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9/20/2020

Madera y fuego


Sin Madera no hay fuego, las voces insurgentes ya habían comenzado a propagarse, desde la década de los años cuarenta en el estado de Morelos con Rubén Jaramillo a la cabeza, se había mostrado la desviación que se iniciaba desde la cúpula revolucionaria con una incipiente amnesia de las consignas como tierra y libertad o la tierra es de quien la trabaja; paulatinamente las contradicciones se suman durante los calendarios del siglo XX, maestros, campesinos, estudiantes, obreros, médicos, las voces van exigiendo lo que en apariencia ha quedado impregnado en la legalidad y que se ha transformado en letra de ornato; primero la tierra de Zapata, de pronto es la de Villa la que vuelve a gestar la indignación hasta un punto de ebullición que se desparrama, con la opción de las armas como única vía para reavivar el sentido de la legitimidad ausente.

El 23 de septiembre de 1965 irrumpe sin escrúpulos, se trata de la gran cachetada al discurso revolucionario de 1910, ¿cómo se les ocurre atacar al Ejército Mexicano heredero de las batallas de todos los ídolos de la historia patria? La palabra tierra vuelve a ser mancillada en voz del general Práxedes Giner Durán: “…ellos querían tierra, pues tierra les vamos a dar hasta que se harten”. Dictamina frente a los nueve cuerpos de los incipientes guerrilleros quienes buscaban la utopía con el sonido de las armas, ante la impúdica prepotencia e impunidad de caciques, autoridades y representantes populares.

Madera se propagó por todo México, sus rumores invadieron no sólo el estado de Chihuahua, los sobrevivientes lograron volver a contactar con quienes ya traían la causa en las venas, dieron testimonio de los acontecimientos, las sospechas de traición, se valoraron los alcances y errores, sirvió de germen, de soplo para dar una continuidad a la voz hasta desgarrarse. El alba de aquel día, que tanto obsesionó al adorado Carlos Montemayor, permitió iluminar otros horizontes, incendiar nuevas praderas, ilustrar otras historias.

La lección del 23 de septiembre de 1965 en Madera, también es asimilada por el Estado mexicano, se percibe que sus huestes deben aprovechar las vacantes en la Escuela de las Américas, organizar la contrainsurgencia, delinear la guerra de baja intensidad, no permitir que un nuevo amanecer traiga una amenaza ignorada, sortear la sorpresa, continuar esa vereda de agravios sin que las alteraciones secuestren sus sueños, donde se cultivan las pesadillas de los otros.

El intento de asalto al cuartel militar en la ciudad de Madera, en el estado de Chihuahua, un jueves 23 de septiembre de 1965, marca la pauta del inicio de las luchas político-militares clandestinas e ideológicas en nuestro país, representada de diversas maneras, en unas con la simple visibilidad de una astilla, en otras convertida en un gran tronco, las hay en forma de leño, o conformada con la suma de distintas vigas para alzarse en la trascendente Liga Comunista 23 de Septiembre en marzo de 1973 en Guadalajara.

Los reflectores de la historia no pueden dejar de visualizar las distintas arterias desde las cuales se han constituido los sistemas nerviosos de la expresión clandestina radical en México, la cual en una primera instancia, por regla, fue la respuesta desesperada al calvario diseñado desde el poder para evitar que alguna demanda social justa prosperase, para transitar luego al intento de cooptación, sugiriendo la infidelidad de los líderes ante las causas populares, y al recibir como respuesta los principios como medida inquebrantable, el museo del terror se esboza con todo tipo de sugerencias: amenazas, desaparición forzada, intentos de asesinato, tortura, por lo que frente a dicho menú, la puerta de salida con cierta viabilidad terminó siendo la radicalización armada; la cual, dentro de la estrategia de guerra de baja intensidad, el Estado mexicano ha pretendido evitar que se visibilice, ha deseado ocultar, negar y borrar.

Han transcurrido 660 calendarios mensuales desde aquel acontecimiento temerario encabezado por Gámiz y Gómez, convocando a más de un incendio, una llama, un fuego, una luz, otra utopía, donde los tentáculos del espanto alcanzaron a un par de generaciones, por lo menos. Los vientos hoy se aprecian en direcciones distintas, por lo menos aparentan no avivar las llamas del pasado, el cual en su resguardo en la memoria, debe dejar de ser nostalgia y evitar disfrazarse de impunidad, para alcanzar a quienes han diseñado por varias décadas la tarea de la ignominia.

* Escritor y autor del libro Los años heridos: la historia de la guerrilla en México 1968-1985.

9/06/2020

Borrar el futuro


La guerra de baja intensidad que implementó el Estado mexicano durante las décadas de los años sesenta, setenta y ochenta del siglo XX permitió configurar los rostros de la impunidad, entre los cuales destaca el juego de los espejos para aparentar la inexistencia de grupos opositores al régimen del partido de Estado, librándose de las versiones de la existencia de la práctica de la tortura como menú especializado de los interrogatorios, la presencia en las cárceles de presos por cuestiones políticas, el corte del suspiro mediante la desaparición forzada y la ejecución como acto para extraer el sarcoma venenoso; logrando capturar el beneplácito de los perseguidos de las dictaduras militares de los diversos rincones de Latinoamérica. Permitiendo así que en México se borrara el futuro con toda inmundicia, por medio de entre otras estratagemas, en el intento por secuestrar la memoria.
Uno de los primeros gritos para recuperar el anhelo sucede el lunes 28 de agosto de 1978 en el atrio de la catedral metropolitana, cuando Rosario Ibarra de Piedra junto a 84 aguerridas mujeres y cuatro hombres del entonces Comité Pro Defensa de Presos, Perseguidos, Desaparecidos y Exiliados Políticos, luego Eureka, logran instalar su huelga de hambre, exigiendo la presentación con vida de 481 desaparecidos políticos, inaugurando la consigna de vivos se los llevaron, vivos los queremos con vigencia hasta nuestros días; fecha emblemática la del 28 de agosto, cuando dos años antes cerrara sus puertas el famoso Castillo Negro de Lecumberri, y transcurridos 8 mil 395 días de aquella protesta en pleno centro de la ciudad de México, se presenta la denuncia ante la Procuraduría General de la República por la desaparición de 65 jóvenes, motivo por el cual dicha instancia judicial remite de manera incongruente un citatorio el 4 de diciembre de 2001, emplazando a los desaparecidos a que acudan a la instancia para que comparezcan y llevar a cabo una diligencia ministerial, como sugerencia absurda de una apuesta preguntando ¿dónde quedó la bolita?
La siembra del terror padecida en México desde el sexenio de Felipe Calderón ha potenciado la práctica de la desaparición forzada, la danza de las cifras deforman cualquier imaginario del horror, urgen respuestas, se apremia a las autoridades a que se actúe con prontitud ante la desazón, pero no se puede dejar de iluminar lo acontecido décadas atrás, donde los casos siguen pendiendo del anonimato, donde varios de los responsables se han ausentado impunes, los desaparecidos políticos en México no son fantasmas, ni sombras, la inexistencia de sus huellas no debe diluir la exigencia para que se asome el destino que se les dictó desde el poder, en la inmediatez aparecen los nombres de Alicia de los Ríos Merino, Leticia Galarza Campos, Jesús Piedra Ibarra, entre tantos otros, cuyos seres cercanos continúan manteniendo el deseo de ver resuelta la incógnita.
El triunfo electoral del primero de julio de 2018 ha convocado diversas expectativas sobre el tema, la elección de una mujer con la lucha por los desaparecidos en la piel al frente de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, abre la imaginación de un horizonte luminoso, al igual que la instalación de la Dirección General de Estrategias para la atención de los Derechos Humanos, de la Subsecretaría de Derechos Humanos, Población y Migración, así como la Comisión Nacional de Búsqueda, Unidad de Delitos del Pasado y la Comisión Ejecutiva de Atención a Víctimas, son iniciativas que alimentan la certidumbre de que ahora sí no va a cultivarse la desmemoria, la impunidad, la continuidad del desasosiego; a pesar de que cada uno de estos organismos parecieran ser instrumentos aislados, sin articulación dentro de una sinfonía, con ausencia de una dirección articulada, la suma de dichos esfuerzos permitirían la unificación de una voz que mitigue el silencio sembrado durante tantas décadas.
Actuar en el presente permitiría evitar la continuidad de negar el futuro, así como posibilitar que la memoria prospere, dibujar el pasado no debe manchar la actualidad, habrá que alcanzar la congruencia a la hora de conmemorar el 30 de agosto, se han sembrado tempestades para cultivar utopías, que hoy no podrían dejar de lado el lugar donde se han escondido los suspiros de los otros.
* Escritor y autor del libro Los años heridos: la historia de la guerrilla en México 1968-1985.