10/30/2016

Educación: el Presidente en su laberinto



Enrique Calderón Alzati
La Jornada 
Cuatro años han pasado desde aquel 11 de diciembre, cuando de manera triunfante y decidida Enrique Peña Nieto anunció en el Museo Nacional de Antropología la reforma que habría de modificar radicalmente la educación, incluyendo el artículo tercero de la Constitución, para que el gobierno recupere el control de la educación, que quién sabe cómo había perdido. Luego vinieron las felicitaciones de partidos políticos, de la OCDE y de grupos empresariales asociados a Televisa, seguidos por anuncios de grandes inversiones educativas, incluyendo varios millones de tabletas electrónicas, como muestra de las grandes innovaciones por venir.
Hoy las cosas han cambiado tanto que el mismo Peña Nieto tuvo que señalar en días pasados que el Presidente no se levanta pensando cómo joder al país, reflejando la crisis que él mismo vive hoy en su laberinto; laberinto en el que se ha metido en virtud de acciones equivocadas, suyas y de sus colaboradores cercanos, varias relacionadas con su reforma educativa. Al dedicar mi carrera profesional a la educación he tenido ocasión de conocer proyectos exitosos y de participar en otros, iniciados todos por la convocatoria de un líder para superar un problema o alcanzar un objetivo específico, respondidos con entrega y entusiasmo por los maestros, aun en las condiciones más difíciles.
Este fue el caso de la cruzada de José Vasconcelos luego del fin de la Revolución Mexicana, que convocó a los maestros a combatir el analfabetismo, acción repetida 30 años después por Fidel Castro y Bellermino Castilla luego del triunfo de la revolución cubana. Haciendo lo contrario, Peña Nieto decidió resolver los problemas educativos nacionales no convocando a los maestros a realizar un esfuerzo para mejorar el desempeño de sus estudiantes, sino responsabilizándolos de la crisis educativa y acusándolos de proteger privilegios e intereses mal habidos, para luego aplicarles evaluaciones de carácter punitivo plagadas de errores, reconocidos después por las autoridades del Instituto Nacional de Evaluación Educativa, tal como informó Carlos Ímaz en un artículo reciente de La Jornada. Un error garrafal ignorado por el secretario impulsor del pensamiento crítico.
¿Cómo fue que los maestros obtuvieron los privilegios de los que se les acusa? ¿Que no fueron gobiernos anteriores, tanto federales como estatales, los que promovieron la corrupción magisterial por medio del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE), cuya lideresa vitalicia está hoy en la cárcel? ¿Qué ha dicho el secretario de Educación del gigantesco saqueo de los recursos educativos por los gobernadores y funcionarios estatales del nuevo PRI en estos años? Las respuestas del magisterio, ante el agravio de saberse responsabilizados de la crisis educativa nacional, se hicieron públicas y fueron respaldadas por sectores crecientes de la población, tanto en la capital de la República como en varias ciudades del país. La respuesta de Aurelio Nuño fue de desprecio y de represión, dejando como saldo la tragedia de Nochixtlán. Las evaluaciones masivas realizadas con la presencia de fuerzas policiacas generaron escenarios con maestros tratados como delincuentes.
Si existe alguna forma de evaluar a los profesores, ésta es necesariamente mediante el desempeño de sus estudiantes; el problema es complejo, porque la formación de un alumno es el producto de la labor de varios de ellos. Partiendo de las evaluaciones realizadas por la propia Secretaría de Educación (pruebas de Enlace) aplicadas año con año, entre 2009 y 2013 es posible concluir que los resultados logrados mostraban avances importantes en matemáticas y menores en lenguaje, generando una imagen global de la educación nacional en la que se percibía el esfuerzo y el avance logrado por los maestros y autoridades educativas de diferentes entidades, señalando con claridad las regiones del país donde la educación estaba avanzando y donde se debía poner más atención.
Lejos de tomar en cuenta esta valiosa información –que además de ser el resultado de un esfuerzo serio realizado con recursos públicos, identificaba no sólo las entidades con problemas y la naturaleza de éstos, sino también aquellas que presentaban éxitos importantes, cuyas acciones y estrategias podían ser reproducidas en todo el país–, los dos secretarios de Educación (Emilio Chuayffet y Nuño) decidieron tirar a la basura todo ese esfuerzo, inventándose la ocurrencia de las evaluaciones actuales, cuya aplicación sólo ha servido para generar problemas y un retroceso de varios años, como mostraron las nuevas evaluaciones Planea realizadas en 2015, las cuales parecen haber sido suspendidas en 2016, configurando un segundo gran error del grupo gobernante.
Un tercer error, surgido del desprecio del actual secretario por las escuelas normales (semillero de la mayor parte de quienes hoy dan clases), a las que algún día la lideresa del SNTE sugirió clausurar, para eliminar el pensamiento crítico de esos planteles y sobre todo por las normales rurales. La vinculación de Ayotzinapa con el odio de los funcionarios del régimen contra esas escuelas –a las que Aurelio Nuño acusó de constituir un monopolio para la formación de maestros, sin comprender que ése es precisamente el objetivo para las que fueron creadas– constituye hoy un claro indicio de la participación del gobierno de Peña Nieto en la desaparición de los 43 estudiantes, confirmada por la actitud de ocultamiento que el mismo gobierno ha hecho pública y es hoy uno de los principales motivos del rechazo que vive el Presidente en su búnker.
Un cuarto error que hoy pesa y habrá de pesar más en el futuro fueron las declaraciones de Peña en los efímeros días de gloria, al afirmar que para su gobierno la educación conformaba su prioridad principal; ahora, cuando la situación económica del país parece desembocar en una nueva crisis, la educación constituye el principal rubro de recorte presupuestal, seguido por el de la salud de los mexicanos. ¿Qué ha motivado esta crisis que hoy se nos indica como irremediable, cuando hace poco tiempo se proclamaban los grandes logros de la reforma energética, que pronto llevarían al país a una posición económica de progreso y desarrollo? ¿Por qué el proyecto del aeropuerto faraónico de la Ciudad de México parece ser la única prioridad real del Presidente, a la que no se tocó ni con la punta de las tijeras? Hoy la ciencia y la tecnología permiten a grandes empresas, incluso mexicanas, prever los comportamientos de los principales mercados mundiales, para ajustar sus programas de acción. ¿En qué basó el Presidente las decisiones que hoy tienen al país al borde de una nueva crisis?

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