8/26/2016

“Ensayo final”


"Enrique Peña, Luis Videgaray, Osorio Chong y Aurelio Nuño son los principales responsables de su propio desastre político...".

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Foto: Guillermo Perea/ Cuartoscuro
Pero más allá de la melancolía y el conservadurismo ¿qué ocurrió con los protagonistas de esa ruptura? ¿qué ha significado para el actual gobierno? El Pacto fue una oportunidad única para el grupo de herederos de la tradición técnicos del PRI (ganadores en 2012), para superar la tensión entre cambio y simulación que marcó el sexenio de Salinas, es decir, un recurso contra su propio fantasma.
La incapacidad de ver el significado y alcances del Pacto describen a ese grupo y los han hecho estrellarse de nuevo, con la misma piedra, su misma piedra. Otra vez como en los noventas, en el marco de un proceso de desafíos típicos de la modernidad, de la complejidad creciente de la sociedad contemporánea, optaron por el reservorio tradicional de las concesiones y pactos inconfesables con los opositores tradicionales del cambio de régimen, optaron por los viejos instrumentos tan indignos como ilegales pero tan corrientes en nuestra vida pública: corrupción, impunidad y control.
Ellos, los que creen en la política de resultados, en el zorro y el león, que parecen haber leído (o al menos escuchado) al florentino maestro de la ironía (N. Maquiavelo), han quedado tan en evidencia, que México está hoy en prácticamente todas las portadas de medios del mundo como un caso paradigmático de violación de derechos humanos, de corrupción sin límites (empezando por el Presidente y su esposa) y, cada día más claramente, al borde de una crisis económica con niveles de desigualdad que solo son comparables con el porfiriato.
Enrique Peña, Luis Videgaray, Osorio Chong y Aurelio Nuño son los principales responsables de su propio desastre político, porque dinamitaron los puentes del cambio, porque supusieron que un acuerdo de Estado es igual a un mecanismo de propaganda, porque optaron por una líder en la cárcel como medio de control de un sindicato, porque creen que una reforma trasforma por sí misma el sentido de la realidad, porque mientras pactaban cambios constitucionales de fondo, sus empleados en la Consejería Jurídica y el Senado (de varios partidos) desarrollaban una contrarreforma en las leyes secundarias, porque prefirieron el silencio y la censura al debate público sobre la impunidad, porque no entendieron que ni la televisión podría sostenerlos, porque creyeron que con empelados en la Corte, en el Congreso, en el INE, en el TEPJF, en los partidos de oposición, podrían ser intocables, ganadores y eternos.
En el centro, una vieja idea autoritaria los habita, creen en el poder como una cosa que se posee, como un arma, o un ejército, cuando el poder es en realidad una relación, en la que mandar y obedecer requiere, además de tener elementos de coacción y propaganda, ideas, creencias y particularmente razones, eso que los autores clásicos llamaron legitimidad, sin la cual la estabilidad política es siempre improbable.
El mundo que desean no existe más, el cuento de hadas y el ilusionismo político terminó por ser revelado. El tiempo, el recurso más valioso de la política, se agota mientras la próxima encuesta de popularidad, se acerca y acecha.
Qué hacer, cómo terminar esta historia. Dos años más resistiendo, dos años sin alternativas replicando su propia tradición, cuáles son los niveles de desastre y descomposición a los que están dispuestos, cuánto tiempo más es sostenible el silencio o la simulación que charla a pasitos en los jardines de los Pinos, cuántos perdones más hay que pedir, cuántos muertos más debemos lamentar, cuánto más van a enterrar el espejo.
No tengo sino la intuición de que un final inesperado podría producirse, porque las claves y las trampas de la memoria me sitúan en los años que transcurrieron entre 1988 y 1994 y porque veo ya los ingredientes de lo nuevo gestándose, aún sin instrumentos. Hay desde luego finales deseables e indeseables, pero ninguno es un precursor tan peligroso de la violencia en relación con el poder político, como tener la legitimidad hecha añicos.
Este gobierno tiene una única alternativa para intentar detener el deterioro institucional: apelar y actuar racionalmente y sin simulaciones, con el mayor número de medios políticos a su alcance y en el menor tiempo posible, para mostrar que la fase de deshonestidad democrática ha llegado a su fin. Los costos de no intentarlo son enormes, los peligros, aún peor, pueden ser irreparables.

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