Fuente: Captura de pantalla "Mujeres sacerdotes: La vocación Prohibida" .-Ciudad
de México.- ¿Quién mide la fe y cómo se decide cuáles son más valiosas
que otras?, ¿qué sucede con las mujeres que tienen despertares
milagrosos y no pueden ser ordenadas como sacerdotes por su condición de
mujer? De esto se desprende la revolución de miles de mujeres alrededor
del mundo que se han levantado para exigirle al Vaticano y su mundo de
burocracia que permita el avance de mujeres; no más cuidadoras y monjas,
sino profetas con el poder suficiente de liderar la Iglesia.
Tirar
un sistema de 2 mil años resulta imposible, especialmente, en una
estructura tan poderosa como la Iglesia Católica que, a pesar de negar
el sexismo en sus filas, tampoco puede desligarse de forma sencilla del
patriarcado. No hay mujeres tomando decisiones, todo se logra a través
de un consenso masculino; hombres célibes que nunca tendrán esposa y
mucho menos hijas. Es difícil vislumbrar qué tanto la agenda de las
mujeres puede atravesarse en el mapa y no tanto por una falta de
empatía, sino por una ginopia patriarcal -como describe Evangelina
García – que infiere la «incapacidad de reconocer la experiencia
femenina».
«Mujeres sacerdotes», documental de Marie Mandy sigue
la historia de distintas mujeres que han exigido a la Iglesia ser
ordenadas como sacerdotes; muchas de ellas, amenazadas e intimidadas por
la fuerza clerical que ha intentado echar para abajo su fe, apuntando a
que no es lo suficientemente poderosa como para ser reconocidas como
sacerdotes, y no por capricho, sino porque se trata de una ley canónica
de la Iglesia que ha vetado históricamente a las mujeres de la toma de
decisiones.
Sin embargo, resulta importante referir que, a pesar
de que se les niega la entrada a estos espacios, a las mujeres no se les
niega su trabajo como cuidadoras y principales protectoras de la
Iglesia. Un extractivismo de su trabajo; son las mujeres quienes velan
por las Iglesias de sus comunidades, quienes organizan, limpian,
celebran y sostienen la fe católica.
Las 7 Danubio
El
Domingo de Ramos del 2002, 7 mujeres fueron ordenadas diaconisas por la
Iglesia Católica. Una de ellas, Christine Mayr Lumetzberger, quien
recuerda el miedo que sintieron cuando se hizo esta ceremonia.
Este
grupo de mujeres, quienes habían dedicado su vida entera a la Iglesia y
abonaron al bien comunitario por décadas, ahora, eran amenazadas de
muerte a causa de sus intenciones de ser ordenadas; les advertían que
pondrían bombas en su Iglesia o incluso, emprenderían un tiroteo a fin
de impedir la ceremonia.
Derivado de esto, las 7 católicas decidieron
hacer su ordenamiento sobre un barco; un evento privado donde acudió un
representante del Vaticano y las nombró diaconisas. El evento resultó
histórico y para Mayr Lumetzberger implicó el punto más alto de su vida;
el motivo principal de su existencia era servir a Dios y con el
nombramiento, sus aspiraciones se habían cumplido.
Como eran 7
mujeres, se ganaron el apodo de «Las 7 Danubio» -por la forma en que se
dio su ordenamiento, sobre el agua-, sin embargo, no esperaban un revés
por parte de la propia Iglesia católica.
«Estaban furiosos y eso era
intimidante», recuerda Mayr Lumetzberger. Comenzó su persecución y entre
ellas, denunciaban que las hacían parecer un «verdadero aquelarre de
brujas», como si su nombramiento se hubiese tratado de una falta
absoluta a Dios; un hecho imperdonable que las condenaría para siempre.
Fuente: Captura de pantalla «Mujeres sacerdotes: La vocación Prohibida»
En
aquel entonces, Juan Pablo II se pronunció de forma visiblemente
inconforme denunciando que, el nombramiento de las 7 Danubio nunca
tendría la autorización del Señor y tras 6 semanas de actos públicos
intimidantes, este grupo de religiosas fue excomulgada por la Iglesia:
«Decidieron castigarnos», dice Gisela Forster quien pertenece al grupo
de las Danubio.
Sin embargo, la lucha no terminó aquí y tras
una ardua lucha contra la Iglesia, sólo 2 de ellas lograron volver al
trabajo eclesiástico. Fue Mayr Lumetzberger y su par, Gisela Forster
quienes fueron nombradas obispas, por supuesto, esto incomodó a gran
parte de los miembros de la Iglesia y, hasta la fecha, continúan
rechazando el nombramiento haciendo visible el testamento de que su fe
no es válida y su trabajo, tampoco.
A pesar del rechazo colectivo
de la burocracia católica, y con el poder en las manos Gisela y Mayr
iniciaron una revolución total, al empezar a ordenar más mujeres. Es a
través de su experiencia que se permitieron hacer su fe extensiva;
escucharon la experiencia de muchas más mujeres que proclamaban tener
revelaciones milagrosas y su impotencia de no poder servir al Señor.
Derivado de esto, ambas obispas han logrado ordenar a:
9 mujeres en el Río San Lorenzo en Canadá
8 mujeres en el Río Ohio, Pittsburgh, Estados Unidos
1 mujer de nombre Genevieve Beney en Lyon, Francia
La
primera mujer afrodescendiente de nombre Myra Brown en Nueva York ,
quien fue reconocida diaconisa en 2015 y dos años después, fue elevada a
sacerdotisa
Myra Brown ha sido una pieza clave en los
movimientos sociales neoyorquinos, llamando a su Iglesia a participar
activamente en el movimiento Black Lives Matter. La -ahora-
sacerdotisa, recuerda que, toda su vida la dedicó a la Iglesia y siempre
escuchaba al sacerdote hablar de «El hombre», como si fuera sinónimo de
humanidad, sin embargo, cuando miraba al rededor «el 85% de las
personas que estaban ahí éramos mujeres. Las mujeres mantenían la
iglesia «, dice Myra Brown.
Derivado de esto, la sacerdotisa llegó a la revelación más grande:
«Dios nunca ha buscado un género concreto»
Fuente: Captura de pantalla «Mujeres sacerdotes: La vocación Prohibida»
«Las mujeres deben callarse»
El
documental sigue la historia de Jacqueline Straub, periodista y teóloga
quien, desde los 14 años asevera haber sido buscada por el Señor. A
este proceso se le conoce como «el llamado», sin embargo, según pregona
la Iglesia, este sentir sólo pude ser experimentado por hombres; hombres
a los que el Señor busca con la importante misión de difundir su obra y
palabra.
Sin embargo, en el mundo donde las mujeres representan
la mitad de la población, resulta complejo entender cómo ninguna mujer
puede tener la capacidad de experimentar «el llamado del Señor».
Por
ello, Jacqueline Straub ha tocado de forma incisiva las puertas del
Vaticano para obtener respuestas a eso que tanto la ha llamado, pero
también, para saber cuáles son las resistencias para mantener lejos a
las mujeres del sacerdocio.
A través de cartas enviadas a
distintas autoridades del Vaticano, Jacqueline Straub ha cuestionado por
qué la fe de las mujeres no tiene la misma valía y lo que ha recibido
como respuesta es preocupante. Si bien algunas respuestas son vagas,
muchas otras, tienen el objetivo de amedrentarla; eligen fragmentos de
la Biblia donde se violenta la figura de la mujer y las subrayan en
rojo.
Como por ejemplo, aquel pasaje donde dice «Las mujeres deben
callarse», esa carta firmada por un tal Alexander fue enviada al
domicilio de Jacqueline un hecho que, en un principio la incomodó, pero
más tarde, la hizo apropiarse de esta emoción de temor y celebrar que,
poco o mucho, si figura se ha convertido en la piedra del zapato de
muchos hombres al interior del Vaticano.
Los episodios en el
documental donde la periodista se enfrenta a distintas autoridades
clericales son difíciles de ver. Particularmente, su cara a cara con el
cardenal Gerhard Ludwig quien niega categóricamente que Jacqueline se
sintiera «llamada por el Señor», pues él nunca haría algo así; no se
equivocaría llamando a una mujer.
Un
momento de profunda tensión, donde de frente, niega la experiencia de
vida de la periodista diciéndole que lo más probable es que todo se
trate de un error.
«Es una provocación sin sentido. Las mujeres no pueden ser ordenadas sacerdotisas«,
respondió el cardenal a la periodista cuando le habló de la figura de
las mujeres como las 7 Danubio. Esta respuesta expone el devalúo que
tiene la Iglesia para mirar a las mujeres que, contra todo, han sido
ordenadas sacerdotisas y han dedicado –al igual que cualquier otro hombre– su vida a estudiar y divulgar la palabra del Señor.
Aunque
resulte una obviedad, Jacqueline recuerda algo innegable y es la forma
en que la Iglesia ha «quebrado» los sueños de miles de mujeres. Zanja su
participación señalando sentirse profundamente herida y triste, pues es
consciente de que, probablemente, nunca pueda convertirse en
sacerdotisa.
En una aparición pública del Papa Bergolio, Jacqueline
logra acercarse a él y le sostiene que, por favor, considere ordenar a
las mujeres y escuchar el llamado, sin embargo, el Papa se limita a
decir: «Sé una buena mujer».
«Espero
ver a las primeras mujeres ordenadas sacerdotisas, así podría morir con
una sonrisa en la cara porque sé que lo habré logrado todo en la vida»
(Jacqueline Straub)
Quebrar el sueño: Aprehendidas, castigadas y excomulgadas
Christina
Moreira «Luz Galilea», ha sido otra de las mujeres que fue ordenada,
sin embargo, en su andar por ser reconocida en la Iglesia los tropiezos
fueron múltiples.
Sobreviviente de violencia doméstica, Christina
expresa la sensación de haber sido llamada por el Señor, un hecho
místico que llegó a ella cuando meditaba el Evangelio. Recuerda mirarse a
sí misma y preguntarle al Señor por qué la había elegido a ella y que
probablemente se trataba de un error.
A sabiendas de que el camino
no es sencillo, Christina optó por suprimir su fe, pues nunca lograría
ser sacerdotisa, un hecho que la quebró emocional y psicológicamente,
tanto que, incluso, pensó en abandonar la Iglesia; quería eliminar de su
vida la fe, antes de luchar contra uno de los monstruos burocráticos
más poderosos.
Por seguridad, Christina cambió su nombre a «Luz
Galilea» y hace apenas un par de años, mientras estaba en la plaza del
Vaticano fue aprehendida y cuestionada de por qué usaba ropa sacerdotal,
aún, cuando fue ordenada por otra mujer años atrás. A pesar de explicar
su trabajo y mostrar documentación, Christina fue llevada a la
comisaría donde fue increpada por 2 horas y posteriormente, se le
confiscaron el alba y la estola que portaba.
Pero, de dónde viene
este rechazo total, ¿por qué la Iglesia no soporta ver a mujeres como
sacerdotisas?mExisten dos teorías donde se sostiene esta segregación
Dios eligió a sus 12 apóstoles como hombres
Los
sacerdotes son una extensión de Jesús, por ello, deben de ser a su
semejanza; una mujer no comparte características del Señor
Sin
embargo, la teología feminista ha debatido fuertemente estos dos
hechos, bajo la hermenéutica -reinterpretación de la Biblia- donde se
encuentra que, de hecho, las mujeres siempre existieron en el radar de
Jesús; Jesús llamó a todas las personas para igual para replicar sus
enseñanzas.
En añadidura, se ha demostrado que también llamó a
mujeres como sus seguidoras; mujeres poderosas que defendieron a Jesús y
que fueron borradas por la Iglesia.
«La historia de la Iglesia, es la historia del borrado de mujeres por su bien y de su concepción del mundo«, dice la teóloga Jamie Mason.
Entre los escritos se ha encontrado a una de los apóstoles de nombre Junias,
misma, a quien se le cambió el nombre haciéndolo masculino. Asimismo,
se sabe que Jesús nombró a María Magdalena «La apóstol de los
apóstoles», una mujer acaudalada que entregó su vida a Jesús y que ha
sido señalada por la Iglesia acusándola de prostituta, pecadora y
adúltera, aún, cuando no hay ningún registro en las Sagradas Escrituras
que enuncie explícitamente esto, refiere Jamie Mason.
En un
segundo apunte, ¿realmente las mujeres no se parecen a Jesús? Resulta
evidente que tampoco todos los hombres son a su semejanza. Mason
precisamente apunta a que se han ordenado a hombres europeos o asiáticos
que tampoco lucen como Cristo, en añadidura, la mayoría son hombres en
la vejez; Jesús tenía 33 años y no por eso se les ha impedido a hombres
caucásicos y en la vejez detener su sacerdocio porque no tienen
semejanza a Jesús. Y aunque esto parezca un apunte ridículo, es la misma
lógica que persigue la segregación de las mujeres; es arcaico esperar
que se debe lucir como Jesús para poder replicar su palabra.
A esto, se añade otra capa aún más interesante que la teología feminista ha puesto en el visor: ¿Y si Jesús no era hombre?
La teología feminista: Un cuestionamiento al mundo
En
México la teología de la liberación ha sido profundamente reveladora y
se está insertando como una parte muy fuerte de la realidad religiosa,
lo que implica que no sólo está ganando territorio, sino que, además, se
está peleando en contra del extractivismo de la sabiduría de las
mujeres. Y es que, cuando se habla de la teología, justo como ya
advertía la obra de Vélez, también se nombran los saberes ancestrales y
espirituales; esto no se trata de algún personaje religioso, sino más
bien, de una divinidad pura que se intenta alcanzar desde diferentes
frentes.
En entrevista con Cimacnoticias, la teóloga y
actual secretaria de cultura de la CDMX, Ana Francis Mor explica que una
de las cosas que hace la teología feminista es estudiar, abrazar y
reconocer todos los saberes espirituales de todas las tradiciones,
entonces, la conversación es riquísima en términos de conocimiento,
desde quienes se dedican a la curación, a la tierra, a la defensa de la
tierra, hasta las que vienen de haberse ordenado como religiosas hace 50
años y todo lo que les ha llevado a pensar en su trabajo de base.
De
esto se trata, precisamente, el territorio feminista en la religión; la
lucha de ser y vivir la fe desde la experiencia femenina, una
herramienta a la que muchas mujeres se están atando, siendo en esencia,
una parte importantísima: Las mujeres diversas ya no son expulsadas de
los mandatos de la Iglesia, sino pensadoras libres y constructoras de su
propia fe.
«Somos las mujeres que no queremos la sumisión
patriarcal incluso las que están desde una posición como lesbianas, es
decir como que nos han expulsado, ¿sabes? Estamos expulsadas de la fe y
de la espiritualidad, eso me llevó a pensar: «Ah, caray, ¿por qué?, o
sea, pensando en la fe también como la cuerpa, ¿no?, es ese territorio
por reivindicar la fe -la fe cualquier cosa que esto signifique para
cada una-«
Además de esta misma rebeldía de mujeres insertándose
en la Iglesia, nace otra idea fundamental: Reapropiarse de la figura de
Dios.
En una conversación más centrada en la materia, Ana Francis
Mor ataja que, cuando se habla de Dios -la palabra en sí. no
necesariamente es algo que se pueda explicar y no porque sea inexistente
o mágico, sino más bien, porque es muy amplio. Y es esta inmensidad, lo
que las mujeres están tomando con sus manos para construir los propios
refugios de su fe; no la fe androcentrista del «deber ser» o de lo que
pauta la institucionalidad, sino más bien, desde la propia experiencia
de vivirse mujer y con base en ello, comenzar a sanar las violencias de
las que hemos sido sujetas.
«En muchas culturas es la unicidad del
todo y cuando hablo del todo no es que cualquier cosa sea Dios sino el
todo es como la conjunción del todo, desde todas las culturas
prácticamente todos los sistemas de conocimiento religioso te hablan de
un futuro en el que todo se diluye en una sola cosa como una especie de
Big Bang a la inversa como un regreso a una energía en donde estamos y
donde está todo junto, -unido, pero no separado-.
Entonces digamos
en esta tirantez, todo sistema de conocimiento sagrado refleja este
anhelo de que no exista y esa desunión o distancia y de alguna o de otra
manera eso es Dios (…) en la mayor parte de los sistemas de
conocimiento sagrado, ya seriamente en el estudio, nadie te plantea que
tenga una forma siquiera, una forma, ni un sexo, sino que es el todo y
gracias al patriarcado, pensamos que Dios es hombre» (Ana Francis Mor)
Con
esta última reflexión es que se construye la posibilidad de seguir
repensando(nos) y saber que, allá afuera, las mujeres están puestas en
toda trinchera para seguir resquebrajando el sistema patriarcal,
algunas, luchando en las calles y otras, dinamitando con la palabra
«mujer» las raíces de la Iglesia, sin importar en dónde se esconda el
patriarcado, siempre hay combativas dispuestas a escribir su propia
historia.
.-Ciudad de México.- El movimiento feminista ha reconocido a María Magdalena como “pionera de la igualdad”. Es hora ya de que las iglesias cristianas hagan lo propio y devuelvan a las mujeres el protagonismo que tuvieron en el cristianismo primitivo y recuperar así su contribución histórica.
“Apóstala de apóstoles” es el título que dio a María Magdalena, Hipólito de Roma, quien considera a las mujeres portadoras de la verdad, y las llama apóstalas de Cristo; en el mismo sentido se expresa Jerónimo, quien reconoce a María Magdalena el privilegio de haber visto a Cristo resucitado «incluso antes que los apóstoles».
Sin embargo, con el proceso de patriarcalización, clerizalización y jerarquización del cristianismo, María de Magdala fue relegada al olvido; más aún, es representada como la penitente y la sirvienta de Jesús en agradecimiento por haber expulsado de ella los malos espíritus. Mejor suerte tuvo María de Nazaret, madre de Jesús, que fue declarada madre de Dios, elevada a los altares y tratada casi con honores divinos.
En las últimas décadas se ha producido un movimiento de recuperación de la figura de María Magdalena
por especialistas de la biblia cristiana, teólogas feministas que re
leen textos con la perspectiva de género, elaboran una reconstrucción
anti patriarcal de los primeros siglos de la iglesia, con una
hermenéutica
Cristina Fallarás, teóloga feminista emprendió una encomiable labor de rescate al devolverle una voz empoderada
a quien por años no la tuvo y fue satanizada por la iglesia. En las
páginas de El Evangelio según María Magdalena es el retrato feminista y
sensual de una mujer libre, cuyo papel en la fundación del cristianismo
ha sido borrado por la Iglesia. Es hora de combatir la versión del
patriarcado, porque su montaje ha resultado devastador. Con la voz de la
Magdalena todo se comprende.
Las mujeres constituyen la referencia indispensable de la transmisión del mensaje evangélico; más aún, son el eslabón esencial para el nacimiento de la comunidad cristiana. Sin el testimonio de las mujeres, hoy quizá no habría iglesia cristiana.
Así, la pasión de cristo se puede vivir con la mirada de María Magdalena, a quien se le ha querido desvirtuar y ubicar como una «prostituta«, pero la periodista y feminista española Cristina Fallarás tomó en cuenta, para reivindicarla los documentos de los evangelios Mateo, Marcos, Lucas y Juan, donde encontró que en ninguno de estos testimonios se refieren a ella como prostituta.
No obstante, la escritora en su obra El evangelio según María Magdalena encuentra que Pablo de Tarso en las epístolas sí lo hace y además no pierde oportunidad en lanzar frases discriminatorias para ella, quien era vista como una ciudadana de segunda al servicio de los varones, pero que no dejó a Jesús como los apóstoles –a excepción de Juan– y fue testigo de la crucifixión y resurrección.
María Magdalena lleva ese nombre por ser originaria de «Magdala»,
pequeña ciudad pesquera de la costa oriental del lago de Galilea, entre
Cafarnaún y Tiberíades, y es la mujer que aparece casi siempre citada en primer lugar en el grupo de discípulas de Jesús,
Ella
es discípula, pertenece al grupo más cercano a Jesús, ocupa un lugar
preeminente en él, hace el mismo camino que él hasta Jerusalén, comparte su proyecto de liberación y su destino.
Las mujeres que siguen a Jesús suelen ser citadas en los evangelios en
referencia a un varón; María Magdalena, no: una prueba más de su
independencia de toda estructura patriarcal.
Al formar parte del grupo de mujeres que sigue al Nazareno, realiza tareas domésticas (cocina, limpia, lava, sirve la comida). Para Fallarás algunos de los milagros que se le atribuyen al Nazareno son en realidad rumores, pues ellas se encargaban de tener todo listo para la gente que acompañaba al predicador, como la famosa historia de la multiplicación de panes y pescados.
En el libro de la feminista española dice que la voz de una mujer cuenta la historia de Cristo. Esta vez nadie la juzga, no hay miradas que limiten su presencia ni sus actos. Los epítetos misóginos están fuera de lugar: ni virgen, ni santa, ni prostituta, ni mujer engendradora. Ella es María de Magdala o María Magdalena, un rostro cercano al nazareno.
Conviene recordar que las mujeres desde la antigüedad, en Grecia, durante el siglo V a.C., no tenían derechos.
En esos años los esclavos, los extranjeros, las personas con
discapacidad y las mujeres no podían participar en la vida política. Con
la presencia del nazareno, la visión sobre la mujer no podía ser distinta.
María Magdalena es un personaje que ha ocupado la atención de varios narradores
desde Cervantes, Erasmo, Teresa de Ávila, Nikos Kazantzakis, Marguerite
Yourcenar, Pedro Miguel Lamet y José Saramago, entre otros. El punto en
común es el deseo de restituirle la voz a una mujer que fue importante en la vida y muerte de Cristo.
En la versión de José Saramago, El evangelio según Jesucristo, María de Magdala es vista como esposa de Cristo, hecho que desencadenó polémica. Sin embargo, Saramago todavía usaba la palabra prostitución para referirse a los antecedentes de María Magdalena.
Se da voz a una mujer bíblica
Fallarás es una narradora, periodista y activista en favor de los derechos humanos de las mujeres, quien da voz, de una manera sui generis, a este personaje bíblico. La María Magdalena de Fallarás es solidaria, lúcida, entusiasta, crítica, a veces intolerante y previsora.
Por otra parte, la vida de la mujer de Magdala es áspera como una roca. Su padre murió decapitado. Elabora un discurso a partir de la orfandad,
desde el corazón de la mujer que ha sufrido y ha vivido la segregación.
Es amiga de María, la madre de Cristo, y eso en ocasiones la vuelve su
confidente.
«Yo María, hija de Magdala, llamada ‘la Magdalena’, he llegado a esa edad en la que ya no temo al pudor. Yo, María Magdalena, aún conservo la furia que me enfrentó y me enfrenta a la idiotez, a la violencia y al hierro que imponen los hombressobre los hombres, los hombres contra las mujeres.
Dejo constancia aquí de los extraordinarios sucesos de los que fui testigo. Mi decisión es firme. Yo conocí al Nazareno.
Fui la única que jamás se separó de su lado. No es vanidad. Es así. Me
siento a relatar todo esto para que se comprenda su final y borrar
tanta mentira. Nada será narrado en vano», plasma en su libro la
Cristina Fallarás.
El evangelio según María Magdalena puede incomodar a las mentes más conservadoras y, a la vez, ser un discurso dinámico para quienes pueden imaginar a una mujer atípica.
En 2016, el papa Francisco redimió la figura de María Magdalena, quien durante años fue tachada de prostituta, poseída por siete demonios. A partir de esa fecha, la iglesia católica la define como “la apóstala de los apóstoles”;
ese reconocimiento se debe a que ella fue la primera en anunciar la
resurrección de Cristo y la primera a quien Jesús llama por su nombre.
La fidelidad o infidelidad a una causa y a una persona se demuestran en la hora de la persecución y del sufrimiento. Cuando Jesús es condenado a muerte, los discípulos varones huyen por temor a ser identificados como miembros de su movimiento y correr la misma suerte que él. Solo las mujeres que le habían seguido desde Galilea le acompañan en el camino hacia el Gólgota y están a su lado en la cruz.
Dentro del grupo de mujeres, los evangelios citan a María Magdalena en primer lugar. Ella funge como discípula fiel, no de un mesías triunfante, sino de un crucificado por subvertir tanto el orden establecido religioso como el político de carácter imperial y patriarcal.
Los distintos relatos evangélicos coinciden en presentar a las mujeres como testigos de la resurrección y a María Magdalena como la primera entre ellas. Es precisamente ella quien comunica la noticia a los discípulos,
quienes reaccionan con incredulidad. Ella cumplió las tres condiciones
para ser admitida en el grupo apostólico: haber seguido a Jesús desde
Galilea, haber visto a Jesús resucitado y haber sido enviada por él a
anunciar la resurrección.
El reconocimiento de María Magdalena como primera testigo del resucitado explica su protagonismo en el cristianismo primitivo, al mismo nivel que Pedro, e incluso mayor en algunas iglesias. Sin embargo, en las cartas paulinas y otros escritos de la biblia cristiana, el testimonio de las mujeres ya no aparece, y María Magdalena es sustituida por Pedro.
Ello
se debe a que la Iglesia estaba empezando a someterse al dominio
masculino, que muy pronto comenzó a suprimir el importante lugar ocupado
por las mujeres en el movimiento de Jesús.
El silenciamiento, por
parte de Pedro y de otras tradiciones de la biblia cristiana, de la
aparición de Jesús a María Magdalena y a otras mujeres llevó derechamente a la exclusión de estas de los ámbitos de responsabilidad comunitaria.
Interlocutora preferente de Jesús
En los diálogos de revelación de los Evangelios de tendencia gnóstica, María Magdalena aparece como interlocutora preferente de Cristo resucitado y hermana de Jesús, discípula predilecta y compañera de el salvador.
Esa posición privilegiada provoca celos en algunos apóstoles, especialmente en Pedro,
quien, según el apócrifo Pisis Sophia, reacciona en estos términos:
«Maestro, no podemos soportar a María Magdalena, porque nos quita todas
las ocasiones de hablar; en todo momento está preguntando y no nos deja intervenir».
Lo que hace falta es vencer las resistencias del pensamiento androcéntrico y de la organización patriarcal de la mayoría de las iglesias cristianas, y recuperar en la práctica la tradición del movimiento de Jesús como discipulado de iguales que lo seguían y el seguimiento de su causa de liberación de todas las esclavitudes.
Teresita tenía 15 años cuando ingresó al Instituto Tecnológico Yalbi
en el estado de Tlaxcala. Era 1993, su hermana ya estaba dentro y ella
aceptó seguir sus pasos en búsqueda de oportunidades para continuar sus
estudios. Mercedes también tenía 15 cuando entró en la escuela Montefalco,
en Morelos, pensando que podría estudiar el bachillerato. La invitó una
vecina y ella aceptó porque, aunque soñaba ser contadora, le quedaba
cerca de su familia a diferencia de otras opciones académicas. A Ofelia, que era trabajadora doméstica, su patrona la llevó a un centro de formación profesional en Ciudad de Méxicocuando tenía 19 años. Las tres terminaron viviendo en casas del Opus Dei, trabajando sin descanso y sin pagocomo servicio doméstico de los miembros de élite de la organización más secreta de la Iglesia Católica.
Teresita, Mercedes y Ofelia son las tres primeras mexicanas que denuncian laexplotación de mujeres pobres a manos de la “Obra de Dios”.
A ellas las formaron para dar servicio doméstico profesional y después
limpiaron y cocinaron durante años en sus residencias cerradas como “numerarias auxiliares”
-así se las llama internamente-. Además, les hicieron comprometerse a
una vida de castidad, pobreza y obediencia con la promesa de que así
podrían “santificarse ante Dios”.
Estas primeras denuncias en México resultan iguales a los hechos que en Argentina se investigan como trata de personas para explotación laboral: la justicia formalizó una acusación tras demostrar que durante al menos 40 años existió un sistema dereclutamiento de mujeresde escasos recursos para educarlas y convertirlas en “sirvientas profesionales” y hacerlas trabajar sin recibir ninguna remuneración.
Para Teresita esa fue su vida durante 15 años, para Ofelia fueron 25 y para Mercedes fueron 30. Todas vivieron en distintas ciudades y residencias delOpus Dei en la República Mexicana.
Este reportaje muestra que en México existen, al menos, seis escuelas de internado para niñas a partir de los 14 años de la Prelatura del Opus Dei, que comenzaron a funcionar en el país a finales de los años 50s.
Ilustración: Andrea Paredes @driu.paredes
Además, existen centros de formación en labores en una decena de ciudades donde es común que las mujeres de la Obraenvíen a sus “criadas” y donde también se han captado a jovencitas. De acuerdo con la académica e investigadora de la UNAM, Virginia Ávila García, quien hizo un extenso trabajo de investigación sobre el papel de las mujeres en elOpus Deien México, la institución ha establecido otras unidades de formación en hospitalidad y hotelería exclusivas para mujeres, como: el Centro Escolar Yaocalli y Centro Escolar el Paseo en la Ciudad de México, al igual que Alhucema y Escuela Oxtopulco,
que fue cerrada en 2019. La Escuela Palmares, exclusiva para mujeres
en Guadalajara, y la Escuela Técnica Jazlim, forman parte de las
iniciativas de obras sociales de miembros del Opus Dei.
Respecto a las primeras denuncias públicas de exnumerarias auxiliares en México, las autoras solicitaron información y una postura oficial a la Oficina de Comunicación delOpus Dei en el país, que niega la existencia de condiciones de explotación,
pero reconoce la existencia de distintas iniciativas educativas que
“con el propósito de fomentar el desarrollo de las personas en diversos
contextos y realidades del país, algunas se enfocaron, en sus inicios,
en comunidades rurales” y “ofrecieron prácticas profesionales en el ámbito de la hospitalidad”. Algo similar respondió en Argentina, donde negó “categóricamente” los relatos de 43 mujeres denunciantes, a pesar de que la justicia federal de ese país presentó una acusación formal que da cuenta de que los hechos ocurrieron.
Captación religiosa: “La escuela no era lo que prometían”
TeresitaAvelar ahora tiene 47 años, pero recuerda muy bien su decisión de los 15 de entrar como internada en el Instituto Yalbi (Apan), cerca de la casa de su padres en Calpulalpan, Tlaxcala,
donde además ya había ingresado su hermana mayor. “La escuela tenía
fama de tener buena educación, además de interesantes convenios con
empresas para hacer, supuestamente, prácticas profesionales en hoteles
distinguidos”, dice la mujer, que confiesa que cuando decidió ir fue
porque le parecía una buena oportunidad.
Pero una vez adentro, muy pronto se dio cuenta de que la escuela no era lo que prometía:
“En vez de tener las clases normales, nos enseñaban técnicas de lavado,
planchado, técnicas de costura, panadería, repostería, así como
recursos para llevar la administración de un hogar”. Además, como en
teoría no pagaban la cuota completa, les decían que tenían que trabajar
para cubrir el resto. “Nos decían que era una práctica, pero nos exigían
perfección en todo y teníamos que trabajar bajo presión todo el tiempo,
era una preparación a lo que, supuestamente, nos íbamos a dedicar”.
Fue
en el medio de las clases y el trabajo, ya cargado además de rutinas
religiosas que incluían oración diaria y confesión semanal rigurosa, que
le dijeron que Dios veía en ella “vocación para ser numeraria auxiliar”, una categoría que es la más baja de la organización
y que se dedica única y específicamente a mantener los “centros”, que
es como se llaman las residencias donde conviven los miembros célibes
del Opus Dei -numerarios y numerarias-, separados por género. Teresita dice que ella no creía tener esa vocación, pero se sintió atraída por lo que le ofrecían.
Teresita Avelar. Ilustración: Andrea Paredes @driu.paredes
Una vez que aceptó, y la aceptaron, su vida cambió: una de las primeras cosas fue que empezó a tener una rutina mucho más estricta de vida religiosa que incluía vigilancia espiritual, usar elementos de autoflagelación
y trabajar más duro. Además fue enviada a una formación doctrinal
exigente, tras la cual le asignaron atender casas de retiro donde
miembros de la Obra y estudiantes de la Universidad Panamericana participaban de actividades espirituales.
“El sueldo era contado, pero de cuentito: no recibíamos nada.
Ni siquiera nos decían un monto específico”, afirma y asegura que la
excusa de la institución era que con el sueldo por su trabajo pagaban su
estancia en las casas de la Obra.
La rutina diaria de Teresita y del resto de las auxiliares
era siempre igual: antes de las 6 de la mañana sonaba el despertador y
no era hasta las 10 de la noche que iban a dormir. Las tareas las
asignaban las directoras (numerarias) y el trabajo incluía la atención integral de las casas: limpieza diaria, cocina de cuatro comidas, lavandería, tintorería, costura, portería, etc. Entre unas y otras tareas hacían ejercicios espirituales y oración,
incluso mientras trabajaban, para reducir al mínimo el diálogo. No
tenían permitido escuchar música o ver la tele, sino que sólo podían
hacerlo durante el fin de semana o con autorización de las numerarias
encargadas de supervisar su trabajo.
“Demasiado rezar, demasiado obedecer, demasiada sumisión, mucha ingenuidad, eso no me gustaba”, describe Teresita,
que explica en qué consistían los “castigos corporales” que se les
exigía: uso de una liga metálica con puntas (cilicio) ajustada a la
pierna durante dos horas diarias mientras trabajaban, dormir sobre una
tabla o en el suelo, ducharse con agua fría al menos una vez a la
semana y autolatigarse con una soga de varias puntas anudadas
(disciplina) “para evitar las pasiones carnales” y cumplir su compromiso
de castidad obligatoria por ser miembro del Opus Dei.
“Los castigos personales debían ser discretos, nadie se tiene que dar
cuenta”. Al usar el cilicio debían hacerlo en lugares que no fueran
notorios como las piernas. “A mí la disciplina nunca me gustó usarla, no
le encontré un sentido. Me shockeaba psicolgóciamente tener que latigarme sola, eso me ponía mal y no lo hacía, pero no hacerlo me metía en un conflicto de fidelidad, porque así lo manejan”.
Se
alejó de su familia desde que ingresó a la escuela y estuvo
incomunicada también durante su estancia laboral; sólo podía salir un
día a la semana a la comunidad para hacer acciones de “proselitismo”:
“Debíamos alistarnos en cursos para conocer a otras jóvenes e invitarlas
a ir al Opus Dei y a formar parte de las escuelas”.
Tras más de 10 años de labores domésticas,
la falta de descanso, las imposiciones de disciplina y no tener
decisión sobre su vida comenzaron a agotarla. Empezó a cuestionarse si
debía pasar toda su vida en aquel lugar. “Veía gente mayor que, aún con
su edad y enfermedades, no dejaban de trabajar. El trabajo de las numerarias auxiliares
es muy pesado, físico siempre. Vi tantos ejemplos que yo no quise
llegar a envejecer ahí de esa manera”. Sin embargo, le llevó varios años
más conseguir irse: sentía miedo y culpa de fallarle a Dios.
“Lo que el Opus Dei
enseña es que se puede alcanzar la santidad a través del trabajo.
Entonces, si abandonas el trabajo abandonas tu santidad”. Dejó el Opus Dei en 2007, después de huir del centro Frontera
-así llamado por la calle sobre la que se ubicaba-, en la colonia San
Ángel, en Ciudad de México. Había pasado 14 años dentro. Nunca cobró por
su trabajo ni estuvo feliz, dice. “Me costó muchos años animarme a
hablar de esto. Recién después de muchos años de vivir en la Argentina,
hoy puedo dar testimonio”.
Servidumbre y encierro: “Me explotaron por 30 años, incluso cuando enfermé”
A Mercedes Teteltitla el Opus Dei
no logró arrebatarle su fe. Desde que salió, hace 12 años, el centro de
su vida lo ocupa su tarea como catequista de niños en su natal Morelos.
La acompaña a diario el dolor constante de la fibromialgia
que padece, que comenzó cuando apenas pasaba los 30 años pero ya tenía
la mitad de su vida trabajando sin descanso ni atención médica en residencias delOpus Dei
en distintas ciudades de México. Fue esa enfermedad la que la hizo
salir: “Yo ya no les servía más”, dice. Salió sin dinero ni cobertura
médica. Sin nada. Tenía 46 años.
Era una adolescente que soñaba con convertirse en contadora cuando una amiga le insistió en que se inscribiera en el Colegio Montefalco. Mercedes ya había conseguido un cupo en una escuela en Cuernavaca, pero quedaba más lejos de su casa y de su familia.
“Ella me dijo que ya estaba estudiando en Montefalco
para ser educadora y estaba a punto de salir, en el último año. Me dijo
‘vamos está muy bonita la escuela, está cerca de tu casa, así no te
alejas de tus papás y nos vamos a seguir viendo’. Así fue como yo conocí
el Opus Dei”, recuerda Mercedes.
Mercedes Teteltitla. Ilustración: Andrea Paredes @driu.paredes
Al
poco tiempo de su ingreso, las instructoras de Montefalco le
comunicaron a Mercedes que tenía “vocación” para formar parte del Opus Dei como numeraria auxiliar.
Así podría “santificarse sirviendo a Dios”. Tenía 17 años.
“Rápidamente me dieron clases como de hotelería: cómo hacer una cama,
cómo fregar pisos, cómo lavar todos los trastes, vajillas, el cuidado y
mantenimiento de distintas prendas y tipos de telas, tapices, etc”, comenta la mujer que ahora tiene 60 años.
También le dieron clases de cocina y pronto la encomendaron al área de alimentos, principalmente en repostería y panadería de una de las casas de retiros y convivencias del Opus Dei en la Hacienda Montefalco, Casa Grande. “Es una casona a la que van personas a recibir formación o ‘curso anual’ -equivalente a las vacaciones- de miembros de la Obra, varones y mujeres”,
cuenta. Y recuerda que iban grupos de unas 50 personas, nunca mujeres y
varones mezclados, a quienes se daba servicio 24 horas: limpieza de
habitaciones, baños y áreas comunes, lavandería de las cosas de la casa y
de la ropa personal, servicio de cuatro comidas de categoría y todo
elaborado allí. Al mismo tiempo que trabajaba, a Mercedes le encomendaron instruir en labores de limpieza a las jóvenes nuevas.
Mercedes era muy buena en su tarea y trabajaba sin descanso. Tanto que a los 5 años de entrar en la Obra, la enviaron de Montefalco como encargada de la cocina de la Comisión Regional, donde habita el Consiliario, que es la máxima autoridad del Opus Dei en México y la más importante de Latinoamérica.
Al igual que Teresita, Mercedes también se alejó de su familia una vez que ingresó al Opus Dei. Su primer reencuentro con su familia fue 10 años después de “pitar”
en la Obra: así se dice al acto de pedir la admisión a través de una
carta manuscrita que se envía al prelado, la autoridad máxima del Opus Dei, que reside en Roma. “Una vez que entras, te dicen que tu familia ya no es tu madre, tu padre y tus hermanos, sino la Obra”, afirma Mercedes, a quien incluso le prohibieron salir para atender a sus padres enfermos.
“A
mi me engañaron y me sacaron la oportunidad de estudiar y mi sueño de
ir a la Universidad”, dice la mujer, que sólo pudo concluir hasta el
primer año de bachillerato, a través de guías y exámenes que hacía en el
internado, pero no a través de clases regulares. No podía por falta de
tiempo, porque toda la presión estaba en el trabajo, en capacitar a
otras jóvenes y seguir rutinas diarias de disciplina religiosas: misa,
oración, lecturas, meditaciones, confesión, etc. “No tenía tiempo ni de
respirar. Ya no podía estudiar, sólo estaba dedicada a los trabajos del hogar en la Obra”, dice.
Tanto
trabajo ni siquiera le dio la posibilidad de ayudar a sus padres,
porque jamás le pagaron por ninguna de sus tareas. “Nunca jamás vi
ningún cheque, ni sobre con dinero, ni sabía cuánto ganaba aunque nos
decían que las personas que atendíamos pagaban todos los servicios”. Lo
que les decían, cuenta Mercedes, es que todo el dinero por su labor
pasaba a “la caja” para pagar sus estancias y aprendizaje en las
escuelas.
Con más de 20 años de servicios, la salud de Mercedes
comenzó a tener complicaciones. Se sentía agotada, le dolían los
huesos, tenía dificultad para subir escaleras, empezó a perder el
apetito y dejó de dormir. Su malestar físico se incrementó al grado de
no poder cumplir de manera completa con su trabajo de auxiliar, lo cual
empeoró con sentimiento de culpa y depresión, incluso pensó en quitarse
la vida.
“Yo todos los días pedía: Dios mío yo me
quiero morir, yo ya no quiero vivir aquí y así. Si yo no puedo trabajar,
qué hago aquí”, cuenta Mercedes, a quien pese a que le
dieron atención médica no podía cumplir con el reposo recomendado por
la exigencia de sus superioras. “Sufría tanto los dolores que pedí que
al menos no me hicieran subir escaleras, pero en cambio la directora me
exigió limpiar el tercer piso de la residencia”. La razón: el
sufrimiento es una ofrenda a Dios.
Pese a que inició con malestares físicos cuando cumplió 30 años, no fue hasta años después que le diagnosticaron fibromialgia,
una enfermedad crónica y degenerativa que afecta los músculos. Si bien
su causa se desconoce, hay estudios que la relacionan con el estrés y el
trabajo físico extremo.
En el Opus Dei
no se hicieron responsables de su estado físico y le recomendaron dejar
la Obra. “Aquí no puedes estar sin hacer nada”, le dijeron. Salió en 2010 sin un centavo.
“Yo salí del Opus Dei y me alejé de Dios: me preguntaba cómo es que si existía permitía que nos hicieran esto”
A Ofelia Almazán todavía se le quiebra la voz al hablar sobre los más de 25 años que estuvo trabajando encerrada en distintas propiedades del Opus Dei: tres años estuvo en Morelos, cinco en Monterrey y 17 en un sólo centro de la Ciudad de México, entre otros.
En su caso, no era menor cuando ingresó. Fue a través de una mujer para la que hacía trabajo doméstico, quien era supernumeraria de la Obra, la categoría de miembros de clases medias y altas que forman familia.
Su empleadora la llevó al centro Zirahuén, en Ciudad de México. Allí, en dos meses, la convencieron de que tenía “vocación” para santificarse en el Opus Dei. “A mí me hicieron muy rápido el lavado de cerebro y entré sin saber casi nada de lo que iba a ser mi vida”.
Tenía
muy poco tiempo dentro cuando supo que su voz no tenía ningún lugar
ahí: estaba en “el planchero” trabajando y propuso una técnica para
hacer la tarea. De inmediato, una superiora la hizo callar y le dijo:
“Aquí se viene a obedecer, no a mandar”.
La rutina de
trabajo fue muy exigente desde el primer día. Además, apenas llegó la
mandaron a hacer el “centro de estudios”, que son dos años de formación
intensiva en la doctrina del Opus Dei -es obligatorio para todos los miembros célibes, que el contenido depende de la categoría-. Desde allí la enviaron al internado de Toshi para instruir a las niñas que llevaban desde los pueblos de los alrededores. Las numerarias -superioras- las iban a buscar, relata Ofelia
sobre la manera en que las reclutaban. Y agradece no haber hecho caso
nunca al deber de llevar nuevas “vocaciones”: “Te decían que si no
llevabas gente no hacías apostolado, no servías a la Obra… Gracias a
Dios yo nunca llevé a nadie, porque les prometían algo que no era”.
Ofelia Almazán. Ilustración: Andrea Paredes @driu.paredes
Para Ofelia,
el engaño principal era que decían que se vivía como en una familia
“numerosa y pobre”, pero eso no era cierto. “Siempre había un trato
diferencial con nosotras, en el trato y en cómo vivíamos, mientras las numerarias y numerarios y sacerdotes vivían con lujos”. Para las auxiliares
no era igual la casa ni las sábanas ni la ropa ni la comida ni la vida
diaria. Tampoco las llevaban a control médico, sólo cuando tenían alguna
enfermedad fuera de lo común o un accidente.
“Yo sí siento que me explotaron,
en especial en los 17 años que viví en Ciudad de México: empezábamos
muy temprano, como a las 6 de la mañana. Y hasta las 9 de la noche yo a
veces seguía planchando porque tenía que entregar la ropa. Éramos como
unas 25 auxiliares ahí”.
Además de planchar y lavar,
Ofelia limpió y atendió residencias de hombres. Mucho tiempo fue
cocinera y también ”doncella”, que son las auxiliares que pasan a servir
la mesa. “No podíamos tener ningún contacto con los numerarios, nunca.
Todo era por el telefonillo, pero cuando eras doncella tenías muchas
reglas para evitar el contacto. Ellos también: cuando pasábamos no
levantaban la vista. El único que nos llegaba a ver era el sacerdote”.
En los más de 25 años en los que estuvo dentro del Opus Dei
trabajó sin descanso. Tanto que una vez su familia viajó a verla a la
residencia en la que trabajaba,apenas llegaron la directora del lugar
los echó: “Se van a tener que ir porque ‘Ofe’ tiene mucho trabajo acá’,
les dijo. “Mi familia se fue muy sentida y desde esa vez nunca volvió a
visitarme. Mi mamá estaba muy enojada con que yo estuviera ahí”.
Además
de limitar las visitas, tampoco la dejaban ir a ver a sus padres: “Hice
caso, pero cuando mi madre estaba grave me fui a la fuerza a verla y no
sé cómo, pero llegaron hasta ahí a buscarme. Yo no me quise ir, pero
otra vez vinieron y al final me llevaron. Te dicen que el Opus Dei es tu familia y que no debes abandonarla por nada”.
Al repasar su vida, Ofelia
dice que nunca se sintió realmente contenta dentro de la institución.
Sin embargo, no se iba por miedo: “Me decían que traicionaba a Dios y
que mi familia se iría al infierno. Además, te dicen que qué vas a hacer
afuera, que la vida es difícil para una mujer sola”.
Eso
la llevó a quedarse hasta que no pudo más. “Cuando ya llevaba muchos
años, me deprimí. Estuve cada vez peor y llegué al extremo de que no
quería vivir más. Porque aunque vivía con mucha gente, me sentía muy
sola y no me sentía cuidada ni querida por la Obra”. Eso la llevó a
tomarse un cóctel de pastillas. “Al día siguiente me desperté con los
brazos amarrados. No era exactamente un psiquiátrico. Me dejaron ahí dos
meses y las numerarias me iban a ver cada 8 días. Mi familia no sabía
nada de lo que me había pasado y nunca lo supo”.
Una
vez afuera, empezó una consulta con un psiquiatra y, como no era de la
Obra, siempre entraba con ella a la sesión una numeraria que escuchaba.
Así fue hasta que un día el médico pidió que lo dejaran a solas con
Ofelia y le dijo: “Tú te tienes que ir del Opus Dei,
porque si no van a acabar contigo”. Salió de allí decidida a irse pero
no fue inmediato. “El día final fue porque una de las numerarias me dio
una bofetada y yo dije ya está. Y salí y me fui a vivir con una hermana
durante un año, y después con un hermano otro año. Hasta que después
pude irme sola”.
A diferencia de Mercedes, que conserva su fe, Ofelia dice que salió muy enojada de la Obra. “Cuando salí ya no
creía en Dios, porque me preguntaba cómo podía ser que si Dios existe a
nosotras nos hacían eso. Yo salí muy sentida de la Obra, porque lo se
vivía ahí adentro era una mentira total”.
En los
ocho años que lleva fuera consiguió pagar su casa con su trabajo en
servicio doméstico. Ahora es empleada doméstica de lunes a sábados y
vuelve a su casa sólo los fines de semana.
La respuesta del Opus Dei: “Siempre (hemos) respetado la normativa jurídica en materia laboral”
La respuesta oficial delOpus Dei a Animal Político señala que “actualmente hay 450 numerarias auxiliares en México, todas ellas mexicanas, y que “en los últimos años, aproximadamente un 4 % de las numerarias auxiliares
han preferido seguir otro camino”. Sin embargo, según las denunciantes,
serían muchas más las que han salido, en la mayoría de los casos a
escondidas o escapando.
Respecto de la tarea de estas mujeres, dice la institución que su trabajo “es remunerado con un sueldo acorde al mercado.
Cada numeraria auxiliar recibe un ingreso del que dispone libremente
para cubrir sus gastos personales y de manutención”, aunque no aclara
cómo fue en el pasado. Agrega que “desde hace varios años se han ido
registrando todas al IMSS. Actualmente prácticamente todas están dadas de alta” y que “desde 2014, cuentan con un seguro de gastos médicos mayores con cobertura amplia”. Tampoco describe qué ocurría antes de ese año.
Por último, aclaran que “el Opus Dei siempre ha respetado la normativa jurídica en materia laboral.
En más de 40 años no se ha registrado ninguna reclamación judicial de
tipo laboral en nuestro país ni tenemos noticia de alguna denuncia ni
ante las autoridades civiles ni ante la Prelatura”.
Ilustración: Andrea Paredes @driu.paredes
A punto de cumplir su primer centenario, que celebrarán en 2028, el Opus Dei
tiene en México su territorio más vasto fuera de España desde mediados
del siglo pasado. Así lo relata en su página web, donde cuenta que “a partir de 1949, el novedoso mensaje del Opus Dei prende en todo tipo de ambientes en México, país que tiene la primogenitura en América” y resalta la figura del arquitecto y sacerdote Pedro Casciaro como el primer enviado a estas tierras de José María Escrivá de Balaguer, el cura español fundador de la “Obra de Dios”.
El 18 de febrero de 1949 abrió el primer “centro” del Opus Dei
en la Ciudad de México, en un departamento de la calle Londres y un mes
después el arzobispo Luis María Martínez celebró allí la primera misa.
“Bajo la protección de la Virgen de Guadalupe (…) pronto la labor
apostólica se extiende a Culiacán, Monterrey y Guadalajara”, relata la
institución.
El Opus Dei
había nacido en 1928, pero el primer aval oficial lo obtuvo en la década
del 40 en España y llegó a México y a toda América Latina mucho antes
de su constitución jurídica como prelatura personal, que le otorgó Juan Pablo II en 1982. Esta figura, única en la Iglesia Católica,
es una estructura jerárquica y piramidal que funciona con autonomía de
las diócesis y los obispados, y responde a sus propias autoridades en
Roma. Por encima del prelado del Opus Dei sólo está el papa.
Según declara el Opus Dei,
su presencia alcanza 68 países, entre los que suma unos 90,000 miembros
y casi un 10 % de ellos están en México. Esta cifra se sostiene desde
hace dos décadas, aunque hoy se estima que son muchos menos.
Con una estructura jerárquica, el Opus Dei
es una pirámide que tiene en la cumbre a religiosos -curas- que apenas
representan el 2 % del total de los miembros. El otro 98 % son laicos.
Si bien todos son considerados iguales en su santidad y compromiso, hay
distintas formas de pertenecer. Luego de los sacerdotes están los numerarios, que son los miembros célibes que viven con compromisos de castidad, pobreza y obediencia en residencias de la Obra. Los numerarios son hombres profesionales o en camino a serlo que trabajan en su profesión -en el ámbito privado o público-, pero entregan sus ingresos a la institución y conviven en casas propia de la Obra. Otra categoría es la de agregados, que también hacen compromisos de castidad, pobreza y obediencia, pero pueden vivir en sus casas. Luego están los supernumerarios,
que pueden formar familia y tienen el mandato de que sean numerosas.
Representan el 70 % de los miembros y su aporte es con dinero, bienes,
trabajo y vínculos.
La misma estructura se replica en la rama femenina, a la que además se agrega la de las numerarias auxiliares, que son las que llevan adelante el servicio doméstico de los centros,
las residencias, las casas de retiro y las administraciones. Esa
vocación no puede cambiar: no hay posibilidad de que una numeraria
auxiliar se convierta en numeraria, por lo que toda su vida se
desarrolla en tareas de cocina, limpieza, atención y mantenimiento.
Ilustración: Andrea Paredes @driu.paredes
Un sistema igual al que en Argentina ya se investiga como trata
En septiembre de 2021, 43 mujeres exnumerarias auxiliares denunciaron ante el Tribunal para la Doctrina de la Fe del Vaticano que habían sido víctimas de trata
y reducción a la servidumbre en la Argentina. Entre ellas, había
también mujeres reclutadas en Paraguay y Bolivia que habían sido
llevadas con el mismo fin a Buenos Aires. La representación relató cómo
las mujeres habían sido captadas siendo niñas y adolescentes en lugares pobres y rurales, luego alejadas de sus familias y manipuladas espiritualmente para comprometerse a una vida de trabajo y compromiso religioso.
Sin respuesta formal del Vaticano, las denuncias públicas de las mujeres fueron tomadas por la Procuraduría contra la Trata de Personas para Explotación de la Argentina
(PROTEX), que en septiembre de 2022 inició una investigación secreta y
elevó una denuncia a la justicia federal que culminó en septiembre de
2024 con una acusación contra las máximas autoridades del Opus Dei en la región Río de la Plata y un pedido de indagatoria que debería concretarse en los próximos meses.
“Este proceso judicial es muy importante ya que es la primera vez que se investiga seriamente al Opus Dei y se imputa penalmente a sus máximas autoridades”, dijo a Animal Político el abogado Sebastián Sal, defensor de las 43 mujeres y querellante en la causa.
PROTEX y la Fiscalía describieron la existencia de un sistema de captación engañoso,
planificado y deliberado, dirigido a proveer a los miembros varones de
un servicio doméstico equiparable al de una servidumbre, ya que no
contemplaba ningún pago por la tarea ni derechos laborales básicos. La
acusación describe el modus operandi del Opus Dei para someter a las mujeres
como un plan de varias etapas: captación de niñas y adolescentes de
entre 12 y 16 años mediante una selección engañosa, que “consistía en
presentar una propuesta falsa relacionada con la posibilidad de
continuar y completar sus estudios primarios y secundarios, así como
recibir formación profesional para obtener oportunidades laborales, todo
ello en un contexto de enseñanza religiosa”.
Además de la dinámica de ingreso alOpus Dei,
la investigación enumera y describe la situación de las víctimas dentro
de los “centros” de la organización, las prácticas de manipulación
psicológica, el sistema de creencias, el “control disciplinario mediante
elementos de castigo” y una serie de “normas de vida” que debían llevar
las mujeres y que implicaban un sistema de charlas,
confesiones y oraciones, además de la obligación de la castidad, el
aislamiento de los vínculos familiares, la restricción de sus
comunicaciones y cualquier contacto con el mundo exterior, el control psicológico y condicionamiento conductual,
como también el control de la salud física y mental mediante visitas
médicas supervisadas y suministro de pastillas psiquiátricas.
Tras la difusión de la acusación formal en Argentina, a través de un comunicado el Opus Dei negó “categóricamente” los hechos investigados y explicó que las mujeres ”libremente eligieron una vocación espiritual dentro de la Iglesia Católica como numerarias auxiliares”, es decir, mujeres del Opus Dei
que, “como todos los demás miembros, aspiran a amar a Dios y a los
demás y lo demuestran a través de su trabajo y de su vida cotidiana,
dedicándose al cuidado de las personas y las casas, dentro de un
ambiente familiar que el Opus Dei pretende proporcionar”. Además, aseguraron que recibían un salario, algo que las denunciantes desmienten por completo.
A partir del impacto internacional de esta noticia, que es la primera acusación formal contra una institución de la iglesia católica por trata de mujeres para servidumbre, en al menos 20 de los 68 países en los que funciona el Opus Dei empezaron a aparecer testimonios muy similares a los de Argentina que dan cuenta de que este sistema de captación y explotación de mujeres se replicó en todas las latitudes de manera prácticamente exacta. Estos primeros testimonios en México lo confirman.
Algunas sirven en los aposentos de los obispos o cardenales. Otras trabajan en las cocinas de las congregaciones de la Iglesia.
Algunas
se levantan al amanecer para preparar el desayuno y no se acuestan
hasta que la cena esté servida, la casa arreglada y la ropa lavada y
planchada.
Ninguna tiene horario ni paga fija que, en caso de existir, pudiera considerarse digna y proporcional al servicio que brindan.
Pero es aún peor: no son reconocidas como pares, ni se les permite ejercer otros oficios para los que están capacitadas y se les ignora sus derechos.
Esa
es la vida de muchas monjas que están sometidas a una vida de
servidumbre, mayoritariamente al clero masculino de la iglesia Católica,
según un artículo publicado este jueves en la revista mensual Donne, Chiesa,mondo (Mujeres, Iglesia, mundo) de L’Osservatore Romano, el diario oficial del Vaticano.
Su director, el profesor Giovanni Maria Vian, elogió el artículo y dijo a BBC Mundo que es una señal de que las cosas “sin duda, van a cambiar”.
Excluidas de la mesa
La
periodista en temas religiosos Marie-Lucile Kubacki entrevistó para su
artículo a varias religiosas que -usando seudónimos- denunciaron
condiciones económicas y sociales injustas, así como las presiones
psicológicas y espirituales que enfrentan.
Sor María, por ejemplo, revela que muy rara vez son invitadas a compartir en la mesa de comida.
“¿Cómo puede un clérigo querer que su hermana le sirva la comida y luego la mande sola a comer a la cocina?”, se pregunta.
Una
religiosa que ocupa un alto cargo en la iglesia y asume el nombre de
sor Paula señala que muchas de ellas no tienen contratos formales con
los obispos, las escuelas, parroquias o congregaciones para las que
trabajan, por lo que “le pagan poco o nada”.
Por
su parte, la hermana Cecilia dice que “las monjas somos vistas como
voluntarias que estamos dispuestas a atender cualquier pedido, lo que da lugar a abusos de poder“.
Marie-Lucile Kubacki escribe que un periodista que cubre el ámbito religioso en en Roma ha denominado a estas religiosas “monjas pizza”, por el trabajo indiferente que hacen.
En deuda
En el caso de muchas que llegan del extranjero -de África, Asia y América Latina-, están pagando una deuda que tienen con la congregación religiosa a la que pertenecen.
Algunas monjas llegan del seno de familias pobres de África, Asia y América Latina.
En
algunos de estos casos, se debe a que la institución cuidó de la madre
enferma o porque facilitó que un hermano pudiera completar sus estudios
superiores en Europa.
A menudo provienen de familias muy pobres, donde algunos padres las presionan para hacer el viaje al extranjero para desempeñar su labor.
Si
alguna de estas mujeres no soportara las indignas condiciones laborales
y fuera devuelta a casa, su familia no lo entendería y la tildarían de
“caprichosa”.
Muchas entonces guardan silencio. Otras dicen tomar tranquilizantes para soportar la frustrante situación.
Sin embargo, escribe Kubacki, también están las que se manifiestan felices y no ven un problema.
Cambio de mentalidad
El director de L’Osservatore Romano, Giovanni Maria Vian, reconoció a BBC Mundo que “evidentemente, es una mentalidad machista” y que “tiene que cambiar”.
No obstante, señala que el artículo tiene muchos matices, apuntando a que las mismas monjas pertenecen a esta mentalidad de alguna manera.
“Algunas
veces son las superioras de ellas quienes lo hacen. Es una situación a
menudo incómoda para ellas y sobre la que el artículo ha puesto el
foco”, expresó.
Algunas monjas de edad reciben tareas de poca importancia y relevancia con sus capacidades.
Eso
lo destaca la periodista Kubacki al citar a la hermana María hablando
sobre el presidente de una universidad que estaba muy impresionado con
la capacidad intelectual de una monja que tenía un título en teología.
“Él
quería que ella continuara sus estudios pero su madre superior se
opuso”, cuenta sor María. “Frecuentemente, la razón que dan es que las hermanas no deben dejarse llevar por el orgullo“.
La
situación se repite con otras monjas que son enviadas a una misión sin
ninguna relación a su formación intelectual y sin que se les dé una
explicación racional.
Un caso es el de una hermana con un
doctorado que un día fue enviada a cocinar y lavar platos. Otro, el de
una monja que había enseñado durante muchos años en Roma y, al cumplir
50 años, se le dio la tarea de abrir y cerrar la puerta de la parroquia.
“Intercambiables”
Pero, más allá del tema del dinero y de las oportunidades perdidas, la mayor queja es la falta de reconocimiento de su aporte a la Iglesia y de su presencia en ella.
Las religiosas sienten que se hace mucho por valorar la vocación masculina, pero muy poco por la femenina.
“Detrás
de todo esto, todavía y por desgracia, está la idea de que la mujer
vale menos que el hombre. Sobre todo que el sacerdote lo es todo,
mientras que la monja no es nada en la Iglesia”, dice la hermana Paula.
“Conocía
a hermanas que habían servido durante 30 años en una institución de la
iglesia y que cuando enfermaron, ningún sacerdote a los que sirvieron
fue a verlas”.
Señala que es como una cadena sin fin
en la que una congregación pone a disposición a una monja que ha sido
pedida y que, cuando se enferma, es devuelta a la congregación que
tienen otra lista para enviar. “Como si fueran intercambiables”.
Servicio frente a servidumbre
El profesor Vian resalta que la publicación del artículo con el aval de L’Osservatore Romano es una indicación de un espíritu constructivo y de cambio.
“La
intención del Papa y nuestra es la de llegar a un cambio eficaz, y esto
se puede hacer con un cambio de mentalidad más que con denuncias que
son llamativas, pero que después se quedan en eso”, expresó.
El papa Francisco ha mencionado en varias ocasiones la necesidad de valorar el papel de la mujer en la Iglesia.
Es
una mentalidad a la cual el Papa ha aludido muchas veces, explicó el
director del diario. La última vez fue en la introducción de un libro
que será publicado pronto bajo el título “10 cosas que el papa Francisco dice a las mujeres”.
“Ahí mismo subraya que el servicio no debe ser confundido con la servidumbre. Ese es un tema muy suyo, un tema papal”, añadió.
“Muchos
hombres y mujeres quieren que cambie, y eso va a cambiar, por que hay
una voluntad y una corriente que está llevando a eso”.
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Fotografía: Pexels..- Irán.- El 13 de septiembre, la joven Mahsa Amini
fue detenida por la policía moral en Teherán, supuestamente por usar
mal el hiyab (el velo en la cabeza que el estado iraní obliga a usar a
las mujeres en la región). Tres días después, Mahsa perdió la vida tras
haber permanecido en coma. Aunque el gobierno y los medios oficiales han
negado que se trate de un caso de abuso policial, el hecho ha desatado
la ira de la sociedad iraní. Y, en medio de este torbellino de
indignación, las mujeres están tomando un papel central en lo que muchos
califican como una ola de manifestaciones sin precedentes en el país de Medio Oriente.
Mahsa
Amini, de 22 años, fue llevada a un centro de reeducación luego de ser
detenida. Cuando las autoridades notificaron del deceso a los familiares
dijeron que la causa de muerte había sido un paro cardíaco;
además, les negaron la posibilidad de ver el cuerpo. Amjad Amini, el
padre de la joven, informó que finalmente pudo volver a ver a su hija
cuando se la entregaron para el funeral; sin embargo, el hombre declaró
que Mahsa estaba cubierta completamente a excepción de la cara y los
pies, y que estos últimos tenían moretones visibles.
Se
desconoce qué fue lo que realmente sucedió con Amini mientras estaba
detenida. No obstante, en las redes sociales ha circulado un video en el
que se aprecia a la joven intubada en el hospital con posibles heridas en
uno de sus brazos. Estas imágenes desataron la indignación de la
sociedad, principalmente de las mujeres, quienes comenzaron una serie de
protestas que —lejos de terminar— ya se extendieron a más de 40
ciudades de Irán. Pero lo que en un inicio era una protesta por la
muerte de Mahsa se convirtió en una voz colectiva en contra del régimen
de Ebrahim Raisi.
Iraníes perdieron el miedo; gobierno responde con represión y cortes a internet
Las
manifestaciones por la muerte de Mahsa Amini comenzaron el 16 de
septiembre. Desde entonces, hombres y mujeres han salido a las calles,
donde las jóvenes han rodeado fogatas para luego lanzar sus hiyab
a las llamas como un símbolo de libertad. Además, en redes sociales han
circulado videos donde se puede observar a varias mujeres cortándose el
cabello también en señal de protesta.
De
acuerdo con un informe de Amnistía Internacional, las represiones
iniciaron el mismo día de la protesta, cuando las autoridades de la
ciudad de Saqqez dispararon perdigones de metal contra
dos jóvenes y les causaron la pérdida parcial o total de la vista. Pero
ellos no son las únicas víctimas de la represión policial: hasta el
momento se registran al menos 41 muertos y cientos de
heridos. Y, además de los ataques físicos, el gobierno iraní ha
intentado cortar la comunicación a las personas interrumpiendo el
servicio de internet.
Pese a esto, las protestas de la sociedad
civil no cesan. En redes sociales siguen circulando imágenes como la de
una mujer cortándose el cabello como señal de protesta durante el
funeral de su hermano, quien perdió la vida durante una manifestación.
Además, otras mujeres se muestran desafiando a sacerdotes que les
ordenan portar el hiyab sin lograr subordinarlas.
Estas
resistencias mandan un mensaje claro: ni las mujeres ni todos aquellos
que se han sumado a sus voces están dispuestos a seguir acatando el
mandato de un sistema social y político que restringe las libertades de los cuerpos y el desarrollo social y económicos de la mayoría.
Es cierto que estas no son las primeras manifestaciones reportadas en Irán. En 2019 y 2021, la población se levantó por problemas económicos
que azotaban a la nación (entre ellos, un aumento de hasta 300 por
cierto en el precio de la gasolina), y una década antes, en 2009, el
llamado Movimiento Verde tomó las calles por un
presunto fraude electoral en la contienda entre los candidatos Mir
Hosein Musaví y Mehdí Karrubí. Sin embargo, de acuerdo con varios
analistas estas protestas no tuvieron el alcance y la magnitud de los
movimientos actuales, en los que la resistencia de las mujeres está
tomando el protagonismo.
Las voces de las mujeres iraníes siempre han estado en resistencia
Años
antes de las manifestaciones por la muerte de Mahsa Amini, en 2017, las
mujeres de Irán ya habían tomado las ciudades en un movimiento conocido
como “Chicas de la calle de la Revolución“. En este
entonces, la joven Vida Movahedi decidió unirse a las manifestaciones
contra el gobierno por su falta de perspectiva en el tema económico. Su
forma de protestar fue quitarse el hiyab y ondearlo a pleno día en la
vía pública.
El hiyab se volvió obligatorio en Irán en 1983, poco después de la Revolución Islámica de 1979. Este mandato se sumó a otras discriminaciones por
parte del gobierno contra las mujeres, las cuales impiden —entre otras
cosas— su participación en el sistema judicial del país. Pero las
mujeres nunca se han quedado calladas frente a estas circunstancias.
De
acuerdo con la investigadora y especialista en Género Nayereh Tohibi,
desde antes de la revolución de 1979, las mujeres comenzaron a
organizarse para demandar su acceso a la educación pública;
también protestaron contra la poligamia exclusiva para los varones y la
violencia doméstica a la que ellas eran sometidas. Esto sucedió entre
1905 y 19525, y más adelante, entre 1940 y 1950, comenzaron las
exigencias por un sistema social más igualitario entre hombres y
mujeres; sin embargo, de acuerdo con Tohibi, no alcanzaron avances
significativos.
En 1963, la resistencia de las mujeres logró que se les otorgara el derecho al voto,
y en épocas más recientes, en 2006, la organización de la campaña “Un
millón de firmas” planteó la necesidad de reformar las leyes
discriminatorias que favorecían a los hombres y a ellas las dejaban en
condiciones desiguales. La campaña recibió ese nombre debido a que se
intentó recopilar un millón de firmas para enviar una petición al
parlamento iraní exigiendo leyes igualitarias en ámbitos como el matrimonio, los juicios legales y los castigos por crímenes de honor.
La
suma de estos esfuerzos ha generado cambios importantes como el hecho
de que, en Irán, la mayoría de las personas que asisten a la universidad sean
mujeres de acuerdo con la periodista María Solanas. Pese a esto, hechos
como la muerte de Mahsa Amini y la persecución de activistas como Atena
Daemi (quien lucha por los derechos de las infancias y por sistemas
legales equitativos entre hombres y mujeres) muestran que la lucha de
las iraníes aún no ha terminado.
No obstante, es probable que la magnitud de las manifestaciones recientes (las cuales ya provocaron huelgas entre los principales sindicatos
de profesores del país) dé el impulso necesario para generar un cambio
cuya semilla fue sembrada con el dolor de la muerte de Mahsa Amini.