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3/19/2020

El fracaso histórico del capital



Las manifestaciones de los últimos 12 meses en Chile, Ecuador, Perú, Haití, Irak, Irán, Hong Kong y hasta Francia han adquirido un carácter insurreccional por sus dimensiones y la amplitud de sus reclamos. Muchos pensarían que estos movimientos no tienen un hilo conductor y que todos obedecen a causas distintas. Los detonadores, en cada caso, parecerían ser muy distintos. Pero un análisis más cuidadoso permite identificar varias raíces comunes, en las que se mezclan las políticas de austeridad, una profunda desigualdad, el dominio del capital financiero y la concentración de poder de mercado en pocas corporaciones. Son los rasgos definitorios de esta etapa del capitalismo que se ha denominado neoliberalismo.
Las señales del fracaso y ruina del neoliberalismo se encuentran en todas partes. La creciente e intensa desigualdad es, quizá, la señal más poderosa. Proviene de muchas causas, entre las que destaca la contracción en los salarios desde la década de los 70. El estancamiento económico en que ha caído la globalización neoliberal es otro signo de que algo está muy mal en las entrañas del capitalismo mundial. Ponerle la etiqueta de estancamiento secular a este proceso de ralentización puede servir para calmar las conciencias y ayudarlas a ahuyentar los malos augurios. Pero cuando uno pregunta por las causas de este fenómeno, casi nadie se atreve a poner el dedo en la llaga: el estancamiento secular se debe a una caída en la inversión que, a su vez, está ligada a una baja en la tasa de ganancia.
El sector financiero, que en las primeras etapas del capitalismo le fue aliado fiel, hoy se ha convertido en una máquina que impone su racionalidad a la economía real y mantiene su rentabilidad a través de la especulación. La masa de liquidez que hoy ocupa su espacio de paraísos fiscales rebasa los 22 billones (castellanos) de dólares. Las prioridades de la política macroeconómica obedecen a los mandatos del capital financiero, mientras el desempleo y subempleo son la cicatriz de estas políticas. El deterioro de los servicios de salud y educación en la mayoría de los países desarrollados es un hecho bien documentado. Finalmente, todo esto se acompaña de un proceso destructivo en todas las dimensiones del medio ambiente. Cambio climático fuera de control, pérdida de biodiversidad, erosión de suelos y contaminación de acuíferos son sólo algunos de los aspectos más claros de este deterioro que hoy es una amenaza para toda la humanidad.
¿Cómo leer este proceso de ruina del capitalismo? Una posible respuesta es ver en esto el fracaso de una forma particular de capitalismo, el neoliberalismo, pero no del proyecto histórico planteado por el capital. Todo esto exige un análisis más cuidadoso de lo que constituye el neoliberalismo.
En la década de los 30 los economistas ultraliberales Ludwig von Mises y Friedrich Hayek buscaron inyectar nueva energía a la ideología de un liberalismo que no había sabido qué hacer con el ascenso del fascismo, que no estaba resolviendo los problemas económicos de su tiempo y que, además, veía en la teoría macroeconómica de Keynes una amenaza. Usaron toda la superchería de la ideología del mercado libre para lograrlo. El resultado fue un adefesio que el marxista Max Adler calificó por vez primera de neoliberalismo.
Tal como lo describieron Von Mises y Hayek, el nuevo sistema era la esencia del capital. En su mediocridad como economistas, estos autores develaron la esencia de la economía política burguesa y enseñaron la esencia del capital. Su actividad panfletaria sentó las bases de lo que después sería la agenda neoliberal en teoría económica y en política: privatizar todo, desregular la vida económica y dejar actuar a las fuerzas del mercado. En pocas palabras, en el neoliberalismo no encontramos una excrecencia del capitalismo, sino la expresión más pura de su esencia. Y desde esa perspectiva, la ruina del neoliberalismo es efectivamente el fracaso del capital.
El fracaso significa que el proyecto histórico del capital se ha agotado y hoy está en decadencia. A finales del siglo XVIII Hegel escribía: Una época se termina cuando hace realidad su propio concepto. Parafraseando esta idea, se podría decir que en este momento la esencia de la época del capital se ha hecho realidad concreta en todas sus especificaciones en y a través del neoliberalismo. Así se expresa en toda su objetividad el potencial esencial del capitalismo: en las especificaciones del neoliberalismo se concretiza el proyecto histórico del capital en su versión real más acabada. En consecuencia, con el fracaso del neoliberalismo hemos llegado al acabamiento del capital y a la terminación de su época.
Pero esto no es un punto de reposo. La fase crepuscular del capital durará todavía muchos años, pero serán años de grandes sacudidas políticas y sociales, dado que las contradicciones del capital explotarán en crisis prolongadas. La esencia de la nueva época ya no será el capital, sino la lucha por la libertad y la justicia.
Artículo publicado el 4 de diciembre de 2019.
Se reproduce como homenaje al articulista, fallecido el pasado 17 de marzo

3/18/2020

Muere Alejandro Nadal, colaborador de este diario

Fue Investigador de El Colegio de México

Foto
La crisis se anunciaba antes del coronavirus, fue el título del último artículo de Alejandro Nadal.


Alejandro Nadal Egea, profesor-investigador del Centro de Estudios Económicos (CEE) de El Colegio de México, abogado, economista y articulista de La Jornada desde hace más de dos décadas, falleció ayer, informó la institución educativa.
Estudió derecho en México y el doctorado en economía en la Universidad de París X Nanterre. También fue coordinador del Programa sobre Ciencia, Tecnología y Desarrollo y miembro del Sistema Nacional de Investigadores, nivel III.
En años recientes, ya jubilado como profesor de El Colegio de México, encabezó el grupo de trabajo sobre economía y medio ambiente de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza, con un enfoque en la prohibición del comercio internacional de marfil y su relación con la pérdida de biodiversidad, un tema que abordó en varias ocasiones en La Jornada. (https://bit.ly/2WqGFgf y https://bit.ly/2Wo8S7A)
Cuando conocí a Alejandro Nadal, en la primera parte de la década de los 70, trabajaba como abogado (estudió licenciatura en leyes) que se estaba especializando en los temas de patentes y marcas y de transferencia de tecnología y formaba parte de un proyecto de investigación en estos temas. Compartimos nuestra participación en un grupo que sesionaba periódicamente en el Conacyt y que, poco después, se constituyó como el grupo de Instrumentos de Política Científica y Tecnológica que redactó el Capítulo X (y último) del Plan Nacional Indicativo de Ciencia y Tecnología, denominado Instrumentos de Política Tecnológica, recordó ayer Julio Boltvinik, también miembro de El Colegio de México y articulista de La Jornada.
Alejandro Nadal, buen conversador, entusiasta, practicante del deporte, escribió su último artículo para este diario la semana pasada, ya desde la cama de un hospital, el cual tituló La crisis se anunciaba antes del coronavirus (https://bit.ly/38Y3UAU).
Varios analistas predicen caídas de 2 y hasta 3 por ciento en el PIB mundial si la recesión se declara y se extiende más tiempo. Pero que nadie se deje engañar en este contexto. Los temblores que se vienen pronosticando están presentes desde hace meses y los remedios que supuestamente estaban diseñados para aplacar el dolor los han intensificado, escribió.
Después de participar en la redacción del Plan Nacional Indicativo de Ciencia y Tecnología, Alejandro estudió economía en París. De allá regresó con el doctorado y con habilidades matemáticas que, recuerda Boltvinik, no me imaginaba tuviera. Nunca abandonó su interés por la tecnología. Sabía mucho de tecnologías para la guerra, de medio ambiente y de diversidad ecológica.
Su área más notable como economista teórico fueron las teorías del equilibrio general, a las que criticó severamente, demostrando que eran matemáticamente inconsistentes y que, por tanto, el neoliberalismo carecía de base científica, dijo Boltvinik. En 2019, a invitación del propio Boltvinik, escribió y publicó en El Trimestre Económico #343, el artículo Crítica de la teoría económica neoclásica, en el que concluye:
La realidad es que la política macroeconómica que se ha aplicado bajo el neoliberalismo ha sido justificada en términos de desarrollos teóricos que no han sido objeto de un debate más cuidadoso y, por lo tanto, tampoco fueron cuestionados con la fuerza que merecen. El debate teórico es hoy más urgente que nunca. Pensar en opciones alternativas al neoliberalismo pasa por contar con enfoques teóricos rigurosos que permitan dejar atrás los malos resultados de la teoría neoclásica.
Foto Luis Humberto González
De la Redacción 
Periódico La Jornada

3/11/2020

La crisis se anunciaba antes del coronavirus



Los ciclos y crisis en el capitalismo pueden suceder de manera irregular. Esto es parte del movimiento anómalo de una economía que es intrínsecamente inestable. La gran crisis de 2008 fue resultado de ese tipo de procesos. Y para sacar a flote a una economía que ha caído en el desequilibrio se necesita inyectarle liquidez en buenas cantidades. Por ejemplo, las medidas de política de flexibilidad monetaria aplicadas por la Reserva Federal se hicieron sentir antes de la crisis y sus efectos especulativos comenzaron a difundirse por toda la economía desde 2009-2010. Cantidades astronómicas pasaron a fondos de pensión y departamentos de tesorería de grandes corporaciones, en donde sirvieron para aceitar la especulación a escala mundial. Pero lo que sí no hicieron fue promover la inversión y el empleo.
El proceso de recuperación ha sido muy publicitado, pero la realidad es que si por recuperación se entiende un periodo más o menos prolongado de crecimiento, pues eso sí se ha manifestado. Pero, otro lado, si ese crecimiento ha sido muy lento y la creación de empleos ha sido débil, entonces la recuperación puede caracterizarse como una larga recesión. Aun antes de que se desatara esta gran recesión, era evidente que los esquemas de flexibilidad cuantitativa en materia de política monetaria no estaban funcionando como fomento de la economía real. Lo único que habían logrado era promover la recompra de acciones, las operaciones de carry trade, en la que las grandes corporaciones llevaron la especulación a todos los confines de la tierra, en territorios en los que prevalecían menores rendimientos.
Frente a este panorama de fragilidad, con una economía estadunidense perezosa, creadora de empleos de mala calidad, una Europa reticente y unas economías china e india cayendo en recesión, el fantasma de una guerra comercial con todas sus implicaciones, unos desequilibrios muy marcados en toda la economía mundial y el espectro de una crisis mundial, se manifiesta con mayor claridad. Y frente a la amenaza generalizada de una recesión que se cierne sobre la economía mundial, las cosas se confunden. Y lo primero que hay que observar con claridad es el prospecto de una crisis que se intensifica. El nuevo coronavirus promueve que la gente permanezca en sus hogares y evite viajar, recortando la demanda de transporte aéreo y servicios de hotelería de manera significativa. Los recortes de producción en China y otros lugares han perturbado las cadenas de valor. Este proceso, a su vez, ha detonado un flujo constante de avisos de alarma sobre cómo afectará el ya tristemente célebre virus al resto de la economía.
Por el lado de la economía estadunidense, entre más dure la pandemia y más intensos sean los esfuerzos para contrarrestarla –aunque por el momento la situación sigue siendo muy incierta porque hay muchos sitios afectados y gran cantidad de gente ha sido perjudicada–, la gravedad de la situación no ha podido ser evaluada con precisión.
Para una economía que ya se encontraba en fase de semiestancamiento, la situación se ha complicado mucho. Para comenzar, con China todo depende de la velocidad con que se pueda controlar la epidemia mundial, las perspectivas para frenarla y el proceso de restricciones masivas y cuarentenas nunca vistas. Ese país está sufriendo su primera contracción económica desde 1971 y las consecuencias se dejarán sentir en toda la economía global. Si estos procedimientos no funcionan, la recesión será inevitable.
Varios analistas predicen caídas de 2 y hasta 3 por ciento en el PIB mundial si la recesión se declara y se extiende más tiempo. Pero que nadie se deje engañar en este contexto. Los temblores que se vienen pronosticando están presentes desde hace meses y los remedios que supuestamente estaban diseñados para aplacar el dolor los han intensificado. Las contradicciones del capitalismo se ha dejado sentir desde la crisis de 2008 y los remedios no constituyen la superación de estos problemas. De todos modos, los más los vulnerables frente a la crisis de la pandemia siguen siendo los más pobres y explotados por el sistema capitalista. Bajo el capitalismo, ésta seguirá siendo la historia y el signo de los explotados de la tierra.
Twitter: @anadaloficial

3/05/2020

Tasa de interés: ¿vacuna contra el coronavirus?


Para nadie es un secreto que la tasa de crecimiento de la economía mundial ha estado disminuyendo desde hace ya varias décadas. Este fenómeno dio lugar a la hipótesis del estancamiento secular para tratar de dar cuenta de las fuerzas que han provocado esta ralentizacion económica. En los debates sobre las causas de este fenómeno surgieron dos narrativas distintas. Una señala que las causas de la ralentización son externas al sistema económico capitalista. La segunda se enfoca más hacia las causas endógenas de este fenómeno.
La primera visión desemboca en la explicación estándar: el estancamiento económico se debe a fuerzas externas que conspiran para mantener el crecimiento debilitado. Para algunos autores esos factores externos tienen que ver con el agotamiento del ritmo de cambio técnico (Gordon) o con desastres naturales. Otras explicaciones sostienen que el problema del estancamiento se debe a políticas económicas mal concebidas y mal aplicadas (Lucas y Fama). Desde estas perspectivas el capitalismo queda a salvo y lo único que resta por hacer es prever esas causas externas y prepararse para mitigar sus efectos.
Pero para este tipo de narrativas todo se complicó con la crisis de 2008. Era difícil ignorar la especulación financiera, el gigantesco endeudamiento de segmentos enteros de la economía y la profunda desigualdad que marcaba la economía en los países desarrollados y subdesarrollados. Algunas voces se alzaron para apoyar la teoría de Minsky sobre los orígenes de la crisis como un fenómeno generado por fuerzas endógenas (inestabilidad financiera intrínseca del capitalismo).
Pero ahora que ya llevamos casi 10 años de crecimiento positivo (aunque mediocre) parecen haber retornado las explicaciones de la ortodoxia neoliberal sobre el estancamiento basadas en choques exógenos. Y es que esta recuperación ha durado mucho y ha estado acompañada de niveles de desempleo muy bajos. El entusiasmo en el mercado de valores le parece a muchos otro signo positivo de esta recuperación. Por eso Trump festeja cada noticia sobre el auge en la bolsa de valores como un buen augurio sobre el futuro de la economía.
Pero la realidad es que la economía mundial está regresando al sendero de estancamiento, inestabilidad y propensión a las crisis que siempre le ha caracterizado. La economía estadunidense apenas puede mantener una tasa de crecimiento de 2 por ciento y Japón y Europa a duras penas consiguen tasas de crecimiento de 1 por ciento. China e India se enfrentan a grandes problemas que desde hace varios años vienen imprimiendo una tendencia hacia la ralentización. En el caso de China, los problemas se agravaron por la guerra comercial que le ha declarado la administración Trump. Finalmente, para las más importantes economías emergentes (Brasil, Argentina, México, Turquía, Sudáfrica y Rusia) la situación es todavía más dramática, pues su tasa de crecimiento está cercana a cero por ciento.
Aun antes de la aparición del nuevo coronavirus ya se habían manifestado varios indicadores inquietantes sobre la economía mundial. Quizás el más importante es la inversión de la curva de rendimientos. Esta situación (en la que los rendimientos de títulos de más corto plazo superan a los de títulos de largo plazo) no es señal inequívoca de una recesión, pero sí es un indicio de lo mal que están las expectativas de los inversionistas. Un ejemplo de este tipo de distorsión son las distintas evaluaciones convencionales de los últimos trimestres en el mercado de valores, que revelan cómo se ha abaratado dicho mercado en relación con el rendimiento de los bonos de 30 años. Y ese no es un fenómeno nuevo: la inversión de la curva de rendimientos en los mercados europeos lleva años de estarse presentando y en los últimos años viene aproximándose a niveles récord.
Los efectos económicos del nuevo coronavirus se dejan sentir por doquier. Desde la interrupción de cadenas de suministro estratégicas, el cierre temporal de plantas, hasta la cuarentena forzada en ciudades con millones de habitantes, el impacto. Y cuando se desate la recesión mundial los analistas y expertos cantarán el coro del coronavirus y transmitirán el mensaje equivocado de que el virus provocó la crisis.
La realidad es que desde hace meses la economía mundial ha estado viendo acercarse la perspectiva de otra recesión, incluso peor que la de 2008. Hoy la Reserva Federal anunció que aplicará un recorte de por lo menos 50 puntos base, pero muchos analistas permanecen escépticos sobre los efectos de esta medida. Las reducciones en la tasa de interés llevarán a la economía mundial al estado en que se encontraba en 2011. Y ya sabemos que esos niveles de política monetaria no sirvieron para gran cosa. Ni la demanda agregada ni la oferta respondieron bien a estas medidas. La recuperación fue un estado semiletárgico con mediocres tasas de crecimiento y empleos precarios y mal remunerados. Lo que sí se estimuló fue la especulación en grande.
Esta vez no será diferente. La postura de la Fed no será una vacuna contra el nuevo coronavirus y no permitirá evitar la recesión.
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1/22/2020

Desigualdad, cambio técnico y robots



Durante muchos años buena parte de la comunidad de economistas cultivó la teoría de que la creciente desigualdad en Estados Unidos se debía a la presión que el cambio técnico ejercía sobre las remuneraciones de los trabajadores. Esta narrativa viene en varias envolturas, una más deficiente que otra, pero siempre le arregló muy bien a los poderes establecidos. De ahí su popularidad.
En una de sus presentaciones, el razonamiento es como sigue. El proceso de cambio técnico inherente al capitalismo hace que los trabajadores sean más productivos. Esto reduce la demanda de trabajadores, pero, como los trabajadores siguen teniendo necesidad de laborar, no les queda más remedio que moverse hacia sectores de baja productividad, menores salarios y peores condiciones en términos de precariedad. Es decir, el cambio técnico termina por imprimir un sesgo regresivo en la escala de remuneraciones, porque aumenta la demanda de trabajadores más calificados al tiempo que se castiga a los empleos de menores remuneraciones. En un giro que recuerda las viejas discusiones sobre el cambio técnico inducido, esta historia también afirma que los bajos salarios en las ramas más castigadas eliminan los incentivos a introducir innovaciones intensivas en capital. Todo eso vendría a explicar la creciente desigualdad que ya es motivo de escándalo en la sociedad estadunidense desde hace años.
Esta narrativa sobre las causas de la desigualdad se aplica en estos días a la introducción y difusión de robots de todo tipo en la economía. Ahora la presencia de éstos en casi cualquier rama de la industria manufacturera es común. Pero también lo está siendo cada vez más en el sector servicios, desde los procesos especulativos en el sector financiero hasta los sectores de hotelería, restauración y salud. Nadie va a quedar a salvo de esta oleada de cambio técnico. ¡Quizás hasta un día estas líneas podrían ser escritas por un robot!
Pero si bien la difusión de este proceso de difusión de innovaciones (la robotización) mantiene su ritmo acelerado, hay importantes críticas a esta narrativa cuando se le quiere utilizar para explicar la desigualdad. La primera es que la presencia de robots no es privativa de la economía estadunidense. Economías de un grado de desarrollo tecnológico comparable, como Japón y Alemania, tienen una presencia de robots en su economía similar o mayor que la que encontramos en Estados Unidos. Dicho sea de paso, la introducción de robots en esas economías es una respuesta al envejecimiento de la población y puede ayudar a mitigar su impacto sobre el crecimiento. En todo caso, esas economías no experimentaron el crecimiento en la desigualdad que hoy muestra la sociedad estadunidense. Esto indica que las causas de la desigualdad hay que buscarlas en otra parte.
La tasa de desigualdad en Estados Unidos comienza a crecer de manera patológica en la década de 1970. En esos años culmina un proceso de desintegración del entramado institucional construido durante la Gran Depresión y bajo el mandato presidencial de Roosevelt. Ese marco institucional (parte del New Deal rooseveltiano) había incluido legislación sobre condiciones de trabajo, negociaciones de contratos colectivos y remuneraciones. Por el lado fiscal, también introdujo esquemas impositivos progresivos (con altas tasas fiscales para los estratos de mayores ingresos). La reacción del capital en contra de ese marco institucional se manifestó desde los años 1930, en plena depresión, pero la fuerza de los sindicatos y su penetración en la economía estadunidense eran demasiado importantes.
En 1949 las tres grandes productoras automotrices y los sindicatos llegaron a un acuerdo (llamado por la revista Fortune el Tratado de Detroit) sobre mejores prestaciones y fondos para el retiro a cambio de una paz laboral. Ese acuerdo y la legislación laboral y fiscal explican la reducción de la desigualdad en la sociedad estadunidense durante la llamada época dorada del capitalismo. Las cosas comenzaron a cambiar rápidamente cuando por fin el capital pudo lograr revertir estas conquistas laborales. Los trabajos de Tomas Piketty, Emanuel Sáez y Gabriel Zucman muestran cómo el proceso de creciente desigualdad está más relacionado con cambios institucionales que con la introducción de nuevas tecnologías, los patrones comerciales con China o el uso de computadoras.
El resultado de todo este análisis es que la desigualdad está relacionada con el conflicto distribucional que yace en el corazón del capitalismo. Ese conflicto está ligado a la explotación de la fuerza de trabajo por el capital. La retórica podrá disfrazar esta realidad de mil maneras posibles, pero la realidad no se cambia con argucias de retórica. En países como México la desigualdad también proviene de este conflicto de clases que define al capital. Afirmar que la corrupción es culpable de la desigualdad puede ser un expediente útil para abordar un problema político. Pero al igual que la historia de los robots, esa narrativa no corresponde a la realidad.

Twitter: @anadaloficial

1/15/2020

Sonámbulos caminando hacia la crisis



La tragedia de Casandra, la hija del rey Príamo y Hécuba de Troya, no fue haber sido asesinada. Su verdadera maldición fue que, a pesar de tener el don de la profecía, ella estaba condenada a ser ignorada y, por tanto, nadie creía sus presagios. Cuando los griegos tendieron la trampa del caballo de Troya, ella fue la única que advirtió sobre el ardid y nadie le hizo caso.
El mundo parece hoy estar lleno de Casandras, que alertan sobre la inminencia de la próxima crisis del capitalismo global. A fuerza de escuchar tanta advertencia, la credibilidad se esfuma rápidamente. Tal parece que la maldición de Casandra renace todos los días.
La realidad es que las amonestaciones sobre la llegada de una nueva crisis no provienen de un don mágico de algunos expertos economistas. Esas advertencias están bien cimentadas en datos duros y en un análisis riguroso de experiencias pasadas. Si las advertencias caen en oídos sordos, eso se debe al trabajo de los medios de información y a la necedad de los economistas ortodoxos que siguen recomendando más austeridad y más libertad para el mercado para superar y hasta evitar la llegada de una nueva crisis.
De manera especial, cuando la admonición proviene de economistas como Mervyn King, ex director del Banco de Inglaterra, sería bueno escuchar cuidadosamente. En una conferencia dictada en noviembre del año pasado en el Fondo Monetario Internacional (conferencia Per Jacobsson, www.fmi.org), King puso el dedo en la llaga al señalar que desde que estalló la crisis de 2008 nadie ha cuestionado las ideas económicas que aún predominan y que condujeron al desastre de hace 10 años. Los bancos centrales y las autoridades económicas en general siguen comportándose como si aquella crisis hubiera sido producto de un terremoto. De hecho, esa es una explicación que un funcionario del banco le ofreció a la reina cuando en visita a las bóvedas del banco preguntó cómo era posible que nadie hubiera visto venir la crisis y sus efectos. Es tan difícil hacerlo como predecir un terremoto, fue la respuesta.
No es lo que piensan Mervyn King y muchos otros economistas críticos. Su advertencia es clara. Primero, la crisis de 2008 no se produjo por factores externos imposibles de predecir. Se generó por fuerzas endógenas, inherentes a cualquier economía capitalista. Segundo, al seguir abrazando la ortodoxia de la política monetaria y fiscal nos seguimos acercando como sonámbulos a una nueva crisis. Ese es el diagnóstico del ex director del Banco de Inglaterra. Algo debe conocer sobre el tema.
Sin embargo, muchos políticos y portavoces del sector financiero señalan que estamos ya entrando en el décimo año de crecimiento y recuperación económica. Pero olvidan siempre mencionar un dato que puede ser una señal ominosa: esta recuperación ha sido más larga que las que siguieron a las últimas cinco recesiones de la economía estadunidense, la recuperación ha sido mucho más lenta. Y este comportamiento letárgico de la economía ha sido calificado de ‘estancamiento secular’, queriendo decir con esto que las mediocres tasas de crecimiento coexisten con muy bajas tasas de interés (en la vecindad de cero por ciento). Eso significa que la política monetaria no está teniendo ningún efecto sobre el nivel de actividad económica. Y que en caso de crisis, el banco central estará desarmado.
Una parte clave del diagnóstico de King es que ha existido un exceso de inversión en países como Alemania y China, y que será necesario introducir cambios en esos patrones de inversión. Pero aquí se aprecian las limitaciones del análisis de King. Si algo sabemos de las economías capitalistas es que exhiben permanentemente una tendencia a la sobreinversión. Así que el remedio no será fácil de introducir.
King no mencionó el indicador que más preocupa al mundo financiero. En diciembre pasado, la Reserva Federal (Fed) decidió inyectar unos 500 mil millones de dólares al mercado de reportos (contratos de recompra de títulos vendidos en garantía por un prestatario a un prestamista en el mercado de muy corto plazo). Este mercado es un gran indicador sobre la salud y tendencias del mercado interbancario. Claramente la Fed quiere evitar un estrangulamiento en la liquidez para el mercado interbancario. En consecuencia, el regreso a la normalidad ya no se refleja en la hoja de balance de la Fed y habrá que ver si esta enorme inyección de liquidez sirve para evitar la crisis que muchos analistas anuncian para el mercado de reportos. En todo caso, sin regreso a la normalidad la Fed está desprovista de herramientas para hacer frente a la próxima crisis. Grandes implicaciones tiene esta medida de la Reserva Federal.
El último libro escrito por Mervyn King se intitula El fin de la alquimia. Ese título hace referencia a la creación de poderes financieros extraordinarios que constituyen un factor de desestabilización y son, al mismo tiempo, un desafío a la imaginación. Casandra se hubiera sentido en casa con esos poderes mágicos como interlocutores.

Twitter: @anadaloficial

12/04/2019

El fracaso histórico del capital




Las manifestaciones de los últimos 12 meses en Chile, Ecuador, Perú, Haití, Irak, Irán, Hong Kong y hasta Francia han adquirido un carácter insurreccional por sus dimensiones y la amplitud de sus reclamos. Muchos pensarían que estos movimientos no tienen un hilo conductor y que todos obedecen a causas distintas. Los detonadores, en cada caso, parecerían ser muy distintos. Pero un análisis más cuidadoso permite identificar varias raíces comunes, en las que se mezclan las políticas de austeridad, una profunda desigualdad, el dominio del capital financiero y la concentración de poder de mercado en pocas corporaciones. Son los rasgos definitorios de esta etapa del capitalismo que se ha denominado neoliberalismo.
Las señales del fracaso y ruina del neoliberalismo se encuentran en todas partes. La creciente e intensa desigualdad es, quizás, la señal más poderosa. Proviene de muchas causas, entre las que destaca la contracción en los salarios desde la década de los años 1970. El estancamiento económico en que ha caído la globalización neoliberal es otro signo de que algo está muy mal en las entrañas del capitalismo mundial. Ponerle la etiqueta deestancamiento seculara este proceso de ralentización puede servir para calmar las conciencias y ayudarlas a ahuyentar los malos augurios. Pero cuando uno pregunta por las causas de este fenómeno, casi nadie se atreve a poner el dedo en la llaga: el estancamiento secular se debe a una caída en la inversión que, a su vez, está ligada a una baja en la tasa de ganancia.
El sector financiero, que en las primeras etapas del capitalismo le fue aliado fiel, hoy se ha convertido en una máquina que impone su racionalidad a la economía real y mantiene su rentabilidad a través de la especulación. La masa de liquidez que hoy ocupa su espacio de paraísos fiscales rebasa los 22 billones (castellanos) de dólares. Las prioridades de la política macroeconómica obedecen a los mandatos del capital financiero, mientras el desempleo y subempleo son la cicatriz de estas políticas. El deterioro de los servicios de salud y educación en la mayoría de los países desarrollados es un hecho bien documentado. Finalmente, todo esto se acompaña de un proceso destructivo en todas las dimensiones del medio ambiente. Cambio climático fuera de control, pérdida de biodiversidad, erosión de suelos y contaminación de acuíferos son sólo algunos de los aspectos más claros de este deterioro que hoy es una amenaza para toda la humanidad.
¿Cómo leer este proceso de ruina del capitalismo? Una posible respuesta es ver en esto el fracaso de una forma particular de capitalismo, el neoliberalismo, pero no del proyecto histórico planteado por el capital. Todo esto exige un análisis más cuidadoso de lo que constituye el neoliberalismo.
En la década de los años 1930 los economistas ultraliberales Ludwig von Mises y Friedrich Hayek buscaron inyectar nueva energía a la ideología de un liberalismo que no había sabido qué hacer con el ascenso del fascismo, que no estaba resolviendo los problemas económicos de su tiempo y que, además, veía en la teoría macroeconómica de Keynes una amenaza. Usaron toda la superchería de la ideología del mercado libre para lograrlo. El resultado fue un adefesio que el marxista Max Adler calificó por vez primera deneoliberalismo.
Tal como lo describieron Von Mises y Hayek, el nuevo sistema era la esencia del capital. En su mediocridad como economistas, estos autores develaron la esencia de la economía política burguesa y enseñaron la esencia del capital. Su actividad panfletaria sentó las bases de lo que después sería la agenda neoliberal en teoría económica y en política: privatizar todo, desregular la vida económica y dejar actuar a las fuerzas del mercado. En pocas palabras, en el neoliberalismo no encontramos una excrecencia del capitalismo, sino la expresión más pura de su esencia. Y desde esa perspectiva, la ruina del neoliberalismo es efectivamente el fracaso del capital.
El fracaso significa que el proyecto histórico del capital se ha agotado y hoy está en decadencia. A finales del siglo XVIII Hegel escribía:Una época se termina cuando hace realidad su propio concepto. Parafraseando esta idea, se podría decir que en este momento la esencia de la época del capital se ha hecho realidad concreta en todas sus especificaciones en y a través del neoliberalismo. Así se expresa en toda su objetividad el potencial esencial del capitalismo: en las especificaciones del neoliberalismo se concretiza el proyecto histórico del capital en su versión real más acabada. En consecuencia, con el fracaso del neoliberalismo hemos llegado al acabamiento del capital y a la terminación de su época.
Pero esto no es un punto de reposo. La fase crepuscular del capital durará todavía muchos años, pero serán años de grandes sacudidas políticas y sociales, dado que las contradicciones del capital explotarán en crisis prolongadas. La esencia de la nueva época ya no será el capital, sino la lucha por la libertad y la justicia.
Twitter: @anadaloficial

10/23/2019

El mito del desarrollo sustentable



En 1987 se publicó el informe de la Comisión Mundial sobre Desarrollo y Medio Ambiente. El documento, intitulado Nuestro futuro común, consagró la definición del desarrollo sustentable como la satisfacción de las necesidades de la generación presente sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras para satisfacer sus propias necesidades. Desde entonces, el desarrollo sustentable se ha convertido en la referencia más importante de la agenda internacional sobre política económica, social y ambiental.
El desarrollo sustentable (DS) es la pieza central de tratados internacionales, como la Convención de Diversidad Biológica y la Convención Marco sobre Cambio Climático. En 2015 se adoptaron los Objetivos del Desarrollo Sustentable por todos los miembros de Naciones Unidas. Se trata de un llamado para erradicar la pobreza, proteger el planeta y asegurar que toda la población goce de paz y prosperidad para el año 2030.
No cabe duda que el DS tiene gran potencial de movilización de recursos. Pero también es cierto que cuando las palabras desarrollo sustentable se usan libremente y sin referencia alguna a un contexto económico específico, corren el peligro de convertirse en una especie de fórmula mágica cuya invocación hace desaparecer cualquier problema. En lugar de una referencia de política económica se convierten en un cosmético que permite disfrazar todo tipo de abusos.
Lo anterior se explica porque el DS no puede ocurrir en un vacío socioeconómico. En el contexto actual, dicho objetivo se tendría que alcanzar en el marco de economías capitalistas o economías de producción monetaria. Pero aquí es donde se complican las cosas: es necesario tomar en cuenta la naturaleza y dinámica de estas economías. En particular, hay que considerar que las economías capitalistas son capaces de mantener niveles socialmente inaceptables de desempleo durante largos periodos. Esto ya debería ser una razón para pensar con más cuidado los alcances del DS.
Hay varias características fundamentales de las economías capitalistas que deben ser consideradas en cualquier análisis del desarrollo sustentable. La primera es que el crecimiento no es una manía o resultado de una moda, como muchos seguidores de la economía ecológica piensan. La acumulación de capital es la esencia de estas economías, y eso significa crecimiento. Y no cualquier crecimiento: entre más rápido sea el proceso de acumulación, mejores resultados para la voracidad del capital.
Por cierto, el hecho de que las tasas de crecimiento en las principales economías del mundo sean cada vez menores desde hace cuatro décadas no parece llamar mucho la atención en discusiones sobre sustentabilidad. Si tan malo es el crecimiento, ¿cómo explicar que el deterioro ambiental ha seguido empeorando a lo largo de todo este periodo?
La segunda característica de las economías capitalistas es su inestabilidad. Entre otras cosas, esto se debe a que la inversión, el componente clave de la demanda agregada, es intrínsecamente inestable. Y el rol dominante del sector financiero, así como la actividad profundamente procíclica del sector bancario, agrava esta tendencia. La última crisis de 2008 (y el hecho de que la recuperación hoy esté en peligro) muestra que este rasgo del capitalismo está en conflicto directo con los ideales del DS.
Una tercera característica concierne el conflicto distribucional que yace en el seno de las economías capitalistas. Quizás la mejor expresión de esto está en el estancamiento salarial que afectó a casi todas las economías capitalistas del planeta desde 1970. Y, por supuesto, todo esto está íntimamente relacionado con la creciente desigualdad, la deficiencia crónica en la demanda agregada y los altísimos niveles de endeudamiento de los hogares. De no tomarse en cuenta estas características, la idea de DS se convierte en un par de palabras huecas.
Hay un problema adicional. Se trata de la cárcel mental que mantiene prisionera a la política económica. El mejor ejemplo es el de la política fiscal, que ha estado maniatada por la superchería de la disciplina fiscal. El dogma de que cualquier déficit fiscal debe ser condenado es una de las más claras manifestaciones de esta prisión. Uno de los recursos más socorridos para apuntalar esta falacia consiste en hacer una comparación espuria y concluir que, al igual que cualquier hogar, un gobierno no puede vivir por encima de sus recursos. Incluso, muchos gobiernos que se califican de izquierda se encuentran en esta prisión de la disciplina fiscal. Y como esta mentira coexiste con la idea de que no se puede hacer una reforma fiscal, pues entonces hay que recortar el gasto en salud, educación y medio ambiente, es decir, todo lo que se necesita para el famoso desarrollo sustentable.
Parecería que el mito difícilmente será realidad un día. Y la lección es inmediata. O rescatamos el planeta, o rescatamos el capitalismo. Cada día parece más claro que no vamos a poder hacer las dos cosas al mismo tiempo.
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8/21/2019

México y la extinción de los elefantes



“La palabra ‘marfil’ timbraba en el aire, era susurrada, era parte de un suspiro. Cualquiera diría que se trataba de un rezo. Un tinte de rapacería imbécil atravesaba la atmósfera, como si fuera la emanación de un cadáver”. Con estas palabras inquietantes Joseph Conrad evoca en su novela El corazón de las tinieblas la violencia y la maldad que rodean la obsesión por el marfil.
El escenario es un viaje por el río Congo a finales del siglo XIX. El comercio de marfil se confundía con el tráfico de esclavos en una tragedia dantesca, cuyo legado todavía padecemos. Y si no cambiamos el rumbo de los acontecimientos, nuestros hijos serán los testigos de la extinción de los elefantes.
A principios del siglo XX la población de elefantes se acercaba a la cifra de 12 millones de animales. Después de décadas de cacería implacable, dicha población sufrió un colapso extraordinario y en la actualidad quedan 490 mil en todo África. En 1989, la Convención sobre Comercio Internacional de Especies Amenazadas (Cites) decretó la prohibición total de comercio de marfil y eso frenó la cacería furtiva de elefantes. Algunas poblaciones de elefantes pudieron recuperarse.
Pero las fuerzas económicas volvieron al ataque, y en 1997 las Partes de la Cites aprobaron una venta de 50 toneladas de marfil provenientes de acervos existentes de Botswana, Namibia y Zimbabue, y en 2008 se autorizó otra venta de marfil (esta vez proveniente de esos países y de Sudáfrica). Los destinatarios de estas ventas fueron China y Japón. Los argumentos para justificar esas transacciones fueron que los recursos se destinarían a soportar los gastos de la conservación de elefantes y a apoyar las comunidades locales.
El resultado de esas dos ventas de marfil fue un repunte espectacular de la cacería furtiva. En la actualidad, el número de elefantes asesinados cada año rebasa 20 mil. ¡Un elefante masacrado cada media hora! Con razón se mantiene activo el mercado ilegal en el mundo, a pesar de que China ya cerró ese comercio interno.
Esta semana se lleva a cabo en Ginebra la reunión decisiva sobre el porvenir de los elefantes en África. No es exageración decir que el futuro de esta especie está en peligro mortal. En esta Conferencia de las Partes (Cop18) de la Cites se enfrentan dos posiciones sobre el destino de los elefantes. Por una parte, la Coalición para el Elefante Africano (AEC), que incluye 32 países del continente, propone colocar a todas las poblaciones de elefante africano en el Apéndice Uno, que prohíbe terminantemente el comercio de las especies ahí enlistadas. Con esta propuesta se regresaría a la protección que permitió reducir de manera significativa la cacería furtiva de esos animales.
Frente a esta coalición se erige un grupo de países de África austral que sostiene que sus poblaciones de elefantes están en aumento. Estas naciones reclaman el derecho a vender marfil como si fuera un recurso natural cualquiera. Se trata de Sudáfrica, Zimbabue, Namibia y Botswana. En estos países los elefantes se encuentran en el Apéndice Dos de la Cites y, por tanto, en ellos no está prohibido el comercio de marfil. Sin embargo, bajo un complicado proceso de anotaciones, en estas naciones todavía no se permite dicho comercio. Estos cuatro países pretenden cambiar esa situación para reanudar el comercio.
La postura de este grupo adolece de varios problemas. Primero, las poblaciones de elefantes, que son migratorias, se desplazan constantemente de un territorio a otro. Con frecuencia muchos elefantes son avistados al anochecer en Namibia (Apéndice Dos), pero esos mismos animales pueden encontrarse al amanecer en Angola (donde prevalece el régimen del Apéndice Uno).
Segundo, mantener a la misma especie bajo dos apéndices es siempre desaconsejado en el marco de la Cites. La razón es sencilla: el listado dividido promueve el mercado ilegal y abre las puertas al lavado de marfil. Las fuerzas comerciales no conocen fronteras y la conectividad mercantil tiende a borrar todas las barreras artificiales.
Tercero, quienes promueven la venta de marfil ignoran todo sobre la estructura y dinámica de los mercados de ese producto. Volver a abrir el mercado mundial de marfil puede llevar a un proceso sin control, tal como sucedió con las ventas anteriores. Tampoco es cierto que la venta de marfil haya generado recursos que sirvieran para la conservación de los elefantes o para beneficio de las comunidades locales. No hay un solo estudio que pueda documentar esa canalización de recursos.
Muchas votaciones importantes se llevarán a cabo en esta conferencia de la Cites en Ginebra. Pero, por mucho, la más emblemática será la concerniente a la elevación al Apéndice Uno de todas las poblaciones de elefante africano. ¿Cuál será el rostro que México enseñará al mundo? Podría dar un ejemplo de lucidez y liderazgo, mostrando que la protección de la biodiversidad debe ser la prioridad. ¿O seguirá votando, para usar las palabras de Conrad, con la rapacidad imbécil del mercantilismo aplicado a la vida silvestre?
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8/14/2019

Capitalismo, agricultura y cambio climático



El Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC) filtró un adelanto de un estudio sobre la relación entre suelos, agricultura y cambio climático. Es un poderoso llamado de atención sobre las fuerzas que amenazan con desfigurar la biósfera y destruir la especie humana. El análisis hace hincapié en el uso de suelo, la producción de alimentos y las emisiones de gases de efecto invernadero.
La advertencia del IPCC señala que la agricultura, la ganadería y la silvicultura generan 23 por ciento del total de emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) cada año. Por otra parte, el IPCC recuerda que los suelos del planeta son responsables de absorber alrededor de 30 por ciento del bióxido de carbono emitido cada año por la industria y el sector energético. En la medida en que los suelos se degradan, se reduce su capacidad de absorción del bióxido de carbono (CO2) y su capacidad productiva se ve limitada. Esto aumenta la concentración de GEI en la atmósfera y agrava el cambio climático, lo que genera nuevamente mayor degradación de suelos. El riesgo de desencadenar un ciclo acumulativo vicioso es hoy día muy alto.
El informe del IPCC es importante, pero, como siempre ocurre con estas evaluaciones sobre la destrucción ambiental en el mundo, adolece de una grave omisión: no contiene ninguna referencia sustantiva a las fuerzas económicas que están promoviendo esta degradación ambiental.
El IPCC indica que cerca de 30 por ciento de la producción mundial de alimentos se pierde o desperdicia. La reducción de estos desechos haría una contribución importante para restringir las emisiones de GEI. El IPCC también reconoce que es necesario combatir la desigualdad que impera en los paisajes rurales del mundo para frenar las emisiones de gases de efecto invernadero. Además, los patrones de consumo y el tipo de dieta imperante afectan la cantidad de tierra y agua que se necesitan para la producción de alimentos. El consumo de carne es uno de los factores más negativos en la contribución del sector a las emisiones de gases de efecto invernadero. Además, por cada kilogramo de proteína animal producida se necesitan 10 mil litros de agua, nueve kilogramoss de granos y el equivalente a 18 kilogramos de capa orgánica de tierra.
Es cierto que la agricultura mundial está hoy profundamente distorsionada y sumergida en un círculo vicioso, en el que la degradación de suelos está asociada a mayores emisiones de gases de efecto invernadero. Pero no será fácil implementar los cambios que se necesitan para reducir las emisiones de GEI del sector agrícola. Y es que, hoy, la agricultura mundial se comporta tal como el capitalismo siempre quiso que lo hiciera. El desperdicio y la desigualdad son dos signos distintivos de este fenómeno. La desigualdad es resultado de la lucha que el capital siempre ha mantenido por controlar el proceso de producción en el campo, buscando someter al campesinado y la población rural a la relación salarial. El acaparamiento de tierras es una faceta de este proceso. Por su parte, el desperdicio es un subproducto del control de la producción agrícola por el capital. No hay que olvidar que bajo el capitalismo, el objetivo de la producción mercantil agrícola no es generar alimentos para la población, sino producir ganancias para las corporaciones. En la producción capitalista el desperdicio es parte del valor agregado que se vende como mercancía.
Un rasgo esencial del capitalismo es la tendencia a la concentración del poder de mercado en pocas empresas. En la agricultura mundial esta consolidación corporativa se manifiesta no sólo en las grandes plantaciones y fábricas de carne, sino en todos los eslabones de la cadena de valor: comercialización, procesado y empaque, transporte y producción y venta de semillas e insumos agroquímicos (muchos profundamente tóxicos). Los abusos de la concentración de poder van desde la manipulación de precios hasta las violaciones de los derechos humanos de poblaciones campesinas.
El IPCC es incapaz de examinar el verdadero motor de la destrucción ambiental provocada por las grandes plantaciones de aceite de palma en el sudeste asiático, o por la ganadería y la soya transgénica en América Latina. Y es que el IPCC critica esas plantaciones, pero considera que están relacionadas con las necesidades de una población constantemente en aumento. No puede ver que esos proyectos tienen muy poco que ver con las necesidades de la gente y en cambio, sí, mucho con la transformación de la agricultura en una fuente de ganancias. Las emisiones de gases de efecto invernadero en la agricultura están vinculadas con la transformación de la producción de alimentos y del paisaje rural en general en un simple espacio de valorización para el capital.
Reducir las emisiones de gases de efecto invernadero únicamente es posible frenando los excesos del capitalismo. El mercado no podrá hacerlo. La autoridad pública (el Estado) es la única que puede orientarnos en esa dirección. Pero eso necesita un cambio de paisaje político, que hoy está lejos de presentarse.
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7/31/2019

México, Cites y el comercio de especies amenazadas



El ser humano no es el único depredador en el mundo. Pero, según el escritor francés Le Clézio, a diferencia de los demás depredadores, el hombre es el único que ha caído en su propia trampa.
En 1974 entró en vigor la Convención sobre Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Flora y Fauna Silvestres (Cites). Es un acuerdo clave para la protección de la biodiversidad, que busca evitar que el comercio internacional de especies amenazadas ponga en peligro su supervivencia.
El régimen de Cites no es perfecto, pero ha sido valuarte en la lucha contra la pérdida de biodiversidad. Sin embargo, en la actualidad, Cites está en peligro mortal. Cada día incrementa la presión para transformarlo en plataforma de promoción del uso sustentable de especies amenazadas, en lugar de una barrera para protegerlas. La próxima Conferencia de las Partes (Cop18) comenzará en dos semanas en Ginebra, y será decisiva: en ella se juega el porvenir de la convención.
Para que se autorice el comercio internacional de una especie amenazada en el marco de Cites se necesita demostrar que dicho comercio no amenaza su supervivencia. Desde hace tiempo el uso sustentable se convirtió en la fórmula clave para justificar y promover la explotación comercial de todo tipo de especies. Esta noción abarca también el uso consuntivo e incluye la cacería de trofeos, la producción en cautiverio y las granjas para todo tipo de especies que, en muchos casos, poco tienen que ver con la conservación. El abuso en el empleo de esta noción es hoy una seria amenaza para la integridad de Cites.
El argumento típico en favor del uso sustentable es que los recursos derivados de estos proyectos se reinvierten en la conservación y mejoran el nivel de vida de las comunidades más pobres. En su forma extrema se dice que el uso sustentable sirve para aliviar la pobreza y garantizar la seguridad alimentaria.
Todo esto es absurdo. Para comenzar, no existe un solo estudio serio sobre la estructura y dinámica de mercados de especies amenazadas. Nadie ha analizado la interacción entre formación de precios, costos y ganancias, escalas de producción, economías de alcance, empresas multiproducto y concentración en los mercados de vida silvestre. Lo más grave es que tampoco se sabe nada de las relaciones entre los segmentos del mercado legal e ilegal de especies amenazadas.
Eso no frena a los grupos que controlan los mercados de especies amenazadas, como el elefante o el rinoceronte, y que promueven campañas para permitir la comercialización de marfil y cuerno de rinoceronte. Mientras casi todo el continente busca cerrar el mercado de marfil, cinco o seis países de África austral, con poblaciones importantes de elefantes (pero también con graves problemas de cacería furtiva), buscan mantener abierto ese mercado. ¿Su argumento? El uso sustentable de elefantes es saludable. En la Cop18, si México quiere seriamente promover la conservación, debe votar en contra de estas propuestas y en favor de las que extienden el manto de máxima protección que ofrece Cites para todas las poblaciones de elefantes.
El lobby que promueve el comercio y uso sustentable de especies amenazadas quiere ir más lejos. Por ejemplo, con su propuesta Cop18 Doc. 11 la República Democrática del Congo, Namibia, Zimbabue y Sudáfrica promueven una revisión completa de Cites para fortalecer el papel de cada Estado en la protección de la biodiversidad, lo cual destruiría la naturaleza de este régimen regulatorio. La propuesta se apoya en un texto sin sustento científico pero con una buena dosis de demagogia, porque el pretexto es tomar en cuenta a las comunidades rurales y los pueblos indígenas.
Y claro que tomar en cuenta a las comunidades es siempre un tema importante, pero para que sea real y no un simple maquillaje es necesario considerar su acceso a los recursos como la tierra y analizar las estructuras económicas adversas que las oprimen, incluyendo las de una política agrícola que lleva años de castigar a esas mismas poblaciones que ahora se pretende ayudar con proyectos de uso sustentable. De todas maneras, esos proyectos siempre son de muy baja productividad y no permitirán a una población de un país o de una región salir de la pobreza.
Sin un análisis serio esas propuestas sobre uso sustentable son simples artificios para mantener y profundizar un statu quo de miseria y marginalización en el paisaje rural. Son una cortina de humo que esconde el fracaso de la política agrícola del neoliberalismo. Por eso muchos de estos proyectos son una condena de prisión perpetua en la cárcel de la pobreza para las comunidades rurales y grupos de pueblos indígenas.
La noción de uso sustentable tiende a convertirse en una fórmula milagrosa que por arte de magia hace desaparecer todo tipo de problemas. La delegación mexicana en la Cop18 de Cites no debe olvidar que la magia y la realidad nunca han sido buenas compañeras.
Transparencia: el autor es asesor de la Coalición del Elefante Africano, grupo de 32 países africanos.
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6/05/2019

Aranceles contra migrantes



Muchas guerras se pierden antes de comenzarlas. La razón es sencilla y se encuentra codificada en la más famosa sentencia de Clausewitz: La guerra es la continuación de la política por otros medios. El corolario está en Libro Primero de la obra completa del militar prusiano, De la guerra: si en política uno ya ha sido derrotado, la guerra no cambiará nada ese resultado.
Algo similar se puede decir de las llamadas guerras comerciales. No son conflagraciones bélicas, pero sí destruyen industrias y hasta la vida de millones de personas. En los arsenales para éstas se usan aranceles, sobretasas y cuotas, y los daños son considerables: regiones enteras pueden ser devastadas por los efectos de esos conflictos.
Hoy, Washington ha iniciado una nueva guerra comercial en contra de México. Es un desplante agresivo que tiene pocos paralelos en la turbulenta historia de las relaciones bilaterales. Con una sobretasa arancelaria se pretende obligar al gobierno mexicano a frenar el flujo migratorio proveniente de terceros países. Las razones esgrimidas para lanzar esta ofensiva no son económicas. Trump insiste en que se trata de un problema de seguridad nacional, pero eso es cuestionado incluso por muchos integrantes del Partido Republicano.
Estados Unidos y México acaban de firmar un nuevo tratado comercial con Canadá (Usmeca). Todavía está pendiente su ratificación por el Senado estadunidense y las amenazas de Trump ponen en peligro ese trámite. De cualquier manera, por el momento se mantiene vigente el Tratado de Libre Comercio de América del norte (TLCAN). El capítulo 21 de ese acuerdo, sobre excepciones, contiene disposiciones importantes sobre seguridad nacional, y el artículo 2102 estipula que nada en el texto del tratado debe impedir a las partes adoptar medidas para proteger sus intereses esenciales en materia de seguridad nacional. Esas disposiciones tienen que ver con el comercio de armas, la no proliferación de armas nucleares y medidas que cada país pueda adoptar en caso de emergencia nacional. Pero en ninguno de esos casos se permite o autoriza a las partes imponer sobretasas arancelarias a sus contrapartes.
El artículo 2104 del TLCAN regula las excepciones al tratado en caso de emergencias de balanza de pagos. Este es un viejo tema en la historia del comercio internacional. El artículo 12 de los Acuerdos Generales sobre Aranceles y Comercio (GATT, por sus siglas en inglés) estableció el principio general de que, en caso de emergencias de balanza de pagos, las partes podrían imponer restricciones a las importaciones. Los instrumentos para restringir las importaciones pueden ser cuantitativos (cuotas, permisos previos) o a través de sobretasas arancelarias. Lo extraordinario del TLCAN es que en su artículo sobre excepciones se prohíbe la aplicación de estas medidas (artículo 2104, párrafo cinco, inciso d). Esas son las únicas medidas que sirven para restringir las importaciones en caso de emergencia de balanza de pagos. O sea, el capítulo sobre excepciones en caso de emergencias de balanza de pagos establece que ¡no habrá excepciones en caso de ese tipo de emergencias!
Seguramente los negociadores estadunidenses quisieron restringir el margen de maniobra que pensaron México podría algún día querer usar sin darse cuenta de que, en realidad, quien iba a querer recurrir a esas medidas de emergencia sería precisamente Estados Unidos. De hecho, de las tres partes del TLCAN México es la única que nunca ha recurrido a la aplicación de medidas para el caso de una emergencia de balanza de pagos. Estados Unidos las aplicó precisamente cuando Nixon cerró la ventanilla de convertibilidad del dólar estadunidense en 1971 y Canadá en 1965.
En el texto del nuevo Usmeca, pendiente de ratificación por el Senado estadunidense, ya no se prohíben las medidas de emergencia en caso de emergencias de balanza de pagos. Es posible que Washington haya tomado conciencia de su debilidad comercial y esta vez haya decidido que era más conveniente tener ese instrumento disponible. De todos modos, la amenaza de Trump es ilegal desde el punto de vista del aún vigente TLCAN. Y por el lado de las reglas de la Organización Mundial de Comercio, la sobretasa arancelaria que pretende imponer el Donald también es ilegal, porque su objetivo no tiene nada que ver con un problema económico.
Esto es lo que va a pasar. De cumplir Trump sus amenazas, el Senado estadunidense no ratificará el nuevo Usmeca y su propio partido ya le ha anunciado en términos claros que le recetará un voto desaprobatorio. Trump no va a arriesgarse de cara a la campaña por su relección en 2020.
Parafraseando a Clausewitz, las guerras comerciales son la continuación de las tensiones económicas por otros medios. Y las tensiones económicas han estado minando la hegemonía del gigante norteamericano desde hace ya tres décadas. Ironía histórica: aún antes de comenzar sus guerras comerciales, Estados Unidos ya ha sido derrotado por las mismas fuerzas económicas del capitalismo.
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5/29/2019

Concentración industrial y poder de mercado



Hasta la década de los años 1970 los estudios sobre organización industrial cubrían temas como la concentración y el poder de mercado, los canales de competencia, escalas de producción, integración vertical y horizontal, las empresas multiproducto y sus economías de alcance. Quizás faltaba en el paisaje el vínculo con el sistema financiero, pero por lo menos el poder que viene asociado a la concentración industrial era una parte clave de la preocupación de los economistas. Pero en los años de 1970 ese tipo de estudios se fue eclipsando y en la investigación sólo quedó espacio para los estudios que glorificaban las virtudes del libre mercado. La nomenclatura misma de organización industrial se fue utilizando cada vez más para referirse a un campo de estudios que mostraban que los principales postulados de la teoría neoclásica seguían siendo válidos.
Hoy, las cosas están cambiando. Muchos economistas se han dado cuenta de que no pueden tapar el sol de la evidencia con el frágil dedo de la teoría neoclásica. Los estudios sobre estructuras y dinámicas industriales toman nuevos bríos y muestran, sin lugar a dudas, que ha incrementado la concentración industrial y que el poder de mercado de las empresas dominantes también ha crecido. Las fuerzas que explican este aumento de la concentración industrial son variadas y muchas tienen que ver con fenómenos bien conocidos en la historia del capitalismo industrial. (Por cierto, la concentración industrial es un fenómeno que se presenta también, y con gran intensidad, en los servicios: la terminología de ‘concentración industrial’ no es la mejor).
Pero muchos organismos vinculados con el mundo de la política económica se resisten a encarar la realidad. El informe sobre la economía mundial de este año del Fondo Monetario Internacional dedica un capítulo al tema de la concentración y el aumento del poder de mercado de las grandes corporaciones. Desgraciadamente, el FMI encuentra que el incremento de la concentración es moderado, lo que no concuerda con la mayoría de las investigaciones en el mundo académico. Además, para el FMI las fuerzas que explican la concentración industrial tienen más que ver con el buen desempeño de algunas corporaciones y menos con fenómenos perversos como la construcción de barreras a la entrada o con el mundo de las prácticas desleales en el comercio. Para el FMI la introducción de tecnologías de la información ha sido un fuerte estímulo para el aumento de la concentración industrial. Según el organismo, ese resultado se encuentra respaldado por un interesante estudio de Mordecai Kurz, de la Universidad de Stanford. Sin embargo, esa investigación presenta un cuadro más alarmante de lo que quiere reconocer la lectura del FMI. Finalmente, a pesar de dedicarle un capítulo en su informe sobre la economía del planeta, el FMI encuentra que el aumento de la concentración industrial ha tenido un efecto modesto a escala macroeconómica.
La realidad contrasta con el informe del FMI. La vinculación malsana con fuentes de crédito, así como la fusión y la adquisición de empresas para incrementar sus economías de escala y de las llamadas economías de alcance, son dos procesos típicos que promueven la concentración y no son precisamente buenos para la salud macroeconómica. Ambos están relacionados con el poderío del sector financiero y contribuyen a cambiar el modus operandi de las grandes corporaciones que terminan por privilegiar las ganancias de muy corto plazo, abandonar los proyectos de largo aliento y, por supuesto, sacrificando el medio ambiente. Las oleadas de fusiones y adquisiciones de los años anteriores a la crisis de 2008 son claro testimonio de esto.
Lo más importante en este tema es que la concentración industrial está íntimamente vinculada con la creciente desigualdad y con el desempeño de la economía mundial. La evidencia de numerosos estudios revela que las grandes corporaciones utilizan su poder de mercado para manipular precios, incrementar sus márgenes de ganancias sobre los costos y para imponer menores salarios y prestaciones en mercados laborales cada vez más fragmentados. El golpe a las clases trabajadoras es una exacción doble que pasa por los precios y los salarios.
Otros instrumentos que han contribuido a incrementar la concentración industrial incluyen la larga duración de las patentes y los contratos de licencias que involucran todo tipo de restricciones para los licenciatarios. El cambio en la legislación que permitió ampliar la duración de las patentes refleja el poder que han tenido las grandes corporaciones para moldear la agenda del Poder Legislativo.
La interpretación de las leyes antimonopolio se ha ido debilitando desde hace mucho. Algunos casos connotados, en los que se involucran unas pocas corporaciones gigantes, no deben engañar: las leyes antimonopolio son, en la actualidad, una caricatura de lo que fueron hace cuatro décadas. Todo esto sirve para recordar que, en su evolución, el capitalismo va modificando la estructura del Estado.
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5/22/2019

Informe sobre la biodiversidad: los motores invisibles

La Jornada: 
Alejandro Nadal


Hace 10 días el Panel Intergubernamental sobre Biodiversidad dio a conocer el resumen de su informe sobre el estado de la biodiversidad en el mundo (www.ipbes.net). El contenido es alarmante: la biósfera, nuestra casa en el planeta, está siendo perturbada a una escala sin precedente. La biodiversidad está declinando más rápidamente que nunca antes en la historia de la humanidad.
La lista de daños al medio ambiente es el catálogo de una pesadilla: 75 por ciento de la superficie cultivable se encuentra alterada, 66 por ciento de ecosistemas marinos sufre impactos negativos acumulativos y 85 por ciento de la superficie de los humedales en el mundo se ha perdido. La mitad de los arrecifes coralinos en el mundo ha desaparecido en los pasados 100 años y las pérdidas se aceleran por los efectos del cambio climático. Entre 2010 y 2015 se perdieron 32 millones de hectáreas de bosque primario en los ecosistemas tropicales de alta biodiversidad. El tamaño de las poblaciones silvestres de vertebrados ha declinado en los pasados 50 años.
El informe de IPBES revela que desde 1970 la producción agrícola, la extracción de pesquerías y la producción forestal han amentado. Pero las aportaciones de la biósfera para mantener la producción futura en esas actividades han declinado. Esto significa que la producción no es sustentable.
¿Cuáles son los motores de esta destrucción sin precedente? En este terreno, el informe de IPBES se queda en la superficie. En IPBES los motores de la degradación ambiental se dividen en dos categorías.
En la primera están los cambios en uso de suelos y aguas, explotación directa de organismos, cambio climático, contaminación y la invasión de especies exóticas. Según IPBES, estos cinco factores directos son el resultado de los factores indirectos: crecimiento de la población y expansión de la economía mundial.
La debilidad del análisis sobre los motores económicos de la destrucción ambiental es característico de este tipo de estudios. Según el IPBES, los factores indirectos dependen devalores socialesypatrones de producción y consumo. Esta redacción revela una falta absoluta de categorías analíticas para abordar el problema de las causas de la degradación ambiental.
En la oscuridad quedan las fuerzas económicas responsables de la sobre-inversión en capital fijo y la intensificación de tasas de extracción en la producción minera, forestal, pesquera y en desarrollo de monocultivos en grandes superficies. Lo mismo se puede decir de la expansión de la mancha urbana a escala mundial, producto de la especulación inmobiliaria y de la malsana relación del sistema financiero con el sector de bienes raíces.
El informe IPBES sí menciona prácticas no sustentables en la producción pesquera, agropecuaria y forestal, pero las atribuye a incentivos malsanos, como los subsidios que favorecen el uso de combustibles fósiles, fertilizantes y plaguicidas. Pero si bien los subsidios perversos efectivamente desempeñan un papel nefasto, son sólo una parte del problema.
A escala global, las fuerzas económicas que impulsan el deterioro ambiental están íntimamente relacionadas con la transformación de la economía bajo el esquema neoliberal. La obsesión con las exportaciones como motor de crecimiento ha dejado una profunda cicatriz ambiental a escala planetaria. A eso hay que añadir la concentración de poder de mercado, la dinámica de la competencia intercapitalista, así como el papel del sector financiero.
Varios ejemplos ilustran lo anterior. El uso de commodities como activos financieros es un factor de destrucción ambiental de primera magnitud. Se debe a la desregulación que permitió la irrupción de la especulación financiera en los mercados de futuros de materias primas. Esto ha sido confirmado por el comovimiento de los precios de commoditiesen los tres complejos de materias primas (energía, agropecuario y minerales).
En la agricultura encontramos que 92 por ciento de unidades de producción agrícola en el mundo son pequeñas propiedades y se ubican en 24.7 por ciento de la superficie cultivable global. A pesar de ser responsables de la producción de 50 por ciento de alimentos consumidos en el planeta, tienen que luchar en contra de estructuras adversas de precios y falta de apoyos gubernamentales. En cambio, los proyectos de agricultura comercial en gran escala, intensivos en agroquímicos y grandes destructores de biodiversidad, reciben todo tipo de apoyos.
La sección sobre Intervenciones de política, del informe IPBES, deja mucho qué desear. Es normal. Las recomendaciones de política para contrarrestar y revertir la destrucción ambiental serían más pertinentes en la medida en que el diagnóstico sobre las causas fuera más riguroso. Por el momento parece que tenemos que conformarnos con más análisis sobre las múltiples enfermedades del cuerpo ambiental, pero sin ahondar en las causas de esos males. Lo grave: el mal diagnóstico no permite recetar la medicina adecuada.
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4/03/2019

La batalla por la alimentación del futuro



¿Cómo vamos a asegurar la alimentación de una población de 8 mil 500 millones de personas para 2030? La mayoría de la población piensa que la única forma de lograrlo es mediante la agricultura comercial de gran escala, que hoy domina el mercado mundial de alimentos. Esa es la respuesta equivocada.
La lucha por los alimentos de mañana comienza hoy. La forma de producirlos en la actualidad afecta la producción de una alimentación nutritiva y un medio ambiente saludable en el futuro. La agricultura comercial de gran escala, intensiva en capital y en insumos agroquímicos, no solamente no es la respuesta a las necesidades de producción y conservación, sino pone en peligro el abasto alimentario mundial del futuro. Es urgente revalorizar la agricultura que se rige por los principios de la producción agroecológica.
En Estados Unidos se ha publicado un libro de gran valor por el investigador Timothy A. Wise. Su título es Eating tomorrow y es el resultado de cinco años de investigaciones en México, Estados Unidos y varios países africanos (Zambia, Malawi y Mozambique). La línea conductora del análisis es la pregunta sobre los sistemas agrícolas para alimentar a una población mundial en crecimiento. La respuesta se orienta de manera convincente hacia la agricultura de pequeña escala, que hoy sigue dominando la producción mundial de alimentos (70 por ciento de los producidos en el planeta proviene de la agricultura campesina). Esta actividad productiva se desarrolla en unidades pequeñas, y aunque con frecuencia se trata de tierras que no son de la mejor calidad las técnicas de manejo de suelos, agua y recursos genéticos de estos pequeños productores les permiten obtener rendimientos suficientes para satisfacer las necesidades familiares y llevar excedentes al mercado.
Las técnicas de producción de esos productores pobres descansan en un saber campesino milenario basado en la agrobiodiversidad. Esa forma de producción va contra casi todos los principios de la producción capitalista, que prefiere la uniformización (monocultivo), la mecanización y el uso intensivo de agroquímicos (fertilizantes y plaguicidas). La producción comercial en grandes unidades es la que mejor se presta para aplicar los principios que privilegian la generación de ganancias antes que la de alimentos. Pero esa rentabilidad del complejo agrícola capitalista está dejando un rastro tóxico en el medio ambiente. El mejor ejemplo es el estado de Iowa, en Estados Unidos, que Wise califica de epicentro de una catástrofe ecológica y social.
Las corporaciones que dominan la producción agrícola y ganadera en Estados Unidos manejan las unidades productivas como si fueran una fábrica de telas. Lo que importa es la rentabilidad. Pero el complejo de la agroindustria sigue degradando acuíferos con nitratos, plaguicidas, patógenos, desechos farmacéuticos y hormonas. Un resultado es la llamada zona muerta, en el Golfo de México, producida por el escurrimiento de nutrientes provenientes de la agricultura comercial de gran escala. Además, las prácticas de roturación y monocultivo siguen teniendo un impacto que deteriora las propiedades productivas de la tierra. En ese esquema la producción agrícola se encuentra entrelazada con gigantescas fábricas de carne, en las que millones de cerdos y pollos son objeto de un proceso de hacinamiento extremo con una huella tóxica de dimensiones bíblicas.
El problema no es sólo ambiental. Aunque muchas unidades de producción siguen siendo propiedad de una familia, la verdad es que esos propietarios no controlan el proceso productivo. La mezcla de producto (agrícola y ganadero), así como los insumos necesarios, así como cuándo llevar todo el producto al mercado, son decisiones que las familias no controlan: son las grandes corporaciones las que determinan las líneas de producción y la combinación de insumos.
Esas grandes corporaciones dominan los mercados de semillas, granos, carne, fertilizantes y plaguicidas. Están integradas horizontal y verticalmente, y los nombres de estos gigantes son bien conocidos: Monsanto, Dupont, Syngenta, Cargill, Archer Daniels, Tyson, Smithfield. Las familias propietarias de granjas se han convertido en una especie de vasallos medievales de estas corporaciones. Y aunque el american dream tiene un lugarcito bucólico para las familias dueñas de un predio, la verdad es que hoy la mayor parte de esas familias recibe ingresos anuales insuficientes para cubrir el costo de operación bajo los parámetros impuestos por estas grandes corporaciones. Muchas familias viven por debajo de la línea de pobreza y han perdido sus tierras. Estados Unidos tiene ya desde hace años un problema agrario de grandes dimensiones.
El análisis de Tim Wise muestra cómo la política agrícola tiene años castigando la pequeña agricultura y otorga privilegios exorbitantes a las grandes corporaciones. El costo puede ser muy alto, pues está en juego la sustentabilidad de la producción de alimentos en todo el planeta.
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