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8/06/2016

Existen mujeres que usan el género para justificarse: Sara Sefchovich


La investigadora publica el ensayo El cielo completo, sobre el significado de ser escritora
Existen mujeres que usan el género para justificarse: Sara Sefchovich

Critica a las colegas plañideras, que piensan que su condición les permite vomitar sus penas sin problema

Aborda el reconocimiento a la literatura femenina, idea muy de dientes para afuera

Incluye un catálogo razonado de mexicanas y latinoamericanas y una breve antología

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Como académica de la UNAM y feminista, la autora ha dedicado gran parte de su investigación a las mujeres en todas sus vertientes

Periódico La Jornada

A diferencia de lo que ocurría hace 40 años, las mujeres hoy tienen muchas más posibilidades de desarrollarse, no sólo en la vida cultural, sino en la política. No obstante, muchas se cobijan en esa situación para hacer cosas bastante malas y culpar al hecho de ser mujer para justificarse.
Así lo considera la socióloga e historiadora Sara Sefchovich (Ciudad de México, 1949), quien, en el terreno literario, llama plañideras a esas colegas que luego de tantas décadas siguen escribiendo como si el mundo no se hubiera modificado, como si ser mujer les permitiera vomitar todas sus penas sin el menor problema, sin corregir o intentar escribir bien, incluso sin tener ortografía. También las mujeres en el poder se cobijan en eso con el tema de las cuotas y hay quienes ocupan cargos sin necesariamente ser las más hábiles.
Como investigadora y académica de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), pero sobre todo como feminista, nadie mejor que la autora de País de mentiras (2008) para hablar del que ha sido el tema de su vida: las mujeres en todas sus vertientes.
Sefchovich ha observado de cerca durante cuatro décadas a escritoras, pero también a las mujeres en el poder o a las que están cerca de los hombres en el poder.
En su libro reciente, el ensayo El cielo completo: mujeres escribiendo, leyendo (publicado por Océano), presenta un panorama de lo que significa ser mujer y escribir desde esa perspectiva única, trabajo en el que, por ejemplo, se puede apreciar qué preocupaba a Rosario Castellanos y qué interesa hoy a Laura Restrepo, extremos opuestos, dice la autora.
Sin correcciones políticas
El volumen incluye un catálogo razonado de escritoras mexicanas y latinoamericanas y una breve antología, “porque son las menos conocidas; hay algunas de Argentina o Brasil que son las famosas, pero no tenemos recuperada completamente la historia de nuestras escritoras. Incluí además a las cronistas porque estoy convencida de que desde hace rato es el mejor género en el sentido literario, no sólo en cuanto a temas, sino a formas de escritura, explica en entrevista con La Jornada.
También dedicó un apartado a las que llama “escritoras sentidas, mis favoritas absolutas; ahí están Alfonsina Storni, Marguerite Duras, Elena Poniatowska, Virginia Woolf, Ruth Prawer Jhabvala, Anne Sexton, Sor Juana, Gabriela Mistral y Marguerite Yourcenar. A cada una dedico un capítulo de mi lectura y de los cambios que he tenido con respeto a ellas, porque se trata de textos que he escrito durante 40 años, los cuales hoy retomo y reviso.
Al hacer esta parte me di cuenta de que quité pasiones de mi vida: escritoras que idolatré ahora no están, y también explico por qué, con nombres y apellidos. En 40 años, evidentemente cambié, y escritoras a las que quise mucho hoy no me dicen nada. No será cultural ni políticamente correcto decir que Toni Morrison, quien ganó un Nobel, no me atrapa, pero así es.
En la cuarta parte del libro, la autora compara a algunas poetas y narradoras de varias nacionalidades y presenta “el inicio de un proyecto nuevo que tiene que ver con lo que significa el sufrimiento en la vida de las mujeres escritoras en términos colectivos: ¿qué pasa cuando se exilian, cuando hay un guerra, cuando se tienen que refugiar? A la escritura que se da en esas situaciones la llamo literatura desde los confines.
“También hablo de las escritoras ‘predicadoras’, que no me gustan, pues de repente se vuelcan no sólo a dar consejos, sino a cronicar a los escritores que son una fauna de un narcisismo bestial; eso no me interesa. Están además las que hacen sagas familiares, las que cuentan su vida y las que venden en serio, como Agatha Christie, Danielle Steel y Norah Roberts, despreciadas por las grandes teóricas y feministas, pero aquí digo que si cuatro millones de mujeres las leen en un año, algo les están diciendo, ¿y quién soy yo para decir, desde mis alturas de intelectual y estudiosa, que eso que tú lees es una porquería? ¿No que mucha democracia? ¿No que debemos dejar participar a los demás? Si esa literatura gusta a muchas mujeres quiero entender por qué.”
La autora de Demasiado amor (1990) también recuerda en este libro que cuando empezaron a tener éxito las mujeres escritoras “nos acusaron de ser light, de hacer una literatura baja en calorías, que no servía para nada, y llego hasta la actualidad, cuando ya es culturalmente correcto decir que las mujeres son muy importantes y hay que hacerles caso. Pero es puro discurso, pues ahí está el canon del siglo XX de Carlos Fuentes, y lo que espera para el siglo XXI, en el cual no está incluida ninguna mujer, habiendo en este continente escritoras como Clarice Lispector, Isabel Allende o Elena Poniatowska.
“Menciono la encuesta que hace años hizo la revista Nexos, que preguntó a sus lectores cuál era el mejor literato y ninguna persona mencionó a una mujer. Eso demuestra que es muy de dientes para afuera la idea de que las mujeres somos importantes.
“De todo esto habla El cielo completo, cuyo título tiene que ver con lo que decía Confucio: las mujeres constituyen la mitad del cielo. Pero no se puede sostener sólo la mitad del cielo o el techo de una casa, porque si no, se cae. Es decir, o le entramos todos a detener el cielo, llámese México, literatura o violencia, o se nos cae encima todo. No nos podemos quedar sentados mirando a la otra mitad, o al gobierno o al Ejército, esperando que lo resuelvan. La vida debe ser algo donde todos estemos comprometidos”, concluye Sefchovich.

3/11/2015

Libro de Sara Sefchovich desata polémica entre feministas


Pide que las madres impidan violencia de sus hijos delincuentes

Las madres mexicanas tienen la obligación de amar, criar, educar, alimentar, vestir, proteger, procurar y formar a sus hijas e hijos, y como si esto fuera insuficiente, ahora la escritora Sara Sefchovich propone que ellas también se hagan responsables de detener la violencia que generan sus descendientes.

 
La polémica propuesta es el centro de su más reciente libro “¡Atrévete! Propuesta hereje contra la violencia en México”, de editorial Aguilar, un texto que resulta ser un libro de autoayuda, una propuesta moral y a la vez un ensayo provocador, una filosa critica y un análisis bien documentado de la violencia, según la reseña de las y los críticos.
 
A sabiendas de que su idea generaría animadversión, sobre todo de feministas que por décadas han exigido desmitificar el rol de madres, la socióloga decidió publicar este libro que en diciembre pasado se presentó en la ferias Internacional del Libro de Guadalajara, en febrero en la del Palacio de Minería, y ayer en la Casa de las Humanidades de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).
 
Las reacciones son varias. Para el escritor Benito Taibo, el texto es una propuesta lógica; para la secretaria de Educación del Distrito Federal, Mara Robles, es un llamado a dialogar con las ciudadanas, y para la feminista Marta Lamas es “preocupante”, porque considera a las mujeres sólo como madres, y para la académica Lucía Melgar es “injusto acusar a las mujeres de no querer cumplir las leyes” (es decir, de no denunciar a sus hijos delincuentes).
 
En la presentación en la UNAM, la periodista Adriana Malvido, junto con Lamas y Melgar, destacaron el análisis de la escritora respecto a la violencia extrema que vive México, pero criticaron que se proponga a las madres como solución de la delincuencia, ya que esto refuerza el estereotipo de que la mujer es la culpable de las acciones de sus hijas e hijos.
 
Sara Sefchovich, investigadora del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM que ha destacado por sus análisis de género, aceptó las críticas pero defendió su obra: “La única razón que doy para que las madres pudieran querer detener a sus hijos no es una razón moral y tampoco es una razón de amor”.
 
Aunque el argumento se centra en el papel preponderante de la familia y de las mujeres dentro de ella, la escritora argumentó: “Mi tesis para decir que las madres, y es donde las identifico con las víctimas, es el hecho de que la madre del delincuente también le puede doler perder a su hijo, porque lo maten, porque lo torturen, porque lo encarcelen, por lo que sea”.
 
En su libro, Sefchovich dialoga con sus lectores, pero hace un especial cuestionamiento a las mujeres que tienen hijos delincuentes, a aquellas que les dan la bendición antes de que vayan a cometer sus fechorías, a las que reciben los regalos que fueron obtenidos por el robo, a las que alientan el crimen, a las que no denuncian a sus descendientes.   
 
Ante ello, la feminista Marta Lamas aseguró que es certero señalar que en México la familia solapa la delincuencia, pero discrepó con la autora en su intención de que las madres se encarguen de realizar el saneamiento que necesita el país, porque se entiende que la voluntad y la conciencia de las mujeres podrán hacer todos los cambios, lo cual “no puede ser”.
 
“Privilegiar la identidad de las mujeres como madres es lo que el discurso ideológico imperante ha hecho”, por ello para Lamas es necesario repensar el papel de la maternidad, sobre todo en un país donde las mujeres son violentadas y donde las familias ya no son lo que fueron hace algunas décadas.  
 
A su vez, Lucía Melgar dijo que es peligroso retomar la tradición mexicana de una idealización de las madres a las que se adora y a las que al mismo tiempo se maltrata, y es que para la feminista es dejar de lado las relaciones de poder e ignorar el papel de la figura paterna en las responsabilidades familiares.
 
En opinión de la académica, es injusto imponerles a las madres la responsabilidad de detener la violencia de sus hijas e hijos. 
 
Incluso invitó a repensar si un pandillero realmente escucha a su madre e imaginar a una mujer que vive en la miseria y que sobrevive gracias a la actividad ilícita de su hijo; pero además preguntarse –convocó Melgar– si ellas pueden denunciar a sus hijos en un sistema de justicia corrupto.
 
Hubo mucho más críticas, pero Sefchovich concluyó que ante el fracaso de las políticas gubernamentales para hacer frente a la violencia, es necesario empezar a buscar otros caminos y qué mejor que empezar por la familia, y aunque aceptó las opiniones de las feministas, aseguró: “Lo único que ya no podemos aceptar es que ya no haya propuestas”.



Por: Anayeli García Martínez
Cimacnoticias | México, DF.- 

1/04/2015

Propuesta contra la violencia

Sara Sefchovich
Mi proposición es hereje porque no creo que las soluciones sean de arriba para abajo, sino al contrario, de abajo para arriba
Como lo ofrecí la semana pasada en este espacio de EL UNIVERSAL, dedicaré los primeros artículos del año que comienza a hacer una propuesta contra la violencia en México.
Debo decir que esta propuesta está en un libro mío que acaba de ver la luz y que presenté hace unas semanas en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, acompañada por la gran Elena Poniatowska. El libro se llama ¡Atrévete! Propuesta hereje contra la violencia en México, y está publicado por la editorial Aguilar.
Al elegir el término hereje, lo hice porque se trata de una propuesta que no sigue lo que se acostumbra decir para enfrentar la violencia en que vivimos. Hasta ahora, siempre escuchamos que se le echa la responsabilidad al Estado, sea para que intervengan el Ejército, las policías o las autoridades de cualquier tipo y nivel, o para que, con una visión más a largo plazo, se ocupe de mejorar la educación, empleo, salud, vivienda y servicios para los mexicanos.
Por supuesto, ambas cosas son necesarias, pero la primera ha sido totalmente ineficaz y sólo ha servido para aumentar la violencia y hacer evidente la enorme y profunda corrupción en que vivimos y la segunda, incluso si se empezara a hacer algo hoy mismo (lo que no está sucediendo), sus resultados se empezarían a ver dentro de por lo menos dos generaciones. Y no estamos para esperar.
Por eso mi propuesta se sale por completo de esa manera de ver las cosas. Primero, porque no creo en que las soluciones sean de arriba para abajo sino al contrario, de abajo para arriba. Y segundo, derivado de lo anterior, porque traslada la responsabilidad de la resolución de la violencia y la delincuencia a las familias, con énfasis en la madre como su eje organizador y aglutinador.
Y es que, como escribió alguien sobre mi libro: “Cambiar debe empezar en casa. Hay que acabar con la complicidad de la familia. En la sociedad mexicana hay una relación muy significativa de afecto, de apoyo en la familia. Y la tienen hasta los delincuentes. Lo que debemos es aprender de los padres y madres de las víctimas a crear conciencia en la sociedad. Sara Sefchovich le escribió un libro a las madres mexicanas, específicamente a las madres de los delincuentes. Las provoca, les pide que se atrevan a muchas cosas, incluso a dejar de ser esas mujeres sobreprotectoras de sus hijos”.
Y en efecto, es a ellas a quienes apelo, para que la crueldad y la violencia disminuyan. Porque ellas son cómplices, en la medida en que aceptan los beneficios que significa que sus hijos sean delincuentes y en la medida en que hacen como que no ven ni preguntan de dónde salieron esos beneficios.
Ahora bien: ¿por qué habrían de hacerlo? ¿Por qué habrían de negarse a recibir dinero, regalos, casas?
La respuesta es ésta: por el temor a perder a sus hijos, que los maten, secuestren, torturen, desaparezcan. Sus hijos están expuestos lo mismo que las víctimas, y en ese paralelismo entre el sufrimiento de las madres de ambos, víctimas y victimarios, se abre la brecha para conminarlas a actuar.
Parece una locura, sí. Pero locura pareció también cuando las primeras madres y parientes de las víctimas salieron al mundo a mostrar su dolor. En Argentina, Sudáfrica, Centroamérica, México, eso despertó la conciencia nacional. Y hoy vemos que los padres de Ayotzinapa levantaron a todo el país.
Desde teóricos como Weber y Parsons hasta activistas como Gandhi y Mandela, han mostrado que la acción individual, aunque parezca una gota de agua echada al mar, de hecho afecta al orden social. No es el concepto de algunas religiones de cada quien para su santo, para su propia vida y tranquilidad, sino que es el concepto según el cual lo que cada uno hace se agrega a lo que hacen los otros hasta formar un colectivo y así se puede reconstruir el orden social a partir del sujeto-actor.
Esa es nuestra gran esperanza. Es más, hoy por hoy, es la única.

Escritora e investigadora en la UNAM. sarasef@prodigy.net.mx 
www.sarasefchovich.com

12/21/2014

Huecos en la explicación

Sara Sefchovich

Después de todo este tiempo, llama la atención que aún haya tantos vacíos en los análisis de la crisis que vivimos
Leo y escucho a quienes explican los acontecimientos del México actual, que tan inquietos nos tienen a muchos ciudadanos. Desde hace casi tres meses, prácticamente todos están enfocados en los sucesos de Ayotzinapa, sus causas y consecuencias.
Sin embargo, después de todo este tiempo, llama la atención que aún haya tantos huecos en los análisis.
Por ejemplo, algo que parecería muy elemental: por qué el caso de los normalistas consiguió levantar a la sociedad, siendo que durante años hemos tenido atrocidades similares con desaparecidos, asesinados, fosas clandestinas, feminicidios. Las explicaciones que sostienen que lo que alebrestó a la sociedad fue el hecho de que hayan sido estudiantes, o que se trató de la gota que derramó el vaso del hartazgo ciudadano, me parecen correctas pero insuficientes. Hay otros elementos que por alguna razón no entran en las explicaciones.
Por ejemplo, lo que significa el hecho de que precisamente haya sido Guerrero quien haya levantado la conciencia nacional. Se trata de una región del territorio nacional que ha estado en rebeldía contra el Estado mexicano desde tiempos coloniales, lo que se dice rápido pero tiene significados sociales muy profundos cuyas manifestaciones siguen allí: desde la guerrilla hasta que sus habitantes formen parte de grupos de oposición activos como la CETEG, la UPOEG y otros. Un historiador analizó el enfrentamiento entre el Ejército y la guerrilla en los años setenta, pero sólo para explicar a aquel como represor.
Tampoco he encontrado que se haga por entender la intervención de otros grupos en mover la cuna de lo que está sucediendo, sean partidos políticos, miembros de la propia clase gobernante, de la iglesia o del empresariado con intereses muy concretos. Y sin duda la hay, pues para decir lo más visible, allí están las carísimas camionetas blancas en que circulan quienes incendian autos y edificios.
Intriga también que el narco nomás no aparezca en las explicaciones. Hasta una brillante periodista de investigación, que lleva años estudiando a los capos y escribiendo sobre el tema aún a riesgo de su propia vida, deja fuera este elemento y solamente se centra en el Estado como responsable de los acontecimientos, repitiendo lo que parece que es el mantra universal.
No he encontrado tampoco análisis que incluyan al mundo, como si lo que nos sucede fuera sólo un problema local, como si México no formara parte del planeta Tierra y la globalización no hubiera llegado aquí y no pudiera tener algo que ver con lo que nos está pasando.
Me refiero con esto a varias posibilidades: desde la situación de los grupos traficantes de drogas a nivel internacional, con sus pleitos entre sí por rutas y mercados, hasta las empresas extranjeras que pudieran querer intervenir en la situación mexicana para conseguir mejores condiciones de negociación y desde los intereses de los vecinos del norte hasta la posible intervención de grupos terroristas o por lo menos anarquistas, lo cual no parece tan descabellado cuando vemos ciertas tácticas que repiten las que se han utilizado en otras partes del mundo y ciertas maneras de organizar las acciones. Datos concretos son que ya han sido expulsados del país dos teóricos anarquistas y que nuestras fronteras no están blindadas, digan lo que digan los funcionarios.
En fin, que hay muchos elementos que se han dejado fuera de los análisis y que necesariamente tendrían que estar en él para complejizarlo y profundizarlo.
¿Por qué no se va más allá? ¿Acaso no son brillantes los que están explicando? ¿Sucede tal vez que hay cosas que no pueden o no quieren decir? ¿Y cuál sería la razón para ello? ¿Qué se quiere conseguir con esta manera de explicar incompleta?
Estas son otras preguntas a hacerse, que además de tener que ver con los hechos mismos, apuntan a entender a los intelectuales.

Escritora e investigadora en la UNAM. 
sarasef@prodigy.net.mx www.sarasefchovich.com


10/05/2014

Una economía de servicios


Sara Sefchovich
La semana pasada hablé en este espacio generoso de EL UNIVERSAL, sobre el hecho (para mí) deprimente de que la economía mexicana esté cada vez más orientada principalmente a servicios, pues de acuerdo a los datos del INEGI, este ramo crece mucho más que la producción industrial (casi el doble), que la agrícola y que la infraestructura.
Ahora bien: la palabra servicios engloba un amplio espectro de posibilidades, de modo que si jalamos ese hilo, y nos preguntamos a qué tipo de servicios se refieren los datos cuando se habla de una economía así, la depresión es aún mayor.
La respuesta apareció en días pasados, por un lugar completamente inesperado: la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico.
Según datos recientes de dicha organización, en México el mercado laboral favorece más a quienes han cursado menos estudios (primaria y secundaria) y por el contrario, los que tienen educación superior, sufren mayor desempleo.
¿Qué quiere decir esto?
El lector ya podrá adivinarlo: los empleos son para camareras de hotel pero no para gerentes, meseros pero no chefs, obreros no calificados pero no ingenieros, enfermeros pero no médicos.
Por supuesto, como me dijo alguna vez don José Gutiérrez Vivó cuando discutimos sobre esto en alguna de sus míticas mesas de análisis en su programa matutino de Radio Monitor, son trabajos legales y decentes y no tienen nada de malo.
Sin embargo, como sociedad, sí nos significa algo muy grave, en la medida en que se trata siempre en las categorías mas bajas de empleo, sin posibilidad de superación, mal pagados, sin beneficios (salud, vivienda, crédito) y precarios.
Si a lo anterior se le agregan las enormes cantidades de jóvenes que ni estudian ni trabajan ni quieren hacerlo, porque no les interesa, el panorama de nuestro futuro se pone realmente poco alentador.
Imaginemos una sociedad entera en estas condiciones. Definitivamente es pasto fácil para la improductividad, la informalidad y la delincuencia, y ni se diga para la dependencia.
Eso por supuesto, no lo quieren ver quienes desde las metrópolis (para usar la vieja palabra de la Teoría de la dependencia) pretenden componer el asunto de manera muy fácil: echándole al gobierno la responsabilidad y diciendo que hay que revisar las leyes laborales y mejorar la educación.
Evidentemente esto hay que hacerlo, pero no es lo que va a resolver el asunto. Las leyes laborales no mejoran el empleo, los cambios en la educación no redundan en mejorías hoy mismo y además, esto tiene que ver con algo más amplio, que es nuestra insersión en el sistema global, que una vez más, nos pone a ofrecer lo que necesitan ellos y no lo que nos conviene a nosotros, y sólo piensa en la inmediatez y no en el largo plazo.
Porque digan lo que digan los defensores de la globalización, una sociedad que no produce en los sectores agrícola e industrial, que todo lo que se come y requiere para vivir lo tiene que importar, y que lo que sí produce es algo en lo que no tiene los altos puestos, ni las decisiones significativas, no tiene cómo asegurar su futuro.
Ya nos sucedió, pero nuestra memoria es corta: ya fuimos exportadores de productos primarios e importadores de manufacturados, teniendo que soportar aumentos y disminuciones de oferta, demanda y precios.
Lo peor es que ya habíamos logrado salir de eso en la segunda mitad del siglo pasado, pero ahora hemos destruido la industria y la agricultura. Y tampoco aprovechamos los esfuerzos en ciencia y tecnología a los que tanto se ha apostado en las universidades públicas.
Hoy parece que lo que tenemos para ofrecer es mano de obra barata (esa misma por cierto, que quiere cruzar todos los días la frontera del Norte) para atender el sector en el que los gerentes y especialistas calificados sean los de ellos. Y la verdad, esta no es nada buena noticia.

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Escritora e investigadora en la UNAM

9/29/2014

Se los dije

Sara Sefchovich
De niña odiaba esta expresión, que mi madre soltaba cada vez que sucedía lo que nos había advertido que iba a suceder. Pero ahora, no puedo evitar usarla. Porque lo dijimos muchos.
Durante años, hablamos del peligro que significaba permitir casinos. Las experiencias de otros países mostraban que el lavado de dinero, lenocinio y ludopatía eran consecuencias inevitables, además del hecho de contribuir a generar una cultura y una economía orientada no a la productividad sino a los servicios.
Por supuesto, los casinistas lo negaron.
Pero allí están los hechos. Y ahora en Yucatán, la Secretaría de Salud estatal ha tenido que intervenir para atender la adicción al juego, pues “comienzan a surgir datos muy severos de impacto negativo”, y en el Estado de México el gobernador se ha puesto a destruir máquinas tragamonedas, diciendo que afectan al tejido social. ¿No es eso lo que habíamos dicho y ellos negaron? ¿No hubiera sido mejor no permitirlos que ahora tener que componer los desperfectos?
Sobre la cultura improductiva, los datos muestran que “el sector que será clave para ajustar el PIB o para ratificar la meta del crecimiento económico” es el de servicios, que esta creciendo a una tasa más alta (¡casi el doble!) que la producción industrial.
¿A qué se refieren cuando hablan de servicios? Una fotografía en el periódico en el que se da esta nota pone, como ejemplo para hablar del ramo, una enorme cama redonda con un corazón rojo en medio y hay dos personas trabajando: una arregla el sitio para los visitantes y otra limpia el piso. ¿Estamos destinados a convertir a todo el país en lo que fue Tijuana hace algunos años? ¿Serán los casinos, hoteles, restoranes, centros comerciales, burdeles, fumaderos de mariguana y otras actividades similares nuestra principal actividad económica?
Puede ser. Y como muestra un botón: el Dragon Mart, enorme centro comercial que los chinos están construyendo en Quintana Roo y al que todo mundo se opuso (menos claro, los funcionarios beneficiados), porque además de ser algo que no necesitamos en este país, es un proyecto muy dañino al medio ambiente.
Por supuesto, esto lo negaron los involucrados, faltaba más, pero ahora resulta que siempre sí, que “las obras afectaron humedales y ecosistemas costeros” dice la Profepa local.
Pero México es México y con todo y el daño, no pararon la obra, sino que le impusieron una multa ridícula (poco más de siete millones de pesos, que en esos niveles de gasto ni se va a notar) y los dejaron seguir adelante. ¡Y eso que la propia dependencia reconoce que no cuentan con los permisos y que incumplen con la normatividad!
¿Cuántos se los dije serán necesarios para demostrar que la apertura total al capital extranjero para explotar el petróleo y el gas va a ser nociva para el país?
Es increíble pero aquí hacemos, tarde y mal, lo que en otros países ya ha demostrado que no sirve. Hace unos años Henry Paulson, que era jefe del Tesoro de Estados Unidos cuando la gran debacle financiera, respondió a una pregunta sobre la apertura de la siguiente manera: “Creo en los mercados, pero no creo que los puedes dejar sin regular. Desde el principio de los tiempos los mercados tienden a los excesos, de modo que la clave está en asegurarse de que hay un sistema regulatorio”.
El problema es que aquí nunca hay marcos regulatorios. Hay leyes generales, pero no normas precisas y claras, de esas que no permiten dobles interpretaciones. Y además, tampoco hay nadie que las haga cumplir.
Así que a las grandes empresas, sean constructoras de centros comerciales, operadoras de casinos o extractoras de petróleo, les resulta mas barato pagar multas y sobornos que dejar de tener lo que quieren. Y nuestros funcionarios, con tal de que vengan a invertir, los dejan hacer lo que sea.
Esa es nuestra tragedia, y como vemos, de nada sirve el se los dije.

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Escritora e investigadora en la UNAM

9/22/2014

Derechos de los niños


Sara Sefchovich
Ahora que han salido a la luz entrevistas con algunas de las personas que salieron del albergue de Mamá Rosa en Zamora, más sorprende e indigna lo que sucede en México: resulta que el DIF, la institución que fue la estrella de la asistencia social en México durante la segunda mitad del siglo XX, con la misión de proteger a los niños, simplemente no funciona. Y peor todavía: hace daño.
Nuestros funcionarios creen que no nos damos cuenta. Entonces hacen ruido, eventos y discursos, salen en la televisión para anunciar propuestas que todos los invitados aplauden, pero en los hechos no cumplen con su mandato.
Porque en nuestro país se decidió que el Estado tiene obligación de ayudar a los vulnerables, lo sean por su edad o por otra condición como orfandad o pobreza. Y se decidió también que si algún grupo de particulares quería participar de eso, (después de todo, la cultura católica es insistente en la obligación de hacer caridad), sería siempre supervisado por el gobierno para asegurarse de que lo hiciera adecuadamente.
Y sin embargo, en años recientes hemos visto que ha sido totalmente al contrario, no solamente no cumplen con lo que a ellos toca, sino que tampoco supervisan el trabajo de los particulares y los dejan hacer lo que les viene en gana. Y por si esto no bastara, se apoyan en ellos: nos enteramos que al menos en el caso de Mamá Rosa, el DIF les mandó niños a los que “no podía” (¡¡!!) atender.
¿Y que hacen los que deberían vigilar el cumplimiento de las obligaciones institucionales?
Veamos: a cinco años del incendio en la guardería ABC, la comisión de derechos de la niñez de la Cámara de Diputados decidió instalar un grupo de trabajo para “dar seguimiento a las investigaciones sobre el caso”. Apenas iban a empezar a pedir documentos, llamar a audiencia a titulares de la PGR y el IMSS y a padres de familia para “conocer el estado de las averiguaciones y procesos”. Eso sí, por discursos no paramos, y lo hacen asegurando que van a exigir castigo para los responsables y a “reafirmar su apoyo a las víctimas y a sus familiares”.
Esto viene a cuento por lo siguiente: existe una Red por los Derechos de la Infancia (Redim), que junto con la Unicef y un grupo de juristas expertas, elaboró una propuesta de ley para dar protección “real, plena e integral” a la infancia, hecha de acuerdo a los parámetros internacionales, misma que han entregado al Senado.
Pero sucede que el equipo del presidente Peña Nieto ha preparado también una propuesta, de esas que sirven para el aplauso pero que según quienes la han podido conocer, deja bastante que desear y que sin embargo, si nos atenemos a lo que ha sucedido con otras propuestas del ejecutivo, es muy probable que sea la que acepten.
Y eso sería grave, pues en la propuesta ciudadana no se trata de hacer solamente una ley, sino de la construcción de un sistema integral de protección a la infancia, con las instituciones adecuadas.
Quienes me siguen en mis artículos saben de la poca fe que tengo en que en nuestro país las leyes y las instituciones sirvan de gran cosa, porque aunque existan en el papel y en el discurso, no se llevan a la práctica y sólo sirven para alimentar a catervas de burócratas, asesores y otros bichos similares. Y también saben de mi desacuerdo con la moda de oponerse al asistencialismo, porque como he dicho, aunque el ideal son las políticas públicas adecuadas, en un país como el nuestro con tantas necesidades y carencias, no me parece que ya podamos darnos el lujo de descartarlo.
Sin embargo, apoyo la propuesta de la Redim no sólo porque está muy bien pensada, a diferencia de lo que ahora tenemos, sino porque si esas leyes e instituciones existen, por lo menos tendremos algo los ciudadanos con lo cual exigir su cumplimiento, lo que ni siquiera podemos hacer ahora, como están las cosas.

www.sarasefchovich.com   sarasef@prodigy.net.mx

Escritora e investigadora en la UNAM

9/15/2014

La danza de las cifras

Sara Sefchovich
A veces las cifras sorprenden, no se si por verdaderas o por falsas, pero siempre porque o son demasiado o son demasiado poco.
Por ejemplo, dice un estudioso que 80% de los habitantes de México son pobres, porque no alcanzan las normas de satisfacción de necesidades o de acceso a recursos. Estamos hablando de 94 millones de personas, un montón.
Y mientras, las 85 personas mas ricas del mundo poseen mas recursos que los tres mil 750 millones de los más pobres del planeta.
Hace poco nos enteramos que un ministro de la Suprema Corte recibe 6 millones de pesos al año por su trabajo, mientras que el salario mínimo nacional es de dos dígitos. Es más, el encargado de gestionar eso, tiene un salario de más de 2 millones de pesos.
Un diputado de la Asamblea Legislativa del DF recibe 300 mil pesos al mes, pero desde hace 5 años no hay recursos para comprarles trajes nuevos a los bomberos.
Un general, la categoría más alta de militar, ganaba hace dos años poco más de 10 mil pesos, pero a ello se le agregaba un sobre-salario mensual equivalente a 90% del salario y una compensación mensual de casi 154 mil pesos, con lo cual el salario se convertía en poco más de 173 mil pesos, mientras que un soldado raso ganaba en el papel casi 2 mil 500 pesos, tenía un sobre-salario de casi 2 mil 250, una despensa de 300 y una compensación mensual de 2 mil 500 con lo cual la suma total era de poco más de 7 mil 500 pesos.
El rango más alto de profesor-investigador en la Universidad Nacional Autónoma de México, gana casi 16 mil pesos al mes, más compensaciones por despensa y antigüedad , de modo que alguien con 30 años de trabajo agrega 13 mil pesos a su sueldo. A ello se le pueden sumar otras compensaciones, si el investigador decide participar en las evaluaciones por parte de pares, en sistemas tanto internos como externos a la institución y si las pasa, puede llegar a ganar 84 mil pesos. Mientras, el nivel más bajo de académico gana unos 8 mil pesos más ayudas para despensa y material didáctico.
¿Qué es más importante, un juez o un campesino, un militar o un profesor, un ferrocarril o el pan? Lo digo porque el presidente Zedillo vendió los ferrocarriles nacionales por mil 400 millones de pesos y la empresa Bimbo compró la panificadora más grande de Estados Unidos por mil 600.
Una revista inglesa dice que en México apenas 85% de personas tienen teléfonos celulares. Pero América Móvil informó que en años recientes, en América Latina, “pasó de 35 mil clientes de telefonía celular a 292 millones, un crecimiento de más de 8 mil 300 veces”.
Y Facebook dice que tiene 74 millones de usuarios en nuestro país, de los cuales cada mes 47 millones se conectan. De esos, Felipe Calderón tenía 18 mil seguidores hace cuatro años, mientras que Shakira llegó este año a los 100 millones.
Por lo que se refiere a Twitter, el presidente Peña Nieto tiene 2.9 millones de seguidores y la cantante Katy Perry 39 y medio.
Cifra increíble es la siguiente: con todo y los anuncios de éxito en la lucha contra la producción de drogas, según datos recientes, el territorio está “pintado de verde” por los miles de sembradíos (“hallaron 332 mil 159”) de marihuana que hay.
Pero mis cifras favoritas son estas:
Según un diario español, en México se pueden conseguir títulos de cualquier profesión sin haber cursado los estudios correspondientes. Eso no es noticia nueva, siempre se ha sabido que se falsifican en el portal de Santo Domingo. Lo nuevo es que se puede adquirir un original de la UNAM por 150 mil pesos.
Y el último: oí que en la Biblioteca Nacional de Washington hay 138 millones de libros, fotos, partituras, artículos. Cuando me preguntaba cómo los habían contado, me enteré que la ALDF ordenó fumigar los mercados públicos porque, según dijeron, hay 180 millones de cucarachas y 45 millones de ratas. Eso sí que me parece más difícil de contar, pero aquí lo podemos todo.

sarasef@prodigy.net.mx   www.sarasefchovich.com

Escritora e investigadora en la UNAM

9/08/2014

Satisfacer a los lectores?

Sara Sefchovich
En un articulo reciente, Román Revueltas escribe sobre el llamado “estado islámico” y las atrocidades que comete. Al final del texto, se justifica por escribir sobre eso, diciendo que “los valores de la sociedad abierta, a los que nosotros aspiramos como nación, no pueden estar tan ferozmente amenazados, en ningún lugar del mundo, sin que ello deje también de sacudir nuestras conciencias.”
¿Por qué era necesaria esa explicación?
Él mismo lo dice: cuenta que hace unos meses habló del “insondable misterio del vuelo MH370 de Malaysia Airlines” y un airado lector le escribió: “No sé por qué escribe usted sobre eso, si no viajaba ningún mexicano en el avión”.
Dejando de lado lo que significa que en nuestro país interese tan poco lo que sucede afuera (y de lo que he hablado varias veces en este espacio), me quiero referir a la actitud del lector. Es una persona que está convencida de que tiene la verdad en la mano y que se la puede imponer a los demás: esto es de lo que usted sí debe escribir o no debe escribir.
Algo similar nos sucede a todos los que tenemos algún espacio público donde expresar nuestras ideas: siempre hay alguien que nos dice lo que deberíamos haber dicho en lugar de lo que dijimos.
Hace poco, un lector me escribió exigiéndome que escribiera sobre lo que a él le parecía importante, que era exactamente lo contrario de lo que el lector de Revueltas: “Ud. debería de escribir un artículo sobre Israel y Gaza que diga la verdad de lo que pasa y no permitir que caricaturistas como Heliofores y Sketchs o como se llame dibujen mentiras de lo que pasa. Ud sabe muy bien que los israelíes no matan ni niños ni civiles al propósito y que no se compara la defensa de tu vida con lo que los palestinos quieren de los judíos incluyéndola a ud. aunque no se considere judía, para los demás lo es. Ningún judío que escribe en El Universal (Zabludovsky) debían de permitir la burla de los israelís a menos que consideren que es verdad lo que se dibuja y escribe sobre ellos”. (Ortografía arreglada, texto transcrito textual).
Dejando de lado la sandez de esa persona de suponer que sabe lo que soy y lo que me considero a mí misma, está la cuestión del tema sobre el que me exige escribir, con todo y las instrucciones que me da sobre la postura a tomar y sobre lo que “no debo permitir”. Decía Freud que los humanos quieren “que el otro satisfaga sus expectativas” y que en nuestro infinito narcisismo estamos convencidos de que aquello que nosotros consideramos lo más importante, efectivamente lo es.
Como no seguí sus instrucciones, el lector mandó dos correos más. En el primero decía: “No contestó nada de lo que dije, es ud. una antisemita, lástima que entre los judíos existan gentes como ud” y en el segundo: “Mejor no escriba en el periódico o no ponga su email. Si lo pone es para algo. No sea pelada”.
Toda esta disquisición la hago por lo siguiente: semana a semana los que tenemos espacios en los medios, le decimos a los políticos sobre todo, pero también a los policías, a los empresarios y hasta a los ciudadanos, nuestras opiniones sobre lo que hacen, y en la mayoría de los casos estas son críticas. No estamos de acuerdo con que el presidente tome esas decisiones, con que el Congreso promulgue esas leyes, con que tal institución no haga esto o aquello, con que el gobernador tal gaste tanto en publicidad, con que los maestros hagan tal acción o los ciudadanos no hagan tal otra.
Me pregunto: ¿hay alguna diferencia entre esto que hacemos nosotros, a lo que llamamos “libertad de expresión” y “avance democrático” porque podemos decir nuestras ideas, y lo que hacen esos lectores que nos exigen? Y lo más importante: ¿sirve de algo? ¿Les motiva a los criticados alguna reflexión lo que les decimos, o simple y llanamente lo ignoran como parece ser el caso y como hacemos los que recibimos esos correos?
 sarasef@prodigy.net.mx   www.sarasefchovich.com

Escritora e investigadora en la UNAM