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2/27/2020

Morena: ¿fin de la crisis?

Editorial La Jornada

Con seis votos contra uno, la sala superior del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF) declaró ayer válido el Congreso Nacional Extraordinario de Morena que tuvo lugar el pasado 26 de enero y, con ello, la elección del diputado federal con licencia Alfonso Ramírez Cuéllar como presidente interino de ese instituto político. El tribunal puso fin a las funciones de presidenta ejercidas por la secretaria general, Yeidckol Polevnsky, desde que Andrés Manuel López Obrador renunció a la dirigencia del partido para competir en las elecciones federales de 2018; culmina, así, el pleito entre la secretaría general y el resto de las instancias partidistas nacionales como son: el Congreso, el Consejo, la Comisión de Honor y Justicia, y el Instituto de Formación Política.
El fallo del TEPJF resulta de particular relevancia en tanto significa el cierre de meses de fractura abierta y otros tantos de parálisis en el partido gobernante.
En efecto, pasadas las elecciones estatales de Baja California y las extraordinarias de Puebla, efectuadas el 2 de junio de 2019, la primera fuerza política se borró de la agenda pública, una ausencia con implicaciones muy serias para la vida de esa organización, pero también para el gobierno federal y, por extensión, para la política nacional, pues durante este tiempo los planes y programas impulsados por el mandatario carecieron del apoyo unánime del partido que lo llevó al poder.
Pese a la importancia señalada, la ratificación de Ramírez Cuéllar resuelve apenas el impasse en el que cayó Morena, pero éste tiene todavía por delante un arduo trabajo de reflexión, análisis y debate acerca del tipo de partido que quiere ser, un ejercicio que nunca se dio en su fase formativa porque la organización se construyó con una meta inmediata prioritaria: llevar a López Obrador a la Presidencia de la República.
Una vez cumplido, y con la consiguiente integración de la mayor parte de los cuadros morenistas a la estructura de gobierno o a cargos de elección popular, quedó patente una falta de definición que empantanó a esta fuerza democrática más allá de las rivalidades personales y las ambiciones de poder de quienes quedaron a cargo.
Está claro que ni el Presidente ni la tendencia histórica que le dio el triunfo en las urnas en 2018 desean seguir la pauta del PRI: no es viable ni deseable un partido gobernante que sea mera correa de transmisión de la voluntad presidencial, herramienta de control corporativo o un brazo electoral del grupo en el poder.
Tampoco debiera estar en el horizonte una institución que se erija en trampolín hacia posiciones gubernamentales y reparto de prebendas, pues, si Morena reclama el reconocimiento de una diferencia sustancial con respecto al resto de los partidos, tiene que conducirse hacia una dirección distinta. Para saber cuál será ese rumbo, es necesario que el Morena defina sus tareas y su lugar en lo que resta del sexenio, definición que a su vez exige construir una propuesta de partido y una visión de futuro que vayan más allá de lo planteado por su fundador.
Cabe esperar que la solución al conflicto interno facilite las condiciones necesarias para poner en marcha la reflexión y el debate indispensables a fin de resolver esas tareas pendientes.


1/30/2017

2017: El año de la crisis política



En el Comité Central ampliado del PRT, realizado el pasado diciembre de 2016, caracterizamos a la administración de Enrique Peña Nieto (EPN) como un gobierno hundido en una profunda crisis de legitimidad que en el 2017, sosteníamos, se volvería una verdadera crisis política de hegemonía, de dominación política, que se expresaría en una nueva irrupción masiva y nacional contra él. Este inicio del año 2017 nos sorprende con una confirmación de nuestro pronóstico.Por el énfasis puesto en las posibilidades de una crisis política en el 2017, nuestra discusión no giró en torno al problema de las elecciones de 2018 sino en relación a una nueva y quizás definitiva oleada masiva en 2017 de repudio contra el régimen político que podría terminar con él.
En nuestro análisis tomábamos en cuenta que la propia candidatura de Peña Nieto fue denunciada como fraudulenta desde antes de las elecciones por el movimiento estudiantil y popular del #Yosoy132 , que en el proceso electoral se denunció que la campaña de Peña Nieto rebasó con mucho el tope legal de gastos electorales, que se mostraron múltiples vídeos y tarjetas de Soriano para probar que se compraron votos para el candidato del PRI y que se estaba formando un frente unitario contra la imposición de EPN en el 2012. El gobierno de EPN nació con la marca del fraude y la ilegitimidad.
Sin embargo, las cosas no llegaron a más porque el propio candidato afectado por el fraude, Andrés Manuel López Obrador, decidió organizar a su partido (MORENA) y abandonó la lucha contra el fraude. Ello permitió que EPN tomara el poder ejecutivo e impusiera en el 2012 y el 2013 sus primeras contra-reformas estructurales, con el apoyo del falso “Pacto por México” firmado por el PRI, el PAN y su nuevo socio: el PRD. Con este Pacto el PRD pasaba de las filas de la oposición (limitada, negociadora, pragmática) a sumarse al polo hegemónico neoliberal, volviéndose abiertamente un partido colaboracionista.
Acosado por denuncias de mala administración y corrupción, como la de su “casa blanca”, el gobierno de EPN perdía legitimidad en sectores importantes de la población hasta que ocurrieron los hechos de la noche trágica de Iguala del 26 de septiembre de 2014, en la que 43 estudiantes normalistas de Ayotzinapa fueron desaparecidos. Para algunos, esa fue la gota que derramó el vaso: el repudio nacional contra el gobierno de EPN llevó a las calles a miles de contingentes que gritaban con fuerza y por todos los medios: ¡Fue el Estado! ¡Fuera Peña Nieto! ¡Vivos se los llevaron, vivos los queremos!
Durante meses y hasta nuestros días se culpabiliza, cada vez con más evidencias, al gobierno de EPN por ese crimen de Estado. Pero cuando el clamor popular parecía extinguirse después de las elecciones del 2015, que le dieron cierta legitimidad al régimen, en 2016 la SEP pasó de la declaración de la guerra contra el magisterio -eso era la reforma administrativa y laboral que llamaron educativa- a las acciones al tratar de imponer a sangre y fuego las evaluaciones docentes.
Si la contra-reforma energética, privatizadora y anti-nacional, no despertó el esperado repudio popular masivo, la mal llamada reforma educativa sí lo hizo. Mientras el gobierno llenaba de policías y militares las calles para aplastar la insurrección magisterial, ésta mantenía y extendía sus protestas con un creciente apoyo popular. En esta situación explosiva ocurrió la masacre de Nochixtlán el 19 de junio de 2016: el ataque armado de policías y militares contra una población que apoyaba al magisterio. Esta nueva matanza obligó a la SEP a negociar con la CNTE. Pese a que esas negociaciones evitaron que la confrontación creciera, los gobernantes las negaron y en su discurso siguieron (y siguen) provocando a los maestros de todo el país hasta nuestros días.
De hecho, acostumbrados a la imposición por la fuerza y la corrupción, el gobierno de EPN y sus aliados en el poder son incapaces de recomponer ya no su hegemonía política y mantener cierta gobernabilidad sino cierta imagen aceptable a la población. En vez de intentar mejorar su muy deteriorado perfil, permiten la exhibición cínica de gobernantes corruptos e impunes; en vez de hacer gestos nacionalistas, invitaron a Trump a seguir su campaña antimexicanos ¡en México! En esos días no faltaron voces acusando a EPN de traidor de la patria.
Y así llegamos al 2017: en vez de mantener en paz al país antes de las elecciones presidenciales del 2018, le echaron gasolina al fuego del descontento popular en enero de este año (y prometen volver a hacerlo en febrero).
En nuestro análisis, que pronosticaba una nueva oleada de repudio contra el gobierno de EPN en el 2017, considerábamos la profunda crisis de legitimidad del régimen político entero (incluidos partidos institucionales y gobernadores) pero también el panorama internacional: el giro a la derecha en América Latina, que barrió con los llamados “gobiernos progresistas” que no se atrevieron a disputar el poder a las oligarquías y al imperialismo, y, por supuesto, la sorpresiva llegada de Trump al poder presidencial de Estados Unidos.
Para nosotros era claro que el giro proteccionista de Trump derribaría por completo el frágil, derruido y dependiente país que los neoliberales en el poder configuraron en estos últimos 30 años.
En el análisis que discutimos en diciembre pasado, presuponíamos el cambio de régimen político, de bonapartista a oligárquico, pactado en sus inicios entre el PRI y el PAN después del fraude electoral contra Cuauhtémoc Cárdenas para imponer abiertamente el neoliberalismo en México, es decir: la desregulación económica, el Tratado de Libre Comercio, el desmantelamiento del Estado social, el ataque a los derechos y condiciones laborales y de vida de los trabajadores, la privatización de nuestras riquezas naturales. Como está claro ahora, las políticas neoliberales fueron veneno puro para nuestra economía: terminaron tanto con la industria como con el campo, endeudaron al país al punto de dejarlo a merced de los organismos financieros internacionales, acrecentaron la desigualdad, la miseria, el desempleo y la sobrexplotación. La única industria que creció en esos años de “capitalismo delincuencial” (como dice Harvey), con ganancias exorbitantes, fue la delictiva, pero a costa de más de medio millón de muertos y desaparecidos.
Nuestra agónica economía se sostiene débilmente aún con PEMEX (pese a la caída de precios del petróleo y su acelerado agotamiento), la inversión externa en sectores extractivistas y las remesas de los migrantes… Pero con la presidencia de Trump ese México al modo neoliberal se colapsa: PEMEX ha sido desmantelado y privatizado, de modo que, por ejemplo, importamos gasolina que venden particulares para obtener ganancias privadas; las remesas de los mexicanos que trabajan en Estados Unidos van a ser recortadas por la masiva expulsión de migrantes del país del norte; la inversión extranjera ya es frenada y desviada de regreso a Estados Unidos. Cuando Trump dijo: “compra y contrata lo estadounidense”, condenó a muerte a la limitada economía exportadora, levantada con orgullo por los neoliberales, que depende en un 80% de la economía estadounidense.
En nuestro análisis, la incapacidad del bloque hegemónico para buscar una alternativa al neoliberalismo y el derrumbe económico del México neoliberal provocarían una crisis económica que retroalimentaría la crisis de legitimidad del gobierno hasta poner en las calles a millones de mexicanos reclamando con el grito de ¡Fuera Peña Nieto! que se vayan todos los neoliberales del poder.
Desde nuestra perspectiva, esta protesta masiva en el 2017 podría modificar la relación de fuerzas en la lucha de clases mexicana a favor de un polo independiente, proletario y popular que cobraría tal fuerza que podría incidir para provocar un cambio radical en nuestro país a favor de los intereses de los trabajadores y del pueblo.
Pese a estos pronósticos, la rebelión popular, masiva y nacional, con la que empezó el nuevo año en México sorprendió a todos. No contábamos con el gasolinazo que el propio gobierno echó al fuego de la ira popular. Ahora nos queda claro que el gobierno no tenía otra alternativa: la caída de los precios del petróleo ha mermado sus ingresos al punto de provocar una crisis de finanzas que no pueden recuperar sin el aumento de los impuestos. En realidad, es el resultado de años de neoliberalismo socavando económicamente al Estado.
Las movilizaciones espontáneas contra el gasolinazo fueron nacionales y de inmediato levantaron una consigna política radical: ¡Fuera Peña Nieto! Si al principio las movilizaciones fueron impulsadas por fuerzas muy heterogéneas (transportistas, clase media, organizaciones campesinas), en estos días los sindicatos y organizaciones campesinas y populares se suman a las movilizaciones contra el gasolinazo. Esperamos que estas fuerzas organizadas de los trabajadores retomen el desafío que supone el reclamo de ¡Fuera Peña! En esa consigna no se pide que los gobernantes compongan lo que descompusieron por años sino que se cambie el régimen político y sus políticas.
Pero 2017 apenas comienza y los efectos del giro proteccionista de Trump todavía no se resienten con toda su intensidad. No es difícil prever que las inversiones se derrumbarán, que miles o millones de migrantes regresarán al país este año, que el desempleo crecerá visiblemente, que mes tras mes el fracaso del México neoliberal será patente para los mexicanos, así como la incapacidad de los neoliberales para levantar un país que ellos mismos derrumbaron. Por eso pensamos que la crisis política va a seguir cobrando fuerza y radicalidad.
Para nosotros, esta crisis política que apenas se abre es una oportunidad para que las fuerzas populares y de los trabajadores pasen de las necesarias resistencias a la ofensiva política y estratégica en la disputa del poder.
Para el PRT estas luchas contra el gasolinazo (y las que siguen) deben de seguir impulsándose pero es necesario y urgente promover una política de frente único: sin abandonar la consigna de ¡Fuera Peña Nieto! , es necesario ir constituyendo, sin imposiciones ni protagonismos, una Coordinadora de coordinadoras, ir organizando una verdadera Asamblea popular que conjunte un bloque histórico clasista y popular que permita disputar el poder.
Por eso debemos insistir en el fracaso del México neoliberal y la necesidad de reconstruir otro México verdaderamente democrático que salvaguarde los intereses de la mayoría trabajadora. Para eso necesitamos, es verdad, otra Constitución, pero, no nos engañemos: ello requiere derribar el régimen oligárquico y el gobierno de los neoliberales para levantar un gobierno de los trabajadores. Todo indica que en el 2017 ensayaremos nuevas formas de movilizaciones (de bloqueos a Paros), que intentaremos nuevas formas de frente único que puedan dar golpes políticos contundentes. Y más nos vale que aprendamos a crear un poder político clasista y popular que nos permita hacer realidad el ¡Fuera Peña! y recomenzar la revolución mexicana interrumpida.

10/13/2016

Veracruz: crisis, más allá de Duarte




La Jornada 
El congreso de Veracruz aceptó ayer la solicitud de licencia presentada por el ahora ex gobernador de esa entidad Javier Duarte. Su salida anticipada del cargo debe verse como un episodio más en la crisis política, financiera y de seguridad por la que atraviesa la entidad, pero de ninguna manera como una solución.
Sobre el gobierno veracruzano p
esa un saldo de miles de muertos, cientos de desaparecidos, faltantes en las arcas públicas de cientos de miles de millones de pesos, empresas fantasma beneficiarias de desvíos, lacerantes carencias en el sector mayoritario de la población y, en general, una ruptura generalizada de la legalidad, la paz y la normalidad. Ciertamente, Duarte tiene una responsabilidad política de primer orden en la gestación de ese desastre y acaso también culpas penales y administrativas, pero la situación de la entidad no puede explicarse únicamente por la mala actuación de un gobernador. En ella han incidido, además, los equipos de gobierno de ésta y anteriores administraciones, la supeditación del Legislativo al Ejecutivo local y una Federación que no pudo o no quiso frenar a tiempo los escandalosos extravíos que la administración de Duarte exhibió desde el arranque de su sexenio.
Sin duda, el ex gobernador debe ser investigado con transparencia y conforme a derecho en los diversos ámbitos en los que hay averiguaciones o procesos abiertos en su contra y, de hallársele responsabilidades punibles, castigado de acuerdo con la ley. Pero ello no va a resolver la violencia, la inseguridad, el desequilibrio financiero ni los conflictos sociales creados por el gobierno duartista. Es preciso, además, desmantelar las redes de complicidad, corrupción e impunidad que se enseñorean en el estado, emprender el saneamiento general de las instituciones y establecer una relación transparente y pulcra entre éstas y el gobierno federal.
Sería imperdonable que la renuncia de Duarte y las eventuales imputaciones formales en su contra fueran capitalizadas como oportunidad para un ejercicio de gatopardismo y simulación, es decir, para pretender que su caída en desgracia pudiera bastar para resarcir los innumerables agravios que contabiliza la sociedad veracruzana. Tanto con gobernador sustituto como con gobernador electo, la consecución del estado de derecho, la paz y la probidad en la entidad del Golfo requiere de voluntad política para ir a fondo en la erradicación de las distorsiones institucionales –que crecieron al amparo de Duarte y sus colaboradores, pero que los trascienden y rebasan– y en un combate a la corrupción que vaya más allá de consignas, simulaciones y cálculos de popularidad

8/26/2016

“Ensayo final”


"Enrique Peña, Luis Videgaray, Osorio Chong y Aurelio Nuño son los principales responsables de su propio desastre político...".

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Foto: Guillermo Perea/ Cuartoscuro
Pero más allá de la melancolía y el conservadurismo ¿qué ocurrió con los protagonistas de esa ruptura? ¿qué ha significado para el actual gobierno? El Pacto fue una oportunidad única para el grupo de herederos de la tradición técnicos del PRI (ganadores en 2012), para superar la tensión entre cambio y simulación que marcó el sexenio de Salinas, es decir, un recurso contra su propio fantasma.
La incapacidad de ver el significado y alcances del Pacto describen a ese grupo y los han hecho estrellarse de nuevo, con la misma piedra, su misma piedra. Otra vez como en los noventas, en el marco de un proceso de desafíos típicos de la modernidad, de la complejidad creciente de la sociedad contemporánea, optaron por el reservorio tradicional de las concesiones y pactos inconfesables con los opositores tradicionales del cambio de régimen, optaron por los viejos instrumentos tan indignos como ilegales pero tan corrientes en nuestra vida pública: corrupción, impunidad y control.
Ellos, los que creen en la política de resultados, en el zorro y el león, que parecen haber leído (o al menos escuchado) al florentino maestro de la ironía (N. Maquiavelo), han quedado tan en evidencia, que México está hoy en prácticamente todas las portadas de medios del mundo como un caso paradigmático de violación de derechos humanos, de corrupción sin límites (empezando por el Presidente y su esposa) y, cada día más claramente, al borde de una crisis económica con niveles de desigualdad que solo son comparables con el porfiriato.
Enrique Peña, Luis Videgaray, Osorio Chong y Aurelio Nuño son los principales responsables de su propio desastre político, porque dinamitaron los puentes del cambio, porque supusieron que un acuerdo de Estado es igual a un mecanismo de propaganda, porque optaron por una líder en la cárcel como medio de control de un sindicato, porque creen que una reforma trasforma por sí misma el sentido de la realidad, porque mientras pactaban cambios constitucionales de fondo, sus empleados en la Consejería Jurídica y el Senado (de varios partidos) desarrollaban una contrarreforma en las leyes secundarias, porque prefirieron el silencio y la censura al debate público sobre la impunidad, porque no entendieron que ni la televisión podría sostenerlos, porque creyeron que con empelados en la Corte, en el Congreso, en el INE, en el TEPJF, en los partidos de oposición, podrían ser intocables, ganadores y eternos.
En el centro, una vieja idea autoritaria los habita, creen en el poder como una cosa que se posee, como un arma, o un ejército, cuando el poder es en realidad una relación, en la que mandar y obedecer requiere, además de tener elementos de coacción y propaganda, ideas, creencias y particularmente razones, eso que los autores clásicos llamaron legitimidad, sin la cual la estabilidad política es siempre improbable.
El mundo que desean no existe más, el cuento de hadas y el ilusionismo político terminó por ser revelado. El tiempo, el recurso más valioso de la política, se agota mientras la próxima encuesta de popularidad, se acerca y acecha.
Qué hacer, cómo terminar esta historia. Dos años más resistiendo, dos años sin alternativas replicando su propia tradición, cuáles son los niveles de desastre y descomposición a los que están dispuestos, cuánto tiempo más es sostenible el silencio o la simulación que charla a pasitos en los jardines de los Pinos, cuántos perdones más hay que pedir, cuántos muertos más debemos lamentar, cuánto más van a enterrar el espejo.
No tengo sino la intuición de que un final inesperado podría producirse, porque las claves y las trampas de la memoria me sitúan en los años que transcurrieron entre 1988 y 1994 y porque veo ya los ingredientes de lo nuevo gestándose, aún sin instrumentos. Hay desde luego finales deseables e indeseables, pero ninguno es un precursor tan peligroso de la violencia en relación con el poder político, como tener la legitimidad hecha añicos.
Este gobierno tiene una única alternativa para intentar detener el deterioro institucional: apelar y actuar racionalmente y sin simulaciones, con el mayor número de medios políticos a su alcance y en el menor tiempo posible, para mostrar que la fase de deshonestidad democrática ha llegado a su fin. Los costos de no intentarlo son enormes, los peligros, aún peor, pueden ser irreparables.

1/31/2016

¿Queremos más sexenios PRI-PAN-PRI-PAN?



Antonio Gershenson

Nuevamente recordamos el bipartidismo, cada vez más a la derecha, de los partidos Revolucionario Institucional (PRI) y Acción Nacional (PAN). Los señalamos por el año de iniciación de cada sexenio:
1988, 1994, PRI.
2000, 2006, PAN.
2012, PRI.
Este último, más a la derecha y a la entrega que ningún otro sexenio de ese partido u otro.
Si el PRI se sigue desgastando y sale del poder en 2018, vuelve a entrar el PAN. Al fin que la izquierda está dividida.
De arriba, el apoyo al PAN es creciente. Pero lo grave es que incluso un sector de lo que se ha llamado izquierda también apoya a Acción Nacional, y esto incluye a un sector importante, que comprende a la dirección del Partido de la Revolución Democrática (PRD).
El respaldo incluye alianzas electorales. Un sector, según hemos visto en este periódico, ha hablado con el gobernador panista de Puebla y se plantea que la alianza que se proponía para el gobernador podría ser un antecedente para 2018.
También vimos que hay corrientes del mismo PRD que se oponen a esta alianza, como Alternativa Democrática Nacional (ADN) y Frente de Izquierda Progresista (FIP). También hemos citado varios desplegados en este periódico, con numerosas firmas, planteando que el frente debe ser sólo de fuerzas de izquierda y no con el PAN.
Afortunadamente, la dirección del PRD canceló la planteada alianza de Puebla, citando la intervención del mencionado gobernador de Puebla en el sol azteca.
Pero se publicó aquí el jueves, y más ampliamente el miércoles en la edición del mediodía, que se registró en Oaxaca, también para la elección del gobernador, a los partidos PAN, PRD y del Trabajo (PT) juntos.
No es cosa de dónde sí y dónde no, simplemente. Es cosa de que o cualquier alianza debe ser con la izquierda o se vale aliarse con la derecha. En elecciones anteriores no hubo duda.
Se han dado otras alianzas, como ésta con el PAN, y están otras más en curso. El pretexto es ganarle al PRI a como dé lugar. Pero ya vimos al principio que esos dos partidos se han repartido y turnado el pastel y ambos han tenido no sólo entrega a los multimillonarios y a las trasnacionales, sino que han tenido una corrupción creciente.
Debemos citar otro caso: el de Zacatecas. Ya fue gobernador un Monreal, que ahora dirige Cuauhtémoc. Pero otro Monreal aspira ahora a esa misma gubernatura. Pero ahora el PRD entra aliado con el PAN, y este posible candidato no acepta eso. Es miembro del PT. Y entra ahora por Morena, y que yo sepa es el primer miembro de otro partido que acepta como su candidato a gobernador o a otro cargo importante.
Lo menciono, porque Morena ha tenido una actitud muy cerrada: por ejemplo, los diputados de otros partidos han sido para ellos algo así como agentes del gobierno.
Ha habido divisiones dentro del PRD entre quienes quieren alianza electoral con el PAN y los que no. Hemos mencionado desplegados con muchas firmas y otras formas de expresión en este mismo periódico
En nuestras páginas de esta semana se han reflejado problemas serios. En esto ya se empieza a envolver también a otros partidos de izquierda.
Esta definición no es sólo lo inmediato, lo de los gobernadores. Es un paso hacia 2018. ¿Quiénes y cómo van a participar?
No sólo lo relacionado con el PRD. Andrés Manuel López Obrador, en las dos pasadas elecciones, fue candidato de un frente de izquierda. Ahora se presenta como candidato sólo de su partido y tal vez de organismos sociales. Ha descalificado a los otros partidos de izquierda. Tuvo 8 por ciento de votos en las pasadas elecciones. ¿Qué posibilidades tiene de ganar? Ya está implícitamente previendo el resultado cuando dice, desde ahora, que la única forma de derrotarlo es con el fraude electoral, sin considerar posibles debates o movilizaciones.

10/19/2015

Retos para una nueva generación política



“Teníamos la clara conciencia de que entre aquellas discusiones inacabables junto a la taza de té y las verdaderas organizaciones revolucionarias mediaba un abismo. Sabíamos que para entrar en contacto con los obreros era necesario conspirar en gran escala. Esta palabra, "conspirar", la pronunciábamos con una gran seriedad y un gran respeto, con una unción casi mística. No dudábamos que llegaría un momento en que pasaríamos de la taza de té al trabajo de conspiración, pero nadie decía claramente cuándo ni cómo iba a ser eso. Para disculparnos de la demora nos estábamos diciendo constantemente: hay que prepararse. Y la cosa no estaba falta de razón.”
León Trotsky - Mi Vida  
En nuestro país, el sentido político de la palabra crisis tiende a extraviar su carácter excepcional, para convertirse en una condición de época o transición histórica. Durante los últimos años, la supuesta guerra contra el narco continuó -aunque ya no suelan llamarla así-,  el neoliberalismo se radicalizó mediante las reformas estructurales y conquistó posiciones constitucionales, se profundizaron la explotación y el despojo, mientras que la represión, la militarización y el autoritarismo crecieron de manera desmedida. Sin duda, nos encontramos frente a un momento cumbre de una crisis histórica de magnitudes incalculables para México. Un destino ligado directamente a los designios de las clases dominantes norteamericanas, responsables de sostener prolongados e intensos contextos de guerra y devastación en diferentes regiones a nivel internacional. En otras palabras, la excepcionalidad mexicana es la expresión del funcionamiento estructural del sistema capitalista en la actualidad, en donde el sentido y materialidad de la vida y de la sociedad se devalúan, a toda costa, en favor de la tiranía de las ganancias.   
Durante las últimas décadas, los jóvenes hemos sido expuestos a un panorama determinado por la migración, la ilegalidad, la criminalización, la precarización y la exclusión social, laboral y educativa.  Nuestro país es otro al de nuestros padres y abuelos.  La mayoría de las veces, estas condiciones difundieron e impusieron una sensación de malestar, pero también de resignación. Infelizmente, se trata de las condiciones que enfrentaron millones de jóvenes a nivel internacional. El neoliberalismo se fascinó en encontrar en la juventud uno de sus blancos preferidos, cuestión que nos orilla a pensar el papel estructural de la juventud en esta fase del capitalismo y, desde luego, su relación con la división internacional del trabajo. Por ejemplo, no deberíamos perder de vista que grandes emporios capitalistas (Mc Donalds, Wallmart) mantienen como fuente primordial de trabajo a jóvenes precarizados.
A pesar del repliegue político, y de la ofensiva económica y social, hacia la década de los ochenta, la juventud puso en pie diferentes estrategias de resistencia social y cultural (reggae, punk, ska, grafiti). Durante los noventa, e inicios de la década pasada, la juventud se vio implicada en procesos de resistencia al neoliberalismo en todo el mundo, pasando por el levantamiento zapatista (1994), las huelgas invernales en Francia (1996), las protestas en Seattle (1999) y la lucha contra la guerra (2001). Desde 2006 y 2007, años en que se generaron potentes protestas juveniles y estudiantiles en Francia( disturbios en las periferias de París), Grecia (paros de más de 300 centros de estudio contra la privatización de la educación) y Chile (la Revolución Pingüina), se registró una ascenso en la movilización que definitivamente vivió una ruptura tras la crisis económica de 2008 y el ambiente internacional generado por las revoluciones árabes, el 15-M en el Estado español y Ocuppy en Estados Unidos. Una estela de luchas en donde se inscribió precisamente la emergencia del #yosoy132 en 2012. Una nueva generación política ha logrado tomar la palabra, ello implica, en cierta medida, la apertura de una o varias preguntas que cuestionan el rumbo de nuestras sociedades y el futuro de esta nueva generación.  
En ese contexto, resultan sorprendentes los procesos de movilización estudiantil y juvenil de los últimos tres años en nuestro país que, aunque concentrados primordialmente en la Ciudad de México y el centro del país, no dejan de sorprender por su irradiación hacia regiones del norte sumamente reaccionarias. Movimientos en donde decenas de miles de jóvenes y estudiantes participamos, y protagonizamos, potentes movilizaciones y procesos organizativos. A lo lejos, y desde una visión superficial y derrotista, estos movimientos no lograron nada, y no pudieron construir absolutamente nada. En todo caso, fueron simpáticos y atinados en sus intenciones. Sin embargo, esta visión resulta completamente reduccionista. Desgraciadamente, tras años de movilización juvenil,  priva un balance parcial y desfavorable a potenciar la acción y organización política de la juventud entre una parte significativa de los jóvenes participantes de dichas experiencias.
El primer cuestionamiento a este balance proviene de una consideración histórica: movimientos con esas magnitudes no emiten sus resultados inmediatamente. También el 2 de octubre de 1968 fue una derrota inmediata, el Estado mexicano frenó abruptamente, y mediante la fuerza y el autoritarismo, al movimiento estudiantil. Pero su irradiación social e histórica no pudo ser frenada, y  constituyó un fermento elemental de la movilización y la organización popular en el campo, las fábricas y los barrios, sin dejar de tomar en cuenta la influencia de esta generación política en la construcción de organizaciones estudiantiles. Es cierto, no transformaron radicalmente a México, pero dejaron para nosotros experiencias y condiciones sumamente valiosas que fueron la antesala de nuestros movimientos. En otras palabras, nuestra generación es hija de fuertes agravios por parte de las clases dominantes, pero también de la fuerza de aquellos que lucharon por nosotros. De la misma forma, el legado histórico de las movilizaciones juveniles y estudiantiles de los últimos años constituye un campo de disputa abierto, y no cerrado.
Vivimos un ambiente defensivo: un tablero amañado bajo las reglas de un contrincante dispuesto a todo, de un Estado dispuesto a continuar la masacre. Pero también vivimos un ambiente de fuertes escepticismos y dudas sobre las instituciones, en donde es importante detectar la existencia de diversos de procesos de resistencia. Desde luego, desarticulados e insuficientes, pero con una potencialidad significativa ante un ambiente político sumamente explosivo. Desde 2011, y hasta 2015, es posible destacar una coyuntura anual de movilización popular significativa, que indica la existencia de un ciclo de movilización popular. En 2011 nos sorprendió el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad, un proceso en donde miles de jóvenes y ciudadanos nos movilizamos contra la violencia de Estado. Al mismo tiempo, una movilización de víctimas que muestra la profundidad de la crisis social que vive el país a causa de la guerra impuesta desde el gobierno de Calderón, pero también la tendencia de radicalización hacia la izquierda que las movilizaciones de víctimas experimentaron, y no hacia la derecha, como lo esperaron e impulsaron los sectores reaccionarios del país, anhelando emular la experiencia colombiana.
Los poderosos del país desearon llevar adelante una campaña electoral limpia en 2012, sin incidentes. Es decir, sin que sus intereses fueran expuestos abiertamente. Pero ello no fue posible, y una vez más, como en 1988 o 2006, el régimen experimentó una crisis de representación, en donde la movilización popular fue uno de los detonadores principales. En ésa ocasión, fueron los estudiantes quienes colocamos parte esencial del elemento dinámico y antagónico en el marco de las elecciones presidenciales. Por supuesto, gran parte de la fuerza del movimiento provenía de la simpatía generada en la sociedad, y en menor medida del impulso que los medios otorgaron al creer que se encontraban frente a un movimiento desarmado de críticas radicales. No se puede negar la disposición de decenas de miles de jóvenes que lucharon contra la imposición de Peña Nieto y en contra del control mediático de los grandes medios de comunicación. Los errores fueron muchos, pero en su amplitud, el fenómeno no puede reducirse a una cuestión simplemente programática u organizativa.
En 2013, en pleno ascenso del autoritarismo y profundización del neoliberalismo, el movimiento estudiantil, principalmente en el centro del país, salió a las calles en defensa del magisterio democrático que fue desalojado del Zócalo de manera violenta por el gobierno de Mancera.  En ese panorama, decenas de planteles escolares fueron tomados y decenas de miles de jóvenes marcharon el 15 de septiembre -codo a codo- con la CNTE y el magisterio democrático. En 2014, el país experimentó la movilización estudiantil más radical y masiva en la historia de las últimas décadas. La desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa fue el detonador. En ese contexto, fueron impulsadas jornadas de lucha en donde el movimiento alcanzó la capacidad de tomar más de 120 planteles. Al mismo tiempo, es necesario reconocer la radicalidad que los estudiantes demostramos mediante la consigna fue el Estado, empuñada por la Asamblea Interuniversitaria, órgano que logró reunir e representantes de más de 70 planteles. Sin olvidar que ese mismo contexto fue el escenario de la heroica huelga estudiantil en el POLI, la cual logró arrebatar una victoria al gobierno. Desde las entrañas del movimiento, fue evidente que las movilizaciones por Ayotzinapa hubieran sido imposibles sin la experiencia, las redes de comunicación (no sólo redes sociales) y la experiencia de movilización en las calles que dejó el 132.   
Las coyunturas de los últimos cuatro años muestran una capacidad de movilización enorme, inspirada por motivos democráticos y éticos, en donde el hilo de la indignación muestra un núcleo ético muy profundo. Pero al mismo tiempo, exhiben un panorama en donde la mayor parte de éste descontento juvenil y popular no está organizado en torno a espacios de participación política permanentes. En ese caso, debemos analizar en qué hemos fallado, y por qué no hemos logrado consolidar organizaciones amplias, juveniles y estudiantiles, capaces de sobrepasar las coyunturas. La juventud que se ha movilizado en los últimos años es expresión no sólo de la crisis de representación política del gobierno y el Estado, sino también de la crisis de los referentes políticos de la izquierda. El descontento mostrado tanto en 2012 como en 2014 no es articulado, ni por un proyecto político propio, juvenil o estudiantil, ni por los referentes políticos existentes en el campo de la izquierda. En ese panorama, una de las tareas centrales de nuestra generación política es tratar de construir lecciones colectivas de las luchas de las generaciones pasadas y, al mismo tiempo, de nuestras propias experiencias. No para juzgar fatalmente o unívocamente, sino para comprender y hacer frente a los dilemas del presente.
Es necesario preguntarnos qué sucedió con la generación gestada en torno al 68, y que más adelante impulsó la generación de sindicatos independientes (STUNAM, SITUAM etc.), organizaciones campesinas, movimientos urbanos y agrupaciones políticas de extrema izquierda de diverso tipo (PCM, OIR, PRT, Liga 23 de septiembre entre otras). Y también, cuestionar cuál es la experiencia y el balance de la generación gestada hacia finales de los ochenta que fortaleció tanto el proceso de construcción del PRD, como el proceso militante generado en torno al EZLN. Sin omitir que esta revisión, vertida desde un cierto enfoque generacional, no debe dudar en cuestionar simultáneamente las estrategias políticas implementadas durante las últimas décadas por la izquierda y desde el campo la movilización popular.  
La crisis histórica de nuestro país, así como nuestro propio surgimiento, nos coloca frente a la necesidad de construir una izquierda radical capaz de cuestionar las dinámicas estructurales del capitalismo y del Estado, capaz de esquivar el electoralismo oportunista, pero también el gremialismo y el localismo. Una izquierda que luche políticamente contra el Estado,  capaz de generar procesos de autogestión social del territorio y medidas que opongan a la descomposición social la reconstrucción del tejido social desde la solidaridad, y en autonomía política del Estado y el régimen político. No hay recetas, y en cierto sentido nos encontramos en un momento de crisis para las estrategias de la izquierda, pero también en medio de un ciclo de movilización significativo atravesado por la emergencia de una nueva generación política. Lo importantes es observar cómo el panorama actual, a pesar de sus complicaciones, indica un horizonte en donde no sólo existe movilización social, sino que la misma tiende a radicalizarse. Sin duda, la historia de nuestros pueblos, y de nuestras propias luchas, constituye un llamado a continuar el combate. Es urgente salir a las calles, potenciar el sindicalismo independiente y la organización de sectores de trabajadores no organizados, apoyar y militar en los movimientos contra el despojo y en defensa del territorio, propiciar luchas urbanas y luchas políticas contra la violencia de Estado y en favor de los derechos de las mujeres, sin olvidar nuestras propias luchas en el terreno educativo. Esas inquietudes atraviesan ya a nuestra generación. Para ello, debemos encargarnos de construir mediaciones e iniciativas políticas que, por un lado nos permitan agrupar y agregar el descontento juvenil, y por el otro, nos permitan dialogar e intervenir en ese amplio campo de luchas existentes y posibles, esta doble tarea se cuenta entre las necesidades esenciales de una política anticapitalista en nuestro país.
En cierto sentido, nos encontramos en un panorama que anuncia la imposibilidad de generar un cambio profundo desde la lógica de reformar gradualmente las instituciones, mediante conquistas electorales o ciudadanas, pero también un contexto que impide pensar en luchas únicamente locales, regionales o gremiales, y en donde la escala nacional y la disputa estatal aparecen como una necesidad de primer orden. Tanto el electoralismo oportunista de la izquierda partidaria, como el sectarismo de cierta izquierda antisistémica, son incapaces de dialogar con la diversidad de movimientos en la actualidad, así como con la juventud movilizada. Al mismo tiempo, la radicalización de la crisis mexicana tiende a elevar las tensiones entre el antineoliberalismo y el anticapitalismo. La cuestión es si es posible hacer retroceder al neoliberalismo sin luchar contra la lógica estructural del capitalismo, plasmada en la gran propiedad y en un régimen político completamente caduco. Los anhelos nacionalistas y populistas, encarnados actualmente en Morena, parecen anhelar volver al capitalismo nacionalista desarrollista de décadas atrás, sin comprender que el panorama internacional y nacional (Sin un balance crítico de los enormes fraudes electorales) cambió y ofrece un panorama de crisis en donde las respuestas tienden a polarizarse. 
La juventud no tiene la respuesta, ni puede generarla por sí misma, pero podría contribuir en su construcción. La cuestión es cómo agregar y organizar a una generación que muestra profundos rasgos políticos, sumados a un temperamento fuerte, cargado de espontaneidad a través de una actuación episódica. Es importante pensar en lógicas de construcción molecular en barrios, escuelas y entre diversos procesos de base. Pero debemos tomar en cuenta que el descontento y la disposición de lucha ya se encuentran instalados en decenas de miles de jóvenes. Esto constituye el espacio para pensar en iniciativas que coordinen a los núcleos organizados del movimiento y sumen a compañeros que no están integrados en un proceso formal. Desde luego, tenemos que ir a los barrios, construir una agenda estudiantil y apoyar a las luchas de los pueblos y sindicatos independientes del país. Y quizás una vía posible sería tratar de agrupar el descontento a través de mediaciones e iniciativas políticas, con el objetivo de plantearnos estas luchas en conjunto, y no por separado.
Nuestros movimientos no cambiaron al país, pero al menos nos demostraron, en contra de la ideología dominante,  e incluso de nuestras propias estigmatizaciones, que es posible tomar la palabra, alzar la voz, cuestionar el sentido de nuestras vidas y el rumbo de nuestra sociedad. Y que ello depende de la acción y la organización colectiva. No podemos olvidarlo, un movimiento social de masas libera una energía social que puede, aunque ello sea en potencia, penetrar en las estructuras más profundas de la conciencia y de la vida política de un país. Esto puede parecer simple, pero no lo es. Y en un país como el nuestro, constituye una pequeña -gran- victoria. El Estado no cambió, pero nosotros sí…  
Nota: Agradezco la lectura y observaciones de Guillermo Almeyra.
Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

4/27/2015

Votar o no votar, el falso dilema




Las elecciones que se avecinan han puesto sobre la mesa una corriente de opinión que considera que, frente a la pronunciada descomposición del proceso electoral y los partidos políticos, es necesario manifestarse haciendo un llamado a no votar. Este hecho ha prendido los focos rojos de los defensores a ultranza del régimen pero también de las buenas conciencias de la izquierda liberal, quienes utilizando argumentos más o menos elaborados consideran equivocado el llamado a la abstinencia electoral.


Los liberales conservadores consideran que a nadie le conviene que el proceso electoral sea boicoteado toda vez que esto no sólo golpea a sus principales actores -los partidos y los institutos y tribunales electorales- sino a todo el sistema social, pues las elecciones deben cumplir con su misión esencial: minimizar el conflicto y dar continuidad a las instituciones del estado para mantener viva a la república. Si se debilita al sistema electoral se debilita el conjunto del sistema social, lo que profundizaría el disenso y la violencia afectando a los más débiles y tirando por la borda un proceso histórico que ha cobrado muchas vidas y ha costado muchísimo dinero.

Por su parte, la izquierda electoral con MORENA a la cabeza, consideran una contradicción que si la desconfianza popular hacia las elecciones tiene como fuente principal al PRI se llame a la abstención o a la anulación, pues ello favorecería claramente al partido en cuestión, el cual cuenta con el mayor voto duro de todos los contendientes. En la medida en que el electorado se quede en casa, las probabilidades de que la correlación de fuerzas partidistas cambie es más difícil toda vez que ganará entonces el principal responsable de la crisis política que vivimos. Más aún, ponen como ejemplo del potencial de la presente coyuntura los procesos electorales que han llevado al poder a Evo Morales o al desaparecido comandante Chávez, gracias a los cuales se han logrado grandes transformaciones sociales en sus respectivos países.

Los argumentos arriba mencionados son sólo la punta del iceberg de toda la polémica que se ha desatado en los medios de comunicación y en las redes sociales sobre el tema, pero en general dicha polémica gira alrededor de la moral ciudadana o de las consecuencias no esperadas de la abstención o la anulación del voto. Al final pasan por alto el hecho de que las elecciones no son solamente un proceso para nombrar representantes sino también y sobre todo un momento en el que el ciudadano manifiesta su sentir con respecto al régimen político y sus actores. Dadas las circunstancias y tomando en cuenta la sordera y ceguera de las instituciones del estado para con las protestas masivas que expresan el hartazgo de buena parte de los habitantes de este país, resulta lógico considerar la posibilidad de manifestar ese descontento en las urnas. Máxime si el votante percibe que las similitudes en prácticas políticas, programas de gobierno y corruptelas sistemáticas de los partidos políticos son muchos más fuertes y visibles que sus supuestas diferencias, que sólo se aprecian en los colores y diseño de su propaganda electoral.

Empero, al final hay que reconocer que el dilema entre votar y no votar es falso, aun considerando que en determinadas condiciones puede abrir la puerta a gobierno más abiertos y sensibles las demandas populares, como a los que me refería arriba. Las condiciones políticas en Venezuela y Bolivia, que permitieron el triunfo de los gobiernos actuales, se dio en medio de una crisis terminal de los viejos regímenes políticos, los cuales agotados por sus contradicciones y su incapacidad para responder a los principales conflictos que enfrentaban dieron paso a una nueva corrrelación de fuerzas que se manifestó en las urnas pero que había sido construida fuera del sistema electoral y sobre todo en la calle y en las organizaciones de base. Las elecciones confirmaron lo que se había ganado en la lucha social, la que una vez madura y fuerte pudo rebasar a los partidos tradicionales y tomar el poder desde las urnas.

Pero ése no es el caso de México, ya que si bien el agotamiento de su régimen político es inocultable, aún no se ha formado una fuerza social capaz de darle la puntilla y abrir el paso a una nueva época en su historia. Las manifestaciones y protestas están tomando fuerza, madurando y logrando consensos en amplios sectores de la población, pero por lo visto aún no logran romper con el monopolio de los partidos para gestionar sus intereses. Es aquí en donde resulta más clara la falacia del dilema que nos ocupa: no será en estas elecciones -a pesar de lo que digan los liberales de izquierda- como se logrará emular las hazañas de venezolanos o bolivianos. Será gracias a la organización de la protesta y del descontento fuera de los partidos como poco a poco se podrá construir la oportunidad para tomar el poder por las urnas. Mantener el ojo exclusivamente en las elecciones sólo servirá para que lo anterior no sea visible.

4/25/2015

Ayotzinapa se recupera, declaran PRD, PAN, PRI cómplices de asesinatos; las elecciones se harán

Pedro Echeverría V.

1. ¿Ya se jodieron nuevamente al pueblo, a los estudiantes, haciéndoles resbalar, desgastar, cansar sus protestas y demostrándoles una vez más que el gobierno mexicano es fuerte y con él nadie puede? La historia de las luchas de los trabajadores y de las oposiciones es rica en derrotas que les ha asestado la clase millonaria en el poder. La realidad es que, por lo menos desde 1956 –cuando cerraron el internado del POLI y reprimieron a los estudiantes de la Nacional de Maestros- toda mi contabilidad de luchas ferrocarrileras, de maestros, electricistas, médicos, guerrilleros, campesinos, estudiantes, ciudadanos, todas han sido derrotas. Sólo recuerdo la victoria de López Obrador en 2005 frente a Fox, pero luego este mismo, con Calderón, lo enterró.


2. El ejército ha jugado –durante décadas-  un importantísimo papel en la represión y encarcelamiento de todos esos sectores de luchadores sociales cuando el gobierno no había fortalecido sus batallones de policías federales, granaderos y policías locales. Hoy –con más de un millón de efectivos milicos el gobierno se da el lujo de bloquear y encapsular todas las marchas para retirarlas de las protestas.  ¿Por qué en lugar de dos años de plantón de la CNTE o siete meses de manifestaciones de Ayotzinapa, Guerrero, Oaxaca, Michoacán, Chiapas, DF, no se paraliza una semana al DF cerrando todas las carreteras, aeropuertos, bancos, embajadas y hoteles? Para ello sólo necesitamos coordinación y unidad. Pero parece imposible.

3. Carlos Navarrete -presidente nacional del PRD y firmante del Pacto con el PAN y el PRI- señaló que a siete meses de la desaparición de los normalistas de Ayotzinapa en Iguala, Guerrero, se está recuperando y las manifestaciones violentas "son más espaciadas y más pequeñas en impacto"; inclusive que "las acciones directas y violentas están teniendo mucho menor respaldo en el movimiento que demanda justicia y la aparición de los normalistas de Ayotzinapa". No sé si ellos se dan cuenta, agregó, de que "la sociedad guerrerense está cada día  más a favor de un proceso electoral pacífico. No creo que en su mayoría (la ciudadanía) quiera que Guerrero se mantenga en la inestabilidad y en la violencia".

4. Los grandes empresarios, los medios de información y los partidos están muy contentos porque se recuperan políticamente y la muestra serán las elecciones donde toda la clase dominante gana. Los que perdemos somos los ciudadanos, el pueblo, que otra vez hemos sido burlados al no aclarase ni mínimamente las matanzas, desapariciones y represiones a estudiantes, campesinos, obreros y a quienes salen a las calles y los campos a protestar. Lo más seguro es que después de las elecciones ("a toro pasado") comiencen a aparecer algunas cosas. Parece que fue mala estrategia de los padres viajar a la ONU y al extranjero, porque en México lo que no se hace directamente en las calles no funciona.

5. O quizá se pensó en llevar la denuncia a otros países del mundo porque en México –como siempre ha sido- el gobierno había aplicado la política de cansancio y desgaste que desde hace muchas décadas le ha resultado beneficiosa. El periodista Jorge Ramos afirma con insistencia que "en cualquier país del mundo una denuncia de compra de mansiones a contratista de gobierno, cualquier presidente de una nación ya hubiese renunciado"; en México –con historias peores durante un siglo- nadie renuncia. Y ningún presidente renuncia por eso que se llama "presidencialismo mexicano" y eso que se llama "corporativismo" que durante muchas décadas ha demostrado una enorme fortaleza.

6. Desde hace tres meses preveíamos que las campañas políticas y las elecciones matarían el movimiento social de protesta y repudio al gobierno.  El todos los partidos están de fiesta –como declara el oportunista Navarrete del PRD- porque Guerrero, Oaxaca, Chiapas, Michoacán, avanzan positivamente hacia la competencia electoral. La realidad es que a pesar de la devaluación, el desplome de la productividad, la falta de inversiones, el desempleo, la inestabilidad, al Peña, Videgaray, Osorio y demás, no se les ve nada nerviosos ni preocupados porque tienen el control absoluto de la clase política y empresarial. Desde los sesenta he visto que gobierno y PRI, a pesar de los problemas, nunca han estado en jaque.

7. Los procesos electorales, así como la llamada democracia electoral, nacieron de la cabeza inteligente de la burguesía como una gran forma de control. Puta, "si en las aristocracias feudales no se votaba, ¿no fue una ganancia del pueblo que la burguesía le haya concedido el derecho de votar? No solo eso; la burguesía ha autorizado la formación de partidos con multimillonarios subsidios, libertad para hacer propaganda y para que libremente se designen candidatos. ¿Qué más democracia quieren si los tres poderes están al servicio del pueblo? Si en el gobierno del pueblo se cometen errores no es por falta de voluntad; son pequeños errores que no afectan a todo el país porque este es más grande que los descontentos".

8. En los últimos años el fachopanista Calderón que creímos que era un imbécil y que sólo gobernaría unos meses, con el apoyo del ejército y de los EEUU, destruyó a la APPO, se comió al PRD, cesó a 44 mil electricistas, debilitó a los mineros, aisló en Chiapas al EZLN, se impuso a López Obrador. Hoy Peña Nieto, con el trabajo adelantado de Calderón, entró e impuso las 11 o 12 reformas constitucionales con una facilidad inaudita. Pero allí están los procesos electorales que sirven para ver la cara de tontos, de imbéciles, a todos los que con su voto hacen mucho más fuerte al sistema capitalista y, en estos años, golpean con mucha fuerza la lucha social. Ni modo, es la expresión de la conciencia formada por el capitalismo. (25/IV/15)


4/21/2015

La hegemonía del PRI se reeditó y reorganizó: Arturo Rodríguez en CNN


“En este regreso a la Presidencia (del PRI) lo que se refleja es gran capacidad de adaptación, que no reproduce vicios de los 70, pero sí los reedita", aseguró. En el 2000, “tuvimos esperanza, pero se vio cancelada cuando las políticas de Estado no cambiaron”.


CNN 2
“En el siglo XX, hablábamos todavía de la hegemonía política y el partido único (PRI). A quienes formaban parte de esta hegemonía les decíamos la nomenclatura , al estilo soviético. Esta élite permanecía en los cargos públicos de la administración y de los cargos de elección popular”. Lo que vivimos ahora “es el fortalecimiento del presidencialismo mexicano, que regresa por lo suyo, por algunos espacios que fue cediendo en esta pretendida transición, y nunca llegaron a consolidarse”, sostuvo el periodista Arturo Rodríguez , autor de El regreso autoritario del PRI. Inventario de una nación en crisis. 

En entrevista para Aristegui CNN, expuso la hipótesis central de su libro, en el que “periodísticamente trato de soportar, y creo que lo logro, que esta hegemonía se reeditó y esta nomenclatura se reorganizó. Si bien hoy no tenemos un partido único, tenemos al Pacto por México”.
“Si hacemos un balance de las elecciones que han ganado los partidos con mayor representación electoral -hablando del PAN y del PRD en los estados de la República-, encontramos que por lo menos la mitad de los que fueron gobernadores panistas, son ex priistas”, apuntó.
En el pasado, dentro del PRI “había distintos tipos de priistas, que al final de cuentas prevalece una lógica y una forma de ser. El rasgo particular de este priismo como sistema y entendido como una cultura política, es que la corrupción y la impunidad son el binomio cuadrado perfecto de la clase política mexicana”, señaló Rodríguez.
“No importa por qué partido lleguen, lo vemos en los estados con supuesta alternancia, lo vemos en Guerrero, Puebla, Sonora, y podemos seguirle”, aseveró.
En el 2000, “asumimos que estábamos llegando a la transición democrática y que el cambio de partido en el poder abría una nueva historia para el país, tuvimos esperanza, pero se vio cancelada cuando las políticas de Estado no cambiaron”.
“Con Calderón vivimos la sangría nacional que nadie esperaba”, agregó.
Y recordó que “en ese proceso de violencia, las alertas que ya existían se fueron concretando… el caso Ayotzinapa parece que no queda fuera de esto”.
Respecto al nombramiento de Eduardo Medina Mora como ministro de la Corte, el periodista de Proceso opinó que “el caso de la Suprema Corte se inscribe en esta concentración y fortalecimiento del poder presidencial y del centralismo en México. No hay que olvidar que en el tema de las reformas estructurales, ocurre lo mismo, hay gran concentración de poder en la figura Presidencia”.
“El antiguo autoritarismo se fue en formas y esas formas regresaron, el PRI es un partido de lenguajes, de gestos, de conductas, de parafernalias, y uno de los elementos que se expresan en el libro es lo que tiene que ver con este retorno con esta naturaleza de conductas y formas de ser, y por el otro, de un poder que realmente no perdieron”.
Abundó que “en este regreso a la Presidencia lo que se refleja es gran capacidad de adaptación, que no reproduce vicios de los 70, pero sí los reedita”.
Rodríguez detalló que “el componente  fundamental y de fondo es que, si en el pasado veíamos la expresión de una presidencia política, por ejemplo en los años 70, hoy vemos una con un evidente calado económico y con intereses de grupos económicos y extranjeros muy claros, que se reflejan en todos los sectores”.
“La peculiaridad del libro es que tiene algunos referentes históricos que nos permiten entender los procesos”, acotó.

4/16/2015

Los periodistas que defienden a Peña



Osorio y Peña durante la conmemoración del natalicio de Benito Juárez. Foto: Germán Canseco


MÉXICO, D.F. (apro).- Desde hace algunas administraciones, quizá desde la salinista, no se había registrado una reacción más iracunda de un sector de la prensa defendiendo al grupo de poder integrado por el jefe del ejecutivo y sus más cercanos colaboradores.


Esto es lo que hemos visto en los últimos meses con algunos comentaristas, columnistas y articulistas cuando se han publicado reportajes sobre la opacidad, corrupción y conflicto de interés del presidente Enrique Peña Nieto y algunos de sus secretarios como Luis Videgaray y Miguel Ángel Osorio Chong.

Resulta preocupante que sean ellos los primeros defensores del gobierno peñista. Antes que cualquier vocero gubernamental, son ellos los que reaccionan defendiéndolos de las publicaciones que han revelado irregularidades, abusos de poder o conflicto de interés como fue el caso del noticiero de Carmen Aristegui con la compra de las casas de Angélica Rivera, esposa del presidente, así como del secretario de Hacienda, Luis Videgaray, al contratista Juan Armando Hinojosa, amigo cercano del jefe del ejecutivo.

Lo mismo que en el caso del secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, con el reportaje publicado en la revista Proceso donde se registra con documentos oficiales cómo ha “rentado” desde que era gobernador de Hidalgo, casas de lujo a su contratista preferido, Carlos Aniano Sosa Velasco. En ambos casos se estarían utilizando recursos públicos para el gasto oneroso de los funcionarios de alto nivel.

Con una postura fuera de su papel social de investigar, analizar o cuestionar a los actores políticos y sociales, estos periodistas han reaccionado de manera impronta más allá de los propios personajes inmersos en los escándalos inmobiliarios o en casos donde se muestra su incapacidad para resolver problemas de justicia como la desaparición de los normalistas de Ayotzinapa, sociales como las marchas de los maestros o económicas como la falta de empleos, vivienda y salud dignas.

Hacen la labor de voceros y no de periodistas. No hablan de la opacidad en las acciones y decisiones que tienen como funcionarios públicos ante la sociedad y la opinión pública, ni de la obligación de transparentar todas y cada una de sus actuaciones. Tampoco de su compromiso de respetar las leyes. Al contrario, defienden a los funcionarios aludiendo a su derecho de viajar en helicóptero, usar aviones para asuntos particulares, invitar a amigos y familias a giras de trabajo, comprar o rentar propiedades millonarias por el simple hecho de ser funcionarios de gobierno.

En esta defensa ciega, tomando una posición de abogado defensor, estos comentaristas, articulistas o columnistas acusan a la prensa que denuncia los abusos de poder de ser “militante”, de “izquierda”, “rencorosa”, de “consigna”, “sospechosista” y hasta de “farándula política”. Alegan que nada es verdad y que hay una clara campaña de golpear la figura presidencial y al grupo que lo acompaña.

Dicen con soberbia que esta prensa que denuncia ha caído en el pecado del libertinaje de la expresión y defienden a los funcionarios públicos de algunos “pecados” mínimos en su ejercicio de poder.

“La soberbia es una discapacidad que suele afectar a pobres infelices mortales que se encuentran de golpe con una miserable cuota de poder”, decía José Martí hace ya dos siglos refiriéndose a aquellos que alcanzan una posición privilegiada y se embrutecen en el ejercicio del poder.

“Los cínicos no sirven para este oficio” sostenía por su parte el periodista Ryznard Kapusinsky en uno de sus libros sobre el periodismo hablando de aquellos que dejan su oficio de denuncia y vigilancia de los grupos de poder y se alían con ellos por ideología o privilegios económicos y políticos.

Hace algunos años, cuando el PRI era el grupo hegemónico en el poder, había unos personajes que amenizaban lo actos de gobierno hablando maravillas de los gobernantes. Se les conocía como “jilgueros” y para eso se les pagaba, eran profesionales en la retórica oficialista y no disfrazaban su tarea como defensores de oficio del gobierno en turno.
Hoy estaríamos ante nuevos “jilgueros” que no sólo hablan de las facultades y virtudes maravillosas de la clase gobernante desde los periódicos, la radio y la televisión, sino que los defienden desde un supuesto foro de libertad de expresión.
Twitter: @GilOlmos

4/15/2015

Tengo un amigo priísta



Descubrí su enfermedad en la secundaria, o sea, entre 1995 y 1998. Una vez fui a su casa y me puse a ojear su librero mientras él hacía no recuerdo qué. Tomé un cuaderno, y al abrirlo me encontré una vieja tarea de la primaria. La maestra nos había pedido que respondiéramos la pregunta: ¿Qué quieres ser cuando seas grande? Su respuesta fue algo así: “Quiero entrar al PRI y ser Presidente”. Una revelación tan sorpresiva como si hubiera leído que mi amigo era puto. Pero no, no era joto: era priísta, y eso sí era un problema. Le mostré el cuaderno delator y hablamos de su enfermedad. Teníamos sólo catorce o quince años, pero sospeché que nuestras vidas tomarían rumbos distintos. En mi casa el repudio al PRI era absoluto. Yo era un hijo de sindicalistas democráticos que habían vivido duras peleas contra los líderes charros de la CTM y también, en general, contra el régimen priísta. Tanto mi padre como mi madre habían sufrido despidos y represión por su disidencia.
Siempre fuimos a la escuela pública. Nos conocimos a los 7 años, segundo de primaria. Él era el niño nuevo, o sea, un intruso. Era bajito, orejón, e intentó hacerse mi amigo el primer día. Me cayó mal. No sé por qué. En el recreo, quién sabe con qué pretexto, le doblé un dedo hasta hacerlo llorar. Sólo entonces estuve conforme, pero me sentí muy culpable el resto del día. Al día siguiente, para reparar mi daño, le ofrecí la amistad que rechacé darle un día antes. Los niños resuelven las cosas con facilidad. A partir de entonces fuimos los mejores amigos, hasta la fecha. Sé que perdonará que escriba esto sobre él, pero por mínima cortesía le cambiaré el nombre en esta columna. Lo llamaré Nemorio. Como dije, mi amigo tiene una enfermedad: es fan del PRI.
Los años pasaron y Nemorio siguió siendo mi amigo, pero también mi caso de estudio. Hace unos años, una conexión familiar le consiguió trabajo como abogado de alguna división jurídica de la UNAM, la misma universidad donde estudió derecho. Un burócrata mexicano. Ya se casó, tiene hijos…
Poco después de que ganó el PRI las elecciones presidenciales de 2012, él y su esposa me visitaron en Inglaterra. Era mi primer año del doctorado. En cuanto llegaron los llevé al pub (¿a dónde más?). Platicamos un buen rato, nos pusimos al corriente, reímos. En algún punto hablamos de las elecciones.
Su esposa (que aquí llamaré Panchita) y yo estábamos indignados por el regreso del PRI. Nemorio sólo nos escuchaba como quien escucha hablar a un par de borrachos (y eso que estábamos sobrios). Panchita denunció: “Aquí tu amigo está bien contento de que ganara el PRI”. Nemorio nos explicó por qué él y sus colegas burócratas de otras instituciones estaban tan contentos:
“Todos los partidos son iguales, PRI, PAN, PRD… Los tres roban. Todos roban. Pero el PRI roba… pero salpica. Los otros se quedan con todo.”
El PRI roba pero salpica. Las dos últimas palabras las pronunció más lento y acercándose a nosotros, mientras gesticulaba con la mano derecha como si salpicara con sal la mesa. Su mirada era la de quien revelaba algún conocimiento arcano, algún misterio de la vida. La clave del PRI. Yo, simple mortal, quedé deslumbrado por el fuego de la verdad. Nemorio tuvo que traducir en lenguaje pagano, con peras y manzanas, su alegoría:
“Mira, Ramón, yo tengo que ver por mis intereses porque nadie más va a ver por ellos. Mientras yo esté bien, todo está bien.” (Denle un premio.)
Así. Y ya. Cuál lucha por la democratización del país. Cuál 2 de octubre de 1968. O más recientemente, cuál Ayotzinapa. Mientras el PRI me salpique un poco de lo que roba, ¡pues todo está chingón! Ahora imaginen esta mentalidad reproducida en todo el aparato estatal y en millones de familias mexicanas. Porque el PRI no sólo es un partido, es una cultura política… a la que se adaptaron muy bien el PAN y el PRD. Cuando Peña afirmó que la corrupción en México era una debilidad cultural, en realidad se justificaba: soy débil pero no soy el único. Cuando la burocracia mexicana celebra al PRI, brinda por el tipo de jefe que más aman: ¡salud por el compadre! ¡él sí es bien chido!
Desde la guerra “contra el narco” todo este cuadro degeneró. El canibalismo implícito en la cultura priísta dio un paso más: ya no sólo roba del ingreso estatal; ya rompió el tabú de aliarse con el crimen para captar rentas ilegales. El narcoestado ya llegó, ya está entre nosotros. La alternativa es simple: entristecernos o encabronarnos. Por supuesto, sólo lo segundo sirve de algo.
Aunque vale la pena preguntar: ¿Qué hacer? ¿Cómo enfrentar esta cultura?
Nemorio mismo me dio la respuesta. Una vez, en la primaria, nos contó (para risa de todos) que un día antes le había dicho a su mamá: “mamita preciosa con cara de Broza”. En seguida la señora le volteó el único cachetadón que le dio y advirtió: “no me vuelvas a decir así”. Fácil. Asunto arreglado. Nemorio jamás le volvió a decir a su madre que tenía cara de payaso cachondo.
Hay cosas que sólo se resuelven a madrazos.
Ramón I. Centeno es miembro del Partido Obrero Socialista. Twitter: @ricenteno
* Columna publicada el 10-abr-2015 en elbarrioantiguo.com

4/10/2015

La democracia mexicanizada


Democracia mexicanizada. Cartón: Rocha
MÉXICO, D.F. (Proceso).- Ante la proximidad de las elecciones intermedias, la calidad y el futuro de la democracia mexicana vuelven al centro del debate. En un ambiente de hastío frente a una oferta política decepcionante de los 10 partidos que participarán en la contienda, la banalidad y vaguedad de sus propuestas, la abrumadora estulticia de los spots y la mediocridad de la mayoría de los candidatos, los ciudadanos interesados en los comicios se preguntan no por quién votar sino si vale la pena asistir a las urnas.
La idea de anular o romper la boleta –no de abstenerse de sufragar– se extiende entre el sector mejor informado de la sociedad. Algunos, como el poeta Javier Sicilia, aspiran a que ese voto de rechazo se traduzca en un boicot electoral como punto de partida para la refundación nacional. Además de la necesidad de precisar los métodos y las metas de tal proyecto, ello requeriría de una gran capacidad organizativa para reunir en un propósito común a una disidencia disgregada e ideológicamente diversa.
Frente a esa posición, calificada como “apocalíptica” por quienes no la comparten, se sitúa un grupo de analistas que prefieren exaltar los avances institucionales ocurridos desde 1977, así como el aumento de la pluralidad y los derechos ciudadanos, en lugar de enfatizar las irregularidades, abusos, corruptelas, trampas y violaciones a la ley –en ocasiones avalados por las autoridades electorales– que aquejan a la democracia mexicana. Se oponen a la anulación del sufragio por considerar que favorece al partido con más votos potenciales, en este caso al PRI, además de estar a favor de “recargar de sentido al rito electoral” (Woldenberg).
Dentro de ese grupo se privilegian el análisis cuantitativo del proceso basado en las encuestas sobre las preferencias electorales de los distintos partidos, las posibles alianzas entre ellos, y la previsión de los resultados de los comicios de este año e, incluso, con proyecciones para 2018. Su interés está centrado en qué partidos, alianzas y candidatos resultarán victoriosos, no en cómo mejorar la deficiente calidad de la democracia mexicana.
Hay algo que también une al grupo de intelectuales y analistas que se muestra complaciente con el estado de nuestro régimen democrático: su desagrado por los “escándalos mediáticos”. Desde su perspectiva, la prensa libre ha convertido a la política en un espectáculo escandaloso, y ello conduce al desprecio por quienes la ejercen, al declive de la confianza, así como a la confusión y a la degradación de dicha actividad (Roger Bartra).
Ya no interesa tanto analizar las razones del fango sobre la democracia ni sus posibles remedios; lo que parece molestar no es la degradación de la democracia, sino que de ello se haga un escándalo. Lo deseable es “que muchos ciudadanos opten por una actitud serena y civilizada frente a las voces alarmistas, conscientes de que es necesario defender, y por supuesto mejorar, el sistema electoral que tanto trabajo ha costado implantar” (R. Bartra, México se mexicaniza, diario Reforma, 24-03-2015).
Para consolidar una democracia digna de ese nombre en el país –no sólo mejorar el sistema electoral– es indispensable criticar con severidad y rigor la perversión democrática que hemos padecido desde 2000, que ahora tiene claros y ominosos signos de regresión autoritaria.
Llama la atención la coincidencia entre dos de los más destacados intelectuales mexicanos de izquierda, antes mencionados, con el dirigente de Canacintra, quien, tras su panegírico a Peña Nieto, fustigó “la retórica de la tragedia nacional” en términos obsoletos que creíamos superados: “Quienes buscan incendiar a la nación profundizando el déficit de confianza son igualmente letales, ya sea con capuchas en las calles o detrás de una computadora, o coordinando desinformación y abonando a la desestabilización”. Los tiranos o los responsables de la crisis de confianza son los políticos, no los críticos. No lo olvidemos.
“La democracia es un poderoso remedio contra la insolencia. Su propósito es evitar que el pueblo sea violado. La democracia es un arma idónea para exponer públicamente la corrupción y la arrogancia, falsas creencias y zonas ciegas, malas decisiones y actos perniciosos (…) Además de realizar elecciones periódicas supervisadas por una institución electoral incorruptible, una democracia representativa requiere que los políticos renuncien o sean sometidos a juicio (impeachment) cuando estén involucrados en conflictos de interés; así como leyes y medios de información independientes que garanticen el derecho de los ciudadanos a cuestionar y criticar a sus representantes elegidos: dichos instrumentos probados fueron diseñados para señalar a quienes se salieron de la raya al ejercer el poder sobre otros”. (John Keane, Life and Death of Democracy, 2009, páginas 867 y 868.) (Perdón por lo largo de la cita, pero parece haber sido redactada para alertarnos sobre la situación actual de México.)
Los problemas y desafíos que enfrenta la democracia mexicanizada no son exclusivos de nuestro país; son comunes a naciones que, como la nuestra, provienen de regímenes autoritarios y, por tanto, conservan características y tendencias de dicho sistema, que es necesario superar si se quiere evitar una regresión y acceder a la consolidación de una democracia madura.
El número correspondiente a enero de 2015 de la prestigiada revista Journal of Democracy, que celebra 25 años de su aparición, fue dedicado a un tema relacionado con la disyuntiva que enfrenta México: ¿Está la democracia en decadencia? Esta edición histórica ofrece una oportunidad para reflexionar, comprender y tratar de superar los obstáculos que se oponen a la consolidación de la democracia mexicana desde una perspectiva de política comparada.
Criticar a la democracia mexicanizada no es debilitarla; por el contrario, es la única vía para perfeccionarla. En el mejor de los casos, la complacencia produce estancamiento, y lo más probable es que propicie la restauración del autoritarismo disfrazado. El fortalecimiento democrático de México será crítico o no será.