10/01/2012

El último de los sóviets


Me decía un agudo periodista francés, destacado en México por primera vez, que más allá de la violencia que tanto se replica en las crónicas sobre México, lo que más le había impactado de nuestro país era la pervivencia de una cultura casi soviética en el mundo del trabajo, y en particular en las dirigencias sindicales. No conseguía entender cómo era posible que las familias de los dirigentes sindicales que formaron las grandes centrales obreras (después de dos generaciones) vivan todavía de las fortunas y privilegios que amasaron sus abuelos y además se consideren, sin tapujos, parte de la élite económica del país. En muchos círculos los hijos y nietos de los viejos sindicalistas actúan de manera más parecida a los descendientes de la nomenklatura que piensan (muchas veces con razón) que este país es suyo, que a los sindicalistas de países democráticos en donde la riqueza es contraria a la legitimidad de los liderazgos obreros.

Pensar que Marcelino Camacho o Nicolás Redondo, en España, hubiesen amasado fortunas y además las exhibieran sin pudor (por hablar de un país que desmontó un sindicalismo vertical) hubiese significado el fin de su prestigio y por ende de su capacidad de dirigir. En otros países como Francia, la CGT jamás hizo de la acumulación de fortunas personales una posible carrera para sus dirigentes. En México se considera “normal” que las dirigencias estén integradas por personas tremendamente ricas, tanto que sus familias puedan vivir con opulencia, y eso no suscite el repudio colectivo y la ignominia política. Eso no lo podía entender el joven colega francés. Yo tampoco.

Además de esa moral soviética de la nomenklatura está la muy arraigada porfirización de las dirigencias que puedan eternizarse en el poder sin desgaste aparente. E incluso se dan el lujo de heredar cargos. Tiene tintes de hipocresía que el PAN en su ocaso empuje la agenda democratizadora del mundo del trabajo, pues tuvo un largo periodo para confrontar ese sistema y prefirió convivir, incluso cohabitar electoral y políticamente con ellos. En el gobierno de Calderón hubo expresiones distinguidas del corporativismo y de afecto a una de las figuras emblemáticas de ese folclor mexicano. Imposible explicárselo a un joven periodista francés.

En la izquierda mexicana no ha habido un trabajo sistemático para democratizar desde abajo el mundo del trabajo. Nuestra izquierda prefiere ganar la Presidencia (es más cómodo abrir el país desde Los Pinos que enfrentarte a los porros sindicales) y desde allí empezar a trabajar en ir abriendo espacios para penetrar las centrales e instalar la democracia. No sólo eso, la izquierda ha sido en estos años el mejor defensor del statu quo, repitiendo el estribillo de los derechos de la clase trabajadora. Tampoco es que sus organizaciones sindicales afines puedan dar lecciones de democracia y transparencia. El francés no podía entender que un movimiento libertario coqueteara con Napoleón (el “minero canadiense”). Yo tampoco.

A pesar de todo y contra todo pronóstico se abrió una ventana de oportunidad para oxigenar el mundo del trabajo con la iniciativa preferente de Calderón. En efecto, aun con sus dobleces y su pasado a cuestas el PAN y la izquierda estuvieron a un paso de mandar al pleno la posibilidad de establecer en la ley la figura del voto libre, directo y secreto para la elección de dirigentes y finalmente no pasó. La posibilidad de que se instituyera por ley la votación secreta para elegir dirigencias sindicales no pasó al pleno porque un diputado del PT, encarnación de ese disfuncional pero muy arraigado salinismo/obradorismo, lo impidió con su voto. Vendrán las explicaciones y los deslindes, pero a la hora de la verdad está claro que en México la democracia en el mundo del trabajo es un pendiente. Tenemos dirigencias ricas, arrogantes y poderosas y nadie se ha atrevido hasta ahora a ponerles un hasta aquí.
 
@leonardocurzio
Analista político y conductor de la primera emisión de Enfoque

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