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9/17/2018

UNAM: saldos de un movimiento

La Jornada 

Los paros estudiantiles se mantendrán este lunes en varios planteles de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), a casi dos semanas de la agresión que detonó el movimiento estudiantil más significativo de los años recientes en la máxima casa de estudios. El 3 de septiembre anterior un grupo de alumnos del Colegio de Ciencias y Humanidades (CCH) plantel Azcapotzalco, que se manifestaba pacíficamente frente a la Torre de Rectoría en Ciudad Universitaria (CU), fue agredido por porros armados con varillas, instrumentos punzocortantes, cohetones y bombas incendiarias, con saldo de varios heridos, dos de ellos de gravedad, sin que interviniera alguna autoridad universitaria ni de Ciudad de México.

El ataque fue la gota que derramó el vaso de la exasperación estudiantil, debido a la creciente violencia a la que están expuestos los estudiantes de diversos planteles de la UNAM, tanto dentro como fuera de los centros de estudio, violencia que ha dejado ya varios muertos y un feminicidio perpetrado en el campus de CU y otro reciente de una estudinte del CCH, estudiantes desaparecidos y abusos y agresiones sexuales que van al alza.

En respuesta a la agresión del 3 de septiembre, la comunidad estudiantil respondió con la realización de asambleas, manifestaciones y paros que abarcaron casi la totalidad de los planteles de la UNAM. Los alumnos de otros centros de educación superior se unieron al movimiento, el cual adquirió resonancia inmediata en la opinión pública.

La movilización de los universitarios ha tenido la virtud de poner en el debate público los gravísimos niveles de inseguridad que afectan a los jóvenes en el país y las diversas formas de violencia que padecen en forma cotidiana, particularmente la de género, y la que se deriva de grupos organizados de choque conocidos desde hace décadas como porros.

Sobre la primera, los estudiantes movilizados han denunciado de manera repetida la indiferencia, la omisión y hasta el encubrimiento por parte de autoridades universitarias; sobre la segunda, han señalado los vínculos de complicidad entre funcionarios de la máxima casa de estudios y tales grupos violentos.

En ambos puntos, los reclamos del movimiento estudiantil son correctos. Hay en la universidad –y la situación no es muy distinta en el resto de las instituciones de educación superior– renuencia a investigar y sancionar las expresiones de misoginia, desde el acoso hasta la violación. Por lo que hace a los porros, es claro que éstos no podrían existir sin financiamiento, dirección y encubrimiento de servidores públicos y que algunos de ellos se encuentran necesariamente enquistados en la propia burocracia universitaria.

En tal circunstancia resulta a todas luces impostergable una tarea conjunta de investigación entre las autoridades urbanas y las de la UNAM, a fin de identificar y sancionar conforme a derecho a los responsables intelectuales de la violencia porril, garantizar la neutralización de los grupos de choque y hacer acopio de voluntad política para poner un alto a la violencia de género.

9/16/2018

México 68 fue primero una fiesta

Vilma Fuentes

El movimiento estudiantil de 1968 en México no fue sólo la espantosa matanza del 2 de octubre. Cierto, nadie puede evocar los sucesos sin que surjan de la memoria, inmediatamente, las escenas de horror de muchachos y muchachas, madres de familia, niños, intentando escapar de la ratonera, cayendo bajo el fuego de las ametralladoras, yaciendo exangües, acribillados, en la plaza y los corredores de Tlatelolco. Asesinados.

Sin embargo, durante fines de julio, agosto y septiembre, entre mítines, manifestaciones, pintas, y a pesar de los arrestos, las víctimas mortales aquí y allá, las ocupaciones por el Ejército de Ciudad Universitaria, del Casco de Santo Tomás (después de una larga noche de defensa de los estudiantes del Politécnico) y de Zacatenco, el ambiente era eufórico. La efervescencia nos mantenía despiertos durante largas noches en vela. La vida se aceleraba y el cumplimiento de los deseos parecía al alcance. Soñábamos despiertos. Algunos escribían poesía en los muros, durante las arriesgadas pintas hechas de madrugada para escapar a la policía. Los discos de los Beatles, de Dylan o de Peter, Paul and Mary, servían de fondo a las discusiones que se tenían antes y después de las excursiones nocturnas para llenar de lemas y consignas las paredes. La ciudad era nuestra a esas horas cuando los jóvenes la poseían como a la amada.

Rimbaud, Lennon y el Che eran los ídolos entre los jóvenes que aún no cumplíamos 20 años. Crear poesía, componer música, hacer la revolución eran los anhelos que prevalecían en mi generación. Peace and love, paz y amor, era nuestro lema. Aspirábamos a la revolución, sí, pero pacífica, sin derramamiento de sangre ni muertos. Imagine all the people, living life in peace.
David Huerta y yo vivíamos en un departamento en la calle Pitágoras, junto a la avenida Universidad. Dada nuestra edad, éramos algunos de los raros muchachos en poseer un techo libre de la autoridad paternal. Espacio de libertad, muy pronto convertido en centro de reunión de preparatorianos compañeros de David, de alumnos recién ingresados a la Universidad donde yo estudiaba. Desde ahí, salían en pequeños grupos a hacer pintas. La espera de su regreso era siempre ansiosa: podían ser detenidos, incluso golpeados. Como se dio la consigna de quedarse en casa a las mujeres embarazadas, mi papel era el de esa espera, eternizada por la angustia que aumentaba con las horas.
Había de todo entre los chavos que venían a casa. Capitalinos y provincianos. Venidos de Narvarte, de la Nápoles, de la Roma o de una vecindad. Algunos hablaban de la sucesión presidencial: Martínez Manatou o Echeverría. Otros preferían esquivar la política nacional, después de todo rebasada, creían otros, por la fuerza del movimiento. Reinaba un sentimiento de poderío, de fe en la unión.
Otros techos acogían también a profesores, intelectuales. La magnífica actriz Selma Beraud presidía uno de los centros de reunión más buscados y, dentro de lo serio del espíritu, lejos del espíritu de seriedad, el lugar era festivo.
Una noche, Luis Ángeles, quien venía a Pitágoras, fue arrestado durante una pinta. Debíamos liberarlo cuanto antes. Los rumores corrían en escuadrilla, levantando temores un día, tranquilizando al siguiente. Luis podía ser torturado, desaparecer. David y yo acudimos a ver al jefe de prensa de la Procuraduría, como hijos de sus vecinos en la colonia Periodista. Nos afirmó que no tenían a ningún Luis Ángeles. Al recorrer los pasillos de esas oficinas, Luis nos escuchó. Le impidieron gritar. Después, nos contaría, riendo, cómo el agente que lo interrogó, le dijo: ‘‘Con todo mi respeto por su abuelo, don Felipe Ángeles, le aconsejo no jugar a la revolución, jovencito. Es peligroso”.
El retiro del Ejército de la Universidad y el Politécnico reavivó las esperanzas. No durarían sino 24 horas, ahogadas en un baño de sangre. Pero impotencia y odio no pueden asesinar los sueños.

9/12/2018

La coyuntura política en la UNAM, los porros y lo ¿evidente?

Bárbara Galma
Rebelión



Para las miradas poco aguzadas, que en la inmediatez de los hechos y sin ningún análisis serio de los mismo se lanzan a dar todo tipo de recetas y soluciones, lo ocurrido el día 3 de septiembre del año en curso, en la explanada de Rectoría de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), es algo evidente. Sin embargo, si se analizan los hechos con un poco de detenimiento y se consideran otros actores y dimensiones, lo evidente se torna confuso y, aún más, se asemeja a un rompecabezas complejo con muchos intereses en juego.

Es evidente que en la mayoría de los planteles de la UNAM existen una serie de problemáticas que llevan años sin resolverse, pero son básicamente tres los problemas que se han agudizado en los últimos dos años de manera alarmante. Primero, los casos de los asesinatos no resueltos dentro y cerca de los recintos académicos de la UNAM, como el caso del feminicidio de Lesvy Berlín Osorio o el de los estudiantes Víctor Manuel Orihuela y Adrián Clara Chagoya, ambos muertos en extrañas circunstancias en las inmediaciones de la Facultad de Filosofía y Letras (presuntamente al “caer” desde el segundo piso); aunado a ello está el clima constante de inseguridad y violencia hacia la comunidad universitaria, la cual constantemente es víctima de robos y ultrajes por parte de delincuentes que campean libremente dentro y en los alrededores de los distintos planteles. Un segundo problema, conectado con el anterior, es la presencia de diferentes cárteles de la droga dentro de los recintos universitarios que no solamente venden drogas, sino que han empezado a disputarse las zonas de venta, generando con ello balaceras y altercados. Y, no menos importante, un tercer problema, que había detonado ya paros y tomas espontáneas de instalaciones, son los diversos casos de acoso sexual y/o violencia sexual en contra de estudiantes en distintas escuelas y facultades.

En todas estas problemáticas, las autoridades universitarias no han tenido la voluntad ni la capacidad para generar soluciones, esto a pesar de tener toda la información a su alcance (sistemas de monitoreo y vigilancia e, incluso, control de acceso en algunos planteles) y, de igual modo, lo que sí han hecho es encubrir a los diferentes funcionarios responsables y vinculados directamente con las situaciones descritas.

Por ello, quien orquestó el ataque porril en contra de los estudiantes en la explanada de Rectoría el pasado 3 de septiembre sabía muy bien que ello incendiaría la Universidad. Sabía que era el único elemento que faltaba en el cóctel de problemas no atendidos por las autoridades universitarias para que los estudiantes no sólo se organizaran y tomaran sus facultades o escuelas, sino para que exigieran la destitución del rector Enrique Graue Wiechers. Sin un ataque de tal magnitud, con el nivel de espectacularidad, violencia y saña en contra de los manifestantes, los estudiantes de la UNAM no hubieran pensado siquiera en tomar sus escuelas ni en exigir renuncias, mucho menos en un clima de regocijo generalizado, pese a quien le pese y guste a quien le guste, por el triunfo de AMLO, candidato por el que votaron mayoritariamente los estudiantes de la UNAM, como lo demuestran indirectamente todos los ejercicios de simulacro electoral en las distintas escuelas, colegios y facultades llevados a cabo antes del 1 de julio.

Lo que empezó como un conflicto local en Colegio de Ciencias Humanidades Azcapotzalco (CCH-A), en donde los estudiantes lograron la destitución de la directora en turno, María Guadalupe Patricia Márquez Cárdenas, también presentaba elementos de problemáticas locales entre la gestión de la entonces directora y ciertos grupos del área 56 de la Asociación Autónoma de Personal Académico de la UNAM (AAPAUNAM, el sindicato académico oficialista y de protección), como fue evidenciado en el noticiero de Carmen Aristegui dos días después de la agresión porril. [1]

Una coyuntura local, con intereses sindicales de por medio, cerrazón y falta de voluntad política para la resolución de conflictos por parte de las autoridades del CCH-A, se convirtió en una coyuntura que afecta a todas las escuelas y facultades de la UNAM y que, de a poco, empieza a contagiar a otras universidades, dentro y fuera del área metropolitana.

En este sentido, la pregunta obligada es: ¿quién orquestó el ataque porril del 3 de septiembre? La conciencia vulgar e inmediata se apresura a decir: la autoridad. Pero ¿qué autoridad o qué autoridades? Y, además, ¿con qué fin?

Hay quienes sostienen que “la autoridad”, así en abstracto, ejecutó dicha agresión en contra de los estudiantes organizados y en contra de las organizaciones políticas de izquierda que tienen presencia en la UNAM. Respuesta que resulta curiosa, pues son los mismos que sostienen que no existía una organización política estudiantil en la UNAM o que ésta estaba dormida o muerta, que los estudiantes no estaban organizados, etcétera. A menos de que ellos fueran el objetivo último del ataque, cosa muy dudosa e inverosímil, no aclara quién o quiénes dieron la orden ni la causa o finalidad de este.

Los mismos grupos o individuos que tienen esta opinión pedestre sostienen que fue el rector quien mandató a los porros para que violentaran a los manifestantes. Sin embargo, ¿en serio creen que el rector es tan estúpido para mandar a golpear a los estudiantes con una espectacularidad y saña desmedida, justamente en la explanada de rectoría, para que la comunidad universitaria, de manera inmediata, se le pusiera en contra y exigiera su renuncia? Hay quienes, quizá igual o peor de estúpidos que el rector, juzgan posible esta respuesta.

Que no se malentienda, no se trata aquí de defender al rector o de hablar sobre la bondad e integridad de éste, cosa seguramente ajena al mismo, sino de entender las coordenadas políticas y los intereses que hay en juego. Y, es precisamente ese discurso que no sabe observar que los bloques en el poder no son monolíticos y que hay grandes intereses en juego, el que obnubila la comprensión de la coyuntura actual porque cree que todo es evidente, claro y diáfano. Este mismo discurso, en su incapacidad de entender la complejidad de los procesos, es el que crea, desde la falsedad, un consenso que se impone en la representación de los estudiantes y que termina por hacerle el juego, en la práctica, a quienes de manera premeditada iniciaron una coyuntura que habían calculado casi milimétricamente y en donde los estudiantes fueron concebidos como caballitos de batalla.

Sólo por mencionar algunas coordenadas que los estudiantes deberían tener presente para hacer sus análisis.

a) Estamos a menos de tres meses de que haya un cambio de gobierno y, aparentemente, no había habido ningún problema en la transición. El gran derrotado fue el PRI y, evidentemente, los cotos de poder que tenía en diversas instituciones los perderá o quedaran mermados significativamente (¿Y acaso no es la UNAM un enorme coto de poder del PRI?)

b) El actual rector, Enrique Graue, finaliza su periodo en menos de un año y, entre otras cosas, tiene la atribución de designar, junto a la autocrática Junta de Gobierno, al nuevo rector, que, o bien podría ser él mismo, dada su reelección, o bien designar a otro.

c) En la Rectoría de la UNAM y en muchos institutos de investigación y facultades como Derecho, Medicina, Filosofía e Ingeniería, entre otras, siempre ha gobernado el PRI, incluso durante los sexenios panistas. De igual modo, los dos grandes sindicatos de la UNAM, el Sindicato de Trabajadores de la UNAM y la AAPAUNAM son, más recalcitrantemente éste último, de corte priista (pese a los esporádicos coqueteos perredistas de Agustín Rodríguez).

d) ¿A quién beneficia un clima de inestabilidad en la Universidad?, ¿al rector?, ¿a los estudiantes?, ¿a  MORENA?, ¿al PRI?, ¿a los eternos revolucionarios de salón y cubículo?

¿Es importante entender que lo evidente no es tan evidente como parece y que detrás de lo ocurrido hay grandes intereses en juego que en poco o en nada tienen que ver con los estudiantes? Pensamos que sí, si el movimiento estudiantil, que espontáneamente ha surgido en los últimos días, no quiere ser la carne de cañón para la consecución de intereses que le son ajenos y si quiere articular demandas específicas que puedan hacerle frente al clima de inseguridad y antidemocracia que prevalece en la UNAM. De lo contrario, los intereses de grupos no solamente de la autoridad, sea Rectoría, la Junta de Gobierno, la Secretaria de Gobernación, el PRI, sino también los grupos de “izquierda”, que gustan de realizar paros indefinidos hasta que caigan el capitalismo y el patriarcado, hasta que se cancele el Nuevo Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México o hasta la abolición de la rectoría, conducirán, nuevamente, al movimiento estudiantil a la derrota y a la frustración, mientras, aunque no lo sepan, son usados por las mismas autoridades para imponer su agenda e intereses, aunque en lo “evidente” esto se nos presente como una lucha entre autoridades y estudiantes.

Sólo aquellos que, por mandato o por ignorancia, diluyen las responsabilidades en ese ente abstracto que se llama “autoridad", pueden considerar de poca importancia saber quiénes fueron los grupos o particulares responsables que se han visto beneficiados con esta coyuntura. Lo preocupante de esto estriba en que, en principio, se alejan de la verdad sobre los hechos y, por otra, terminan por encubrir a los verdaderos responsables, quizá tal y como querían aquellos que planearon el ataque.

Quienes sólo observan y fetichizan la coyuntura por la cantidad de estudiantes que han salido a manifestarse y no consideran los diferentes elementos, dimensiones y factores cualitativos de la situación actual, o bien carecen de perspectiva, paciencia y ganas de pensar con rigor, ganándoles el ímpetu inmediatista de la práctica, o bien, intencionalmente encubren las causas reales por mandato de alguien más.

Frente a estas posturas, se hace necesaria no la repetición de consignas hueras y presuntamente radicales, sino la reflexión seria y crítica de la coyuntura, de lo contrario, nuevamente, el movimiento estudiantil será devorado por los mismos de siempre… grupos con intereses muy concretos tanto de las autoridades como de algunos colectivos de “izquierda” que terminan negociando con los primeros.

Nota:

[1] Véase: Violencia en la UNAM tiene “tintes políticos”: maestra; directora de CCH envió porros: alumno de la FCPyS: https://aristeguinoticias.com/0509/mexico/violencia-en-la-unam-tiene-tintes-politicos-maestra-directora-de-cch-envio-porros-alumno-de-la-fcpys/

9/11/2018

La UNAM atrapada?


Javier Flores

La respuesta de los estudiantes de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) ante la agresión sufrida el 3 de septiembre por alumnos del plantel Azcapotzalco del Colegio de Ciencias y Humanidades (CCH) fue una concentración de más de 30 mil jóvenes en el mismo lugar en el que sus compañeros fueron lastimados por grupos de choque. La admirable respuesta de estos universitarios motivada por la indignación ante los hechos de violencia ha abierto espacios más que a certezas a innumerables especulaciones, así como a la intromisión de intereses que se traducen en demandas alejadas de las que dieron origen a la movilización y ahora pretenden desvirtuarla.
Una interrogante que ha surgido tiene que ver con la identidad de los patrocinadores de los grupos de choque. Fue un ataque bien orquestado que buscaba provocar algo grave, con uno o dos muertos (lo que por fortuna no consiguieron), que revela la mente retorcidamente criminal de los responsables intelectuales de esos hechos. ¿Quiénes son? Este parece uno de los secretos mejor resguardados, pero los hilos que mueven a los porros y a otros grupos violentos en la UNAM tienen orígenes múltiples, algunos de los cuales comienzan a ser dilucidados; si provienen de partidos políticos (derrotados en las elecciones) o del gobierno a nivel local o federal, como han sugerido algunos analistas, se trataría de sus últimos estertores, pues el presupuesto se les acaba en diciembre. Pero si aquí aún no hay claridad, donde sí hay coincidencia unánime es que el objetivo de la provocación es alterar la transición y la llegada al poder de un nuevo gobierno respaldado por el voto mayoritario de los mexicanos.
Ligado al factor externo, se ha postulado también que hay una participación o colaboración de algunas autoridades universitarias con los grupos violentos. El porrismo no es algo nuevo. Varias décadas atrás, cuando fui estudiante en la Preparatoria 2 de la UNAM, mis compañeros y yo sufríamos constantemente las agresiones de los porros y me consta que esa complicidad existía. No dispongo de datos para afirmar que eso mismo suceda hoy, pero si así fuera, el factor interno puede erradicarse con facilidad si las altas autoridades de la universidad tienen la decisión de hacerlo, pues en una investigación interna sería fácil indagar en los distintos planteles quiénes colaboran con los grupos porriles o qué autoridades están siendo obligadas o amenazadas por ellos.
En este sentido resulta esperanzador el mensaje del rector Enrique Graue del 4 de septiembre, en el que se comprometió ante la comunidad universitaria y la nación a emprender acciones definitivas con el fin de erradicar para siempre estas agresiones. En esta dirección se encuentra la suspensión del coordinador operativo de vigilancia y el inicio de una investigación interna por parte de la Comisión de Seguridad del Consejo Universitario, la cual, si está bien orientada, podría conducir a limpiar la casa y acabar con las complicidades donde existieran.
Hay, no obstante, algunas señales ominosas, como el peloteo entre las procuradurías generales de la República y de Justicia de Ciudad de México, que sugiere que ninguna de las dos quiere asumir la responsabilidad en este caso, lo cual es una fuente de gran preocupación, pues ha tenido como resultado inicial la liberación fast track de dos personas presuntamente participantes en los hechos detenidas previamente por la instancia federal. Esta es una señal grave, ya que proyecta el riesgo de la impunidad, lo que va en el mismo sentido de la provocación.
Ahora, se quiere sepultar al incipiente movimiento en una modalidad particular de asambleísmo en el que aparecen demandas que no tienen nada que ver con la motivación original de los jóvenes, como exigir la renuncia del rector, la elección de autoridades por votación, los salarios de los profesores de asignatura, la adhesión a diversas demandas populares, etcétera. Es una forma de control que ya hemos visto antes, con técnicas que incluyen, entre otras, expulsar a los medios de comunicación y alargar al infinito las sesiones para imponer una agenda. Después de la provocación, es la pinza que se cierra con el mismo objetivo, en la que la UNAM puede quedar atrapada.
Adicionalmente, hay entre algunos universitarios e intelectuales una corriente que interpreta superficialmente los significados y alcances de la actual movilización, a la que se exige y se le quiere ver como segunda parte del movimiento del 68, con marcha del silencio incluida. El contexto actual contribuye por inercia a justificar la búsqueda del cambio. Pero el paralelismo entre el movimiento de hoy con lo ocurrido hace 50 años carece de fundamentos objetivos. Se les exige a los jóvenes algo que ya hicieron, pues su actividad creativa en las redes sociales, por ejemplo, y su presencia en las urnas fueron elementos determinantes para el avance democrático del país y para lograr la transición que hoy en su nombre se pretende obstaculizar.

De porros y democracia en la UNAM


Octavio Rodríguez Araujo

No es ninguna novedad decir que en la UNAM ha habido y hay porros. Tampoco lo es decir que la pirámide de gobierno en nuestra casa de estudios es poco democrática. Pero no mezclemos las dos situaciones. Es momento de defenderla con sus virtudes y defectos. Lo primero es impedir los intentos obvios de desestabilizarla, de generarle una crisis.
Los llamados porros existen claramente y a la luz del día desde los tiempos de Miguel Alemán, tolerados (si no auspiciados) por los entonces rectores de la UNAM afines al presidente en turno. El papel de esos grupos de choque era precisamente intimidar y golpear a quienes, desde fuera de la universidad, eran considerados de izquierda en su interior. Ellos fueron los mismos que se opusieron al nombramiento de Ignacio Chávez como rector y los que, por órdenes de Díaz Ordaz, lo vejaron y lo hicieron renunciar en 1966. Para esos grupos retrógrados Chávez era de izquierda porque su secretario particular era Luis Villoro (sic), porque les había dado empleo a jóvenes progresistas que regresaban de Europa después de hacer estudios de posgrado allá, y porque no los expulsó cuando apoyaron a la revolución cubana y al Movimiento de Liberación Nacional, etcétera. Pero les salió el tiro por la culata y ya con Barros Sierra como rector fueron desapareciendo poco a poco aunque trataron de infiltrarse en el movimiento estudiantil de 1968. Con el rector González Casanova, el gobierno de la República no usó porros, sino gánsteres armados como Castro Bustos y Falcón, que tomaron Rectoría con absoluta impunidad obligando al rector a renunciar. Atrás de los que tiraron a Chávez estaba un gobernador, el de Sinaloa, y atrás de Castro Bustos y Falcón estuvo otro gobernador, el de Guerrero, además del mismo presidente Echeverría. Ellos intentaron que sus personeros se aliaran con grupos izquierdistas, para que no parecieran lo que eran: grupos de choque de derecha que quisieron apoderarse de la UNAM y, al mismo tiempo, un ardid para echar abajo uno de sus principales logros: la libertad de pensamiento y expresión que eran simientes del pensamiento crítico y del pluralismo (que entonces no estaba de moda).
Desde aquellos años, conviene recordarlo, ya se hablaba de la llamada democratización de la Universidad y hasta se llegó a decir que los estudiantes deberían de elegir a las autoridades. A la vez, y como contrargumento, se dijo que si eso ocurriera las autoridades de la mayoría de las dependencias podrían llegar a ser de ultraderecha o de ultraizquierda, como ya estaba sucediendo en las universidades de Sinaloa, Guerrero y Puebla, que significaron un considerable retroceso en su vida académica. Mi opinión, desde entonces hasta ahora, es que es mejor un rector liberal y democrático que uno salido de los extremos del arco político-ideológico del país. El extremismo normalmente es intolerante.
Ciertamente el gobierno de las universidades públicas no es suficientemente democrático y en ocasiones tampoco autónomo. Sabemos de casos en que el rector y algunos directores de escuelas e institutos han sido designados bajo criterios gubernamentales, incluso en la UNAM, pero sobre todo en las universidades públicas estatales. Sin embargo, así hemos funcionado por décadas, y la fortaleza de la UNAM, para el caso que nos ocupa, no está en duda. Tan importante es y ha sido que diversos grupos de poder (tanto privados como religiosos y gubernamentales) se han querido apoderar de ella o determinar su desarrollo y orientación. Y, en este contexto, es en el que debe analizarse el papel de los provocadores que han querido desestabilizarla para hacerla entrar en crisis. De aquí que plantear, en medio de un conflicto, la democratización de la Universidad (de las universidades), es peligrosa para ésta (éstas). Creo que no es el momento adecuado; la coyuntura es delicada.
Lo que de verdad importa es que en las universidades públicas se garantice su autonomía y que, por ésta, se respeten sus formas de gobierno y el ejercicio de su presupuesto, sus planes de estudio y de investigación, así como las libertades de pensamiento y de expresión en un ambiente respetuoso de pluralidad y de tolerancia. Este es el meollo de la autonomía universitaria, por lo que cualquier cosa que atente contra ella, venga de donde venga, deberá de ser rechazada.
Por lo demás, no deberá olvidarse que los procesos democráticos no siempre se traducen en gobiernos democráticos; una cosa es cómo acceder al poder y otra cómo se ejerce éste. ¿Tendría que poner ejemplos, o bastaría pensar en el ascenso del nazismo o la elección de tantos gobernantes que, democráticamente votados, han ejercido el poder incluso dictatorialmente?

9/10/2018

Politizar a la Universidad


El presente año, a propósito de la conmemoración de la masacre estudiantil de 1968, el andamiaje administrativo de la Universidad Nacional Autónoma de México se ha dedicado a desplegar una serie de estrategias culturales, artísticas, académicas, literarias, etc., orientadas hacia el trabajo de la memoria colectiva que los mexicanos, en general; y la comunidad estudiantil, en particular; tienen en torno de aquellos acontecimientos que en Octubre próximo cumplen cincuenta años. Pero lo ha hecho en un sentido en el que lo que en aquel momento fue un movimiento que trascendió a la propia institucionalidad de las entidades escolares involucradas, hoy quede reducido justo a eso: a un recuerdo que hay que preservar como un pasado, quizá no tan distante, al cual se le debe rendir culto, pero siempre teniendo como límite la precaución de no buscar (re)vivirlo y actualizarlo en el presente como una práctica ética y política ineludible.
En este sentido, desde principios del año, los mexicanos y las mexicanas han asistido a un magno esfuerzo de la Universidad de representaciones de la memoria histórica del 68, saturadas de solemnidad y de discursos plagados del lenguaje revolucionario, crítico y abiertamente contestatario de quienes cinco décadas atrás se indignaron y actuaron no únicamente en contra de los atropellos cometidos por el gobierno en turno sobre los estudiantes y los recintos a los que acudían a tomar clases, sino en contra, también, de un sistema político obsesionado con la idea de despolitizar a las masas, obsesionado con el objetivo de hacerlas simples receptoras de su poder y consumidoras insaciables de las mercancías ofrecidas por el capitalismo como aspiración existencial.
La solemnidad en curso, por supuesto, no hace sino excluir la necesidad de la autocrítica sobre el camino andado, sustituyéndola por la autocomplacencia que produce el saberse herederos de aquel pasado glorioso en el que se rompieron las cadenas de una sociedad a la que incluso se le expropió el derecho legítimo de reivindicar el recuerdo de su propia participación histórica en cada baño de sangre, en cada guerra y cada crisis que se vivió en el país. Y los discursos vigentes, por profundos que sean sus parafraseos de las consignas de ayer, por extensa que sea su labor de recuperar los reclamos que hicieron eco lo mismo entre estudiantes que entre trabajadores, entre mineros que entre médicos, entre oficinistas que entre ferrocarrileros, entre hombres que entre mujeres, entre jóvenes que entre adultos, entre el México profundo que al finalizar la guerra civil se urbanizó que entre el México moderno que nació con espíritu estadounidense; y por más sistemático y reiterativo que sea su empecinamiento en despojar a la ciudadanía de su combatividad para apropiársela y adjudicársela a las clases que hoy administran el Estado; siguen siendo discursos vacíos de todo contenido: apenas formas aparentes de la pretensión de Ser agentes de cambio.
Hace años que intereses propios y ajenos a la conducción de la Universidad la mantienen asediada, buscando constituirla como un mundo, un universo por completo apático y desconectado de la realidad de violencia, desigualdad y explotación generalizadas que se viven, día con día, en todos los rincones de la geografía nacional. Hoy, la norma que dicta los estándares de calidad educativa, científica y humanística, de la institución son los estándares propios del neoliberalismo más atroz. Hoy, el éxito de sus estudiantes se mide en su eficiencia terminal, sin importar que el tránsito de su vida universitaria se reduzca al superficial objetivo de obtener un título o un grado nobiliario que le conceda la ilusión de tener un estatus superior en sociedad. Hoy, la calidad de sus profesores se mide por la cantidad de su producción en revistas y libros, con independencia de que el volumen producido no pase de ser un exhaustivo ejercicio de regurgitamiento y reciclamiento de espacios comunes e ideas trilladas que por lo rebuscado de su redacción se aprecian como contenidos críticos, aunque no lo sean.
Hoy, y desde hace muchos años, la convivencia de la comunidad universitaria, dentro de sus instalaciones, se está viendo empujada cada vez más hacia un puro reflejo mecánico de asistencia a aulas sin que ello se traduzca en el cultivo autocrítico de una cultura política activa. El avance del neoliberalismo sobre la Universidad se ha cristalizado, cada vez con mayor fuerza, en el sometimiento del universitario a una carencia de práctica política en su comunidad; y ello no sólo en lo que concierne a los asuntos propios de la misma, sino, más aún, en todo lo que se refiere al rumbo de su sociedad.
Por eso no sorprende ver que hoy el conservadurismo más retrograda se personifica en esas figuras —también llenas de solemnidad autodeclarada— que reducen la práctica pedagógica a aquello que sucede en un salón de clases: como si con el simple hecho de tomar un aula de la materia que sea el alumno ya esté poniendo en juego la irrenunciable exigencia de posicionarse en los asuntos que le competen, por cuanto integrante de una sociedad que cada vez aísla e individualiza más a sus integrantes, reafirmándolos como meros consumidores de un cúmulo inagotable de mercancías.
Y es que, en efecto, más allá de las coyunturas nacionales que significan los cambios de gobierno a nivel federal (en donde los intereses de la administración de la Universidad se acomodan según sople el viento), el mayor peligro al que se enfrenta la Universidad proviene de ese empuje constante que pretende hacer de ella un espacio inmaculado en el que las catarsis que se viven en la cotidianidad del cuerpo social no tengan lugar, no calen hondo en las conciencias de quienes, se supone —y en verdad lo son en un país en donde la educación superior es un privilegio de las clases medias; y uno que ya no pone en juego ninguna promesa de movilidad social— los estratos poblacionales más privilegiados de México.
Se olvida ya con tanta facilidad y sin tantos tapujos que frente a las mayores crisis de violencia que han asolado a este país en los últimos dos sexenios fueron los estudiantes, los académicos y administrativos de la Universidad, comprometidos con la construcción de un proyecto político diferente, los que se posicionaron al frente de aquellas monumentales manifestaciones que cimbraron la retórica y el anesteciamiento en los que vive ensimismado el poder público. Se olvida, sin mayor reparo, que millones de mexicanos son los benefactores directos de aquellas conquistas políticas que los estudiantes conquistaron para su sociedad. Y si hoy algo de aquella historia y de ese compromiso se mantiene, es porque desde esos escasos y siempre asediados sectores se ha decidido resistir: no por el individuo, sino por la colectividad.
Toda práctica pedagógica y educativa debe traducirse en acción política directa sobre la sociedad si es que se pretende que los ciudadanos a los que se escolariza no sean simples autómatas del mercado: individuos apáticos y desinteresados por todo cuanto no afecte directamente sus intereses personales, cada día más reducidos y más fáciles de satisfacer por el mercado neoliberal. Y aquí es, por ello, importante el no olvidar que en la historia de América son los momentos de crisis, de protestas y de inconformidad social, los que le han servido a sus pueblos como los principales asideros no sólo en términos de cuestionamiento del estado de cosas imperante, sino de ejercicios pedagógicos del quehacer político.
De ahí la importancia de observar en las protestas recientes de los universitarios un hecho que no se encuentra aislado de la totalidad social. Y es que sí, es cierto, las condiciones de seguridad en las instalaciones de la Universidad se han ido degradando a pasos agigantados. Y sí, también el modelo educativo y de convivencia entre universitarios ha fragmentado espacios y posicionamientos, éticos y políticos, que antaño sirvieron como punta de lanza para lanzar las consignas que hoy ya no resuenan en las calles y las avenidas del país.
No son estas movilizaciones de la comunidad universitaria un mero capricho de la misma. Y menos aún se reducen a la exigencia hoy tan visible de expulsar de la Universidad al grupo de choque por excelencia lo mismo de Rectores que de Directores de Facultades, Escuelas, Preparatorias y Colegios. Lo que hoy está teniendo lugar en la Universidad es reflejo del hartazgo que se vive por causa de la descomposición del tejido colectivo de la sociedad.
Sí, son movilizaciones por las universitarias acosadas, violadas y asesinadas en los últimos años. Pero también son movilización por un pasado con millones de casos similares que la memoria colectiva olvidó, y por supuesto, por un futuro en el que esos casos sean la excepción, y no la regla. Sí, son movilizaciones por la inseguridad y la violencia que los universitarios viven en día a día. Pero lo son también por la violencia y la inseguridad con la que se vive en el resto del país, en donde el morir desmembrado, decapitado o disuelto en aceite es más sencillo que lograr sacar adelante a una familia que gana el salario mínimo. Sí, son movilizaciones por las agresiones vividas, a manos de grupos porriles (de choque), el pasado 3 de septiembre, frente al edificio de Rectoría. Pero también lo son por todos aquellos que en el país se han inconformado y han actuado frente a un aparato estatal represor, que terminó declarándoles una verdad histórica indiscutible.
Queda en el tintero la reflexión sobre por qué se decidió disolver una manifestación tan pequeña, tan concentrada y tan pacífica, por medio de una agresión de proporciones como la observada frente a Rectoría. ¿Un movimiento político francamente torpe? ¿Un golpe de timón desde intereses opuestos a la administración en curso? ¿Una advertencia de grupos anquilosados al régimen federal saliente, de cara a la cercanía que se tiene con el gobierno entrante? Quizá, como sucedió con miles de documentos, voces y vidas que se aniquilaron en el 68, jamás se sabrá más allá de la pura especulación.
Pero lo que ahora sí se sabe es que la inmovilidad no es una opción. Porque por concentrada y reducida que pueda o no ser la protesta en curso, lo que queda claro es que de seguir por el camino recorrido, por el recurso a renunciar al posicionamiento político, por la salida fácil que supone el no tomar una posición ética concreta frente a la descomposición de la sociedad, lo único que se tiene asegurado es más de lo mismo.
Y hay que aclarar, como reza el viejo adagio de la Revolución de 1905: «Las masas no van a la revolución con un plan preconcebido de la sociedad nueva, sino con un sentimiento claro de la imposibilidad de seguir soportando la sociedad vieja».
¡Que la memoria del 68 no sea sólo un recuerdo solemne al que se le deba rendir culto, sino una realidad que se debe seguir (re)viviendo y actualizando de manera permanente!
¡Por mi raza hablará el espíritu!
Ricardo Orozco, Consejero Ejecutivo del Centro Mexicano de Análisis de la Política Internacional.

9/09/2018

Nos aplastaron; fue un crimen de Estado, pero nunca fue derrotado el movimiento

El 68 a medio siglo
Habla Félix Hernández Gamundi
El ex líder estudiantil afirma que los perdedores fueron el gobierno y el PRI, pues traicionaron sus ideales revolucionarios


Foto
▲ A 50 años de 1968 seguimos hablando del movimiento, porque no ha terminado. Sus demandas siguen sin cumplirse: democracia y libertad, afirma Félix Hernández Gamundi. La imagen corresponde a los días posteriores a la masacre.

Félix Hernández Gamundi no tiene duda: lo sucedido el 2 de octubre de 1968 en la Plaza de las Tres Culturas fue un crimen de Estado y una traición del gobierno de Gustavo Díaz Ordaz hacia el movimiento estudiantil.
Certero, añade: El movimiento jamás fue vencido políticamente. La mayor derrota en el 68 fue para el gobierno y para el Partido Revolucionario Institucional (PRI). El 2 de octubre lo que realmente hace es desenmascarar al régimen político y exhibirlo en su condición autoritaria, represiva.
Entonces estudiante de la Escuela Superior de Ingeniería Mecánica y Eléctrica del Instituto Politécnico Nacional (IPN) y representante de su plantel ante el Consejo Nacional de Huelga (CNH), Hernández Gamundi fue detenido aquella noche en Tlatelolco. Golpeado, se le trasladó primero al Campo Militar número uno, donde fue agredido y amenazado, y posteriormente se le condujo a Lecumberri, donde estuvo preso dos años.
A medio siglo de distancia de aquel verano que transformó al país. El hoy ingeniero reflexiona en entrevista con La Jornada sobre la trascendencia del movimiento y el impacto que ha tenido en el México actual. Las demandas del 68 siguen vigentes.
–¿Qué representan estos 50 años?
–La primera pregunta que nos hacemos todos es por qué a 50 años de distancia seguimos hablando del 68, y es porque es un movimiento que no ha terminado. Sus demandas siguen vigentes. Las seis exigencias de nuestro pliego petitorio se pueden resumir en una: democracia, y si me presionas un poco diría democracia y libertad. Condiciones que no se han cumplido en nuestro país.
Una segunda razón es que siendo un movimiento democrático y pacífico, fue aplastado militarmente, pero nunca fue vencido en lo político. La mayor derrota en el 68 fue para el gobierno y para el PRI, el acto de represión perpetrado del 2 de octubre en realidad desenmascara al régimen político, lo exhibe en su condición de autoritario y represivo; y a su partido, el PRI, lo muestra como una organización política obsoleta, incapaz ya de representar las aspiraciones de los mexicanos.
–¿El gobierno heredero de la Revolución, traicionó los ideales de la Revolución?
–Sí, es un acto de traición a su antecedente de la Revolución y de traición al pueblo mexicano. En cada acto del movimiento del 68 nosotros reivindicábamos la Constitución de 1917, la cual era pisoteada por ellos. Salimos a las calles en oposición al gobierno y a la fuerza pública, y simplemente esgrimíamos la Constitución del 17 que nos concedía derechos, libertades de manifestación, de pensamiento político. Y sin embargo, el gobierno pretendía encajonar a los mexicanos.
–¿Qué falta para alcanzar la democracia?
–Tras el 68 la lucha se diversifica. Surgió una corriente de académicos promotores de una educación científica, crítica, popular y democrática. Los movimientos campesino y popular se reforzaron. A muchos jóvenes les quedó claro que no había opción política y tomaron el camino de las armas, otros optaron por las luchas populares, sociales, sindicales. Se produce una pléyade de luchadores que cubren todos los terrenos de la vida política y social del país. Surgen nuevos partidos y nuevas organizaciones políticas. Hay un avance en la reforma electoral, donde la única garantía es que el voto se cuente, y no necesariamente es bien contado. La democracia no sólo es el voto, son también oportunidades, nuevas reglas de vida.
–¿México aún tiene un gobierno autoritario?
–Sí. Los nuevos partidos rápidamente se asimilaron al modo de los viejos. Entonces llegamos a una situación de partidocracia brutal que simula la democracia. El resultado del primero de julio es muestra del hartazgo ciudadano. No está claro por quién votas, sino contra quién votas. En la campaña hubo referencias insistentes a la necesidad de luchar contra la corrupción, y está bien, pero ese no es el problema principal, lo son la desigualdad y la injusticia. Necesitamos una reforma a fondo del Estado. La deuda con el 68 es el acceso a la justicia.
–Muchos compañeros del 68 han fallecido. ¿Hay una deuda con ellos?
–Cada vez que se va un compañero se acrecientan las deudas del Estado, porque son aspiraciones no cumplidas, porque el Estado ha sido omiso en el tema de la justicia para el 68, que es una herida en el corazón de los mexicanos y una estaca clavada en el corazón de la historia de las luchas democráticas en México, en la medida que permanece impune. Queremos justicia, no venganza.
–Al movimiento social le corresponde ser autocrítico. ¿Han fallado los sectores progresistas en la búsqueda de un país más justo?
–El que ha fracasado es el sistema, el régimen. Por eso hace falta un nuevo pacto social. La impunidad envuelve a los poderosos en un gran manto que argumenta que las cosas son así y ni modo. Nosotros debemos ir a la construcción de un nuevo sentido común, en el que la convivencia sea con respeto a los derechos, a la justicia y a la democracia.
Yo me asumo como parte de la lucha social, no es la lucha social la que ha fallado, va en avance; quizá el problema es que debimos avanzar mucho más. Las condiciones en que la lucha social se da en el país han sido muy adversas. Pero quien está en deuda con la sociedad, con el pueblo y con esas luchas sociales, es el régimen, es la clase política.
–Los líderes del movimiento estaban conscientes de que en cualquier momento podía venir la represión. ¿Por qué citar a un mitin en Tlatelolco donde un escape era complicado?
–Era una ratonera, dicen quienes quieren fastidiarnos. ¿Por qué ir a Tlatelolco? Porque había un nuevo momento de optimismo. Ya había habido otros actos allí, con una participación solidaria y masiva de la población de la unidad (habitacional), los habitantes de Tlatelolco fueron siempre muy solidarios y era un lugar donde nos sentíamos protegidos. Además, los días previos al 2 de octubre empezaron los acercamientos con el gobierno, que argumentaba la necesidad de ponerse de acuerdo en los términos para el diálogo público. Por las gestiones del rector Javier Barros Sierra se concretó una reunión (entre representantes del CNH y del gobierno) el día 2 por la mañana, en la que no hubo gran avance, pero se dieron dos acuerdos: volverse a reunir para avanzar en el diseño de las condiciones para el diálogo y la petición de parte de ellos que se suspendiera la marcha de esa tarde para evitar riesgos de actos de provocación. Nosotros nos mantuvimos al informar que sería una asamblea informativa en la Plaza de las Tres Culturas. Cuando dialogas debes confiar en el de enfrente y es lo que hicimos. Jamás pensamos que se daría una masacre de ese tamaño, jamás pensamos que el gobierno iba a tomar una medida represiva tan criminal como esa. El acto de represión de Tlatelolco es una traición brutal.
–Después de la experiencia de haber participado en el movimiento y todo lo que ello implicó para usted en lo personal y para el país. ¿Quién es Félix Hernández Gamundi 50 años después?
–He crecido desde entonces sintiéndome un hombre comprometido con la transformación del país, como pasó con miles. Crecí con la certidumbre de que eso no se puede repetir en México, de que este país tiene que ser distinto. He aportado al esfuerzo para mantener viva la memoria, ese es el trabajo desde el Comité 68. Peleamos todos los días porque el 68, el 10 de junio de 1971 y crímenes posteriores, llegando hasta Ayotzinapa, no queden impunes. Por eso es importante que en el caso del 68 haya justicia. Se trató de un crimen de Estado. Si se le hace justicia será un incentivo para que dejen de ocurrir otros crímenes y podamos transitar todos por esa gran avenida de justicia, libertad y democracia.

Foto archivo del IPN Emir Olivares Alonso
Periódico La Jornada,Jueves 6 de septiembre de 2018, p. 12

El verano mexicano de hace 50 años, parte de la lucha ejemplar contra el imperialismo

El 68 a medio siglo

La liberación nacional fue el espíritu

The Beatles, The Rolling Stones, Bob Dylan y Gabriel García Márquez, entre las influencias indudables del movimiento

La generación del 68 afirma que el inicio de la década de los 60 se adelantó un año: el primero de enero de 1959. Con la entrada triunfal en La Habana del ejército rebelde encabezado por Fidel Castro se concretaba la Revolución Cubana, lo que representó para la juventud de aquel tiempo la muestra de que la lucha contra el imperialismo podía alcanzar otras dimensiones.

Al finalizar la Segunda Guerra Mundial la tensión entre la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) o Unión Soviética y Estados Unidos era patente. El mundo se debatía entre la guerra fría, en la que ambas potencias, con sistemas antagónicos (socialista y capitalista), se jugaban el destino no sólo del mundo, sino inclusive más allá de la Tierra, en la conquista del espacio a partir de lo que se llamó La carrera espacial. Además, la posibilidad de una guerra nuclear era ostensible.
En las naciones llamadas del tercer mundo comenzaron a surgir movimientos antimperalistas y luchas por la liberación nacional, al tiempo que los países denominados no alineados sumaron sus posiciones en la búsqueda de mejores alternativas para la humanidad.

En esa década la lucha por los derechos civiles en Estados Unidos impactó al orbe. Formalmente inició en 1955, cuando a bordo de un autobús, Rosa Parks, mujer afrodescendiente considerada la madre del movimiento, rehúso ceder su asiento a un hombre blanco. Fue arrestada, enjuiciada y sentenciada por conducta desordenada, hecho que fue la chispa para el inicio de este proceso que se prolongó hasta 1968 y del cual una de sus figuras centrales fue Martin Luther King.
La intervención militar estadunidense en Vietnam desataba las más fuertes protestas entre la juventud, que enarbolaba las banderas del movimiento hippie, la revolución sexual y la liberación femenina, con lo que comenzaba a imponerse un nuevo estilo de vida.
La lucha contra los poderes establecidos también se reflejó en el cine. En los años 60 surgieron proyectos alternativos, experimentales y vanguardistas que narraban historias fuera del guión tradicional. Al neorrealismo italiano se sumaban nombres como los de Alfred Hitchcock, Roman Polanski, Stanley Kubrick, Luis Buñuel o Ingmar Bergman, por citar algunos.
El rock comenzaba su apogeo con grandes representantes, como The Beatles, The Rolling Stones, Bob Dylan, Janis Joplin, Jimi Hendrix o The Who. El primer concierto masivo de rock, el Festival de Woodstock, fue un éxito y representó uno de los inicios de la liberación juvenil ante el férreo autoritarismo familiar y gubernamental.
En las letras destacaban las plumas de Harper Lee, Stanislaw Lem, Ray Bradbury, Anthony Burgess, Gabriel García Márquez, José Lezama Lima, José Donoso, Carlos Fuentes, Julio Cortázar, Juan Carlos Onetti y Mario Vargas Llosa, entre otros. En la filosofía los postulados progresistas de Simone de Beauvoir, Jean Paul Sartre y Hebert Marcuse impactaban en la juventud.
Figura central en aquellos años fue la de Ernesto Che Guevara. Sus ideales marcaron a la generación del 68. Su ejecución, el 9 de octubre de 1967, en La Higuera, Bolivia, tras ser herido en la pierna izquierda y capturado, con la colaboración de la CIA, cuando lideraba la guerrilla en ese país, lo convirtió en un icono para los sectores de la izquierda y la juventud, sobre todo latinoamericana. Algunos autores han señalado que el mundo se llenó de color a partir de los años 60, pues antes todo era en blanco y negro. Todo ello impactó en la juventud universitaria.

▲ Fidel Castro fue una de las figuras principales de las luchas político y sociales de la década de 1960. Sus ideales marcaron a esa generación y su triunfo en Cuba fue un ejemplo palpable de que el imperialismo no era indestructible.Foto Xinhua

John Lennon y Paul McCartney sintetizan aquel contexto en la canción A day in the life, lado B de uno de los sencillos del revolucionario álbum Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band (1967), de The Beatles: Leí las noticias hoy// ¡Madre mía!// Sobre un hombre que alcanzó su meta, y aunque la noticia era bastante triste, me tuve que reír//, vi la fotografía//. Se voló el cerebro en su coche, no se dio cuenta que el semáforo había cambiado,// una multitud se quedó ahí mirando, habían visto su cara antes, nadie estaba seguro si era alguien del parlamento.// Vi una película hoy. ¡Madre mía!// El ejército inglés acababa de ganar la guerra,// una multitud volvió la cara, pero yo tuve que mirar habiendo leído el libro.// Me encantaría excitarte.
En 1968 la juventud se apoderó de las calles, confrontó al poder e hizo patentes sus ideales de transformación, pacificación y democratización. En diversos lugares los jóvenes manifestaron su rechazo al autoritarismo y se lanzaron a la vía pública. Tres movimientos destacaron por su impacto y su relevancia global: los de Praga, París y la Ciudad de México, en esta última estaban por celebrarse los Juegos Olímpicos denominados De la paz.
La primavera de Praga inició formalmente en enero de 1968, con la llegada al poder de Alexander Dubcek, líder del Partido Comunista de Checoslovaquia, quien planteó como proyecto un modelo al que llamó socialismo con rostro humano, con el que se intentó modificar las prácticas totalitarias y burocráticas impuestas por los soviéticos.
Primavera apagada en verano
Trabajadores, intelectuales, pero sobre todo los jóvenes se sumaron a estas ideas que impulsaban la creación de otros partidos políticos y sindicatos, además de promover la libertad de prensa y de expresión. Esta primavera fue apagada en verano, el 20 de agosto de ese año las tropas del Pacto de Varsovia (salvo Rumania) invadieron Praga para aniquilar el movimiento.
El 3 de mayo de 1968 los jóvenes franceses salieron a las calles y se reunieron en la Plaza de la Sorbona, en el Barrio Latino de París, para protestar contra el sistema universitario. La movilización fue reprimida por la policía y varios muchachos fueron aprehendidos, esto dio origen a una serie de manifestaciones a las que con el paso de los días se sumó el sector obrero, llegando a una sucesión de paros laborales y protestas espontáneas.
La reacción del gobierno francés fue la represión. La respuesta popular fue la mayor huelga general de la historia moderna: 10 millones de trabajadores paralizaron el país. El 13 de mayo, la Universidad de la Sorbona fue tomada por el estudiantado que la decoró con banderas rojinegras y los retratos de Marx, Lenin, Mao, Fidel Castro y el Che Guevara. Su mayor lema fue: Interdit d’ interdire (prohibido prohibir).
Fue un mes de protestas y paros, pero poco a poco éstos fueron perdiendo fuerza. El gobierno propuso mejores salarios y condiciones para los trabajadores y con ello se disipó la movilización social.
En México hay un dicho nacional que dice: A cada iglesita le llega su fiestesita. Tras la primavera de Praga y el mayo francés. Vendría el verano mexicano.

Emir Olivares Alonso y Gustavo Castillo
Periódico La Jornada
Viernes 7 de septiembre de 2018, p. 10

9/06/2018

Politizar a la Universidad


El presente año, a propósito de la conmemoración de la masacre estudiantil de 1968, el andamiaje administrativo de la Universidad Nacional Autónoma de México se ha dedicado a desplegar una serie de estrategias culturales, artísticas, académicas, literarias, etc., orientadas hacia el trabajo de la memoria colectiva que los mexicanos, en general; y la comunidad estudiantil, en particular; tienen en torno de aquellos acontecimientos que en Octubre próximo cumplen cincuenta años. Pero lo ha hecho en un sentido en el que lo que en aquel momento fue un movimiento que trascendió a la propia institucionalidad de las entidades escolares involucradas, hoy quede reducido justo a eso: a un recuerdo que hay que preservar como un pasado, quizá no tan distante, al cual se le debe rendir culto, pero siempre teniendo como límite la precaución de no buscar (re)vivirlo y actualizarlo en el presente como una práctica ética y política ineludible.
En este sentido, desde principios del año, los mexicanos y las mexicanas han asistido a un magno esfuerzo de la Universidad de representaciones de la memoria histórica del 68, saturadas de solemnidad y de discursos plagados del lenguaje revolucionario, crítico y abiertamente contestatario de quienes cinco décadas atrás se indignaron y actuaron no únicamente en contra de los atropellos cometidos por el gobierno en turno sobre los estudiantes y los recintos a los que acudían a tomar clases, sino en contra, también, de un sistema político obsesionado con la idea de despolitizar a las masas, obsesionado con el objetivo de hacerlas simples receptoras de su poder y consumidoras insaciables de las mercancías ofrecidas por el capitalismo como aspiración existencial.
La solemnidad en curso, por supuesto, no hace sino excluir la necesidad de la autocrítica sobre el camino andado, sustituyéndola por la autocomplacencia que produce el saberse herederos de aquel pasado glorioso en el que se rompieron las cadenas de una sociedad a la que incluso se le expropió el derecho legítimo de reivindicar el recuerdo de su propia participación histórica en cada baño de sangre, en cada guerra y cada crisis que se vivió en el país. Y los discursos vigentes, por profundos que sean sus parafraseos de las consignas de ayer, por extensa que sea su labor de recuperar los reclamos que hicieron eco lo mismo entre estudiantes que entre trabajadores, entre mineros que entre médicos, entre oficinistas que entre ferrocarrileros, entre hombres que entre mujeres, entre jóvenes que entre adultos, entre el México profundo que al finalizar la guerra civil se urbanizó que entre el México moderno que nació con espíritu estadounidense; y por más sistemático y reiterativo que sea su empecinamiento en despojar a la ciudadanía de su combatividad para apropiársela y adjudicársela a las clases que hoy administran el Estado; siguen siendo discursos vacíos de todo contenido: apenas formas aparentes de la pretensión de Ser agentes de cambio.
Hace años que intereses propios y ajenos a la conducción de la Universidad la mantienen asediada, buscando constituirla como un mundo, un universo por completo apático y desconectado de la realidad de violencia, desigualdad y explotación generalizadas que se viven, día con día, en todos los rincones de la geografía nacional. Hoy, la norma que dicta los estándares de calidad educativa, científica y humanística, de la institución son los estándares propios del neoliberalismo más atroz. Hoy, el éxito de sus estudiantes se mide en su eficiencia terminal, sin importar que el tránsito de su vida universitaria se reduzca al superficial objetivo de obtener un título o un grado nobiliario que le conceda la ilusión de tener un estatus superior en sociedad. Hoy, la calidad de sus profesores se mide por la cantidad de su producción en revistas y libros, con independencia de que el volumen producido no pase de ser un exhaustivo ejercicio de regurgitamiento y reciclamiento de espacios comunes e ideas trilladas que por lo rebuscado de su redacción se aprecian como contenidos críticos, aunque no lo sean.
Hoy, y desde hace muchos años, la convivencia de la comunidad universitaria, dentro de sus instalaciones, se está viendo empujada cada vez más hacia un puro reflejo mecánico de asistencia a aulas sin que ello se traduzca en el cultivo autocrítico de una cultura política activa. El avance del neoliberalismo sobre la Universidad se ha cristalizado, cada vez con mayor fuerza, en el sometimiento del universitario a una carencia de práctica política en su comunidad; y ello no sólo en lo que concierne a los asuntos propios de la misma, sino, más aún, en todo lo que se refiere al rumbo de su sociedad.
Por eso no sorprende ver que hoy el conservadurismo más retrograda se personifica en esas figuras —también llenas de solemnidad autodeclarada— que reducen la práctica pedagógica a aquello que sucede en un salón de clases: como si con el simple hecho de tomar un aula de la materia que sea el alumno ya esté poniendo en juego la irrenunciable exigencia de posicionarse en los asuntos que le competen, por cuanto integrante de una sociedad que cada vez aísla e individualiza más a sus integrantes, reafirmándolos como meros consumidores de un cúmulo inagotable de mercancías.
Y es que, en efecto, más allá de las coyunturas nacionales que significan los cambios de gobierno a nivel federal (en donde los intereses de la administración de la Universidad se acomodan según sople el viento), el mayor peligro al que se enfrenta la Universidad proviene de ese empuje constante que pretende hacer de ella un espacio inmaculado en el que las catarsis que se viven en la cotidianidad del cuerpo social no tengan lugar, no calen hondo en las conciencias de quienes, se supone —y en verdad lo son en un país en donde la educación superior es un privilegio de las clases medias; y uno que ya no pone en juego ninguna promesa de movilidad social— los estratos poblacionales más privilegiados de México.
Se olvida ya con tanta facilidad y sin tantos tapujos que frente a las mayores crisis de violencia que han asolado a este país en los últimos dos sexenios fueron los estudiantes, los académicos y administrativos de la Universidad, comprometidos con la construcción de un proyecto político diferente, los que se posicionaron al frente de aquellas monumentales manifestaciones que cimbraron la retórica y el anesteciamiento en los que vive ensimismado el poder público. Se olvida, sin mayor reparo, que millones de mexicanos son los benefactores directos de aquellas conquistas políticas que los estudiantes conquistaron para su sociedad. Y si hoy algo de aquella historia y de ese compromiso se mantiene, es porque desde esos escasos y siempre asediados sectores se ha decidido resistir: no por el individuo, sino por la colectividad.
Toda práctica pedagógica y educativa debe traducirse en acción política directa sobre la sociedad si es que se pretende que los ciudadanos a los que se escolariza no sean simples autómatas del mercado: individuos apáticos y desinteresados por todo cuanto no afecte directamente sus intereses personales, cada día más reducidos y más fáciles de satisfacer por el mercado neoliberal. Y aquí es, por ello, importante el no olvidar que en la historia de América son los momentos de crisis, de protestas y de inconformidad social, los que le han servido a sus pueblos como los principales asideros no sólo en términos de cuestionamiento del estado de cosas imperante, sino de ejercicios pedagógicos del quehacer político.
De ahí la importancia de observar en las protestas recientes de los universitarios un hecho que no se encuentra aislado de la totalidad social. Y es que sí, es cierto, las condiciones de seguridad en las instalaciones de la Universidad se han ido degradando a pasos agigantados. Y sí, también el modelo educativo y de convivencia entre universitarios ha fragmentado espacios y posicionamientos, éticos y políticos, que antaño sirvieron como punta de lanza para lanzar las consignas que hoy ya no resuenan en las calles y las avenidas del país.
No son estas movilizaciones de la comunidad universitaria un mero capricho de la misma. Y menos aún se reducen a la exigencia hoy tan visible de expulsar de la Universidad al grupo de choque por excelencia lo mismo de Rectores que de Directores de Facultades, Escuelas, Preparatorias y Colegios. Lo que hoy está teniendo lugar en la Universidad es reflejo del hartazgo que se vive por causa de la descomposición del tejido colectivo de la sociedad.
Sí, son movilizaciones por las universitarias acosadas, violadas y asesinadas en los últimos años. Pero también son movilización por un pasado con millones de casos similares que la memoria colectiva olvidó, y por supuesto, por un futuro en el que esos casos sean la excepción, y no la regla. Sí, son movilizaciones por la inseguridad y la violencia que los universitarios viven en día a día. Pero lo son también por la violencia y la inseguridad con la que se vive en el resto del país, en donde el morir desmembrado, decapitado o disuelto en aceite es más sencillo que lograr sacar adelante a una familia que gana el salario mínimo. Sí, son movilizaciones por las agresiones vividas, a manos de grupos porriles (de choque), el pasado 3 de septiembre, frente al edificio de Rectoría. Pero también lo son por todos aquellos que en el país se han inconformado y han actuado frente a un aparato estatal represor, que terminó declarándoles una verdad histórica indiscutible.
Queda en el tintero la reflexión sobre por qué se decidió disolver una manifestación tan pequeña, tan concentrada y tan pacífica, por medio de una agresión de proporciones como la observada frente a Rectoría. ¿Un movimiento político francamente torpe? ¿Un golpe de timón desde intereses opuestos a la administración en curso? ¿Una advertencia de grupos anquilosados al régimen federal saliente, de cara a la cercanía que se tiene con el gobierno entrante? Quizá, como sucedió con miles de documentos, voces y vidas que se aniquilaron en el 68, jamás se sabrá más allá de la pura especulación.
Pero lo que ahora sí se sabe es que la inmovilidad no es una opción. Porque por concentrada y reducida que pueda o no ser la protesta en curso, lo que queda claro es que de seguir por el camino recorrido, por el recurso a renunciar al posicionamiento político, por la salida fácil que supone el no tomar una posición ética concreta frente a la descomposición de la sociedad, lo único que se tiene asegurado es más de lo mismo.
Y hay que aclarar, como reza el viejo adagio de la Revolución de 1905: «Las masas no van a la revolución con un plan preconcebido de la sociedad nueva, sino con un sentimiento claro de la imposibilidad de seguir soportando la sociedad vieja».
¡Que la memoria del 68 no sea sólo un recuerdo solemne al que se le deba rendir culto, sino una realidad que se debe seguir (re)viviendo y actualizando de manera permanente!
¡Por mi raza hablará el espíritu!
Ricardo Orozco, Consejero Ejecutivo del Centro Mexicano de Análisis de la Política Internacional.

8/28/2018

El 68 y la contrahistoria


Cristóbal León Campos

Rebelión

Se cumplirán cincuenta años de la matanza del dos de octubre de 1968 en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco, su significado y transcendencia siguen siendo puestos en juicio, aún hay quienes se preguntan qué fue lo que ocurrió y por qué el gobierno mexicano actuó de forma violenta e irracional. A pesar de que año con año se realizan actividades, manifestaciones y se publican diversas opiniones, e incluso, se revelan nuevos datos, aún pesa sobre esos hechos un manto de impunidad que cubre la verdad de lo acontecido. 

La escritura de la historia suele tener sello e intención de quien se erige vencedor, las versiones de lo acontecido están estructuradas para reforzar ese posicionamiento, los vencedores escriben para sí mismos y para extender su hegemonía ideológica al resto de la población. Esto ocurre con toda la historia oficial; versión de arriba impuesta a los de abajo. Sin importar el paso del tiempo, aún la enseñanza en las escuelas del país continúan negando o tergiversando los hechos, el 68 tiene encima ese manto impune de la historia del vencedor que nubla la comprensión de lo acontecido.

Podría pensarse una exageración lo arriba expuesto, pero con un ejercicio de análisis del conocimiento que la población general tiene sobre el 68, se demostraría que no es una exageración, sino que incluso, la aseveración queda por demás somera. Tan sólo ese hecho justifica que año con año se organicen actividades que buscan concientizar sobre la importancia y trascendencia del 68. Pero es necesario reconocer que en muchos sentidos no se ha logrado romper con el cerco informativo que el poder persiste en imponer, quedando en entredicho, la propia lógica sistémica que dio lugar a que el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz tomara la decisión de asesinar a cientos de mexicanos con el fin de conservar el statu quoy mantener los intereses de la clase en el poder. La historia oficial busca que lo sucedido en Tlatelolco se mire como un hecho aislado, siendo en realidad, la expresión álgida de la violencia que el capitalismo impone a nuestra realidad, llegando a nuestros días con casos como el de Ayotzinapa.

Los mismos hechos de la tarde-noche del 2 de octubre han cubierto el significado de todo el movimiento del 68, quedando por encima de sus orígenes, demandas y logros, el velo trágico de la matanza, la ponderación por la justicia de una forma u otra, ha contribuido también, a dejar de lado las aportaciones para la vida social, política, económica y cultural que se realizaron los meses de protesta y resistencia en México, en marcados en la gran revolución cultural que se vivió en el mundo en ese año iniciada en París. La nostalgia histórica es un condicionante para las interpretaciones que con el tiempo ha jugado un importante papel a favor de la historia oficial. Esto es algo que se debe reconocer si queremos superar la historia de los vencedores y revelar la historia de los oprimidos.

La contrahistoria es el desenmascarar la forma en que se ha ocultado el rostro de los hechos y sucesos históricos, pero sobre todo, es el reconocimiento de los sujetos sociales que han sido expulsados por la historia oficial del acontecer social. La historia tradicional justifica la dominación, es usada para mantener el control ideológico de la población y negar toda posibilidad de interpretación crítica de los sucesos históricos y presentes, es en suma, una especie de droga que adormece conciencias e implanta el desanimo entre quienes padecemos en la realidad las flagelaciones a las que el sistema nos condena. La contrahistoria es la respuesta a esa dominación, es el ejercicio de la crítica a través del tiempo para ir reconstruyendo y explicando las razones del hoy, en servicio de los expulsados de los libros de texto y los almanaques oficiales. La contrahistoria es la confrontación con la tradición histórica y con los historiadores que defienden al sistema mediante la falsa erudición aplaudida por el sistema.

El movimiento del 68 fue una crítica aguda al sistema o a los sistemas de la época, cuya transcendencia sigue revelándose, fue una ruptura con el poder y sus maneras de representación, fue la generación de la conciencia por medio de la relevación de lo oculto. El 68 marcó el camino para la revolución cultural que se comenzaría a vivir en su seno, y que hoy se observa en cada una de las demandas en materia de reivindicación social. El movimiento del 68 necesita la alternativa abierta por la contrahistoria que otorga la posibilidad de dar su lugar a cada uno de los protagonistas desterrados del mapa descrito desde el poder, para que su espíritu se revele en toda su dimensión. La contrahistoria es el ejerció de ruptura de las cadenas que aprisionan el pensamiento.

Cristóbal León Campos, Miembro del Colectivo Disyuntivas

8/15/2018

El rector de la UNAM contra el poder en 1968



Carlos Martínez García


En estos días recordamos aquel año aciago. El movimiento estudiantil mexicano de 1968 inició la ruptura del sistema priísta. En aquellos momentos no se vio así. Lo que trascendió fue la demencial respuesta autoritaria al movimiento. Desde el poder se señaló como antipatriotas a los miles que colmaron las calles exigiendo democracia.


El 23 de julio, so pretexto de controlar un enfrentamiento entre estudiantes de la preparatoria privada Isaac Ochoterena y de la Vocacional 5 del Instituto Politécnico Nacional (IPN), fuerzas policiacas ingresaron a la escuela del Poli y golpearon a varios alumnos. A partir de entonces hubo crecientes manifestaciones por la acción policiaca, la que en pocos días escaló en su dimensión cuando la madrugada del 30 de julio un operativo del Ejército incluyó el disparo de bazuca contra la puerta de la Escuela Nacional Preparatoria de San Ildefonso.

Para justificar el accionar de los militares, el secretario de Gobernación, Luis Echeverría Álvarez, afirmó que la intervención de las fuerzas armadas estuvo originada por la violencia injustificada puesta en marcha por una minoría mezquina que quiere desviar el camino ascendente de la Revolución Mexicana. La respuesta del rector Javier Barros Sierra al autoritarismo del presidente Gustavo Díaz Ordaz fue inmediata. A las pocas horas del derribo de la puerta, en Ciudad Universitaria, como señal de luto, izó la Bandera Nacional a media asta y aseguró: La autonomía está amenazada gravemente. La institución manifiesta profunda pena por lo acontecido. La autonomía no es una idea abstracta, es un ejercicio responsable que debe ser respetado por todos. No cedamos a provocaciones, vengan de afuera o de adentro; entre nosotros hay muchos enmascarados que no aman ni respetan la autonomía universitaria. La universidad es lo primero, defendamos las libertades de pensamiento, reunión, expresión y la más cara, la autonomía.

Al día siguiente Javier Barros Sierra encabezó un mitin, ante miles de asistentes expresó: “Varios planteles de la Universidad Nacional Autónoma de México han sido ocupados por el Ejército. Durante casi cuarenta años la autonomía de nuestra institución no se había visto tan seriamente amenazada como ahora […]. En ningún caso es admisible la intervención de agentes exteriores y, por otra parte, el cabal ejercicio de la autonomía requiere el respeto a los recintos universitarios. La educación requiere de la libertad. La libertad requiere de la educación”. Las palabras del rector debieron calar hondo en quien había ordenado el despropósito de enviar soldados a ocupar recintos universitarios.

El rector se mantuvo firme ante las agresiones. No se arredró, al contrario, marchó junto a contingentes estudiantiles el primero de agosto. Antes de salir de Ciudad Universitaria, dio un emotivo discurso, del cual reproduzco unas líneas: Necesitamos demostrar al pueblo de México que somos una comunidad responsable, que merecemos la autonomía, pero no sólo será la defensa de la autonomía la bandera nuestra en esta expresión pública; será también la demanda, la exigencia por la libertad de nuestros compañeros presos, la cesación de las represiones. Será también para nosotros un motivo de satisfacción y orgullo que estudiantes y maestros del Instituto Politécnico Nacional, codo con codo, como hermanos nuestros, nos acompañen en esta manifestación. Bienvenidos. Sin ánimo de exagerar, podemos decir que se juegan en esta jornada no sólo los destinos de la Universidad y el Politécnico, sino las causas más importantes, más entrañables para el pueblo de México. El rector eligió con lucidez y valentía estar junto a los agraviados por la barbarie del poder ­presidencial.

El 18 de septiembre fuerzas del Ejército tomaron Ciudad Universitaria. Ese día murió León Felipe, poeta republicano español exiliado en México. Tal vez debido a esto salían versos del poeta por altoparlantes colocados en la Torre I de Humanidades. El disco con la voz de León Felipe, de la colección Voz Viva de México, habría sido puesto en el tornamesa, cuenta la leyenda, por Alcira Soust Scaffo. Desde entonces Alcira pasó a ser un personaje entrañable para la comunidad universitaria, sobre todo la conformada por la Facultad de Filosofía y Letras, por cuyos pasillos deambulaba Alcira sembrando poemas.

Javier Barros Sierra reprobó sin ambages el ataque: La ocupación militar de la Ciudad Universitaria ha sido un acto excesivo de fuerza que nuestra casa de estudios no merecía [...]; hoy los exhorto a que asuman, dondequiera que se encuentren, la defensa moral de la universidad y a que no abandonen sus responsabilidades. La universidad debe ser reconstruida, una vez más, porque es parte esencial de la nación. Los universitarios sabremos cumplir este deber. Esperemos que los deplorables hechos que confrontamos no afecten irreparablemente la democracia en la República. El rector fue un tenaz defensor de la libertad.

Instalan el Comité M68: ciudadanías en movimiento


Integrado por la UNAM, el IPN, la Ibero, Chapingo y el Colmex


▲ El director del IPN, Mario Alberto Rodríguez; el rector de la UNAM, Enrique Graue, y la presidenta del Colmex, Silvia Giorguli, en la ceremonia de la instalación del Comité Interuniversitario M68.


Este martes se instaló en Tlatelolco el Comité Interuniversitario para la conmemoración del 50 aniversario del movimiento estudiantil de 1968.

Está integrado por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), el Instituto Politécnico Nacional (IPN), la Universidad Iberoamericana, la Universidad Autónoma Chapingo (UACh) y El Colegio de México (Colmex).

Enrique Graue, rector de la UNAM, dijo en una ceremonia en el Centro Cultural Universitario Tlatelolco (CCUT) que desde hace cinco décadas las escuelas de educación superior hemos acompañado e impulsado la consolidación de una ciudadanía libre y democrática.

El movimiento estudiantil del 68 es un símbolo de nuestras luchas y esfuerzos colectivos; la conciencia social que derivó de él y de la tragedia de Tlatelolco permeó gradualmente en nuestra vida cotidiana y se expresó con la adquisición de nuevos derechos y valores sociales, sin los cuales no se podría entender el México contemporáneo, indicó. Anunció que se evocará el 2 de octubre con la apertura del nuevo Memorial del 68, en la principal sala de exhibición del CCUT.

David Fernández Dávalos, rector de la Ibero, expresó que espera que la memoria que se preserve del 68 sea subversiva, transformadora, que abra nuevas oportunidades hacia el futuro, particularmente para los más jóvenes.

Mario Alberto Rodríguez Casas, director general del IPN, planteó que el movimiento del 68 nos ha legado la conciencia crítica.

Jorge Sergio Barrales, rector de la UACh, dijo que el 68 nos dejó posibilidad de ser libres y decidir. Silvia Giorguli, presidenta del Colmex, planteó que se requiere autonomía para mantener el carácter crítico, independiente y libre que debe caracterizar a las universidades.

Entre las actividades conmemorativas anunciadas por el coordinador de Difusión Cultural de la UNAM, Jorge Volpi, está la creación de un repositorio digital llamado M68: ciudadanías en movimiento, que será lanzado en octubre e incluirá documentos, imágenes y grabaciones provenientes de más de 30 archivos públicos y privados sobre movimientos sociales.

Del 4 al 28 de septiembre se celebrará en 50 sedes el coloquio internacional M68: ciudadanías en movimiento, en el que participarán más de 100 conferencistas.

El 2 de octubre será reabierto el Memorial e inaugurado el Museo de los Movimientos Sociales, que estará en el CCUT. También se realizará una acción coreográfica multitudinaria en la Plaza de las Tres Culturas, con la que se pretende honrar a los estudiantes y civiles caídos en la masacre de Tlatelolco.

Se contempla además celebrar ese día en el Archivo General de la Nación un homenaje a las víctimas encarceladas en Lecumberri.

El 13 de septiembre está programado un concierto organizado por la UNAM y el IPN en el Museo Nacional de Antropología.

El 29 de septiembre se proyectará la versión restaurada de la película El grito, de Leobardo López Aretche, en la Plaza de las Tres Culturas. El 30 de septiembre, ahí se proyectará la película Olimpia, dirigida por José Manuel Cravioto.

Al final de la ceremonia, se develó la pintura La patria desgarrada, obra realizada por miembros de la comunidad universitaria de la Ibero y que fue entregada a la UNAM.

Foto José Antonio López

Arturo Sánchez Jiménez
Periódico La Jornada
Miércoles 15 de agosto de 2018, p. 18

8/05/2018

El 68 mexicano, 50 años después


¿Por qué si los Estados Unidos prosiguen la bárbara
guerra de Vietnam y la URSS invade Checoeslovaquia
con el mayor descaro, sin importarle a ninguno
las censuras ni la indignación de la opinión pública mundial,
no se iba permitir el gobierno de Díaz Ordaz consumar
la espantosa matanza de Tlatelolco,
sin cuidarse para nada
del honor de México en el extranjero?
José Revueltas, “Carta abierta a los estudiantes presos”, escrita en octubre de 1968, un poco antes que su autor fuera detenido por la policía diazordacista y encarcelado en Lecumberri con los estudiantes a los que había dirigido la carta.
Las conmemoraciones, más cuando son centenarias o cincuentenarias como ésta de los acontecimientos de 1968, son rituales complejos. Pueden ser irrelevantes, incluso vacíos pero también hay ocasiones en que desempeñan momentos de reflexión importante. En este caso se trata de uno de los momentos estelares del siglo XX, un año en el que surgió a la superficie ese proceso de revolución mundial que, subterráneo, se viene preparando y realizando desde la irrupción de la sociedad globalizada del capitalismo y cuya codificación fue proclamada en el texto político revolucionario más influyente y leído de la historia, el Manifiesto del Partido Comunista de Karl Marx y Friedrich Engels.
A diferencia de otros países en los que la celebración del cincuenta aniversario de los acontecimientos de 1968 puede carecer de relevancia, en México es muy previsible que el próximo 2 de octubre se realicen actos y manifestaciones masivas importantes en todo el país. De hecho durante los cincuenta años transcurridos desde entonces el “¡2 de octubre no se olvida!” como han coreado ese día todas las generaciones de jóvenes que se han manifestado anualmente llenando con su brío la plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco para rendir tributo a los mártires de la masacre de hace cincuenta años.
Precisamente hace cincuenta años, el 26 de julio de 1968 estalló en pleno centro histórico de la Ciudad de México el conflicto político que cimbró al país y lo puso en sintonía con los conmocionantes acontecimientos internacionales. El ’68 mexicano, en especial su sangrienta tragedia final en Tlatelolco, fue en realidad el último gran jalón de la serie de sucesos que estremecieron al mundo en ese año cúspide de los agitados años de la década de los sesenta.
La dimensión internacionalista
El año se había iniciado en enero y febrero con un hecho que produjo un choque político de dimensiones planetarias. El combate que arrasaba Vietnam con la ocupación de medio millón de tropas del ejército de Estados Unidos llegó a un momento crucial que pareció incendiar al mundo. A pesar de la parafernalia de su armamento y del salvajismo de sus métodos (en el conflicto murieron un millón de vietnamitas y se arrojó un caudal de bombas sobre Vietnam equivalente al de todas las bombas arrojadas en el Segunda Guerra Mundial), el gobierno de Washington no lograba apagar el incendio de la guerra de liberación nacional del pueblo vietnamita y en esos días se confrontó con una ofensiva militar de tales dimensiones (la ofensiva del Tet, nuevo año vietnamita) que, a pesar de las apocalípticas bajas de los combatientes que llegaron incluso a ocupar durante varias horas la embajada estadounidense en Saigón, constituyó una contundente victoria política de las fuerzas insurgentes. Ese mensaje fue recibido y así se inició la serie de hechos que marcaron a 1968 como el año en que el mundo pudo cambiar de base.
En Estados Unidos las escenas tremendas de la guerra del sureste de Asia fueron presenciadas en las pantallas de televisión. El sentimiento antibélico estadounidense escaló niveles inauditos que se reflejaron en multitudinarias protestas en las principales ciudades que obligaron a Lyndon Johnson a cambiar al general de sus tropas y a renunciar a su reelección como presidente. La lucha de la población negra se recrudeció con motivo del asesinato de Martin Luther King y el país se confrontó a su peor crisis política desde la guerra civil de la época de Lincoln.
Las erupciones del volcán vietnamita se esparcieron por todo el mundo. Un amplísimo y poderoso sentimiento antiimperialista contra la política estadounidense prendió, en especial entre la juventud. De Japón a Alemania, de Inglaterra a Brasil, cientos de miles de jóvenes, en especial estudiantes, ocuparon las calles y se solidarizaron con el combate épico de los campesinos y trabajadores vietnamitas. Esa fue la primera fuente de la internacionalización de las luchas de 1968, su matriz antiimperialista. A partir de allí escalaron otros niveles y en mayo sobrevino el ejemplo más espectacular que nadie había previsto ni de lejos: el mayo francés. A principios de mayo, varias huelgas universitarias en París y sus alrededores confrontaron a los estudiantes con los granaderos y súbitamente después de varios días transcurridos de enfrentamientos de diverso tipo, una noche los estudiantes tomaron los adoquines de las calles del barrio universitario y construyeron barricadas para impedir el paso a la policía a sus escuelas y facultades. La noche de las barricadas incendió París y de inmediato estalló el 14 de mayo la huelga más grande de la historia del capitalismo: 10 millones de trabajadores pusieron al gobierno de Charles de Gaulle al borde del precipicio. Con el mayo francés se inició en Europa occidental una auténtica renovación de las perspectivas revolucionarias que se proyectaron hasta bien entrada la década de los años setenta: Italia, Portugal, España, surgimiento de nuevas vanguardias y recomposición del movimiento de los trabajadores.
La historia se escribía no sólo en el “bloque capitalista”. También se movían las aguas en lo que entonces era “el bloque socialista” dividido entre la Unión Soviética y la República Popular de China. Sólo semanas antes en 1967, el país más populoso del mundo había experimentado una convulsión revolucionaria con repercusiones internacionales, la llamada “revolución cultural china” y ya en 1968 los movimientos democratizadores de trabajadores en los países europeos dominados por las burocracias de origen estalinista también se hicieron sentir, en especial con el despertar de la Primavera de Praga en Checoeslovaquia. Por último y de ningún modo menos importante en octubre de 1967 había sido asesinado por órdenes de la CIA en Bolivia Ernesto Che Guevara, posiblemente el líder revolucionario más influyente en esos días cuya convocatoria a “crear uno, dos, tres muchos Vietnam” había repercutido en los rincones más apartados. Este y oeste, sur y norte el mundo giraba enfebrecido.
La dictadura perfecta
Ese 26 de julio de 1968, como en los últimos diez años, la izquierda estudiantil mexicana había organizado las manifestaciones conmemorativas del inicio de la Revolución cubana. En la Ciudad de México, un conjunto de dos mil personas partió en la tarde de ese día hacia la Alameda en pleno centro histórico de la ciudad. Allí se unieron a su mitin otros tres mil estudiantes que habían sido brutalmente repelidos por granaderos que les impidieron llegar a la plaza del Zócalo en donde habían decidido protestar frente al Palacio Nacional sede del presidente Díaz Ordaz. Se trataba de estudiantes del Instituto Politécnico Nacional (IPN) quienes habían sido objeto días antes de una embestida represiva de la policía capitalina con motivo de un pleito intranscendente entre pandillas juveniles. La represión se había escalado de tal manera que las bandas policíacas invadieron las instalaciones escolares y arremetieron incluso contra los profesores. Por supuesto, estas acciones prendieron en el IPN y la reacción no se hizo esperar. Precisamente esa manifestación repelida en el Zócalo ese viernes 26 de julio era la culminación de protestas realizadas los días anteriores. Así la respuesta a las protestas contra la represión fue más represión, la cual se extendió a todo el centro de la ciudad tocando a las preparatorias de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) las cuales seguían allí instaladas en el viejo barrio universitario, a sólo una cuadra del Zócalo.
Ese fin de semana el centro histórico permaneció como campo de batalla. La policía se demostró incapaz de vencer a los estudiantes atrincherados en los edificios escolares ya no sólo del centro histórico sino de otros lugares de la ciudad. Las labores represivas se extendieron y para el fin de semana habían sido detenidos y encarcelados una mayoría de los miembros de comité central del Partido Comunista mexicano que los reflejos simples del anticomunismo reinante culpaban, sin fundamento alguno, de la subversión en marcha. En la noche del lunes y la madrugada del martes siguiente tuvo lugar el acontecimiento que con su estallido expandió nacionalmente el conflicto y lo convirtió en una movilización masiva: a petición de las autoridades federales intervino el ejército que con un bazukazo derribó el viejo portón del antiguo edificio de la Rectoria en donde se encontraban los recintos de las Preparatoria 1 y 3 de la UNAM. Fue la señal para salir a las calles, la de la primera gran manifestación del Movimiento estudiantil-popular el 2 de agosto desde la Ciudad Universitaria de san Ángel, dirigida por las propias autoridades universitarias con el rector Javier Barros Sierra a la cabeza pero que no pudo llegar al centro histórico por la muralla del ejército que se interpuso en su recorrido.
Los caminos de la historia fueron tejiéndose esa tarde del 26 de julio y los días siguientes y la unión de esas dos marchas estudiantiles con objetivos distintos fue el detonador de un movimiento masivo que se desencadenó hasta convertirse en el Movimiento estudiantil-popular mexicano. Pero la historia no es gratuita. La palabra represión ha sido escrita varias veces en las líneas anteriores. Y para entender los acontecimientos que siguieron es necesario un breve recordatorio histórico.
Cada proceso nacional inmerso en ese inmenso crisol del estallido global que fue el del 1968, forjaba su dinámica en una combinación específica de los determinantes mundiales con las especificidades y peculiaridades nacionales. Y las peculiaridades mexicanas eran bien evidentes. Se trataba del determinante fundamental de la política mexicana que constituía la “dictadura perfecta”, el imperio del Partido Revolucionario Institucional (PRI), la cúspide de un sistema de partido único de facto, casi totalitario, que sin embargo se cubría con los ropajes usurpados de una revolución que de 1910-19 había desafiado y derrotado a una de las dictaduras oligárquicas latinoamericanas más poderosas y feroces, la de Porfirio Díaz. Pero el PRI, cuyo antecesor fue fundado como Partido Nacional Revolucionario en 1929, se había perpetuado en el poder recurriendo cada seis años a la farsa de unas jornadas electorales en las que era imposible diluir el hecho de que cada nuevo elegido a la silla presidencial en la práctica tenía un único y gran elector: el dedo del presidente en turno que lo designaba como su sucesor.
Precisamente en 1968 el imperio del PRI se encontraba en uno de sus momentos dorados. Desde el punto de vista económico, el capitalismo mexicano disfrutaba de un auge considerable que desde entonces ya no ha repetido: altos índices de crecimiento en la industria y en la agricultura, estabilidad financiera, mínimo endeudamiento, en síntesis, se trataba de lo que los apologistas del régimen llamaban con orgullo “el milagro mexicano”. El PRI-gobierno como se decía entonces, contaba con enormes acervos de estabilidad también política: controlaba corporativamente sin desafíos importantes al movimiento obrero y manipulaba a los campesinos con los acervos de una reforma agraria que a pesar de ser cada vez más insuficiente mantenía márgenes de maniobra considerable.
Con el sexenio de Gustavo Díaz Ordaz (1964-1970) la prepotencia priista llegó a niveles muy altos. Como secretario de Gobernación del gobierno del presidente anterior, Adolfo López Mateos (1958-1964) y después él mismo como presidente, Díaz Ordaz fue el cerebro ejecutor de una de las ofensivas reaccionarias más feroces de América Latina en plena temporada de la guerra fría anticomunista llevada a su paroxismo por los ocupantes de la Casa Blanca Kennedy, Johnson y Nixon. Bajo el pretexto de la lucha contra el comunismo la represión a las luchas populares había cobrado muchas víctimas (el asesinato del líder campesino Rubén Jaramillo, su esposa embarazada y familiares), la terrible ruptura de la huelga de los trabajadores del riel en 1959 con miles de despedidos, decenas de dirigentes encarcelados durante años. El famoso penal de Lecumberri era el sombrío símbolo de ese momento albergando a decenas de trabajadores, estudiantes, médicos, periodistas, profesores, intelectuales y en la cárcel de mujeres, también había presas políticas. Precisamente Demetrio Vallejo, el líder ferrocarrilero que llevaba casi diez años entre rejas se convertiría en el símbolo de los presos políticos cuya libertad se convirtió en la principal demanda del Movimiento estudiantil-popular.
La dinámica del movimiento
Los movimientos sindicales se habían topado con el muro represivo implacable: ferrocarrileros, electricistas, petroleros, maestros, telegrafistas, médicos y antes de 1968 también los estudiantes habían sido reprimidos en Michoacán, Puebla, Chihuahua, Sonora y la propia Ciudad de México. El despotismo diazordacista parecía invencible.
La represión iba mostrarse con toda su crudeza: la cuenta macabra de los caídos se inició desde el mismo 26 de julio y culminó en la masacre del 2 de octubre. No se sabe exactamente cuántos cayeron en Tlatelolco: el vocero del gobierno de Díaz Ordaz declaró el 3 de octubre que “en los disturbios de ayer hubo cerca [sic] de 20 muertos, 75 heridos y más de 400 detenidos”, sin embargo “se garantiza la tranquilidad durante los Juegos Olímpicos”. Hubo otras estimaciones. El periodista del diario británico The Guardian, presente en el país, como muchos otros periodistas internacionales con motivo de la proximidad de la realización en la Ciudad de México de los Juegos Olímpicos, escribió en su reportaje de la noche de Tlatelolco que los caídos llegaban a 350. Esta cifra es la que, por ejemplo, consideró Octavio Paz adecuada y la citó en su libro sobre Tlatelolco, Postdata. Debe considerarse que en ese año, a excepción de Vietnam en donde se desarrollaba una guerra, sólo en México se contaron por centenas las víctimas de la represión en el transcurso de los dos meses y días que duró el movimiento. Ni la huelga de 10 millones de trabajadores en Francia tuvo una sola víctima, a excepción de un ahogado en el Sena, ni la invasión militar soviética en Checoeslovaquia provocó víctimas a excepción del joven que se inmoló con un galón de gasolina.
En el México antidemocrático de los sesenta, los campus de la educación superior, en especial los universitarios y politécnicos, eran islas rebeldes donde pululaban las ideas y polémicas ideológicas. La rebeldía juvenil se expresaba incluso en las melenas, en la introducción del rock, en las costumbres sexuales más liberales, todo ello adobado con crecimiento gigantesco de la matrícula. La UNAM, el IPN y atrás de ellas las demás instituciones universitarias se masificaron rápidamente.
El caldo de cultivo surgió para la acción de los grupúsculos, como despectivamente calificó en ese entonces el Partido Comunista francés a los sectores politizados y radicalizados que desafiaban al capitalismo, al imperialismo y, cada vez más, también al estalinismo. Estos grupos abundaban en la Ciudad Universitaria, en santo Tomás, en Zacatenco, en Chapingo y se extendían a las preparatorias y vocacionales. De estos grupúsculos curtidos desde principios de la década en polémicas y luchas incesantes con los “reformistas” del Partido Comunista mexicano y las autoridades salieron una gran parte de los dirigentes de los comités de lucha e incluso de Consejo Nacional de Huelga (CNH).
Desde un principio el movimiento estudiantil fue político revolucionario. En el pliego petitorio que enarboló la dirección del movimiento acuerpada en el Consejo Nacional de Huelga, las dos demandas principales que encabezaban sus peticiones eran: la libertad de los presos políticos y la derogación del delito de disolución social del Código Penal, utilizado como instrumento de represión por el estado contra los opositores. La huelga que se extendió por todos los planteles de educación media y superior de la Ciudad de México y de muchas otras ciudades, no se hizo contra las autoridades universitarias o politécnicas, sino contra las de la Ciudad de México y ante todo contra el propio presidente Díaz Ordaz, quien recogió el guante y decidió que la insolencia sería pagada con creces por los estudiantes.
Por supuesto que era una lucha por la democracia en México pero efectuada de modo plebeyo. La ausencia de los organismos políticos de la sociedad burguesa, en especial de sus partidos, era evidente. El impulso no tenía nada de conciliador y negociador con las instituciones de la dictadura: se exigía un diálogo público, la disolución del cuerpo de granaderos, la indemnización de los familiares de las víctimas de la represión y la democracia reinante en el CNH era la directa, representantes sólo de las escuelas y facultades en huelga (primero tres y después dos por plantel). Y abajo el músculo del movimiento lo constituían los cientos de brigadas que se desparramaron por toda la ciudad a las plazas, los parques, los mercados, los centros comerciales, los cines, los teatros y todo lugar público en donde se pudiera oír la voz y repartir los volantes explicando al pueblo las razones de la rebeldía. De varias tumultuosas manifestaciones que se apoderaron de las grandes avenidas e impusieron su entrada al Zócalo, destacaron dos que sin duda fueron las más grandes. La del 27 de agosto, realizada dos días después de la invasión soviética a Checoeslovaquia, en la que la manta que encabezaba a la vanguardia decía: “Los estudiantes mexicanos repudiamos la invasión de Estados Unidos en Vietnam y la de los tanques soviéticos a Checoeslovaquia”. Y la “Manifestación del silencio” del 13 de septiembre en la que el movimiento “contestó” elocuentemente las amenazas de la terrible represión que anunció Díaz Ordaz en su Informe Presidencial al Congreso de la Unión el 1° de septiembre.
Y en efecto después vino el 2 de octubre, el macabro acontecimiento que de inmediato acaparó la atención mundial pues en la Ciudad de México se encontraban ya decenas de periodistas de todos los países venidos. El gobierno manipuló lo que más pudo pero el hecho no pudo difuminarse ante las cataratas de información que lo difundieron. Ni siquiera se pudo diez días después blindar a los juegos olímpicos del escándalo cuando los dos atletas negros estadounidenses parados en el podio de honor de las medallas, al iniciarse las notas del himno de su país, en lugar de oírlo con respeto, lo desafiaron alzando sus puños al aire con el saludo del poder negro. A su manera rendían tributo a todo lo que había ocurrido y ocurría ese año en México y en el mundo.
Esquizofrenia y masacre
La dimensión profunda del Movimiento estudiantil-popular mexicano de 1968 se explica en última instancia por la reacción terrible que desató y que culminó criminal y espantosamente en la noche de Tlatelolco. Finalmente la masacre del 2 de octubre descubre todos los enigmas que pudieran parecer escondidos. La crudeza de los métodos utilizados por el gobierno de Díaz Ordaz para dar fin al movimiento costará lo que costará sigue sorprendiendo por su crueldad y violencia. Ciertamente no seremos quienes le quitemos un ápice de su responsabilidad criminal a Díaz Ordaz pero las versiones que consideran que la masacre fue la típica respuesta de la personalidad psicótica del presidente se quedan cortas ante la magnitud del conflicto. Más correcto es considerar que aparatos estatales que llegan por la dinámica de la lucha política a niveles de represión fascista o cuasi fascista moldean a sus dirigentes: Hitler se curtió como líder durante años en la extrema derecha alemana y en 1933 ya era el hombre apropiado para la tarea que le asignaba la historia al capitalismo alemán. Pinochet surgió de las filas de un militarismo chileno profundamente enraizado en las tradiciones oligárquicas seculares de ese país. Igualmente el hecho represivo mayúsculo de Tlatelolco se inscribió en la dinámica de los actos que durante años lo precedieron: asesinatos, desapariciones, encarcelamientos, ocupaciones militares de talleres y campus, una propaganda anticomunista vil y calumniosa, etc. No era sólo el odio sin límites de Díaz Ordaz a quienes se atrevieron a desafiarlo, en Tlatelolco se expresó ante todo el terror de la camarilla priista ante lo que consideraba el peligro mortal de los contactos y la influencia cada vez mayores que el Movimiento estudiantil estaba anudando y expandiendo en los sectores populares, en especial obreros, un temor a que en México se reeditara una experiencia similar a la del mayo francés. Y si De Gaulle pudo superar el desafío, Díaz Ordaz y su camarilla sabían que no podrían.
Fue una señal imposible de ignorar. El régimen priista registró su primera gran sacudida que anunció el inicio de su larguísima y truculenta decadencia. Los siguientes presidentes Luis Echeverría y José López Portillo se encargaron de garantizar en las nuevas circunstancias la sobrevivencia del régimen. Contando con la inteligencia de muchos funcionarios e intelectuales reformistas, Echeverría delineó la llamada “apertura democrática” consistente en mantener firmes las riendas de la represión, ahora ante todo frente a los numerosos grupos guerrilleros que surgieron en especial en el sur del país y la concesión de ciertas demandas a los sectores universitarios, todo ello adobado con una cruda demagogia “tercermundista”. Se forjó así la estrafalaria imagen de un gobierno con una cara internacional “progresista”, supuestamente opuesto a las dictaduras militares del cono sur, hospitalario con los refugiados de esas dictaduras pero que en su política interna desplegaba una “guerra sucia” implacable contra los grupos guerrilleros, tan cruel y terrible como la de las primeras. A López Portillo le tocó administrar el auge petrolero que se dio a fines de los años setenta y principios de los ochenta y que le dotó con el margen de maniobra necesario para poner en práctica una “reforma política” que mantuvo la presión democratizadora bajo control durante más de una década, canalizando hacia vías parlamentarias a gran parte de la oposición.
Cincuenta años después
En los cincuenta años que han transcurrido ciertamente el país ha cambiado mucho. Precisamente en estos días en que se celebra el cincuentenario del inicio del Movimiento estudiantil-popular, tuvo lugar otro hito de la lucha del pueblo mexicano: en las elecciones generales del 1° de julio un tsunami de más de 30 millones de votos de mexicanos y mexicanas propinaron su peor derrota histórica a la mancuerna partidaria representante de los amos de México: lo que la vox populi llama el PRIAN, la unión de los principales partidos de la derecha, el PRI y el PAN, que constituyeron durante los últimos treinta años el reciclamiento del régimen presidencialista. Tanto el PAN como el PRI se han derrumbado cayendo el segundo a una situación de irrelevancia política. El imperio del PRI finalmente ha sido sepultado.
La victoria electoral aplastante de Andrés Manuel López Obrador (AMLO) no significa todavía la desaparición del régimen. El régimen se encuentra en crisis con sus dos principales partidos sostenedores y apoyadores de los capitalistas seriamente dañados, tal vez sin remedio. El Movimiento de Regeneración Nacional (Morena) no es todavía un partido estructurado y en él se han refugiado muchos antiguos priistas y panistas, así como grupos heterogéneos provenientes de otras orientaciones. Constituye un gran conglomerado cuyo único común denominador es el caudillo dirigente. AMLO, el gran árbitro, se enfrenta a la tarea colosal de, al mismo tiempo, tener muy en cuenta a la por él mismo definida “mafia del poder”, que desde el mismo 2 de julio lo ha rodeado y aceptado como su nuevo guía, y a los millones de trabajadores y pueblo oprimido que le ha dado la victoria con inmensas esperanzas de que la situación del país va experimentar un giro decisivo en favor del bienestar popular.
Cincuenta años después de 1968 se ha producido una situación nueva de la lucha política cuyos enigmas complejos y profundos son evidentes desde el primer mes de sucedido el giro electoral del 1° de julio pasado. Se ha abierto un nuevo capítulo de la historia de México.
No es exagerado concluir que verdaderamente mucho de lo que sucede hoy tiene sus raíces en las alegres y audaces jornadas de las masas juveniles que recorrieron las calles de la capital de México y de otras ciudades del país, cimbrando los palacios y convocando al pueblo a unirse a su lucha por un México democrático y libertario. Fueron los héroes populares que se ganaron para siempre un lugar de honor en la memoria colectiva del pueblo mexicano.
Manuel Aguilar Mora es profesor de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM), militante de la Liga de Unidad Socialista (LUS). En 1968 integró el Comité de lucha de Filosofía y Letras al lado de José Revueltas, Luis González de Alba y Roberto Escudero. Fue fundador del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT). Autor de numerosos libros sobre la historia política y social de México.