antítesis de la cultura y el patriarcado es una
práctica sostenida en contra de la evolución de la cultura, es un auténtico
oxímoron.
Quizá parezca ocioso, pero
siguiendo la premisa de recuperar la fuerza y el valor de las palabras, es
pertinente que nos replanteemos la necesidad de cuidar y procurar no repetir
frases que por socorridas no significa que sean adecuadas y abonen a la
reflexión. Usar la palabra “cultura” seguida del adjetivo “patriarcal” o de
“violencia”, es un golpe al raciocinio y la construcción de ese “orden
simbólico patriarcal” que asocia sus expresiones a lo cultural y a la
tolerancia que le debemos por ser cultural.
Hace tiempo me genera ruido cada
vez que se habla de la “cultura de la violencia”, incluso de la “cultura de la
violación”, definitivamente no puede haber un uso más equivocado que aquí,
uniendo la palabra que significa todo el “cultivo”, el florecimiento de lo
humano en su evolución hacia el arte, valores y herramientas del conocimiento,
en cambio es claro que cada vez es más común y es necesario renombrarlas como prácticas
patriarcales, prácticas violentas y prácticas de violación como formas de
control sobre las mujeres, para extrañarnos frente a estos hechos.
La sexualización temprana de las niñas en México inicia a partir de su primera menstruación, ese es probablemente el momento en el que da comienzo ese “contínuun” de violencia que se relaciona con el odio que la sociedad ejerce hacia las mujeres a lo largo de la vida de éstas y que está marcado por etapas de violencia familiar y comunitaria, hasta culminar en muchos casos, con la violencia feminicida.
Ese desprecio por la vida de las niñas es esa incapacidad política, institucional y de muchas personas especialistas para entender la urgencia que la violencia contra las mujeres entraña en México, suficiente como para exigir un tipo penal de feminicidio, suficiente para que nosotras, las defensoras, las feministas, las punitivas, exijamos prisión preventiva en muchos de los casos de violencia sexual y feminicida.
Suficiente para que nos haga preguntarnos ¿dónde subyace la causa de esa violencia en una sociedad que transita entre lo bipolar del amor a la madre al punto de divinizarla con la virgen? pero al mismo tiempo despreciar a las mujeres, a sus cuerpos; solo es posible entenderla si miramos un poco en los contextos sociales, en las costumbres y prácticas que han normalizado esa violencia.
Muchas de las violencias que se ejercen contra las mujeres tienen su origen en el núcleo familiar, es imposible no abordar ese tema, es imposible no hablar de la violencia sexual que muchas viven en su ámbito familiar y comunitario, y que esta violencia tiene una estrecha relación con la idea del imaginario colectivo en un gran sector de la población, principalmente en el ámbito rural, de que al menstruar las niñas ya son mujeres.
En algunas comunidades rurales e indígenas, se entremezcla esa visión de que las niñas se hacen mujeres cuando tienen su primer sangrado y esto es suficiente para que dejen de ser vistas como niñas y empiecen a ser vistas como mujeres. Y con ello viene todo el odio, el desprecio que conlleva la sexualización.
Y cuando hablo de sexualización no me refiero a ese proceso que inicia como un juego en las niñas en el ámbito urbano, cuando las visten como pequeñas mujeres, con corpiños y colores llamativos, con maquillaje o incluso cuando se les inscribe a concursos de belleza o se las pone a bailar música con alto contenido sexual.
La sexualización de las niñas tiene distintos matices dependiendo del lugar en el que viven y su contexto familiar y comunitario, así mientras para algunas es la ropa que llevan puesta, para otras pequeñas es el que a partir de su sexo se “piense” en ellas como monedas de cambio, pero también como cargas: una boca más que alimentar, improductiva, desvalorizada y cuyo único valor radica en lo que la familia pueda obtener a partir de su condición de “mujer”.
Aunque suene grotesco, lo que sucede en el ámbito rural y en muchas comunidades incluso en las grandes ciudades, es que se establece una desvalorización de las niñas porque son cargas a las que se debe alimentar, mantener y que ocupan un espacio; está relacionado con destinar la mejor comida a los varones, el espacio en la casa, y las niñas heredan todo usado o se las relega a espacios menos cómodos. Incluso en algunas comunidades se sabe de niñas que duermen fuera de la casa y la familia está a la espera de que ya “se case y se vaya”, esto las hace vulnerables a la trata, la explotación sexual, a matrimonios serviles, a la esclavitud sexual a manos de hombres adultos a los que son entregadas para que la familia se libre de su manutención.
Pero esa visión es alentada por la idea de que las niñas al menstruar se convierten en mujeres que “compiten” con la madre, en una idea perversa de que las mujeres compiten entre sí y que representan esa “manzana” podrida que todo lo pueden corromper, desde la relación de la madre con un hombre que no sea el padre, hasta ser sujetas de la violencia sexual de hermanos, padres, tíos o padrinos, incluso de los amigos de la familia, en la que ellas serán vistas como las responsables, “las provocadoras”.
Suena increíble, pero el desinterés que viven las niñas en sus hogares tiene muchas veces ese origen la violencia que la propia madre ejerce sobre ellas por este sistema social-patriarcal le ha dicho que su hija es su competencia, por esa idea de que “ya está suficientemente grande” y que ya es mujer, y que no se entienda su sexualidad como la etapa de una niña que está creciendo, sino como el salto de la noche a la mañana de ser niña a ser una adulta sexualizada.
Ese es el inicio del ciclo de la violencia que se convierte en el caldo de cultivo que las ubica en contextos de riesgo, y que se relacionan con la violencia de pareja, la trata y el feminicidio.
Con bombos y platillos el estado de
Yucatán anunció la alianza con una aerolínea española para promover “el turismo
gay”. El estado donde en los últimos meses fueron asesinadas varias personas y
en las investigaciones y contextos lo primero que salió a relucir fue el
estigma de su condición por personas que decían que les pasaba porque “eran
así”.
No me lo cuentan, lo leí en los
comentarios y sentí mucho enojo de que bajo el amparo de los fundamentalismos
religiosos no solo se justificara, sino que se celebrara el asesinato de una
persona, contexto alentado desde la negativa del Congreso para reconocer los
derechos al matrimonio igualitario, en una andanada conservadora en la entidad.
Bastaría hacer un recuento de todos
los agravios que las personas que viven en esa entidad han registrado contra
personas defensoras de Derechos Humanos, bastaría mirar el tratamiento
colectivo y la reticencia que hay frente a los temas de Derechos Humanos para
asumir que lo que está ocurriendo es que hay mucho interés económico por lo que
gasta la comunidad LGBT cuando se le ofrece un destino en el que gran parte del
atractivo es la seguridad de que no serán agredidos en el espacio público, que
sus derechos son respetados y que recibirán un trato respetuoso en todos los
servicios públicos.
¿Pero qué sucede cuando aún
persiste el estigma entre la población respecto a la diferencia y las
expresiones de las personas en relación con la construcción social de género?
Más allá de las creencias personales basadas en ideas religiosas, mismas que no
enseñan el odio sino que supuestamente pregonan el amor.
En Yucatán, o en la Ciudad de
México, hay condiciones diferentes que la experiencia en el trabajo práctico me
ha permitido identificar. En la segunda hay normas y leyes que garantizan el
respeto a la diversidad y a las expresiones. Cada persona puede elegir cómo
verse y vivir su vida como mejor quiere, y eso está amparado en una
Constitución y en otras normas que limitan las expresiones de odio que también
existen.
La diferencia es ésa, una norma que
sancione la discriminación y que garantice la apuesta del Estado por el respeto
a los Derechos Humanos de todas las personas.
En Yucatán, en dos ocasiones el
Congreso del estado ha rechazado reconocer el matrimonio igualitario, pero por
si eso no bastara, los argumentos por los que se hizo nos dan una idea sobre la
visión particular llevada a la restricción de los derechos de todas las
personas en tiempos en los que ello constituye claramente una imposibilidad
para la convivencia en armonía.
¿Por qué venderse como destino gay
si no se respetan los derechos a los que muchas ciudades y entidades de México,
le han dicho sí? Porque hay mucho dinero de por medio. De acuerdo con la
información que se distribuyó de manera oficial, el “turismo gay” y lo
entrecomillo así porque siempre me ha parecido que asignar adjetivos es la peor
forma de etiquetar, por eso prefería el concepto de “matrimonio para todas las
personas”, en vez de “matrimonio gay” o cualquier otro eufemismo que en
realidad esconde una distinción.
En promedio el gasto de las
personas que se identifican como homosexuales es de 300 dólares
(aproximadamente 5 mil 600 pesos), y por ello muchas empresas han empezado a
venderse como “incluyentes” así como la entidad, que ha visto lo lucrativo que
puede ser pero sin comprometerse a educar a su sociedad y transformarla a
través de normas que promuevan el respeto a la diversidad y la no
discriminación.
El mejor ejemplo es la Ciudad de
México, personalmente he escuchado a personas servidoras públicas decir de
manera tímida “los gays”, pero saben que la ley protege a todas las personas y
que hay condiciones de protección y tienen certeza de que sus ideas o creencias
no deben sesgar el servicio que brindan.
Esa es la diferencia que urge y obliga a Yucatán a adoptar todas las
leyes y normas que garanticen que si llega turismo de donde venga, sean
de piel blanca, negra, amarilla o con cualquier expresión de género, no
recibirá discriminación ni comentarios homofóbicos o sexistas si hay
normas que protejan y garanticen los derechos para todas las personas,
si no atraviesa por los derechos entonces es publicidad y marketing de
la “inclusión”.