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6/07/2016

Inoperancia, opacidad y suciedad



La Jornada 
La reivindicación apresurada de triunfos por parte de la mayor parte de los partidos y aspirantes a gubernaturas tras el cierre de las casillas el pasado domingo generó confusión y descrédito en la ciudadanía y fue criticada por el consejero presidente del Instituto Nacional Electoral (INE), Lorenzo Córdoba Vianello. No debe omitirse, sin embargo, que fue el mal desempeño de las autoridades electorales el que creó un espacio propicio para la rebatinga de declaraciones entre institutos políticos y candidatos: por increíble que parezca –dado el desmesurado presupuesto del organismo electoral– el sistema se cayó en varias ocasiones y los programas de resultados electorales preliminares (preps) de diversas entidades operaron con lentitud inexplicable, interrupciones insólitas y otros comportamientos erráticos que alimentaron múltiples sospechas. Por lo demás, en el curso de la jornada electoral menudearon las irregularidades de toda suerte y, una vez más, los encargados de organizar y supervisar los comicios fueron incapaces de observar adecuadamente, poner orden y controlar de manera efectiva las muchas trampas documentadas.
La normalización de la opacidad, los fallos técnicos y el desaseo en los comicios nacionales es un dato por demás desalentador y exasperante que contrasta con la autocomplacencia de las autoridades electorales federales y estatales, las cuales se felicitan elección tras elección por jornadas ejemplares y blancas que en realidad están plagadas de actos de acarreo, compra y coacción de votos y hasta agresiones contra candidatos, funcionarios, militantes partidistas y ciudadanos, por no mencionar las guerras de lodo y la programada difusión de rumores para confundir al electorado. Para colmo, los comicios del domingo estuvieron precedidos en Veracruz por la difusión, mediante mensajes de celular y WhatsApp, de amenazas e intimidaciones masivas a los votantes. Lo cierto es que las instituciones oficiales –el INE y la Fiscalía Especializada para la Atención de Delitos Electorales (Fepade)– no dan muestras de voluntad y capacidad para impedir o sancionar tales prácticas y éstas parecen destinadas a permanecer, en su gran mayoría y como ha ocurrido siempre, en total impunidad.
Con ese telón de fondo ha de destacarse la caída experimentada por el partido en el gobierno, el Revolucionario Institucional, el cual, según los resultados conocidos hasta ahora (aún provisionales), perdería siete de las 12 gubernaturas en juego, mientras Acción Nacional (PAN) repuntó solo o en alianza con el Partido de la Revolución Democrática (PRD) y se beneficiaría de las derrotas priístas. Pero si el blanquiazul se recupera –más por el desgaste del PRI gobernante que por méritos propios– de la catástrofe que experimentó en 2012, cuando pasó de detentar la Presidencia de la República a ocupar el tercer lugar en votos, el sol azteca prosigue su declive, ratifica su derrota de 2015 en la capital del país, que hasta 2012 fue su principal bastión, y no es capaz de ganar en solitario ninguna posición de relevancia.
Otro aspecto a resaltar de los comicios del 5 de junio es el avance del Movimiento Regeneración Nacional (Morena) en distintas entidades. Si bien es cierto que el partido que encabeza Andrés Manuel López Obrador no habría ganado ninguna de las gubernaturas en juego, logró en cambio colocarse como segunda o tercera fuerza política en varios estados, un dato por demás relevante si se considera que es el único instituto político que acudió en solitario –es decir, sin aliarse con otros partidos registrados– a las 12 elecciones que tuvieron lugar.
Tales fenómenos deben tomarse en cuenta para prefigurar los posibles escenarios en la elección presidencial programada para 2018, la cual se encuentra ya a sólo dos años de distancia, lo que en tiempos políticos significa que está, por así decirlo, a la vuelta de la esquina.

4/06/2015

Prestigio creciente del abstencionismo




Es inmensa, ruidosa y apabullante la campaña mediática del gobierno, de los partidos y de los políticos profesionales para promover la asistencia de los ciudadanos a las urnas en las próximas elecciones del domingo 7 de junio. Pero también está en curso una campaña de personalidades públicas y de importantes e influyentes organizaciones sociales llamando a los ciudadanos a no sufragar y a boicotear de diversas maneras la jornada electoral.

Se sabe que, históricamente, el abstencionismo en México siempre ha sido muy alto. Pero no se puede conocer con certeza el fenómeno, porque se trata de cifras oficiales, siempre engañosas, tramposas, maquilladas para reducir su quántum. Se puede, sin embargo, aventurar que a lo largo del tiempo el abstencionismo ha superado y supera el 50 por ciento del padrón electoral. 

Esto quiere decir que sufragantes y abstencionistas son en número más o menos iguales. Pero si las cifras de ambos fenómenos no son conocidas con certeza, una observación sin prejuicios puede darnos una idea de la tipología de ambos grupos en los inminentes comicios. A las urnas asistirán los satisfechos, los que están conformes con la actual situación del país, los beneficiarios del régimen político y económico, los que medran o guardan la esperanza de medrar en éste. También los miembros de los segmentos más conservadores de la población. E igualmente los más iletrados, los que tienen menor conciencia y formación políticas, entre los cuales destacan los analfabetos funcionales. Y asimismo los que temen al cambio, aunque este sea esperanzador o posible o deseable.

Por su parte, entre los partidarios y practicantes del abstencionismo se cuentan los insatisfechos, los inconformes. Los que entienden que es necesario privar al régimen de la legitimidad que busca y encuentra parcialmente en los comicios. Los que buscan una salida a la desastrosa situación del país, a la inseguridad, al desempleo, a la carencia de oportunidades. Una salida que no puede encontrarse en la viciada y fraudulenta vía electoral.

Curiosamente, en ambos grupos están presentes todas las clases sociales: ricos y pobres, empresarios y trabajadores, campesinos empobrecidos y prósperos agricultores, industriales y empleados, burócratas, sindicalistas, estudiantes, clases medias, obreros, desempleados y lumpenproletarios.

De modo que aquí se encuentra la primera parte de la elección: votar o no votar. Este sólo hecho preocupa al régimen. Un abstencionismo impreciso en cifras pero notorio en la percepción social resta legitimidad al gobierno. Y, al mismo tiempo, alienta a los inconformes a buscar nuevas maneras de combatir la caduca institucionalidad del país.

Es claro, sin embargo, que la pura abstención, aunque sea mayoritaria, no es una fuerza suficiente para lograr un cambio de régimen. Pero también es evidente que ganar la conciencia de millones de personas para que abandonen la infundada esperanza en la vía electoral como modo de mejoramiento social es ya un logro importante. 

Lenin decía que en las democracias occidentales los ciudadanos tienen la posibilidad de elegir cada determinado tiempo a sus explotadores. O, podríamos agregar, a sus empobrecedores, a sus burladores, a sus enemigos disfrazados de amigos y favorecedores.

Satisfechos contra insatisfechos, tal es, en resumidas cuentas, la médula de la inminente elección y, con toda seguridad, de los comicios de los próximos años. Abstención contra participación. Permanencia o no permanencia en el sistema electoral. Las cifras oficiales no dirán cuál es el grupo mayoritario, pero una observación crítica y desprejuiciada del proceso puede dar una idea del prestigio y magnitud alcanzados por el abstencionismo, fenómeno antes despreciado y satanizado.

3/16/2015

El abstencionismo lleva la delantera

Miguel Ángel Ferrer
Poco a poco va ganando adeptos la idea de que para cambiar el rumbo del país y así sacarlo de la postración de nada sirven las elecciones. Es más: incluso se piensa que los procesos electorales contribuyen a reforzar y perpetuar el ruinoso estado de la nación mexicana. ¿No decía el viejo zorro de la política oligárquica Jesús Reyes Heroles que “lo que resiste apoya”?

En México ambas reflexiones tienen una base histórica y empírica muy larga y muy sólida. Durante décadas los ciudadanos han acudido a las urnas más como cumplimiento de un deber cívico que como medida para designar a sus gobernantes.

Pero en los últimos años esta idea del deber cívico se ha ido erosionando, diluyendo. Y ha comenzado a trocarse en su contraria: el verdadero cumplimiento del deber cívico consiste en la no participación en unos comicios que sólo sirven para legitimar a los responsables del desastre nacional presente. Y legitimar, de paso, las políticas económicas que en nada benefician a la inmensa mayoría de la población y que contribuyen de manera decisiva a generar mayor concentración de la riqueza y mayores desigualdades sociales.

Desde hace años corren al parejo la desilusión social con las elecciones y el marcadísimo interés del Estado en lograr y fomentar la participación ciudadana en los comicios. A tal grado esto último, que se gastan millonadas ya inconmensurables en el intento de persuadir a los ciudadanos para que acudan a las urnas. Pero a pesar del dinero gastado, los obstáculos para el logro de ese propósito cada día son mayores y más visibles.

El primero de esos obstáculos es la existencia y persistencia del fraude electoral. Con el tiempo este se ha ido perfeccionando. Del vulgar robo de urnas y de la compra de votos (antes en efectivo o en especie), ahora se ha pasado a las modernas transferencias electrónicas.

De la introducción en las ánforas de papeletas falsas, del sufragio apócrifo de muertos y ausentes y de la simple declaración oficial de un ganador que no ha ganado, hoy se ha transitado, sin abandonar jamás esas viejas prácticas, al más sofisticado fraude electoral cibernético. A la ciberdefraudación. Un adecuado programa informático es todo lo que hace falta. Un simple teclazo y ya está. Sin testigos, sin papeles, sin huellas.

La ciberdefraudación, desde luego, tiene complementos necesarios. Campañas masivas de calumnias contra los opositores, encuestas a modo y por encargo tan falsas como onerosas, falsificación mediática de la realidad y, como la cereza del pastel de la estafa comicial, órganos y tribunales electorales vasallos de la cúpula del régimen político que se refuerza, solidifica y perpetúa en cada elección. Sin descontar, por supuesto, la cooptación de los partidos políticos opositores, ya de derecha, ya de supuesta izquierda.

Frente al cierre evidente de la vía electoral son muchas las cosas que pueden hacerse. Pero hasta ahora la que parece tener más adeptos es la abstención, la no participación, el desdén por el proceso electoral. También aparecen por ahí las sugerencias del voto en blanco, de la rotura de las papeletas, de la expresión en éstas de inconformidad, protesta y repudio. Pero por lo que se ve, la no participación en los comicios lleva la delantera.

Para impedir el crecimiento de esta tendencia social de nada están sirviendo los recursos de la publicidad en favor del sufragio como vehículo de mejoría social y económica. Y tampoco está siendo útil el manejo de la falacia que sostiene, contra toda evidencia, que el voto popular le cierra el camino a la derecha y al imperialismo. ¿Cómo cerrarles la entrada a quienes ya están adentro, bien adentro, y cada día más, de los órganos del poder?