5/22/2012

Movimiento estudiantil e indignación política





JOSÉ ANTONIO CRESPO

De pronto el proceso electoral adquirió una tónica distinta. El primer debate no logró hacerlo, pero sí la controvertida y jaloneada presencia de Enrique Peña Nieto en la Universidad Iberoamericana.

No me parece que haya sido un error haber asistido, sobre todo cuando en el debate el candidato del PRI logró pasar la prueba del ácido. Ahora tenía que probar que no era el huidizo, que no es el "candidato burbuja", el que sólo acepta escenarios y foros para cosechar porras y aplausos incondicionales.

El error fue de la dirigencia del PRI, al atribuir el carácter de porros, acarreados, manipulados y fascistoides a los estudiantes de la Ibero. Quizá hubo algunos foráneos (también del PRI), según dicen algunos testigos, pero desde luego no se trataba de la gran mayoría de los estudiantes presentes.

El error consistió en no reconocer la capacidad de los estudiantes de organizarse por sí mismos, expresarse, exigir y criticar a partir de sus convicciones. El resultado fue un detonador de lo que podemos considerar un nuevo movimiento estudiantil, cuyo impacto o alcances no alcanzamos a ver. Puede ser algo efímero, que dure sólo el resto de la campaña, puede influir o no sobre las preferencias electorales, o puede extenderse más allá de la elección con una agenda más amplia y profunda que el simple rechazo al PRI y su candidato.

Escribía Samuel Huntington sobre el potencial de los movimientos estudiantiles en las sociedades en desarrollo (económico, social y político): "La ciudad es el centro de la oposición en el país; la clase media es el foco de la oposición en la ciudad; la intelectualidad, el grupo de oposición más activo de la clase media, y los estudiantes son los revolucionarios más coherentes y efectivos dentro de la intelectualidad.

"Es claro que esto no significa necesariamente que la mayoría de los estudiantes, como la mayoría de la población en general, no sean apáticos en el plano político. Significa en cambio, que el grupo activista dominante en los cuerpos estudiantiles de la mayoría de los países en modernización es contrario al régimen. Ahí, en la universidad, se encuentra la oposición más coherente, extrema e intransigente al gobierno" ("El orden político en las sociedades en cambio", 1972).

Lo peculiar de este incipiente movimiento estudiantil es que no se expresa contra el gobierno, sino contra el PRI. Pero eso se debe, seguramente, a que el PRI se visualiza como regreso al "Ancien Regime" (o como confirmación, pues no es que el PAN haya cambiado al régimen según prometió). Pero por lo mismo no es tampoco, al menos no visiblemente, como apoyo a alguno de los otros candidatos (lo que no significa que no haya contingentes de jóvenes afines a ellos).

Hay quien interpreta que es una expresión antipolítica y antipartidista, como el movimiento por el voto nulo en 2009 (también impulsado y nutrido por jóvenes urbanos e ilustrados). Pero en tal caso, lo consecuente sería pedir el voto nulo, cosa que no ocurre.

Las mantas y mensajes del fin de semana son claramente antipeñistas, no antipartidos en general, pero tampoco favorables a algún otro candidato: "Aún no decido por quién votaré, pero ya decidí que por Peña no lo haré", decía una, que resulta elocuente. Se podría pensar que esto llevaría al voto útil en favor de quien se ubique en segundo lugar, justo para evitar el triunfo de Peña. No se ha dicho con tal claridad, pero no sería raro que esa fuera la conclusión.

El PRI ha entendido que en el trasfondo de la protesta estudiantil está la idea de que su triunfo (que pareciera inevitable) representará la restauración del autoritarismo, como también lo dicen los rivales de Peña (si bien Vázquez Mota es la que habla del retorno, pues López Obrador habla de la continuidad del régimen que nunca se fue). Y de ahí el manifiesto de ayer donde Peña promete no ir para atrás, sino respetar y continuar la democratización hasta ahora lograda (que no es mucha, pero es).

Falta por ver si se le puede creer cuando sus iniciativas políticas miran al siglo XX, no al XXI (en materia de reelección legislativa, de cláusulas de gobernabilidad y dedazos en las sucesiones del poder).

El problema, sin embargo, es que ese antipriísmo en los estudiantes y el conjunto de la sociedad, siendo mayoritario, no tiene un candidato que lo aglutine. Ni Josefina ni López Obrador lo han sido, y se ve difícil que eso cambie en lo que resta del proceso.

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